sábado, 15 de marzo de 2014

La morisca andalusí

 Introducción

Atardecía en Grazalema. Una esclava africana, iluminada por los rayos horizontales del sol poniente, trajinaba sudorosa dos cántaros de agua, uno sobre la cabeza y el otro apoyado en la cadera, desde la fuente del pueblo hasta la casa de sus amos. Soplaba una cálida brisa de levante que mecía levemente sus ropas y su velo. En la polvorienta y desierta calle de Las Piedras sólo se escuchaban sus pasos y el lejano ulular de un búho. En aquel idílico valle entre montañas se respiraba mucha paz, mucha quietud.

A lo lejos, un pequeño palacio mudéjar, construido sobre una loma y rodeado por un tupido bosque de abetos andaluces, resplandecía brillante como una joya bajo la lánguida luz del ocaso. En una de sus ventanas se asomaba una cabecita de mujer cubierta por un velo blanco. Era la anciana Beatriz, la morisca andalusí cuyo vientre, amorosamente fecundado por su marido Fernando, también morisco, había engendrado, cual prolífica matriarca, una numerosa descendencia de hijos, nietos y bisnietos. Contemplaba la esplendorosa puesta del sol gaditano y el entrañable paraíso que la vio nacer, pero en su rostro oscuro y arrugado no se dibujaba una sonrisa, sus ojos no brillaban, su corazón no se alegraba. Grandes lágrimas enturbiaban su mirada y resbalaban silenciosas por sus mejillas, precipitándose sobre sus fláccidos pechos de anciana cubiertos por su blusón de dormir, mientras tragaba saliva y apretaba las encías desdentadas, rabiosa de dolor en el alma.

Sí, aquella tarde, a solas en su alcoba, Beatriz sentía una pena inconmensurable, un dolor lancinante en su pecho que la ahogaba. A sus 97 años todo su mundo se acababa de desmoronar y su vida dejaba de tener sentido. La repentina muerte de Gonzalo-Said, el primogénito de sus cinco hijos, el único que le sobrevivía, la había sumido en una profunda depresión y sus nietos y bisnietos creyeron que había enloquecido. El viejo Amonio, el curandero burgalés de Grazalema, a pesar de su larga experiencia como sanador, no había podido evitar la fulminante defunción por derrame cerebral del ser que la anciana más quería y al verla tan apesadumbrada, tan desconsolada, tan destrozada y hundida, se le partió el corazón y sus ojos se llenaron de lágrimas. No sabiendo cómo consolarla se sentó a su lado, le cogió una mano y ambos lloraron juntos sin pronunciar palabra alguna. No hacía falta. Quería a aquella vieja mora que cincuenta años atrás le había abierto las puertas de su casa y lo había acogido como a un hijo.

Pero no, no estaba loca, sólo lo aparentaba. En un último estertor de dignidad, de rebeldía, que era lo único que le quedaba en el alma, simplemente había decidido que no quería seguir siendo ni un sólo día más una despreciable morisca conversa, humillada, denigrada, amordazada, con un nombre impuesto y sin identidad, para volver a ser ella misma, una orgullosa mora casi negra llamada Zulema, la hija de Musarraf y Habiba. 


Tras enterrar a su primogénito en el cementerio anejo a la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, Zulema se encerró en su pequeña alcoba, se postró en el suelo como pudo en dirección a la Meca y temblando de emoción rezó por primera vez tras casi noventa años a su dios Alá. Luego, ya reconfortada y en paz consigo misma, con el dorso de la mano se secó las lágrimas que empañaban sus ojos, inspiró profundamente, se sentó en la cama y así permaneció un largo rato, cabizbaja, meditando, intentando rememorar cómo era Grazalema en su infancia, reviviendo de nuevo el recuerdo de sus padres asesinados, sacándolos por enésima vez de lo más recóndito y sagrado de su mente. Y allí estaban, los veía de nuevo con gran nitidez con los ojos del alma, jóvenes, felices, llenos de vida, regalándole palabras de cariño, sonrisas y carícias. La emoción la embargó de nuevo y lloró amargamente un largo rato. Luego se dejó caer sobre el lecho y se durmió balbuciendo palabras de pena en la lengua andalusí de su niñez.

Unas horas más tarde, nada más clarear al alba, se levantó con gran esfuerzo ayudándose con un bastón, se asomó de nuevo, esta vez con el ánimo ya sereno, al ventanuco mudéjar que iluminaba la estancia y una leve sonrisa se dibujó en su rostro. El luminoso y cálido sol de Andalucía se levantaba de nuevo tras las cimas más elevadas de las montañas de levante y le regalaba generoso un nuevo día a la mora más vieja y más orgullosa de todo el Al-Ándalus. 

Se desató el cordoncillo de algodón que cerraba el cuello del blusón de dormir y se lo sacó deslizándolo hacia los pies. A continuación lo levantó del suelo con la ayuda de su bastón y lo colocó sobre la cama. 

Antes de vestirse se sentó sobre el bacín y vació la orina acumulada en su vejiga durante toda la noche. Mientras lo hacía en su mente apareció la imagen de su amado hijo difunto Gonzalo-Said, amortajado como un cristiano viejo dentro del ataud. Sintió una dolorosa puñalada en el corazón y dijo "no" moviendo la cabeza con un rictus de pena dibujado en su rostro. Tragó saliva para no llorar y cuando iba a enfundarse su odiado vestido de morisca conversa, en un arrebato lo maldijo y lo estampó con rabia contra la pared. En su lugar cogió una sábana limpia de algodón blanco que guardaba en un arcón y rodeó con ella su encorvado cuerpo de nonagenaria. Era lo más parecido a la indumentaria andalusí que llevaba su madre antes de morir degollada y desmembrada ante sus ojos de niña. Salió entonces de su pequeña alcoba henchida de orgullo y con el corazón galopando en su pecho. Sí, se había atrevido. Volvía a ser ella misma, la mora Zulema. Había recuperado su dignidad y su identidad. 

Ya nunca más volvió a hablar en castellano con sus numerosos descendientes mestizos. Les miraba fijamente a los ojos, desafiante, digna y altiva y les respondía siempre en su lengua materna, la proscrita y prácticamente olvidada algarabía andalusí. Con ella pensaba, sentía, soñaba, recordaba, sufría, amaba, odiaba. La otra, la castellana, era una lengua impuesta a la fuerza por los asesinos de sus padres, como la misma religión. Corría el año 1573 y ya muy pocos recordaban el pasado musulmán de Andalucía.

Los que la conocían decían de ella que había enloquecido de pura pena. El inmenso cariño que le profesaba su primogénito la había mantenido cuerda, a pesar de haber enterrado uno tras otro a sus cuatro hijos menores y al gran amor de su vida, su Taufik, su marido, el que sus descendientes conocían como el abuelo Fernando. Con todos ellos había hablado siempre en andalusí, pero al morir Gonzalo-Said ya no tuvo a nadie que quisiera hablar en la lengua de sus antepasados moros. Todos sus descendientes parecían avergonzarse de sus orígenes, de la sangre sarracena que corría por sus venas. Al envejecer y perder a los seres que más quería, habían dejado de importarle lo más mínimo las perversas leyes represoras de los cristianos. Les recordaba a sus nietos con orgullo sus orígenes de esclava mora, que eran también los suyos y al no hallar comprensión en ellos, más bien desprecio o indiferencia, decidió cerrar la boca para siempre.

Desde aquel día la declararon loca y la recluyeron en una habitación del pequeño palacio mudéjar en el que vivía desde que se casó setenta y cinco años atrás con su marido, el morisco liberto que la había liberado de la esclavitud. A pesar de su supuesta locura, sus nietos la consideraban una tata ideal para sus hijos, pues era todo amor y compartía la alcoba con Ana Federica, la más pequeña de sus treinta y siete bisnietos, nieta a su vez de su hijo Gonzalo-Said, a la que en la intimidad llamaba Zulemita, su propio nombre musulmán. Con ella, sólo con ella, recuperaba el habla. La niña, que tendría unos siete años, había aprendido el idioma andalusí escuchando a su bisabuela y lo hablaba perfectamente, aunque nunca en presencia de sus padres, pues sabía que estaba prohibido.

- Abuelita, ¿me cuentas un cuento? - le suplicaba cada noche mientras la acostaba.

- Claro, Zulemita, mi niña adorada. - le respondía ella dándole un beso en la frente.

La anciana se sentaba en una silla acolchada al lado de la cama, acariciaba con ternura la mejilla de su bisnieta y le regalaba la más dulce de sus sonrisas, llenándose de profundas arrugas la vieja piel casi negra de su rostro, heredada de Leila, su abuela africana. Ana Federica la miraba con sus grandes ojos negros como el azabache y esperaba ansiosa la continuación del cuento que su tata-bisabuela le narraba por capítulos. La pequeña ignoraba que en realidad no era un cuento, sino el relato de la azarosa vida de la mora Zulema, la dulce anciana que estaba sentada a su lado.



Primer capítulo


Zulema, lágrimas de una niña mora


Zulema, la niña mora más bonita de Grazalema, a sus tiernos once años llevaba muchos meses llorando desconsolada. Su tristeza era inmensa, profunda, imposible de describir con palabras. 

Había nacido libre. Su padre, Musarraf, la adoraba, era la niña de sus ojos, su dátil confitado, su dulce de miel y canela, su joya. Su madre, Habiba, la esposa predilecta de su padre, no le había podido dar más hijos, pero se sentía feliz al ver lo mucho que Musarraf quería a su niña. Las otras dos esposas, esclavas cristianas capturadas por su marido en un pueblo fronterizo del norte, habían llenado de niños varones los aposentos del pequeño palacio donde vivían. Habiba estaba un poco celosa de estos niños, debería haberlos parido ella, pero no los odiaba. Con la ayuda de su vieja esclava negra Nahina, traída cuando niña desde el lejano Sudán, había ayudado a las cristianas a parirlos y a criarlos y se sentía un poco su madre. Musarraf no quería a sus esposas cristianas y tampoco a sus hijos. Su corazón era todo para su niña Zulema, morena como su abuela Leila, la madre africana de Musarraf que éste adoraba.

Zulema no entendía nada de lo que le había pasado. Se resistía a aceptar su nuevo nombre cristiano, Beatriz, que su captor le había cambiado por su verdadero nombre. Se negaba a cumplir las órdenes de la esposa de su amo, una infiel, una cristiana gorda y fea que apestaba a sudor rancio y a grasa de cerdo requemada. Ella no era una esclava, había nacido libre y se llamaba Zulema.

Isabel y María, las dos esposas cristianas de su padre y sus hijos mestizos habían sobrevivido a la conquista de su pueblo por los cristianos del norte y eran otra vez libres. El fraile que acompañaba a los conquistadores había bautizado a sus hijos y les había puesto nombres cristianos. Zulema también había sido bautizada y renombrada pero seguía siendo tratada como una esclava.

Sus padres habían sido asesinados cruelmente ante sus ojos de niña y desde aquel día la sonrisa se había borrado para siempre de su rostro. No hablaba. No jugaba. Caminaba siempre cabizbaja con sus ojos llorosos y tristes, negros como el azabache. Entendía la extraña lengua de sus captores. La había aprendido escuchando a las dos esposas cristianas de su padre, que hablaban en castellano entre ellas cuando estaban a solas con los niños, pero hacía ver que no entendía las órdenes porque su dignidad de niña libre se lo impedía. "Jamás seré una esclava, jamás." - se repetía una y otra vez. Se sentía dolorosamente sola, rodeada de extraños que la miraban con desprecio, la insultaban y le escupían por ser mora. Sus hermanastros no la querían y hacían como si no la conocieran, temerosos de ser también ellos rechazados por la sangre sarracena de su padre que corría por sus venas.

Siempre que podía se escapaba hacia el inmenso bosque de abetos que rodeaba el bellísimo pueblo blanco que llevaba su nombre, Zulema, que los cristianos habían cambiado por Gran Zulema. Allí buscaba la sombra íntima, fresca y acogedora de un viejo abeto, su abeto y se sentaba sobre la hojarasca con la espalda apoyada contra su grueso tronco. Entonces cerraba los ojos y sentía el cálido abrazo invisible de su padre, sus fuertes brazos que apretaban sin hacer daño y que a ella la hacían tan feliz. La voz amorosa de Musarraf retumbaba en sus oídos desde el recuerdo: "Zulema, mi niña, un día serás la reina de estos bosques".

Allí, sumida en un extraño éxtasis, en una huida hacia el recuerdo grabado de forma indeleble en su memoria, conseguía ser feliz de nuevo, se olvidaba de su desgracia, de su tristeza, de su soledad. Se sentía querida, respetada. Notaba el aliento a hierbabuena de su padre que le susurraba al oído palabras bonitas y dos grandes lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos, resbalaban por sus mejillas y caían sobre la hojarasca, regando las raíces del viejo abeto que temblaba de emoción, como si albergase en su tronco el alma de su padre.

Inflorescencias masculinas de abeto andaluz.

Al rato Zulema se levantaba ya reconfortada y se paseaba acariciando todas y cada una de las plantas que por allí crecían. Las llamaba por sus nombres moros y ellas parecían entender sus palabras. Había una pequeña hierba muy peludita que Zulema quería con especial cariño, un helechito muy menudo y frágil cuyas frondes se rompían nada más tocarlas. Ella conocía su fragilidad y se sentía identificada con aquella planta insignificante y sin embargo tan bonita.

Musarraf se la había enseñado como si de un gran tesoro oculto se tratase. Con su fuerte mano de padre había cogido uno de sus deditos y le había hecho acariciar la superficie velluda de sus frondes. A ella se le había iluminado la mirada y con sus grandes ojos negros se había girado hacia su padre y le había dicho: "¡Qué suave es, parece terciopelo!". "Sí, mi niña, como terciopelo, como tú", le había respondido él.

Como si de sus recuerdos dependiera su supervivencia, Zulema recordaba todas las palabras de su progenitor y repetía una y otra vez los paseos que había dado en su compañía. Musarraf le había inculcado el amor por su tierra, sus bosques de abetos, los arroyos que bajaban de la sierra tras las abundantes lluvias, sus animales, sus plantas, hasta la más insignificante de las hierbas. En brazos de su padre había admirado la belleza inmaculada de las florecillas blancas de la saxifraga, compañera de hábitat del helechito de terciopelo.

También en brazos de Musarraf había aprendido a querer y a reconocer los pájaros de aquel paraíso por su canto, sin necesidad de verlos. Su corazón había latido rápido por la emoción cuando su padre le enseñó el contenido de un nido de jilgueros con los pajarillos recién nacidos abriendo inocentemente sus picos. Jamás lo iba a olvidar. Sus recuerdos con todos aquellos detalles eran para ella como el más preciado de los tesoros. Eran su agarradero para poder sobrevivir.

Su malvada ama cristiana la insultaba y maltrataba continuamente, sobretodo cuando se escapaba hacia el bosque. Entonces mandaba a sus tres hijas a buscarla. Eran tan malvadas como su madre, conocían las costumbres de la pobre Zulema y sabían dónde encontrarla. Tras rodearla como tres experimentadas leonas acechando a una gacela, la apresaban y la obligaban a volver a casa, donde recibía una gran paliza. Para doblegar su carácter indomable, la perversa y despiadada Erundina, su ama, la castigaba a no poder salir de la casa durante semanas y la humillaba con los trabajos más penosos y duros.

Zulema deseaba morir, no pensaba en otra cosa. Jamás volvería a ser feliz. Los días se hacían interminables, una tortura sin fin. Las noches, sin embargo, eran su momento de evasión. En sueños volvía a pasear en brazos de su padre, olía su olor de hombre, su aliento de hierbabuena, sentía la fuerza de su abrazo, el calor de su cuerpo, escuchaba las palabras bonitas que Musarraf le susurraba al oído y era otra vez feliz, en sueños, pero feliz.

Transcurrieron varios años. Su carácter se amansó por pura resignación y su ama envejeció, volviéndose menos severa con ella. Las hijas de la casa se casaron y fueron a vivir con sus suegras y Zulema siguió soltera, porque ningún mozo del pueblo la quería, por ser esclava y mora.

Aunque no la quisieran como esposa, en el fondo secretamente la deseaban porque era la más bonita del pueblo, con su largo y ondulado pelo negro cubierto por un velo blanco de algodón, sus ojos de azabache, sus labios como una rosa a medio abrir, su piel morena, su talle esbelto de princesa mora, sus caderas suaves, su andar elegante, su voz dulce como la miel de la flor del romero. Sí, la deseaban, pero eran cobardes.

En la Gran Zulema, su pueblo, que con el tiempo sus nuevos habitantes acabarían llamando simplemente Grazalema, había otros moros esclavizados, bautizados eso sí, pero en el fondo tratados como esclavos, como la misma Zulema. Uno de estos moros se llamaba Taufik, un mozo fuerte y hermoso que los cristianos habían bautizado como Fernando. Tenía la misma edad que Zulema y como ella seguía soltero porque ninguna cristiana le quería como esposo. Hacía años que estaba secretamente enamorado de ella y a escondidas la seguía en sus escapadas al bosque de abetos. Había visto muchas veces lo que hacía en su ritual en recuerdo de su padre. La había escuchado cantar a los pájaros y a las hierbas en su lengua materna, que era también la suya. Otras veces la había visto llorar amargamente y él también había llorado sin que ella se apercibiera de su cercanía. Conocía su amor por el pequeño helecho de terciopelo. Deseaba con desesperación abrazarla, acariciarla, besarla, decirle que la amaba, pero no se atrevía porque nada podía ofrecerle. No tenía nada. No tenía casa. Era un esclavo.

Sí, Taufik estaba muy triste, lloraba desconsolado cuando nadie le veía. Como Zulema también deseaba morir. Una tarde de agosto con un calor bochornoso fue a resguardarse del sol bajo la tupida copa del viejo abeto de Zulema. Se sentó donde ella se sentaba y rompió a llorar amargamente. Acabó durmiéndose y estando profundamente dormido en sueños sintió que el tronco del abeto le abrazaba y se asustó. Quiso levantarse y escapar pero no pudo. El miedo le paralizó y fue entonces cuando escuchó como un susurro que le hablaba con una voz de hombre que le pareció familiar. "Taufik, hijo mío, sé lo mucho que quieres a mi niña Zulema. No llores más. Hace años le prometí que un día sería la reina de estos bosques. Levántate, escarba con las manos donde estabas sentado y encontrarás una cajita de plata llena de monedas de oro. Son para vosotros. Con ellas compra este bosque y construye un palacio para Zulema. Después despósate con ella y hazla feliz".

Aturdido, como delirando, Taufik respondió al árbol: "¿Y cómo le digo que la quiero? Nunca he hablado con ella y no tengo ni padre ni hermanos que puedan pedir su mano por mí". Y el árbol le respondió: "No temas, yo te diré lo que tienes que hacer para conquistar su corazón. ¿Ves la hierbita velluda que crece en esta roca rezumante? Arranca una hojita con cuidado, pues es muy frágil y regálasela a Zulema en cuanto la veas. No hace falta que le hables, sólo dásela".

Taufik sintió que la sangre le hervía en las venas y que su corazón iba a estallar en su pecho. Había encontrado por fin una esperanza para ser feliz con su amada. Escarbó a los pies del viejo abeto y encontró la cajita de plata con las monedas, todas ellas relucientes ducados y doblones de oro con las efígies de los Reyes Católicos. Eran el botín de guerra conseguido por Musarraf en  las numerosas batallas en las que había participado en su juventud contra los cristianos del norte. 

Taufik corrió enseguida en busca de su amo y le pagó dos doblones por su propia libertad, asegurándole que se los había dado un mendigo por haberle protegido del ataque y la burla de unos desalmados. Ya sin el yugo de la esclavitud se encaminó hacia la casa del dueño de aquellos montes y le compró por una docena de ducados el bosque de abetos que tanto amaba Zulema. Pagó después por la libertad de varios esclavos amigos suyos y les pidió que le construyeran un palacio, pequeño pero hermoso como una joya, junto al viejo abeto. Zulema y él no necesitaban nada más para ser felices.

Taufik sabía que a Zulema le extrañaría ver a aquellos hombres construir un palacio en su querido bosque y esperó a que acudiera. La vio de lejos acercarse con su paso ligero de gacela y la quiso como nunca la había querido. Iba a ser suya.

Zulema llegó a donde él estaba y con la cabeza agachada y cubierta por un velo de algodón blanco le preguntó con voz suave pero firme: "¿Qué haces en mi bosque?" A Taufik la voz  tan cercana de Zulema le pareció la más bonita del mundo. Su corazón latía alocadamente en su pecho, pues nunca antes había estado tan cerca de su amada y con sus ojos moros húmedos por la emoción le contestó: "Estoy construyendo un palacio para ti. Quiero que seas mi esposa. Tu padre me dio tu mano en sueños y para que me creas me dijo que te diera esta hoja". Alargó entonces la mano abierta hacia ella y le enseñó la pequeña fronde velluda de la hierba de terciopelo y entonces Zulema supo que aquella era la voluntad de su amado padre. Levantó la vista hacia Taufik y le miró directamente con sus ojos de azabache. Su mirada atravesó como una lanza los negros ojos de aquel muchacho y llegó hasta su alma y así ella supo que era noble y bueno y le quiso por esposo. Cogió la hojita y se la guardó en la mano. "Búscame cuando hayas acabado el palacio y seré tu esposa", le contestó. Taufik se sintió como si flotase en una nube, como las que visitan casi a diario el bellísimo pueblo blanco de la Gran Zulema, su amada esposa.

Segundo capítulo


Zulema, de niña esclava a princesa


La muchacha más bonita del pueblo blanco de Grazalema, a pesar de haber sido bautizada como Beatriz, para todos los grazalemeños seguía siendo Zulema la mora o simplemente la mora. A ella la llenaba de orgullo que la llamasen por su verdadero nombre, aunque fuera con desprecio. Ante los cadáveres ensangrentados, mutilados y decapitados de sus padres y de su fiel esclava negra Nahina juró con todas sus fuerzas de niña que jamás perdonaría ni olvidaría a los crueles asesinos cristianos.

La habían arrancado de los brazos de su padre que, ya muerto y decapitado, la seguía sujetando con una fuerza inusitada, en un desesperado intento de proteger lo que más quería, su adorada niña Zulema. Ella se aferraba aterrorizada a las ropas ensangrentadas de su padre profiriendo unos chillidos desgarradores. Creía que también la iban a matar o con suerte sólo la violarían, pero su destino no era ni una cosa ni la otra. Cuando por fin consiguieron despegarla del cadáver de Musarraf, su pequeño cuerpo estaba tan empapado de la sangre de su padre que a los soldados cristianos se les quitaron las ganas de violarla y se la entregaron al fraile que les acompañaba en la reconquista. Con su propia sangre, no con sus brazos de padre,  Musarraf  había conseguido protegerla de una muerte segura.

No le fue fácil al fraile retenerla. Zulema le mordió en una mano, le dio patadas, le arañó la calva, le escupió en los ojos, le mesó la barba, le desgarró el hábito, le arrancó la cruz, le maldijo en su lengua materna, pero por suerte aquella niña tan menuda, tan poca cosa, tan llena de fiereza, le cayó en gracia al religioso y tras conseguir atarla de pies y manos se la llevó arrastrándola por el suelo con una cuerda y se la entregó como botín de guerra a su prima Erundina, la que sería desde aquel momento su nueva ama cristiana, que acompañaba a su marido en la campaña militar contra los sarracenos del sur.

Zulema llevaba el recuerdo de aquellas espantosas vivencias  tan incrustado en el alma que tras once largos años seguía sin poder esbozar una simple sonrisa. Andaba siempre cabizbaja, sola, triste, melancólica, con sus ojos mirando al suelo, siempre al suelo, sin atreverse nunca a levantar la vista, como si hacerlo significase traicionar el doloroso recuerdo de su padre.

En Grazalema había un muchacho moro de la misma edad que Zulema que estaba secretamente enamorado de ella desde hacía mucho tiempo. Se llamaba Taufik, Fernando para los cristianos. A pesar de vivir ambos en el mismo pueblo desde que nacieron diecinueve años atrás, ella no le conocía, pues nunca miraba a los hombres.

Tras liberarse de su propia esclavitud con las monedas de oro que le había ayudado a encontrar el espíritu de Musarraf, Taufik acudió unos días después a la casa donde vivía Zulema. Le abrió la puerta el ama que acababa de enviudar tras una corta enfermedad de su marido y al ver que era un moro le habló con desprecio, pero Taufik no se inmutó. Sin levantar la voz le dijo que era un hombre libre y que estaba allí para comprar a Zulema. "¡Mi esclava no está en venta y menos para un sucio moro como tú!", le contestó enfurecida ante tanto atrevimiento. Taufik no perdió la compostura, extendió la mano derecha ante la vieja cristiana y mostrándole dos grandes y relucientes ducados de oro le preguntó: "¿Serán suficientes estas monedas? Aquella mujer abrió los ojos como platos, entre sorprendida y codiciosa, se le dulcificó la voz y le contestó: "Tendrán que ser tres monedas, mi esclava es virgen, muy trabajadora y limpia y me hace mucha falta". Taufik esperaba una respuesta como ésta. No se atrevió a regatear el precio por miedo a perder a Zulema. Con semblante serio sacó otra moneda y extendió de nuevo la mano abierta hacia la cristiana. A ella se le había enrojecido la cara y los ojos le chispeaban de codicia. Refunfuñando cogió los tres ducados de oro, se los guardó entre sus ropas, se dio la vuelta hacia el interior de la casa y gritó: "Beatriz, te acabo de vender. Sal y vete con tu nuevo amo". Al pronunciar la palabra "amo" lo hizo con un evidente tono despectivo, pero Taufik siguió sin inmutarse. Sus once años de esclavo le habían enseñado a callar. De la oscuridad de la estancia apareció temblorosa la muchacha que miró de soslayo a su nuevo amo y suspiró aliviada al comprobar que no era otro cristiano sino un mozo fuerte y hermoso tan moro como ella.

"Sígueme", le dijo Taufik y ambos se dirigieron hacia una casita blanca que él acababa de comprar para ella. Mientras le seguía a los preceptivos siete pasos de distancia, Zulema se fue preparando para lo que creía que Taufik haría con ella, es decir, violarla, pues esto solían hacer los nuevos amos a las esclavas hermosas que compraban. "¡Padre mío, madre mía, tata Nahina, ayudadme!", musitaba ella aterrorizada. El muchacho abrió la puerta de la casa, dio media vuelta y durante unos pocos segundos miró en silencio a aquel menudo ser que tanto amaba. Ella seguía a siete pasos de distancia, temblorosa y cabizbaja. Taufik hizo un gran esfuerzo para no llorar de felicidad, se tragó la saliva y le dijo: "Desde ahora eres libre. Ésta es tu casa. Me llamo Taufik, Fernando para los cristianos. Toma estos tres reales de plata y cuando los acabes, dímelo y te daré más". Aquellas palabras sorprendieron a Zulema y le llegaron al corazón. "Es un hombre bueno, no me va a violar", pensó aliviada, mientras le brotaban dos regueros de lágrimas que Taufik no vio pues ella se cubría el rostro con el velo blanco."¿No las coges?", le preguntó Taufik con la mano extendida hacia ella, pero Zulema siguió inmóvil y en silencio. Entonces el muchacho se dio cuenta de los estertores de llanto de su amada, que ella intentaba disimular y no quiso violentarla más. Entró en la casa, dejó las monedas sobre una mesa y se dispuso a marcharse, pero al pasar por su lado le dijo con toda la dulzura de la que fue capaz: "No temas, yo jamás te haría una cosa así".

Unos pocos días después, cuando Zulema acudió a su querido bosque de abetos para saber qué hacían aquellos hombres allí, Taufik le pidió su mano con la hojita de hierba de terciopelo, como le había sugerido el espíritu de Musarraf hablándole en sueños. Ella comprendió que aquella era la voluntad de su padre y entonces, sólo entonces y por primera vez en once años, se atrevió a levantar la mirada del suelo para leer con sus grandes ojos de azabache los sentimientos de aquel muchacho que con tanta vehemencia le hablaba de su padre. Los emocionados, limpios y francos ojos negros de Taufik le hablaron a Zulema sin palabras desde lo más profundo de su alma y ella supo así que era noble y bueno y le aceptó como su futuro esposo.

Desde aquel día Zulema llevaba siempre consigo la reseca hojita de terciopelo de Taufik en una pequeña talega de tela blanca, ta‘líqa decía ella en su lengua materna, colgada de su cuello. Para ella aquella insignificante hoja era el mejor regalo de prometida que le había podido hacer aquel misterioso muchacho. Cada mañana se acercaba hasta el bosque donde Taufik y sus amigos moros construían un palacio para ella, junto al viejo abeto que albergada en su tronco el alma de Musarraf. Sólo ante ellos se atrevía a levantar la vista sin avergonzarse. No les hablaba, sólo les sonreía con dulzura, especialmente a Taufik y su bellísimo rostro de princesa mora irradiaba una extraña luz que les hacía estremecer, como si ante ellos estuviera la más hermosa de las reinas, su reina, la gran reina Zulema.

Aturdidos ante tanta belleza, tanta dulzura, tanta dignidad, aquellos nobles muchachos, incluido Taufik, se postraban con veneración ante ella y pegaban su frente contra la hojarasca, mientras al unísono la saludaban como sólo se saluda a una reina: "Buenos días, Gran Señora. Aquí están vuestros siervos para serviros". Ella en su sencillez no conseguía acostumbrarse a aquel trato tan distinguido y con humildad agachaba ruborizada la cabeza e intentaba esconder bajo el velo blanco que cubría sus ondulados cabellos la amplia sonrisa que se dibujaba en su rostro y las dos lágrimas de felicidad, si, de felicidad por fin, que brotaban de sus negros ojos heredados de su abuela africana. Sin saber qué hacer y sin atreverse a hablarles, acababa dando una palmadita con sus manos, que ellos interpretaban como una orden de levantarse y seguir trabajando para ella, para su reina mora.

Zulema ignoraba que había sido su enamorado Taufik quien había pedido a sus amigos que la tratasen y la respetasen como a una reina. Cada madrugada nada más clarear al alba Taufik subía al monte a buscar un ramo de flores silvestres para su amada. Aquella fresca mañana de mayo en un claro de un bosque encontró unas matas de una hierba con grandes y extrañas flores anaranjadas que se le antojaron muy bonitas, dignas de Zulema y se llevó un gran ramo a la choza donde vivía desde que había dejado de ser un esclavo. Allí llenó de agua un jarrón azul, metió dentro las flores y emprendió el camino hacia el bosque de abetos donde sus amigos libertos se afanaban levantando las paredes del palacio. Tras saludarles con afecto colocó el jarrón de flores a los pies del viejo abeto y se alejó unos pasos para comprobar que se veía bonito. Luego esperó con ansia a Zulema sentado sobre unas rocas. Cuando al rato la vio acercarse toda vestida de blanco con su paso ligero de gacela no pudo evitar emocionarse y, como le había ocurrido la primera vez que ella acudió al bosque, dos grandes lágrimas amagaron con brotar de sus negros ojos moros. La quería más que a su vida.

"Eh, que está llegando", les gritó a los albañiles y todos dejaron rápidamente lo que estaban haciendo y se prepararon para recibirla. Cuando la cabecita de Zulema apareció tras unas rocas, ellos esperaron a que les regalase la dulce sonrisa de cada día, tras lo cual la saludaron con todo el respeto y cariño, se postraron a sus pies de reina y así permanecieron hasta que ella divertida y agradecida dio una palmadita para decirles sin palabras que continuasen con su trabajo. Luego se dirigió hacia su viejo abeto, contempló unos segundos el jarrón de flores rojas de Taufik, las acarició con delicadeza, lanzó una mirada llena de ternura a su enamorado y se sentó a los pies del centenario árbol apoyándose contra su tronco. Cerró los ojos y se dispuso a sentir de nuevo en sueños el dulce abrazo de su amado padre, su olor de hombre, su aliento de hierbabuena, el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos que apretaban sin hacer daño, las palabras bonitas que Musarraf le susurraba al oído y de nuevo soñó que era una niña inocente y feliz, paseando en brazos de su padre por los inmensos bosques de abetos que rodean el hermoso pueblo blanco que lleva su nombre.

Y así cada día se repetía el mismo ritual mientras las paredes del palacio se iban elevando sobre unos sólidos cimientos de roca caliza.

Tercer capítulo


Zulema, dulce como su tata Nahina


El cariño casi cándido de adolescente enamorado, la sensibilidad llena de ternura y el respeto tan exquisito que Taufik le había demostrado habían conseguido devolver la dignidad y la alegría de vivir a Zulema. Ya no caminaba cabizbaja, como encogida, mustia, triste, con el alma en pena, escondiendo su hermoso rostro y sus dulces ojos llenos de embrujo con un velo blanco, siempre sujeto con una mano a la altura de la boca para asegurarse de cubrir lo más bonito de su ser.

Ahora era una joven orgullosa de si misma y de sus orígenes que caminaba mirando al frente, erguida, digna, sin miedo, sin avergonzarse de lo que era, una mora de piel oscura como su abuela africana, casi tan morena como su tata Nahina, la vieja esclava sudanesa alta y esbelta de la etnia dinka, tan querida y respetada por Musarraf y Habiba que más que una esclava era como una abuela, un miembro más de la familia.

Nahina era la dulzura hecha mujer. Zulema la adoraba. Llevaba su entrañable recuerdo tan metido en el alma que a veces se sentía culpable por quererla y recordarla más que a su verdadera madre, por echarla de menos a todas horas, tanto como a su añorado padre. Su ausencia le impedía ser feliz. Encerrada casi todo el día en la casita blanca que le había comprado Taufik, se sentía espantosamente sola y desamparada y un doloroso vacío le oprimía el pecho y no la dejaba respirar.

Habiba, la muchacha de noble linaje que Musarraf había ido a buscar a la cercana Ibn Muhammad (Benamahoma) para hacerla su esposa, la había concebido, parido y amamantado, pero quien realmente la había criado era Nahina, su dulce tata, que vivía sólo para ella, dedicada a su niña en cuerpo y alma para que tuviera la más feliz de las infancias. La llevaba siempre en brazos a todas partes. La bañaba en agua de rosas cantándole bellísimas canciones del Nilo en su lengua dinka y le frotaba el cuerpo con manteca de vaca perfumada con sus manos negras de largos dedos, suaves y amorosas, que enloquecían de placer y felicidad a su niña Zulema. A Musarraf y Habiba se les humedecían los ojos de alegría viendo a su adorada hijita reír a carcajadas por las cosquillas que le hacía su tata.

Nahina había aprendido esta costumbre de las mujeres de su tribu, cuyos niños rebosaban de salud con sus cuerpecitos rollizos y brillantes por la grasa aromatizada con esencias de azahar, tomillo, romero y espliego, que compraban a mercaderes nómadas venidos de la norteña y lejana costa mediterránea. Sabían de una manera instintiva que la grasa y las esencias protegían a sus bebés de las infecciones y las picaduras de moscas y mosquitos. Zulema se lo había prometido a si misma cientos de veces: "Si un día tengo un hijo lo criaré como mi tata Nahina lo hizo conmigo".

Tras siete meses de duro trabajo la estructura del palacio que Taufik construía para Zulema estaba por fin acabada. Faltaba cubrir las paredes exteriores e interiores con mosaicos de azulejos multicolores y adornar las vigas de la techumbre de las habitaciones con un artesonado de arabescos de madera, pero ni Taufik ni sus amigos libertos sabían cómo hacerlo. Habían sido esclavizados en su infancia y obligados a trabajar en lo que les mandasen, sin enseñarles ningún oficio. Lo poco que recordaban de los antiguos palacios musulmanes se difuminaba en sus mentes mezclado con dolorosos y terroríficos recuerdos.

Taufik no se resignaba a entregar a Zulema el palacio sin terminar, como una casa cualquiera del pueblo con unas simples paredes y un techo. Preguntaba a los moros conversos más viejos que conocía por los alrededores de Grazalema, pero ninguno sabía adornar palacios. Una mañana, triste y avergonzado por no poder cumplir la promesa que le hizo a Zulema, decidió visitar el cercano pueblo de Ubrique, que sus habitantes moriscos, conversos como el mismo Taufik, seguían llamando Ourique en su lengua andalusí por la gran abundancia de manantiales de agua dulcísima que allí nacían al estar la población asentada en una hondonada rodeada de montañas.

No conocía a nadie en aquel pueblo blanco tan parecido a Grazalema. Estaba muy cansado con el cuerpo entumecido tras un largo viaje de tres días montado a lomos de su yegua. Vio allí cerca una fuente que parecía un abrevadero de animales, bebió un poco cogiendo el agua en el hueco de su mano y se sentó sobre un banco de piedra, mientras la yegua bebía a grandes sorbos aquella refrescante agua que bajaba de las montañas de rocas grises que como una muralla rodeaban el pueblo. Los ubriqueños moriscos no tardaron en rodearle llenos de curiosidad, pues eran muy contadas las visitas de forasteros. Los cristianos sin embargo, a pesar de sentir tanta curiosidad como los moros, no se le acercaron pues sospecharon enseguida que era moro, no por su aspecto, pues los moriscos andalusíes y los cristianos viejos se diferenciaban muy poco físicamente, sino por su comportamiento. Un cristiano viejo nada más llegar hubiera saludado a los allí presentes con un contundente "buenos días, nos dé Dios", no se habría mostrado callado y receloso. Taufik, no obstante, no se sentía en absoluto cohibido. Observaba divertido y en silencio a los ubriqueños y se hacía el despistado. Los moriscos deseaban dirigirse a él hablando en su lengua andalusí para saber si era moro como ellos. Los cristianos querían saber lo mismo y observaban la escena a una cierta distancia sin perder detalle. Taufik estuvo a punto de romper a reír a carcajadas. Le hacían mucha gracia los ubriqueños que cuchicheaban entre ellos mirándole de soslayo, cada grupo en su respectiva lengua materna. Él también deseaba hablarles, preguntarles por algún artesano, pero esperó a que fueran ellos quienes le saludasen.

- Assalamu alaikum (La paz sea contigo) - se atrevió a decirle muy bajito el más viejo de los moriscos.

- Wa alaikum assalam (También contigo sea la paz) - le respondió él, también bajito, con una amplia sonrisa.

- ¿Qué buscas por aquí, muchacho? - le preguntó el moro hablando en castellano, esta vez en voz alta, pues temía las represalias de los cristianos por hablar en la prohibida lengua de los sarracenos.

- Me voy a casar y estoy construyendo un pequeño palacio en Grazalema. Necesito varios artesanos que sepan adornar las paredes con mosaicos de colores y cubrir las techumbres con arabescos de madera, pero en mi pueblo no hay nadie que sepa hacerlo. ¿Hay algún artesano moro en Ourique?  - le preguntó muy serio Taufik.

- Pues sí, precisamente hay dos maestros artesanos venidos de la lejana ciudad costera de Al-Yazira al-Jadra (Algeciras) que están acabando el palacio de un rico cristiano casado con una morisca. Si hablas con ellos antes de que retornen a su ciudad y les enseñas unos cuantos ducados de oro para que sepan que puedes pagarles, a lo mejor conseguirás que vengan contigo a Grazalema. Los encontrarás yendo hacia poniente cerca de dos grandes pinos que crecen sobre una loma. Pregunta por el palacio de Don Gonzalo. - le respondió el morisco.

- Shukran yazilan. Jazak Allah Khair. (Muchas gracias. Que Alá te recompense con lo mejor) - le respondió agradecido Taufik en su lengua materna, desafiando con temeridad a los cristianos que habían escuchado toda la conversación.

Antes de emprender el camino hacia poniente como le había indicado el viejo morisco, Taufik descansó un rato a la fresca sombra de un alcornoque. Sacó el pan de centeno que llevaba en las alforjas, partió un pedazo con la mano y se lo comió con un trozo de queso de cabra y un puñado de almendras tostadas. Ya saciado bebió un trago de agua de aquella fuente, se montó a los lomos de la yegua y se dirigió hacia los dos imponentes pinos piñoneros que se divisaban a lo lejos coronando una pequeña loma.

En una hondonada rodeada de un espeso bosque de encinas que le impedían ver la loma preguntó por el palacio de Don Gonzalo a un muchacho que parecía cristiano.

- Buenos días, me podrías decir.....

El joven no le dejó terminar la pregunta. Había corrido la voz entre los ubriqueños que un moro de Grazalema buscaba artesanos y en pocos minutos todos los habitantes, tanto cristianos viejos como moros conversos, estuvieron al tanto de la noticia.

- Vas bien, sigue por este camino, el palacio queda cerca, - le dijo con un fuerte acento morisco.

Taufik sonrió divertido y sorprendido pues la piel blanca, el pelo rubio y los ojos azules de aquel mozo le habían hecho creer que era cristiano y le respondió:

- Jazak Allah Khair.  (Que Alá te recompense con lo mejor)

El muchacho también sonrió al escuchar aquellas palabras de agradecimiento en su prohibida lengua sarracena y le contestó moviendo la cabeza señalándole el camino mientras se dibujaba en su rostro una mueca triste:

- Fi-Aman Allah.  (Que Alá nos proteja)

- Subhana Allah. (Y sea glorificado) - le respondió Taufik en voz baja, sintiendo una punzada en el pecho.

Se acercaba un numeroso grupo de cristianos armados con palos que seguían a Taufik a cierta distancia y al verlos el muchacho intentó disimular y le habló en castellano casi a gritos para que le oyeran.

- Si buscas el palacio del hidalgo Don Gonzalo vas por buen camino.

- Muchas gracias, buen mozo, que Dios nuestro Señor te lo pague. - le contestó Taufik, hablando alto e intentando disimular su fuerte acento sarraceno, pues temía  ser asaltado y asesinado por aquella horda de cristianos.

Alá le protegía. No era aquel terrible final el que le tenía preparado su destino. Los hombres pasaron de largo y en silencio sin perderle de vista, blandiendo los palos y mirándole a los ojos con odio y desprecio. Taufik sintió un estremecimiento de pánico que le recorrió todo el espinazo pero permaneció inmóvil montado sobre la yegua para que los cristianos creyeran que nos les temía.

Prosiguió su camino y cuando por fin divisó el palacio, suspiró aliviado y se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Había pasado tanto miedo que necesitaba serenarse antes de hablar con los artesanos de Don Gonzalo. Se apeó de la yegua, se sentó sobre la hierba que crecía a la vera del camino, cerró los ojos e inspiró profundamente. Un mirlo macho, ajeno al trance de Taufik, cantaba feliz sobre una higuera cercana enardecido por la testosterona primaveral, mientras su hembra incubaba cuatro huevos en un tosco nido construido sobre las enmarañadas ramas de un acebuche.

Los terroríficos recuerdos de su infancia se agolparon en su mente y lloró amargamente, en silencio, como había aprendido a hacerlo. Volvió a ver a los cristianos del norte con sus estandartes, sus armaduras, sus cruces, sus escudos y sus espadas entrar en Grazalema ávidos de sangre y en lo más profundo de su cerebro retumbaron los gritos desgarradores de su madre que entre alaridos de dolor y pánico, mientras le amputaban los brazos, le abrían el vientre y la decapitaban, le gritaba que corriera a esconderse en la espesura del bosque de abetos. Se llamaba Zahira. En aquel preciso momento, al recordarla, se prometió a si mismo que si un día tenía una hija le daría el nombre de su madre. 

Cuarto capítulo 


Los dulces de almendra y miel de Zulema


Taufik tardó más de una hora en serenarse. Había osado transgredir la ley de los invasores cristianos que prohibía a los moros hablar en su lengua sarracena, la llamada algarabía de moriscos y mudéjares andalusíes y una provocación tan descarada no se le podía tolerar a un forastero. Tuvo mucha suerte. La horda de cristianos armados con palos había decidido apalearlo como a un perro hasta la muerte, pero al final no pasó nada. Fue un milagro de su dios Alá, la misteriosa protección del espíritu de Musarraf o tal vez los nervios de acero de Taufik que tuvo la valentía de permanecer inmóvil e impertérrito sobre su yegua, mirando sin odio a los cristianos con la apostura y la dignidad de un príncipe, lo que le salvó de una muerte atroz. Fuera lo que fuere, cuando los cristianos se le acercaron y él les miró fijamente a los ojos, quedaron súbita e inexplicablemente apaciguados y no se atrevieron a atacarlo, aunque él no fue consciente de ello y temió por su vida.

Taufik no había estado nunca antes en Ubrique. Aquella soleada mañana había llegado muy alegre pensando que los ubriqueños al no conocerle serían amables y acogedores con él, pero se encontró con un ambiente enrarecido cargado de violencia contenida y una población dividida en dos grupos irreconciliables que se odiaban tanto como se temían. Ignoraba que en aquel pueblo los moros eran tan numerosos como los cristianos y esta paridad generaba mucha agresividad y odio entre ellos.

En Grazalema, en cambio, los moros habían sido masacrados por los cristianos del norte en la "reconquista" y sólo habían sobrevivido unas pocas docenas de niños denigrados a la condición de esclavos, los llamados morisquillos por los cristianos viejos. El hecho de haber sido "convertidos" y bautizados no les libraba de la esclavitud. Zulema y Taufik, es decir, Beatriz y Fernando, eran dos de estos niños, dos morisquillos. Al estar en franca minoría los moros grazalemeños no se atrevían a plantar cara a los cristianos y estaban totalmente sometidos. Aunque parezca contradictorio era precisamente este sometimiento, esta sumisión a la voluntad de sus amos, lo que creaba un ambiente tolerante que daba una cierta libertad a los esclavos de Grazalema. Esto evitaba que fueran castigados por hablar entre ellos en su algarabía andalusí.

Durante el largo rato que estuvo en el camino del bosque de robles y encinas intentando serenarse y recobrar la compostura, Taufik ató la yegua a una rama de un quejigo a cuyo alrededor crecía abundante hierba que el animal devoró con ansia como si llevase varios días sin comer y luego se paseó por aquel bosque como ensimismado y con los ojos todavía llorosos tratando de devolver al olvido los terroríficos recuerdos de su infancia. Necesitaba desesperadamente engañar su memoria, bloquearla, cubrirla de un tupido manto para que aquellos recuerdos no le siguieran atormentando el resto de sus días. Sólo así podría sobrevivir y ser feliz con su amada Zulema.

Parecía mirar lo que le rodeaba pero no lo veía, pues sus ojos estaban nublados y miraban hacia dentro. Caminaba sin rumbo hablando para si mismo, moviendo los labios sin proferir ningún sonido y se secaba las lágrimas que le brotaban con su mano temblorosa. "Madre mía, mi adorada Om Zahira*, que te dejaste matar para que yo pudiera salvarme. ¡Cómo te extraño! ¡Qué feliz y orgullosa estarías viéndome ya crecido y qué dichoso sería yo besando tus manos y presentándote a tu futura nuera para que me dieras tu aprobación! ¡Seguro que Zulema sería de tu agrado!" La sangre le hervía en sus venas de rabia, de tristeza, de impotencia, de desesperación. La sensación permanente de vivir rodeado de personas que le odiaban y despreciaban por ser moro le provocaba un sufrimiento espantoso. Nunca le había hecho daño a nadie, no se merecía aquel castigo tan cruel. (*La palabra om significa madre en árabe)

Un ruido repentino segó sus pensamientos y le devolvió a la realidad. En su cerebro dejó de escuchar los desgarradores alaridos de su madre mientras la asesinaban, grabados de manera imborrable en sus neuronas y sus ojos volvieron a brillar y dejaron de mirar hacia el interior de su mente. Era un mirlo macho, hermano del anterior, que cantaba feliz sobre la rama más alta de una encina. Taufik se lo quedó mirando como hipnotizado. Su canto era bellísimo, contundente, lleno de fuerza. Desde niño siempre le había gustado el gorjeo de los mirlos. Se echaba sobre la hierba o la hojarasca, cerraba los ojos y escuchaba aquel maravilloso canto que el eco devolvía y parecía responder al pájaro, como si de otro macho se tratase.

Poco a poco se fue serenando, su corazón aminoró sus latidos, sus ojos se secaron, sus manos dejaron de temblar, su sudor se evaporó y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. Aquel animalito que proclamaba a los cuatro vientos que aquel trocito de bosque era suyo consiguió apaciguar el alma atormentada de aquel joven que a sus todavía tiernos veinte años se había visto obligado a madurar antes de tiempo. "Gracias, mirlito, que Alá te lo pague con muchos hijitos como tu", -le dijo ya con una amplia sonrisa y el ánimo recuperado.

Desató la yegua que estaba ahíta de tanta hierba que había comido, se subió a su lomo de un salto y se dispuso a recorrer el último tramo del camino que llevaba al palacio de Don Gonzalo.

Era la casa más grande y más hermosa que Taufik había visto nunca. La puerta estaba abierta y no se oía ningún ruido. Taufik se apeó de la yegua, la ató a la rama de un viejo naranjo cargado de frutos y se asomó al interior de aquel maravilloso edificio. "¡Ah de la casa!", -gritó, pero nadie le respondió. Movido por una curiosidad irresistible entró y empezó a proferir exclamaciones de admiración ante tanta belleza. Era un palacio como el que había imaginado para Zulema, pero muchísimo más grande, todo cubierto por dentro y por fuera de bellísimos mosaicos de azulejos multicolores dibujando figuras geométricas y motivos vegetales con las vigas de las techumbres adornadas con artesonados arabescos de madera de cedro, que confería al aire un delicioso aroma a casa nueva.

"¡Buenos días, muchacho!". Taufik dio un brinco sobresaltado al escuchar a sus espaldas aquel vozarrón de castellano viejo y se dio la vuelta mientras respondía al saludo. "¡Buenos días, señor.... Don Gonzalo!" Durante unos segundos se miraron a los ojos, se leyeron el alma y sintieron que simpatizaban. El rico cristiano era un hombretón alto y corpulento de piel muy blanca manchada con numerosas pecas y una generosa barba pelirroja. Tendría unos veinticinco años. Se había instalado en Ubrique tras la reconquista y llevaba unos meses casado con una hermosa morisca, a la que había liberado de la esclavitud en un mercado de esclavos de Algeciras.

-Tú debes ser el joven de Grazalema que busca artesanos, ¿verdad? - le dijo mirándole a los ojos con su voz poderosa y a la vez amable. Don Gonzalo tenía aspecto de hombre bonachón, su mirada era franca y noble. Taufik se dio cuenta de que no se dirigía a él como a un moro, como a un esclavo, como a un inferior, no se sintió despreciado ni odiado y por primera vez en su vida fue capaz de sentir simpatía por un cristiano.

-Así es, señor. - le respondió con timidez - Estoy construyendo un pequeño palacio para mi futura esposa y necesito artesanos para adornar las paredes y techumbres. En el pueblo me han dicho que aquí encontraría lo que busco.

-Pues has llegado justo a tiempo. Los dos artesanos moriscos que han hecho este magnífico trabajo, ganándose con creces el oro que les he pagado, parten mañana hacia Algeciras. Ven conmigo y hablarás con ellos. - le contestó afable Don Gonzalo, mientras le posaba el brazo sobre los  hombros en actitud amistosa, como si le conociera de toda la vida.

Taufik creía estar soñando. Tras la terrorífica experiencia con la horda de cristianos, todo parecía haberse vuelto amable. Aquel hombretón de pura raza celta venido de la lejana Galicia no albergaba ningún odio hacia los moros. Nunca un cristiano le había tratado con tanto respecto, tanta amabilidad, de igual a igual. Casi estuvieron a punto de saltarle dos grandes lágrimas de agradecimiento pero se contuvo.

-¡Qué hermosura de naranjas!, - exclamó para disimular la intensa emoción que le embargaba, mientras atravesaban un magnífico huerto de naranjos, limoneros y cidros de camino a la pequeña casita aneja al palacio donde se habían alojado durante meses los dos artesanos.

-Sí, son las mejores de toda la comarca. Cuando compré los terrenos, el cristiano que me los vendió me dijo que habían pertenecido a un noble moro oriundo de Valencia que murió defendiendo sus tierras durante la reconquista. Prueba ésta, te va a gustar, la llamamos naranja de sangre. -le contestó mientras alargaba una mano, arrancaba una naranja con manchas rojas y se la ofrecía acompañada de una amplia sonrisa.  Don Gonzalo seguía con su fuerte brazo posado sobre los hombros de Taufik. Tanta amabilidad espontánea y sincera colmó la capacidad de autocontrol del muchacho, no pudo contenerse y en su rostro se dibujó un amago de llanto, pues la emoción le embargaba al sentirse tratado como un amigo y no como un despreciable moro.

-Eh, muchacho, ¿qué te pasa?, ¿por qué lloras?, no entiendo.....

Taufik tragó saliva, intentó controlar los músculos de su rostro y su garganta, respiró hondo y le contó cabizbajo con voz entrecortada lo que había sido su vida hasta entonces. Don Gonzalo le escuchó en silencio, con una sensibilidad que no parecía propia de un hombretón como él. Con el brazo sobre los hombros del muchacho acercó su cuerpo hacia el suyo en un intento de arroparle, de darle el calor humano que nunca había tenido. Taufik le contó de su infancia feliz con su madre Zahira y su padre Muhammad, de la terrorífica muerte de su madre a manos de los invasores, de su huída hacia el bosque de abetos, de los tres largos meses que pasó escondido en las montañas de Grazalema, del frío y el hambre que tuvo que soportar, de su captura por un cristiano que lo esclavizó, de cuando se enamoró de la esclava Zulema, de cuando la veía llorar desconsolada bajo el viejo abeto que albergaba el alma de su padre, de cuando Musarraf le habló en sueños y le indicó dónde estaba la cajita de plata llena de monedas de oro, de cuando pagó a su amo por su libertad, de cuando libertó a sus amigos moros, de cuando compró a Zulema por tres ducados de oro, de cuando la llevó a la casita que le había comprado y la tranquilizó asegurándole que no la violaría, de cuando ella acudió al bosque donde los albañiles libertos empezaban a construir el palacio para ella y él le dijo que la amaba y le pidió la mano con la hojita de hierba de terciopelo como prueba de que aquella era la voluntad de su padre Musarraf, de cuando ella le miró con sus ojos de azabache y aceptó ser su esposa, de cuando las paredes y el techo del palacio estuvieron acabados y no supo cómo adornarlos con mosaicos y arabescos, de cuando decidió visitar el pueblo de Ubrique en busca artesanos, de cuando estuvo a punto de morir apaleado como un perro por la horda de cristianos, de cuando...

-¿Cómo te llamas, muchacho?, - le interrumpió el gallego.

-Me llamo Fernando, señor- le contestó con humildad mirándole de soslayo.

-No, éste no es tu verdadero nombre. Dime el que te puso tu madre.

-Taufik, señor.

-Muy bien, Taufik. A partir de ahora ya no vuelvas a llamarme señor. Llámame Gonzalo. Y ahora prueba esta naranja y dime si te gusta.

Al muchacho aquella fruta manchada de sangre le daba un poco de repelús, pero cuando se metió el primer gajo en la boca, su intenso y refrescante sabor y su delicioso aroma inundaron su cerebro y se le antojó la mejor fruta que había probado nunca.

Los artesanos algecireños estaban recogiendo sus enseres y herramientas y las estaban colocando en las alforjas que acarrearían dos grandes mulas. Tenían pensado partir al día siguiente nada más clarear al alba.

-Buenas tardes, Ahmed.

-Buenas tardes, Don Gonzalo.

-¿Y Omar, por dónde anda?

-Por ahí dentro recogiendo sus cosas. ¡Omar, está aquí el señor!

Salió el artesano y saludó a Don Gonzalo. Luego fijó su mirada sobre Taufik y le sonrió al deducir por sus facciones y su vestimenta que era moro.

-Este muchacho se llama Taufik y ha venido desde Grazalema en busca de artesanos para que le acaben el palacio que está construyendo. Os quiere preguntar si vosotros estaríais dispuestos a hacer este trabajo. Tiene oro suficiente y media docena de albañiles a vuestra disposición. - les dijo Don Gonzalo.

-¿Es amigo suyo? - quiso saber Ahmed.

El cristiano dirigió su mirada hacia el morisco que todavía no había abierto la boca y sonriendo le preguntó:

-¿Somos amigos, Taufik?

El joven dudó un par de segundos y devolviéndole la sonrisa mientras tragaba saliva y se le humedecían los ojos le contestó:

-Somos amigos, Gonzalo.

-Pues ya no necesitamos saber nada más. Mañana en lugar de partir hacia Algeciras iremos contigo a Grazalema. -sentenció Ahmed, regalándole una amplia sonrisa.

Estaba anocheciendo. Don Gonzalo se despidió de los artesanos con un fuerte abrazo. Les dio las gracias por su magnífico trabajo y luego se dio la vuelta hacia Taufik que estaba fascinado por todo lo que veía. Nunca hubiera imaginado ver a un cristiano y a un moro abrazarse con tanto afecto.

-Taufik, cuando estos grandes artesanos terminen tu palacio y te dispongas a casarte, házmelo saber. A mi esposa y a mi nos hará muy felices venir a visitaros. - le dijo el cristiano.

-Para mí y para Zulema será un gran honor, Gonzalo. Nuestra casa será la vuestra. Yo mismo volveré a Ubrique para invitarte.

Taufik pasó la noche con los artesanos en la casa aneja al palacio y al día siguiente al alba partieron los tres hacia Grazalema. 

El camino se hacía muy fatigoso, pues en muchos tramos la pendiente era muy acentuada. Para dejar descansar a los animales paraban varias veces al día y por la noche dormían al raso envueltos en varias mantas de lana. Y así durante tres largas jornadas.

La mañana del tercer día, cuando ya sólo les faltaban un par de horas de camino para llegar, Taufik vio unas flores bellísimas a la vera del camino y pensó enseguida en Zulema. "A mi amada le gustarán", se dijo. Se apeó de la yegua, cogió un gran ramo de aquellas flores rosadas de pétalos velludos como el terciopelo y lo ató con un cordel que él mismo hizo retorciendo las hojas tiernas de un palmito.

Cuando por fin llegaron a Grazalema se dirigieron enseguida hacia el bosque de abetos, pues Taufik estaba ansioso por mostrar el palacio a los artesanos. Como si les estuvieran esperando, allí estaban sus amigos libertos y sentada a los pies del viejo abeto, como cada mañana, en un ritual que ella necesitaba para seguir viviendo, estaba su amada Zulema.

Ella, al verlos, quiso levantarse, pero Taufik le hizo un gesto con la mano para indicarle que permaneciera sentada. Se le acercó y le dio el ramo de flores rosadas. Zulema lo cogió, lo miró con agrado, acarició con el dedo índice los suaves pétalos velludos y dirigiendo sus ojos hacia los de Taufik, exclamó: "¡Qué suaves son, parecen de terciopelo!". "Sí, mi amada, de terciopelo, como tú".

Los artesanos y los albañiles les observaban en silencio, con respeto, sintiendo envidia por aquel amor tan tierno y sincero que aquellos dos seres atormentados se profesaban. Taufik parecía haberse olvidado de ellos. Estaba como embrujado mirando embelesado como su amada jugaba con las flores. "Te están esperando",  le dijo Zulema con una dulce sonrisa llena de ternura, sacándole del ensoñamiento de enamorado y devolviéndole a la realidad. Cuando se giró hacia los artesanos no pudo evitar sonrojarse. Ellos esbozaron una comprensiva sonrisa e hicieron como si no hubieran visto nada.

Taufik les mostró el palacio, les dijo que hicieran su trabajo como mejor creyeran y les rogó que aceptasen dormir en el mismo palacio, pues no disponía de una vivienda para ellos, sólo la choza donde él moraba desde que era liberto y la casita de Zulema, que era sólo para ella.

Al día siguiente, a media mañana, estando ya todos los hombres, incluido Taufik, trabajando en la ornamentación del palacio, Zulema acudió al bosque de abetos con una gran bandeja de bronce cubierta con una tela blanca, se acercó a su amado, levantó la tela y ante sus ojos aparecieron unos deliciosos alfajores moriscos de almendra y miel en forma de media luna que ella misma acababa de amasar y hornear. Estaban todavía calientes y desprendían un delicioso y tentador aroma que abrió el apetito a aquellos hombres.

Taufik estaba sorprendido, emocionado, rebosante de alegría, orgulloso de su amada. Por fin Zulema parecía recobrar la alegría y la ilusión de vivir y empezaba a comportarse como su esposa. Cogió la bandeja de dulces y los ofreció en primer lugar a los dos artesanos, luego a sus fieles amigos y por último dejó la bandeja en el suelo sobre una bonita alfombra de lana y se sirvió uno.

-¡Uhmmm, que ricos! - exclamaron todos.

Zulema les observaba divertida con cara de satisfacción, sin decir nada, dejando que todos vieran su bellísimo rostro y sus ojos negros, que brillaban llenos de vida como nunca antes lo habían hecho.

Quinto capítulo


Ni el califa de Córdoba comía mejor


La ornamentación del pequeño palacio de Zulema iba a ser laboriosa. En Grazalema no había ningún horno grande adecuado para cocer cerámica vidriada y el artesano Ahmed, maestro en azulejos y mosaicos, tuvo que ingeniárselas para construir uno capaz de alcanzar las altas temperaturas, que requerían las piezas de arcilla para convertirse en bellísimos azulejos multicolores. (La palabra española azulejo procede del árabe andalusí azzuláyǧa)

El otro artesano, de nombre Omar, maestro carpintero y ebanista, necesitaba madera de excelente calidad, a ser posible del preciado cedro de las montañas del Atlas de la vecina África, aunque compadeciéndose de Taufik, pues sería muy costoso importarla, aceptó trabajar con madera del abeto andaluz que abundaba alrededor de Grazalema.

Así que Taufik y sus seis amigos libertos se pusieron a las órdenes de los dos artesanos y mientras varios de ellos buscaban piedras grandes, las tallaban para darles la forma geométrica indicada por Ahmed y empezaban a ensamblarlas para construir el horno, los demás acudían al bosque armados con hachas en busca de varios abetos de tronco grueso y tras derribarlos les pelaban la corteza con azuelas, aserraban el tronco en tablones con grandes serruchos de doble mango y se los entregaban al maestro Omar para que los tallase con sus herramientas.

Los libertos sentían un gran afecto por Taufik. Le respetaban, admiraban y apreciaban como si de un hermano mayor se tratase. Trabajaban para él de sol a sol sin desfallecer agradecidos por haberlos liberado de la esclavitud. Tenían más o menos su misma edad y vivían los seis juntos en una gran choza cercana al palacio que habían construido con sus propias manos ensamblando troncos de abetos jóvenes. Todos sus gastos corrían a cargo de Taufik, que se mostraba muy generoso con ellos, pues él también les estimaba como a hermanos y cada luna nueva les pagaba dos reales de plata por cabeza.

A Ahmed le gustaban las cosas bien hechas. Era un artesano famoso conocido en toda la bahía de Cádiz. Vivía con su familia en una pequeña aldea cercana a las ruinas de la antigua Algeciras. Había sobrevivido a la reconquista gracias a su astucia y a la gran admiración que despertó su taller, su maestría y su digna y serena apostura en los invasores cristianos cuando éstos entraron en su casa. Él, su esposa, sus siete hijos y sus dos aprendices esperaban aterrorizados la entrada de los infieles del norte sentados muy juntos en el centro de la casa sobre almohadones (del árabe andalusí almuádda), en silencio, sabedores que de nada les serviría intentar defenderse. Las paredes del interior de la vivienda estaban adornadas con bellísimos mosaicos que refulgían con luz propia con destellos multicolores y en el suelo había varios armatostes de madera sobre los que se distribuían cientos de azulejos de múltiples formas y colores, colocados dibujando figuras geométricas y motivos florales para ser luego llevados a algún palacio de nueva construcción y montados cubriendo sus paredes interiores.

Cuando los cristianos llegaron al umbral de la puerta se la encontraron abierta. Extrañados se asomaron al interior de la casa y una amable voz masculina hablando en un perfecto castellano les dio la bienvenida. Era Ahmed que además de un excelente artesano era un gran erudito que dominaba el castellano, el latín, el griego y el árabe andalusí y conocía los mágicos secretos del arte de la alquimia, la aritmética, la astrología y la música. Su aparente serenidad, el tono suave y amable de su voz, la gran maestría y belleza que mostraban sus mosaicos y la visión de su esposa e hijos sentados en el suelo todos cabizbajos en señal de sumisión y respeto, apaciguó el ansia de sangre de los invasores y el cabecilla ordenó a sus soldados que les respetasen la vida y los bienes, dejando a dos de ellos haciendo guardia en la entrada para que nadie les hiciera daño.

La inteligente pantomima teatral para lograr sobrevivir le había salido bien a Ahmed. No le había costado mucho organizar la escena, pues en sus venas corría sangre cristiana, la de su madre leonesa de nombre Ximena que su padre había comprado a un mercader de esclavos de Granada. Conocía pues las extrañas costumbres de los infieles del norte. Cuando llegó la terrorífica noticia de la cercanía de las huestes invasoras, Ahmed ordenó a su mujer, a sus hijos y a los dos aprendices que se vistiesen rápidamente con ropas cristianas y escondió los objetos y adornos musulmanes más llamativos, sustituyéndolos por un gran crucifijo y una imagen de la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Luego les hizo sentar todos juntos alrededor de su esposa en el centro de la estancia y obligó a memorizar un nombre cristiano a cada uno de sus hijos y a los dos aprendices. Su esposa no tuvo necesidad de aprender un nombre distinto al suyo verdadero, Joana, pues era una esclava cristiana que Ahmed había comprado por dos dinares de oro en el mercado de esclavos de Izn-Rand Onda (ciudad de Ronda, la primitiva Arunda de los fenicios). Cuando el cabecilla de la horda de cristianos preguntó el nombre al más pequeño de los niños, éste levantó la cabeza, le miró con sus grandes ojos azules heredados de su abuela Ximena y le contestó muy serio con su vocecita inocente: "Me llamo Antonio, señor."

Ahmed se hizo llamar Emeterio y desde aquel día él y su familia siguieron morando tranquilamente en su casa como cristianos, como si para ellos nada hubiera cambiado. Todos sus vecinos moros habían sido masacrados salvajemente, de manera que no quedó nadie en la aldea que pudiera denunciar a los cristianos la falsedad de Ahmed. Él jugaba a nadar entre dos aguas. Cuando trataba con moros era un morisco converso y se dirigía a ellos en árabe andalusí y cuando lo hacía con cristianos les hablaba en castellano y se comportaba como un cristiano viejo. La sangre leonesa de su madre le ayudaba en la simulación, pues había heredado de ella su tez clara y sus ojos celtas, hablaba el castellano con un fuerte acento leonés y lo había enseñado a sus hijos al mismo tiempo que el árabe andalusí, de manera que los niños lo hablaban perfectamente con el mismo acento que su padre sin levantar ninguna sospecha.

Su esposa Joana era originaria de la ciudad occitana de Montpellier. Había sido raptada muy joven por unos corsarios sarracenos y llevada al mercado de Ronda, donde Ahmed trabajaba en la ornamentación del palacio del emir. Cuando una mañana escuchó al mercader de esclavos anunciar a voz en grito la venta de una niña cristiana, le picó la curiosidad y se acercó a la plaza de la ciudad, donde se arremolinaba una muchedumbre de curiosos. Sobre una tarima de madera había una decena de esclavos de distintas edades con las muñecas fuertemente maniatadas con una soga de esparto y los tobillos rodeados por pesadas argollas de hierro oxidado (del árabe andalusí alúlla). Estaban de pie muy juntos, semidesnudos, con la cabeza agachada y los ojos llorosos mirando al suelo. Joana había sido obligada por el mercader a dar un paso al frente con un bastonazo y lloraba temblorosa en silencio.

Cuando Ahmed la vio tan menuda, tan bonita, tan blanca, tan frágil, tan aterrorizada y vulnerable, con su pelo rubio desaliñado y sus piececitos descalzos e hinchados por las argollas, que rodeaban sus tobillos y le habían abierto espantosas heridas, se acordó enseguida de su difunta madre, a la que adoraba, sintió una puñalada en el pecho, se le humedecieron los ojos y su corazón le ordenó que la comprase costase lo que costase. Otro hombre estaba interesado en la pequeña, pero sólo ofrecía una moneda de oro por ella, así que a Ahmed le bastó con doblar la oferta para hacerse con la niña. La cogió en brazos, pues no podía caminar y se la llevó a su casa. Por el camino intentó tranquilizarla hablándole en castellano, pero ella no le entendía pues sólo conocía el occitano. La pobre Joana apestaba a heces y orines y un andrajoso vestido de tela de cáñamo cubría su demacrado cuerpecito. Tendría unos once años. Ahmed se desposó al día siguiente con ella, pues aborrecía la idea de tenerla como esclava, pero la respetó hasta que se hizo mujer. Joana no tardó en cogerle un gran cariño, primero como a un padre y después como a un esposo y le dio siete hermosos hijos de tez blanca, a los que hablaba siempre en occitano con el fuerte acento de su Montpellier natal. Sólo se dirigía a ellos en la lengua andalusí, que Ahmed le había enseñado, cuando tenían visitas en la casa.

El horno pronto estuvo acabado. Tenía la planta circular y una altura de más de dos metros. Estaba dividido en dos compartimentos superpuestos separados por una parrilla de ladrillos con espacios vacíos entre ellos, que permitían el paso del calor del fuego que subía del compartimento inferior, sin que la leña en combustión entrase en contacto directo con las piezas de cerámica. Ahmed colocó cuidadosamente los primeros azulejos crudos sobre la parrilla en el compartimento superior, mandó a los libertos que llenasen de leña el compartimento inferior y entonces se dirigió a Taufik para ofrecerle el honor de prenderle fuego por primera vez.

Zulema seguía yendo cada mañana al bosque de abetos, saludaba con una sonrisa a Taufik y a los demás hombres y se sentaba a los pies del viejo abeto cuyo tronco albergaba el alma de su padre. El día siguiente de la llegada de los artesanos les había llevado alfajores de almendra y miel supuestamente amasados y horneados por ella misma, pero la verdad es que no era exactamente así, pues Zulema no sabía cocinar, no lo había hecho nunca. Durante su corta vida sólo había trabajado en la limpieza de la casa de sus amos, lavado la ropa en una fuente cercana y acarreado agua y leña como una bestia de carga. El éxito de sus primeros dulces, por tanto, tenía truco. Sin decir nada a Taufik, mientras éste se encontraba de viaje en Ubrique, había pedido ayuda a una vieja esclava morisca con fama de buena cocinera de comida andalusí llamada Zahara, que vivía en una casita de adobe en las afueras de Grazalema. La anciana había accedido encantada a ayudarla, pues se aburría de estar ociosa todo el día, acostumbrada a trabajar duro durante toda su vida. Su amo la había liberado hacía unos pocos meses tras más de sesenta años de esclavitud, agradecido por sus excelentes servicios y su fidelidad y le había regalado la pequeña casa.

Zulema le había rogado que se quedase a vivir con ella. La anciana tenía las rodillas y los pies deformados por la artrosis y le costaba mucho caminar, así que le gustó mucho la oferta y aceptó quedarse. Ambas detestaban la soledad y convivir juntas en aquella casita les pareció una idea muy atractiva. Durante los primeros días Zahara cocinó sola, explicando a la muchacha paso a paso sus secretos de vieja cocinera. Zulema metía luego la comida preparada en las dos bolsas de unas alforjas (del árabe andalusí alurǧa), las cargaba a los lomos de una burra  y se la llevaba a los nueve hombres que trabajaban de sol a sol en la ornamentación del palacio.

En ningún momento sospecharon que la comida no había sido cocinada por Zulema. Con tanto trabajo tenían un apetito voraz y esperaban con ansia su llegada. Cuando alguno de ellos la veía a lo lejos acercarse con la burrita, avisaba a los demás con un ¡ya viene! y las glándulas salivares de aquellos nueve hombres automáticamente empezaban a salivar y sus estómagos rugían famélicos en sus vientres. Taufik no se libraba de aquella reacción instintiva y su sensación de hambre se mezclaba con la inmensa alegría de ver a su amada, pues cada día estaba más locamente enamorado de ella

Una vez les había servido la comida sobre una gran estera de esparto bajo la sombra del viejo abeto que albergaba el alma de su padre, Zulema se sentaba como siempre a los pies del árbol y les observaba divertida. Ellos estaban absortos dándose un atracón y todos salvo Taufik se olvidaban de su presencia. Mientras saboreaban aquellos deliciosos manjares preparados por Zahara no paraban de proferir exclamaciones de placer por lo rico que se les antojaba el tajín de cordero en salsa de cardamomo, el cuscús de pollo al azafrán, el escabeche de cordero lechal en vinagre de hidromiel, el hummus de garbanzos en salsa de sésamo, las lentejas con espárragos trigueros, las cebollas confitadas a la albahaca, el tajín de pollo a la miel de romero, el rabo de ternera a la canela, las berenjenas rellenas de abadejo y perejil, las setas morillas asadas al ajiaceite, los huevos revueltos con tagarninas, la coliflor rehogada en salsa de almendras, la crema de nueces con huevos de paloma, las chuletas de cordero al comino, los cogollos de hinojo a la granadina, los pies de cordero encebollados, los dulces de albaricoque a la canela, la crema de pera al aroma de hierbaluisa, los higos confitados en mermelada de granada, el guirlache de sésamo y avellanas, el turrón de piñones, las naranjas rellenas de crema de melocotón, las manzanas a la miel de azahar, la torta de la favorita del emir, el queso tierno de cabra payoya al almíbar de tomillo, ..... Y así cada día varios de estos platos, a cual más delicioso, procurando no repetirlos en la misma semana.

Zulema no podía reprimir la risa escuchando tanto gruñido, tanto uhmmm, tanto chupeteo de dedos, tanto chasquido de bocas, tantos suspiros de placer, tantas exclamaciones de ¡qué rico!, tantas afirmaciones de ¡ni el califa de Córdoba comía mejor que nosotros!, ... y para que no vieran lo bien que se lo pasaba, lo mucho que se divertía haciendo felices sus estómagos, se cubría su hermosa sonrisa y sus ojos brillantes de alegría con el velo de algodón blanco.

Sexto capítulo


El sol, cual dios de luz, se levantaba tras las copas del inmenso abetal y un coro de miles de aves llenaba aquel paraíso de cánticos de vida.


Amanecía en Grazalema. Los rayos del sol naciente jugaban al escondite entre las ramas de los abetos y los pájaros se desperezaban y calentaban los entumecidos músculos de sus alas tras aquella larga y fría noche de invierno. Un monaguillo hijo de padres segovianos, que había sido el primer niño cristiano nacido en Grazalema tras la reconquista, subía todavía soñoliento los doce angostos peldaños, que permitían acceder al campanario de la Iglesia de Santa María de la Encarnación. La tenue luz del alba iluminaba la pequeña campana de bronce que tres años atrás había sido fundida y moldeada en Toledo. Felipe, que así se llamaba el joven campanero, asió la cuerda del badajo con las dos manos y tiró con fuerza para golpear repetidamente el bronce toledano. Aquella mañana por orden del capellán el repiqueteo debía ser rápido, enérgico y alegre, como el galope de un caballo, pues era domingo y todos los grazalemeños sin excepción debían acudir al pequeño templo a oír misa.

Taufik, los dos artesanos y los seis libertos, al igual que Zulema y la vieja Zahara, también oían la campana y se preparaban para acudir a la pequeña iglesia que hasta trece años atrás había sido la mezquita de la Gran Zulema mora. De entre todos ellos sólo Taufik, Zulema y los libertos recordaban al muecín llamar a la oración desde el alminar de la mezquita. Ahmed y Omar, los dos artesanos de Algeciras, nunca antes habían estado en Grazalema y la vieja Zahara había venido doce años atrás desde la lejana ciudad castellana de Burgos acompañando a sus amos tras la reconquista.

A los jóvenes moriscos del pueblo, que en su tierna infancia habían acompañado a su padre a orar en la mezquita, les dolía en el alma escuchar el sonido de la campana en lugar de la poderosa voz del muecín. Taufik recordaba el cariño con que su madre Zahira le bañaba en un barreño con agua caliente, le secaba y perfumaba el pelo con esencias de alhucema y jazmín, le vestía su mejor chilaba de algodón blanco, le calzaba unas pequeñas babuchas de vivos colores y, ya bien arregladito, le miraba con ternura de arriba abajo con los ojos brillantes de orgullo y le besaba en la frente con dulzura como sólo una madre sabe hacerlo. Muhammad había observado toda la escena con su corazón henchido de amor de padre y esperaba a su hijo junto a la puerta de la casa. "Anda, vete con tu Ab", le decía Zahira y el niño corría hacia los brazos de Muhammad y recibía de él un cálido abrazo. Taufik era feliz, inmensamente feliz. Su progenitor entonces le alargaba la mano y él asía con su manita los grandes dedos anular y meñique de Muhammad y los dos juntos acudían a la mezquita a orar a su dios Alá. Zahira les observaba alejarse desde la puerta de la casa y saludaba con la mano cada vez que su niño se giraba para mirarla. Muhammad sonreía feliz. Querían a su hijo con toda el alma.

Sólo unos meses después ambos morían mutilados y decapitados a manos de los invasores del norte. En las pocas ocasiones que Taufik lo había hablado con otros moriscos le habían aconsejado olvidar, cubrir aquellos dolorosos recuerdos con un manto negro para que nunca más volvieran a asomarse a su mente y dejasen de atormentarlo, pero en el fondo los mismos que le daban estos consejos sentían en su corazón tanto o más dolor que Taufik y albergaban como él un deseo irrefrenable de venganza. Les habían robado su infancia y lo que más querían de una manera cruel y despiadada por absurdas cuestiones de religión, lengua y raza, simples y ridículas excusas para justificar una codicia y un fanatismo extremos.

Así pues los nueve hombres que trabajaban de sol a sol en la ornamentación del pequeño palacio mudéjar paraban los domingos y demás fiestas de guardar para acudir resignados a oír misa y hacerse ver. De camino a la iglesia pasaban por la casita blanca donde vivían Zulema y la vieja Zahara, Taufik daba unos golpes en la puerta, ellas salían con el vestido morisco de los domingos y todos juntos se dirigían hacia la plaza del pueblo, ellos delante y las dos mujeres detrás con la cabeza cubierta con un amplio velo blanco a modo de capa a una distancia prudencial de los hombres para evitar habladurías entre los cristianos viejos. Ya en el templo la comitiva se separaba, los varones se sentaban a la derecha y ellas a la izquierda, lógicamente en los últimos bancos, si quedaba alguno libre, pues los primeros estaban reservados para los grazalemeños de sangre limpia y linaje puro. Como todos los moriscos simulaban tener una gran fe y una sincera devoción, se confesaban inventándose pequeños pecados veniales para contentar al capellán y comulgaban de una manera tan piadosa que nadie hubiera sospechado que en el fondo de su alma musulmana a quien rezaban en realidad era a su dios Alá, el de sus padres masacrados.

Al salir de misa volvían a pasar por la casita de Zulema, ella recogía la comida que había preparado con Zahara, la cargaba en las alforjas de su burra y otra vez todos juntos se dirigían hacia el bosque de abetos.

A la anciana le costaba mucho caminar. El lancinante dolor de sus caderas y rodillas deformadas por la artrosis convertían el paseo en un suplicio. Así que Taufik, compadeciéndose de ella, le compró una burrita gris de raza andalusí igual a la de Zulema y cada domingo, al salir de misa, la levantaba en brazos como si fuera una niña y la montaba sentada de lado sobre el animal, para que pudiera acompañarles hasta el bosque de abetos. Taufik conocía a Zahara desde niño y se alegró mucho cuando supo que se había ido a vivir con Zulema. Sospechaba que era ella y no su amada quien preparaba los deliciosos manjares, pero se hizo el despistado para no ponerla en evidencia.

A la vieja cocinera le resultaba extraño que la llamasen por su nombre moro. Se sentía más cómoda con su nombre cristiano, Teresa, con el que su primer amo burgalés la había bautizado sesenta años atrás. Había sido esclavizada a sus tiernos once años en la lejana ciudad tunecina de Bizerta y llevada a Burgos por su comprador para que ayudase a su esposa a criar a sus hijos. Pronto se olvidó de su lengua materna y aprendió a la perfección el contundente idioma castellano. Su arte en la cocina se lo enseñó otra esclava mora que había sido capturada ya mayor en la ciudad libia de Tarabulus. Su captor corsario originario de la íbera Gerunda le había perdonado la vida a pesar de su edad, pues ya entonces a sus treinta y seis años era una reputada cocinera del emir de la ciudad norteafricana. Salvar la vida fue como un milagro para ella pues tuvo la inmensa suerte de gozar del aprecio de un esclavo cristiano de origen catalán, que acababa de ser liberado con la razia, que la protegió de los piratas cuando éstos entraron en el palacio para saquearlo y masacrar a sus moradores. Justo en el momento en que un corsario le arrancaba el velo, la sujetaba por un brazo y levantaba la espada para cortarle el cuello, el esclavo cristiano gritó con todas sus fuerzas en el idioma de Catalonia: "No la matis, aquesta muller es una molt bona cuinera, la podràs vendre a bon preu en qualsevulla port crestià" (No la mates, esta mujer es una buena cocinera, la podrás vender a buen precio en cualquier puerto cristiano). Así fue como la libia Halima fue llevada hasta la ciudad íbera de Barchinona y allí, en una plaza cercana al puerto, fue comprada a cambio de seis reales de plata por un rico comerciante de telas de seda, gran amante del arte del buen yantar, que se la llevó a Burgos tras comprobar en su refinado paladar que su fama de buena cocinera era bien cierta. Al bautizarla la llamó Lorenza, por ser San Lorenzo el patrón de los cocineros.

El palacio estaba a media legua castellana de la plaza del pueblo. El camino tenía una gran pendiente y estaba lleno de rocas. Tardaban cerca de una hora en llegar. Una vez allí Zulema sacaba una gran estera de esparto del interior del palacio, la extendía en un rellano a la sombra del viejo abeto y distribuía encima los ricos manjares para que los hombres se sentasen en círculo alrededor de ellos. De esta manera la comida les quedaba al alcance de su mano derecha, la mano pura musulmana y también cristiana, que en esto en nada se diferenciaban, pues para ambas religiones representaba lo masculino, lo noble, lo limpio, lo pío, lo bueno, lo sagrado. La otra, la izquierda, era impura y representaba todo lo siniestro, lo pecaminoso, lo sucio, lo demoníaco, lo perverso, lo abyecto, lo traicionero, lo femenino. Debían pues comer con la mano derecha, tanto hombres como mujeres. La izquierda en cambio estaba destinada a lavarse sus partes íntimas en las abluciones y a limpiarse el ano tras la defecación.

Zulema y Zahara, después de servir las viandas a los hombres, se sentaban unos metros más allá a los pies del viejo abeto y comían en silencio los alimentos que habían reservado para ellas. Las hacía felices ver como disfrutaban aquellos hombres con la sabrosa comida y se miraban divertidas de soslayo con cada una de las exclamaciones y suspiros de placer que proferían los comensales. Zulema estaba inmensamente agradecida a Zahara. En pocas semanas le había enseñado a cocinar y ya se atrevía a preparar los platos más sencillos. El cariño entre ellas iba en aumento día a día. Para Zahara la muchacha era como la hija o la nieta que nunca había tenido y para Zulema la vieja cocinera era como la reencarnación de su tata Nahina. La anciana no sabía hablar en andalusí, aunque lo entendía un poco al ser parecido a su casi olvidada lengua materna norteafricana. Zulema y Taufik le hablaban en castellano con su fuerte acento morisco y ella les respondía en un perfecto castellano burgalés.

Pasaron varias semanas y por fin estuvo acabada la ornamentación del pequeño palacio. Quedaban sólo por perfilar algunos detalles que los dos artesanos terminarían en unos pocos días. Había llegado la hora de ir a Ubrique a invitar a la boda a Don Gonzalo y a su esposa morisca. Taufik se levantó una mañana muy temprano, se montó a los lomos de su yegua y se encaminó hacia el sur en dirección a la alquería mora que los cristianos habían bautizado como Villaluenga del Rosario. Tardó casi dos días en llegar, pues no recordaba el camino. Pasó la segunda noche del viaje en la espesura de un alcornocal situado en las afueras del pueblo y al día siguiente al alba volvió a emprender su camino, esta vez hacia poniente. Llegó por la tarde a la diminuta aldea de Benaocaz. Unos moriscos benaocaceños con los que entabló conversación en andalusí le cedieron una choza para pasar la noche, pues hacía frío y lloviznaba.

Taufik estaba inquieto sin motivo aparente. Se acostó y nada más dormirse empezó a soñar. En su mente vio con gran claridad unas espantosas imágenes de ajusticiamientos de moriscos y oyó sus alaridos de pánico y dolor que le recordaron a los que profirió su madre Zahira mientras la mutilaban y decapitaban. La angustiosa pesadilla duró varias horas hasta que el canto de una lechuza que sobrevolaba la choza le despertó sobresaltado. Estaba empapado en sudor, jadeaba y su corazón latía alocadamente en su pecho. En la oscuridad de la noche rompió a llorar en silencio. Alguna fuerza misteriosa, tal vez el espíritu de su madre o el de Musarraf, le avisaba e intentaba protegerlo de un peligro inminente. Deseaba salir huyendo y volver a la seguridad de Grazalema, pero le había prometido a Don Gonzalo que le invitaría a su boda y él era un hombre de palabra. Siguió echado sobre el saco de paja sobre el que dormía, pero ya no pudo conciliar nuevamente el sueño. Las últimas horas de aquella larga noche se le hicieron eternas. Miles de veces abrió los ojos con la esperanza de ver las primeras luces del alba.

Cuando por fin un ruiseñor divisó a lo lejos en el horizonte el renacer del nuevo día, cantó feliz sobre las ramas de un quejigo cercano y Taufik supo entonces que había terminado aquel tormento. Se levantó aturdido y entumecido, mucho más cansado que el día anterior, con la sensación de no haber dormido ni un instante. Se mojó las manos con el rocío que bañaba la hierba y se las pasó por la cara para refrescarse, despejar su mente y limpiar los miasmas de la noche. La yegua le saludó con un resoplido y un movimiento en vaivén arriba y abajo de su cabeza. Él se le acercó y rodeó su robusto cuello con los brazos mientras le hablaba palabras bonitas. Sintió el calor del cuerpo del animal en su mejilla y aquella cálida fuerza vital recargó su alma de nueva energía para proseguir el camino.

El sol, cual dios de luz, se levantaba tras las copas del inmenso alcornocal que vestía aquellas montañas de rocas grises. Una brisa suave hacía bailar las crines de la yegua y un coro de miles de aves llenaba aquel paraíso de cánticos de vida. Taufik seguía sintiendo en su pecho la misma extraña angustia que le había atormentado durante la noche. A medida que se acercaba a Ubrique la desagradable sensación se hacía cada vez más intensa, hasta el punto que le temblaba todo el cuerpo y temía caer de la yegua.

-Om Zahira, mi adorada madre, ¿qué me pasa?, ¿qué me estás queriendo decir? Mussarraf, ¿sois vos, señor? Decidme, ¿qué debo hacer: proseguir el camino o volver a Grazalema?- musitaba con los labios el muchacho con la frente sudorosa y un rictus de miedo en el rostro.

La dulce melodía de una flauta ajabeba y el tintineo de las esquilas de un rebaño de ovejas le sacó de aquel angustioso ensimismamiento. Las apacentaban tres moriscos de la misma edad que Taufik. Uno de ellos, el que hacía sonar el instrumento, al verlo interrumpió su bella sonata andalusí y le hizo señas con los brazos para que parase.

-¿Te diriges a Ubrique?- le preguntó el pastor.

-Así es, hermano. ¿Acaso ocurre algo que deba saber?- le contestó Taufik.

-Si eres morisco como nosotros, como creo adivinar, te recomiendo que des media vuelta y te alejes de Ubrique. Mañana van a ser ajusticiados en la hoguera por apostasía siete hombres y tres mujeres por orden del Gran Inquisidor de Sevilla. Fueron denunciados por el capellán de la Iglesia de San Antonio, que les descubrió arrodillados rezando al dios Alá en dirección a la Meca con la frente tocando el suelo. Antes de avisar a la Inquisición el capellán les conminó a retractarse de sus creencias heréticas, pero ellos se negaron y fueron encarcelados. Junto a los apóstatas también serán quemados vivos dos forasteros acusados de sodomía.- le explicó el muchacho con voz temblorosa y los ojos desorbitados por el miedo.

-Dime, ¿qué peligro corro si entro en el pueblo? Yo no soy de Ubrique y nadie me puede acusar de nada.

-Te equivocas. Desde que llegó el Gran Inquisidor de Sevilla para juzgar a los apóstatas y a los sodomitas, condenarlos a morir en la hoguera y ordenar y presenciar la ejecución de la sentencia, todos los moriscos del pueblo y los forasteros somos considerados un peligro para la seguridad del Inquisidor y no podemos acercarnos a la plaza de Ubrique bajo pena de muerte. Rodeando el pueblo hay una barrera de soldados del Santo Oficio que te detendrían inmediatamente nada más verte. Te aconsejo que te alejes de Ubrique.

Taufik permaneció en silencio un largo minuto. Su mente buscaba una solución. Quería invitar a la boda a Don Gonzalo, pero para hacerlo debería correr un gran peligro.

-¿Conoces a Don Gonzalo? - le preguntó por fin al pastor de ovejas.

-Todo el mundo en Ubrique le conoce. Es uno de los hombres más ricos y respetados del pueblo. Precisamente nosotros trabajamos para él, éste rebaño es suyo.- le contestó el mozo lleno de curiosidad.

-Necesito hablar con él. Somos amigos.

-¿Eres amigo de un cristiano? - le preguntó sorprendido el joven ubriqueño.

-Así es. ¿Sabrías decirme cómo puedo llegar hasta él sin entrar en el pueblo?

El pastor morisco bajó la cabeza, fijó su mirada en un bellísimo altramuz silvestre de flores azules, se rascó su incipiente calva y al rato encontró una solución.

-El palacio de Don Gonzalo está en las afueras del pueblo. Hay un camino que rodea la población y acaba en un encinar muy cerca del palacio.

-Conozco este camino y el encinar. Creo recordar que había dos grandes pinos piñoneros en lo alto de una loma.- le contestó Taufik mientras un escalofrío le recorría la espalda al recordar el pánico que pasó temiendo morir apaleado por la horda de cristianos.

-Los dos pinos que mencionas se ven desde aquí. ¿Los ves? - le preguntó el pastor apuntando con el dedo índice hacia la loma.

-Si, los veo.- le contestó Taufik con el rostro iluminado por la luz del sol naciente.

-Pues dirígete hacia esta loma. No la pierdas de vista y en media jornada llegarás al palacio. Te aconsejo apearte de la yegua y andar el camino a pie para llamar menos la atención, no vaya a verte algún cristiano.

-Muchas gracias, muchacho. ¡Que Alá te dé larga vida!

-¡Que Alá te proteja, hermano!

Taufik siguió montado a lomos de la yegua hasta que creyó estar demasiado cerca del pueblo. Entonces se apeó y prosiguió el trayecto a pie por la espesura del encinar, evitando los caminos abiertos para no ser visto. Faltaba poco tiempo para el mediodía y pensó que lo mejor era esperar a que los cristianos del pueblo se fueran a sus casas para el almuerzo. Ató la yegua a un acebuche y se sentó a su lado para serenarse. Ella ajena a la angustia que atormentaba al muchacho se dedicó a alimentarse de la hierba que crecía a su alrededor. Taufik estaba tan cansado y tenía tanto sueño que acabó durmiéndose con el ruido tranquilizador que la yegua hacía al masticar la hierba.

Un resoplido inesperado del animal le despertó sobresaltado. A escasa distancia se escuchaba la conversación de dos hombres que hablaban con el acento de los cristianos viejos. Taufik intentó tranquilizar a la yegua para que no hiciera ningún ruido y prestó atención a lo que decían.

-¿Estás seguro que el moro iba por este camino? - preguntaba el más viejo de los hombres al otro.

-Le he visto desde aquella loma. Iba montado en un caballo blanco y me ha recordado al morisco de Grazalema que el año pasado vino en busca de artesanos. ¿Te acuerdas de él?

-Sí, lo recuerdo bien. Mientras abrevaba al caballo nos miraba con desprecio y se reía de nosotros. Tuvo incluso la osadía de provocarnos hablando a los moriscos que se le acercaron en la prohibida lengua sarracena. Salimos en su busca para apalearlo como a un perro, pero al final no lo hicimos por temor a Don Gonzalo, pues cabía la posibilidad de que fuera uno de sus esclavos.

-Sí, pasamos por su lado y él pareció no temernos. Luego nos arrepentimos de no haberlo apaleado al enterarnos de que no era más que un moro forastero que buscaba artesanos.

-Debimos acabar con él. Si es el mismo moro esta vez ya no regresará a Grazalema. Diremos al Inquisidor que le hemos visto rezar en dirección a la Meca y mañana morirá quemado vivo con los demás apóstatas.

-Volvamos al pueblo y avisemos a los soldados del Santo Oficio. Ellos le apresarán.

-Sí, buena idea.

Taufik había escuchado toda la conversación con un miedo atroz a ser descubierto por algún ruido de la yegua. Alá le había protegido y el animal había permanecido inmóvil y en absoluto silencio. Cuando creyó que los dos hombres se habían alejado lo suficiente, prosiguió su camino hacia el palacio de Don Gonzalo, siempre medio oculto en la espesura del bosque. Anduvo así más de media hora. En un claro del encinar vio que estaba muy cerca de la loma donde se asentaba el palacio y de un salto montó sobre la yegua y la azuzó para que galopase lo más rápido posible. En pocos minutos llegó al palacio. Se apeó y llamó a la puerta con insistencia pero nadie le abrió. Con un miedo indescriptible llevó al animal al interior de un establo para que nadie lo viera y corrió atravesando el naranjal hacia la casa de los invitados donde había pasado la noche en la anterior visita. Por suerte la puerta estaba abierta. Entró y se escondió casi a oscuras tras un mueble de madera de cedro y así permaneció durante largas horas, a ratos llorando, a ratos dormitando por la extrema angustia o por puro agotamiento. Cualquier pequeño ruido le sobresaltaba. Una oveja solitaria que se había separado de uno de los numerosos rebaños que pastaban por los campos de Ubrique pasó corriendo cerca de la casa y Taufik creyó que eran los soldados del Inquisidor. Su miedo se acrecentó hasta tal extremo, que sin darse cuenta se orinó y defecó encima. Al escuchar el balido de la oveja comprendió lo que en realidad había ocurrido y rompió a llorar como un niño. Su llanto se hizo más intenso al darse cuenta del penoso estado en que se encontraba, sucio de heces y orines.

El tiempo transcurría con una lentitud desesperante y nadie se acercaba al palacio ni a la casa adyacente donde se encontraba escondido. Confiaba que en cualquier momento aparecería Don Gonzalo, pero las horas pasaban y acabó durmiéndose sobre sus propios excrementos. Dormir le hizo mucho bien. Le permitió recuperarse de su cansancio y la noche se le hizo así mucho más corta. Cuando despertó el sol hacía ya un par de horas que había salido. Algunos rayos conseguían atravesar las delgadas rendijas de una ventana. Taufik se levantó entumecido con la desagradable sensación de las heces resecas pegadas a sus nalgas y genitales. El hedor no le molestaba pues su olfato se había acostumbrado. Necesitaba salir para limpiarse y lavar la ropa, pero no se atrevía. De pronto su corazón dio un vuelco en su pecho y se aceleró al recordar que los diez apóstatas y los dos extranjeros iban a morir quemados vivos aquella misma tarde.

Intentó tranquilizarse y cuando consiguió serenar un poco su atormentado espíritu, tras sopesar todas las alternativas, llegó a la conclusión de que lo más prudente era seguir escondido en aquella casa propiedad de Don Gonzalo, uno de los ubriqueños más ricos y respetados del pueblo. Nadie se atrevería a hollar la propiedad de tan ilustre hidalgo.

Y tenía razón, a nadie se le ocurrió registrar el palacio y demás posesiones de Don Gonzalo. Los soldados del Santo Oficio, como si de cazadores se tratase, rastrearon palmo a palmo el inmenso encinar y todos los caminos que lo atravesaban, subieron a todas las lomas para otear desde allí aquellos vastos parajes, preguntaron a los moriscos ubriqueños que apacentaban los rebaños de cabras y ovejas de sus amos, pero misteriosamente nadie parecía haberlo visto, salvo los dos cristianos que lo habían denunciado al Inquisidor.

Interrogaron también por supuesto a los pastores del rebaño de Don Gonzalo, pero los tres aseguraron que no habían visto a nadie. Los moriscos tenían un pacto entre ellos de no denunciar jamás a uno de los suyos y todos lo cumplían como si fuera un precepto sagrado, exponiéndose a veces a ser acusados de encubrimiento y condenados a horrendas torturas, incluso a morir en la hoguera o a ser desmembrados entre cuatro caballos.

Al pastor morisco que había hablado con Taufik le había caído bien aquel muchacho de Grazalema. Tras ser interrogado por los soldados sintió que debía protegerlo de tanto peligro, lo habló con sus dos compañeros y para no levantar sospechas fueron acercando lentamente el rebaño a las posesiones de Don Gonzalo. En un par de horas estuvieron delante del palacio. Llamaron a la puerta y les abrió la esposa morisca del hidalgo gallego. Al preguntarle por el paradero de su esposo ella les aseguró que no andaría muy lejos pues había ido a podar los naranjos, cerezos y granados del huerto.

El pastor se encaminó hacia el naranjal y no tardó en ver a Don Gonzalo encaramado sobre un viejo cerezo.

-Buenos días, mi señor.

-Buenos días, Salem. ¿Qué te trae por aquí?

-Mi señor, ¿conocéis a un mozo morisco de Grazalema que dice ser vuestro amigo?

-Pues sí, lo conozco. Vino el verano pasado. Buscaba artesanos para su palacio. Si no me falla la memoria se llamaba Taufik.

-Lo vimos ayer por la mañana montado en una yegua blanca camino de Ubrique. Dijo que tenía que hablar con vos sin falta. Yo le avisé del peligro que corría si se acercaba al pueblo, pero él insistió. Le aconsejé que viniera hacia aquí dando un largo rodeo por el camino del encinar. Ayer por la tarde dos cristianos le denunciaron al Gran Inquisidor acusándolo de rezar postrado en el suelo en dirección a la Meca. Vinieron a interrogarnos tres soldados del Santo Oficio pero nosotros les dijimos que no lo habíamos visto.

-Pobre muchacho. ¿Por dónde andará? Tengo que encontrarlo cuanto antes. -exclamó apesadumbrado Don Gonzalo.

-A lo mejor está en el establo, señor.

-Tienes razón. Vamos a ver si está escondido allí.

Entraron en el establo, esperaron unos segundos a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad y vieron la yegua blanca junto a los caballos del hidalgo con la montura todavía sobre sus lomos, pero allí no estaba el muchacho. Don Gonzalo ordenó al pastor que le diese agua y cebada, le quitase la montura y la cepillase. El animal no estaba sudoroso, lo que indicaba que ya llevaba bastante tiempo en el establo. Buscó a Taufik en el pajar y no lo encontró. Fue a preguntar a su esposa y ella nada le supo decir. No se atrevió a llamarlo a gritos para no levantar sospechas a quien pudiera oírle. Volvió a donde estaba Salem y se sentó sobre una gavilla de heno. Cubrió su rostro con ambas manos e intentó concentrarse para adivinar dónde podría estar Taufik.

-Señor, ¿habéis mirado en la casa de invitados? - le sugirió el pastor.

-Pues no, vamos a ver si está allí. - le contestó el hidalgo levantándose de un brinco.

Corrieron hacia el naranjal, abrieron la puerta de la casa y en su rostro se dibujó una mueca de asco por el intenso hedor que desprendían las heces de Taufik.

-¡Abre las ventanas! - gritó Don Gonzalo a Salem.

-Taufik, ¿estás ahí?

-Se...ñor, es...toy aquí...- balbució el muchacho con un hilillo de voz casi inaudible seguido de un acceso de tos.

-Amigo mío, ¡cómo me alegro de que estés vivo! - exclamó el gallego, impactado por el estado lastimoso de Taufik que estaba echado en el suelo en posición fetal.

Fué a levantarlo, pero el muchacho ardía de fiebre, deliraba y no se tenía en pie.

-Vete a casa corriendo y dile a mi esposa que prepare agua caliente y ropa limpia. - le ordenó a Salem.

Gonzalo le quitó la apestosa ropa y cubrió su cuerpo desnudo con una manta para que no cogiera frío. En su rostro pálido y sudoroso con la mirada perdida se podía adivinar el miedo atroz que había pasado y le había llevado a ponerse tan enfermo. Había corrido un gran peligro sólo por cumplir con la promesa de invitarle a su boda. Al verlo tan indefenso al hidalgo se le humedecieron los ojos. Taufik estaba en estado estuporoso y recobraba parcialmente la consciencia cada vez que Gonzalo le hablaba, pero de su boca sólo salían balbuceos sin sentido.

Al rato llegó Salem con agua caliente, una pieza de jabón de la famosa almona de Sevilla, perfumado con esencias de corteza de limón y resina de pino y unos paños para lavar a Taufik.

-¡Deja, lo haré yo, es mi amigo! - exclamó Don Gonzalo, quitando el paño mojado a Salem cuando éste se disponía con una indisimulada mueca de asco a limpiar las heces del pobre muchacho.

Aquella reacción de su amo sorprendió tanto al pastor que quedó aturdido durante unos segundos, pues se le antojaba algo impensable que un noble hidalgo se rebajase a realizar algo tan humillante. Al momento reaccionó y le ayudó a levantar las piernas de Taufik y a darle la vuelta. No se lo podía creer. Jamás un cristiano le había limpiado el culo a un moro. Deseaba contárselo a sus dos compañeros que le esperaban cerca del palacio apacentando las ovejas. Se sentía afortunado de estar al servicio de Don Gonzalo, un cristiano extraño que trataba a los moriscos con afecto y no como a perros.

Ya limpio y perfumado vistieron a Taufik con ropas del hidalgo y lo acomodaron sobre un mullido colchón de lana batida. Salma, la esposa morisca de Don Gonzalo, ordeñó una cabra, calentó la leche, la endulzó con un poco de miel de azahar y se la llevó a su esposo para que se la diera a Taufik, pero éste a duras penas tomó un par de sorbos. Seguía ardiendo de fiebre, no paraba de toser y parecía tener pesadillas, pues se agitaba, deliraba y llamaba continuamente a su madre y a Zulema. Gonzalo temió por la vida de su amigo. Le tenía que bajar la fiebre como fuera o no sobreviviría a aquella noche.

-Salem, vete a casa de mi primo y dile de mi parte que uno de mis esclavos está muy enfermo con mucha fiebre y necesita de los cuidados de su vieja esclava negra Dagwa.

-Voy presto, señor.

En menos de media hora Salem estaba de vuelta con Dagwa. La africana, que era curandera y sabía de las virtudes de muchas hierbas, llevaba consigo una cesta con sus plantas medicinales y varios recipientes de barro para hacer cocimientos. Con aire experto miró al enfermo, le tocó la frente, le abrió la boca y acercó la nariz para oler su aliento, puso su oreja sobre su pecho, hizo una mueca de contrariedad y sin pronunciar palabra alguna salió de la casa de invitados en dirección al palacio. Entró sin llamar. Dentro estaba Salma cardando lana. Las dos mujeres que eran amigas se saludaron con afecto y la curandera le explicó que necesitaba un mortero para picar unas hojas. Fueron a la cocina y Salma le dio a escoger, pues tenía varios. Le gustó el más grande y más ligero, tallado en madera de olivo.

De su cesta sacó diez hojas secas de sauce, las echó en el mortero y las machacó enérgicamente con maestría hasta que quedaron reducidas a un finísimo polvo que guardó en un platillo de cobre. Echó luego en el mortero cinco hojas de menta fresca y tres pequeños conos inmaduros de pino que machacó hasta conseguir una pasta cremosa. Cogió entonces una marmita, vació dentro el polvo de sauce y la crema de menta y pino, derramó encima agua hirviendo y removió la mezcla un buen rato con una cuchara de madera de boj. Pidió luego a Salma un pañuelo limpio de algodón, lo puso sobre una cazuela, vertió en él aquella pócima y la filtró para recoger la esencia de las plantas. Puso a continuación el recipiente al fuego, añadió una generosa cucharada de miel de romero y justo cuando empezaba a hervir lo retiró y se lo llevó a la casa de invitados.

Gonzalo y Salem la esperaban ansiosos, pues Taufik parecía estar cada vez peor. Nada más entrar la curandera levantó la cazuela por encima de su cabeza, cerró los ojos y se puso a hablar en una lengua extraña como si estuviera invocando a algún dios africano. Dio luego varias vueltas alrededor del enfermo mientras seguía con sus incomprensibles rezos hasta que de pronto paró, puso la cazuela caliente sobre el pecho de Taufik por encima de la manta que lo cubría, contó hasta cinco y la retiró, momento en que cesaron sus rezos. A continuación colocó el recipiente sobre una mesilla junto a la cabeza del enfermo, sacó una cucharita de cobre y pidió a los dos hombres que incorporasen a Taufik. Puso su mano izquierda sobre la frente del muchacho y con una voz increiblemente amorosa que no era la suya sino la de la difunta madre de Taufik le animó a abrir la boca y a tomar sorbitos del cocimiento con la cucharilla.

Taufik tenía los ojos cerrados, respiraba con gran dificultad y parecía estar en coma, pero asombrosamente obedeció las órdenes de Dagwa, abrió la boca y una tras otra fue tragando todas las cucharaditas de pócima que le dio la africana. Después le dejaron descansar y a las tres horas repitieron el tratamiento y así durante tres largos días. El morisco parecía no mejorar, seguía inconsciente y le tuvieron que cambiar varias veces la ropa pues sudaba copiosamente y se orinaba en la cama. A Gonzalo la tristeza le embargaba y estaba perdiendo toda esperanza.

Cuando en la madrugada del cuarto día Dagwa solicitó la ayuda de los dos hombres para incorporar al enfermo y repetir el tratamiento, los tres notaron que respiraba mejor y sus ropas estaban secas. Gonzalo tocó su frente y ya no le ardía, le habló y él le respondió abriendo los ojos y esbozando una leve sonrisa y entonces el hidalgo sintió que su corazón iba a estallar en su pecho tan grande era su alegría y no pudo evitar que se le llenasen los ojos de lágrimas. Dagwa le miró de soslayo y sonrió. Su brebaje había surtido efecto.

-Tengo hambre - dijo Taufik y todos se miraron y rompieron a reír a carcajadas de pura alegría.

-Salem, vete al palomar, escoge el pichón más gordo, mátalo, desplúmalo y llévaselo a mi esposa para que prepare un caldo con él. Mi amigo tiene que recuperar sus fuerzas.

Así lo hizo el pastor y al cabo de un par de horas Salma entró en la casa de invitados con una olla humeante de rico caldo de pichón. Echó un poco en un cuenco y se lo dio a su esposo. Gonzalo se acercó a la cama de Taufik, se arrodilló y le fue dando cucharadas de caldo que le supieron a gloria.

-¿Quieres más? - le preguntó al ver que se lo había acabado todo.

-¿No tenía muslos el pichón? - quiso saber el muchacho y todos volvieron a reír a carcajadas.

Salma fue a buscar la carne del ave y Gonzalo deshuesó los muslos y se los dio en la boca a trocitos con la mano. Después Taufik se durmió y todos salieron de la estancia para comer ellos también, pues durante aquellos cuatro días casi no habían probado bocado y necesitaban alimentarse y descansar.

Mientras estaban comiendo en el interior del palacio alguien abrió la puerta y gritó "¡Ah de la casa!". Eran dos soldados del Santo Oficio que buscaban al moro. Llevaban cuatro días buscándolo y parecía haberse esfumado. A Gonzalo le dio un vuelco el corazón, pero intentó controlarse, se mostró tranquilo, afable y hospitalario y con astucia invitó a comer a los soldados para contentarles y hacerles ver que allí no había ningún moro fugitivo.

Salem y Dagwa se habían levantado apresuradamente antes de entrar los soldados y se comportaron como simples esclavos de Don Gonzalo, pues estaba muy mal visto que los moros y los cristianos comieran juntos. Los soldados preguntaron por el moro al hidalgo, pero éste les aseguró que no lo había visto. Luego repitieron la pregunta a los moriscos y obtuvieron la misma respuesta. Dagwa les llevó un generoso cuenco de caldo de pichón, varias lonchas de tocino ahumado recién asado sobre las brasas que olía de maravilla, pan blanco de trigo candeal todavía caliente que había amasado y horneado aquella misma mañana, queso de oveja, aceitunas adobadas con sal marina, cortezas de limón, ajos e hinojo, higos secos, uvas pasas, almendras tostadas y unos alfajores de avellana con canela, miel y piñones, todo regado con varios vasos colmados de vino tinto, que aquellos hombres devoraron como si llevasen tres días sin comer. Ahítos y agradecidos dieron las gracias a tan generoso anfitrión y se marcharon sin sospechar nada.

Taufik seguía durmiendo apaciblemente. Soñaba con su amada Zulema a la que veía vestida de novia musulmana sonriéndole con dulzura. Veía también a sus padres Muhammad y Zahira, jóvenes, felices, sonrientes, que estaban sentados a su diestra. Ante él estaba su amigo Gonzalo que le ofrecía una naranja de sangre y le regalaba una amplia sonrisa. Se encontraban todos reunidos dentro del pequeño palacio del bosque de abetos celebrando su boda. Él alargaba su mano de niño hacia la de su padre, asía sus robustos dedos anular y meñique y se giraba una y otra vez hacia su madre, que le saludaba con la mano cada vez que él la miraba. De pronto ya no la veía y escuchaba sus pavorosos alaridos gritándole que corriera a esconderse en la espesura del bosque mientras un cristiano la degollaba y decapitaba. Taufik se despertó sobresaltado. El dulce sueño se había transformado en la terrorífica pesadilla recurrente que le atormentaba desde los ocho años. La estancia estaba a oscuras y creyó estar muerto. Su corazón galopaba en su pecho y la angustia le ahogaba: "Madre, ayúdame, tengo miedo".

Gonzalo entró en aquel momento en la casa, le escuchó llorar, abrió las ventanas y se sentó a su lado.

-Has tenido una pesadilla, ¿verdad?

-Sí, la misma de siempre. Jamás podré borrar los dolorosos recuerdos de mi infancia. Me gustaría olvidar, empezar de nuevo, sin recuerdos, sin pasado, sin odio, sin miedo, pero no puedo, aunque quiera no me dejan. Dime, Gonzalo, ¿porqué los demás cristianos no son como tú?

-¿Y cómo soy yo, Taufik?

-Eres bueno y noble. Tratas a los moros con afecto y respeto y no como a perros despreciables. Debería odiarte por ser cristiano, pero no puedo. No he tenido nunca un hermano, pero no sabes cómo me gustaría que tú lo fueras.

-Si así vas a ser más feliz, aquí tienes a tu hermano.

-Gracias...Gonz.... - consiguió decir Taufik, pero no pudo seguir hablando. Un nudo de emoción le apretó la garganta y dos grandes lágrimas resbalaron por sus mejillas y se perdieron en la almohada.

Gonzalo sonreía. A él también le resbalaban dos lágrimas y miraba a Taufik a los ojos con ternura y éste a los suyos. Un lazo invisible entre ellos se estaba anudando para siempre, un vínculo mucho más fuerte que el traicionero amor carnal, un pacto inquebrantable de fidelidad absoluta, de generosidad absoluta, tal vez el más limpio y puro de los sentimientos entre dos seres humanos, sólo superado por el amor de un padre y una madre por su hijo, la amistad verdadera.

Atardecía en Ubrique. La luna llena, cual diosa de luz, se levantaba orgullosa tras las copas del inmenso alcornocal y un coro de grillos, búhos, lechuzas, ranas y sapos llenaba aquel paraíso de cánticos de vida.

Séptimo capítulo


Dagwa liberta


Aquel soleado día de febrero Dagwa entró en la casa de invitados, como hacía cada mañana, con un humeante tazón de su pócima y en breves instantes toda la estancia quedó envuelta en un fuerte aroma a menta fresca y a resina de pino. Don Gonzalo y Salem ayudaron a Taufik a sentarse en la cama y la curandera volvió a cambiar su voz por la de la difunta madre del muchacho que, como embrujado, abrió la boca para beberse todo el brebaje sin rechistar y se relamió los labios con la lengua como si fuera el más delicioso de los elixires. El hidalgo y el pastor le miraban divertidos imaginándose el repugnante sabor de la medicina. Dagwa le acariciaba la nuca y la barbuda mejilla y le hablaba en andalusí con el acento típico de Grazalema sin haber estado nunca allí. El muchacho creía tener a su madre delante. Tras berberse toda la pócima la curandera le dio un beso en la frente como lo hubiera hecho Zahira y lo cubrió con una suave manta de lana de corderillo lechal.

-Y ahora mi niño Taufik va a cerrar los ojitos y se va a dormir bien dormidito. Su om velará su sueño. - Le susurró con la amorosa voz de Zahira.

Taufik sonrió feliz a la que creía su madre, cerró los ojos y se durmió plácidamente, escuchando la bellísima nana andalusí que Dagwa le cantaba con la misma dulzura con que lo hiciera Zahira trece años atrás.

Don Gonzalo, su esposa Salma y el pastor Salem contemplaban la escena emocionados y a la vez sorprendidos por los increíbles poderes de hechicera de la africana. Dos horas después Taufik se despertó y dijo que quería levantarse, pero no tuvo fuerzas para incorporarse. Los dos hombres acudieron en su ayuda y le sentaron en la cama. Taufik se dio cuenta entonces de lo mal que olía tras dos semanas sudando y sin lavarse. Miró a Dagwa a la que seguía creyendo su madre y con voz de niño le suplicó:

-Om, ¿me bañas para ir a la mezquita con mi ab?

-Claro, mi niño, con agua calentita y jabón de Ishbiliya, como le gusta a mi Taufik - le contestó con ternura la africana.


(Los andalusíes de Sevilla (Ishbiliya) construyeron la primera gran jabonería de Europa a finales del siglo X. La llamaban ALMONA, palabra que pasó luego al idioma castellano. Hacían el jabón con aceite de oliva, agua salobre de las marismas del Guadalquivir y cenizas cáusticas obtenidas por la combustión de las plantas halófilas de la misma marisma. Los moriscos, al contrario que los cristianos viejos, tenían la sana costumbre de bañarse con regularidad, en parte porque así se lo mandaba Mahoma. También comían muchas hortalizas y utilizaban aceite de oliva para cocinar. Estas costumbres se les antojaban abominables a los cristianos viejos que aborrecían lavarse, no comían verduras verdes y cocinaban los alimentos con manteca de cerdo.)

Don Gonzalo le hizo una seña al pastor, éste comprendió y salieron los dos en busca de todo lo necesario. Salma tenía siempre un gran caldero de bronce lleno de agua al fuego. Le resultaba muy práctico y cómodo disponer de agua caliente en cualquier momento del día. Así que cuando Gonzalo le dijo que tenían que bañar a Taufik, la morisca le mostró un gran barreño de arcilla a Salem que éste llevó corriendo hacia la casa de invitados, mientras ella cogía un cucharón y llenaba una gran tinaja con agua hirviendo y otra más pequeña con agua fría. Gonzalo cargó con la más grande y su esposa con la pequeña. Entraron en la estancia donde estaba el muchacho todavía sentado en la cama, dejaron las tinajas en el suelo, y Salma salió discretamente de vuelta al palacio. 

Dagwa echó en el barreño toda el agua caliente y un poco de la fría. Probó la temperatura con la mano, le pareció bien y entonces hizo una seña a los dos hombres. Gonzalo y Salem levantaron a Taufik, le quitaron el pestilente blusón de dormir, le ayudaron a meterse en el barreño y tuvieron que sujetarlo pues casi no se tenía en pie. Dagwa le fue echando agua caliente por encima con un cucharón y con la ayuda de un paño de algodón y una gran pastilla de jabón sevillano aromatizado con esencias de alhucema y jazmín le fue restregando, limpiando y purificando su demacrado cuerpo. El muchacho no sentía ninguna vergüenza, pues seguía siendo un niño de ocho años hechizado por Dagwa. Ya limpio y perfumado le vistieron con una camisa y un calzón del hidalgo y como hacía bastante frío le abrigaron con un sayo de lana. Gonzalo asió entonces al muchacho por un brazo y Salem por el otro y le ayudaron a salir de la casa de invitados.

La luz cegadora de Andalucía deslumbró los ojos de Taufik. Llevaba tres semanas sin salir y sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra permanente. Había sobrevivido milagrosamente a una gravísima enfermedad. Sus amigos habían permanecido a su lado noche y día sin desfallecer, empeñados, casi obsesionados, en cambiar su fatal destino y salvarlo de una muerte segura. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz y pudo distinguir ante si los cerezos vestidos de flores blancas se emocionó de pura alegría y en su pálido y demacrado rostro se dibujó una sonrisa.

-Gracias, Gonzalo. Nunca podré pagarte lo que has hecho por mí. Siempre estaré en deuda contigo. - consiguió decir Taufik con voz entrecortada. La curandera había roto disimuladamente el hechizo para que el muchacho pudiera volver a la realidad.

-¿Pagar?, ¿deuda? No, hombre. Me siento bien pagado viéndote sano y salvo. No me debes nada. Además todo el mérito es de Dagwa. A ella le debes la vida, no a mí. Sus medicinas y sus misteriosos conjuros a dioses africanos han obrado el milagro.- le contestó Gonzalo.

-Muchas gracias, señor. Sólo he hecho lo que me enseñaron mi madre y mi abuela. - dijo Dagwa con humildad.

-¿Dagwa?, ¿medicinas y misteriosos conjuros?, ¿quién es Dagwa, Gonzalo? - le preguntó sorprendido Taufik, pues durante todos aquellos días había permanecido bajo el hechizo de la curandera y la había visto como a su madre. Para su mente era la primera vez que veía a la africana.

Dagwa permanecía cabizbaja escondiendo una sonrisa de satisfacción bajo su velo. Los dos hombres comprendieron lo que le había pasado a la mente de Taufik y también sonrieron con disimulo para no violentar al muchacho.

-Taufik, esta mujer que tienes delante te ha salvado la vida. Es una de las esclavas de mi primo. Tiene conocimientos de sanadora y poderes de hechicera. Te ha dado a beber una pócima varias veces al día durante dos semanas y ha rezado a sus dioses africanos para que te sanaran. - le explicó Gonzalo.

Taufik miraba a Dagwa entre sorprendido y agradecido. Por un momento le pareció ver en ella otra vez a su madre y entonces comprendió. Los músculos de su rostro se contrajeron y estuvo a punto de echarse a llorar.

-¡Om, mi amada om, vuelve! ¡No te vayas otra vez! Me dejaste tan solo y tan pequeño.... - le suplicó el muchacho con voz de niño.

Dagwa levantó la cabeza, se retiró el velo descubriendo su rostro y ante todos apareció la difunta Zahira. Gonzalo y Salem la miraron con ojos de espanto como si vieran una aparición, un alma resucitada, una muerta viviente. Dagwa-Zahira miró entonces fijamente al muchacho con sus penetrantes e inquietantes ojos de ébano. Alargó su mano de largos dedos negros hacia su cara, le acarició la mejilla y la nuca, le besó dulcemente en la frente, acercó sus labios a su oído y le susurró unas palabras en andalusí imitando la voz de Zahira: "Tu om Zahira nunca te abandonó. Siempre ha estado contigo. Me llevas en ti, en tu alma, en tu sangre, en tu corazón. A partir de ahora dejarás de sufrir por mi ausencia y ya no volverán nunca más a tus sueños los dolorosos y terroríficos recuerdos que te han atormentado todos estos años. Anda, dale un beso a tu om y deja que se marche al Paraíso junto a tu ab Muhammad. Recuerda que siempre estaremos a tu lado aunque no nos veas."

Taufik levantó las dos manos, rodeó con ellas la cabeza de la que creía su madre, le dio el más dulce de los besos en la frente y con voz temblorosa le susurró: "Adiós mi amada om". Volvió de nuevo a acercar sus labios a la frente de Dagwa, la besó por segunda vez con ternura y susurró: "Dale este beso de mi parte a mi ab". Luego se retiró unos pasos, volvió sus ojos hacia los cerezos en flor y lloró amargamente. Cuando por fin se serenó, inspiró profundamente, se giró hacia la africana y le dijo: “Muchas gracias, Dagwa. No sólo has sanado mi cuerpo sino también mi alma atormentada. Nunca había sentido tanta paz en mi interior como ahora. Jamás podré pagarte todo lo que has hecho por mí”.

Reinó entonces el silencio y quedaron los cuatro paralizados sin saber qué hacer ni qué decir. Como si estuviera escrito en su destino nuevamente un mirlo macho inició el más bello de sus cantos posado sobre un cerezo. Taufik lo miró embelesado y una sonrisa se dibujó en sus labios.

-Sí, mirlito, te entiendo, gracias por decirme lo que debo hacer. Que Alá te lo pague con su infinita generosidad.

Entonces se volvió hacia el hidalgo, le miró a los ojos y le sonrió.

-Gonzalo, hermano mío, me has dicho que Dagwa es una esclava de tu primo, ¿no es así?

-Así es, hermano Taufik.

-Me gustaría agradecerle lo que ha hecho por mí liberándola de la esclavitud. ¿Accederá tu primo a vendérmela? -le preguntó en tono de súplica.

- No, Taufik, a ti no te la querrá vender, a mí sí. Yo la compraré por ti y luego te la cederé. Tú entonces harás con ella lo que quieras.

-Muchas gracias, Gonzalo. Nunca jamás nadie me había demostrado tanto afecto. He estado dolorosamente solo desde que mis padres fueron asesinados, sin familia, sin amigos, sin....

-¿Y Zulema? - le interrumpió el gallego.

-Ah, sí, mi Zulema, mi gacela, la alegría de mi alma, mi princesa mora, mi gran amor secreto, la única ilusión que me ha mantenido vivo durante todos estos años. Me había olvidado de ella. ¡Cuánto la echo de menos! ¡Cómo estará sufriendo por mí por mi tardanza en volver!

-No tardarás muchos días en estar con ella. Salem, ve a buscar mi mejor caballo. Iré a hablar con mi primo Eulogio. Está en deuda conmigo por muchos motivos. En una hora estaré de vuelta con la libertad de Dagwa. Tú, Taufik, espérame dentro del palacio, no vaya a verte alguien del pueblo. - dijo el hidalgo.

Mientras le esperaban, Salma les preparó un aromático té con menta endulzado con miel de romero. Dagwa estaba cabizbaja, en silencio, con el rostro escondido bajo su velo. Taufik se dio cuenta de su silencio y sintió una puñalada en el pecho.

-Dagwa, hemos hablado de ti, decidido por ti, sin preguntarte lo que tú realmente deseas. - le dijo el muchacho.

La africana no respondió. Tras un largo silencio levantó la cabeza y dejó ver su rostro con los ojos llenos de lágrimas.

-Taufik, lo que más deseo en la vida es ver a mi hijo antes de morir. Hace ya muchos años me esclavizaron, me arrancaron de África y me separaron del hijo que acababa de parir. Se lo llevó corriendo mi hermana pequeña hacia la espesura de la selva para salvarlo. Nunca más he sabido nada de él. Verlo ya hecho un hombre es mi mayor ilusión.

-Tu deseo se hará realidad. Te lo prometo por la memoria de mis padres. -le aseguró el muchacho.

-Muchas gracias, Taufik.

-El té se está enfriando. -les recordó Salma con una sonrisa para serenar tantas emociones.

Todos bebieron con ruidosos sorbos como mandaban las buenas costumbres y alabaron lo delicioso que estaba. Dagwa miraba con ternura a Taufik y éste sonreía.

Al rato volvió Don Gonzalo acompañado por su primo.

-Dagwa, -le dijo su amo-, desde ahora dejas de pertenecerme. Tu nuevo amo es mi primo Gonzalo. Has sido la mejor de mis esclavas. Ayudaste a mi esposa a parir y a criar a nuestros hijos y aunque nunca te lo he dicho, lo hago ahora, ¡muchas gracias por tus servicios y tu fidelidad!

-Muchas gracias, Don Eulogio. Vos también habéis sido un buen amo conmigo. Me habéis tratado siempre con respeto y afecto. Decidles a vuestra esposa y a los niños que su tata negra los llevará siempre en el corazón.

-Así lo haré, Dagwa.

Don Gonzalo acompañó a su primo hasta el caballo y lo despidió con un  abrazo. Luego volvió a donde estaban todos reunidos, posó su mano sobre el hombro de Taufik y dirigiéndose a la africana le dijo: "Dagwa, desde ahora yo también dejo de ser tu amo y te cedo a Taufik y a su futura esposa Zulema como regalo de boda".

-Y yo como tu nuevo amo te doy la libertad. - consiguió decir el muchacho tras unos segundos de silencio con un nudo de emoción que le apretaba la garganta.

La africana lloraba, temblaba y balbucía incomprensibles palabras africanas de agradecimiento. Dio unos pasos hacia Don Gonzalo y Taufik, se arrodilló ante ellos y les besó a ambos los pies repetidas veces dándoles las gracias. Al muchacho le partió el corazón ver arrodillada ante sí a aquella pobre mujer tan menuda y frágil, la asió por los brazos, la levantó del suelo, la abrazó como si siguiera siendo su madre y así permanecieron durante un buen rato hasta que ambos se serenaron. Todavía en brazos de Taufik, Dagwa miró a Don Gonzalo, ambos sonrieron al leerse el pensamiento y entonces la africana supo lo que debía hacer.

-Taufik, ahora que soy una mujer libre, ahora que ya puedo por fin decidir lo que quiero hacer con mi vida, te eximo de tu promesa de llevarme a ver a mi hijo. Ya soy una anciana, seguramente no llegaría a encontrarlo y si lo lograse él no me reconocería como su madre. Sólo tenía unos meses cuando nos separaron. Me colmaría de alegría el corazón que me aceptases como tu segunda madre.

-Y a mí que me aceptases como tu segundo hijo.

Ambos volvieron a abrazarse y entonces Taufik comprendió.

-Gracias om Zahira por mandarme a Dagwa. - musitó con los labios sin que nadie se diera cuenta.

Octavo capítulo


La magia africana de Dagwa


Aquel fresco anochecer de marzo con la luna en cuarto creciente Taufik y su nueva madre Dagwa habían decidido partir hacia Grazalema aprovechando la oscuridad de la noche para no ser vistos por los soldados del Santo Oficio, que seguían patrullando los caminos de Ubrique en busca de moriscos apóstatas, convencidos y no se equivocaban de que el moro de Grazalema seguía escondido en algún lugar de aquellos campos y bosques. A Taufik le aterraba la idea de ser apresado por los hombres del Gran Inquisidor de Sevilla que tenía fama de no perdonar jamás la vida a los apóstatas. Don Gonzalo les quería acompañar hasta Villaluenga del Rosario, pues se sabía muy respetado y su sola presencia sería más que suficiente para que los soldados desistieran de querer identificar a Taufik, pero a éste le pareció excesivo seguir aprovechándose de su generosidad y al final acordaron que les acompañaría sólo hasta la salida del bosque de encinas.

Atravesar aquel inmenso encinar les llevó más de tres horas. Tuvieron que avanzar en una casi absoluta oscuridad. Gonzalo conocía bien el camino pero cuando llegaron a un tramo en que las frondosas copas de las encinas de cada lado se entrecruzaban y no permitían ver absolutamente nada, el hidalgo aflojó las riendas y permitió que su caballo llevase la iniciativa. Fue una decisión muy acertada, pues el animal había recorrido aquel bosque muchas veces con su amo montado a sus lomos y cuando se dieron cuenta estaban ya al otro lado del encinar rodeados de campos de labranza iluminados por los tenues rayos de la luna.

Los dos hombres se apearon y ayudaron a Dagwa a bajar de la burrita andalusí que Don Gonzalo le había regalado para hacer el viaje. Los tres aprovecharon para vaciar sus vejigas, los dos varones allí mismo regando el tronco retorcido de un olivo centenario y la vieja africana detrás de un lentisco. Soplaba una levísima brisa de poniente y el silencio era absoluto. De súbito los tres se sobresaltaron. Un oto gigantesco posado sobre una rama del olivo ululó enfadado al creerse amenazado por aquellos humanos y emprendió el vuelo en busca de un árbol más tranquilo. A Taufik se le aceleró el corazón, su oscuro cabello se le horripiló y un sudor frío humedeció toda la piel de su cuerpo. Había estado muy tenso durante el largo trayecto y aquel sobresalto había colmado su capacidad de autocontrol. En la oscuridad de la noche Gonzalo percibió su respiración alterada por el miedo y le habló para tranquilizarlo.

-No temas. No era más que un gran búho.

-Lo sé, Gonzalo, pero.... tengo tanto miedo.

-¿Quieres que os acompañe hasta Benaocaz?

-No, no hace falta. Gracias Gonzalo. El encinar era lo más peligroso. A partir de aquí Dagwa y yo podremos acelerar el paso al tener más luz y al alba estaremos en Benaocaz. Allí no habrá soldados del Santo Oficio. Anda, vuelve a Ubrique y recuerda que os espero a ti y a tu esposa en Grazalema el primer día de abril. Yo no tengo familia y sin mi hermano Gonzalo no habría boda. - le contestó Taufik mirándole a los ojos y esbozando una sonrisa.

El cristiano gallego y el morisco andaluz, los dos hombres cuya amistad verdadera había convertido en hermanos, se abrazaron y se desearon mutuamente un buen viaje. El hombretón celta no se olvidó de la menuda africana y también la abrazó con ternura.

-Cuida de mi hermano, Dagwa.

-Lo haré, Don Gonzalo. Ahora es mi hijo. Y recordad que soy hechicera. No permitiré que nada malo le ocurra.- le contestó con una mueca de complicidad.

El  fornido hidalgo la levantó como si fuera una niña y la sentó de lado sobre la burra. Dagwa le asió la mano derecha y apretándosela le dijo: "Gracias por mi libertad. Siempre estaré en deuda con vos. Si algún día me necesitáis no dudéis en llamarme".
Don Gonzalo esperó a que su hermano Taufik y la anciana emprendieran el camino hacia Benaocaz. Mientras se alejaban dos rayos de luna iluminaron sus ojos celtas que en la soledad de aquellos campos se atrevieron a humedecerse sin miedo a que su hombría se pusiera en entredicho. Ni él mismo sabía porqué les quería tanto.

Dagwa estaba muy tranquila. Montada en la burrita seguía al muchacho y sonreía feliz, pues por fin era una mujer liberta y para colmar todavía más su dicha había encontrado un hijo en Taufik y su deseo de sentirse madre se había hecho realidad a las puertas de la ancianidad.

Su sabiduría se había acrecentado con los años y había aprendido a ser precavida. No quiso arriesgar la vida de lo que más quería, aquel muchacho al que había logrado salvar de una muerte segura. Con sus poderes de hechicera convirtió a Taufik en un apuesto mozo cristiano de pelo rubio y ojos azules y le embrujó la lengua y los labios para que al hablar lo hiciera en el perfecto castellano de la vieja Castilla. Si la mala ventura les hacía toparse con los soldados del inquisidor, la magia surtiría efecto y les dejarían pasar.

Y así aconteció. Una pareja de soldados que patrullaban durante la noche por los campos de las afueras de Ubrique les divisaron a lo lejos y espolearon los flancos de sus caballos para darles alcance.

-¡Alto en nombre del Gran Inquisidor de Sevilla! - gritó el que llevaba el mando, levantando su mano derecha mientras con la izquierda tiraba con fuerza de las riendas para que su caballo menguara el trote.

-¡Soooo! - ordenó Taufik a su caballo y éste y la burrita pararon a la vera del camino.

Dagwa miraba como se acercaban los soldados con el único ojo que no le cubría el velo y rezaba a sus dioses africanos y a los espíritus hechiceros de su madre y su abuela moviendo aceleradamente los labios sin proferir ningún sonido. Cuando tuvo a los dos hombres cerca, su ojo de ébano brilló como el más refulgente de los diamantes y reflejó sobre cada uno de ellos un rayo de luna que los embrujó. Entonces respiró tranquila. Lo tenía todo controlado.

-¿A dónde vais a estas horas de la noche?, ¿quién sois? - le preguntó el soldado a Taufik.

-Soy Don Rodrigo de Las Heras y Saavedra, Conde de  Mochales y ésta es mi madre Doña Jacoba, Vizcondesa de Alameda. Venimos de Cádiz de la boda de mi hermano y volvemos a mis posesiones en Guadalajara.

Los soldados creyeron ver a un apuesto cristiano de noble linaje que les hablaba en un perfecto castellano y a su venerable madre tan blanca y rubia como su hijo, temieron que pudieran enfadarse por haberles dado el alto, se sacaron el casco de soldados del Santo Oficio y les hicieron una gran reverencia sin apearse del caballo.

-Tengan nobles señores la bondad de perdonar las molestias que les hemos ocasionado y prosigan Sus Ilustrísimas su camino con la protección de Dios Nuestro Señor y la Santísima Virgen María.

Taufik y Dagwa se hicieron los ofendidos, levantaron altivos el rostro, les miraron de arriba abajo con desprecio y sin proferir palabra alguna reiniciaron su camino. La africana tuvo que hacer un gran esfuerzo para no romper a reír a carcajadas, pero fue prudente y se contuvo. También por precaución mantuvo al muchacho hechizado con apariencia de cristiano y no le desembrujó hasta llegar a Grazalema. De esta manera al despertar del embrujo no recordaría nada. Dagwa le había cogido tanto cariño que hacía todo cuanto sabía para evitarle sufrimientos. Quería que fuera feliz.

En la madrugada del tercer día divisaron por fin a lo lejos las casitas blancas de Grazalema y entonces la africana deshizo el hechizo para que a Taufik se le alegrase el corazón. Nada más volver a ser él mismo se acordó de su amada Zulema y buscó con la vista alguna planta florida para hacerle un ramo. Vio a lo lejos en un claro entre quejigos unas jaras en flor y su rostro de enamorado se iluminó. De un salto se apeó de la yegua y corrió feliz hacia aquellas matas. Escogió los mejores tallos con las flores recién abiertas para que llegasen frescas a Grazalema. Ató el ramo con un cordel hecho con hojas retorcidas de palmito y volvió a donde le esperaba Dagwa, quien, al verlo rebosante de vida, ilusión y esperanza, sintió una alegría tan grande en su corazón que tuvo que cubrirse los ojos con el velo, para que Taufik no viera las lágrimas que brotaban de sus ojos de madre.

Grazalema se despertaba más hermosa que nunca envuelta entre nieblas y cantos de mirlos, pinzones, jilgueros, tórtolas y ruiseñores. Un monaguillo se encaminaba adormilado hacia el campanario de la Iglesia de Santa María de la Encarnación para despertar a los grazalemeños con el repique de la campana toledana y convocarles a la primera misa del alba. Taufik y Dagwa tenían que pasar forzosamente por delante de la iglesia y no tuvieron más remedio que apearse de sus cabalgaduras y entrar a oír misa. En realidad no les importó demasiado pues estaban muy cansados del viaje, les dolían las posaderas y les apetecía descansar. Se sentaron él a la derecha y ella a la izquierda, en los últimos bancos para no ofender ni molestar a los cristianos viejos. Comulgaron con todo el fervor y la devoción que supieron aparentar y al acabar la celebración religiosa Taufik saludó a varios moriscos que también habían oído misa y se sintió otra vez en casa.

Se encaminaron entonces directamente hacia la casita blanca donde vivían Zulema y la vieja Zahara. El muchacho golpeó la puerta cuatro veces y esperó. La anciana tunecina estaba sorda y no escuchó nada. Zulema todavía dormía y cuando oyó los golpes creyó que estaba soñando y siguió en la cama. Pasó un largo minuto y Taufik volvió a golpear la puerta otras cuatro veces.

-¡Es mi Taufik, mi morito del alma que ha vuelto! -exclamó Zulema y se levantó volando como enloquecida de alegría. Con la emoción se olvidó de vestirse y abrió la puerta con el blusón de dormir y sin un velo que cubriese su cabeza. Al ver a su amado se le echó al cuello. Taufik sorprendido la abrazó por primera vez en su vida y sintió que su corazón iba estallar en su pecho. El perfume maravilloso del pelo de Zulema, el calor de su cuerpo de mujer, la fuerza de su abrazo apasionado, su esbelto talle de princesa mora, la presión de sus pechos contra su torso y la suavidad de su mejilla en su cuello hicieron hervir la sangre del muchacho y encendieron en él un deseo irrefrenable de acariciarla, besarla, poseerla, hacerla su esposa allí mismo. Ella sentía lo mismo, deseaba lo mismo, la volvía loca su olor de hombre, sus gruesos labios moros, su aliento cálido, el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos....

-Ejem, ejem.... dijo Dagwa sonriendo feliz.

-Ejem, ejem.... dijo Zahara sonriendo feliz.

Los dos enamorados despertaron de su locura de amor, se sonrojaron avergonzados y se separaron. Las dos viejas se miraron con complicidad y asintieron con la cabeza.

-Volveremos dentro de una hora. Tenemos algo que hacer..... - dijo Zahara sonriendo y las dos salieron de la casa para que aquellos dos seres atormentados fueran felices por primera vez en su vida.

Noveno capítulo


Ulpiano, el hermano mestizo de Zulema


Las dos viejas libertas, la negra Dagwa y la mora Zahara, simpatizaron enseguida a pesar de no haber sido ni siquiera presentadas. Zahara quería a Zulema como a una hija y Dagwa sentía lo mismo por Taufik, así que cuando vieron a aquellos dos jóvenes enamorados abrazarse con tanta ternura y tanta pasión tras el tan esperado reencuentro, se miraron divertidas y emocionadas, se leyeron el pensamiento y se pusieron de acuerdo con los ojos sin mediar palabra. Vestidas con sus ropas de moriscas conversas salieron de la casita blanca dejando dentro a la pareja de amantes y se fueron a pasear por Grazalema. Al no conocerse de nada no sabían ni siquiera en qué lengua podían comunicarse. A ambas les costaba expresarse en árabe andalusí a pesar de entenderlo perfectamente. Tras caminar unos cuarenta pasos en silencio, mirándose de soslayo y sonriendo ambas tímidamente, Dagwa se atrevió por fin a pronunciar las primeras palabras.

-Qué día más bonito, ¿verdad? - dijo en castellano con su fuerte acento malinés.

-Sí, ya era hora, por fin brilla el sol. Ha estado lloviendo a diario durante dos semanas. Mis huesos necesitan calentarse y secarse. - le contestó Zahara en un perfecto castellano burgalés cojeando visiblemente por su dolorosa artrosis.

Ambas se miraron a los ojos encantadas de poderse comunicar y se regalaron mutuamente una amplia sonrisa. Dagwa había acertado. Con sus poderes de hechicera había leído el alma de Zahara y en ella sólo había encontrado pensamientos en la lengua de Castilla. Su infancia feliz en su Bizerta natal había sido olvidada, sin duda por estar íntimamente relacionada con el terrorífico recuerdo de su esclavización. Había aprendido a sobrevivir olvidando, borrando para siempre de su mente a sus padres, sus hermanos y su lengua tunecina. Vivir toda una vida atormentándose con los recuerdos era demasiado doloroso. Intentar huir para recobrar la libertad era un suicidio. Como les ocurría a la mayoría de esclavos, ella también se había resignado a su destino. No podía cambiarlo, sólo aceptarlo. Al cabo de unos pocos meses de llegar a Burgos ya hablaba perfectamente el idioma de sus amos y poco a poco a fuerza de no usarla se olvidó de su lengua materna y se acostumbró a pensar, sentir y soñar en castellano.

Dagwa había sido esclavizada y arrancada de su Mali natal a los veintitres años y aunque había aprendido el castellano y lo hablaba bastante bien, seguía pensando, sintiendo y soñando en su lengua materna africana. No había olvidado ni su niñez ni su juventud y mucho menos al hijo que acababa de parir cuando fue raptada. Recordaba perfectamente todos los conocimientos de curandera y hechicera que le habían transmitido su madre y su abuela, incluidos los poderosos conjuros mágicos y las oraciones sagradas en malinés. Sin embargo y a pesar de todo el dolor que albergaba en su corazón no sentía ningún rencor contra sus captores ni contra los diferentes amos que había tenido en su larga vida. Era básicamente una mujer buena y sobretodo inteligente. Jamás utilizaba sus poderes de hechicera para hacer daño y mucho menos para obtener un beneficio para si misma. Su madre se lo había dejado muy claro: "Tu abuela me lo dio a mí y yo te lo he dado a ti. Si usas este poder para hacer el bien, se acrecentará con los años, si lo usas egoístamente o para hacer el mal, irá menguando rápidamente hasta que no seas capaz ni de levantar una pluma de gorrión del suelo con tu mente".

-Me llamo Dagwa, Ildefonsa para los cristianos. Como puedes deducir por el color de mi piel soy africana, de un lejano país llamado Mali.

-Yo soy Zahara, Teresa para los cristianos. También soy africana, de un país del norte bañado por el mar Mediterráneo llamado Túnez.

Ambas volvieron a mirarse con los ojos brillantes y se regalaron una gran sonrisa. Notaban como la simpatía entre ellas iba en aumento. Se sentían muy cercanas, muy cómodas, congeniaban.

-Desde hace una semana soy una esclava liberta. Un poderoso cristiano de Ubrique me compró a mi amo para darme como regalo de boda a Taufik y éste me libertó. - le contó Dagwa.

-Yo también soy una esclava liberta desde hace unos cuantos meses. Mi amo me dio la libertad tras más de sesenta años de esclavitud. - le contestó Zahara.

Las dos mujeres se fueron contando sus vidas mientras paseaban tranquilamente arriba y abajo por la calle de Las Piedras. Los cristianos de Grazalema al principio las miraban con desconfianza, pero al reconocer a Zahara las dejaron en paz.

El sol gaditano se levantaba orgulloso más brillante que nunca y sus poderosos rayos calentaron por fin los huesos de la vieja cocinera aliviándole el reúma crónico que la atormentaba. De la parte alta de Grazalema bajaba un muchacho de unos veinte años que al ver a Zahara la reconoció y la saludó con la cabeza al pasar junto a ella. Unos segundos después retrocedió y se acercó de nuevo a las dos mujeres con semblante triste.

-Tú eres Teresa, ¿verdad?

-Así es, Ulpiano. - le contestó la anciana.

-¿Me conoces? - le preguntó sorprendido el mozo.

-Sí, te conozco. Eres el hermano de Zulema, el más pequeño.

Al escuchar el nombre de su hermana, el muchacho agachó la cabeza avergonzado, los músculos de su rostro se contrajeron y a pesar de sus esfuerzos por controlar la emoción que le embargaba no pudo evitar echarse a llorar. Había sido el inseparable compañero de juegos de Zulema. Los demás hermanos eran mayores que ellos y jugaban a cosas de hombres. Ulpiano, que entonces se llamaba Ibrahim, era hijo de Isabel, una de las dos esposas cristianas de Musarraf y tenía la misma edad que su hermana. Su sensibilidad casi femenina le hacía sentirse más cómodo, más a gusto jugando con Zulema. Los juegos de sus hermanos varones se le antojaban demasiado violentos. Su hermana y él eran los más pequeños de la casa. Se pasaban horas escenificando fastuosas bodas musulmanas entre apuestos emires y bellísimas princesas moras. Por supuesto el emir era siempre Ibrahim y la princesa Zulema, aunque en lo más profundo de su alma el niño deseara que los papeles se invirtieran. Cuando en broma su hermana le vestía de princesa, Ibrahim era feliz.

-La echas de menos, ¿verdad?

-Sí, mucho. - contestó el muchacho sin atreverse a levantar la cabeza para que las dos ancianas no vieran sus ojos llenos de lágrimas. Llorar era cosa de mujeres. Un hombre jamás debía hacerlo y mucho menos en público.

-Ella también a ti.- le aseguró Zahara.

Tras la reconquista de Grazalema por los cristianos del norte la pequeña Zulema, al ser hija de madre musulmana, fue separada violentamente de sus cinco hermanastros mestizos, hijos de madre cristiana. Ella pasó a ser una simple esclava, una morisquilla, mientras que los hijos de Isabel y María, las dos esposas cristianas de su padre Musarraf, al llevar en sus venas sangre cristiana y hablar perfectamente el castellano de sus madres, pasaron a tener la misma consideración que los cristianos viejos y su pasado musulmán fue olvidado. Sus madres, para borrar para siempre de sus vidas el recuerdo de Musarraf y evitar así que fueran discriminados y despreciados por los cristianos viejos del pueblo, les prohibieron hablar entre ellos en el idioma andalusí de su padre y mantener cualquier relación con su hermanastra Zulema. Para los cuatro mayores no supuso ningún problema olvidarse de ella, pero para el pequeño Ibrahim aquella prohibición fue un doloroso castigo. Durante aquellos largos once años de separación había intentado hablar muchas veces con Zulema, pero no se había atrevido. Quería decirle que la seguía queriendo como a una hermana, que no se había olvidado de ella. Se sentía tan solo . . .

Aquella mañana Ulpiano había subido al monte de madrugada con una cuerda para ahorcarse. Había estado inspeccionando los abetos del bosque buscando una buena rama donde atar la soga y el que le pareció mejor fue precisamente el abeto de Zulema, el más grande, el más imponente, el que tenía las ramas más gruesas que aguantarían perfectamente su peso. Había atado ya la cuerda a una rama, se había encaramado a ella y se disponía a colocarse la soga alrededor del cuello para tirarse y ahorcarse, cuando de pronto sintió el deseo de ver por última vez el bellísimo pueblo blanco de Grazalema, levantó la cabeza para verlo mejor y al hacerlo se golpeó en la nuca con una rama de más arriba, perdió el equilibrio y se cayó del árbol. No se hizo daño, la muelle y gruesa capa de hojarasca amortiguó el golpe y Ulpiano al verse en el suelo con la soga colgando y oscilando sobre su cabeza sintió una rabia, una frustración y una tristeza tan grandes que rompió a llorar ruidosamente sin importarle lo más mínimo que pudieran oírle.

Cuando por fin se serenó, se puso en pie y dirigió la vista hacia el pequeño pueblo que le vio nacer. Los poderosos rayos del sol naciente iluminaban las casitas blancas y aquella bellísima y entrañable estampa consiguió que Ulpiano esbozara una levísima sonrisa. De pronto sus ojos se fijaron en dos manchitas negras que se desplazaban emparejadas por la calle de Las Piedras. La llamativa cojera de una de ellas le recordó a Zahara. Él sabía que vivía con Zulema desde hacía unos meses y de súbito se iluminó una esperanza en su corazón y salió corriendo del bosque de abetos en dirección a las dos ancianas.

Sus hermanos mayores se habían casado y su madre Isabel había muerto de un ataque al corazón hacía unas semanas. Su soledad era inconmensurable y parecía no tener solución. Le decían que se casase, pero él sabía en lo más íntimo de su alma que no podía hacerlo, no debía hacerlo. Sus sentimientos le volvían loco y le hacían rehuir el contacto con la gente. En la soledad de su casa hablaba consigo mismo en femenino, pensaba en femenino, sentía en femenino, pero su fuerte cuerpo era de hombre. Ni él mismo conseguía entenderse, un alma de mujer tierna, dulce y sensible, encarcelada en el cuerpo de un apuesto y velludo mozo, cuya hermosura volvía locas a las muchachas de Grazalema. No, no podía hacerlo. Sería todavía mucho más desgraciado y destrozaría la vida a una mujer. Nunca se había enamorado. Sentía una fuerte atracción por los mozos del pueblo, pero sabía que no debía insinuarse. El castigo por el pecado de sodomía era la hoguera, una muerte atroz que aterrorizaba a Ulpiano. Así pues la única esperanza de llenar su vida con un poquito de cariño era su hermana Zulema.

-¿Quieres que le hable? - le preguntó Zahara tras un largo silencio.

-Sí, te lo agradecería mucho. Dile que la sigo queriendo, que no he olvidado que es mi hermana, que no me importa si es una esclava mora.

-Zulema ya no es una esclava, es una mujer libre y pronto se casará con Taufik. ¿Conoces a Taufik, al que los cristianos llaman Fernando?

-Sí, le conozco. Tengo entendido que alguien le dio una fortuna en monedas de oro y se libertó a si mismo pagando a su amo por su libertad.

-Efectivamente, así fue. Poco después libertó a Zulema comprándosela a su ama. Ha construido un hermoso palacio para ella en el bosque de abetos. Ahora que se van a casar es un buen momento para que volváis a ser hermanos. No te preocupes, yo le hablaré de ti. ¿Sabes dónde vive?

-Sí, en la casita que hay al final de la calle de Las Piedras, cerca de la Iglesia. - asintió Ulpiano.

-Ven esta tarde a puesta de sol. Golpea dos veces la puerta y yo sabré que eres tú. Estoy segura de que Zulema se alegrará mucho al verte.

-Muchas gracias, Teresa. Allí estaré.

Dagwa había observado y escuchado en silencio toda la conversación. Sin que se diera cuenta, mirándole fijamente a los ojos, con sus poderes de hechicera había entrado en el alma de Ulpiano y había leído sus sentimientos más íntimos. Supo así que acababa de sobrevivir a un intento de suicidio, que su corazón era de mujer, que su tristeza, su soledad y su falta de cariño eran inmensas, que le aterraba que se descubriera su secreto y le condenasen a morir quemado vivo, que... La bondad de Dagwa y su capacidad de empatía le hicieron parar en su escrutinio de la mente del muchacho. Su sufrimiento era tan espantoso que la hechicera no pudo evitar que se le humedecieran los ojos al mirarlo. En aquel preciso momento decidió que iba a ayudarle a ser feliz.

Ulpiano sentía una alegría tan grande en su corazón que, nada más despedirse de las dos ancianas, corrió feliz hacia su casa para prepararse para el tan ansiado reencuentro con su hermana. Calentó agua, la echó en un gran barreño de arcilla cocida, le añadió jabón de Sevilla perfumado con esencia de alhucema y limpió con ella su esbelto cuerpo lo mejor que supo. Con la ayuda de una afilada navaja de bronce se afeitó su incipiente barba de adolescente y con unas tijeras también de bronce recortó sus ondulados y oscuros cabellos moros, herencia de su padre Musarraf. Luego, recordando los juegos infantiles con Zulema, cogió un bellísimo velo negro de su difunta madre bordado con flores de oro y carmesí, se lo colocó sobre la cabeza, se miró en un espejo y se sonrió a si mismo al verse tan "guapa", como la princesa mora que siempre soñó ser.

Décimo capítulo


Los velos multicolores de Habiba


Para Ulpiano aquel fue uno de los días más largos de su vida. Tras una interminable noche de insomnio se había levantado con la firme decisión de ahorcarse y acabar así con la soledad, la tristeza y el sufrimiento que le causaban sus esquizofrenizantes sentimientos. No entendía por qué no podía ser como sus cuatro hermanos varones. Se sentía como un bicho raro, víctima de una broma macabra del destino o de un lamentable error de la naturaleza, como si Dios o Alá se hubieran equivocado al poner un alma de mujer en su cuerpo de varón mientras se estaba formando en el vientre de su madre. Desde su más tierna infancia siempre supo que era diferente a los demás niños y cuando entró en la pubertad su vida se convirtió en una pesadilla.

Su madre Isabel  le quería tanto que cuando le veía jugando a princesas con Zulema no le reprendía como se supone que debía hacerlo para enderezar su desarrollo como hombre. Mirando a su pequeño Ibrahim Isabel sentía una puñalada en el corazón, pues le recordaba a su hermano Indalecio, al que ella quería con locura, que en su lejana Segovia natal había muerto a los diecisiete años de una brutal paliza a manos de una horda de canallas que no podían soportar que fuera afeminado y diferente. Su corazón de madre le decía que su niño simplemente había nacido así y que nada ni nadie podía cambiar lo que había hecho bien o mal la naturaleza.

A Musarraf, el padre de Ibrahim, también le parecía raro que su quinto hijo varón jugase a juegos de niñas con Zulema, pero cuando la veía a ella tan feliz y tan bonita vestida de princesita mora por su hermano Ibrahim, tampoco le reprendía, se engañaba a si mismo pensando que no eran más que cosas de chiquillos y que al niño se le pasaría su afeminamiento al hacerse hombre.

Al sufrimiento íntimo y secreto de Ulpiano se le añadían los sentimientos contradictorios propios de cualquier mestizo. Por sus venas corría mezclada la sangre mora de su abuelo valenciano Abdel-Karim, la sangre negra de su abuela mauritana Leila y la sangre cristiana de su madre segoviana Isabel. Por añadidura en su mente tenía dos identidades, la del niño musulmán Ibrahim y la del ahora cristiano Ulpiano. A pesar de haber pasado once años desde que fuera "liberado" junto a su madre y sus hermanos varones por los cristianos del norte en la reconquista, en lo más profundo de su alma seguía siendo Ibrahim y continuaba pensando, sintiendo y soñando en la lengua andalusí de su infancia. Se le antojaba imposible rememorar los felices juegos con Zulema con palabras cristianas y era precisamente esta su añorada felicidad infantil lo que había impedido que olvidara la lengua de sus juegos, la ahora prohibida y perseguida algarabía andalusí.

La repentina muerte de su madre había acrecentado tanto su sufrimiento que el pobre muchacho había caído en picado en una profunda depresión y su vida se había convertido en un infierno. Había perdido a la única persona que le aceptaba tal como era, que le había protegido cientos de veces de la mofa de sus hermanos, que le llamaban unas veces Ulpiana y otras princesa Ibrahima y se divertían bajándole los calzones y amenazándole con cortarle sus genitales con un gran cuchillo diciéndole que no los necesitaba, que una vez castrado ya podría ser por fin una princesita mora. Aquella madrugada su joven mente ya no pudo soportar más tanta soledad, tanta falta de cariño, tanto miedo a ser él mismo. Se había pasado toda la noche llorando y al empezar a clarear al alba cogió una cuerda y se encaminó hacia el bosque de abetos con una tristeza tan absoluta en su alma, una decepción tan grande de la vida y de la gente, una soledad tan inmensa, que si alguien hubiera visto sus ojos en aquel preciso momento habría pensado que eran los de un condenado a muerte conducido a la horca.

Lo que no sabía Ulpiano era que no estaba solo. Desde que muriera su madre tres semanas atrás, su alma seguía a su lado. Su espíritu conocía por fin los sentimientos más íntimos y secretos de su hijo y no podía consentir que muriera de una manera tan absurda. Él no era culpable de ningún delito, simplemente había nacido así. En realidad era un ser inocente, dulce y cariñoso, lleno de bondad y ternura, que se hacía querer. Así pues cuando el espíritu de Isabel vio lo que quería hacer su hijo con la cuerda, le siguió hasta el bosque de abetos, allí se encontró con el alma de su difunto marido Musarraf que habitaba en el tronco de un imponente árbol, ambos espíritus se pusieron de acuerdo para salvar a su hijo Ibrahim-Ulpiano y cuando ya estaba encaramado sobre una rama y se disponía a colocarse la soga alrededor del cuello, le provocaron un intenso deseo de ver por última vez el bellísimo pueblo blanco que le vio nacer, con toda la fuerza de sus espíritus acercaron otra rama a la cabeza del muchacho y éste al levantar la vista se golpeó con tanta fuerza en la nuca que perdió el equilibrio y cayó sobre la mullida capa de hojarasca del abeto de su padre. Ambos espíritus unieron en silencio su llanto de padres al ruidoso llanto de su hijo al que acababan de salvar y se alegraron con él cuando éste se levantó ya sereno y corrió hacia la anciana Zahara con la pequeña esperanza de que le ayudase a reencontrarse con Zulema. Necesitaba imperiosamente un poquito de cariño, un agarradero para poder sobrevivir en aquel mundo tan hostil y su hermana era su única esperanza.

Tras asearse y vestirse con la mejor ropa que tenía, Ulpiano se dio cuenta de que faltaban todavía muchas horas para el anochecer. No le apeteció prepararse ningún guiso para almorzar. Con tantas emociones y la angustia remanente de su frustrado intento de suicidio, sentía un nudo en el estómago y sólo comió una rebanada de pan de centeno con queso de oveja y varios higos secos de la higuera que su abuelo valenciano Abdel-Karim había sembrado setenta años atrás en el huerto anejo a la casa. Aquella higuera era como un miembro más de la familia. Cuando la trajo desde su Burg-sot natal, una pequeña alquería mora situada en la lejana Taifa de Balansiya, era una simple estaquita de unos dos palmos envuelta en un paño húmedo que aguantó perfectamente el largo viaje de cuatro semanas en un talego de piel de cabrito. Nada más llegar al pueblo blanco de la Gran Zulema con su joven esposa africana Leila, tomó posesión del huerto que le había dejado en herencia su tío Yaqub y sembró en él la estaca de higuera valenciana que arraigó enseguida y al año siguiente ya dio su primer fruto. Setenta años después se había convertido en un árbol imponente con una copa descomunal que año tras año daba varios quintales de deliciosos higos negros.
        
Una vez Ulpiano hubo saciado su escaso apetito, no supo qué hacer para pasar las horas que faltaban para el anochecer y como un animal salvaje encerrado en una jaula se pasó toda la tarde dando vueltas sin sentido en el interior de la casa, atormentándose con pensamientos casi delirantes que acrecentaban todavía más su sufrimiento. Cuando desde una ventana vio que el sol se preparaba para esconderse tras las montañas, suspiró aliviado, cogió tres bellísimos velos que habían pertenecido a Habiba, la madre de Zulema, los envolvió en una tela de algodón blanco y salió a la calle en dirección a la casita de su hermana. 

Soplaba un desapacible viento del norte que atravesaba la ropa. Ulpiano sintió frío y se ajustó el sayo de lana de oveja negra que su difunta madre le había confeccionado unos pocos meses antes de morir. Su abundante cabellera negra revoloteaba al ritmo que le marcaba el viento iluminada por los últimos rayos horizontales del atardecer. Caminaba ensimismado con una gran angustia en el corazón por el temor a que Zulema le recriminase el haberla ignorado y despreciado durante once años y no quisiera volver a ser su hermana. Se estaba atormentando sin ningún fundamento, pues ignoraba que ella no albergaba rencor alguno contra sus cinco hermanos.

Las dos ancianas, tras despedirse de Ulpiano, pensaron que debían volver a la casita de Zulema para evitar que al salir Taufik del encuentro amoroso con su amada pudiera ser visto por algún cristiano viejo. La moralidad de los moriscos conversos era vigilada con celo por los cristianos. Se les exigía una conducta intachable y aquella transgresión de las normas sin estar casados les hubiera podido costar la vida. Para que los dos amantes pudieran estar juntos todo el tiempo que quisieran, permanecieron sentadas en un pequeño banco de piedra que había junto a la entrada y esperaron pacientemente a que abrieran la puerta. Cuando escucharon a Taufik descorrer el cerrojo, Dagwa le gritó: "¡Espera, no salgas! Las dos ancianas entraron en la casa, les explicaron el gran peligro que ambos corrían si alguien veía salir solo al muchacho y decidieron que Dagwa saldría con Taufik. Que le vieran abandonar la casa acompañado por una vieja esclava negra no levantaría ninguna sospecha.

El inesperado encuentro con su enamorado había sido tan bonito que, tras despedirse de él en la puerta de su casa, Zulema se lo quedó mirando un buen rato mientras se alejaba acompañado por Dagwa y se reprendió a si misma por lo tonta que había sido al temer ser violada el día en que él la compró a su ama cristiana. Taufik le había dicho al verla tan asustada: "No temas, yo jamás te haría una cosa así" y lo había cumplido. Aquel mozo fuerte y hermoso con su oscuro pelo rizado, sus ojos intensamente negros, su barba escasa de adolescente, su piel morena y sus labios carnosos llenos de sensualidad era la ternura hecha hombre. A pesar de no tener ninguna experiencia pues era tan virgen como Zulema, Taufik llevó al clímax a su amada como el más experto de los amantes. Nunca antes ninguno de los dos había sido tan feliz. Jamás lo iban a olvidar.

Cuando Zahara le dijo que Ibrahim quería pedirle perdón para volver a ser su hermano, Zulema creyó enloquecer de alegría. Aquel día los astros del firmamento se habían puesto de acuerdo para cambiar su vida para siempre, para que nunca más volviera a estar sola y triste. Todavía con la dulzura de Taufik pegada a cada poro de su piel, la muchacha se preparó mentalmente para el encuentro con Ibrahim, el segundo ser que más quería después de su enamorado y removió en su mente las lejanas vivencias de su infancia para recordar las cosas que más gustaban a su hermano, sobretodo sus platos andalusíes preferidos, pues quería prepararle con Zahara una opípara cena musulmana.

La ansiedad de Ulpiano era tan grande que llegó demasiado pronto a la casa de su hermana. Zahara le había dicho que acudiera al anochecer, pero todavía faltaba un buen rato para que oscureciera. No se atrevió a llamar a la puerta antes de la hora convenida. Vio el pequeño banco de piedra junto a la puerta y se sentó. Apoyó la cabeza contra la fachada, cerró los ojos e intentó serenarse.

-¿Qué haces aquí, Ulpiano? ¿Acaso no recuerdas la orden de nuestra madre? - le gritó su hermano mayor de nombre Pedro al verlo allí sentado.

-¿Y a tí no te da verguenza tratar a tu hermana como si no llevase tu sangre? - le recriminó Ulpiano.

-¿Hermana? ¿A una esclava mora más negra que el betún la llamas hermana?

 -Más negro que el betún lo serás tú que eres la viva imagen de nuestro padre. ¿Acaso nunca te has mirado en un espejo? - le echó en cara encolerizado su hermano pequeño que como por arte de magia había dejado de temerle.

Pedro se abalanzó sobre Ulpiano rabioso de ira. Ambos cayeron al suelo y se enzarzaron en una violenta pelea a puñetazos, bofetadas y arañazos. Zulema oyó el alboroto desde el interior de su casa, abrió la puerta y reconoció a sus dos hermanos. Al escuchar los insultos que se dirigían uno al otro entre golpe y golpe comprendió que el motivo de la trifulca era ella misma, la sangre le entró en ebullición en sus venas, su rostro enrojeció de cólera y corrió hacia sus hermanos que seguían enzarzados en el suelo.

-¡Parad inmediatamente! ¿No os da vergüenza a vuestra edad pelearos como chiquillos? - les gritó Zulema.

Ninguno de los dos se dio por enterado tal era su furia. La muchacha no sabía cómo parar la pelea. Intentó separarles pero sólo consiguió que la tirasen al suelo. Unas manos amorosas acudieron en su ayuda y la ayudaron a levantarse.

-¡Échales este cubo de agua fría, a ver si se les baja el acaloramiento! - le dijo Zahara con una sonrisa picarona.

Zulema no lo dudó ni un segundo. Levantó el cubo, se acercó a sus hermanos y les lanzó el agua con todas sus fuerzas. La reacción de los dos muchachos fue inmediata. Les sorprendió tanto el golpe del agua casi helada en sus cabezas que se les pasó súbitamente la cólera, ambos miraron desde el suelo a su hermana como si fuera una aparición, luego se miraron uno al otro y al verse mojados, llenos de polvo y con el pelo alborotado les entró un ataque de risa, se revolcaron por el suelo entre carcajadas y acabaron abrazados como si nada hubiera ocurrido.

-¡Menudo par de gamberros! - les gritó Zulema entre divertida y enfadada con los brazos en jarra.

Ellos se levantaron al unísono de un brinco y la rodearon con los brazos. Zulema era tan menuda que desapareció entre aquellos dos hombretones que la doblaban en corpulencia. Las risas de los tres hermanos se mezclaron con las lágrimas por la emoción del reencuentro y así permanecieron durante unos segundos hasta que Zulema sintió que se ahogaba entre los fuertes brazos de Pedro y Ulpiano.

-¡Me estáis estrujando! - les gritó feliz con cara de sofoco.

Ellos le respondieron con una risotada, aflojaron el abrazo y le dieron un beso en la mejilla. Zulema sintió una felicidad tan grande en su corazón que no pudo evitar echarse a llorar como una niña. Se cubrió la cara con las manos y ambos hermanos la volvieron a abrazar esta vez con más ternura.

-¿Me perdonas, Zulema? - le susurró al oído su hermano Pedro.

-¿Me perdonas, Zulema? - le susurró en su otro oído su hermano Ulpiano.

-Os perdono, hermanos. La sangre mora de nuestro padre nos separó y ahora nos ha vuelto a juntar. Ojalá permanezcamos unidos para siempre.

El pobre Ulpiano que se había bañado, afeitado, peinado, perfumado y vestido con sus mejores ropas para acudir al reencuentro con Zulema se encontró con que todos sus esfuerzos por acicalarse se habían ido al traste con la pelea. Buscó la tela de algodón blanco con la que había envuelto los tres velos de Habiba y milagrosamente el envoltorio seguía intacto en el suelo.

-Zulema, te he traído algo que seguramente te hará muy feliz. - le dijo Ulpiano.

-¿Qué es, Ibrahim? - le preguntó ella llamándole con su nombre musulmán.

-Algo que te pertenece, la herencia de tu madre Habiba.

Zulema deshizo llena de curiosidad el envoltorio de tela blanca con las manos temblorosas por la emoción y cuando vio los tres bellísimos velos multicolores de su difunta madre, a la que había visto asesinar con sus ojos de niña once años atrás, su tez morena se tornó blanca como la nieve, cerró los ojos y cayó desmayada en los brazos de su hermano Pedro que tuvo tiempo de sujetarla.

Undécimo capítulo

  
El honor mancillado de una morisca


Se acercaba el primer día de abril, la fecha señalada para la boda de Taufik y Zulema. Aquel atardecer a puesta de sol el cielo de Ubrique estaba limpio de nubes y ya se olía en el aire la primavera. Don Gonzalo llamó a Salem, su esclavo más fiel y le dio las órdenes para que a la mañana siguiente al alba tuviera ensillado su mejor caballo andalusí y guarnecidas las dos mulas más robustas al carruaje. En un principio el hidalgo tenía pensado dejar su palacio y sus tierras al cuidado de Salem, pero éste le suplicó que le permitiera acudir a la boda de Taufik, pues sentía por él un gran afecto labrado durante su accidentada estancia en Ubrique y deseaba compartir con el grazalemeño el día más feliz de su vida. Don Gonzalo miró a su fiel esclavo a los ojos, penetró en su mente, le leyó el alma, entendió lo que en realidad querían decir sus palabras y sonrió.

-De acuerdo, Salem, me acompañarás a Grazalema. No puedo negarme. Tú fuiste quien me avisó de su presencia en Ubrique y del peligro que corría al ser perseguido por los soldados del Santo Oficio. Estoy seguro que Taufik se alegrará mucho al verte.

-Muchas gracias, Don Gonzalo. No os arrepentiréis de llevarme con vos.

-El morito grazalemeño es de estas personas entrañables que se hacen querer, ¿verdad, Salem?

-Así es, mi señor, como vos muy bien decís, Taufik se hace querer. Dagwa le embrujó la mente para sanarlo y él sin buscarlo ni pretenderlo la ha embrujado a ella para que le quiera como una madre y a nosotros para que le queramos más que a un hermano.

-¿Más que a un hermano, Salem?

-Sí, mi señor . . . - le respondió el pastor morisco agachando la cabeza avergonzado al sentirse descubierto por la inteligente perspicacia del hidalgo.

-Uy, uy, uy, Salem, Salem, que me huele que lo vas a pasar muy mal. Tu corazón ama a los hombres, ¿verdad?

El joven morisco no pudo responder a la lancinante pregunta de su amo. Estaba temblando y llorando cabizbajo, indefenso, desarmado, vulnerable, sabedor que su vida y su destino dependían desde aquel momento de la voluntad de Don Gonzalo. Como noble hidalgo y como devoto cristiano respetuoso de las leyes divinas debería denunciarle inmediatamente a la Santa Inquisición para que le apresasen, juzgasen y condenasen a morir quemado vivo en la hoguera por sodomía, una de las depravaciones satánicas que más repugnaba a cualquier hombre de bien, pero Gonzalo era especial, muy especial, tan bondadoso, tan inteligente y tan sensible a los sentimientos ajenos que jamás se le ocurriría hacerle una vileza tan infame a su fiel esclavo. Al conocer este secreto tan íntimo de Salem en su gran corazón celta sintió una sincera compasión por el muchacho, comprendió su sufrimiento y su miedo, le abrazó como un padre abraza a su hijo y le susurró al oído: "No temas, vive tranquilo, yo jamás te haría una cosa así. Sólo te pido que le quieras sin que él nunca lo sepa. Deja que sea feliz con Zulema". Salem asintió con la cabeza, hizo un ademán de separarse y Gonzalo abrió los brazos.

-Venga, a dormir, que mañana nos espera un largo viaje. - le dijo dándole un cachete en la mejilla.

-Muchas gracias, mi señor. No sabéis cómo me alegro de ser vuestro esclavo. - le aseguró con un nudo en la garganta mientras se dirigía hacia el pajar del establo donde dormía.

Gonzalo se lo quedó mirando con preocupación. Él también quería a Taufik, pero de una manera muy diferente a Salem. Temía que los sentimientos le jugasen una mala pasada al joven morisco, que fuesen tan poderosos que le resultase imposible controlarlos. "Tendré que buscarle a alguien como él para que se olvide de Taufik. En cuanto lleguemos a Grazalema le pediré ayuda a Dagwa." - pensó, mientras se encaminaba hacia el palacio.

El pobre Salem no pudo dormir en toda la noche. Al sentirse descubierto por Don Gonzalo fue incapaz de negar sus sentimientos, como si con su penetrante mirada le hubiera desnudado el alma y le hubiera arrancado la coraza protectora con la que vivía. Sentía una tristeza infinita en su corazón, un desasosiego, una angustia que le ahogaba, un miedo atroz a haber perdido para siempre el aprecio y la confianza de su señor, de haber dejado de ser su esclavo predilecto. "¿Porqué he hablado tanto, porqué no he controlado mis palabras?", se preguntaba una y otra vez hundido en su blanda cama de paja, a ratos llorando, a ratos dándose manotazos en la frente, a ratos ahogándose por la angustia, hasta el punto que tuvo que levantarse varias veces para respirar aire fresco bajo las estrellas. Aquella noche fue quizás la más larga y más infernal de su vida, más incluso que la lejana noche en la que fue esclavizado.

Cuando por fin escuchó cantar al gallo de simiente de la hacienda, abrió los ojos, vio en un ventanuco que ya estaba clareando y suspiró aliviado. Le dolía la cabeza, la mandíbula, la nuca, la espalda, todos y cada uno de los huesos de su cuerpo, pero sobretodo lo que más le dolía era el alma. Sin proferir ningún sonido, sólo con el movimiento de los labios, le pidió a su dios Alá que Don Gonzalo le siguiera apreciando como si nada hubiera pasado, que al verlo aquella mañana le diera los buenos días con el mismo afecto de siempre. Deseaba encontrarse con él y comprobar que nada había cambiado. Esta incertidumbre era lo que más le hacía sufrir.

-¡Buenos días, Salem! ¿Has dormido bien? - le preguntó con la misma sonrisa y afabilidad de siempre.

- Pues no demasiado bien, mi señor. - le contestó con un hilillo de voz.

-Ja, ja, ja, me lo imaginaba. Espero que no te me duermas por el camino. 

Salem sintió un alivio tan grande en su corazón que no pudo evitar que le saltasen las lágrimas de alegría. Su amo le seguía queriendo como antes.

-¿Has cargado el macetón con el naranjo de sangre?

-Sí, Don Gonzalo. Está en la parte trasera del carruaje. A Taufik le va a gustar mucho vuestro regalo.

-Seguro que sí. Le traerá buenos recuerdos.

Cuando estuvieron cargados todos los enseres, el agua y los alimentos para el viaje y los regalos de boda, Don Gonzalo dio las últimas órdenes a sus esclavos, ayudó a subir a su esposa Salma al carruaje y de un brinco se montó a lomos de su caballo. Luego miró a Salem que esperaba con las riendas de las dos mulas en las manos y le dijo: "¡Adelante, que Dios Nuestro Señor nos acompañe en el camino!".

El poderoso sol andaluz se levantaba tras las cumbres de las montañas del este y sus rayos horizontales iluminaban a Don Gonzalo montado en su corcel negro. Su pelirroja y abundante cabellera celta se balanceaba con el trote del animal y brillaba como el oro bajo los rayos del astro rey. Salem le seguía a poca distancia conduciendo el carruaje y su corazón de mujer no pudo evitar emocionarse ante la visión de aquel hombre tan hermoso. Ni él mismo era consciente de sus sentimientos. En lo más íntimo de su alma siempre había deseado a Don Gonzalo, pero era sólo un deseo físico, una simple atracción carnal, le apreciaba más que le deseaba. En cambio lo que sentía por el morito de Grazalema era otra cosa, algo que nunca antes había sentido, un sentimiento poderoso que diluía su voluntad, una ternura, una irresistible atracción que le hacía desear estar con él, lo más cerca posible de él, contemplar su turbadora belleza andalusí que rezumaba virilidad, sus ojos negros de azabache llenos de embrujo, escuchar su voz, oler su aroma de hombre, acariciar su cuerpo, sentir su cálido aliento en su rostro, besar sus labios . . . 

De pronto Gonzalo escuchó dos golpes secos, se giró hacia Salem y vio que estaba llorando. Se acababa de dar dos fuertes manotazos en la frente para ahuyentar de su mente aquellos perturbadores pensamientos que tanto le hacían sufrir. Sabía que Taufik jamás sería suyo, pero no podía evitar soñar con él a todas horas.

-Se te pasará. No te atormentes. - le dijo Gonzalo con el semblante serio al darse cuenta de la gravedad del problema.

Salem no le contestó, agachó la cabeza avergonzado, tragó saliva e intentó contener el llanto.

Aquella noche la pasaron en las afueras de Benaocaz, bajo la protectora copa de una inmensa encina centenaria. Por la mañana al alba reemprendieron el camino en dirección a Villaluenga del Rosario. Tuvieron que parar varias veces para que los animales descansasen. Llegaron cuando se estaban apagando los últimos rayos del sol. Soplaba un desapacible viento del norte, el cielo estaba nublado y amenazaba tormenta. Don Gonzalo conocía una cueva donde guarecerse. A pesar de la escasa luz consiguió encontrarla y pernoctaron en su interior a resguardo del viento y la lluvia.

A medianoche Salem se levantó para orinar. Había dejado de llover, el cielo se había despejado y la luna creciente brillaba poderosa iluminando con su luz cenicienta aquellos campos y encinares. El morisco se acercó al tronco de un quejigo y cuando lo estaba regando con su humeante orina, sintió un golpe seco en la cabeza, se le nubló la vista y se derrumbó al suelo inconsciente. Tres bandoleros les habían estado siguiendo para robarles. El hermoso carruaje ricamente adornado les había atraído como un imán. Creyeron haberlo matado, pero por si acaso revivía le ataron los pies y las manos con una cuerda de esparto. Sabían que dentro de la cueva estaban durmiendo Don Gonzalo y su esposa, nadie más. Les daba miedo enfrentarse cara a cara con el gallego, pues les doblaba en corpulencia, pero eran como alimañas, se sabían mover en la oscuridad sin hacer ruido. Uno de ellos entró en la cueva armado con un garrote de acebuche, esperó a que sus ojos se acostumbrasen a la ausencia casi absoluta de luz, consiguió distinguir el bulto de Gonzalo en el suelo, se imaginó dónde estaba su cabeza y le dio un garrotazo con todas sus fuerzas seguido de otros muchos en todo el cuerpo. Gonzalo quedó inconsciente con el primer golpe y casi no se movió. Salma se despertó sobresaltada sin saber qué ocurría pues no veía nada. Llamó angustiada a su marido pero éste no le respondió. De pronto unos brazos la agarraron y la sacaron a rastras de la cueva. Le arrancaron la ropa, la sujetaron fuertemente de los pies y las manos y uno tras otro la penetraron salvajemente hasta derramar en su vagina su esperma de malditos. Luego, ya saciados, le dieron un garrotazo en la cabeza para matarla. Les robaron el caballo, las dos mulas y todo cuanto tenían a excepción del carruaje y les dejaron allí tirados creyendo que estaban muertos.

Al alba unos cuervos olieron la sangre, se acercaron en bandada y graznaron felices sobre un alcornoque cercano imaginando el festín que se darían con la abundante carne de aquellos cuerpos. Una vieja cuerva, la matriarca, voló hasta el cuerpo de Salem, se acercó a su cara y le dio un picotazo en un ojo para comprobar si estaba muerto. El intenso dolor despertó al muchacho, vio a un palmo de su rostro al pajarraco que se disponía a darle otro picotazo en el mismo ojo, le entró un ataque de pánico y se puso a gritar con todas sus fuerzas haciendo esfuerzos por levantarse. La atadura de los pies y las manos le impidieron salir corriendo, la astuta cuerva se dio cuenta y no se arredró, sólo se alejó unos pocos metros. Salem estaba aturdido por el golpe en la cabeza y al mismo tiempo aterrorizado pues no entendía lo que le estaba pasando. Vio una roca cercana con una arista cortante, se arrastró hasta ella y restregó la atadura de las muñecas contra la arista hasta conseguir deshilacharla lo suficiente para romperla. Con las manos libres desató la atadura de sus tobillos, se puso en pie tambaleándose y gritó con todas sus fuerzas levantando las manos para ahuyentar a los cuervos. Entonces miró a su alrededor, vio a Salma desnuda y tendida junto a la boca de la gruta y corrió hacia ella. La llamó con insistencia pero la morisca no le respondió. Parecía muerta. Recogió sus ropas desgarradas del suelo y cubrió su desnudez con ellas mientras de sus ojos brotaban las lágrimas. Quería a su ama. Los dos eran moriscos, y Salma le había tratado siempre como a un hermano.

Salem se sentó en el suelo y respiró profundamente varias veces para intentar serenarse. La cabeza le dolía tanto, el cerebro le latía con tanta fuerza dentro del cráneo que creyó que le estallaría. Le costaba mucho pensar y veía borroso con el ojo que había recibido el picotazo. De pronto se acordó de Gonzalo, entró en la cueva y lo encontró tendido en el suelo rodeado de un charco de sangre. Lo llamó con insistencia pero el hidalgo no dio ninguna señal de vida. Entonces Salem se derrumbó al creer que estaba muerto, se sentó en el suelo, se cubrió el rostro con las dos manos y lloró amargamente como nunca antes lo había hecho. Sólo Alá sabía lo mucho que quería a su amo.

-Salem . . .

-Mi señor, ¿estáis vivo?

-Si . . . - consiguió contestar Gonzalo con un hilillo de voz seguido de un acceso de tos y una mueca de dolor.

-¡Gracias, Alá todopoderoso! -gritó el morisco levantando las manos hacia el cielo.

-¡Salma!, ¿dónde está Salma? - preguntó Gonzalo.

-Está aquí fuera, voy a buscarla. - consiguió contestar el muchacho tras unos tensos segundos de silencio sin atreverse a decirle la verdad.

La morisca seguía inconsciente con una gran herida en la sien cubierta de sangre seca. Unos moscardones carroñeros se la estaban chupando. Salem los ahuyentó con la mano y volvió a llamar a su ama. Ella no dio ninguna señal de vida y el muchacho ya no insistió más. Era evidente que estaba muerta.

De pronto, cuando ya se encaminaba de vuelta al interior de la cueva, con el corazón constreñido por no saber cómo decirle la verdad a Gonzalo, escuchó un suspiro seguido de un quejido, se dio la vuelta y vio a Salma que se estaba tocando la herida con una mano. ¡Salma está viva! -gritó loco de alegría y en lugar de correr hacia ella corrió hacia Gonzalo.

-Señor, ¡Salma está viva! ¡Salma está viva! Acaba de despertar.

Gonzalo sólo alcanzó a esbozar una mueca que quería ser una sonrisa, pues tenía la cara malherida y llena de sangre y el dolor le impidió sonreír.

-Salem, ¿que ha ocurrido? ¿Hemos sido asaltados?

-Creo que sí, señor. Salí a orinar a medianoche y de pronto sentí un fuerte golpe en la cabeza y ya no recuerdo nada más.

-Llévame a donde está Salma, quiero verla.

Salem ayudó a su amo a levantarse, pero no pudo hacerlo, tenía una pierna rota. Se la había fracturado el bandolero de un garrotazo. Gonzalo lanzó un alarido de dolor, le saltaron las lágrimas y volvió a echarse.

-¡Alá misericordioso, ayúdanos! - exclamó el morisco llorando al unísono con su amo.

Salma se había levantado al escuchar los gritos de dolor de su marido. Le dolía mucho la cabeza y estaba aturdida y mareada. A los dos pasos se cayó, pero su amor por Gonzalo era más fuerte que sus mareos y volvió a levantarse.

-¡Gonzalo, esposo mío, estoy aquí!

-Salmita, ¿estás bien?

-Sí, Gonzalo. Estoy bien. No te preocupes.

-¿Qué nos ha pasado? ¿Viste a los salteadores?

-Si, mi amado, pero ahora olvídate de ellos. - le contestó amorosa guardándose para sí el doloroso recuerdo de la brutal violación. Se lo contaría más adelante, cuando él estuviera recuperado. Le quería más que a su vida.


Duodécimo capítulo 


Y yo moriré de pena si te pierdo


Era medianoche en Grazalema. La luna creciente velaba amorosa el sueño de los grazalemeños y su suave luz teñía de ceniza las casitas blancas del pueblo. Un búho macho ululaba en el silencio de la noche desde la rama más alta de un alcornoque, para decirles a los machos que quisieran escucharle que aquel imponente árbol era su casa, su propiedad, su territorio privado.

Taufik estaba desvelado, una extraña desazón le impedía conciliar el sueño. En otra alcoba del recién terminado palacio del bosque de abetos dormía la hechicera Dagwa, su madre adoptiva, que solía resoplar más que roncar en los momentos de sueño más profundo. Aquella noche Taufik había notado que el resoplido de la africana era diferente, como entrecortado, interrumpido a cada momento por suspiros y lamentos en su lengua malinesa, pero supuso que estaría soñando y no le dio importancia. Cuando por fin sintió el dulce sopor que precede al sueño, se colocó de lado en la cama, inspiró profundamente y se dispuso a soñar con su amada Zulema. No había transcurrido ni media hora cuando todo el palacio retumbó con el alarido pavoroso de Dagwa. Taufik se asustó tanto que dio un brinco en la cama y no supo exactamente lo qué había ocurrido. Cuando al cabo de unos segundos reaccionó, se levantó a toda prisa, cogió la lámpara de aceite que acostumbraba a mantener encendida durante toda la noche, pues tenía un miedo atroz a la oscuridad desde que su madre Zahira fue degollada ante sus ojos de niño y fue corriendo a donde estaba la africana.

-Madre, ¿estás bien?

-No, Taufik, me duele todo el cuerpo, sobretodo la cabeza.

-¿Te preparo una tacita de tila con miel de azahar?

-No, hijo mío, mejor ayúdame a levantarme. Creo que mientras dormía me han partido una pierna y me han abierto la cabeza a garrotazos. Me duelen las costillas al respirar, me quema la entrepierna como si me hubieran echado vitriolo, no veo bien con el ojo izquierdo y siento unas ganas imperiosas de orinar.

Taufik cogió en brazos a su menuda madre adoptiva como si fuera una niña y la sentó en la cama. Acercó el bacín, le retiró la tapadera y Dagwa se subió los faldones del blusón de dormir, se agachó como pudo agarrada a su hijo e intentó orinar, pero al hacer fuerza sintió un dolor lancinante y un escozor muy vivo como si se le desgarrasen las carnes en su naturaleza de mujer y le saltaron las lágrimas. Se tocó con la mano y luego se la miró creyendo que estaría manchada de sangre, pero seguía tan negra como siempre y entonces comprendió.

-¡Don Gonzalo y Salma han sido asaltados y están malheridos! Lo noto en mis carnes. Corre, ve a buscar tu caballo. Tenemos que ir a socorrerles o morirán.

Taufik no dudó de las palabras de Dagwa. Él también sentía una extraña desazón en su pecho desde que se acostó a puesta de sol. Quería tanto a su amigo-hermano que mientras corría en busca del caballo le suplicó acongojado repetidas veces a su dios Alá que protegiera a Gonzalo.

Al darse cuenta Dagwa de que sus dolores no eran reales sino fruto de sus poderes de telepatía, clarividencia y empatía con los seres que quería, se olvidó de las molestias y se vistió rápidamente con una angustia inconmensurable en su corazón, pues intuía que Salma había sido brutalmente violada. "Madre, abuela, acudid a donde están Gonzalo y Salma y asistidles mientras yo corro en su ayuda". - les suplicaba a los espíritus hechiceros de sus dos antepasadas.

Taufik llegó con su yegua blanca, levantó a su madre, la sentó a horcajadas sobre los lomos del animal, él se montó detrás de ella de un brinco y galoparon cuesta abajo hacia la casita de Zulema para avisarla.

Como tenían convenido con su amada el muchacho golpeó cuatro veces la puerta y esperó un angustioso minuto a que le abriera.

-Zulema, mi amada, siento mucho despertarte a estas horas. Dagwa ha tenido una pesadilla y en sueños ha visto que Gonzalo y Salma han sido asaltados de camino hacia Grazalema. Vamos corriendo a socorrerles.

-Y si todavía están allí los bandidos... - le dijo temerosa la muchacha mirándole a los ojos y acercándole al rostro la lámpara de aceite que sostenía con una mano.

-No temas, yo sé defenderme. - le aseguró Taufik.

-¿Tú solo con una anciana contra varios asaltantes? Os matarán y yo moriré de pena si te pierdo. - le aseguró Zulema con voz temblorosa. Al muchacho aquellas palabras tan bonitas de amor sincero le llegaron al corazón y deseó abrazarla, pero se contuvo.

-Podría volver al bosque a buscar a los libertos para que nos acompañen, pero tardaría demasiado tiempo. - le contestó Taufik.

-Aquí cerca tienes a mi hermano Ibrahim. Él os podría acompañar. ¿Le conoces?

-Sí, le conozco. Voy corriendo a su casa a buscarlo.

Taufik golpeó la puerta tres veces y esperó un largo minuto. Ibrahim dormía profundamente. Siempre le había costado mucho despertarse. Volvió a llamar, esta vez con más contundencia.

-¡Ulpiano, Ibrahim, soy Taufik, el prometido de Zulema!

-¡Voy, un momento! -gritó aturdido el muchacho mientras se restregaba los ojos y se calzaba unas babuchas.

Taufik se estaba poniendo cada vez más nervioso. Le exasperaban las personas lentas.

-¿Le ha ocurrido algo malo a Zulema? - le preguntó al abrir la puerta.

-No, tranquilo. Me manda ella para pedirte que me acompañes a socorrer a un noble hidalgo de Ubrique y a su esposa que han sido asaltados.

-¿Qué te acompañe a socorrer a un hidalgo de Ubrique? ¿Me estás tomando el pelo a estas horas de la noche?

-No, te aseguro que es verdad, pero la historia es muy larga y no tengo tiempo de explicártela. ¿Vienes o no?

-Si me lo pide Zulema, por supuesto que voy. Espera que me vista y ensille mi caballo.

Taufik pensó que iba a tardar una eternidad pero se equivocaba. Ibrahim sólo necesitó unos pocos minutos. Cerró la puerta de su casa, se guardó la llave y de un brinco se montó a los lomos de su corcel negro.

-¡Vamos! - le dijo a Taufik.

Los dos futuros cuñados galoparon juntos por las desiertas calles de Grazalema bajo la luz de la luna. Algunos vecinos, sobresaltados ante aquel ruido de cascos, se levantaron apresuradamente de sus camas y se asomaron a la calle iluminándola con la tenue y tililante luz de sus lámparas de aceite, pero no les dio tiempo a ver a los dos muchachos. Cuando dirigieron su inquisitiva mirada, lámpara en alto, hacia el  ruido que se alejaba, ya sólo quedaba la polvareda que habían levantado los cascos de los caballos.

-¿Cómo estás hermanita? - le preguntó Ibrahim con cariño nada más verla antes de apearse de su caballo.

-Muy bien, hermanito. Te agradezco mucho que acompañes a Taufik. Él te lo explicará todo por el camino.

Levantaron a la anciana y la sentaron sobre la yegua, y Taufik se montó detrás de ella como habían hecho antes. De esta manera, protegida entre los fuertes brazos de su hijo adoptivo, podrían galopar velozmente sin el peligro de que la anciana se cayese. Zulema le asió una mano y la miró a los ojos.

-Dagwa, estos dos hombres son mi vida. Cuídalos, te lo ruego.

-Lo haré, Zulema. No permitiré que nada malo les ocurra. Palabra de hechicera.

Los tres galoparon ráudos hacia el sur. Tuvieron que parar varias veces para dejar reposar a los animales. Cuatro horas más tarde, con la ayuda de las primeras luces del alba, divisaron por fin las primeras casas de Villaluenga del Rosario, la pequeña aldea que hasta catorce años atrás había sido una alquería mora.

-¡Parad aquí! - gritó la anciana al reconocer unas rocas que había visto en sueños.

Se apearon de sus caballos que jadeaban agotados, echaban espumarajos por su hocico y sus cuerpos empapados en sudor humeaban como ollas de agua hirviendo. Estaba amaneciendo. Dagwa se colocó en medio del camino, miró a diestra y a siniestra y a pesar de sus poderes no fue capaz de encontrar el camino hacia la cueva. Estaba avergonzada.

-Lo siento, Taufik, pero no logro orientarme.

-¿Has perdido tus poderes de hechicera?

-No. Lo que ocurre es que no conozco los conjuros para encontrar a personas perdidas. Tendré que convocar a los espíritus de mi madre y mi abuela y en un caso así sólo acudirán en nuestra ayuda si les facilitamos el trayecto desde el más allá.

-¿Qué necesitas, madre?

-Necesito la fuerza del cariño, el poder del amor verdadero, el que ambos habéis sentido.

-No entiendo....

-Dadme los dos las manos y formemos un círculo. Tu, hijo mío, piensa en lo que sentiste el día en que Gonzalo, sin conocerte de nada, posó su brazo sobre tus hombros y a pesar de ser tú un moro despreciable y él un noble hidalgo te habló con gran afecto y escuchó el triste relato de tu vida, ofreciéndote después una naranja de sangre acompañada de una amplia y sincera sonrisa. ¿Recuerdas que te saltaron las lágrimas?

-Sí, madre, lo recuerdo. - le contestó el muchacho con ojos emocionados.

-Y tú, Ibrahim, piensa en lo que sentiste cuando con tu hermano Pedro abrazasteis a vuestra hermana Zulema, le disteis un beso en la mejilla, le pedisteis perdón por haberla despreciado e ignorado durante tantos años, y ella os perdonó. Éste cariño sincero y limpio es el poder y la fuerza que necesito. Cerrad los ojos y pensad en lo que os he dicho.

Dagwa también cerró los ojos y empezó entonces a hablar en su lengua africana con un tono de voz tan amoroso que resultaba evidente que se estaba comunicando con los espíritus de su madre y su abuela. A través de sus manos unidas los dos muchachos sentían una extraña energía, un fuego que procedía de la hechicera y recorría todo su cuerpo llenándolo de paz.

De pronto Dagwa enmudeció, soltó las manos de los muchachos, dio un par de vueltas sobre sí misma, encontró el camino de la cueva y les dijo: "¡Seguidme!"

Se dirigió hacia un encinar impenetrable. Caminaba cabizbaja y a gran velocidad sin mirar por dónde iba, como embrujada, poseída. Los dos muchachos corrían tras ella y casi no podían seguirla. Se miraban uno al otro sorprendidos de que no chocara contra los troncos y las ramas de las encinas, como si fueran los ojos de sus antepasadas los que mirasen por ella. Justo en la entrada de una cueva muy oscura paró bruscamente su alocada carrera, aspiró el aire fresco y húmedo que salía de ella, hizo una mueca de asentimiento al oler la sangre de Gonzalo y dijo: "Es aquí, hemos llegado".

La bandada de cuervos ávida de carne con su vieja matriarca al frente había vuelto y sus tenebrosos graznidos que anunciaban la muerte enojaron a la hechicera. Con determinación se quitó el velo, dirigió su poderosa mirada de bruja hacia los pajarracos, les lanzó una escalofriante maldición malinesa que asustó a los dos muchachos aún sin entenderla y en menos de tres segundos toda la bandada desapareció y reinó un maravilloso silencio. Dagwa sonrió satisfecha.

-Gonzalo, Salma, ¿estáis ahí?

-Estamos aquí, Dagwa. - le contestó la morisca sentada en el suelo con la cabeza de su marido en su regazo.

La anciana corrió hacia ellos, le dio un beso a Salma y luego acarició con ternura la mejilla ensangrentada de Gonzalo.

-Vi en sueños que habíais sido asaltados.

-Sí, Dagwa, tres bandoleros nos atacaron mientras dormíamos. Nos lo robaron todo, ni agua nos dejaron. Salem, que también está herido, acaba de partir en busca de ayuda.

-Ibrahim, coge tu caballo y ve al encuentro de Salem. Toma estos dos reales de plata. Pregunta en el pueblo por el boticario y cómprale media onza castellana de resina de adormidera. Consigue también unos cuantos recipientes de arcilla cocida y un odre de piel de cabrito lleno de agua. - le ordenó la anciana que había tomado la iniciativa.

-Voy presto, Dagwa. - obedeció el mestizo.

Durante unos segundos reinó el silencio. En la oscuridad de la cueva Gonzalo consiguó distinguir la silueta de su amigo-hermano que se había arrodillado a su vera.

-Taufik, ¿eres tú? - le preguntó con un hilillo de voz.

-Sí, hermano, soy yo. - le contestó el muchacho con voz emocionada.

-Me alegro tanto de que hayas venido...  Si muero, lo haré rodeado de los seres que más quiero.

-Tú no vas a morir. Dagwa te sanará como lo hizo conmigo.

La curandera exploró el cuerpo del hidalgo y en su sabiduría comprendió que la herida más grave era la de la pierna fracturada. Estaba visiblemente deformada y era preciso enderezarla e inmovilizarla o se le gangrenaría y acabaría con su vida.

-Taufik, ve en busca de cuatro palos rectos de acebuche del grosor de un dedo pulgar. Trae también hojas tiernas de palmito. Con ellas trenzaremos cordeles para sujetar los palos alrededor de la pierna. Ah, se me olvidaba, recoge también heno lanoso y seco para almohadillarla.

Tenían que esperar a que Ibrahim y Salem volvieran con la adormidera y el agua. La anciana se sentó junto a Gonzalo, le cogió la mano, pronunció en voz baja un conjuro africano y el hidalgo se durmió plácidamente.

Los dos muchachos tardaron más de una hora en volver. Lo más difícil había sido encontrar la resina de adormidera, pues en el pueblo no había boticario. La consiguieron gracias a la generosidad de un viejo hidalgo, el más rico de Villaluenga del Rosario, que padecía de dolores crónicos en su espalda y la tomaba a diario para aliviar su dolencia. Al saber que la adormidera era para un rico hidalgo de Ubrique que había sido asaltado, les regaló una onza de resina y se negó a recibir ningún dinero por ella.

Taufik había vuelto también con los cuatro palos de acebuche, las hojas de palmito y el heno. Entre todos trenzaron media docena de varas de cordel y con una piedra de borde cortante quitaron las ramillas de los palos, dejándolos bien lisos. Gonzalo seguía durmiendo plácidamente embrujado por el conjuro de la hechicera. Daba pena despertarlo, pero no quedaba más remedio. Era preciso enderezarle la pierna.

-Salem, dame la resina de adormidera y un cuenco de arcilla.

-¿Te doy agua también? - le preguntó el morisco.

-Sí, una poca.

La curandera cogió un pellizco de resina, la puso en el cuenco, la aplastó con el dedo pulgar, le echó agua encima y removió con un palito hasta disolverla por completo. Luego se sentó junto a la cabeza del hidalgo, le tocó la mano y él despertó de su dulce sueño.

-Don Gonzalo, tengo que componer los huesos fracturados de vuestra pierna. Os va a doler mucho y para que lo podáis soportar os he preparado este bebedizo.

-De acuerdo, Dagwa. Haz lo que creas conveniente. Estoy en tus sabias manos.

-Bebed pues el líquido de este cuenco. Sabe muy mal, pero no tengo miel para endulzarlo.

-No te preocupes, seguro que no está tan malo.

Salma le ayudó a levantar la cabeza y la curandera le acercó el cuenco a los labios. Gonzalo se bebió todo el bebedizo de un trago y no hizo ninguna mueca extraña, sólo chasqueó la lengua.

-Gracias, Dagwa. Tenías razón, sabe un poco amargo.

-Bebed un sorbito de agua para quitaros el amargor de la boca. - le contestó la curandera ofreciéndole el mismo cuenco que Salem había enjuagado previamente de los restos de adormidera.

La medicina necesitaba un tiempo de espera para hacer su efecto. La curandera cogió la mano del hidalgo, pronunció el conjuro mágico que daba sueño y el enfermo se durmió otra vez plácidamente. Estaban todos tan trastornados por el asalto que se habían olvidado de comer, todos excepto Ibrahim que, con la moneda de plata que el hidalgo villaluenguense había rechazado aceptar, había comprado a un cabrero liberto que vivía en las afueras de la aldea un queso grande de leche de cabra payoya, dos hogazas de pan tierno todavía calientes, media arroba de higos secos y tres docenas de naranjas, limones y cidras que el morisco cultivaba en su pequeño huerto. 

Ibrahim partió el queso golpeándolo contra la arista de una roca y le fue dando un trozo a cada uno acompañado de una porción de pan que partió con las manos. Cuando tocó darle su parte a Salma, la morisca agachó la cabeza y dijo que sentía un nudo en el estómago que le impedía comer. Dagwa se acercó a ella y le habló al oído muy bajito. Salma asintió con la cabeza con lágrimas en los ojos y aceptó el pan y el queso que le ofrecía el morisco.

Cuando la curandera creyó que el brebaje de resina de opio ya había adormecido el dolor a Gonzalo, le despertó tocándole la mano.

-Don Gonzalo, ¿cómo os encontráis?

-Muy bien, Dagwa, no me duele nada, pero tengo mucho sueño. Siento que estoy flotando sobre una cama de nubes.

-Voy a poner los huesos de vuestra pierna en su sitio. Si os duele mucho, os daré más medicina y lo intentaremos más tarde.

-¡Adelante, Dagwa! - le contestó el hidalgo con valentía.

Salma quitó los calzones a su marido con toda la delicadeza de la que fue capaz. La pierna quedó al descubierto, y la morisca al verla se desmayó. Estaba terriblemente inflamada, deformada y amoratada con la punta del pie dirigida hacia dentro.

-¡Atended a Salma! - les ordenó la curandera, mientras ella estaba pensando la mejor manera de enderezar la pierna.

Salem se arrodilló en el suelo junto a su ama y le cogió una mano. En realidad no podía hacer nada más. La morisca despertó, le miró primero a él y después a su marido y se echó a llorar ruidosamente.

-Mi amada, no llores, me pondré bien. Dagwa me sanará. - le dijo Gonzalo haciendo un esfuerzo por despertar del adormilamiento al que le había sumido la droga.

Salma reaccionó al escuchar las palabras de su esposo, se incorporó, inspiró profundamente y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

-Taufik, Ibrahim, sujetad a Don Gonzalo por las axilas. Tú, Salem, no dejes que mueva la pierna buena en la posición en la que yo la voy a poner ahora. Necesito verla para colocar los huesos de la otra en la posición correcta.

Dagwa agarró el pie, estiró con todas sus fuerzas y se escuchó un espantoso crujido. Luego, sin soltarlo lo volteó a derecha e izquierda varias veces comparándolo con el otro pie hasta que creyó que estaba bien enderezado.

-Taufik, acércame los palos y el heno y ten preparados los cordeles. Salem, mantén la pierna enderezada sin moverla.

La hábil curandera almohadilló el miembro fracturado con la sedosa hierba seca, dispuso los cuatro palos a su alrededor y los fue rodeando y atando entre sí con los cordeles, desde el pie hasta la ingle. Luego se levantó y suspiró satisfecha y aliviada. Había hecho un buen trabajo y el hidalgo no había sentido ningún dolor. Se acercó a su cabeza y le acarició la mejilla.

-Habéis sido muy valiente, Don Gonzalo. -le aseguró, pero él estaba tan débil y tan adormecido por el opio que no la oyó.

-Muchas gracias, Dagwa. - le agradeció emocionada Salma - Hace unas semanas le dijiste que estarías siempre en deuda con él por haberte liberado de la esclavitud. Ahora ya no le debes nada. Le has devuelto el favor que te hizo con otro mucho más grande, le has salvado la vida.

Dagwa se emocionó tanto con las palabras de su amiga, que no acertó a pronunciar ninguna respuesta. Las dos mujeres se abrazaron y lloraron como niñas, en parte por la emoción del momento y en parte para descargar toda la tensión que habían acumulado durante aquel espantoso día. Cuando por fin se serenaron, Dagwa volvió a coger el mando  de la situación y empezó a dar órdenes.

-Ibrahim, exprime cuatro naranjas en un cuenco. Le daremos el zumo a Don Gonzalo cuando despierte. Taufik, no te separes de él y avísame si se queja. Salma, ven conmigo. Salgamos a dar un paseo.

Las dos amigas necesitaban hablar a solas de cosas de mujeres. Salma estaba destrozada por la brutal agresión sexual. Se había hecho la fuerte para cuidar de su marido, pero estaba casi tan mal como él, al menos psíquicamente. Se sentía sucia, ajada, mancillada, agredida, deshonrada, humillada. Jamás podría olvidar a aquellos bandidos, a aquellas tres alimañas que le habían arrebatado la honra y la dignidad y habían ensuciado para siempre con su esperma de malditos su naturaleza de mujer, la que ella guardaba celosamente para darle algún día un hijo a Gonzalo.

Décimo tercer capítulo


El amor inmarcesible


-Dagwa, te lo suplico, ayúdame, por lo que más quieras, creo que estoy embarazada. - le suplicó Salma con ojos de desesperación a su amiga africana, mientras paseaban las dos solas por la espesura de un alcornocal cercano a la cueva.

-¿Del esperma de los bandidos?

-Sí, de los tres demonios que me violaron.

Había pasado un mes largo desde el asalto de los bandoleros. Don Gonzalo se estaba recuperando rápidamente y la curandera ya le permitía apoyar un poco la pierna fracturada para que pudiera salir de la cueva un ratito cada día a dar un paseo apoyado en su hermano Taufik. Las costillas rotas también se habían curado sin problemas y ya no le dolían al respirar. La onza de resina de adormidera había facilitado mucho la recuperación al menguar el intenso dolor de las fracturas. Dagwa se la había dosificado para que cundiera y fuera suficiente para todo el proceso. A razón de un pellizquito de droga cada día a las dos semanas ya se había agotado y era preciso conseguir más, pero Gonzalo dijo que ya no le hacía falta. Del dolor lancinante inicial ya sólo le quedaban unas pequeñas molestias.

-¿Estás segura, Salma? ¿No será un retraso por el trastorno del asalto? - le preguntó la curandera.

-Estoy segura, Dagwa. Yo siempre he sido muy regular. Jamás se me ha retrasado el sangrado del menstruo ni un solo día. Además, siento náuseas por las mañanas, tengo mareos y los pechos se me han vuelto muy sensibles. 

-¿No quieres tener al niño, verdad?

-No, Dagwa, mi vientre no les dará descendencia a aquellos malditos. No quiero traer al mundo a una alimaña. Si algún día tengo un hijo será de Gonzalo. Tienes que ayudarme. Te lo suplico.

-Nunca lo he hecho, Salma. Sé cómo hacerlo, pero mi madre y mi abuela me hicieron prometer que jamás usaría mis conocimientos y mis poderes de hechicera para hacer el mal y mucho menos para matar a un niño en el vientre de su madre.

-Lo que llevo en mi vientre no es un niño, no es humano, es una bestia demoníaca como su padre. Sé que Gonzalo con su inmensa bondad lo aceptaría como propio, pero yo no quiero tener a este hijo. Cada día durante el resto de mi vida reconocería en él a alguno de los tres bandoleros. Jamás podré olvidar sus ojos despiadados mientras abusaban de mí. Llevaban al demonio dentro. ¿Lo entiendes, Dagwa?

-Si, lo entiendo, Salma, pero para ayudarte tendré que pedirles consejo y permiso a mis antepasadas.

En un claro del alcornocal las dos mujeres se sentaron en el suelo, se cogieron de las manos, cerraron los ojos y la hechicera inició sus conjuros en lengua malinesa para llamar a su madre y a su abuela. Cuando Salma sintió que un calor extraño le entraba por las manos y le recorría todo el cuerpo supo que la africana había contactado con sus antepasadas hechiceras. Dagwa parecía suplicarles y su semblante triste indicaba que se negaban a darle permiso para ayudar a abortar a la morisca. De pronto su rostro cambió de la tristeza a una evidente alegría. Abrió los ojos, miró con cariño a su amiga y sonrió, pero Salma no se dio cuenta pues seguía con los ojos cerrados.

-Lo siento mucho, Salma. Me niegan el permiso. Si te ayudo a abortar, perderé mis poderes para siempre y tú morirás desangrada a los pocos minutos. No puedo hacerlo. Sería como si te matase a sabiendas.

-¿Y si tu me dices cómo hacerlo y lo hago yo sola?

-Me han dicho que si intentas perder a este niño morirás, lo haga quien lo haga. - le aseguró la hechicera.

-Entonces moriré, no soporto la idea de llevar al hijo de aquellos bandidos en mi vientre. Así dejaré de sufrir y Gonzalo se podrá casar de nuevo.

-No permitiré que te quites la vida. Te quiero como a una hija. - le aseguró mirándola a los ojos y acariciándole la mejilla con dulzura.

-No quiero engañar a Gonzalo. No se lo merece. Debo decirle la verdad y no sé cómo hacerlo. - dijo con tristeza la morisca.

-Ya lo sabe, Salma. Me lo ha dicho mi madre. Gonzalo ha leído la tristeza en tus ojos y ha entendido sin necesidad de palabras.

Conocer aquella dolorosa verdad destrozó el corazón a la morisca. Se cubrió la cara con las dos manos y rompió a llorar amargamente. Dagwa la abrazó con ternura y dejó que se desahogase, que con el llanto sacase afuera la angustia y la desesperación que la atormentaban. Cuando ambas volvieron a la cueva, Salma corrió hacia Gonzalo que estaba sentado sobre un saco de paja, se arrodilló a sus pies, le besó las manos y le miró con ojos llorosos.

-Gonzalo, estoy embarazada de aquellos desalmados.

-Lo sé, mi amada, no te atormentes. Tendrás al niño y será mi hijo. Ni él ni tú tenéis la culpa. - le aseguró acariciándole la mejilla. Luego acercó su menuda esposa hacia su amplio pecho celta y la rodeó con los brazos con toda la dulzura de la que fue capaz.

-Gracias, Gonzalo. - acertó a decir llorando como una niña.

-¡Ay, Salmita, Salmita, mi morita del alma, mi esclavita liberta, mi morisquilla, cómo te quiero!

Salma creyó que su corazón iba a estallar en su pecho. Ya no podía ser más feliz. Gonzalo le acababa de demostrar que su amor era absoluto, inquebrantable, incondicional, inmarcesible, que nada ni nadie conseguiría que dejase de quererla ni aunque fuera un poquito.

Décimo cuarto capítulo 


El zureo de las palomas andalusíes

Ayudado por Taufik, su amigo y hermano, Gonzalo consiguió llegar hasta el pedregoso camino donde los bandoleros habían dejado el carruaje tras vaciarlo de todo cuanto de valor contenía. Sus  ojos se alegraron hasta casi saltarle las lágrimas al ver intacto el macetón del naranjo de sangre que con tanto cariño llevaba como regalo de boda para Taufik y Zulema.

-¡Alabado sea Dios misericordioso! - exclamó el hidalgo.

-¿Qué pasa, Gonzalo? - le preguntó sorprendido el muchacho ignorando cuál era el motivo de su exclamación.

-Mira, Taufik, los bandidos despreciaron tu naranjo de sangre.

-¿Mi naranjo de sangre?

-Sí, hermano. Lo llevábamos como regalo de boda para ti y Zulema. No sabes la alegría que he sentido al verlo intacto.

Taufik se emocionó al recordar la hermosa naranja de sangre que Gonzalo le dio con tanto afecto el primer día que se conocieron. Con aquella deliciosa fruta ensangrentada habían sellado para siempre su amistad eterna. Ya nunca más volvería a estar solo, sin familia, sin amigos. Desde aquel día tendría a su lado a un hermano, un hombretón celta que le doblaba en corpulencia con un corazón tan grande y tan bondadoso, que había conseguido que el morisco fuera capaz de sentir afecto por un cristiano por primera vez en su vida.

-Muchas gracias, Gonzalo. - dijo Taufik sonriendo agradecido con ojos emocionados, mirando primero al hidalgo y luego al pequeño naranjo de poco más de dos palmos que Gonzalo había injertado con éxito para él nueve meses atrás.

-Cuando lleguemos a Grazalema yo mismo te lo sembraré junto al Palacio.

-Y yo lo cuidaré con cariño toda mi vida - le aseguró Taufik - y cuando muera mis hijos y mis nietos lo seguirán cuidando, recordando siempre que fue un hermoso regalo de un cristiano a un moro que se convirtieron en hermanos.

Salem e Ibrahim guarnecieron la yegua y el caballo al carruaje. Taufik ayudó a Gonzalo a subir y a sentarse sobre un mullido saco de paja y las dos mujeres, su esposa Salma y la vieja Dagwa, se sentaron a su lado. 

-¡Adelante! - gritó Taufik desde el interior del carruaje - ¡Que Alá misericordioso y Dios todopoderoso nos acompañen y protejan en el camino!

-¡Arre! - gritó Salem a los dos animales azuzándoles con una fusta. (La palabra castellana "arre" procede del andalusí "harri" que significa ¡anda ligero!)

Cinco horas después divisaron a lo lejos las primeras casitas blancas de Grazalema. A Taufik y a Ulpiano se les ensanchó el corazón. Por fin llegaban al hermoso pueblo que les vio nacer. Una multitud de curiosos se asomó a la calle de Las Piedras para ver pasar el carruaje. Ulpiano saludó con la mano a su hermano Pedro que le miraba sorprendido y le hizo una seña para darle a entender que se lo explicaría todo más tarde. 

-¡Salem, para aquí un momento! - le gritó Taufik asomándose por la ventana del carruaje cuando pasaban por delante de la casita de Zulema.

El muchacho se apeó del carruaje y golpeó la puerta cuatro veces. Zulema supo que era su amado, corrió loca de alegría a abrirle la puerta, se le echó a los brazos sin cubrirse con el velo y las lágrimas le impidieron ver que tras el muchacho había diez ojos que les miraban enternecidos. 

-¿Cómo estás, hermanita? - le preguntó sonriendo Ibrahim-Ulpiano desde lo alto del carruaje.

-Muy bien, hermanito. - le contestó ella tragando saliva avergonzada y parpadeando rápidamente para aclararse la vista, mientras las mejillas se le sonrojaban al sentirse observada por tantos ojos.

Taufik la miró con ternura y sonrió feliz al verla tan bonita. Sólo Alá sabía lo mucho que la quería.

-Ven, quiero que conozcas a mi hermano Gonzalo y a su esposa.

Zulema, visiblemente avergonzada, saludó con un gesto de la cabeza y una sonrisa al hidalgo y luego besó en las dos mejillas a Salma. No fue capaz de pronunciar ninguna palabra. Sin el velo cubriéndole la cabeza se sentía desnuda, violenta. Apretó la mano a Taufik, éste comprendió y la acompañó hasta la puerta de su casa. El muchacho volvió a subirse al carruaje y continuaron el camino hacia el palacio del bosque de abetos. Allí les esperaban angustiados desde hacía casi dos meses los dos artesanos y los seis libertos, temerosos ante la tardanza de que algo malo les hubiera ocurrido.

Ahmed, el maestro artesano en azulejos y mosaicos, fue el primero en divisar el carruaje. Esperó con ansia a que se acercase lo suficiente para poder distinguir las facciones de los dos muchachos que iban sentados delante y cuando reconoció al pastor morisco Salem, el esclavo predilecto de Gonzalo, su corazón dio un vuelco por la emoción.

-¡Ya vienen, Taufik ha vuelto! - exclamó.

Todos corrieron locos de alegría hacia el carruaje agradeciendo a su dios Alá que hubiera escuchado sus plegarias. Taufik al verlos saltó del vehículo todavía en movimiento y se fundió en un emocionado abrazo multitudinario con todos y cada uno de los ocho hombres. Alguno de los libertos no pudo evitar que se le humedeciesen los ojos por la emoción. Todos querían tocarlo, mirarle a los ojos, escuchar su voz, para asegurarse de que efectivamente era él.

-¡Ahmed, Omar! - gritó Gonzalo desde el interior del carruaje.

-Señor, ¿sois vos?

-Sí, amigos, los bandoleros no pudieron conmigo.

-Ja, ja, ja, los celtas sois muy fuertes, señor.

Los dos artesanos ayudaron a bajar al hidalgo y se fundieron con él en un cálido abrazo. Luego le enseñaron con orgullo el palacio que, aunque pequeño, era hermoso como una joya.

De pronto Gonzalo enmudeció, señaló con el dedo hacia la parte trasera del palacio y sonrió.

-Salma, ¿me preparas un caldo de pichón?

-Si, mi amado, como el que preparé para Taufik aquel día.

Gonzalo y el morisco se miraron a los ojos, se leyeron el alma y sonrieron. Detrás del palacio zureaban felices tres docenas de palomas andalusíes. La amistad de aquellos dos hombres ya no podía ser más grande.

Décimo quinto capítulo


Se llame Dios, Alá o Yahvé


Aquel primer domingo de junio, tras oír misa en la Iglesia de la Encarnación, Gonzalo y Taufik se acercaron a la sacristía para hablar con el capellán. Zulema les esperó sentada en un banco junto a Salma, Zahara y Dagwa. Los libertos y los dos artesanos prefirieron marcharse al bosque de abetos donde estaban construyendo una casa de invitados adyacente al palacio. Nunca antes se había casado una pareja de moriscos conversos en Grazalema y la muchacha temía que el capellán no quisiese casarles.

-Buenos días, padre Gracián, ¿podemos hablar un momento con vuestra reverencia?
 
-Por supuesto. ¿Con quién tengo el gusto de conversar?

-Soy Don Gonzalo de Limia y Alláriz, Señor del Arroyo de Cidrones del vecino pueblo de Ubrique y éste es mi hermano Fernando.

Taufik tuvo que hacer un gran esfuerzo para no echarse a reír a carcajadas al ver las muecas de sorpresa del capellán y el llamativo enrojecimiento de su cara ante las palabras del hidalgo. El sacerdote le conocía de toda la vida y sabía que no era más que un simple moro liberto, pero no se atrevió a contradecir a Don Gonzalo. 

-Vaya, no sabía que Fernando tuviera un hermano de tan noble estirpe.

-Así es, reverendo padre. Fernando lleva mis apellidos. Se los di hace dos meses ante el escribano real de Villaluenga del Rosario.

-Gran aprecio le tenéis, pues.

-Sí, tanto como que le debo la vida. Acudió veloz en mi ayuda al saber que mi esposa y yo habíamos sido asaltados salvajemente por unos bandoleros. Gracias a sus cuidados puedo estar hoy aquí hablando con vuestra reverencia.

-Con razón le estáis agradecido. - le contestó el capellán mirando a Taufik con afecto. - ¿y qué os trae por aquí, Don Gonzalo?

-Fernando quiere casarse con Beatriz, la morisca a la que todo el mundo conoce por Zulema la mora.

-Ah sí, la conozco. Su antigua ama me dijo que se la había vendido a un moro liberto. Me imagino que era Fernando.

-Él era, padre - le contestó el hidalgo. - y yo seré el padrino de su boda si vuestra reverencia tiene a bien concederles el plácet. Mi donativo para la parroquia será generoso.

-Tenga vuestra ilustrísima por concedido el permiso de la Santa Madre Iglesia. - le contestó el cura con los ojos brillantes de codicia.

-Habíamos pensado en celebrar la boda el día de San Juan, si a vuestra reverencia le parece oportuno.

-De acuerdo, Don Gonzalo. El día de San Juan a las 10 de la mañana.

-¡Sea! 

Don Gonzalo y Taufik se agacharon ante el capellán hincando la rodilla derecha hasta el suelo y besaron el crucifijo que llevaba colgando de su cintura. Se reunieron luego con Zulema y las otras mujeres y salieron en silencio de la iglesia. En la calle les esperaban Salem e Ibrahim con el carruaje.

-Zulema, mi amada, nos casamos el día de San Juan.

-¿No ha puesto ningún impedimento el capellán por ser nosotros moriscos?

-Ninguno. Gonzalo le ha hablado con gran dignidad y respeto, le ha asegurado que yo soy su hermano y llevo sus apellidos y le ha prometido un generoso donativo para la parroquia. - le contó el muchacho con una evidente satisfacción, mientras dirigía la mirada hacia el hidalgo y le sonreía dándole las gracias con los ojos sin mediar palabras.

-¿Y cuáles son tus nuevos apellidos, mi amado? - quiso saber Zulema mirándole divertida, mientras el hidalgo y las tres mujeres sonreían sentados los seis en el interior del carruaje.

-Soy Don Taufik de Limia y Alláriz, señor del bosque de abetos de Grazalema y vuestro humilde servidor, mi señora.

-Y yo soy Doña Zulema, señora del bosque de abetos de Grazalema y vuestra humilde servidora, mi ilustrísimo señor.

Todos rompieron a reír a carcajadas, mientras Taufik y Zulema se miraban con ternura con el corazón henchido de felicidad.

-¡Gracias, Gonzalo! - logró decir el muchacho lleno de agradecimiento con un nudo en la garganta por la emoción.

-Gracias a ti, hermano. - le contestó también emocionado el hidalgo.

Durante aquellos días de preparación de la boda Don Gonzalo aprovechó para mandar a Salem a Ubrique a buscar un zurrón lleno de ducados de oro y reales de plata que guardaba en su palacio. Confiaba tanto en su esclavo predilecto que no temía que le robase. Los bandoleros le habían quitado todo cuanto de valor llevaba consigo y necesitaba el oro para sufragar los gastos de la boda de su hermano.

-Mi señor, ¿puede acompañarme Ibrahim? - le suplicó el pastor.

-Por supuesto, así os podréis defender mejor si os asaltan los bandidos. - le contestó Gonzalo con una levísima sonrisa, al entender lo que se estaba fraguando entre aquellos dos muchachos. Cuando se alejaban galopando sobre sus corceles andalusíes, suspiró aliviado. Salem por fin se estaba olvidando de Taufik.

Los dos prometidos querían casarse también por el rito musulmán en la intimidad del palacio, pero Ahmed les convenció de que era una gran imprudencia que les podía costar la vida. Para que comprendieran que no valía la pena les contó su propia historia con todos los detalles: que era hijo de Ximena, una esclava cristiana oriunda del Reino de León, que su esposa, la occitana Joana, también era una esclava cristiana que él compró en un mercado de esclavos de Ronda y que sus siete hijos tenían más sangre cristiana que mora y precisamente por este motivo les había educado en la tolerancia y el respeto a todas las religiones y en el convencimiento de que todas en realidad son la misma creencia en un ser supremo que todo lo gobierna, se llame Dios, Alá o Yahvé.

Décimo sexto capítulo


El alma de Musarraf


-¡Estás preciosa, Zulema! Serás la novia más bonita que haya habido nunca en Grazalema. - le dijo Zahara mirándola de arriba abajo con los ojos brillantes y rebosantes de cariño.

-Gracias, Zahara. Gracias a las tres por este regalo tan bonito. No me lo esperaba. - les agradeció Zulema visiblemente emocionada.

El vestido de novia morisca que Zahara, Salma y Dagwa le habían confeccionado era realmente espectacular. Sin decirle nada habían comprado telas de seda y lino de la mejor calidad a un mercader ambulante venido de la lejana Cádiz y le habían cortado, cosido y bordado un conjunto formado por una larga y amplia camisa de seda blanca que le llegaba hasta las rodillas, ribeteada en hilo de plata, complementada con unos zaragüelles de lino rosado muy holgados y plegados cubriendo sus piernas hasta los tobillos y un amplio velo plisado de seda celeste a modo de capa, adornado con un firmamento de estrellas bordado en hilo de oro que resaltaba la belleza morena de su rostro andalusí. En los lóbulos de sus pequeñas orejas pendían dos bellísimas arracadas de oro, cada una de ellas con un gran rubí. Varias manillas de oro y media docena de sortijas engastadas en esmeraldas embellecían sus muñecas y sus manos, y unos escarpines de seda anaranjada cubrían sus pies.

Las tres mujeres también se habían acordado de Taufik. La africana Dagwa, su madre adoptiva, que le había bañado y vestido numerosas veces durante su larga enfermedad, conocía a la perfección las medidas del esbelto cuerpo del muchacho como si lo tuviera delante. Para que ambos novios llevasen unos vestidos conjuntados confeccionaron una camisa plisada de seda blanca para Taufik, ceñida a la cintura con una estrecha faja de seda azul, complementada con unas calzas de lino rosado, un turbante de seda celeste bordado en hilo de oro cubriéndole la cabeza y unos escarpines anaranjados en sus pies, exactamente los mismos colores, las mismas telas y el mismo diseño que el vestido de novia de Zulema. Cuando llamaron al muchacho para probárselo, el traje le sentó tan bien, le acrecentó tanto su turbadora belleza andalusí, se les antojó tan atractivo y tan apuesto, que las tres mujeres suspiraron enternecidas y emocionadas al unísono.

-¡Estás guapísimo, hijo mío! - le dijo Dagwa acariciándole la mejilla.

En la madrugada del señalado día de San Juan tanto los novios como sus madres adoptivas, Dagwa y Zahara, los hermanos de sangre de Zulema, Ulpiano y Pedro, los hermanos de corazón de Taufik, el hidalgo Don Gonzalo y su esposa Salma, cuyo vientre encinta ya empezaba a crecer, los dos artesanos algecireños, Ahmed y Omar y los seis moriscos libertos se levantaron al alba con una emoción y una ilusión tan grandes en el alma que cualquiera al verlos hubiera pensado que quienes se casaban en realidad eran ellos y no Taufik y Zulema.

Tan excepcional era una boda entre moriscos en Grazalema que incluso los cristianos viejos del pueblo compartían la excitación del acontecimiento y se habían reunido de buena mañana en la plazoleta de la Iglesia para no perderse ningún detalle de la ceremonia. Entre ellos estaban los otros tres hermanos de Zulema, Epifanio, Robustiano y Abundio, hijos de Musarraf y María, su segunda esposa cristiana. A diferencia de Ulpiano y Pedro que se habían reconciliado con su hermana, los otros tres hermanastros llevaban las órdenes de su madre tan metidas en el alma que seguían mirando a Zulema como a una extraña, una morisca, una esclava, como si no llevase como ellos la misma sangre musulmana de su padre Musarraf. Pedro y Ulpiano habían intentado convencer a sus tres hermanastros de lo absurdo, cruel e injustificado que era su odio hacia la pobre Zulema, pero fue imposible hacerles entrar en razón, se negaron rotundamente a reconciliarse con su hermana, tal vez en parte porque su madre María todavía vivía.

El sol andaluz también se alegraba de la boda entre aquellos dos morisquillos, aquellos dos esclavos libertos, aquellos dos auténticos andalusíes. Aquella mañana se había levantado para ellos más luminoso que nunca, dispuesto a colaborar en hacer de aquel día el más hermoso de sus atormentadas vidas. La cara de la luna, cuya tenue luz se resistía a desaparecer del cielo eclipsada por la poderosa luminosidad del sol, también se alegraba por aquella tan esperada boda y observaba desde lo alto del firmamento todo cuanto acontecía en el diminuto pueblo gaditano.

Soplaba una cálida brisa de levante, el aire olía a verano y todas las plantas de aquel paraíso lucían un esplendoroso vestido verde recién lavado por un oportuno chubasco caído dos días atrás. El escenario era perfecto, inmejorable, sólo faltaba que saliesen a escena los dos protagonistas.

El donativo de Don Gonzalo para la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación había sido tan generoso que el padre Gracián lo había dispuesto todo para que aquella boda fuera recordada durante muchos años como la más fastuosa de Grazalema. Había ordenado a Felipe, el monaguillo segoviano que hacía de campanero, que estuviera atento y repicase la campana toledana en cuanto viera aparecer al novio y repitiese el repiqueteo con mucha más contundencia cuando apareciese la novia unos minutos más tarde. Unas beatas grazalemeñas, asiduas colaboradoras en la limpieza y el mantenimiento de la iglesia, aunque en un principio se habían mostrado reacias a ayudar en la ornamentación del pequeño templo por ser los novios dos moriscos libertos, habían sido convencidas por el capellán y bajo su supervisión habían llenado de flores multicolores la pequeña iglesia. Que Don Gonzalo, un rico y respetable hidalgo ubriqueño, fuera el padrino de la boda, fue suficiente para las beatas para echar una mano.

Zulema se estaba vistiendo en su casita blanca aneja al templo y Taufik hacía lo mismo en la cercana casa de su futuro cuñado Ibrahim-Ulpiano. Así ambos novios podrían ir hasta la iglesia por su propio pie. Se acercaba la hora y en el pequeño pueblo blanco reinaba un silencio sepulcral. Una muchedumbre de curiosos se agolpaba expectante en la plazoleta de la iglesia. De pronto se escuchó descorrerse el cerrojo de la casa de Ibrahim y el gentío se dio la vuelta al unísono hacia el origen del ruido. Felipe, el joven campanero, asió como un rayo la cuerda del badajo, tiró con fuerza y todo el pueblo vibró con el alegre y vigoroso repiqueteo de la campana toledana. Ante ellos apareció el novio vestido con su traje de reluciente seda que más que brillar refulgía bajo los rayos del sol naciente, esbelto, digno, orgulloso, caminando con la elegancia de un príncipe. A su derecha le acompañaba el padrino de la boda, Don Gonzalo, alto, apuesto, fornido, con su espléndida barba encrespada y su abundante y pelirroja cabellera celta mecida por la brisa, vestido con un elegante traje de hidalgo y un llamativo sombrero ocre adornado con tres plumas de águila imperial. A su izquierda le asía la mano su menuda madre adoptiva, más negra, más africana y más orgullosa que nunca, con los ojos húmedos por la emoción. Iba vestida con una amplia túnica de vistosos colores africanos y un velo azul turquesa sobre la cabeza abotonado en la barbilla, rematado con una diadema de oro y piedras preciosas en la frente.

La muchedumbre les miraba boquiabierta, enmudecida ante tanta elegancia. Las cristianas viejas se morían de envidia y al mismo tiempo se les derretían las entrañas de deseo ante aquellos dos varones tan atractivos y apuestos. "No hay derecho - pensaban rabiosas - que una despreciable morisca comprada en un mercado de esclavos sea la esposa de este hombretón maravilloso, que una esclava liberta casi negra, la mora Zulema, se vaya a convertir dentro de un rato en la esposa de este mozo, el más guapo de Grazalema a pesar de ser moro, apadrinado por un acaudalado hidalgo ubriqueño, mientras que nosotras nos tenemos que conformar con nuestros sucios, feos y apestosos maridos".

El novio y sus dos acompañantes entraron en la Iglesia y el repique de campanas cesó de inmediato. Reinó de nuevo un silencio sepulcral, denso, expectante, tenso, ni los perros se atrevían a ladrar. Se acercaba el momento más esperado por la muchedumbre. Los tres hermanastros de Zulema acompañados por su madre María sentían un extraño amargor en la garganta, un nudo reseco que les hacía difícil tragar la saliva. De pronto se escuchó descorrerse el cerrojo de la casita de Zulema y todo el gentío se dio la vuelta de nuevo al unísono esta vez hacia el otro lado de la plazoleta. El campanero Felipe asió de nuevo la cuerda del badajo y cuando se asomó por la puerta el primer pie de la novia calzado con un delicado escarpín de seda anaranjada, estiró con todas sus fuerzas y nuevamente todo el pueblo vibró con el alegre repiqueteo de la campana de bronce. Ante la muchedumbre apareció la princesa mora más hermosa que jamás haya existido. "¡Ohhhhh, qué bonita!" - exclamaron las mujeres, corroídas por la envidia. Zulema brillaba como una joya bajo los rayos del sol gaditano. Su corazón galopaba exultante de felicidad en su pecho y sonreía a los vecinos que la miraban estupefactos con los ojos muy abiertos. A su derecha la acompañaba orgulloso y emocionado su hermano Ibrahim-Ulpiano, ataviado con un vestido cristiano de algodón blanco y un sombrero con tres plumas de gallo andaluz. A su izquierda asía su mano su madre adoptiva, la tunecina Zahara, vestida elegantemente con una túnica de algodón verde y un velo de seda blanca abotonado en la barbilla con un broche de oro y esmeraldas.

Justo cuando Zulema pasaba por delante de sus tres hermanastros, el menor de ellos, Abundio, no pudo soportar por más tiempo el nudo en la garganta que le ahogaba y emocionado y arrepentido se echó a llorar en silencio sin dejar de mirarla. Su hermana le vio, sin soltar la mano de Zahara asió también la de Ibrahim y los tres juntos arrastrados por Zulema se abrieron paso entre la muchedumbre y se acercaron a donde estaban sus hermanastros con su madre María.

-Epifanio, Robustiano, Abundio, hermanos míos y tú también María estáis invitados a mi boda. Para mí y para Fernando será un gran honor teneros a nuestro lado en un día tan importante en nuestras vidas.

Los tres muchachos se echaron a llorar como niños, se arrodillaron a los pies de su hermana y le pidieron perdón tartamudeando entre sollozos. María se resistía, su orgullo de cristiana vieja le impedía aceptar y reconocer que sus tres hijos y Zulema tenían el mismo padre, el musulmán Musarraf. La avergonzaba que se supiera que sus hijos eran mestizos, que su sangre no era limpia sino manchada con sangre sarracena. Todo el pueblo les estaba mirando. “¡María, - le gritó una anciana rompiendo el silencio - todos hemos sabido siempre que tus hijos llevan sangre mora, la misma que Zulema. Permite que ellos y la muchacha sean de nuevo hermanos!” La pobre mujer, que había sido esclavizada en su juventud por los sarracenos, que había sido casada por la fuerza con Musarraf como su tercera esposa, que al ser liberada había luchado como una leona para borrar el pasado musulmán de sus hijos, se veía públicamente descubierta y todo su mundo se hundía bajo sus pies. Su anciano corazón no pudo resistir tanta vergüenza pública y tantas emociones y cayó desmayada a los pies de la novia. Zulema se sentó en el suelo sin importarle su vestido, cogió la cabeza de María, la apoyó en su regazo y, con toda la dulzura de la que fue capaz, le habló palabras bonitas al oído mientras acariciaba su arrugada mejilla. Sus tres hijos y Ulpiano las miraban llorando como niños y entre el gentío muchas mujeres también lloraban. María abrió los ojos y se encontró con los de Zulema. Leyó en ellos tanta bondad que rompió a llorar ruidosamente. Cuando por fin consiguió serenarse le pidió perdón por todo el daño que le había hecho. Zulema le contestó con un dulce beso en la frente. Ayudadas por los cuatro muchachos se levantaron, se miraron a los ojos y se regalaron una amplia sonrisa de reconciliación. María intentó limpiar con la mano el polvo del vestido de novia de Zulema, pero no fue posible. "No importa, - le dijo la muchacha - también nuestra sangre está manchada. Lo que importa de verdad son las manchas en nuestro corazón y a éstas las acabamos de borrar para siempre, ¿no es verdad, María?"

La novia, su hermano Ulpiano y la vieja Zahara retomaron el camino hacia la iglesia. Dentro les esperaba Taufik ajeno a lo que acababa de ocurrir fuera. Zulema se sentía mil veces más feliz que antes de encontrarse con sus hermanastros. Por fin había conseguido que todos ellos, los cinco, la aceptasen como hermana. Justo cuando entraban en el templo se giró hacia Ulpiano y le dijo: "Ibrahim, acompaña a nuestros hermanos y a María a tu casa y vístelos con la mejor ropa que tengas. Seguro que a ella le servirá algún vestido de tu difunta madre."

De la mano de Zahara, Zulema se acercó hasta el altar de la iglesia y se colocó a la izquierda de su amado Taufik. Con el templo abarrotado de curiosos, el padre Gracián inició la ceremonia.

-Fernando, ¿tomas a Beatriz por esposa y prometes serle fiel, amarla, protegerla y cuidarla en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?

-Sí, padre.

-Beatriz, ¿tomas a Fernando por esposo y prometes serle fiel, amarle, respetarle, obedecerle y cuidarle en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?

-Sí, padre.

-Por el poder que la Santa Madre Iglesia me ha otorgado yo os declaro marido y mujer. Que lo que Dios ha unido en Santo Matrimonio no lo separe el hombre.

Taufik asió las manos de Zulema, la miró a los ojos con ternura y le dijo en voz muy baja para que sólo ella pudiera oirle: "Esposa mía, tu padre Musarraf nos unió, debemos ir pues los dos juntos a darle las gracias a donde está su alma, el tronco del viejo abeto."

Fuera, ante la entrada de la iglesia, les esperaba el carruaje de Don Gonzalo bellamente adornado con flores silvestres multicolores. La muchedumbre aplaudía y gritaba oles y palabras con deseos bonitos a los novios. Algunas moras conversas amigas de Zulema ululaban al estilo morisco. Emocionados ante tanto cariño al llegar al carruaje se dieron la vuelta y saludaron al gentío con la mano como lo hacen los príncipes. Ambos lloraban de puro agradecimiento. Sentirse aceptados y queridos por lo grazalemeños era lo más bonito que les podía ocurrir en un día tan señalado. 

Una vez dentro del vehículo Salem gritó: "¡Arre, vamonos!" y azuzó a los caballos con una fusta. Seguidos por los invitados y muchos curiosos se dirigieron hacia el palacio del abetal donde unas cuantas cocineras escogidas por Zahara estaban preparando un opíparo banquete.

Nada más llegar y tras saludar a las cocineras, los recién casados se dirigieron cogidos de la mano hacia el viejo abeto. Se sentaron juntos con la espalda apoyada contra su grueso tronco, cerraron los ojos y por enésima vez sintieron como el alma de Musarraf les rodeaba con sus brazos invisibles y en sus oídos escucharon su lejana voz susurrante llena de amor de padre que les hablaba desde el más allá.

- Taufik, Zulema, hijos míos, ya sois marido y mujer. La promesa que os hice se ha hecho realidad. Ahora mi espíritu podrá por fin descansar en paz en el Paraíso. Que Alá todopoderoso, en su infinita bondad, os acompañe y proteja hasta el fin de vuestros días. 

-¡No te vayas, padre, te necesito! - le suplicó Zulema. 

-Debo irme, hija mía, mi niña adorada. Te dejo en manos de Taufik. Él te ama más que yo, mucho más que yo. 

-¡Padre.....! - gritó Zulema desgarrada de dolor, mientras notaba que los brazos del espíritu de Musarraf se aflojaban, que su aliento de hierbabuena se difuminaba, que ya no sentía el calor de su cuerpo, que....


Décimo séptimo capítulo 


Peritas de San Juan a la miel de alhucema

El bosque de abetos parecía un hormiguero de invitados. Los recién casados estaban tan felices y tan agradecidos a los habitantes de Grazalema, por el respeto y el cariño con que les habían acompañado en su boda, que habían decidido invitar a todos los grazalemeños sin excepción, incluidos los moriscos libertos y los esclavos. Éste era un requisito sagrado para Taufik y Zulema, tan sagrado que el novio estaba decidido a echar a los cristianos viejos que hubieran impedido acudir al banquete a sus esclavos. 

Los familiares y amigos, además del padre Gracián y el monaguillo Felipe y el alcalde del pueblo y su esposa, comerían dentro del palacio con los novios. Para el resto de invitados dispusieron apresuradamente grandes esteras de esparto bajo las copas de los abetos. 

Las pobres cocineras moriscas echaban humo, no podían con tanto trabajo repentino, estaban desbordadas. Dos de ellas se echaron a llorar y se negaron a seguir trabajando. Zahara les rogó que siguieran, prometiéndoles que en pocos minutos les mandaría dos docenas de ayudantes. No le costó mucho encontrarlas entre las numerosas libertas y esclavas que habían acudido al banquete. A todas las voluntarias les prometió un real de plata. Con tanta ayuda las cocineras se tranquilizaron y se afanaron en la preparación de deliciosos manjares para los seiscientos habitantes del pueblo.

Para alimentar a aquella muchedumbre doce matarifes moriscos tuvieron que sacrificar y despiezar una ternera, seis corderos, seis cabritos, tres cerdos, treinta gallos, treinta patos, cuarenta conejos y sesenta pichones. Los cristianos viejos hicieron un buen negocio vendiendo a Zahara los animales y las frutas y verduras que cultivaban en sus huertos. La vieja tunecina tenía carta blanca para tomar las decisiones que fuera preciso. Taufik y Gonzalo le habían proporcionado un buen zurrón de reales de plata para pagar a los proveedores de los alimentos, a los matarifes y a las cocineras.

Por fin, a las cuatro de la tarde, con todos los invitados ansiosos y hambrientos, las libertas y esclavas empezaron a servir los manjares. Por orden de Taufik sirvieron al mismo tiempo a los comensales del interior del palacio y a los invitados del exterior y a todos exactamente los mismos platos.

El ruidoso enjambre de invitados enmudeció ante aquellos manjares, los más ricos y sofisticados que jamás habían probado. En el bosque sólo se escuchaban los chasquidos de boca, los chupeteos de dedos, los gruñidos y suspiros de placer, las exclamaciones de ¡uhmmm, qué rico!, mientras aquel gentío saboreaba el tajín de ternera con cebollas confitadas a la hierbabuena, el estofado de cerdo con zanahorias al estragón,  el hummus de garbanzos en salsa de sésamo, las cabezas de cabrito al azafrán, los rabos y pies de cordero con coliflor y ciruelas pasas, los pichones confitados a la miel de azahar, el tajín de conejo en salsa de romero, el hígado de cordero con trigo al perejil, el tajín de pollo con nabos y chirivías, los corazones e higadillos de conejo al tomillo, los cogollos de hinojo a la granadina, las lentejas con huevos de paloma, las chuletas de cordero al ajiaceite, el tajín de pato con manzanas confitadas, el rabo de ternera en salsa de avellanas, el estofado de crestas, higadillos y patas de gallo a la canela, las migas con tocino, ajos y tomillo, las pechugas de pollo en escabeche, las berenjenas asadas y aliñadas con sal, aceite, ajos y perejil, el conejo encebollado a la salvia, las chuletas de ternera en salsa de miel y almendras, el abadejo confitado al ajillo, las manzanas rellenas de higadillos de pato, la panceta de cerdo envuelta en hojas de col, el corazón y riñones de ternera al cardamomo, el lomo de cerdo confitado en salsa de piñones, las alitas de pichón a la hierbaluisa, el asado de cabrito con peras al hidromiel, las aceitunas adobadas con sal, hinojo, tomillo y cáscara de limón, las cerezas confitadas al vino tinto, las peritas de San Juan a la miel de alhucema, los albaricoques al almíbar de corteza de naranja, el turrón de piñones, el guirlache de sésamo, los alfajores de almendra y miel, los suspiros de avellana al limón, las manzanas al vino blanco rellenas de crema de nueces, el pan de algarroba con piñones y uvas pasas, los suspiros de Santa Lucia, ..... Por supuesto, los moriscos, a pesar de haber sido bautizados, evitaban comer los platos cocinados con carne y manteca de cerdo, mientras que los cristianos viejos, que por sus costumbres gastronómicas aborrecían las frutas y verduras y adoraban las carnes, elegían los platos y los postres con pocos vegetales.

En el interior del palacio los novios estaban exultantes de felicidad. Sonreían a sus madres adoptivas, Dagwa y Zahara, a sus hermanos de corazón, Gonzalo y Salma, a los cinco hermanastros de Zulema, Pedro, Ulpiano, Epifanio, Robustiano y Abundio, a los dos artesanos de Algeciras, Ahmed y Omar, al esclavo predilecto del hidalgo, el pastor Salem y a los seis libertos a los que Taufik quería como a hermanos. El padre Gracián, el monaguillo Felipe y el alcalde de Grazalema y su esposa zamorana estaban tan absortos saboreando aquellos deliciosos manjares cristianos y moriscos que no se daban cuenta de las miradas de cariño de los novios hacia los seres que más querían. 

De pronto una lanza de pena atravesó el corazón de Taufik y Zulema. Al unísono se miraron a los ojos y, como si se leyeran el alma, sin mediar palabra ambos se entristecieron y rompieron a llorar como niños. El novio echaba de menos a su madre Zahira y a su padre Muhammad y la novia a su padre Musarraf, a su madre Habiba y a su adorada tata Nahina. Gonzalo les miró con sus dulces ojos celtas y entendió su tristeza y su llanto. Se levantó, les rodeó a ambos con sus grandes brazos y se fundió con ellos en un largo y cálido abrazo. "Vuestros padres han venido desde el más allá y están aquí con vosotros, a vuestro lado, felices de veros casados y rodeados de tanta gente que os quiere. No enturbiéis su alegría con vuestro llanto. Sonreíd para que sus espíritus puedan volver en paz al Paraíso."

Anochecía en Grazalema y el banquete continuaba bajo la inquieta y juguetona luz de numerosas lámparas de aceite. Algunos comensales se habían echado saciados y felices bajo los abetos, incapaces de meter más comida en sus estómagos. Aquel había sido un día grande en sus vidas. Jamás iban a olvidar la boda de Taufik y Zulema.

Cuando por fin el sol gaditano se escondió tras las copas del inmenso abetal, la luna menguante iluminó con su pálida luz cenicienta los bosques y campos de Grazalema y los novios dieron por finalizada la fiesta de la boda y se dispusieron a despedir a los invitados. Muchos de ellos dormitaban plácidamente sobre la mullida hojarasca de los abetos, roncando, resoplando y eructando ruidosamente ahítos de comida. El pueblo estaba a una hora de camino y fueron pocos los grazalemeños que se animaron a volver a sus casas con tan poca luz y con el estómago lleno a reventar. La agradable temperatura de aquella noche mágica de San Juan invitaba a dormir a la intemperie. Soplaba una cálida brisa desde el norte de África y los grillos, búhos, lechuzas, ranas y sapos se entretenían llenando aquel paraíso con sus cánticos de vida, como si entre todos quisieran cantar una multitudinaria nana a los novios e invitados, mientras un enjambre de luciérnagas hacían destellar sus abdómenes que como diminutas estrellas fugaces embellecían aquella noche bendecida por los dioses.

Gonzalo y Salma se sentían tan a gusto con Taufik y Zulema que prolongaron varios meses su estancia en Grazalema, hasta que se hizo preciso que el hidalgo volviera a Ubrique, para ver cómo seguían su palacio y sus posesiones que había dejado en manos de sus esclavos más fieles. A pocos meses del parto no era prudente que Salma emprendiera tan largo viaje, así que el hidalgo decidió dejar a su esposa al cuidado de Dagwa y Zulema y volvió a Ubrique acompañado por su fiel esclavo Salem y su nuevo e inseparable amigo, con la promesa de volver al cabo de un mes para asistir al nacimiento del hijo que Salma había concebido con el esperma maldito de los tres bandoleros.

El pastor morisco y el mestizo Ibrahim-Ulpiano se habían enamorado locamente. Intentaban disimular su cariño ante los ojos del hidalgo, sin ser conscientes de la inteligente perspicacia de Gonzalo que sonreía divertido ante sus sutiles y mal disimuladas muestras de afecto, sus miradas llenas de ternura, el roce casi imperceptible de sus manos, su necesidad de hacer todas las cosas juntos. No, Gonzalo no les iba a hacer daño, jamás se le ocurriría destrozar aquel cariño tan inocente y tan limpio. Ellos también tenían derecho a ser felices, a amar y a ser amados. No eran dos monstruos abominables que debían morir quemados vivos en la hoguera por sodomitas por orden de la Santa Inquisición. No, jamás le habían hecho daño a nadie. Eran simplemente dos seres humanos a los que Dios, Alá o el destino habían hecho así.

En Ubrique todo seguía en su sitio. Los fieles esclavos de Gonzalo habían cuidado con celo su palacio, sus tierras y sus animales. El hidalgo les trataba con tanto afecto y respeto que más que esclavos eran casi como sus hermanos menores y ellos sentían un sincero aprecio por su amo al que veneraban como a un padre.

El Gran Inquisidor de Sevilla y los soldados del Santo Oficio hacía ya más de dos meses que se habían marchado de Ubrique. Tanto los cristianos viejos como los moriscos y esclavos conversos volvían a respirar en paz. Las atrocidades que había cometido la Inquisición, no sólo contra supuestos moriscos apostatas y sodomitas a los que habían quemado vivos en la plaza del pueblo, sino también contra los cristianos viejos que bajo la falsa acusación de escasa fe cristiana o de brujería habían sufrido crueles y terroríficas torturas, habían dejado un recuerdo tan amargo en los ubriqueños que las viejas rencillas entre cristianos viejos y moriscos conversos se disiparon para siempre y aprendieron a convivir como hermanos.

Tras un corto mes en Ubrique, Gonzalo dejó de nuevo sus bienes en manos de sus esclavos más fieles y acompañado de Salem e Ibrahim emprendió de nuevo el camino de vuelta a Grazalema. Allí le esperaba ansiosa su amada esposa morisca. Su enorme vientre encinta indicaba que su embarazo llegaba ya a su fin.  A pesar del cariño de Gonzalo, Salma estaba cada vez más nerviosa. La idea de ver en los ojos y las facciones de su hijo a los de alguno de los tres bandoleros la aterrorizaba y llenaba sus noches de angustiosas pesadillas. Cuando llegó Gonzalo y la vio tan inmensa, no pudo evitar sentir una gran ternura por su diminuta esposa y le acarició su abultado vientre con su gran mano celta.

-Gonzalo, estoy aterrorizada.

-Tranquila, Salmita. Todo irá bien. Dagwa hará que todo sea fácil.

-¿Y si lo que nace es la viva imagen de uno de los bandidos?

-No temas, no lo será, se parecerá a ti y le podrás mirar a los ojos sin ver en ellos a su padre.

Aquella misma noche Salma se puso de parto. Bregó con todas sus fuerzas para expulsar fuera de sus entrañas al fruto de la brutal violación. Dagwa estaba muy tranquila y no paraba de reír como si estuviera borracha. Gonzalo se llegó a impacientar con tantas risas, pero apreciaba tanto a la africana que se contuvo y no dijo nada. La cabeza del niño parecía asomarse ya.

-Salma, empuja con todas tus fuerzas. El niño ya está aquí. - le dijo la curandera.

-No puedo más, Dagwa. Estoy agotada.

-Si puedes, venga, respira hondo y empuja fuerte.

En un último esfuerzo una enorme cabeza ensangrentada y amoratada salió fuera del vientre de la morisca. Dagwa la asió con las dos manos con maestría, la rotó hacia uno de los lados, estiró con suavidad y salió uno de los hombros, luego salió el otro y por fin una inmensa niña celta tan pelirroja como Gonzalo vio la luz en Grazalema. Salma no la quería ver, creía que era hija de un bandolero, pero Dagwa se la puso sobre el pecho y entonces la morisca reconoció en aquella abundante cabellera celta a la de su adorado marido, abrazó a la niña con ternura y rompió a llorar loca de alegría.

-¡Gonzalo, ven a ver a tu hija! - gritó Zulema.

El hidalgo había escuchado el llanto de Salma y creía que lloraba por haber parido a la hija de un bandolero, pero cuando vio a la niña en brazos de su madre con su pelo rojo, su piel blanca como la nieve y su corpulencia celta sintió una alegría tan grande en su corazón que no pudo evitar echarse a llorar como un niño. Besó en la frente a su esposa y a la niña y permaneció a su lado un largo rato sin poder dejar de mirar a su primogénita. Ahora entendía la risa de Dagwa. La africana lo sabía desde la noche en que Salma le pidió que la ayudase a abortar. Los espíritus hechiceros de su madre y su abuela se lo habían dicho.

-La llamaremos Iria, como mi difunta madre. Se parece tanto a ella....

-Me gusta el nombre. - sentenció Salma.- Soy la madre de Iria, una hermosa y robusta niña gallega. El esperma maldito de los bandoleros no pudo echar raíces en mi vientre. Estaba ya sembrado con la buena simiente celta.

Décimo octavo capítulo 



Iria de Grazalema


Todo el mundo en Grazalema quería ver a la niña de pelo rojo. La noticia de su nacimiento corrió veloz de boca en boca y en pocas horas se reunió una muchedumbre de curiosos, casi todos mujeres, alrededor del palacio del abetal. A Gonzalo no le quedó más remedio que coger en brazos a la pequeña Iria y mostrar orgulloso su cabecita roja desde la puerta del palacio. "¡Ohhh, qué bonita. Es tan pelirroja y tan blanca como su padre. No tiene nada de su madre mora!" - exclamaba la gente. 

A los diez días, un domingo por la mañana, Gonzalo, Salma y su hermosa niña celta se subieron al carruaje conducido por los inseparables Salem e Ibrahim y se dirigieron hacia la Iglesia de La Encarnación, donde les esperaba el padre Gracián acompañado del monaguillo Felipe, ambos ataviados con sus mejores vestimentas litúrgicas, con la pila bautismal llena a rebosar de agua bendita. Gonzalo había vuelto a ser muy generoso con su donativo para la parroquia, más incluso que con la boda de Taufik y Zulema y el capellán le estaba tan agradecido que lo había dispuesto todo para que la pequeña Iria tuviera el más hermoso de los bautizos. Otro monaguillo de nombre Rafael, hijo de padres salmantinos, esperaba asomado en una ventana del pequeño campanario con la orden del capellán de repicar la campana toledana en cuanto viera aparecer el carruaje.

Taufik y Zulema, las viejas Zahara y Dagwa, los dos artesanos y los seis libertos les esperaban dentro de la iglesia sentados en los bancos de la derecha los nueve hombres y en los de la izquierda las tres mujeres. Junto a ellos se sentaban numerosos vecinos del pueblo. La iglesia estaba tan llena que no cabía ni un alfiler. En la calle un gentío cuchicheante esperaba el carruaje. Taufik notó que algo raro le ocurría a Zulema.

-¿Te encuentras bien, mi amada?

-No, Taufik, tengo náuseas y estoy un poco mareada. El desayuno me habrá sentado mal.

-¿Te acompaño al palacio?

-No, no, mi amado, se me pasará. No quiero perderme el bautizo de Iria. Además tú y yo somos los padrinos de la niña y no podemos faltar.

Cuando Taufik volvía a los bancos de la derecha pasó junto a Dagwa y ésta le sonrió. Al muchacho le sorprendió aquella sonrisa que parecía no venir a cuento y le hizo un gesto con los ojos pidiendo una explicación. La africana se levantó y le dijo algo al oído que hizo que a Taufik se le iluminara la cara y los ojos se le humedecieran. Miró con ternura a su morita del alma que permanecía cabizbaja absorta en su malestar y sonrió para sí mismo con el corazón henchido de alegría. Zulema estaba embarazada.

Llegó por fin el carruaje bellamente adornado con flores blancas. El monaguillo Rafael asió la cuerda del badajo y tiró repetidamente con todas sus fuerzas para golpear el bronce toledano. El pueblo blanco de Grazalema se llenó de rítmicas campanadas que rebotaban contra las altas montañas y volvían de nuevo al pueblo convertidas en un eco reverberante, de manera que el repiqueteo de la pequeña campana toledana se transformaba en una orquesta de múltiples instrumentos que emocionaba a los grazalemeños por su belleza.

La puerta del carruaje se abrió y descendió Gonzalo vestido con un ceñido traje de hidalgo de color ocre y un sombrero del mismo color adornado con tres largas plumas de pavo real. Con su recién estrenada paternidad estaba más atractivo que nunca, su ceñido calzón resaltaba su virilidad y muchas mujeres suspiraron emocionadas al verlo aparecer. Ayudada por su marido, Salma con Iria en brazos descendió del carruaje y los tres se dirigieron hacia el interior de la iglesia. Todo el gentío se puso en pie y enmudeció. Salma estaba tan feliz y orgullosa de su niña que había dejado la cabecita pelirroja de Iria sin cubrir para que todo el mundo viera que no tenía ni una gota de sangre mora.

-Doña Iria Gonzala de Limia y Eritrea, primogénita del Señorío del Arroyo de Cidrones, yo os bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sed bienvenida en el seno de la Santa Madre Iglesia Católica. -dijo el capellán con toda la solemnidad de la que fue capaz.

-¡Amen! - respondieron al unísono sus emocionados padres y los padrinos de la niña.

Finalizada la ceremonia, ya fuera del templo, tras ayudar a subir a Salma con la niña al carruaje, Gonzalo dirigió la mirada hacia la muchedumbre, se quitó el sombrero y con su voz poderosa y su fuerte acento gallego invitó a todo el pueblo de Grazalema a la fiesta del bautizo de su hija.

-Estáis todos invitados al banquete y cuando digo todos es todos: cristianos viejos, moriscos libertos y esclavos, que no falte nadie.

-¡Gracias, Don Gonzalo! - gritó al unísono el gentío con tal estruendo que la pequeña Iria se asustó y empezó a llorar ruidosamente.

-¡Poderosos pulmones tiene vuestra hija, señor! - le dijo el antiguo amo de Zahara.

Gonzalo le contestó con una amplia sonrisa, se metió en el carruaje y Salem gritó: "¡Arre, caballos!"

La muchedumbre les siguió formando una gran columna y aunque pareciera que andaban mezclados, en realidad respetaban escrupulosamente su condición social, de manera que delante iban los cristianos viejos, en medio los moriscos libertos y en la cola de la columna los esclavos, tanto los moros como los negros.

El sol gaditano brillaba con todo su esplendor en lo alto del cielo. Uno de sus rayos deseó acariciar la mejilla de Iria y se introdujo en el carruaje. La niña estaba mamando la nutritiva leche de su madre, mientras su padre observaba emocionado y en silencio aquella estampa tan entrañable. Salma levantó la cabeza, sus ojos negros se encontraron con los azules de Gonzalo y ambos se miraron con ternura un largo rato. Gonzalo rodeó con el brazo a su esposa y la besó con dulzura en la frente.

-Chup-chup-churruchup - dijo Iria tragando la leche. Sus padres la miraron enternecidos. Ya no podían ser más felices.

Décimo noveno capítulo 


¿Porqué me abandonas si yo te quiero tanto?


Sí, como un perro abandonado por su amo al que tanto quería, así se sentía Said, uno de los seis libertos. Durante aquellos dos largos años nadie se había dado cuenta de los poderosos sentimientos que albergaba en su corazón. Se había enamorado perdidamente de Taufik el día en que éste le compró a su amo cristiano y le dio la libertad, pasando a ser uno de sus seis criados. Sólo Alá sabía cuán grande era su tristeza, su desengaño, su decepción. No quería nada especial de Taufik, ni por asomo se le hubiera ocurrido revelarle sus sentimientos. Sólo deseaba permanecer para siempre a su servicio, poderle dar cada día los buenos días y las buenas noches, verlo feliz con Zulema, compartir con él sus alegrías y sus tristezas, envejecer a su lado como un simple criado. Así de grande y noble era su amor por Taufik.

Cuando aquella mañana le llamó, Said pensó que como cada día le daría las instrucciones para realizar algún trabajo en el bosque o en el palacio, pero en lugar de una orden recibió una dolorosa puñalada en el corazón, la peor que le podía dar el ser que más amaba en su triste e insignificante vida.

-Said, amigo y hermano mío, ha llegado la hora de darte la libertad definitiva. He elegido a Faruq, a Abdul y a Mahmud para que permanezcan a mi servicio y a ti, a Rakin y a Yusuf os doy la libertad para que viváis vuestras propias vidas como hombres libres. Aquí tienes diez ducados de oro. Con ellos podrás comprarte una casa y casarte. Los artesanos Omar y Ahmed van a partir dentro de dos días de vuelta a Algeciras y me han asegurado que os van a dar trabajo a ti y a tus dos amigos si vais con ellos.

El pobre muchacho tragó saliva, agachó la cabeza y se echó a temblar y a llorar en silencio. A Taufik le sorprendió su reacción, pues se suponía que debería alegrarse de dejar de ser un criado y empezar una nueva vida.

-¿Porqué lloras? No entiendo....

Said dio media vuelta sin contestar y se dirigió cabizbajo y con evidentes estertores de llanto hacia la espesura del abetal. Taufik se lo quedó mirando mientras se alejaba intentando comprender su extraña reacción. De pronto escuchó un chillido que venía del palacio. Era Dagwa que con sus poderes de hechicera había percibido un peligro inminente. 

-Taufik, hijo mío, ¿qué has hecho? - le preguntó angustiada su madre adoptiva.

-Le estaba dando una pequeña talega con diez ducados de oro a Said para que se vaya con los artesanos a Algeciras a empezar una nueva vida y en lugar de alegrarse, como han hecho Rakin y Yusuf, ha dado media vuelta y se ha alejado llorando. ¿Tu lo entiendes, madre?

-Sí, Taufik, lo entiendo. Said te quiere con toda el alma. Separarle de ti es peor que si le matases. 

-¿Me quiere?....

-Sí, te quiere más que a su vida desde que le libertaste hace dos años. Jamás lo hubieras sabido. Él sólo deseaba estar para siempre a tu servicio. Aceptaba su cruel destino con resignación y alegría. Te quiere tanto que se sentía feliz con poderte dar cada mañana los buenos días. Sólo eso. Nada más.

-¡Alá misericordioso, qué he hecho! - exclamó apesadumbrado poniéndose las manos en la cabeza - Madre, corre, llama a los libertos, debemos ir a buscar a Said. 

Taufik no esperó a sus criados, echó a correr hacia donde el pobre morisco se había adentrado en el bosque. 

-¡Said, Said! ¿Dónde estás? Contesta, te lo ruego. Te prometo que no te alejaré nunca de mi lado. ¡Responde, por Alá!

A escasos metros se escuchó el crujido de una rama. Taufik dirigió la mirada hacia aquel ruido y vio a Said ahorcado balanceándose bajo la soga atada a la rama de un abeto que amagaba con romperse.

-¡Said!, ¿qué has hecho, insensato? - gritó Taufik con lágrimas en los ojos mientras corría hacia el pobre muchacho.

Lo agarró por las piernas y lo levantó como pudo para disminuir la presión de la cuerda en su garganta. En aquel momento llegaron los libertos y entre todos lograron descolgar a Said. Estaba inconsciente, pero seguía vivo. 

-Llevémosle a Dagwa. Ella sabrá qué hacer.

Le entraron en el palacio y le acostaron sobre una alfombra. Dagwa se arrodilló junto a su cabeza y empezó a rezar en lengua malinesa, mientras con sus sabias manos negras le masajeaba suavemente con un ungüento rojo el profundo surco amoratado que la cuerda le había marcado en el cuello. Luego con los ojos cerrados levantó las manos y convocó a los espíritus hechiceros de su madre y su abuela para que le ayudasen a salvar al muchacho. Rezaba y suplicaba al mismo tiempo. De pronto enmudeció, bajó los brazos y se echó a llorar. Said había muerto. Sus antepasadas le habían dicho que nada podían hacer. Era su destino.

Los cinco libertos también se echaron a llorar. Le querían como a un hermano. Taufik no lloraba, estaba bloqueado, enloquecido de dolor. La pena le ahogaba. Se sentía culpable, un asesino. Deseaba morir. Dio media vuelta, salió del palacio, se arrodilló a los pies del viejo abeto de Musarraf y lloró como nunca antes lo había hecho. Dagwa se apiadó de su hijo, se arrodilló a su lado y le acarició la cabeza con ternura.

-No sufras, donde está ahora será mucho más feliz que en la Tierra. Su amor por ti era tan bonito, tan puro, tan inocente y tan limpio que Alá se ha apiadado de su alma y le ha abierto las puertas del Paraíso.

-Jamás me lo podré perdonar. Yo ignoraba sus sentimientos. Debí escogerle a él para quedarse a mi servicio. Me siento muy mal, madre.

-Lo sé, hijo mío, lo sé. No te atormentes. No eres culpable de nada. Le trataste siempre con afecto y al darle las monedas y la libertad creíste hacerle un bien.

Dagwa y Taufik permanecieron sentados bajo el viejo abeto durante un largo rato. La africana conocía los secretos sentimientos de Said desde el primer día en que lo vio. Con sus poderosos ojos de hechicera había penetrado en su alma y había leído sus pensamientos más íntimos. No le había dicho nada a su hijo adoptivo, creyó que no hacía falta. Sabía que Said se sentía feliz viviendo en silencio y en secreto su amor por Taufik. Sus sentimientos más que un inconveniente eran una ventaja, pues garantizaban una fidelidad absoluta. De no haberle dicho que podía irse a empezar una nueva vida, nadie jamás hubiera conocido su amor tan puro y tan celosamente guardado hacia Taufik. 

Los espíritus hechiceros de sus antepasadas le habían revelado que Said había sido maldecido por una mala mujer, una bruja, una hechicera malvada, cuando todavía estaba en el vientre de su madre. Su padre había rechazado a la hechicera y había elegido a Salema, su madre, como esposa. Como venganza, por puro despecho, cuando la malvada mujer supo que Salema estaba embarazada de Said, un día la paró en plena calle y le espetó dirigiéndose al niño que llevaba en su vientre: "Nunca jamás nadie te dirá te quiero y si acaso alguien llega a decírtelo desconfía pues será mentira". Acto seguido dio media vuelta y nunca más se supo de ella.

El pobre muchacho ignoraba la cruel maldición que pesaba sobre su vida. Su madre Salema nunca se la reveló para que no marcase su existencia y fuera feliz. Said creía ser el criado predilecto de Taufik y esta falsa creencia  le hacía sentirse feliz. Él era siempre el primero en acudir cuando les llamaba, el primero en ponerse a trabajar por la mañana y el último en descansar por la noche. Como un perro fiel se consideraba más que pagado con una simple sonrisa de Taufik. Cuando le llamó y le dijo que le daba la libertad, que podía irse de su lado, Said se sintió como un perro abandonado en la cuneta que no entiende nada, que mira desconcertado como su amo se aleja y se pregunta con lágrimas en los ojos y un doloroso nudo en el corazón: ¿por qué me abandonas si yo te quiero tanto?....

Vigésimo capítulo 


Jajajaj . . . todo quedará en familia


A Taufik le costó mucho superar el suicidio de Said. Anduvo cabizbajo, triste y apesadumbrado durante varias semanas hablando lo justo y sin sonreír a nadie. Aconsejado por Dagwa daba largos paseos por el interior del inmenso abetal, a veces solo, a veces acompañado por Zulema o por la misma Dagwa. Sin embargo para él la mejor medicina no eran los paseos, era constatar como crecía el abultado vientre de su amada esposa. Al verla tan enorme y tan ilusionada se olvidaba de su tristeza, el corazón se le henchía de ternura, sonreía feliz con los ojos húmedos de cariño y esperanza y sentía un irrefrenable deseo de abrazar a su morita embarazada y darle un dulce beso en la frente.

Aquella fresca y luminosa mañana de noviembre, tras desayunar de una rebanada de pan recién horneado cubierto de confitura de granada, Taufik y Zulema salieron a pasear cogidos de la mano por la espesura del bosque de abetos.

-Zulema, amada mía, si nace una niña me gustaría ponerle el nombre de mi madre Zahira y si es un varón llamarle Said.

Al nombrar a su madre y al liberto ahorcado, Taufik no pudo evitar que se le humedecieran los ojos. Zulema le miró con dulzura y sonrió.

-Mi amado, tendremos que anteponerles un nombre cristiano. ¿Qué te parece Ildefonsa-Zahira, los nombres de tus dos madres, si es una hembra y Gonzalo-Said si es un varón? 

-De acuerdo, Gonzalo o Ildefonsa para los cristianos y Said o Zahira para nosotros.

-A los siguientes les iremos poniendo Musarraf, Muhammad, Taufik, Ibrahim, Salem, Ahmed, Omar, Abdel-Karim, Habiba, Nahina, Dagwa, Zulema, Salma, Leila ...

-¿Tantos hijos vas a parir, morita mía? - le preguntó divertido con una carcajada.

-Si Alá así lo dispone me gustaría darte muchos hijos, sobretodo varones tan guapos como su padre. - le contestó Zulema sonriendo y mirándole con sus ojos de azabache.

-Pues si así lo deseas tendremos muchos niños que llenarán nuestras vidas de alegría. Formaremos una gran familia y tu serás la reina madre de todos. Si pares un varón a Gonzalo le hará mucha ilusión que le llamemos como él, llevando su mismo apellido: Gonzalo-Said de Limia y Grazalema.

-Suena bien. Tendremos que casarlo con Iria.

-Jajajaj, no es mala idea. 

Zulema había conseguido que Taufik riera a carcajadas con sus ocurrencias. Nunca podría devolver a la vida a Said, pero dar su nombre a su primer hijo varón era una manera de decirle que siempre lo llevaría en su corazón. El amor verdadero escasea tanto entre los humanos que un ser como Said capaz de amar sin esperar nada a cambio es como un regalo de los dioses.

Taufik abrazó por detrás a su amada esposa y acarició con ternura su abultado vientre. Le dio un beso en la mejilla y de pronto suspiró profundamente.

-Said, estés donde estés, deseo que sepas que yo ahora también te quiero. En vida eras para mí un simple criado. Al demostrarme cuánto me querías has excavado para siempre un hueco en mi corazón. No quiero que tu alma en pena vague triste y sola eternamente por la espesura de este abetal. Ven, entra en el hueco de mi corazón y te llevaré conmigo hasta que Alá me llame al Paraíso. - logró decir Taufik con voz temblorosa como si al hacerlo consiguiera liberarse de la culpa, la insoportable y dolorosa culpa de haber llevado a Said al suicidio. Zulema sonreía mirando al frente, sabía que Taufik había conseguido liberarse por fin de la pena y volvía a ser el mismo de siempre.

Gonzalo y Salma con la pequeña Iria partieron unos pocos días después de vuelta hacia Ubrique en el carruaje conducido por Salem y su inseparable amigo mestizo Ibrahim-Ulpiano, el hermano pequeño de Zulema. Salem había suplicado a su amo que permitiera a Ibrahim viajar con ellos a Ubrique como un simple criado a su servicio. Habían ido a pedírselo los dos juntos con un rictus de angustia dibujado en su rostro. Les aterraba separarse. Gonzalo escuchó la súplica de su esclavo predilecto, les miró a los dos con ternura y sonrió.

-Ulpiano, ¿sabes manejar una espada?

-No, Don Gonzalo. - le contestó el pobre muchacho agachando la cabeza avergonzado, creyendo que ésta era la condición para que pudiera ir con ellos a Ubrique.

-Salem te enseñará a manejarla en cada parada que hagamos por el camino. Tenemos que estar preparados por si nos vuelven a asaltar los bandoleros. Venga, guarneced los caballos al carruaje, que se nos hace tarde.

-¡Gracias, Don Gonzalo! - le contestaron al unísono los dos muchachos llenos de alegría, mientras se daban la vuelta y corrían cogidos de la mano hacia el establo.

El hidalgo sonreía viéndoles alejarse tan felices. No le importaba que el amor de aquellos dos seres atormentados estuviera prohibido por las leyes de las religiones inventadas por los hombres. Su corazón le decía que aquel amor no era nada malo, que Dios o Alá que todo lo pueden y todo lo saben les habían hecho así y si eran obra de los dioses no podían ser ni culpados ni condenados a morir quemados vivos en la hoguera. 

El hidalgo ayudó a su esposa con la niña Iria en brazos a subir al carruaje. Luego se dio la vuelta y rodeó con sus enormes brazos celtas a Taufik y a Zulema.

-Volveremos para el bautizo del niño o niña que nazca. No vengas a anunciarnos su nacimiento. Ya sabes que no eres bienvenido en Ubrique. Vendremos nosotros en un par de meses. Imagino que para entonces Zulema ya habrá dado a luz.

-Volved cuando queráis. Siempre seréis bienvenidos. Ah, se me olvidaba, Zulema me ha pedido que si nace un varón le llamemos Gonzalo. ¿Estás de acuerdo, hermano?

-Por supuesto, será un honor para mí que vuestro primogénito lleve mi nombre. - le contestó con una amplia sonrisa.

-Zulema también me ha sugerido que lo casemos con Iria....

-Jajajaj, excelente idea. ¿Verdad, Salma?

-Si, mi amado. - le contestó su esposa desde el interior del carruaje, mientras la glotona Iria tragaba grandes sorbos de la rica leche eritrea de su madre.

-Don Gonzalo de Limia y Grazalema y Doña Iria Gonzala de Limia y Eritrea, jajajaj, como si fueran primos hermanos, todo quedará en familia.

Gonzalo se subió al carruaje y Salem e Ibrahim gritaron: ¡Arre, caballos!


Vigésimo primer capítulo 


Gloria in Excelsis Deo

Era Nochebuena en Grazalema. El padre Gracián había iniciado el canto del Gloria in excelsis Deo después del Kyrie Eleison y los fieles, entre los que se encontraban Taufik y Zulema, acompañados por las ancianas Zahara y Dagwa, continuaron el cántico sagrado llenando el pequeño pueblo blanco con sus voces piadosas.

La criatura que crecía en el vientre de Zulema se emocionó con el canto de su madre y le dio varias pataditas en el hígado que obligaron a la morisca a entrecortar su voz y tragar saliva. Desde que el feto se había dado la vuelta en el vientre de su madre y había situado su cabecita frente al canal del parto, Zulema sufría con resignación aquellas desagradables molestias sabiendo que pronto cesarían. Y no iba mal encaminada la mujer, pues a media misa sintió una extraña presión en su bajo vientre y luego otra y otra, cada vez más intensas. Alargó su mano hacia la de Zahara y la miró con ojos asustados y suplicantes, mientras con la otra mano se sujetaba el abultado vientre en plena contracción. Su madre adoptiva entendió sin palabras, le hizo una seña a Dagwa y las tres salieron del templo en silencio y ligeramente agachadas, consiguiendo así que nadie se diera cuenta, pues estaban sentadas en el último banco del lado izquierdo por ser moriscas conversas y tenían la salida a sólo dos pasos.

A los pocos segundos Taufik, que estaba sentado en la bancada derecha por ser hombre, dirigió su mirada hacia donde creía que estaba su esposa y, al no verla a ella ni a las dos ancianas, salió también del templo y corrió hacia la casita blanca donde Zulema había vivido de soltera, suponiendo que las tres mujeres estarían allí. Como antes hiciera tantas veces dio cuatro golpes en la puerta, Zahara supo que era él y le abrió. 

-¿Se encuentra mal Zulema? - le preguntó angustiado el muchacho.

-Tu esposa está de parto, le ha llegado la hora. Dagwa dice que va a ser largo, así que mejor vuelve a la iglesia y no tengas prisa por volver. Seguramente no dará a luz hasta después de la salida del sol.

-Taufik, esposo mío, ¿estás ahí? - preguntó desde la cocina la parturienta.

-Sí, mi amada. ¿Quieres que me quede a tu lado hasta que nazca la criatura?

-No, no, vete tranquilo, estoy en buenas manos. Vuelve mañana al alba. No te preocupes. Estoy bien. Esto es cosa de mujeres.

Taufik le dio un beso en su frente sudorosa, le acarició la mejilla, la miró a los ojos con ternura, dio media vuelta y salió a la calle. Lo que menos le apetecía era volver al templo, así que se encaminó hacia el bosque de abetos, se sentó a los pies del viejo árbol de Zulema, cerró los ojos y le dijo con la mente a su difunto suegro que su adorada niña estaba de parto. Como tantas otras veces notó que los invisibles brazos de Musarraf le abrazaban y oyó su lejana voz que desde el más allá le decía que no se preocupase, que Zulema era valiente y fuerte y no tendría ningún problema para parir a su ansiado primogénito. Aquellas palabras calmaron la angustia de Taufik y a los pocos minutos se durmió profundamente con la tranquilizadora sensación de sentirse abrazado por los amorosos brazos del espíritu de su suegro.

Zulema bregaba con decisión con sus dolores de parto. Aquel niño le hacía tanta ilusión que no le importaba lo que tuviera que sufrir para parirlo. Como hiciera veintiún años atrás su madre Habiba ayudada por su adorada tata Nahina, Zulema estaba sentada sobre una silla paridera con abundante paja en el suelo para recoger las aguas y sangre del parto y para amortiguar la caída del niño en el caso más que improbable de que naciera súbitamente y a Dagwa no le diera tiempo de cogerlo. La silla paridera era un lujo del que no disponían las mujeres más pobres. A petición de su madre adoptiva, Taufik la había comprado para que su amada esposa pudiera dar a luz cómodamente. Las demás grazalemeñas parían sus hijos de cuclillas directamente sobre un montón de paja o a horcajadas con las nalgas apoyadas sobre dos sillitas separadas un palmo para facilitar la salida del niño. 

Durante toda la noche de Navidad la muchacha estuvo empujando sin desfallecer animada por las dos ancianas. Zahara tuvo que añadir aceite varias veces a las dos lámparas para no quedarse a oscuras. Cuando por fin al alba empezó a clarear, la vieja cocinera abrió un ventanuco que había en la parte posterior de la cocina y apagó las dos lámparas de aceite. Zulema estaba agotada. A pesar del frío sudaba copiosamente y ya no le quedaban fuerzas para seguir empujando. Al cabo de media hora, cuando el monaguillo Felipe tañó la campana toledana para convocar a los feligreses a la misa del alba, en la penumbra de la cocina la experimentada Dagwa encendió de nuevo una de las lámparas y la acercó a la parturienta para ver mejor su sanguinolento introito vaginal.

-¡Ya viene! - exclamó al ver los oscuros cabellos de la cabecita del niño. - Empuja fuerte, hija mía.

-No puedo más, Dagwa. Ya no me quedan fuerzas. Me siento desfallecer.

-Sí puedes. Eres joven y fuerte. Respira hondo y empuja otra vez.

-¡Tata Nahina, ayúdame! -exclamó llorando desconsolada la muchacha. 

Cuando a los pocos segundos se serenó, con su amada tata en la mente inspiró profundamente, buscó las fuerzas en su alma, empujó sus entrañas hacia fuera y una amoratada cabecita se asomó al mundo.

-¡Sigue empujando, Zulema! - le gritó la africana asiendo la cabeza con las dos manos, volteándola hacia un lado y estirando con suavidad. 

Uno tras otro salieron los dos hombros y tras ellos el resto del cuerpecito ensangrentado de un varón que lloró a pleno pulmón y despertó a todos los vecinos de la calle de Las Piedras. Taufik estaba llegando en aquel preciso momento y también escuchó los poderosos berridos de su hijo. Su corazón se aceleró alocadamente en su pecho y no pudo evitar que se le humedecieran los ojos de pura alegría. Se apeó de su yegua, la ató a un viejo naranjo que había delante de la casita y golpeó cuatro veces la puerta. Le abrió Zahara.

-Tu hijo Gonzalo-Said acaba de nacer. Es un niño fuerte y hermoso. Espera un poco a que Dagwa lo bañe y lo vista.

-¿Un varón? - preguntó Taufik emocionado.

-Sí, sin ninguna duda, menudos argumentos tiene entre las piernas.... - le contestó Zahara sonriendo con una mueca picarona.

Taufik se sentó sobre un almohadón y esperó pacientemente a que las ancianas le permitieran entrar a ver a su hijo. La espera se le hizo muy larga.

-Ab Taufik, entra, tu niño te espera y su om Zulema también. - le dijo emocionada desde la cocina su anciana madre adoptiva.

(En árabe Ab significa padre, papá y Om madre, mamá. En el Al-Ándalus se hablaba un dialecto del árabe con fuertes influencias del idioma bereber norteafricano, del celtíbero ancestral y del latín vulgar de los anteriores dominadores. El actual acento andaluz es la herencia de los numerosos moriscos andalusíes que permanecieron en su tierra tras la reconquista y fueron asimilados e integrados voluntariamente o a la fuerza en la nueva sociedad andaluza antes de la expulsión de los moriscos de 1609, que a muchos de ellos no les afectó por llevar varias generaciones como conversos y ser muchos de ellos mestizos. Otros se quedaron por la influencia de los nobles que los necesitaban para trabajar sus tierras. La expulsión tampoco afectó a los niños huérfanos menores de 16 años, los llamados morisquillos, que permanecieron como esclavos en su propia tierra al servicio de lo cristianos viejos y son los antepasados de muchos de los actuales andaluces, extremeños, manchegos, murcianos, valencianos, aragoneses y baleares. Hay que tener en cuenta también que tras la expulsión, era tal su nostalgia por su amado Al-Ándalus, que muchos de los expulsados, sobretodo los que habían aprendido a hablar en castellano, se las ingeniaron para volver y quedarse, aunque para ello tuvieran que renunciar a su verdadera identidad, su religión y su lengua andalusí.)

Vigésimo segundo capítulo 


Salma, la princesa eritrea de Gonzalo


Las mujeres cristianas escaseaban en Andalucía y mucho más las muchachas en edad de merecer. La mayoría de repobladores de las tierras conquistadas a los sarracenos eran hombres solteros del norte que en su lugar de origen no poseían ni bienes ni haciendas y se lanzaban a la aventura hacia el sur, pues nada tenían que perder y mucho que ganar. Los Reyes Católicos les otorgaban tierras y esclavos en propiedad como premio al "sacrificio" de ir a matar moros y quedarse a vivir en las nuevas posesiones conquistadas. Para ellos, pues, pasar a ser terratenientes era un aliciente muy atractivo y tentador. 

Entre los cristianos viejos estaba muy mal visto casarse con una esclava o una morisca liberta, aunque estuviera bautizada. Ninguna ley lo prohibía, pues en teoría eran un hombre y una mujer cristianos. Sin embargo los que se atrevían a emparejarse con una mujer mora, para no permanecer toda la vida solteros por la escasez de mujeres de sangre limpia, perdían prestigio y respeto ante los demás cristianos y sus hijos mestizos eran despreciados por llevar sangre sarracena en sus venas. Físicamente no había diferencias significativas entre cristianos y moriscos. Todos pertenecían a la misma raza celtíbero-romana previa a la islamización. El concepto de limpieza de sangre era puramente socio-religioso, no genético. Los moriscos descendientes de bereberes norteafricanos llegados a Iberia durante la dominación musulmana eran una minoría.

Por otra parte el férreo control de la iglesia católica a través de la Santa Inquisición les impedía mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio, lo que les condenaba a toda una vida de castidad forzada. La Iglesia sólo hacía la vista gorda durante las batallas y saqueos de las poblaciones musulmanas, permitiendo a los conquistadores violar a las mujeres y las niñas moras como una parte más del botín. Al no estar bautizadas eran consideradas seres inferiores peor que animales y tener trato carnal con ellas no era pecado.

Así pues entre los nuevos habitantes de Grazalema había numerosos solteros ya entrados en años que deseaban casarse. Las pocas muchachas cristianas venidas con sus padres desde las tierras del norte eran inmediatamente prometidas en matrimonio al mejor postor en cuanto alcanzaban la pubertad. Los más pobres debían resignarse a la soltería o bien atreverse a comprar una esclava bautizada o convencer a una liberta conversa para casarse con ella. 

Un caso muy diferente eran los cristianos de noble linaje como Don Gonzalo que ya eran ricos en origen y accedían a grandes posesiones en el Al-Ándalus como premio a su participación en la reconquista o como pago por otros servicios a la Corona. Esto último fue lo que llevó al hidalgo gallego a Ubrique. Su padre había recibido el Señorío del Arroyo de Cidrones en agradecimiento a sus servicios y se lo había cedido a su hijo, que llegó muy joven y soltero al pueblo blanco y tomó posesión de las fértiles tierras ubriqueñas de su progenitor, sin saber nada de la sangrienta batalla que se había librado allí sólo cinco años atrás. Corría el año 1490.

Gonzalo, a pesar de ser gallego, nunca había visto el mar y sentía una gran curiosidad. Una mañana se montó a los lomos de su joven corcel andalusí y cabalgó hacia el sur hasta que dio con el Océano Atlántico muy cerca de Algeciras. Allí se encontró con un floreciente y ruidoso mercado de esclavos. Los tratantes de carne humana gritaban a todo pulmón las bondades de su mercancía para atraer a posibles compradores. Sobre una de las numerosas tarimas que servían como escaparate había un grupo de sarracenos jóvenes, hombres y mujeres, medio desnudos, sucios, con sanguinolentas heridas en brazos y piernas que las moscas gaditanas chupaban con delectación a sabiendas de que sus víctimas no podían espantarlas con las manos, los varones con un simple y andrajoso taparrabos y las hembras con una mugrienta túnica desgarrada y deshilachada que a duras penas les cubría los senos y sus partes íntimas, con las muñecas atadas con bastas cuerdas de esparto y los tobillos rodeados de dolorosos y pesados grilletes de bronce para impedir su fuga. Algunos sollozaban en silencio. Cuando algún cliente se interesaba por un esclavo, el mercader le propinaba un fuerte golpe con un palo en la espalda o en la cabeza para que diera un paso al frente y cantaba a viva voz las virtudes del pobre sarraceno.

-Este mozo sano y fuerte de sólo veinte primaveras procede de la lejana Tarabulus (Trípoli). Allí trabajaba de pescador. ¿Os gusta, señor? Os lo vendo por tres reales de plata. Es una ganga.

-No me sirve. Necesito un buen pastor de cabras y ovejas.

-Pues aquí tenéis a este otro, tan sano y fuerte como el anterior. Trabajaba de cabrero en la lejana Tunis (Túnez). Tiene sólo dieciséis primaveras. Os lo vendo por dos reales de plata.

-Me lo quedo. 

-Os lleváis un buen ejemplar, señor. Tendréis que darle algún azote para enseñarle a obedecer. Es un poco arisco.

-Necesito también una esclava para mi esposa, que le ayude con los niños.

-Tengo lo que necesitáis, señor. - le contestó el mercader con una amplia sonrisa, mientras propinaba un bastonazo en la espalda a una chiquilla y la obligaba a dar un paso al frente. - Esta niña tiene sólo catorce años. Es muy dócil y todavía virgen. La compré en el puerto de Nápoles. Me aseguraron que es una princesa de noble extirpe de la lejana tierra de Eritrea. Os la cedo por sólo tres reales de plata.

-Es un poco cara. Os doy un real por ella.

Gonzalo había estado observando boquiabierto los negocios de compraventa de aquellos dos hombres. Estaba asombrado por lo que veían sus ojos y escuchaban sus oídos. En Galicia había esclavos como en todas partes, pero habían sido adquiridos en puertos lejanos y el joven hidalgo, con tan sólo veinte años, ignoraba que existieran mercados como el de Algeciras. Cuando vio a aquella chiquilla tan bonita, tan menuda, tan sucia, tan desaliñada, temblando y llorando en silencio cabizbaja, con su andrajosa túnica que dejaba sus incipientes pechos al descubierto, sus manitas ensangrentadas y llenas de mugre y sus tobillos con espantosas y purulentas heridas infligidas por los grilletes, sintió una puñalada en el corazón, se le humedecieron los ojos y saltó como un resorte en medio de la escena.

-¡Yo os la compro por cuatro reales de plata!. - pujó nervioso sin dejar de mirar a Salma, que sorprendida levantó un poco los ojos para saber quién estaba tan interesado por ella y sintió un gran alivio al ver al gigantesco gallego de pelo rojo e incipiente barba adolescente con sus fascinantes ojos azules celtas y su apostura de príncipe y sobretodo su bondadosa mirada de buena gente. 

-¡Vuestra es, señor! Os lleváis a una princesa.

Gonzalo pagó al mercader y luego levantó en brazos a Salma que no ofreció ninguna resistencia. Mientras se dirigían a una posada para liberarla de los grilletes y vestirla con ropa decente y limpia, ella, ya fulminantemente enamorada, miraba fascinada a aquel bellísimo muchacho que la triplicaba en corpulencia. Por primera vez en muchas semanas se sentía protegida y respetada. Notaba la fuerza de sus brazos, su olor de hombre, el calor de su pecho, los poderosos latidos de su corazón celta y su aliento limpio que olía a mar y pensó que Alá había escuchado sus súplicas y se lo había enviado para que la protegiera de tanta maldad. Él notó que le miraba y tímidamente ladeó la cabeza y por primera vez en su vida los negros ojos de ébano de Salma y los azules de Gonzalo se cruzaron durante un segundo y aquella fugaz mirada selló para siempre su amor eterno. Salma sonrió encantada. Era tan feliz que ya no sentía el dolor de sus muñecas maniatadas ni de sus tobillos ensangrentados. Su corazón de princesa mora latía alocadamente en su pecho de niña-mujer, henchido de ternura hacia su nuevo amo, aquel misterioso muchacho de piel blanca llena de pecas, barbita de adolescente y abundante cabellera roja cubierta por un sombrero ocre adornado con una gran pluma de avestruz. No pudo evitar suspirar de alivio y felicidad. Gonzalo notó la levísima presión del suspiro de ella en la piel de su pecho y sonrió mirando al frente, mientras se le humedecían los ojos consciente de la penetrante mirada de ella.

En la posada pagó siete vellones de cobre a la posadera para que bañara a Salma y la vistiera decentemente. Un herrero se encargó de liberarla de los grilletes por sólo un par de vellones. Luego comieron un buen tazón de lentejas con morcilla y aquella misma tarde la llevó en brazos a la Iglesia, pagó un real de plata al capellán para que la bautizara dándole el nombre cristiano de Matilde y acto seguido les desposara, pues aborrecía la idea de tenerla como esclava. Poco le importaba la opinión de la gente por casarse con una esclava africana. Ya marido y mujer volvieron a la posada para pasar la noche. Gonzalo estaba tan emocionado y tan nervioso, pues era tan virgen como Salma, que hasta que llegaron a Ubrique no se atrevió a hacer el amor con ella. La veía tan frágil, tan menuda, tan malherida, tan niña, que esperó a que fuera ella quien llevase la iniciativa. 

Salma sólo hablaba el idioma abisínico de su Eritrea natal, pero durante muchas semanas casi no necesitaron palabras para entenderse. En la intimidad del palacio con sus miradas de enamorados se lo decían todo. Poco a poco Gonzalo le fue enseñando el castellano que ella aprendió con su mismo acento gallego.

-Salma, esto que late aquí dentro se llama corazón. - le decía Gonzalo en la intimidad de la alcoba cogiendo su manita y poniéndola sobre su pecho desnudo - Di conmigo: co-ra-zón.

-Co-ra-ssón. - repetía ella. 

-No, dame tu dedo. - le contestaba él poniendo el dedo índice de ella sobre sus carnosos labios gallegos. Co-ra-Zón. 

Salma sonreía al notar el golpecito de la punta de la lengua de su amado en la yema de su dedo y repetía co-ra-Zón.

-Bien, mi morita del alma. - le decía él premiándola con un dulce beso en los labios.

-Co-ra-Zón - repetían ambos boca contra boca y lengua contra lengua. Ya no podían ser más felices.

Vigésimo tercer capítulo 


¡Alguaciles, desnudad a estos hijos de Satanás!


El pequeño Gonzalo-Said recién había cumplido dos meses de vida pero aparentaba tener medio año. Con tanto cariño y alimentado con la nutritiva y abundante leche de Zulema en pocas semanas había doblado su peso. Su joven e inexperta madre temía tanto que su niño cogiera frío y pudiera enfermar que no se atrevió a sacarlo para llevárselo al palacio del abetal hasta bien entrado el mes de marzo. 

Una soleada mañana Taufik guarneció su hermosa yegua blanca a un pequeño carruaje que acababa de comprar, ayudó a Zulema con el niño en brazos a subir al vehículo y luego hizo lo mismo con las dos ancianas Dagwa y Zahara. Cerró la angosta puerta lateral y de un brinco se sentó en el asiento de la parte delantera, cogió las riendas y gritó: ¡Arre, yegua!

Como hiciera cuatro meses atrás con la pequeña Iria, el sol gaditano quiso conocer y saludar a Gonzalo-Said. Sin pedir permiso penetró en el interior del carruaje con uno de sus rayos y acarició la sonrosada mejilla del niño, mientras éste sorbía con glotonería la leche de su madre. Las viejas Zahara y Dagwa se emocionaron ante aquella visión tan hermosa de Zulema amamantando a su hijo iluminados ambos por el cálido sol de marzo y pensaron que el astro rey les estaba bendiciendo.

A unos tres días de distancia hacia el sur, en Ubrique, también Gonzalo, Salma y su niña Iria acababan de subir a su carruaje y se dirigían hacia el norte camino de Grazalema. Al mismo tiempo que un rayo iluminaba y acariciaba la mejilla de Gonzalo-Said, otro rayo del sol gaditano hacía lo mismo con la pequeña niña y ambos rayos, como si de dos brazos se tratase, unieron en un cálido abrazo de luz a aquellos dos seres diminutos, cuyo destino estaba escrito desde el día en que Gonzalo y Taufik sellaron con una naranja de sangre su amistad eterna.

Transcurrieron tres largas jornadas de viaje y en la mañana del tercer día, a las dos horas de reiniciar el camino hacia el norte después de una gélida noche, Salem e Ibrahim, sentados en el asiento delantero del carruaje, divisaron a lo lejos las casitas blancas de Grazalema, su corazón se alegró y latió con fuerza en su pecho, se miraron a los ojos con ternura y sin que nadie les viera ambos posaron su brazo sobre el hombro del otro, acercaron sus cuerpos enamorados y se dieron un dulce y largo beso bajo la atenta e indulgente mirada del sol naciente. 

-¡Mi señor, ahí está Grazalema! Hemos llegado por fin. - gritó el esclavo Salem a su amo.

-¡Loado sea el Señor! - contestó Don Gonzalo desde el interior del carruaje. - Esta vez nos ha protegido de los bandoleros.

Un par de horas más tarde llegaban al bosque de abetos. Uno de los libertos había divisado el carruaje y había avisado a Taufik que como enloquecido de alegría corrió cuesta abajo para recibir a sus amigos. Salem al verlo acercarse paró el carruaje y sintió el irresistible impulso de bajar y abrazar al que había sido su primer gran amor secreto, un amor imposible que siempre llevaría en lo más íntimo de su corazón. Ibrahim sintió celos al ver cuán grande era todavía el cariño que su amigo Salem sentía por Taufik, pero hizo un esfuerzo para que no se le notase y también bajó y abrazó a su cuñado.

Don Gonzalo, con una visible cojera, también se apeó y se fundió en un cálido abrazo con su hermano morisco.

-¿Nació ya tu hijo? - le preguntó posando su inmenso brazo celta sobre sus hombros mientras se dirigían hacia el carruaje.

-Sí, Gonzalo. Zulema parió un varón el día de Navidad. Ahora que habéis llegado lo podremos bautizar.

-Me alegro mucho por ti y por Zulema. - le aseguró mirándole a los ojos. 

Desde el interior del carruaje se escuchó un fuerte y repentino llanto de bebé. Era Iria que protestaba porque también ella quería saludar a su futuro suegro. Gonzalo y Taufik se miraron sonrientes.

-Ven a saludar a mis dos mujercitas. ¿Verdad que está preciosa mi niña? - le preguntó orgulloso Gonzalo.

-¡Sí, ya no puede ser más bonita! ¡Celta de pura cepa como su padre! - le contestó Taufik con una amplia sonrisa. - ¿Verdad Salma?

-Si, Taufik. No sabes cómo me alegro de que no se parezca en nada a mí y sea la viva imagen de Gonzalo. - le aseguró la abisínica con el corazón henchido de orgullo de madre.

Entraron todos en el palacio. Zulema estaba amamantando a Gonzalo-Said y al verlos les saludó con un leve movimiento de la cabeza y una gran sonrisa. Salma con Iria en brazos se sentó a su lado, le dio un beso en la mejilla, descubrió uno de sus oscuros pechos eritreos, acercó la boquita de la niña al pezón y ésta al oler el aroma de la leche abrió los labios y como una ventosa empezó a sorber glotonamente. La estampa ya no podía ser más entrañable: dos madres amamantando a sus retoños en la paz del palacio del abetal. Los cuatro hombres y las dos ancianas les observaban embelesados, en silencio, como hipnotizados. Gonzalo notó que las dos madres estaban un poco incómodas ante tantos espectadores y rompió el silencio.

-Salem, Ibrahim, id a desguarnecer los caballos del carruaje, llevadlos al establo y dadles agua y un poco de cebada. - les ordenó con afabilidad. 

-¡Vamos presto, señor! - contestó Salem, mientras asía la mano de Ibrahim y salían los dos juntos del palacio a cumplir la orden de Gonzalo. 

Desde aquel día dejaron de disimular su cariño ante la gente que les quería y les aceptaba. Andaban siempre cogidos de la mano y sólo se mostraban discretos en presencia de extraños. Gonzalo era más tolerante que Taufik con aquel amor prohibido. Al morisco le resultaba incómodo, casi violento, ver a aquellos dos hombres mirarse a los ojos, acariciarse la nuca y la mejilla, abrazarse con ternura y darse algún beso furtivo, pero tragaba saliva, recordaba al pobre Said que se ahorcó por no poder soportar la idea de separarse de él y miraba hacia otro lado. 

Entre los moriscos, como ocurre todavía hoy entre los musulmanes del norte de África, era habitual ver a dos hombres paseando juntos por la calle cogidos de la mano y besándose en las dos mejillas al saludarse. A los cristianos viejos estas costumbres se les antojaban obscenas y no sólo les incomodaban sino que en cuanto veían a dos moriscos cogidos de la mano les reprendían públicamente y les amenazaban con denunciarles al Santo Oficio por sodomitas. Era tal la presión ejercida por la clase dominante que los moriscos poco a poco fueron dejando sus inocentes muestras de afecto entre parientes y amigos y adoptaron las frías y secas costumbres de los castellanos venidos del norte.

Así pues Salem e Ibrahim se guardaban mucho de demostrarse su cariño en presencia de cristianos viejos, salvo ante Don Gonzalo. 

Una tarde el hidalgo les sorprendió dándose un largo beso en la espesura del abetal y creyó conveniente llamarles la atención, eso sí, con toda la delicadeza de la que fue capaz.

-Procurad ser más discretos con vuestras muestras de afecto, no vaya a veros algún cristiano. No quisiera tener que interceder por vosotros si sois denunciados por sodomitas. 

Los dos muchachos se separaron bruscamente, sus mejillas se sonrojaron visiblemente y agacharon la cabeza avergonzados.

-Os ruego nos perdonéis, mi señor. Tenéis razón, debemos ser más discretos. - le contestó Salem, su esclavo predilecto, con un hilillo de voz temblorosa.

El mal ya estaba hecho. Un viejo cristiano venido tras la reconquista a repoblar Grazalema desde su Ávila natal les había visto besarse desde lo alto de una loma, había reconocido a Ibrahim-Ulpiano y como si tuviera fuego bajo los pies, a pesar de su avanzada edad, corrió veloz hacia la Iglesia de La Encarnación para denunciarles ante el capellán.

El padre Gracián le escuchó con gran interés. Se le enrojeció la cara, le chispearon los ojos y se relamió los labios con la lengua, mientras algo se llenaba de sangre en su entrepierna. En lo más íntimo y perverso de su mente pensó en el gran placer que le proporcionaría ver desnudos, manosear y torturar a aquellos dos hermosos muchachos y en la suculenta bolsa de ducados de oro que le sacaría a Don Gonzalo tras saciar su depravado instinto. En su maldad enfermiza creyó que le convenía más no avisar al Santo Oficio y obtener así placer y dinero para sí mismo sin que trascendiera a más altas instancias.

Dio las gracias al viejo abulense, colocó su mano paternal sobre su hombro y éste se arrodilló ante él y besó el crucifijo que colgaba de su cintura. Una vez el soplón se hubo marchado, sin perder tiempo el capellán se arremangó los faldones para caminar más deprisa, atravesó medio pueblo y entró en el ayuntamiento. El alcalde no se encontraba allí en aquel preciso momento pero no le importó demasiado, casi lo prefirió. Vio a dos alguaciles ociosos en el patio y con voz poderosa les ordenó que fueran al bosque de abetos de Taufik a apresar a Ulpiano y al esclavo de Don Gonzalo y se los llevasen inmediatamente al edificio parroquial con las manos maniatadas en la espalda.

Los dos alguaciles no podían negarse a obedecer las órdenes de un representante de la Santa Madre Iglesia y corrieron raudos hacia el bosque montados en dos mulas. Salem e Ibrahim, ajenos a la pesadilla que se les avecinaba, estaban sacando el estiércol del establo anejo al palacio. Sin mediar palabra los dos alguaciles se les abalanzaron encima, les tumbaron al suelo, les maniataron las muñecas, ataron a cada uno de ellos una larga cuerda alrededor de su cintura y les arrastraron cuesta abajo obligándoles a correr tras las mulas. Tropezaron varias veces con las numerosas piedras y rocas de aquella falda de montaña, pero milagrosamente lograron mantenerse en pie gracias a su juventud.

Cuando entraron en el pueblo les esperaban los cristianos viejos, todos sin excepción, con piedras, manzanas y huevos podridos que lanzaron con rabia contra los pobres muchachos, que sollozaban aterrorizados sin poderse defender. Un poderoso grito del padre Gracián paralizó la fiesta de aquellos energúmenos y reinó el silencio más absoluto.

-¡Llevad a los dos reos al patio trasero de la iglesia! - ordenó a los alguaciles. 

Luego se volvió hacia el gentío, les lanzó una aterradora mirada con sus ingurgitados ojos de orate y les mandó regresar a sus casas, prohibiéndoles acercarse a la iglesia si no querían correr la misma suerte que los dos sodomitas.

En el patio había varios postes hincados en el suelo con anillas de bronce clavadas en su extremo superior. Los alguaciles colocaron a cada uno de los reos entre dos postes con los brazos en cruz atados por las muñecas a las anillas y las piernas separadas también atadas a los palos por los tobillos. El padre Gracián inició entonces la pantomima del interrogatorio con gran solemnidad. 

-Un devoto cristiano me ha informado de vuestro depravado comportamiento contra las sagradas leyes de Dios. Tu, Ulpiano, ¿qué puedes decir para defenderte? Tu madre Isabel te educó lo mejor que supo y te inculcó el respeto hacia la doctrina de la Santa Madre Iglesia y tu la avergüenzas en su tumba cometiendo la más abominable de las ofensas contra Dios, el repugnante pecado nefando de sodomía con este moro de Ubrique. 

Ulpiano temblaba y sollozaba en silencio cabizbajo mientras un sudor frío le empapaba el cuerpo y las ropas como si le hubieran echado un cubo de agua encima. Un miedo atroz le ahogaba. Tenía claro que le esperaba una espantosa muerte en la hoguera y no pudo evitar orinarse encima, lo cual provocó una sonora risotada de los dos alguaciles.

-Y tú, esclavo de Ubrique, ¿acaso tu noble amo Don Gonzalo no te ha enseñado a respetar las sagradas leyes de Dios Nuestro Señor? ¿Qué lleváis en la sangre los moros que tanto os gusta fornicar por el pestilente agujero trasero de los hombres? ¿Acaso no os gustan las mujeres? ¡Contesta!

Salem había recibido una fuerte pedrada en la sien derecha, sangraba abundantemente por la herida y estaba tan aturdido y aterrorizado que no escuchó nada de lo que le decía el padre Gracián.

-Veo que vuestra lengua se niega a contestar mis preguntas. Tendremos que hacer algo para que recobréis la voz. ¡Alguaciles, desnudad a estos dos hijos de Satanás!

Los dos agentes del alcalde arrancaron de mala manera las ropas a los dos muchachos hasta dejarles desnudos. El capellán, visiblemente excitado con el rostro enrojecido y los ojos chispeantes de lujuria, no se perdió ningún detalle, centrando su depravada mirada sobre las nalgas prietas y los genitales de los dos pobres muchachos, que se habían encogido a su mínima expresión por el miedo y el frío. El evidente bulto en sus faldones de sacerdote dejaba intuir una tremenda erección. Su gran excitación le hacía resoplar y babear como un verraco en celo.

-Tal vez dándoos un poco de lo que tanto os gusta recobraréis la voz. ¡Alguaciles, metedles un palo por su agujero de sodomitas y dadles placer!

En el patio de la iglesia, resguardados de la lluvia, había varios palos de acebuche que servían para llevar los estandartes sagrados en las procesiones. Los dos alguaciles, visiblemente excitados con un gran bulto en sus calzones, escogieron los palos más gruesos y sin piedad, entre carcajadas, se los metieron por el ano a los dos muchachos provocándoles un desgarro espantoso y una abundante hemorragia. Sus alaridos de dolor hacían estremecer los muros de la iglesia. El capellán, como enloquecido y presa de una irrefrenable excitación, agarró con una mano los genitales de Ulpiano estrujándolos salvajemente, mientras con la otra se meneaba su erecto órgano a través del bolsillo de la sotana. Rugió de placer como una bestia salvaje al venirle el orgasmo y una gran mancha de humeante semen se transparentó en sus ropas sacerdotales. Los dos alguaciles no fueron tan pudorosos. Tras extraer los palos del ano de los reos, se bajaron el calzón y se masturbaron descaradamente ante los aterrorizados ojos de Ulpiano y Salem, derramando su semen contra el cuerpo desnudo de los dos torturados.

Tras recobrar el resuello, el capellán ordenó que los llevasen a un cuartucho sin ventanas ubicado en la parte trasera de la iglesia, les echaron encima los jirones de sus ropas y cerraron la puerta con una cuerda atada a un palo atravesado por fuera. No les dieron ni agua ni comida. 

Salem e Ibrahim alargaron en silencio las manos en la oscuridad del cuartucho, tras unos cuantos tanteos lograron encontrarse y se abrazaron sollozantes. El dolor que sentían en su ano desgarrado era lancinante, pero más espantoso era el que sentían en su alma. No lograban entender porqué su amor lleno de ternura era tan abominable a los ojos del dios de los cristianos, porqué su dulce e inocente beso era un pecado tan grande, mientras no lo eran las atrocidades y las torturas despiadadas a las que les habían sometido y más aún las masturbaciones descaradas de los tres "respetables" varones. Se sentían peor que perros apaleados, sin dignidad, mancillados, violados, humillados, ultrajados . . .

Por suerte, nada más ser apresados por los alguaciles, uno de los libertos corrió a avisar a Don Gonzalo que entró apresuradamente en el palacio, abrió uno de sus cofres y sacó un gran zurrón de piel de cabra lleno de relucientes monedas de oro con la efigie de los Reyes Católicos. Cogió treinta doblones y los metió en un zurrón más pequeño. Se montó de un brinco a los lomos de su caballo, azuzó al animal y galopó cuesta abajo hacia la iglesia. Unos metros antes de llegar alcanzó a escuchar los alaridos de dolor de los dos muchachos mientras les estaban sodomizando con un palo. Se apeó del caballo, lo ató a una rama de un viejo olivo que había allí cerca y corrió hacia la puerta del templo. 

Creyendo que los estaban matando golpeó la puerta con desesperación, pero tanto el capellán como los dos alguaciles estaban absortos en plena masturbación presas de un gran frenesí y no escucharon los golpes de Don Gonzalo. Cansado de aporrear la puerta, se sentó en un pequeño banco de piedra que había junto a la entrada de la iglesia, se cubrió la cara con ambas manos y lloró de pura rabia e impotencia sin importarle que los cristianos le vieran. Cuando los alaridos de los dos muchachos cesaron creyó escuchar los gemidos de placer de los tres verdugos, comprendió la infamia que se estaba perpretando tras aquellos muros y la indignación enfureció su sangre de hombre noble y bueno. Se levantó rabioso de ira decidido a derribar la puerta de una patada, pero cuando se disponía a levantar la pierna escuchó una voz conocida que le decía: "¡No lo hagáis, Don Gonzalo!"

El hidalgo se dio la vuelta para ver a la mujer que le había gritado aquellas palabras pero allí no había nadie, las calles estaban desiertas. "¡Sentaos y esperad, sed paciente y utilizad vuestra inteligencia. Palabra de hechicera!" Don Gonzalo supo entonces que era Dagwa quien con sus poderes le estaba hablando desde la lejanía del palacio. Se sentó otra vez en el banco, se cubrió la cabeza con las manos e intentó tranquilizarse. "Si me lo dice Dagwa, debo hacerle caso." - pensó.

Al poco rato escuchó descorrerse el cerrojo de la puerta de la iglesia, inspiró profundamente varias veces y esperó de pie a que saliera quien tuviera que salir.

-¡Buenas tardes, reverendo padre! - le espetó nada más verle.

-¡Bue...nas tar.....des, Don Gon...zalo! - balbució sorprendido el capellán, mientras con su negro sombrero se cubría la descarada y pestilente mancha de semen que empapaba su sotana. 

-Os estaba esperando, reverendo padre, para tratar un asunto muy delicado. Tal vez convendría entrar de nuevo en la iglesia. - le dijo muy tranquilo el hidalgo haciendo sonar intencionadamente las monedas de oro del zurrón.

-Entremos, pues. 

Don Gonzalo no pudo evitar que en su rostro se esbozase una mueca de asco al percibir el nauseabundo hedor a sudor rancio, semen fresco y salpicaduras de sangre que desprendían el cuerpo y las ropas del sacerdote. 

-Tengo entendido que hoy han sido apresados dos de mis esclavos acusados de sodomía. Os quería proponer, reverendísimo padre, que dejéis en mis manos el castigo por tan abominable pecado. Yo sabré como enderezar sus depravadas vidas. Mi donativo para la parroquia será muy generoso.

-¿Cómo de generoso? El pecado nefando ofende tanto a Dios Nuestro Señor que unas pocas monedas no aplacarán su ira.

-En este zurrón hay treinta doblones de oro. Con ellos podréis hacer grandes obras piadosas que agradarán a nuestro Padre Celestial y a la Santísima Virgen María. Sopesadlo y veréis que no os miento.

Con los ojos brillantes de codicia el capellán agarró el zurrón, lo sopesó y una indisimulada sonrisa iluminó su rostro.

-Volved en una hora y os entregaré a los dos reos. Antes de una semana deberán abandonar Grazalema, están desterrados in eternis.

-Muchas gracias, reverendo padre. Os garantizo que sabré darles su merecido castigo, por algo soy su amo y ellos mis esclavos.

Gonzalo se montó a los lomos de su caballo y galopó veloz hacia el palacio del abetal. En cuanto llegó informó detalladamente a Taufik y a Zulema. La morisca palideció y tuvo que sentarse para no caer desmayada. Quería a su hermano Ibrahim con toda el alma. El hidalgo entonces dirigió sus ojos hacia Dagwa, rodeó su menuda cabeza negra con sus grandes manos celtas y le dio un dulce beso en la frente. La hechicera comprendió y sonrió. Sobraban las palabras. 

Los dos amigos-hermanos, el hidalgo y el morisco, guarnecieron rápidamente un caballo al pequeño carruaje de Taufik y partieron raudos cuesta abajo.

Mientras tanto el capellán, acompañado por los dos alguaciles, llevó ropa limpia a los dos reos, les ordenó que se vistiesen con ella y los cinco esperaron tras la puerta de la iglesia a que llegase el hidalgo. 

Los dos muchachos no entendían nada. Pensaban aterrorizados que les habían vestido para llevarlos a la hoguera. Los alguaciles les habían atado las dos manos a uno de los tobillos con una cuerda de esparto de no más de tres palmos para evitar su fuga. La espera se les hizo muy larga.

El ruido del carruaje acercándose les aceleró el corazón a todos, especialmente a los dos reos y también al capellán. 

-"Sooooo." - ordenó Taufik al caballo.

Don Gonzalo se apeó del vehículo procurando anteponer la pierna buena para no caerse. La otra le había quedado ligeramente más corta y le dolía si cargaba sobre ella todo su peso. Este doloroso recuerdo del asalto de los bandoleros le acompañaría el resto de su vida. Golpeó la puerta con decisión y esperó a que le abrieran. Lo hizo uno de los alguaciles. Don Gonzalo no entró ni saludó. Permaneció en silencio ante la puerta abierta mirando fijamente y con frialdad al Padre Gracián con sus poderosos ojos celtas que hicieron estremecer al capellán. Salem e Ibrahim creían estar soñando. Miraban al hidalgo como si fuera un ángel salvador venido del cielo.

-¡Soltadlos! - les ordenó el sacerdote a los alguaciles, que procedieron a cortar con una navaja de bronce la cuerda que unía las manos maniatadas de los reos con uno de sus tobillos. 

-¡Fuera de la casa de Dios!  - les gritó el indigno capellán - Estáis excomulgados y desterrados. Si volvéis a pisar Grazalema moriréis quemados vivos en la hoguera.

Los dos muchachos salieron de la iglesia temblorosos. Con semblante serio Don Gonzalo les señaló con un gesto la puerta del carruaje para que subieran. Luego alargó una de sus manos hacia Taufik para que le ayudase a subir al asiento delantero, se dio la vuelta hacia el capellán y le lanzó otra mirada gélida con sus inquietantes ojos azules.

-Gracias por cumplir vuestra palabra, reverendo padre. - le dijo sin acritud.


Vigésimo cuarto capítulo 


La venganza de la hechicera


Gonzalo había hecho caso a Dagwa. Utilizando su inteligencia y su astucia había logrado salvar a los dos muchachos de una muerte atroz. Al despedirse del padre Gracián, con los dos moriscos ya a salvo en el interior del carruaje, le dio las gracias aparentemente sin acritud, pero su gélida mirada era una sentencia de muerte. 

Los espantosos alaridos de dolor que habían escuchado sus oídos a través de los muros de la iglesia durante la tortura y brutal violación de Ibrahim y Salem y los posteriores gemidos orgásmicos del capellán y los dos alguaciles le habían hecho estremecer hasta el tuétano de los huesos. Mientras esperaba sentado ante la iglesia que aquella pesadilla infame terminase, tomó la firme decisión de eliminar al indigno sacerdote de la faz de la tierra.

Los dos torturados no pudieron sentarse en el asiento del carruaje. El dolor lancinante de su ano desgarrado, que seguía sangrando abundantemente, les obligó a permanecer arrodillados y abrazados durante todo el camino. Estaban conmocionados, aturdidos, bloqueados. Sus ojos llorosos llenos de horror eran un vivo reflejo de lo que sentía su alma. Nunca más volverían a ser los mismos seres inocentes y felices, rebosantes de candidez y ternura. Su sufrimiento y su decepción de la vida y la gente eran inconmensurables.

Cuando llegaron al palacio del abetal Zulema y Dagwa corrieron a recibirles. La morisca abrió la angosta puerta lateral del carruaje y, cuando vio a su adorado hermano con el calzón empapado en sangre y percibió el horror y la inmensa tristeza de su mirada, lo abrazó llorando desconsolada. A Ibrahim-Ulpiano ya no le quedaban lágrimas para volver a llorar. Era tan espantoso el dolor de su alma que pareció no reaccionar al amoroso abrazo de su hermana. Su mirada permaneció fija en la nada como la de un muerto viviente. 

Los dos muchachos habían perdido tanta sangre y estaban tan débiles, doloridos y conmocionados que no fueron capaces de salir del carruaje por su propio pie. Zulema y Taufik sacaron entre los dos a Ibrahim y Don Gonzalo levantó en brazos a su esclavo predilecto Salem y lo llevó hasta el interior del palacio. Dagwa lloraba en silencio. Con sus poderes de hechicera había entrado en la mente de los dos torturados y había sentido el dolor indescriptible de su alma.

Zulema, inteligente y previsora, tenía siempre un gran caldero lleno de agua al fuego. Salem e Ibrahim apestaban a sangre, sudor, orines y miedo, todo aliñado con el hedor acre del repugnante semen derramado sobre ellos por los dos alguaciles. Entre todos les desnudaron, sujetándolos para que no cayesen desmayados. Les metieron luego en dos grandes barreños de arcilla cocida y Dagwa procedió a limpiar el cuerpo mancillado de Salem, mientras Zulema hacía lo mismo con el de su hermano Ibrahim. Nadie hablaba. En el interior del palacio reinaba un silencio sepulcral, sólo roto por el ruido del agua caliente perfumada con jabón de la almona de Sevilla cayendo sobre los dos muchachos. Ambos estaban uno frente al otro, cabizbajos, con la mirada perdida. De súbito sus almas conectaron y sintieron el deseo de mirarse. Levantaron ligeramente la cabeza y sus ojos dejaron de mirar hacia dentro y se proyectaron sobre el otro. Durante unos segundos se leyeron el alma y de pronto rompieron a llorar desconsolados y todos, incluido Don Gonzalo, les acompañaron en el llanto. 

Cuando por fin se serenaron, Dagwa y Zulema secaron el cuerpo de los muchachos con un paño de algodón blanco, les vistieron con un blusón de dormir y les echaron sobre dos colchones de lana batida, cubriéndolos con dos gruesas mantas.

La curandera había evaluado sus heridas durante el baño y en su mente privilegiada había hecho una lista de lo que necesitaba para sanarlas. Como hacía siempre en casos de gravedad extrema, tomó el mando de la situación y empezó a dar órdenes.

-Taufik, vete a la botica del pueblo y compra tres onzas de resina de adormidera. - le dijo al morisco.

-Voy presto, Dagwa.

-Zulema, ¿tienes hilo de seda a ser posible de color oscuro?


-Si, Dagwa, lo tengo negro, amarillo, azul y rojo.

-Trae el negro más fino que tengas.

-¿Necesitas también una aguja? - le preguntó la morisca.

-No, Zulema, las agujas rectas no sirven para coser las heridas del ano. En mi cesta tengo agujas curvadas especiales para este menester.

Mientras esperaba el analgésico opiáceo la africana no perdió el tiempo. Fue a la cocina, llenó un cazo con agua muy caliente y le echó el zumo de un limón y el jugo de dos hojas machacadas de salvia. Luego cortó cuatro trozos de hilo de seda de una vara castellana cada uno de ellos y los metió en remojo en el cazo. Sacó de su cesta de curandera dos agujas de bronce muy finas y un poco curvadas, las metió en remojo en el cazo junto con la seda y pidió a Salma media docena de paños limpios de algodón. Con todo a punto se sentó sobre un almohadón y con los ojos cerrados rezó en voz baja a sus dioses africanos.

-Sólo han tenido dos onzas y media de resina. ¿Serán suficientes, Dagwa? - le preguntó Taufik al entregarle lo pedido.

-Espero que sí, necesitaremos un par de pellizcos cada día. Anda, tráeme un tazón grande, un vaso colmado de agua caliente, dos hojas frescas de menta, un tarro de miel de azahar y una cucharilla de madera de boj.

-Ahora mismo, Dagwa. 

Mientras Taufik salía al pequeño jardín que rodeaba el palacio a buscar las hojas de menta, Zulema puso en brazos de la vieja Zahara al pequeño Gonzalo-Said y corrió a la cocina a buscar el tazón, la cucharilla, el agua y la miel. Una vez la curandera tuvo ante sí todo lo solicitado, cogió un gran pellizco de resina de adormidera, lo aplastó entre los dedos dentro del tazón, le echó el agua caliente, las dos hojas de menta y una generosa cucharada de miel y lo removió todo enérgicamente con la cucharita de madera. Cuando consideró que el brebaje analgésico ya estaba en su punto, metió en él la punta de su dedo meñique, lo probó, asintió con la cabeza y empezó a dar órdenes.

-Zulema, siéntate a la vera de tu hermano Ibrahim y coloca su cabeza en tu regazo. Salma, haz lo mismo con la cabeza de Salem.

Dagwa se arrodilló junto a Ibrahim, depositó el tazón de brebaje sobre una mesita de madera de castaño, cerró los ojos y rezó en voz baja a sus dioses malineses en su incompresible lengua africana. De pronto enmudeció, posó su mano izquierda sobre la frente de Ibrahim y le habló imitando la voz amorosa de su difunta madre Isabel.

-Mi niño será bueno y se beberá todo el caldito que su mamita le va a dar. Está muy muy rico. Anda, Ulpianito, abre la boquita.

Zulema levantó un poco la cabeza de Ibrahim-Ulpiano y Dagwa le fue dando cucharaditas de brebaje. El muchacho creía tener a su madre delante y se relamía los labios con la lengua después de cada cucharadita sin darse cuenta de su desagradable sabor amargo.

-¡Está rico, mamita! - decía con voz de niño y todos sonreían en silencio asombrados de los poderes de la africana.

Cuando le hubo dado una docena de cucharaditas, se levantó y fue hacia donde estaba acostado Salem con su cabeza apoyada en el regazo de Salma. El esclavo predilecto de Don Gonzalo era hijo de una esclava napolitana llamada Renata, comprada por su padre Abdel Nasser en el mercado de esclavos de Mâlaqa. La muchacha nunca consiguió aprender el idioma andalusí y hablaba a su adorado hijo Salem en lengua napolitana. Así pues Dagwa se arrodilló a la vera del muchacho, posó la mano izquierda sobre su frente y le habló imitando la dulce voz melodiosa de Renata.

-Il mio bambino Salem sarà molto buono e berrà tutta la zuppa che lei donerà la sua mamma. É molto buona. Vai, figlio mio, apri la tua piccola bocca.

Salma sonreía divertida y asombrada por la brujería de Dagwa. Levantó la cabeza de Salem y la curandera le fue dando cucharaditas del amargo bebedizo que el muchacho tragaba encantado relamiéndose los labios.

- ¡Questa zuppa è ricca, mamma! - exclamaba a su "madre" con voz de niño en un perfecto napolitano que llevaba muchos años sin hablar, desde que los cristianos venidos del norte mataran salvajemente a sus padres y a él le convirtieran en un niño esclavo, un morisquillo. Cuando Gonzalo lo vio a la venta en el mercado de esclavos de Ronda con sólo once años de edad, se le partió el corazón y lo compró por tres reales de plata.

Era impactante ver como aquel muchacho con una terrible herida en la sien que le seguía sangrando abundantemente, el ano desgarrado y el cuerpo magullado por las pedradas de los grazalemeños, se olvidaba del dolor y del horror que sólo unas horas antes había vivido y tragaba encantado aquel horrible bebedizo de adormidera que le sabía a gloria.

-Ahora vamos a esperar media hora a que la medicina les haga efecto y luego les coseré las heridas. - les dijo a todos la africana.

Estaba anocheciendo en Grazalema y hacía un poco de frío. Taufik llenó un gran brasero con las brasas de leña de abeto del fuego de la cocina y lo llevó a la estancia central del palacio donde estaban los heridos. Aquel día había sido muy largo para todos, especialmente para los dos muchachos y con la angustia y la desesperación se habían olvidado de comer. Zahara sacrificó dos pichones del palomar y mientras los demás estaban curando las heridas a los muchachos, ella fue preparando un delicioso cuscús con la carne de las aves que aderezó con una salsa de piñones, ajo, cebolla, perejil, cardamomo, comino, canela, zumo de limón y abundante aceite de oliva.

-¿Te duele, Ibrahim? - le preguntó Dagwa pellizcándole en un brazo. El muchacho no respondió. Estaba profundamente dormido bajo los efectos del opio.

-¡Perfecto! - exclamó satisfecha la curandera. - Empecemos pues. Taufik, arrodíllate junto a la cabeza de Ibrahim, cógele las dos piernas y levántaselas hacia ti para exponer su trasero. Así yo podré ver el alcance del desgarro para coserlo. Y vos, Don Gonzalo, tened la merced de iluminar la herida y mis manos con la lámpara de aceite.

Al quedar expuesto el ano de su hermano, Zulema empalideció y tuvo que sentarse para no caer desmayada. Tenía tres horribles desgarros que habían destrozado el anillo anal. Dagwa remojó un paño de algodón en agua caliente a la que había añadido zumo de limón y limpió la sangre del ano. Ibrahim seguía durmiendo sin sentir ningún dolor. En la habitación reinaba un silencio absoluto. Estaban todos impactados y sus rostros reflejaban una gran tristeza.

Una vez limpia la herida, la curandera cogió una aguja de bronce, le enhebró un trozo de hilo de seda y empezó a dar puntadas hasta dejar perfectamente suturados los tres desgarros. Antes de dar por terminado su trabajo, separó lo más que pudo las nalgas del herido para comprobar si el esfínter anal cerraba bien. Se trataba de evitar en lo posible que en el  futuro el muchacho tuviera incontinencia. Dagwa hizo un gesto de satisfacción. Colocó un paño limpio sobre el ano y le dijo a Taufik que podía soltar las piernas de Ibrahim. Le cubrió luego con una manta de lana, le acarició la mejilla y le dio un beso en la frente. El muchacho seguía durmiendo plácidamente.

-Taufik, echa esta agua ensangrentada de tu cuñado al naranjo de sangre y trae agua limpia. 

Salma seguía sentada en el suelo con la cabeza de Salem apoyada en su regazo. La curandera le pellizcó en un brazo. El muchacho no se inmutó. Dormía profundamente convencido de estar en brazos de Renata, su madre napolitana.

La curandera echó el zumo de un limón en el agua caliente que le había traído Taufik y limpió con ella la herida de la sien del morisco. Luego cogió una aguja, le enhebró un trozo de hilo y empezó a suturar la espantosa brecha abierta que dejaba ver el hueso del cráneo. Salem estaba vivo de puro milagro. Aquella brutal pedrada le tendría que haber matado de forma fulminante, pero su misericordioso dios Alá o tal vez el espíritu de su difunta madre Renata le habían protegido de una muerte segura.

La herida era tan grande que Dagwa necesitó dos varas de hilo para suturarla, esmerándose lo mejor que supo para que no le quedase una cicatriz demasiado fea. Cuando hubo terminado, levantó la mirada hacia Salma y Gonzalo buscando su aprobación y éstos le respondieron con una sonrisa. 

-Don Gonzalo, sustituid a Salma y como ha hecho antes Taufik con Ibrahim, levantad las piernas de Salem hacia vos para exponer su trasero. Ojalá su desgarro no sea tan grande.

El hidalgo obedeció con diligencia. Se arrodilló, agarró las piernas de Salem por los tobillos y las levantó y llevó hacia sí hasta que los pies del muchacho estuvieron a los lados de su cabeza. Taufik iluminó la herida con una lámpara de aceite, y todos suspiraron aliviados al comprobar que tenía un solo desgarro y no tres como Ibrahim. La africana se lo suturó con maestría, comprobó luego separando sus nalgas que el esfínter anal conservaba su suficiencia y asintió satisfecha con la cabeza. Había hecho un buen trabajo. 

Lo cubrió con una manta de lana, le acarició la mejilla y tras darle un beso en la frente, imitando la amorosa voz de su madre le dijo: "Dorme il mio adorato bambino e sogna negli angeli dal cielo." Salem estaba aparentemente dormido, pero al escuchar las palabras de su "madre" en su rostro se dibujó una sonrisa. Dagwa se emocionó, le dio otro beso en la frente y salió corriendo del palacio, pues necesitaba llorar y le daba vergüenza que la vieran. Era ya una anciana y tanta emoción y tanta responsabilidad habían hecho mella en su cuerpo y en su mente. El hidalgo salió tras ella, la abrazó por detrás con ternura, le dio un beso en la mejilla y así permanecieron un buen rato en silencio. Gonzalo también lloraba. La anciana se dio cuenta porque una gran lágrima del gallego cayó sobre su frente, resbaló hacia su mejilla y se fundió con sus propias lágrimas. 

-Dagwa, esto no puede volver a ocurrir en Grazalema. Debemos hacer algo. - le dijo muy bajito al oído mientras seguían abrazados. -¿Me entiendes?, ¿estás de acuerdo conmigo?

-Si, Don Gonzalo, os entiendo perfectamente. Yo también deseo que se haga justicia.

-¿Puedes utilizar tus poderes de hechicera para quitar la vida a gente malvada?

-No, no puedo. Sólo tengo poderes para hacer el bien. Tendría que consultarlo con los espíritus de mi madre y mi abuela. Si ellas me autorizan, sé cómo hacerlo.

-Pues haz la consulta pronto, el indigno capellán los ha desterrado de Grazalema y deben abandonar el pueblo en una semana. En su estado no soportarían el viaje.

-Lo sé, Don Gonzalo, pero este asunto es tan delicado y peligroso que debe quedar entre nosotros dos. Nadie más debe saberlo. Debéis darme vuestra palabra. - le exigió la africana en voz muy baja casi susurrando.

-Tienes mi palabra, Dagwa. 

-De acuerdo entonces. A partir de ahora vais a hacer lo que yo os diga sin hacer preguntas. Adentrémonos en la espesura del abetal.

El hidalgo siguió a la hechicera que a pesar de su avanzada edad caminaba muy deprisa. En un claro entre abetos se sentó sobre la hojarasca, hizo un gesto al hidalgo para que se sentase frente a ella, le cogió las manos, le dijo que cerrase los ojos, ella también cerró los suyos y empezó a recitar sus conjuros para invocar a los espíritus hechiceros de sus antepasadas. De pronto soltó las manos de Gonzalo, levantó los brazos hacia el cielo y sollozó y gimió suplicante en su extraña lengua africana. Parecía estar discutiendo con su madre y su abuela. Poco a poco se fue serenando y sus palabras se llenaron de dulzura. Asentía con la cabeza como si recibiera órdenes, indicaciones o consejos. Gonzalo la observaba asombrado y en silencio, intuyendo el sentido de sus incomprensibles palabras. Cuando por fin enmudeció, Dagwa le miró con cara risueña, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y le dijo: "Tengo el permiso de mi madre y mi abuela. Volvamos al palacio. Mañana tendremos mucho trabajo." 

Los dos muchachos seguían durmiendo plácidamente bajo los efectos del opio. No habían comido ni bebido nada en todo el día y habían perdido mucha sangre. Era preciso que se alimentasen para recuperar sus fuerzas. Zahara ya tenía listo su delicioso cuscús de pichón a la canela. Todos estaban hambrientos, pero esperaron pacientemente a que Dagwa tocase la frente de los dos heridos para que despertasen. Salma y Zulema llenaron dos tazones con el cuscús y se acercaron a Salem e Ibrahim. Con toda la dulzura de la que fueron capaces intentaron hacerles comer un poco de aquel delicioso guiso, pero estaban tan conmocionados y adormilados que se negaron a abrir la boca. Ambas miraron apesadumbradas a Dagwa. La pobre africana estaba agotada, necesitaba descansar, su anciano corazón parecía querer pararse en su pecho. Sacando fuerzas de su alma, se levantó, posó sus negras manos sobre la cabeza de cada una de las muchachas, rezó a sus dioses malineses y repentinamente, ante el asombro de todos, la morisca Zulema se transformó en Isabel, la difunta madre cristiana de Ibrahim-Ulpiano y la eritrea Salma se convirtió en Renata, la difunta madre napolitana de Salem. 

Taufik y Gonzalo las miraban boquiabiertos con ojos desorbitados. Su asombro se acrecentó todavía más al escucharlas hablar, una en un contundente y perfecto castellano de Segovia y la otra en la bellísima y musical lengua de Nápoles.

-Mi Ulpianito va a abrir su boquita y se va a comer todo lo que su mamita le dé. - le dijo amorosa Zulema-Isabel a su hijo-hermano.

-Si, mamita, todo todo. - le respondió el muchacho abriendo la boca y tragando el rico cuscús y la carne de un muslo de pichón.

A su lado Salma-Renata hacía lo mismo con su bambino. El morisco y su ama se querían como hermanos. Ambos habían sido comprados por Don Gonzalo siendo todavía niños. Más que un esclavo, Salem era uno más de la familia y Gonzalo le tenía una confianza absoluta y un sincero aprecio.

-Il mio amato bambino Salem vai mangiare tutto sua mamma lei darà. É molto buono, veramente delicioso e tu siete affamati. - le decía Salma-Renata con una dulzura indescriptible.

-Si, mamma mia, tutto é buono e io ho grande fame, grandissima.

Todos reían y lloraban al mismo tiempo, mientras aquellos dos seres torturados, mancillados y malheridos llenaban su estómago con el delicioso cuscús de Zahara. Cuando estuvieron ahítos, sus embrujadas madres les cubrieron con la manta y les dieron un beso en la frente. Inmediatamente después Dagwa les tocó la cabeza con su mano izquierda y ambas volvieron a ser ellas mismas. Estaban un poco aturdidas y no se acordaban de nada.

Zahara había llevado el guiso a la cocina y lo había puesto cerca de la lumbre para que no se enfriase. Sonriendo feliz fue cojeando a buscar la comida, la puso en el centro de la estancia, todos se sentaron a su alrededor y cenaron en silencio al estilo morisco, sin cubiertos, cogiendo el alimento con su mano derecha.

Al día siguiente Dagwa se levantó muy temprano, encendió una lámpara de aceite y la acercó a la cara de los dos muchachos. Dormían placidamente, pero la curandera olió algo extraño en su aliento. Tocó su frente y ambos tenían un poco de fiebre. No le dio importancia. Sabía que los grandes heridos solían tenerla durante los primeros días. 

El sol gaditano empezaba a asomarse tras las copas del inmenso abetal. Iria se despertó y reclamó con un estridente llanto su ración de leche de su madre Salma. Gonzalo-Said tuvo envidia y también berreó con ganas. Sin salir de la cama Zulema descubrió uno de sus pechos y acercó amorosa la boquita de su niño al pezón. En el palacio reinó de nuevo el silencio. Dagwa fue a la cocina y preparó gachas con leche de cabra y un aromático te con hojas de menta y miel de tomillo para desayunar. Zahara fue la segunda en levantarse y tras ella las dos madres lactantes y sus maridos. 

Se reunieron todos en la cocina para no despertar a los heridos. Desayunaron en silencio mirándose a los ojos y al acabar Gonzalo les dijo que tenía que ir al pueblo con Dagwa a arreglar unos asuntos. Nadie hizo preguntas. 

El hidalgo fue al establo y ensilló su corcel negro y la burrita de Zahara. Levantó a la curandera como si fuera una niña, la sentó de lado sobre el pequeño animal y él se montó a los lomos de su caballo. Bajaron cuesta abajo hacia Grazalema. Los gallos andalusíes cantaban al sol que renacía. Soplaba una brisa fresca de poniente. A medio camino Gonzalo se apeó y ayudó a Dagwa a bajar de la burrita. Se sentaron sobre unas rocas uno frente al otro y se miraron a los ojos.

-¿Qué piensas hacer? - le preguntó Gonzalo a la anciana.

-Lo he estado rumiando toda la noche. Los espíritus hechiceros de mi madre y mi abuela me recordaron que no podía matar a nadie. Consideraron que tanto el capellán como los dos alguaciles y el soplón abulense merecían morir por su extrema maldad, pero me negaron los poderes para eliminarlos. Sólo me autorizaron a provocarles un ataque de lujuria tan exagerado que escandalice a los grazalemeños y a su alcalde y sea éste mismo quien ordene su ejecución inmediata en la hoguera. 

-¡Perfecto, soberbio! De esta manera probarán en sus carnes su propia medicina. Eres increíble Dagwa. Te felicito. - exclamó entre carcajadas el hidalgo.

-Vos tendréis que ayudarme, Don Gonzalo. No puedo hacerlo yo sola. Os transformaré en una hermosa e irresistible doncella, voluptuosa como una gata en celo. Vuestra misión consistirá en seducir al viejo abulense y a los dos alguaciles echándoles sobre la cabeza unos polvos mágicos que yo os daré. Bajo su embrujo perderán la voluntad y el sano juicio y desearán fornicar con desesperación, al principio con vos, es decir, con la doncella y al cabo de una hora con cualquier varón que se cruce en su camino. Con astucia les llevaréis hasta el interior de la iglesia y una vez dentro, cuando notéis que pierden interés por vos, o sea, por la doncella y empiezan a desearse entre ellos, os alejaréis conmigo a un lugar solitario y ambos volveremos a ser de nuevo nosotros mismos.

-¿Y el padre Gracián? - quiso saber el hidalgo.

-Al infame e indigno capellán lo seduciré yo misma. He entrado en la mente de estos cuatro hijos de Belcebú para saber qué les atrae. El abulense es un viejo adúltero al que sólo le gustan las mujeres, especialmente las casadas, a las que ha dado solaz cientos de veces, aprovechando la ausencia de sus maridos, con su pequeña aunque juguetona verga castellana. Lo atestiguan media docena de mozos y mozas grazalemeños portadores de su misma nariz aguileña. A los alguaciles les va bien todo, tanto hembras como varones. Son tan fogosos que, en los días en que sus respectivas esposas se encuentran indispuestas por el menstruo y se niegan a cumplir con su deber matrimonial, ellos se consuelan mutuamente en la intimidad de la oscura mazmorra del ayuntamiento, casi siempre vacía. Al capellán sólo le gustan los mozos, cuanto más jóvenes mejor, aunque ya medio hombrecitos y a ser posible bien dotados. Así pues yo me transformaré en el más irresistible de los mancebos. Acudiré a la iglesia, le pediré confesión y en un descuido le echaré los polvos mágicos sobre la cabeza. Enseguida perderá la voluntad y el sano juicio y hará lo que yo desee. 

-Vamos pues. Me pongo en tus manos.

Montaron de nuevo sobre los animales y al rato estuvieron ante la casita blanca de Zulema. Dejaron el caballo y la burra atados en el patio trasero y les dieron heno en abundancia para que se entretuvieran. Dagwa sacó entonces dos pequeñas talegas de cuero que llevaba escondidas entre sus ropas y le dio una a Gonzalo. Luego tocó su frente, pronunció un extraño conjuro y aquel inmenso hombretón pelirrojo y barbudo se transformó en una hermosísima doncella rubia con grandes senos y voluptuosas curvas y unos inquietantes ojos verdiazules llenos de embrujo.

-Ahora os llamáis Gumersinda. Cumplid con vuestra misión. - le dijo muy seria la hechicera. - Nos reuniremos aquí en cuatro horas. Espero que todo salga bien.

-Seguro que si. - le contestó Gumersinda-Gonzalo mirándose asombrada sus blancos, turgentes y generosos pechos que se asomaban desafiantes por encima del escote de su ajustado vestido.

Dagwa se tocó entonces la frente, pronunció un conjuro y se transformó en un hermosísimo mancebo, alto, moreno, fuerte, con unos fascinantes ojos negros, una incipiente barba de adolescente y un calzón blanco muy ajustado que resaltaba y marcaba con descaro el contenido de su bien dotada entrepierna y la turgencia de sus nalgas prietas.

Ambos se separaron para no levantar sospechas. Gumersinda se dirigió hacia la casa del abulense que vivía allí cerca y el mancebo, que se autobautizó como Godofredo, se encaminó hacia la iglesia. 

El templo estaba vacío tras la primera misa del alba. Era domingo y a las doce del mediodía el capellán debía oficiar otra misa, la principal del día. Godofredo entró y se dirigió a la sacristía. El padre Gracián dormitaba plácidamente echado en un banco acolchado. Sus ruidosos ronquidos hacían vibrar la llama de las dos lámparas de aceite que iluminaban la estancia. El mancebo se acercó al sacerdote y le echó polvos mágicos sobre su lustrosa calva. Luego se subió un poco el faldón de la camisa y se ajustó todavía más el calzón, procurando que su abultada entrepierna quedase bien expuesta y a sólo dos palmos escasos del rostro del sacerdote.

-¡Padre Gracián! - le llamó Godofredo tocándole en un brazo.

-¿Qué...., qué pasa? - balbució el cura restregándose los ojos con el dorso de una mano. Cuando por fin consiguió despertar del todo y despejar sus ojos de los miasmas del sueño, vio ante sí al más hermoso, seductor y bien dotado de los mozos. 

-Buenos días, reverendísimo padre. 

-Buenos días, muchacho.- le contestó sin poder separar los ojos de sus superdotados atributos que exhalaban un maravilloso perfume a feromonas de macho joven.

-Quiero confesar. ¿Os va bien ahora?

-Por supuesto. Ahora mismo. ¿Cómo te llamas? - le contestó solícito el capellán mientras posaba su brazo sobre los hombros del muchacho.

-Me llamo Godofredo, aunque todo el mundo me llama Godo. - le contestó mirándole a los ojos seductoramente y regalándole una amplia sonrisa. 

Al padre Gracián le ardía la sangre de deseo, estaba fuera de sí, como enloquecido, mientras aspiraba con delectación el delicioso e intenso aroma a macho en celo que desprendía Godofredo y sentía en sus viejas carnes el calor maravilloso de su cuerpo joven. Con gran disgusto se separó del muchacho, abrió el confesionario, se sentó y Godofredo se arrodilló ante él. 

-¿Cuales son tus pecados? - le preguntó, mientras le acariciaba lascivamente con ambas manos la nuca y las dos mejillas todavía imberbes.

-Debo confesaros un pecado muy grande, reverendo padre. No sé por donde empezar, me da mucha vergüenza. Temo escandalizaros.

-Tranquilo, las debilidades humanas no me impresionan. 

-Bueno.... Es que.... resulta.... que tengo pensamientos impuros que me atormentan desde hace mucho tiempo. 

-Habla, sin miedo.

-Ufff. No sé cómo explicarlo. Me atraen los hombres maduros como vuestra reverencia y temo caer en la tentación de pediros, rogaros, suplicaros que forniquemos juntos. Decidme, padre, ¿qué puedo hacer para alejar de mi mente este abominable deseo?

El padre Gracián sudaba copiosamente, los ojos le chispeaban de lujuria y su palpitante entrepierna rebosante de sangre a presión le anulaba la voluntad. Saberse deseado por un mancebo tan hermoso era lo más excitante que le había ocurrido nunca.

-¡Levántate y ven conmigo! - le ordenó.

Mientras tanto Gumersinda ya había conseguido embrujar al viejo soplón abulense. Fue muy fácil. Como si una mano invisible y poderosa estuviera dirigiendo la escena, cuando se aproximaba a su casa se lo encontró por la calle y se le acercó llorando desconsolada.

-¡Buen hombre, ayudadme! Mi padre y yo hemos sido asaltados por unos bandoleros. Veníamos de Villaluenga del Rosario de la boda de mi primo. En aquel momento yo estaba tras unas matas haciendo mis necesidades y no me han visto. Mi padre se ha defendido como ha podido, pero eran tres y al final lo han matado sin piedad. Estoy sola en el mundo y no tengo quien me proteja. ¿Podéis decirme dónde puedo encontrar a los alguaciles? - le preguntó sollozando con voz de niña indefensa, acercándose a él con descaro y tocándole la mano seductoramente. - Os recompensaré. - le susurró con voz melosa lanzándole una mirada gatuna.

El viejo adúltero, con su rostro enjuto de raposa y una gran verruga pilosa sobre su nariz aguileña, reía nerviosamente, babeaba con lascivia y no podía separar sus ojos de los esplendorosos pechos de Gumersinda que exhalaban un maravilloso e irresistible aroma a hembra en celo.

-Ven conmigo, hija mía. - le dijo, mientras su huesuda mano la agarraba por la cintura. 

Gumersinda aprovechó entonces para echarle polvos mágicos sobre la cabeza sin que el viejo se diera cuenta. El ayuntamiento estaba a unos pocos pasos. Entraron y el abulense, que era amigo de los alguaciles, llevó la voz cantante. Les explicó el drama que estaba viviendo aquella pobre muchacha, pero los agentes del orden casi no le escucharon. Estaban absortos mirando con lujuria sus esplendorosos pechos, sus carnosos labios, sus ojos de gata y las sensuales curvas de sus caderas, como si la estuvieran desnudando con la vista. Ella aprovechó el momento y fue hacia ellos sollozando desconsolada. "¡Ayudadme, por el amor de Dios!" - les suplicó, mientras hacía como si se desmayase. Los dos alguaciles la sujetaron y Gumersinda, que llevaba polvos mágicos en ambas manos, aprovechó para echárselos en un descuido sobre sus cabezas. Ellos no se dieron cuenta, pues en lugar de sujetarla, lo que en realidad hacían era sobarla descaradamente. 

Cuando los tres hombres estuvieron bajo el embrujo de los polvos africanos, la hechicera Dagwa, todavía Godofredo, pudo controlar sus mentes desde la lejanía, les robó la voluntad y les ordenó que acompañasen a la doncella hasta el interior de la iglesia. Ellos no eran conscientes de nada, sólo deseaban manosear el exuberante y voluptuoso cuerpo de Gumersinda, que astutamente se dejaba hacer para llevarlos a la perdición.

Cuando entraron en la iglesia, el capellán y Godofredo acababan de levantarse del confesionario y se dirigían a la sacristía. Gumersinda les siguió, arrastrando tras ella a los tres sobones que babeaban de deseo manoseando las curvas de su trasero. Nada más entrar en la sacristía sus ojos se fijaron en el hermoso mancebo, de súbito Gumersinda dejó de interesarles y se acercaron al muchacho para acariciar a través del calzón sus nalgas prietas y sus voluminosos genitales. Era tan grande la pasión que sentían por él que se empujaban sin miramientos, incluso estuvieron a punto de tirar al suelo al Padre Gracián, que también bregaba por ocupar el primer puesto en la soba. Aquel era el momento más delicado. Faltaba un escaso cuarto de hora para la misa de las doce. Era preciso acelerar el proceso. 

-Permitidme que vaya a vaciar la vejiga. Os lo ruego. - les suplicó Godofredo a los cuatro sobones. 

-¡Vuelve enseguida! - le ordenaron al unísono rojos de deseo.

No teniendo a quien meter mano, los dos más viejos, el capellán y el abulense, fijaron sus ojos sobre los dos alguaciles que rondaban los treinta y tantos años y todavía estaban de buen ver y sin mediar palabra se lanzaron a manosearlos, desnudarlos y chupar su erecta verga, hasta que su agujero negro no pudo aguantar más el deseo irrefrenable de ser penetrado y el cura se levantó la sotana mientras el abulense se bajaba el calzón.  

Justo en aquel momento Gumersinda y Godofredo aprovecharon el frenesí de la cópula de aquellos cuatro hombres para salir sigilosamente de la iglesia y corrieron a esconderse tras una frondosa higuera que había allí cerca cuyas ramas tocaban el suelo. Godofredo pronunció entonces un conjuro y ambos volvieron a ser otra vez Gonzalo y Dagwa. 

Faltaban sólo diez minutos para las doce. Estaban entrando ya los primeros feligreses al templo para asistir el oficio del domingo, entre ellos el alcalde del pueblo y su esposa. La anciana hechicera y el hidalgo entraron también a oír misa como dos feligreses más. Los grazalemeños les conocían y saludaron con respeto a Don Gonzalo.

Una vez dentro todos se miraron escandalizados, incrédulos de lo que sus oídos estaban escuchando. Aquellos gemidos de placer, aquellos gruñidos como de bestias, aquellos resoplidos rítmicos de fornicación incendiaron el rostro de todos, en especial el del alcalde, que se levantó rabioso de ira, entró en la sacristía y se encontró con los cuatro hombres enzarzados en una frenética cópula trasera.

-¡Qué es esta infamia! - gritó iracundo. - ¡Vos no sois un sacerdote de Dios, sois el mismísimo diablo!

Los cuatro fornicadores estaban tan concentrados en la cópula, tal era su frenesí, que continuaron gozando sin darse por enterados. En pocos segundos la sacristía se llenó de mirones, entraron prácticamente todos los feligreses, incluidas las mujeres que se taparon los ojos con el velo avergonzadas y escandalizadas ante aquel asqueroso acto contra natura, aquel terrible pecado nefando, aquel abominable sacrilegio, aquella escandalosa ofensa a Dios en su propia casa.

-¡Hombres de bien, prendedles! - ordenó el alcalde a los respetables grazalemeños. 

No les fue fácil separarlos. Los polvos de Dagwa les habían sumido en un tal acaloramiento que les resultaba imposible dejar de copular sin descanso. Llenos de asco y vergüenza ajena dos hombres dieron una gran patada en el trasero a los alguaciles con tal contundencia, que los dos viejos que estaban delante recibiendo agachados se cayeron de bruces y sus enrojecidas nalgas quedaron expuestas a la vista de todos. Una gran carcajada colectiva hizo vibrar las paredes de la sacristía. Dos segundos después la carcajada se repitió al darse la vuelta los dos alguaciles con las manos en su contundido culo, dejando expuestos a la vista de todos sus ingurgitados y palpitantes genitales. Cuando las risas cesaron se escuchó el llanto de tres mujeres, las esposas deshonradas del abulense y los dos alguaciles, que salieron corriendo avergonzadas y horrorizadas cubriéndose la cara con el velo.

Los hombres de Grazalema cumplieron la orden del alcalde, prendieron a los cuatro fornicadores, les desnudaron para mayor escarnio público, hicieron oídos sordos a las súplicas y amenazas del capellán, les llevaron a rastras hasta la plaza del pueblo, hincaron cuatro troncos de abeto en el suelo y les ataron a ellos. Otros grazalemeños llevaron haces de leña seca de sus propias casas, rodearon con ellos a los cuatro hombres y, guardando un silencio sepulcral, esperaron con una tea encendida la orden del alcalde para prenderles fuego.

-¡Proceded! - gritó Don Antonio con todas sus fuerzas, rebotando su poderosa voz contra las altas montañas que rodeaban el pueblo, de manera que el eco repitió varias veces in decrecendo la inapelable y contundente orden, haciendo todavía más dramática la escena.

En menos de un minuto la plaza de Grazalema se llenó de humo, llamas y alaridos de dolor y espanto, los de aquellos cuatro desgraciados y también risas, si, ruidosas risas de los grazalemeños que odiaban a los alguaciles por su maldad y al Padre Gracián por su codicia y su conocido vicio nefando, del cual algunos de los más hermosos muchachos del pueblo habían sido víctimas.

Don Gonzalo y Dagwa habían hecho justicia a los dos moriscos que tanto querían. Ya no tendrían que irse desterrados de Grazalema. Mientras se alejaban montados en sus animales, la anciana y el hidalgo se miraron a los ojos, se leyeron el alma, se regalaron una sonrisa y continuaron en silencio su camino hacia el palacio del abetal. A lo lejos se escuchaban los últimos alaridos de los cuatro ajusticiados.

Vigésimo quinto capítulo 


Cogollos de hinojo a la granadina


Cuando estaban llegando al bosque de abetos, Don Gonzalo se dio una palmada en la frente, se insultó a si mismo y miró a Dagwa con cara de circunstancias.

-Debemos volver a la iglesia para recuperar el zurrón con treinta doblones de oro que le di ayer al capellán por la liberación de Salem e Ibrahim. Si no vamos ahora mismo, mañana será demasiado tarde.

-Tenéis razón, Don Gonzalo. La iglesia ha quedado desierta. Todo el mundo está en la plaza viendo el espectáculo. Volvamos enseguida.

Azuzaron al caballo y la burrita y en media hora estuvieron en el patio trasero de la casa de Zulema. Ataron los dos animales a las ramas de un olivo y antes de encaminarse hacia la iglesia, que estaba allí cerca, la hechicera pronunció un conjuro casi inaudible. Acto seguido tocó la frente del hidalgo con una mano y con la otra se tocó la suya y ambos tornaron invisibles a los ojos de los hombres. Entraron en el templo por la puerta principal que había quedado abierta de par en par. Fueron a la sacristía y buscaron en el arca, en el cantarano, en el pequeño armario para el vino de misa y las hostias, en los cajones del escritorio, detrás de los misales y en los bajos de los bancos en forma de arcones, pero el oro no estaba allí. Sólo encontraron casullas, sotanas, estolas, varios bonetes, un par de sandalias nuevas, varios rosarios y crucifijos, un cilicio sin estrenar, un par de vestidos litúrgicos para monaguillos, estandartes bordados para las procesiones, sábanas blancas para el altar, un palio, jarrones para las flores, unas cuantas lámparas de aceite nuevas, cálices, copones, patenas, dos redomas con óleo sagrado, dos incensarios, navetas de plata llenas de incienso y mirra, candelabros, candelas, velas, cirios . . .

-¡Estará dentro del sagrario! - exclamó la hechicera en un golpe de intuición.

-Miremos a ver, - le contestó Gonzalo - pero mejor ábrelo tu que no eres cristiana vieja. A mi me da mucho reparo profanar el sagrario. Es un sacrilegio.

Dagwa sonrió divertida y tiró sin miedo de la puertecilla del sagrario, en cuyo centro estaba la custodia con la hostia del Cristo Sacramentado. Casualmente estaba abierta. El padre Gracián se debió olvidar de cerrarla. Dentro había un cáliz de oro con un poco de vino transustanciado en la sangre de Cristo y un copón de plata lleno de hostias consagradas que habían sobrado de la misa del alba. La hechicera sacó el cáliz y el copón, los depositó sobre el altar, metió su mano de largos dedos negros hasta el fondo del sagrario, tocó algo que parecía cuero, lo sacó y era el zurrón intacto con los treinta doblones de oro.

-¿Es éste, Don Gonzalo?

-Si, éste es.

-Hay dos zurrones más. ¿Los saco también?

-Si, sácalos. Los guardaremos y se los entregaremos al nuevo capellán, no vaya alguien a robarlos. Mañana a primera hora iré a hablar con el alcalde para proponerle que el nuevo párroco sea mi primo Teovigildo. Hace ocho años vino conmigo desde Galicia y pasando por Sevilla quedó tan impresionado con el Monasterio de los Cartujos que quiso quedarse allí como monje. Es un santo varón lleno de bondad. Se lo explicaré todo a su debido tiempo.

Una anciana jorobada vestida con ropas harapientas había entrado en el templo y se había arrodillado ante la imagen de San Antonio para pedirle un pequeño milagro que sanase a su único hijo aquejado de una extraña dolencia. Gonzalo y Dagwa escucharon su plegaria mientras pasaban por su lado pero como eran invisibles ella no les vio, sólo notó como una brisa, un airecillo muy suave que hizo oscilar sus cabellos canosos que sobresalían por fuera del carcomido velo negro que cubría su cabeza. La hechicera tocó con la mano el hombro del hidalgo y le hizo una seña para que parase y guardase silencio. Cerró los ojos, pronunció un conjuro con el pensamiento, se colocó delante de aquella pobre mujer y de su boca salió la voz grave y lejana de un hombre invisible que la sobresaltó y la hizo temblar de miedo.

-Sebastiana, la dolencia de tu hijo es el hambre. Dale de comer cada día medio pichón hervido con una buena rebanada de pan de trigo, un vaso de leche de cabra recién ordeñada endulzada con miel de azahar, media docena de higos secos, una manzana y una naranja y ya verás como en una semana estará curado.

-Ay, San Antonio bendito, qué más quisiera yo que poderle dar toda esta comida, pero soy tan pobre que no tengo nada que darle, sólo las hierbas y los caracolillos que recojo por los caminos. Vivimos en una choza y pasamos mucho frío. Ni un techo decente tenemos, sólo un par de mantas viejas para abrigarnos por la noche.

Dagwa agarró uno de los zurrones que llevaba Don Gonzalo, lo abrió, sacó diez ducados de oro procurando hacer el menor ruido posible y se acercó de nuevo a la anciana.

-Sebastiana, la Virgen María en su inmensa bondad se ha apiadado de ti y de tu hijo y te manda unas monedas de oro. Extiende tus manos y recógelas. Con ellas cómprate una casa, tres cabras, una docena de palomas, media docena de gallinas con su gallo de simiente y todo lo que necesites para alimentar bien a tu hijo y vivir los dos con decencia.

La vieja jorabada, con los ojos nublados por las lágrimas, extendió emocionada sus manos temblorosas hacia la voz y vio con asombro como se le llenaban de monedas venidas de la nada. Las miró y sopesó incrédula, mordió una de ellas entre sus careados y ennegrecidos dientes y ya convencida de que no era un sueño, se las guardó rápidamente entre sus ropas, mirando a diestra y siniestra para asegurarse de que nadie la había visto. Luego se cubrió la cara con las manos y lloró ruidosamente de puro agradecimiento, mientras sentía como una mano cálida le acariciaba su encanecida cabeza.

-Muchas gracias, Virgencita Santa, Madrecita mía. Muchas gracias, San Antonio. - consiguió decir entre sollozos - Os prometo que cada día y hasta que muera vendré a rezar el rosario, a oír misa y a besaros los pies a ambos.

-Vete con Dios, hija mía. Bienaventurados los desheredados de la Tierra, porque de ellos será el Reino de los Cielos. - escuchó que le decía la voz de hombre.

Sebastiana se santiguó, se puso en pie, fue hacia la imagen de la Virgen María y besó sus pies descalzos. Luego se acercó a la estatua de San Antonio y besó sus sandalias. Se santiguó de nuevo, dio media vuelta y salió de la iglesia con su joroba a cuestas llorando emocionada en silencio. Se sentía la mujer más afortunada de la Tierra. Gonzalo miró a Dagwa a los ojos, le sonrió y ambos salieron a la calle de Las Piedras y volvieron al palacio del abetal. No necesitaban palabras para entenderse.

Llegaron a puesta de sol. Todos les esperaban ansiosos. Habían visto la humareda negra que se levantaba sobre Grazalema, pero nadie hizo preguntas. Zahara había preparado una cena exquisita. Todo el palacio estaba envuelto en el delicioso aroma de unos espléndidos cogollos de hinojo a la granadina con salsa de avellanas y huevos hervidos. La vieja cocinera dispuso la gran cazuela en el centro de la estancia principal del palacio sobre una gran estera de esparto, todos se sentaron a su alrededor sobre almohadones y se zamparon en silencio aquel manjar de príncipes. 

Salem e Ibrahim ya habían cenado de unas gachas de leche de cabra con miel de romero y dormían plácidamente. La curandera, antes de marcharse a Grazalema con Don Gonzalo, había dado instrucciones a Zulema y Salma para que les fueran administrando resina de adormidera endulzada con miel de tomillo, un pellizco por la mañana y otro por la tarde. El opio les adormecía el dolor y la mente, y la miel les ayudaba a curar sus heridas que, ya suturadas, empezaban a cicatrizar con rapidez. Las otras, las del alma, tardarían mucho más en mejorar y con toda seguridad no llegarían a sanar del todo nunca.

A todos los comensales les gustaron tanto los cogollos de hinojo a la granadina, que rebañaron con pan de centeno los restos de salsa de avellanas que habían quedado en el fondo de la cazuela y ya ahítos miraron a los ojos a Don Gonzalo y a Dagwa esperando alguna explicación de lo acontecido en el pueblo.

-Ibrahim y Salem no tendrán que abandonar Grazalema. El alma del discípulo de Satán que ayer les desterró ya está en el infierno con su amo y sus cenizas echadas en el osario de los ajusticiados. Él, los dos alguaciles y el viejo que les delató han muerto quemados vivos en la hoguera en la plaza del pueblo por orden del alcalde. - dijo muy seria Dagwa.

-Loados sean Alá y el Dios de los cristianos. Han hecho justicia a mi hermano y a Salem. - exclamó Zulema llena de alegría. 

-¡Amén, que por siempre sean loados! - asintieron todos.

-Mañana iré a hablar con Don Antonio, el alcalde, para proponerle que el nuevo capellán sea mi primo Teovigildo. Un generoso donativo para la alcaldía será un buen aliciente para convencerlo. - informó a todos Don Gonzalo.

Salma y Zulema dieron el pecho a Iria y a Gonzalo-Said que mamaron con glotonería, con más apetito del habitual, pues la leche se les antojó deliciosa con el sutil aroma a hinojo que la cena de Zahara le había conferido. Mientras tanto Dagwa y la vieja cocinera fregaron la cazuela, enrollaron la estera, adecentaron la cocina y barrieron el suelo con una escoba de hojas de palmito. Antes de acostarse la curandera acercó una lámpara de aceite a la cara de los dos heridos, olió su aliento, tocó con la mano su frente, comprobó que no tenían fiebre y suspiró aliviada.

Al día siguiente temprano Don Gonzalo desayunó de una generosa rebanada de pan de trigo con confitura de albaricoque y un vaso colmado de leche de cabra que le preparó su esposa, ensilló su caballo ubriqueño y galopó cuesta abajo hacia Grazalema. En la plaza del pueblo encontró al alcalde hablando con un grupo de hombres. Estaba reclutando dos nuevos alguaciles. 

-Buenos días, Don Antonio. - le saludó con respeto quitándose el sombrero ocre adornado con una hermosa pluma negra de avestruz.

-Buenos días nos dé Dios, Don Gonzalo. - le contestó afable el alcalde con una sonrisa.

-¿Puedo hablar con vuestra merced a solas un momento? 

-Por supuesto. Ahora mismo. Decidme, ¿de qué deseáis hablarme? - le preguntó solícito Don Antonio, un segoviano que había llegado a Grazalema tras la reconquista.

-Puesto que la Iglesia de Santa María de La Encarnación se ha quedado sin párroco, os quería proponer que el nuevo capellán sea mi primo Teovigildo, un santo varón que hace ocho años abrazó el hábito de los cartujos y es un renombrado predicador conocido en toda Sevilla. 

-Pues yo había pensado en un monje benedictino de Cádiz, primo segundo de mi esposa. - le contestó el alcalde.

-Tal vez podríamos llegar a un acuerdo con un generoso donativo para reparar el techo de la alcaldía. Tengo entendido que cuando llueve se os llena de goteras. - le sugirió tentador el hidalgo.

-¿De cuánto habláis cuando decís generoso? - le contestó Don Antonio, rascándose una llamativa placa de psoriasis que afeaba su calva.

-¿Qué os parecen veinte ducados de oro? - le propuso Don Gonzalo.

-Si me donáis veinticinco podemos cerrar el trato ahora mismo. - le contestó regateador el segoviano.

-Os tomo la palabra, veinticinco, pues.

El gallego le dio un zurrón con veinte ducados que llevaba en un bolsillo, se sacó los que faltaban del otro bolsillo, se los puso en la mano y le miró sonriente a los ojos.

-¡Ea, pues, trato hecho! Con vuestro beneplácito mañana mismo partiré hacia Sevilla. Espero estar de vuelta con mi primo en tres o cuatro semanas. 

-¡Id con Dios, Don Gonzalo! 
 

Vigésimo sexto capítulo


Y supo entonces que jamás amaría a otro hombre


Grazalema estaba más hermosa que nunca. La primavera le había quitado el luto y la había vestido de colores exultantes. En las laderas de las montañas que rodeaban el pueblo los pinos, los abetos, los alcornoques, los robles, las encinas y los olivos exhibían orgullosos el verde intenso de sus brotes nuevos. Embriagadores perfumes de resina fresca, de hojarasca húmeda en descomposición, de flores de espinos y zarzaparrillas y de esencias volátiles de jaras, lentiscos, tomillos, romeros y alhucemas se combinaban en una esotérica fórmula de alquimia y llenaban el aire del inconfundible y maravilloso aroma de la vida. Sobre las ramas de los árboles miríadas de aves lanzaban sus cánticos al sol que renacía. Lejos quedaba ya la berrea atronadora de los venados, que habían enmudecido tras la agotadora orgía del otoño. El descenso de la testosterona les había dejado calvos, sin las espléndidas astas ramificadas de bravos sementales que, tras desprenderse de su cráneo, se esparcían aquí y allá bajo las inmensas copas de los abetos y alcornoques como recuerdos de felices y ardorosas épocas pasadas.

Aquella madrugada de finales de abril Gonzalo se levantó con el alma rebosante de alegría. Salma se había mostrado en la cama más cariñosa y juguetona que de costumbre y había deseado por fin hacer el amor con él por primera vez tras catorce largos meses. El joven hidalgo había esperado con paciencia a que fuera ella quien tomase la iniciativa. Desde la brutal violación perpetrada contra su esposa por los tres bandoleros, Gonzalo había respetado el doloroso trauma psíquico de Salma y se había contentado con resignación con algún beso y alguna casta caricia. A todo ello a la morisca se le había añadido su embarazo, que milagrosamente se había producido unas pocas semanas antes de la violación y había continuado adelante a pesar de todo lo acontecido. 

La simple idea de ser penetrada, aunque fuera por su esposo, provocaba en Salma una angustia terrorífica. Estuvo además traumatizada durante toda la gestación con la obsesión de llevar dentro al hijo de alguno de los bandoleros. Cuando nació por fin su blanca y pelirroja niña este trauma se le pasó de inmediato nada más verla y sintió un alivio y una dicha tan grandes que a las pocas semanas, recuperada ya la ilusión y la esperanza, volvió a desear a su apuesto marido, el fornido hombretón celta que era todo ternura y delicadeza haciendo el amor con su menuda esposa eritrea, a la que enloquecía de placer varias veces cada noche.

A Salma, pues, tras el parto no le faltaba el deseo, simplemente temía quedar embarazada de nuevo y perder por ello la leche con la que alimentar a su niña. Así que esperó seis meses a que la pequeña estuviera ya medio criada y empezase a completar la lactancia con la papilla de pan, leche de cabra y miel, previamente masticada por ella, que luego le introducía en la boquita con los dedos o directamente de boca a boca, como se lo había visto hacer a su propia madre abisínica con sus hermanos pequeños. Iria era tan tragona que le gustaba todo, incluso la papilla de lentejas con morcilla. Parecía insaciable, siempre se quedaba con hambre y lloraba desconsolada hasta que de pronto se quedaba dormida acurrucadita como un lirón y su joven madre suspiraba aliviada.

Aquella madrugada Salma se despertó de pronto llena de deseo. Había soñado en la primera vez que vio a su adorado Gonzalo, subida sobre la tarima del mercado de esclavos de Algeciras. Estaba semidesnuda, vestida sólo con harapos mugrientos. Tenía las manos maniatadas con una cuerda de esparto y unos dolorosos grilletes rodeaban sus ensangrentados tobillos. Sollozaba en silencio cabizbaja. No entendía lo que gritaba el mercader, su amo, que la había comprado a su captor en el mercado de Palermo y la había llevado en barco hasta la pequeña ciudad costera gaditana en una infernal travesía de varios meses. De pronto escuchó la poderosa voz de un adolescente pujando por ella, levantó tímidamente la cabeza y ante sus llorosos y legañosos ojos apareció un hermosísimo hidalgo, joven, alto, robusto, fornido, con su barbita incipiente de púber, su fantástica cabellera pelirroja, su blanquísima piel salpicada de pecas y sus fascinantes ojos tan azules como el cielo andaluz. Jamás había visto a un hombre tan apuesto, tan bello, tan atractivo, tan diferente a los varones de su eritrea natal. Era como un príncipe de cuento de hadas. 

Cuando el muchacho, tras pagar lo convenido al traficante de esclavos, la cogió en brazos para llevársela, ella sintió su fuerza, el calor de su cuerpo, su olor de hombre, su aliento limpio que olía a mar y no pudo evitar mirarle fijamente a la cara, fascinada ante tanta belleza. Él se dio cuenta y ladeó tímidamente la cabeza para mirarla y fue entonces, durante el segundo en que sus ojos eritreos se cruzaron con los gallegos de Gonzalo, que su corazón de princesa abisínica se derritió fulminado en su pecho y supo entonces que jamás amaría a otro hombre. También él sintió lo mismo y sonrió algo aturdido mirando al frente consciente de la penetrante mirada de ella, mientras su corazón latía loco de felicidad en su pecho, herido de amor por aquella chiquilla de ojos de ébano.

El sueño continuó ya en el palacio de Ubrique. Estaban por primera vez juntos en la misma cama, a oscuras, desnudos, besándose y acariciando sus cuerpos jóvenes llenos de vida. Era como un divertido juego de niños grandes que aprendían a conocer su anatomía. Sin luz la vergüenza se esfumaba y las sensaciones se acrecentaban. Los dos eran vírgenes. Se habían desnudado uno al otro sin verse y de pronto se encontraron envueltos en oleadas de olores íntimos cargados de feromonas que enloquecieron de deseo su rinencéfalo. Gonzalo levantó en brazos a su menuda esposa y la depositó con delicadeza sobre la cama. La oscuridad y el silencio eran absolutos. Apoyó luego su rodilla derecha sobre el lecho, levantó la otra pierna y se echó al otro lado de Salma. Al pasar sobre ella un intenso olor a hombre perfumó el aire que rodeaba a la muchacha y se grabó para siempre en su memoria de niña-mujer. Era el inconfundible aroma de Gonzalo, su marido, el amor de su vida.

Permanecieron echados un rato, inmóviles, en silencio, inocentes, sin saber qué hacer, cómo continuar, saboreando y archivando en sus jóvenes cerebros toda la brutal información nueva que acababan de descubrir con sus manos y su olfato. Salma, más decidida, alargó entonces la mano hacia Gonzalo, encontró su brazo, buscó su mano, la asió y se la acercó a los labios para besarla. El muchacho sintió entonces la suavidad y la turgencia del pecho de adolescente de ella en el dorso de su brazo, su sangre entró en ebullición y ya no pudo parar de acariciarla y besarla, de disfrutar de aquella princesa africana que había comprado por cuatro reales de plata. La muchacha se estremecía de placer. Las grandes y cálidas manos de Gonzalo recorrían su cuello, sus pechos, su vientre, sus caderas, sus muslos, su. . . 

Salma despertó en aquel momento tan bonito de su sueño y en la oscuridad de la alcoba sintió una puñalada en el corazón al comprender cuán dura y fría había sido con su amado durante aquellos catorce meses. Y como si el sueño continuase alargó su mano hacia Gonzalo que dormía profundamente, acarició con suavidad el vello de su pecho, el vello de su vientre, el vello de su pubis y entonces el muchacho exclamó: "Ratita mía, ¿qué buscas por ahí abajo?"

Sí, aquella madrugada Gonzalo se levantó con el corazón rebosante de alegría. Había valido la pena esperar con paciencia catorce meses para conseguir aquel premio tan bonito. Le dolía tener que partir hacia Sevilla, pero había convenido con Don Antonio, el alcalde, que iría a buscar a su primo cartujo para que se hiciera cargo de la Parroquia de Grazalema, y él era un hombre de palabra. A la vuelta Salma le premiaría de nuevo haciéndole cosquillas con su mano de ratita por ahí abajo. . . 


Vigésimo séptimo capítulo


De camino hacia Sevilla: Benamahoma


Todavía con el dulzor de la miel de los labios de Salma en la boca, Gonzalo emprendió el camino hacia Sevilla con el corazón henchido de felicidad. Taufik había insistido en acompañarle por si le asaltaba alguna de las numerosas bandas de malhechores que recorrían los solitarios caminos de Andalucía. El gallego había aceptado a regañadientes, aunque en el fondo de su alma se alegraba sobremanera de la compañía del morisco. La única condición que le impuso fue que debía ir vestido de hidalgo como él, como un igual. Taufik no tenía ningún traje adecuado, pues siempre iba ataviado como un morisco converso. Gonzalo le prestó uno de sus vestidos confeccionado con tela de algodón azul. Se lo probó en la intimidad del dormitorio y cuando salió le venía tan exageradamente grande y estaba tan gracioso, que ninguno de los presentes al verlo pudo evitar reírse a carcajadas. Lo más ridículo eran los calzones que enfundados en las delgadas y cortas piernas de Taufik parecían unos faldones de mujer. Gonzalo fue quien más se divirtió con la escena. Al morisco le subieron los colores a las mejillas de pura vergüenza. El hidalgo sintió tanta ternura por él que sin parar de reír lo abrazó como un padre abraza a su hijo. 

Las cuatro mujeres, Zulema, Salma, Dagwa y Zahara, todas ellas hábiles modistas, en una hora escasa redujeron el traje a las medidas de Taufik. Se lo probaron una sola vez, le sentó de maravilla y su joven esposa al verlo tan elegante y apuesto, se emocionó, suspiró enternecida y se sintió la mujer más afortunada de Grazalema. Gonzalo le encajó luego sobre la cabeza uno de sus llamativos sombreros de color azul, a juego con el traje y adornado con dos largas plumas de águila imperial, se alejó unos pasos, le miró de arriba abajo y le pareció perfecto. 

-Le sienta bien, ¿verdad? - preguntó sonriendo a las mujeres.

-Si, Don Gonzalo, está más guapo que vos. - le respondió Dagwa y todos rompieron a reír a carcajadas. 

Así pues los dos amigos-hermanos, ataviados con sus trajes de hidalgo y sus cabezas cubiertas por amplios sombreros emplumados, se subieron a sus corceles andalusíes, dijeron adiós con la mano a sus seres queridos, echaron una última mirada al bellísimo pueblo blanco de Grazalema y con el sol naciente calentándoles la nuca se dirigieron hacia las escarpadas montañas de poniente.

Tardaron dos días en llegar a Benamahoma, pues buena parte del camino era cuesta arriba. Estaban cansados y decidieron reposar toda la jornada en aquella pequeña aldea habitada por un centenar de cristianos viejos y media docena de moriscos conversos. Taufik entabló conversación en andalusí con un joven pastor morisco que apacentaba un rebaño de cabras y le compró por dos monedas de vellón un gran tazón de humeante leche recién ordeñada.

-Gonzalo, mira lo que acabo de comprar. Está calentita y sabe de maravilla. ¡Pruébala!

-¡Uhmmm, qué rica! - exclamó el hidalgo tras dar un largo sorbo relamiéndose el mostacho con la lengua. 

Los dos amigos se fueron pasando el tazón hasta que no quedó nada de leche. Comieron luego una docena de higos secos y unas cuantas almendras y avellanas tostadas que Salma y Zulema les habían preparado para el viaje y a media tarde, mientras paseaban tranquilamente con los caballos, vieron un gran abeto con una amplia copa, se les antojó un buen lugar para pasar la noche, extendieron dos mantas sobre la mullida hojarasca que cubría el suelo, se sentaron sobre ellas y estuvieron platicando amigablemente hasta que anocheció y les entró el sueño. Entonces se echaron, se cubrieron con la manta, se desearon una buena noche y durmieron a pierna suelta como lirones hasta que el canto de un gallo benamahometano les despertó al alba.

Gonzalo se levantó de muy buen humor. Soplaba una suave brisa de poniente cargada de humedad que había cubierto de rocío la hierba del camino. Taufik estaba tan a gusto envuelto en la manta que no se animaba a levantarse. Quería seguir dormitando un rato más. El gallego le miró, puso cara de niño juguetón y sonrió divertido. Se mojó las manos con el fresco rocío y sin mediar palabra, a traición, se las pasó por la cara al dormilón que, sorprendido, dio un brinco, se quitó la manta de encima de una patada y salió corriendo tras el hidalgo.

-¡Cristiano cabrón, ven aquí si tienes lo que hay que tener! - gritaba enfurecido.

El gallego cojeaba visiblemente con su pierna más corta y Taufik pronto le dio alcance. Como un depredador que persigue a su presa se le echó encima de un salto, cayeron ambos al suelo sobre unas jaras con gran estrépito y se enzarzaron en una falsa pelea, revolcándose sobre la hierba húmeda entre risotadas de jóvenes gamberros.

Acabaron abrazados en el suelo y así permanecieron durante largos segundos, hasta que, entre jadeos, se separaron un poco, se miraron emocionados a los ojos y Taufik exclamó: "Después de Zulema y mi hijo, tu eres lo que más quiero en este mundo". Gonzalo tragó saliva sin dejar de mirar fíjamente a los ojos al morisco. Sus rostros seguían a unos pocos centímetros el uno del otro, al igual que sus corazones, que latían alocadamente y amagaban con estallarles en el pecho de pura emoción. El hidalgo volvió a tragar saliva y casi susurrando, le respondió: "Yo también te quiero, Taufik, desde el día en que te ofrecí una naranja de sangre y tu la aceptaste." El deseo fue más fuerte que la razón y acabaron besándose apasionadamente. Ya nada podía parar aquella locura. Entre besos y carícias se levantaron, buscaron unas matas altas donde esconderse, extendieron sus dos mantas sobre la hojarasca y entre jadeos se desnudaron uno al otro y se amaron como sólo dos hombres saben hacerlo. Media hora más tarde, ya serenos, seguían desnudos y abrazados y mirándose a los ojos. 

- Tu sabes que esto no debe repetirse. - le susurró el morisco.

- Lo sé, Taufik, pero creo que nunca antes había sido tan feliz.

- Yo tampoco,  Gonzalo. Soy tan feliz que desearía permanecer en tus brazos para siempre.

- Será nuestro secreto, el más inconfesable de nuestros secretos.

- Y permanecerá para siempre en lo más íntimo y bonito de nuestra memoria. - senteció Taufik.

Se dieron el último beso, la última caricia, se vistieron echándose miradas de cariño y volvieron a emprender el camino hacia Sevilla. Aquel acto de amor no se repetiría nunca más, pero ambos llevarían su recuerdo en lo más sagrado de su alma.


Vigésimo octavo capítulo


Utrera, la yesca y el pedernal


Gonzalo y Taufik temían haberse perdido. Hacía un par de semanas que caminaban hacia el oeste con el sol como única orientación, atravesando interminables abetales, robledales, alcornocales, encinares y coscojales por unos abruptos terrenos montañosos que hacían muy penoso su desplazamiento. Sabían que Sevilla se encontraba hacia poniente y hacia allí reemprendían el camino cada mañana. Les resultaba muy extraño que en todo aquel vasto territorio no hubiera ningún pastor apacentando su rebaño. Aquel inmenso bosque en algunos tramos era tan tupido, tan impenetrable que en varias ocasiones tuvieron que abrirse camino cortando ramas y arbustos con la espada de Gonzalo, como si de un machete se tratase.

Pronto agotaron todas las provisiones que llevaban consigo y tuvieron que alimentarse de las hierbas y los frutos silvestres de los árboles y arbustos que por allí crecían. Una tarde a puesta de sol, con sus entrañas rugiendo y retorciéndose famélicas en su vientre, cuando ya se disponían a acostarse sobre la mullida hojarasca de una vieja encina, Taufik vio allí cerca un rodal de acerolos cargados de frutos rojos, que algún campesino morisco había injertado unas décadas atrás sobre pies de majuelo y exclamó: ¡Gonzalo, mira, acerolas! Ambos tiraron al suelo la manta con la que se estaban envolviendo y corrieron veloces hacia aquellos árboles salvadores persiguiéndose como chiquillos y dando voces de pura alegría. Comieron acerolas hasta casi reventar. Estaban en su punto óptimo de maduración y se les antojaron deliciosas. Con el hambre saciada y el estómago tranquilo consiguieron dormir en paz toda la noche. A la mañana siguiente cogieron cuantas acerolas pudieron hasta llenar a rebosar sus alforjas y se las fueron comiendo por el camino durante los siguientes días, hasta que se les acabaron y volvieron a sentir en sus entrañas los lancinantes retortijones del hambre.

Taufik dominaba con maestría el arte de la caza con honda. A sus tiernos ocho años su padre le había enseñado a manejarla antes de morir asesinado por los cristianos del norte. Así que movido por el hambre que les atenazaba arrancó varias hojas tiernas de palmito. Retorciendo sus blancos folíolos trenzó una docena de cordeles muy finos de una vara castellana de longitud, ató cuatro de ellos bien tirantes y paralelos entre sí entre dos ramas de una coscoja a modo de pequeño telar y con las ocho restantes fue tejiendo una honda, más ancha en el centro que en los extremos. Gonzalo le miraba en silencio, sorprendido por su destreza. Cuando Taufik tuvo la honda terminada la apaleó con suavidad sobre un tronco caído para ablandarla y hacerla más maleable. Luego recogió dos docenas de pequeños cantos rodados del lecho de un torrente seco y puso uno en el centro de la honda.

-¡Hermano, vámonos de caza! - dijo sonriendo a Gonzalo.

Los dos hombres ataron los caballos a un alcornoque con una larga soga de esparto para que pudieran pastar y se adentraron en el bosque procurando hacer el menor ruido posible. De pronto el gallego vio una paloma torcaz posada sobre la rama de un roble, chasqueó los labios para avisar al morisco y se la señaló con la vista. Taufik hizo girar varias veces la honda mirando fijamente al ave y lanzó el canto rodado con tal fuerza que silbó en el aire dibujando una curva e impactó en la cabeza de la paloma que cayó fulminada. Los dos cazadores dieron voces y saltos de pura alegría y como dos sabuesos fueron a buscar la pieza entre los matorrales. La encontró Gonzalo y la levantó jubiloso para que la viera su amigo. 

 -¡Ya tenemos cena para esta noche! - exclamó mirando al cazador, mientras los estómagos de ambos rugían famélicos en sus vientres.

De camino al alcornoque donde habían dejado los caballos, Taufik degolló la paloma para que derramase la sangre, como le había enseñado su padre y luego la fue desplumando. Gonzalo, mientras, fue recogiendo un gran haz de ramas secas. 

En un claro del bosque, sobre unas rocas peladas, entre los dos trocearon las ramas y las amontonaron para encender una hoguera. De las alforjas de su caballo Gonzalo sacó una piedra de pedernal, un poco de heno muy fino que parecía un mechón de lana y un hongo reseco como un canto rodado negro que le servía de yesca. Colocó el heno con el hongo encima junto a la leña del lado donde soplaba el viento y con un cuchillo golpeó el pedernal para que echase chispas sobre la yesca que enseguida prendió y se puso al rojo vivo. Le acercó con suavidad el heno, con el cuchillo rascó sobre él la parte encendida del hongo, sopló varias veces sobre el polvo de brasas y una pequeña llama surgió de la hierba reseca. Con mucho cuidado la acercó a la leña que prendió de inmediato y con la ayuda del viento en pocos minutos lograron una gran hoguera. Taufik destripó el ave, la rellenó con brotes tiernos de romero, la ensartó en un palo de lentisco y la colocó sobre las brasas. Tras darle la vuelta varias veces consideraron que ya estaba asada y la despiezaron y se la repartieron como buenos hermanos. Se les antojó deliciosa. Aquella noche dormirían a gusto con el estómago lleno.

Al día siguiente reemprendieron el camino hacia Sevilla procurando que el sol de levante les diera en la nuca. Al mediodía un pequeño arroyo se interpuso en su camino y allí por fin encontraron indicios del paso de seres humanos: numerosas heces de cabra y unas alpargatas rotas. Atravesaron el arroyo montados en sus caballos y al otro lado oyeron unos silbidos que parecían de cabrero. Tras un rodal de olivos injertados sobre acebuches vieron por fin una gran manada de cabras apacentadas por tres niños, tres morisquillos de unos doce años, vestidos con ropas harapientas y calzados con una especie de babuchas de piel de cabra.

Cuando aquellos chiquillos vieron acercarse a los dos hidalgos, montados en sus altos y esbeltos caballos andalusíes y ataviados con sus lujosos trajes y sus magníficos sombreros emplumados, se asustaron sobremanera y como conejillos corrieron a esconderse tras unos lentiscos. Gonzalo y Taufik se miraron y sonrieron, se leyeron el pensamiento y sin mediar palabra se apearon de sus corceles, los ataron a las ramas de un olivo y se acercaron a los arbustos donde se escondían los tres cabrerillos.

-No temáis. Podéis salir. No os haremos ningún daño. - les dijo Taufik hablándoles en andalusí.

Una cabecita con el pelo encrespado, la tez morena y dos grandes ojos negros como el azabache se atrevió a asomarse tras una rama florida de lentisco. 

-¿Qué desean sus ilustrísimas? - les preguntó con voz temblorosa, hablándoles por deferencia en castellano con un fuerte acento andalusí.

-Llevamos muchos días perdidos por estos bosques sin comer nada decente. Nos venderíais un poco de leche de vuestras cabras. Estamos hambrientos. Os pagaremos bien. - les contestó Taufik otra vez en andalusí para que se tranquilizaran.

-¿Tenéis algún cuenco o tazón? - les contestó ya más tranquilo el chiquillo, esta vez en su lengua materna.

-Sí, tenemos dos tazones en las alforjas de los caballos. Voy a por ellos. - le respondió Taufik.

Gonzalo se quedó junto a los tres cabreritos, que le miraban temerosos y en silencio con ojos asombrados, pues para ellos era como un gigante fantástico de cuento de hadas con su gran corpulencia, su traje ocre, su amplio sombrero adornado con tres largas plumas de pavo real, su abundante cabellera pelirroja, su barba encrespada, su piel pecosa blanca como la nieve y sus ojos, sobretodo sus inquietantes ojos azules como el cielo andaluz.

-Vuestras cabras se ven muy hermosas. - les dijo en un casi perfecto andalusí con acento gallego, mientras les regalaba una de sus más tiernas sonrisas.

-Si, ilustrísimo señor, este año ha llovido en abundancia y hay mucha comida para las cabras. - le aseguró el más valiente de los chiquillos.
 
Taufik les dio los dos tazones y los tres morisquillos corrieron hacia las cabras, escogieron las que tenían las ubres más grandes, las ordeñaron con maestría y en unos minutos estuvieron de vuelta con los tazones rebosantes de humeante leche espumosa, que exhalaba un delicioso aroma que hizo rugir las hambrientas entrañas de los dos hombres.

-¡Ohhh, muchas gracias! - exclamaron con ojos desorbitados ante aquel elixir de dioses. - ¿Cuánto os debemos?

-Nada, nada, que les aproveche a sus ilustrísimas.

Gonzalo sacó tres vellones de cobre de su zurrón y se los quiso dar a los chiquillos, pero éstos se negaron a cogerlos. Eran esclavos y les estaba prohibido poseer nada, pues todo era de su amo. Taufik, que había sido un esclavo como ellos durante once años, de pronto comprendió, sintió una dolorosa puñalada en el corazón, se le humedecieron los ojos y no pudo evitar acariciar la mejilla a uno de los cabreros.

-¿Os gustaría ser libres y estar a nuestro servicio? - les preguntó.
 
-¿Libres?, ¿como los cristianos?

-Si, como los cristianos. Nosotros os compraremos y os daremos la libertad.

-Nuestro amo no nos querrá vender. Nos necesita para apacentar las cabras. - le contestó el mayor de los tres agachando la cabeza entristecido.

-Si querrá. ¿Queda muy lejos la casa de vuestro amo? - les preguntó Gonzalo, compartiendo la idea de Taufik, mientras daba sorbos al tazón de leche para aplacar el hambre.

-A medio día de camino hacia poniente, en el pueblo de Utrera, el de las cuatro razas.

-¿Utrera? ¿cuatro razas? Nunca había escuchado este nombre. ¿Te suena a ti, Taufik?

-Pues no, Gonzalo. Habrá que ir a ver. Me pica la curiosidad.

-Nosotros tenemos que volver para allá mañana por la mañana. - les informó el cabrerito.

-¡Perfecto! Iremos con vosotros. - sentenció Gonzalo.

Aquella noche cenaron todos juntos de leche de cabra recién ordeñada, acompañada de unos cuantos higos resecos que los morisquillos compartieron con los dos hidalgos. A los dos hombres casi les saltaron las lágrimas al coger los higos que con tanta generosidad les ofrecieron los pobres chiquillos. Era todo cuanto poseían.


Vigésimo noveno capítulo


Manolito, el niño esclavo de Utrera


Envuelto en la cálida manta con la que se abrigaba durante las frías noches de aquel largo viaje por tierras del Guadalquivir, Taufik soñaba con su amada Zulema, reviviendo el momento mágico en que tras comprarla por tres ducados de oro la vio aparecer, ya suya, temblorosa y menuda, del fondo de la casa de su ama con la cabeza agachada y cubierta con un velo blanco. Aquel día fue tal vez uno de los más felices de su vida. Liberar de la esclavitud a la persona que más quería, aquella frágil chiquilla tan desgraciada y tan sola, tanto como él mismo, era lo que más deseaba en la vida. 

El sueño continuó en la calle de las Piedras, él delante y ella detrás, a los preceptivos siete pasos de distancia, sintiendo como le seguía sumisa y resignada, convencida de que la iba a violar. Cuando abrió la puerta de la casa que había comprado para ella y se dio la vuelta para darle siete reales de plata para su sustento, ella no se inmutó, no le contestó, no cogió el dinero, permaneció temblorosa y cabizbaja, preparándose mentalmente para soportar la violación que se suponía que tenía que ocurrir en cuanto entrase en la pequeña morada, pues era lo que solía sucederles a las esclavas hermosas que acababan de ser compradas, pero Taufik la quería demasiado para hacerle una cosa tan cruel, ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Mirándola en silencio desde el umbral de la puerta se dio cuenta de que sollozaba. Lo dedujo por los estertores de su cuerpo, pues no profería ningún ruido y escondía su rostro bajo el velo blanco. Al verla tan vulnerable e indefensa, el muchacho sintió una puñalada en el corazón, se le humedecieron los ojos, comprendió la espantosa angustia de aquella pobre muchacha, dejó las siete monedas sobre una mesa y se dispuso a marcharse para que ella pudiera tranquilizarse. Al pasar por su lado le dijo con toda la dulzura de la que fue capaz: "No temas, yo jamás te haría una cosa así". Unos cincuenta pasos después Taufik se dio la vuelta y vio que Zulema le miraba apostada junto a la entrada de la casa. En su rostro creyó percibir una sonrisa y entonces él también le sonrió. Durante unos segundos se miraron fijamente a los ojos y se leyeron el alma. Una cadena invisible e inquebrantable se estaba fraguando entre ellos para siempre.

-¡No, no quiero hacerlo, dejadme ir por el amor de Dios! - gritó en sueños el más pequeño de los cabrerillos.

Todos se despertaron sobresaltados en la oscuridad de la noche, creyendo que estaban siendo asaltados por unos bandoleros, pero allí no había nadie más que los tres morisquillos, los dos viajeros, los caballos y las cabras, la mayoría de ellas echadas, dormitando unas y rumiando las correosas hierbas pastadas durante el día las otras. 

-¿Qué ha pasado? ¿Quién gritaba? - preguntó Gonzalo con el corazón galopando en su pecho, reviviendo angustiado el asalto sufrido un año atrás en la cueva de Villaluenga del Rosario.

-Nada, señor, Manolito grita mucho por la noche. Tiene muchas pesadillas. - le contestó el mayor de los morisquillos.  

Gonzalo se levantó envuelto en la manta, pues hacía mucho frío. Con la escasa luz de la luna menguante consiguió ver el bulto de Manolito, se acercó y se sentó a su lado. El niño sollozaba aterrorizado. Le acarició su encrespado cabello y le habló como un padre con toda la delicadeza y la ternura de la que fue capaz.

-¿Has tenido una pesadilla, verdad?

-Si, ilustrísimo señor. Cada noche tengo el mismo sueño que me hace gritar de miedo y no me deja dormir.

-¿Y en qué consiste este sueño, Manolito?

-No os lo puedo decir, señor. Mi amo me mataría.

-A mi me lo puedes contar, sabré guardarte el secreto. Te doy mi palabra de hidalgo y ya sabes que los hidalgos debemos cumplir nuestra palabra o perdemos para siempre nuestro honor.

-Lo sé, ilustrísimo señor, pero.... - le contestó el chiquillo mirando hacia los demás cabreros.

-De acuerdo, Manolito, te entiendo. Prefieres decírmelo a solas, ¿verdad?

-Si, señor hidalgo.

Gonzalo se levantó, cogió en brazos al niño envuelto en su manta y se alejó unos cuarenta pasos. Manolito era tan menudo y estaba tan delgado que pesaba menos que un cabritillo. Su padre, también esclavo, había muerto salvajemente apaleado por su amo hacía unos pocos años. En los amorosos y cálidos brazos de aquel corpulento hombretón gallego se sintió protegido, suspiró aliviado y bajó todas sus defensas. Le inspiraba una confianza absoluta.

Gonzalo se sentó sobre un tronco caído sin soltar al niño, con el dorso de la mano le acarició la mejilla mirándole fijamente a los ojos y de pronto, al leer una tristeza infinita y un miedo atroz en su inocente mirada, intuyó que debía protegerlo de algo terrible.

-Ya nadie nos oye. Dime, Manolito, ¿qué es lo que te atormenta todas las noches?

-Señor, mi amo me obliga a hacerle cosas sucias.

-¿Cosas sucias? - le preguntó Gonzalo sintiendo un vuelco en el corazón.

-Si, cosas muy feas que son pecado mortal. Me dice que me va a matar a palos como a mi padre si sabe que se lo he contado a alguien. Al principio yo no quería hacérselo y me pegaba con una vara hasta hacerme sangre. - le confesó el pobre niño temblando de miedo y sollozando.

-¿A tu padre también le obligaba a hacerle cosas sucias?

-Creo que si, ilustrísimo señor. Un día yo jugaba en el establo con otro niño a hacer nidos de gallina con la paja y de pronto escuché al amo que le ordenaba a mi padre que separase las piernas y se agachase, que se la quería meter. Yo no entendí que era eso de meter. Mi padre se negó, intentó huir y entonces el amo cogió un palo de acebuche y le golpeó hasta matarlo. Mi amigo y yo estuvimos escondidos todo el día en el establo y no nos atrevimos a movernos hasta la noche por miedo a que también nos matase. 

-¡Santo Dios! - exclamó Gonzalo escandalizado, mientras el chiquillo continuaba con el terrible relato.

-Mi madre y otro esclavo enterraron a mi padre en el bosque a los pies de un viejo abeto. Yo sé dónde está enterrado, mi madre me lo dijo y a veces le llevo un ramo de flores de romero y le cuento mis cosas.

Gonzalo estaba horrorizado. Era lo más fuerte que había escuchado en su vida. Mientras el niño seguía contándole lo que le atormentaba por las noches, el gallego sintió una ternura inmensa por él y acercó su demacrado cuerpo maltratado contra su pecho en un intento de protegerlo y darle el cariño que nunca había tenido.

-Unas semanas después mi amo empezó a tocarme. Me bajaba el calzón, me chupaba la pilila, me lamía los huevines y me metía un dedo en el culo. Yo tenía tanto miedo que me dejaba hacer. Luego quiso que yo hiciese lo mismo con él, que le chupase su apestoso rabo que olía a meado y a queso podrido. A mi me daba mucho asco. Me lo metía hasta la garganta y no me dejaba respirar, me ahogaba, me producía arcadas y si yo intentaba sacarlo de mi boca no me dejaba, me agarraba por las orejas y me obligaba a chupar hasta que rugía y resoplaba como una bestia y entonces me llenaba la boca con una cosa asquerosa que le salía por el rabo y me hacía vomitar. 

Gonzalo no pudo aguantar más y se echó a llorar en silencio y para que el niño no se diera cuenta ladeó la cabeza y miró hacia la luna.

-Se lo dije a mi madre que le amenazó con contárselo todo al capellán de la Iglesia de Utrera. El amo entró en cólera, le dio un puñetazo, la tiró al suelo y luego le dio patadas hasta que creyó que estaba muerta. 

Aquí Manolito ya no pudo seguir y se echó a llorar. Gonzalo le acompañó en el llanto, le dio un beso en la frente y le abrazó todavía más fuerte para consolarlo. Al cabo de un rato ambos se serenaron y permanecieron abrazados y en silencio durante mucho tiempo, el que necesitó Gonzalo para asimilar todo aquel horror, aquella depravación, aquella inmunda maldad.

-Manolito, ¿sobrevivió tu madre a la paliza? 

-Si, ilustrísimo señor, dos esclavas la recogieron del suelo y la cuidaron hasta que se recuperó. 

-¿Tu amo ha seguido abusando de ti después de esto?

-Si, casi todos los días, salvo cuando se encapricha con otro niño o niña y se olvida de mí por un tiempo. Yo le digo a mi madre que el amo ya no me molesta para que no sufra, pero ella no me cree.

-¿Ha abusado también de tus dos compañeros?

-No, de ellos no. Sabe que son hijos suyos y les respeta. Son hermanos, hijos de la misma esclava, de la que abusó durante años mientras era una niña hasta que dejó de gustarle por haberse hecho mujer y la vendió a un mercader de esclavos de Sevilla.

Gonzalo quedó pensativo un largo rato. Intentó contactar mentalmente con la hechicera Dagwa para que le ayudase a tomar una decisión. Luego de pronto suspiró aliviado, miró a Manolito y le sonrió. Los negros ojos del morisquillo iluminados por los tenues rayos de la luna menguante se cruzaron con los del gallego, pero no logró entender. 

-¿Sabes qué te digo, Manolito?

-¿Qué, señor?

-Que vosotros tres ya no volveréis a pisar la casa de vuestro amo. - le aseguró el gallego mirando a Taufik que se había acercado a ellos sin que el niño se diera cuenta y había escuchado toda la conversación.

-No podemos escaparnos, señor hidalgo. Los alguaciles nos buscarían y nos detendrían y luego el amo nos mataría a palos.

-Tranquilo, déjalo todo en nuestras manos. Taufik y yo sabremos cómo solucionar este problema.

-¿Y qué haremos nosotros mientras tanto? ¿Y las cabras?

-Las llevaremos hasta las afueras de Utrera. Vosotros os quedaréis con ellas y nosotros dos iremos a hablar con el alcalde y el capellán. No os preocupéis si tardamos varios días. Volveremos a por vosotros cuando todo esté solucionado. ¡Palabra de hidalgo!


Trigésimo capítulo.


Utrera, la villa de las cuatro razas



Eran las tres de la madrugada y en el valle del Guadalguivir caía una helada infernal que estaba cubriendo de escarcha la hierba rala recién pastada por las cabras. Manolito, el menor de los tres cabreros, tras sacar fuera todo lo que le atormentaba, se había terminado durmiendo en los protectores brazos del hidalgo y éste no se atrevió a despertarlo. Sin soltar al niño se sentó como pudo sobre la mullida hojarasca que cubría el suelo bajo la copa de un viejo algarrobo, se recostó de lado, agarró su gran manta con una mano y cubrió con ella su cuerpo y el del cabrerito. Gonzalo no consiguió dormirse. El intenso olor a cabra del niño y la sutil brisilla de su aliento golpeando su barba le hicieron sentir una ternura tan grande hacia el pequeño que no pudo evitar que le saltasen de nuevo las lágrimas. Era un hombre bueno y extremadamente sensible.

Aquella fría madrugada Manolito pudo dormir por fin durante unas horas sin pesadillas, tranquilo, sereno, seguro, protegido y arropado por los paternales brazos del hidalgo que, teniéndolo en su regazo, mientras escuchaba escandalizado e indignado su doloroso relato, se había encariñado con el pobre chiquillo y ya se sentía un poco su padre. 

Cuatro horas después, al alba, se levantaron todos muy animados, se mojaron las manos con la gélida escarcha y se las pasaron por la cara para despejar su mente y limpiar los ojos de los miasmas del sueño. Los tres cabrerillos ordeñaron media docena de cabras, llenaron a rebosar los dos tazones de Gonzalo y Taufik y se los llevaron corriendo con una alegría y un agradecimiento tan grandes en su alma que a los dos hombres se les humedecieron los ojos al verlos tan felices, mientras los chiquillos corrían de vuelta hacia las cabras para desayunar ellos también dando saltos y cabriolas en el aire como cervatillos. Los niños no necesitaban ningún tazón. Cuando tenían hambre mamaban directamente de las ubres de las cabras. Los dos hombres reían y lloraban al mismo tiempo, mientras sorbían la humeante leche de sus tazones y se relamían la cremosa espuma blanca de los mostachos. 

Las cabras conocían de memoria el camino de vuelta hacia Utrera. Las más viejas se situaban delante y dirigían el rebaño. El macho cabrío cubría la retaguardia y se aseguraba de que ninguna de sus hembras se separaba del grupo. Los cabritillos lactantes permanecían pegados a su madre y los destetados caminaban en el centro de la manada rodeados por sus madres, tías y hermanas mayores, como hicieran varios milenios atrás cuando todavía no habían sido domesticadas. Era algo instintivo que permanecía grabado de forma indeleble en sus genes, una manera muy inteligente de proteger a los más jóvenes de los depredadores. Los dos hombres, los tres niños y los caballos caminaban detrás del rebaño al ritmo de las cabras.

Pronto divisaron a lo lejos las primeras casas de Utrera. Gonzalo y Taufik galoparon raudos hacia la villa montados en sus corceles y los tres chiquillos permanecieron en las afueras apacentando las cabras. El hidalgo les había advertido de que seguramente tardarían unos cuantos días en volver a por ellos, que no se preocupasen. Los niños confiaban ciegamente en los dos hombres. Eran su única esperanza para liberarse de la esclavitud. 

Utrera era un pueblo rebosante de vida con sus bulliciosas y polvorientas calles llenas de gente extraña ataviada con vestidos multicolores. Se veían bastantes cristianos viejos y no menos moriscos conversos, fácilmente distinguibles de los demás por sus típicas vestimentas que les identificaban. 

Entre aquel abigarrado gentío los dos gaditanos no supieron reconocer a los que vestían diferente, que eran prácticamente la mayoría. Unos llevaban calzón, camisa y sombrero amplio los hombres y blusa, falda o vestido completo y velo las mujeres, muy parecidos a los de los moriscos, pero claramente distinguibles de ellos. Eran los llamados marranos, judíos conversos que seguían practicando en secreto su milenaria religión judaica, como si la llevasen incrustada en lo más profundo de su alma.

Otros, tanto varones como hembras, llevaban las mismas prendas que los demás utreranos pero de colores muy vivos y alegres, ellas con flores bordadas en sus vaporosas faldas y en sus llamativos velos y ellos con un calzón ceñido, un vistoso pañuelo anudado alrededor del cuello y la cabeza cubierta con un pequeño sombrero ladeado, adornado con una pluma de paloma torcaz, muy diferente a los amplios sombreros de los cristianos viejos y los marranos. Su tez era muy oscura, sus ojos y su cabello intensamente negros y sus rasgos hermosos, especialmente los de las mujeres. Se hacían llamar calés, egiptanos o gitanos, aunque entre los cristianos viejos también se les conocía como flamencos, germanos y cristianos nuevos, pues nada más llegar a Andalucía adoptaron al Dios cristiano como propio y lo integraron en su politeísta religión hindú. Entre ellos hablaban una extraña lengua del norte de la India, el caló, la misma con la que cantaban canciones llenas de sentimiento en los patios traseros de sus casas o en la misma calle, acompañadas de rítmicas palmadas, repique de castañuelas y bailes rebosantes de fuerza y sensualidad. 

Con frecuencia los moriscos se apuntaban a estas fiestas espontáneas con las que se sentían un poco identificados, pues se les antojaban parecidas a los zéjeles andalusíes con sus leilas y sus zambras, sus músicos tocaban sus instrumentos norteafricanos al compás de las palmadas y sus mujeres bailaban sus sensuales bailes morunos mezcladas con las gitanas. La combinación de las músicas, los bailes y las canciones hindúes y musulmanas resultaba tan alegre y hermosa, que muy pocos cristianos viejos y judíos conversos podían resistir la tentación de acudir a curiosear. Al principio se limitaban a contemplar el espectáculo, pero era tan animoso, rebosaba tanto sentimiento y su ritmo era tan contagioso que poco a poco empezaron a participar dando palmadas y con el tiempo fundieron sus cítaras castellanas con los laúdes árabes y las sitar hindúes y dieron lugar a un instrumento híbrido, la maravillosa guitarra flamenca. 

(Según el profesor Antonio Manuel Rodríguez Ramos de la Universidad de Córdoba, la palabra Flamenco viene de la unión de dos vocablos del árabe andalusí: felah mencub, que significa "el que no tiene nada", el marginado, el desposeido de sus bienes, lengua, cultura y religión, es decir, los moriscos, los judíos y los gitanos, a los que les fue arrebatada la tierra y los bienes, les fue prohibida la lengua y fueron obligados a bautizarse y a renunciar a su identidad. Así pues, como no podían protestar ni rebelarse abiertamente contra el poder de los nuevos amos cristianos, convirtieron sus cantes y sus bailes en la expresión de su dolor, su pena, su tristeza, su añoranza, su memoria. Era el cante y el baile de los "sin nada", de los felah mencub, de los flamencos.)

Los gitanos odiaban permanecer siempre en el pueblo. Les gustaba la vida de nómadas y continuamente iban y venían en sus carros tirados por mulas, recorriendo las tierras y pueblos que rodeaban Utrera, llegando hasta Sevilla, para retornar después al cabo de semanas o meses, compartir alegremente durante unos días con familiares y amigos los acontecimientos de su último viaje y volver a partir luego hacia una nueva aventura. 

Su carácter festivo marcaba la vida cotidiana del pueblo. Se decía que procedían todos de una misma familia que había llegado al nuevo asentamiento que luego sería Utrera hacía sólo tres generaciones. Se ganaban el sustento haciendo odres con el cuero curtido de sus propias mulas y de los caballos y burros viejos que compraban a los cristianos, que luego vendían en los mercados de los pueblos vecinos y en la misma Sevilla con el nombre de utreras, que era como en aquel tiempo los cristianos viejos de Andalucía llamaban a los odres (del latín clásico uter, utris, plural utra y en latín vulgar utera o utrera). 

Las malas lenguas aseguraban que tenían la fea costumbre de raptar a niños de otras razas, especialmente moriscos, a los que criaban como hijos propios, con la intención de renovar un poco su endogámica sangre y evitar casarse hermanos con hermanas, tíos con sobrinas o primos con primas. Sus mujeres eran tan fecundas y madres tan entregadas que todas las familias contaban con numerosos hijos y pronto fueron mayoría, de manera que cuando los foráneos se querían referir al pueblo decían "la villa de los Utrera". Cinco siglos después Utrera sigue siendo un apellido gitano.

Gonzalo y Taufik, tras pasear media hora por aquellas concurridas calles, buscaron una posada donde alojarse con los caballos. Para ganarse su voluntad pagaron dos reales de plata por adelantado al posadero, que se deshizo en atenciones con ellos y les informó encantado de todo cuanto querían saber. Se dieron un baño con agua caliente y jabón perfumado de la almona de Sevilla para quitarse la mugre de cuatro semanas de viaje y, tras reposar un rato y almorzar un delicioso cocido utrerano de garbanzos que les supo a gloria, salieron a la calle a disfrutar del bullicio de la gente de aquella villa, la de las cuatro razas.

Al ir los dos vestidos de hidalgo se dirigían a la gente en castellano y se divertían disimulando como si no los entendieran con los comentarios en andalusí que hacían las mujeres moriscas al verlos tan apuestos. Las gitanas también les echaban piropos en caló, pero no les entendían las palabras, sólo la intención.

Al día siguiente, que era domingo, los dos gaditanos acudieron a oír misa en la iglesia de Santa María de la Mesa, que dos siglos atrás había sido la mezquita de los primeros pobladores mudéjares. Ambos comulgaron con gran devoción para llamar la atención del capellán y al finalizar el oficio religioso Gonzalo entró en la sacristía.

-¡Buenos días, reverendo padre! - le saludó besando la cruz que pendía de su cintura.

-¡Buenos días! ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

-Soy Don Gonzalo de Limia y Alláriz, Señor del Arroyo de Cidrones de la villa de Ubrique.

- ¿Y qué os trae por aquí, Don Gonzalo?

-Necesito vuestra ayuda, reverendo padre. He tenido conocimiento de los abominables abusos carnales contra un niño a manos de un rico hacendado de Utrera. Mis sólidas creencias cristianas me obligan a denunciar ante vuestra reverencia tan depravada conducta. Sólo deseo que me echéis una mano para hacer justicia y cortar de raíz esta terrible ofensa a Dios Nuestro Señor. 

-Sentémonos, Don Gonzalo y contadme lo que sabéis de tan delicado asunto.

El hidalgo no omitió ningún detalle. Nada más empezar a hablar se dio cuenta del evidente nerviosismo del sacerdote, cuyo rostro enrojeció, sus ojos se humedecieron y empezó a sudar profusamente. El pobre hombre había sido víctima de abusos en su infancia a manos de su propio padre y aquel truculento relato removió todo el dolor que llevaba escondido en lo más íntimo de su mente. Entendía perfectamente la indignación del hidalgo. Había vivido un horror semejante en sus propias carnes.

-Dejadlo en mis manos, Don Gonzalo. Ahora mismo voy a hablar con mi primo Don Gervasio, el alcalde de Utrera. Es un cristiano muy devoto, inflexible con los pecados de la carne y más todavía cuando se trata de conductas tan depravadas. Tened por seguro que mañana mismo a estas horas se habrá hecho justicia.

-Muchísimas gracias, reverendo padre. Os agradezco infinitamente que me hayáis atendido. Tomad estas monedas. Son un modesto donativo para la iglesia de Santa María de la Mesa. - le dijo, dándole un pequeño zurrón con diez ducados de oro.

-Gracias, Don Gonzalo. Vuestra dádiva ya no puede ser más oportuna. El templo necesita urgentemente arreglar el tejado pues está lleno de goteras.

-Gracias a vos, reverendo padre. Ah, se me olvidaba. Tengo pensado llevarme a Ubrique a los tres cabrerillos para liberarlos de la esclavitud. La madre de Manolito vive en el cortijo. Me gustaría llevármela también para no separarla de su hijo. Necesito vuestra aprobación y el permiso del señor alcalde.

-Vuestras intenciones son muy gratas a mis oídos. Por mi parte tenéis mi aprobación. Hablaré de ello con Gervasio y os conseguiré su permiso. Volved mañana a estas horas y os daré el documento de custodia de los niños firmado por el alcalde.

-De nuevo os doy las gracias, reverendo padre.

Dos horas después el amo de Manolito era detenido por tres alguaciles. Antes de tomar una decisión el alcalde quiso conocer la versión de los hechos de boca de la madre del niño. Escandalizado o mejor dicho horrorizado no dudó de la veracidad de las palabras de la esclava. Con los ojos húmedos por la fuerte impresión se levantó, miró con desprecio y asco al perverso utrerano y sin dudarlo ni un segundo le sentenció a morir en la horca. Una hora más tarde su cuerpo pendía de una soga en la plaza de Utrera. Ningún utrerano quiso perderse el espectáculo. Uno a uno fueron desfilando ante el ahorcado y muchos de ellos le escupieron y le maldijeron indignados. 


Trigésimo primer capítulo


El cartujo de Sevilla


Al día siguiente, tal como habían convenido con el capellán, Gonzalo retornó a la Iglesia de Santa María de la Mesa para recoger el documento firmado por Don Gervasio, el alcalde de Utrera, que le otorgaba la custodia y propiedad de los tres cabrerillos. 

-Buenos días, reverendo padre. - le saludó el hidalgo besando el crucifijo que pendía de su cintura.

-Buenos días nos dé Dios, Don Gonzalo. Llegáis en el momento oportuno. Un alguacil acaba de traer el documento.

-Muy diligente ha sido vuestro primo, reverendo padre. - le contestó el gallego fijando sus ojos en una mujer descalza vestida con ropas harapientas, que permanecía sentada en un rincón con la cabeza totalmente cubierta por un velo negro. El capellán se dio cuenta y sonrió.

-La mujer que estáis mirando es la madre del cabrero Manolito. Se llama Fronilde. Ahora os pertenece. Gervasio os la ha donado en propiedad. Podéis liberarla si queréis o mantenerla a vuestro servicio como esclava.

-Pues si me pertenece, ahora mismo, ante vuestra reverencia como testigo, le concedo la libertad. De ella sólo quiero que venga conmigo a Ubrique para cuidar de su hijo.

-Vuestra bondad os honra, Don Gonzalo. Sois digno de vuestra hidalguía. Fronilde, anda, vete con este noble señor, tu niño te está esperando. Desde este momento eres una mujer libre.

Aquel ser atormentado y maltratado, cubierto con sus harapientas ropas negras, se levantó del suelo temblando por la emoción, se acercó a los dos hombres, se arrodilló ante ellos y llorando ruidosamente les besó los pies a ambos dándoles las gracias repetidas veces. Gonzalo se emocionó y sintió una gran ternura por ella. 

-Levántate, mujer. No nos des las gracias a nosotros, dáselas a Don Gervasio por su gran corazón. Venga, que Manolito nos está esperando. - le dijo mientras la agarraba de los brazos y la levantaba.

Fue entonces cuando Gonzalo le vio la cara por primera vez. Fronilde tendría sólo unos treinta años, pero estaba tan envejecida que aparentaba sesenta. Su pelo casi blanco había encanecido prematuramente. Incluso sus cejas habían perdido el color castaño de su juventud y estaban tan descoloridas como su cabello. Su rostro estaba desfigurado por espantosas y profundas cicatrices, amargos recuerdos de las numerosas palizas despiadadas que había recibido de su amo. Su labio superior estaba partido en su mitad izquierda, sin duda por una patada, un puñetazo o un bastonazo y le confería una mueca extraña, casi repulsiva, y más todavía si abría la boca y dejaba ver su despoblada y ennegrecida dentadura. También estaban partidas en varios sitios sus dos cejas, y sus ojos negros como el azabache reflejaban un sufrimiento espantoso, una tristeza inconmensurable, una decepción tan grande de la vida y de la gente que sólo otro esclavo como ella podía comprender. Gonzalo la miró a los ojos durante dos largos segundos y lo que leyó en ellos le hizo sentir una puñalada en el corazón y un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Tragó saliva, parapadeó varias veces para ahogar las dos lágrimas que amagaban con brotar de sus ojos y, no sabiendo cómo reaccionar, le dio un beso en la frente y la abrazó con ternura.

-Id con Dios, Don Gonzalo. - le dijo el capellán con un nudo en la garganta, emocionado él también por aquella escena tan triste y a la vez tan bonita. Nunca había conocido a un hidalgo con tan buen corazón.

-Muchas gracias por todo, padre Alberto. Por cierto, se me había olvidado decirle a vuestra reverencia que mi viaje no termina en Utrera. En realidad estoy de paso, pues me dirijo a Sevilla. Voy a buscar a mi primo Teovigildo, un renombrado predicador cartujo, para ofrecerle la parroquia de Santa María de la Encarnación de la villa de Grazalema, que recientemente ha quedado vacante. 

-Vaya, ¡qué pequeño es el mundo! Resulta que me une una gran amistad con Teovigildo. Yo también fui monje en el Monasterio de los cartujos de Sevilla hasta que me reclamó Gervasio para dirigir esta parroquia. Por cierto, ¿os llevaréis con vos a los niños?

-Si, por supuesto, no quiero dejarlos solos durante tantos días. Le rogaría a vuestra reverencia que se hiciera cargo de las cabras. Ahora no tienen amo. Nos llevaremos solamente media docena de hembras para alimentarnos con su leche. 

-De acuerdo, Don Gonzalo. Esperad un momento. Llamaré a dos de mis sirvientes para que os acompañen y traigan el rebaño.

-Debo abusar de nuevo de vuestra bondad, padre. ¿Tendríais por casualidad una burrita para Fronilde? - le preguntó señalando los pies descalzos de la mujer.

-Si, tengo tres en el establo. Os regalo la que elijáis. 

-Os lo agradezco de corazón, reverendo padre, pero no sería justo por mi parte aprovecharme de vuestra generosidad. Os la pagaré gustoso.

Unas horas después llegaban al campo de las afueras de Utrera donde les esperaban los niños. Manolito creyó reconocer desde lejos a su madre montada en la burrita, enloqueció de alegría y corrió hacia ella. 

-¡Madre! ¿Sois vos?

-¡Si, hijo mío! - exclamó la mujer con lágrimas en los ojos mientras se retiraba el velo que cubría su rostro.

Una jara se interpuso en la carrera del niño y cayó de bruces a tres pasos de su madre. Fronilde se apeó de un salto del animal, levantó a su hijo y ambos se fundieron en un cálido abrazo. A los dos hombres, sobretodo a Taufik, se les humedecieron los ojos al ver la alegría del niño. El morisco sintió una dolorosa puñalada en el corazón al recordar a su madre Zahira, tragó saliva y poco le faltó para echarse a llorar. Sólo tenía ocho años cuando se la arrebataron salvajemente.

Una vez los cabreritos hubieron escogido las seis cabras que más y mejor leche daban, los dos sirvientes del capellán se llevaron el rebaño a pastar a unos campos propiedad de la Iglesia de Santa María de la Mesa, situados en la parte trasera del templo.

Don Gonzalo ayudó a Fronilde a montar de nuevo sobre la burra para que sus pies descalzos no sufrieran heridas con las cortantes rocas y los espinosos arbustos de aquellos campos tan agrestes y él y Taufik se montaron a los lomos de sus caballos y se situaron detrás de los niños que rodeaban las cabras para que no se escapasen, pues dominadas por su poderoso instinto gregario continuamente intentaban reunirse con el grueso del rebaño que se alejaba.

Dos días después llegaban a Sevilla. En ocho años la ciudad había crecido tanto, se había asentado en ella tanta gente venida del norte, que Gonzalo no la reconoció. En una bulliciosa y concurrida plaza cercana al río Guadalquivir preguntaron a la gente por dónde quedaba el Monasterio de Santa María de las Cuevas, conocido también como Monasterio de la Cartuja. Por suerte no estaba lejos. Taufik, Fronilde, los tres niños y los animales se quedaron allí esperando a Gonzalo, que fue andando hasta el monasterio. Su corpulencia, su gran altura, su amplio sombrero emplumado de hidalgo, sus llamativas cabellera y barba pelirrojas, sus inquietantes ojos azules y sobretodo su apostura de príncipe llamaron poderosamente la atención de las sevillanas, que con su gracia y su característico acento andalusí le cubrieron de piropos, impresionadas, más bien maravilladas por su turbadora belleza celta. Él se hacía el despistado, como si aquel bombardeo de lisonjas no fuera para él y su falsa indiferencia enardecía todavía más a las mujeres que competían entre ellas para lanzarle chascarrillos cada vez más tórridos y atrevidos.

-Buenas tardes, hermano. Soy el primo de Teovigildo. ¿Sigue todavía aquí? - le preguntó al monje portero.

-Aquí sigue entre nosotros, gracias a Dios. ¿Queréis que le llame?

-Os lo agradecería mucho, hermano. Decidle que está aquí su primo Gonzalo.

-Pasad y sentaos, Don Gonzalo. Ahora mismo voy a por él.

La impresión que se llevó el hidalgo al ver a Teovigildo fue muy grande, tanto que por un momento creyó que no era él, que el hermano se había equivocado de persona. El apuesto, robusto y fornido muchacho lleno de vida con el que había hecho el viaje desde su lejana Galicia natal estaba irreconocible. Tenía un aspecto deplorable, demacrado, pálido, encogido, apagado, como si estuviera gravemente enfermo. Antes de abrazarlo le miró fijamente a los ojos para asegurarse de que era realmente su primo, el hijo primogénito del hermano de su padre. 

El portero se alejó discretamente y les dejó solos para que pudieran hablar de sus cosas. Teovigildo estaba muy mal, tanto que no pudo responder a las preguntas de su primo y se echó a llorar como un niño. Gonzalo le abrazó por segunda vez, sintiendo en su pecho los estertores de su llanto. Su privilegiada inteligencia y su gran empatía iluminaron su mente y de pronto creyó entender la causa de la inconmensurable tristeza de Teovigildo: necesitaba salir de allí, sentirse libre. La penumbra permanente de aquel monasterio, la fría rutina diaria de la vida monacal, la férrea disciplina y la ausencia de cariño habían sumido al cartujo en una profunda depresión. Gonzalo le explicó el motivo de su visita y de pronto a Teovigildo se le iluminó el semblante, le brillaron los ojos y en sus labios se esbozó una casi imperceptible sonrisa.

-¡Sácame de aquí, Gonzalo! - le suplicó mirándole a los ojos. - Me estoy muriendo de melancolía.

-A esto he venido, querido primo.

-Ven conmigo, pues. Vamos a hablar con el padre abad. Será difícil convencerle para que me deje marchar. ¿Llevas dinero? - le preguntó el cartujo con cara de circunstancias.

-Lo llevo. Sopesa este zurrón lleno de oro a ver si te parece que será suficiente. - le contestó el hidalgo con una sonrisa.

-Con la mitad habrá de sobra. No valgo tanto. - le aseguró humilde Teovigildo lleno de esperanza.

Y así fue. El monasterio estaba pasando por una mala racha económica y los treinta ducados de oro de Gonzalo fueron como una bendición caída del cielo. El padre abad se hizo un poco de rogar, bueno, más bien lo simuló, pero al final dejó marchar al gallego. Cuando los dos primos salieron de la celda abacial, se miraron a los ojos y se fundieron en un fuerte abrazo.

Teovigildo no se llevó nada del monasterio, sólo lo puesto. Así eran las normas. Al ya ex-cartujo no le importó. Cuando salió a la calle los poderosos rayos del sol de Andalucía iluminaron su rostro. Emocionado, con el corazón galopando libre y feliz en su pecho, levantó la cabeza, se retiró la capucha, se encaró al astro rey y cerró los ojos para sentir su calor. Luego aspiró profundamente el aire fresco de Sevilla y dos grandes lágrimas resbalaron por sus mejillas. Era un hombre libre, sacerdote, eso sí, pero libre.

A los tres morisquillos al principio les dio un poco de miedo aquel hombre vestido con sotana y capucha blancas, pero la afabilidad y la recuperada alegría de Teovigildo pronto rompieron su desconfianza. A las pocas horas ya jugaba con ellos como si fuera un niño grande y al día siguiente al alba Manolito le quiso llamar, no se acordó de su extraño nombre y le llamó "padresito Gildo" y con este cariñoso nombre se quedó. Incluso Fronilde le llamaba como los niños. La morisca era inmensamente feliz. Por primera vez en su vida reía a carcajadas con los brincos y cabriolas de su Manolito, mientras éste perseguía al cura gallego saltando jaras y lentiscos como dos cervatillos. De pronto se volvió hacia Gonzalo, le miró a los ojos, sus mentes conectaron, se leyeron el alma y ambos se regalaron una amplia sonrisa.

-¡Gracias, señor! - alcanzó a decir Fronilde con la voz entrecortada por la emoción.


Trigésimo segundo capítulo


Era un simple semental, uno más de la lista


Los tres hombres, los tres cabrerillos, la recién liberta Fronilde y la comitiva de animales tardaron dos semanas en llegar a Grazalema. Al contrario que en el camino de ida hacia Sevilla, en el que Gonzalo y Taufik anduvieron medio perdidos varias semanas recorriendo el agreste valle del Guadalquivir, en la vuelta, antes de partir, se informaron bien en Utrera de cuál era el camino más corto y en sólo diez días llegaron a Benamahoma. En aquella pequeña aldea que sólo doce años atrás había sido una alquería mora pernoctaron cobijados bajo la protectora copa de un abeto centenario. Durmieron como lirones arrullados por el canto de búhos y lechuzas y al día siguiente, nada más clarear al alba, desayunaron de un tazón de leche de cabra recién ordeñada por los tres chiquillos y reemprendieron el camino hacia el pueblo blanco.

A media tarde divisaron a lo lejos una manchita blanca rodeada de inmensos abetales. Eran las casas encaladas de Grazalema que brillaban iluminadas por los rayos del sol naciente. Todos se emocionaron, especialmente Taufik, que no pudo evitar que se le humedecieran los ojos ante la visión del pequeño pueblo que le vio nacer.

El esclavo Salem y su amigo Ibrahim, ya recuperados de las terribles heridas físicas, aunque no de las psíquicas, infligidas por el depravado e indigno capellán de la Parroquia de La Encarnación, estaban regando en aquel preciso momento un limonero, un cidro y el naranjo de sangre que Gonzalo regaló a Taufik en el día de su boda. Vieron a lo lejos la pequeña cáfila de personas y animales que se acercaba, su corazón dio un vuelco en su pecho, se aceleró al galope y presas de una alegría inconmensurable se pusieron a gritar con todas sus fuerzas.

-¡Ya están aquí! ¡Salma, Zulema, salid, vuestros maridos han vuelto!

Las dos mujeres con sus bebés en brazos salieron corriendo del palacio y saludaron con el alegre ulular propio de las moriscas a sus esposos y a quienes les acompañaban. Los que volvían de Sevilla les respondieron con fuertes gritos de júbilo que el eco devolvió y multiplicó, informando así a todos los grazalemeños de la llegada del nuevo capellán de la Parroquia de La Encarnación.

Gonzalo y Taufik se apearon de sus corceles, abrazaron y besaron en la frente a sus esposas y luego hicieron lo mismo con la pequeña Iria y el pequeño Gonzalo-Said. Los dos lactantes estaban hermosos, sanos, regordetes, felices, con sus mofletes sonrosados. Sus vivarachos ojos miraban con sorpresa y curiosidad a su respectivo padre. La poderosa voz del gallego asustó a su niña Iria que arrugó los músculos de su cara en un amago de llanto, pero no llegó a llorar, pues Gonzalo la cogió en brazos, le susurró palabras bonitas mientras la besaba repetidas veces en la frente y entonces el rinencéfalo de la niña al reconocer el olor de las feromonas de su padre se tranquilizó. La barba pelirroja del hidalgo le hizo cosquillas en su carita y la pequeña sonrió mirando divertida el barbudo rostro y los ojos intensamente azules de su padre, que le hacía muecas raras y carantoñas para hacerla reír.

Teovigildo estaba encantado. En sólo dos semanas había pasado de la soledad, la tristeza y las reglas asfixiantes del monasterio cartujo al bullicio y la alegría de aquella abigarrada familia de cristianos viejos, moriscos conversos y esclavos libertos. Dagwa no pudo evitar mirarle fijamente a los ojos. El sacerdote, que era tan inteligente como su primo Gonzalo, se dio cuenta enseguida de la penetrante, casi descarada mirada de la hechicera, se sintió incómodo y cubrió sus ojos disimuladamente con su capucha blanca. Tenía sobrados motivos para esconderlos del escrutinio de la africana. Sin ser realmente consciente de ello, intuía de una manera instintiva que los ojos son el espejo del alma y la suya tenía manchas oscuras e inconfesables. 

Al ex cartujo no le sirvió de nada la protección de la capucha. Dagwa no necesitaba ver los ojos para entrar en la mente de las personas. Fijó su poderosa mirada sobre él, entró en su alma y la curiosidad por conocer los secretos más íntimos de aquel hombre de ojos huidizos se vio sobradamente colmada. Supo así la causa de su melancolía: durante el último año había roto numerosas veces el sagrado voto de castidad con una dama de alta alcurnia, una mujer casada que se había enamorado perdidamente de él, bueno, más bien encaprichado. Teovigildo no la amaba, sólo la deseaba, embrujado por la belleza y las seductoras artes de hembra en celo de ella. Su sangre joven llena de testosterona no podía resistir la tentación. Era más fuerte que su voluntad y esta impotencia y la sensación permanente de vivir en pecado mortal le habían sumido en una profunda depresión, pues se veía obligado a predicar, confesar, decir misa y sobretodo comulgar a sabiendas de que no podía ni debía hacerlo.

Su fama de renombrado predicador había llegado a oídos de la sevillana. Un domingo por la mañana quiso conocerlo. Acompañada por su madre y una prima acudió a oír misa a la Iglesia del Monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas. El gallego Teovigildo, alto, fuerte, fornido, agraciado por la naturaleza con una inquietante belleza celta, vestido con su inmaculado hábito blanco de cartujo y con la cabeza tonsurada iluminada por un rayo de sol que se filtraba a través de un rosetón multicolor, brillaba como un santo en lo alto del púlpito, mientras pronunciaba un enardecido sermón de la misericordia de Dios que emocionaba a los feligreses. Algunas mujeres se secaban las lágrimas. No entendían los complicados argumentos teológicos del cartujo, en realidad ni se molestaban en comprenderlos. Lo que sí experimentaban en su corazón, en sus sentidos y en sus carnes eran la virilidad y la fuerza de la contundente voz del joven predicador, su turbadora belleza, la resplandeciente aureola de santo que iluminaba su tonsura y sus inquietantes ojos azules idénticos a los de su primo Gonzalo. 

La dama de noble linaje quedó fulminantemente prendada de aquel monje celta. Se deshizo de su confesor de toda la vida sin darle ninguna explicación y mandó llamar al cartujo para que ocupase su lugar. Teovigildo no podía negarse, pues el monasterio sobrevivía gracias a los donativos de los sevillanos adinerados. 

Eran las diez de la mañana de un lunes de primavera. El gallego salió del monasterio cabizbajo, mirando al suelo, con su cabeza y su rostro cubiertos por la capucha blanca, como mandaban las severas normas de la orden cartuja que obligaban a los monjes a ignorar las tentaciones del mundo. Quince minutos más tarde llegó al palacio del Marqués de la Algaba, el marido de la dama. Llamó a la puerta y le abrió Rafael, un sirviente mulato que escondía bajo su piel oscura una dolorosa y vergonzosa historia familiar, pues era hijo del difunto padre del marqués y de una esclava sudanesa a la que éste había martirizado durante años con repetidas violaciones. Nunca le habían reconocido el parentesco, aunque su hermanastro, sabedor de la verdad, se había negado a venderlo en el mercado de esclavos de Sevilla, desoyendo las presiones de su esposa que, despechada por la negativa de Rafael a seguir fornicando a la fuerza con ella, quiso eliminarlo para borrar su vergonzoso pecado de adulterio, mejor dicho, de violación.

-Buenos días. Soy el padre Teovigildo.

-Buenos días, reverendo padre. Pasad. Avisaré a la señora. 

El cartujo notó un extraño retintín despectivo de Rafael al pronunciar la palabra señora, pero no le dio importancia. Esperó sentado en un banco de la entrada. "Esta casa huele a flores de azahar. Me gusta." - pensó, mientras paseaba la vista por los elegantes muebles y aspiraba el aire perfumado por el ramo de flores de limonero que lucía sobre un pequeño recibidor de madera de nogal.

Un minuto después el sirviente le acompañó a la sala principal del palacio donde le estaba esperando Doña Segismunda, una mujer rubia de unos treinta y tantos años, de una belleza turbadora, que todavía no había dado ningún heredero a su marido a pesar de llevar ya once años casados, pues había quedado estéril tras un aborto provocado por una curandera, a la que acudió a las pocas semanas de saberse embarazada para deshacerse del hijo engendrado con el semen de Rafael.

-Buenos días, reverendo padre. - le saludó besando la cruz del rosario que pendía de su cintura.

-Buenos días, Doña Segismunda. - le respondió Teovigildo, mientras el delicioso aroma a flores orientales del pelo de la marquesa inundaba su nariz, golpeaba su pituitaria y llegaba como una explosión a su rinencéfalo de hombre casto, turbando su sano juicio y haciendo hervir su sangre de joven varón todavía virgen por primera vez en su vida.

-Tomad asiento, padre. - le casi susurró con voz melosa mientras le lanzaba una seductora mirada de gata, que trastornó todavía más al pobre cartujo llevando al galope su corazón.

-Vuestra merced dirá. - consiguió balbucir, visiblemente ruborizado, sin poder evitar que sus ojos se fijasen en el generoso escote que dejaba asomar los blancos y voluptuosos pechos de la señora.

-Os he hecho llamar para proponeros que seáis mi nuevo confesor. Necesito vuestra guía espiritual. 

-¿No era del agrado de vuestra merced el anterior confesor?

-No, reverendo padre. Era demasiado severo conmigo y no me entendía. Me trataba más como a una monja de clausura que como a la marquesa que soy. Espero que vuestra reverencia sabrá darme la ayuda espiritual que mi carácter alegre necesita.

-Yo también espero y deseo que mis humildes consejos le sean de ayuda a vuestra merced.

Permanecieron sentados un buen rato hablando de nimiedades sin importancia que supuestamente preocupaban a la señora. Sin ser consciente de ello el pobre cartujo quedó enredado en la telaraña seductora de aquella mujer cinco años mayor que él y a la tercera visita, aprovechándose de la ausencia de su marido, Segismunda, en un abuso de confianza, rozó levemente la mano del cartujo y viendo que él se dejaba, la asió y la acercó a sus esplendorosos pechos para que sintiera su suavidad. La sangre del pobre monje entró en ebullición y nubló su mente, perdiendo toda su capacidad de raciocinio. A los pocos minutos estaban los dos desnudos en la alcoba vacía de la difunta suegra de la marquesa y Teovigildo perdía su virginidad guiado por aquella experimentada gata seductora de hombres.

Desde aquel día las visitas del confesor a Doña Segismunda se hicieron cada vez más frecuentes, pasando de semanales a casi diarias, con el consiguiente aumento del peligro de ser descubiertos por el cornudo marqués. 

El sirviente Rafael, buen conocedor de las artimañas de la señora, pronto sospechó que algo raro estaba ocurriendo con tanta confesión. Un día decidió espiar a la pareja y con la excusa de quitar el polvo a los muebles de la alcoba de la vieja marquesa difunta entró y les pilló en pleno encuentro carnal. Ninguno de los dos se dio cuenta. El mulato cerró la puerta sigilosamente sin hacer ruido y esperó al cartujo en la calle cerca de la puerta del palacio.

-¡Padre Teovigildo! - le llamó - ¿Me podéis dedicar un momento? Necesito hablar urgentemente con vuestra reverencia.

-Por supuesto, Rafael. Dime, ¿a qué viene tanta urgencia?

El sirviente empezó descubriéndole su verdadera identidad. No era ni un criado ni un esclavo, era el hermanastro del señor marqués. Tras esta primera sorpresa vino otra mucho más fuerte, más escandalosa, más dolorosa para el cartujo, las relaciones forzadas de Rafael con la marquesa con la amenaza de venderlo como un esclavo en el mercado de Sevilla si no accedía a fornicar con ella siempre que le apeteciese. 

A Teovigildo de pronto se le abrieron los ojos y vio la cruda y cruel realidad, su realidad. Para Segismunda no era más que un semental, uno más de la lista. 

Desde aquel día ya no volvió al palacio de la marquesa. De nada sirvieron las presiones y amenazas que le hacía llegar mediante misivas, ni las que hacía llegar con mentiras al padre abad del monasterio. Cuando éste le preguntó porqué se negaba a seguir como confesor de la marquesa, Teovigildo le dijo que estaba muy enfermo y no se sentía con fuerzas, que necesitaba descansar para recuperar la salud. El abad llamó al barbero cirujano y a la curandera más prestigiosos de Sevilla, pero ninguno de los dos acertó con la dolencia y el tratamiento. Teovigildo estaba cada vez más delgado, más pálido, más triste. No se atrevía a confesar sus numerosos pecados a su superior. Entonces llegó Gonzalo y una luz de esperanza iluminó su vida.


Trigésimo tercer capítulo


El perdón de Dios


Había que celebrar aquel tan esperado regreso. Por orden de Taufik los inseparables Salem e Ibrahim sacrificaron un cordero añojo de su rebaño y Dagwa y Zahara prepararon con su carne un delicioso tajín en salsa de miel de romero con zanahorias, nabos y cebollas confitadas que olía de maravilla. Tras dejarlo reposar un rato para que los aromas y sabores se fundieran en uno, lo echaron en un gran plato que dispusieron sobre una alfombra de lana negra con dibujos geométricos amarillos, rojos y verdes, que Zulema había tejido durante los meses de embarazo del pequeño Gonzalo-Said. Se sentaron todos a su alrededor sobre almohadones y comieron del mismo plato con la mano derecha, como mandaban las buenas costumbres tanto cristianas como musulmanas. 

Los tres morisquillos nunca habían comido un manjar tan exquisito y rebañaron pan de centeno en la salsa hasta dejar el plato completamente limpio. Gonzalo y Taufik les miraban con el corazón henchido de ternura y alegría y sonreían al ver sus caras y manos llenas de salsa, pues a los pobres niños nadie les había enseñado buenos modales. Durante sus cortas vidas sus únicas comidas habían sido la leche que mamaban directamente de las ubres de las cabras, algunos higos secos y los frutos silvestres y las hierbas comestibles que encontraban en el campo.

Teovigildo también disfrutó con aquel manjar de dioses. En el Monasterio de la Cartuja de Sevilla no se comían aquellas exquisiteces. La mayoría de días tanto el almuerzo como la cena consistían en un cuenco de sopa aguada de ajo, cebolla, nabos y chirivías, a veces con alguna alcachofa, unos tronchos tiernos de borraja, cardo o apio, la pulpa de una calabaza, algún cogollo de hinojo o las hojas de una col, todo ello enriquecido con pequeñas tajadas de tocino rancio y una generosa rebanada de pan de trigo o centeno que los monjes troceaban con las manos dentro del caldo. Muy de tarde en tarde, cuando en primavera y verano las gallinas ponían muchos huevos, en lugar de tocino el cocinero le echaba una docena de huevos batidos y los días de fiesta grande mataban un gallo o un conejo y hacían la sopa con su carne. Sólo cuando recibían la visita del Arzobispo de Sevilla o del Gran Inquisidor prescindían de la comida sobria y sacrificaban unos cuantos cochinillos o corderillos lechales que asaban en el horno del monasterio con mucho zumo de limón, vino tinto, aceite de oliva, ajos, cebollas, romero y perejil. Como postre preparaban esponjosos mostachones de Utrera con harina de trigo, huevos, azúcar, miel, ralladura de limón y un poco de canela en polvo y por supuesto no podía faltar un delicioso brazo egiptano relleno de mermelada de granada, el nuevo pastel de moda cuya receta había traído un monje de su viaje por el lejano país de los faraones. Para los ilustres invitados, sólo para ellos, sustituían el humilde vino de segundo o tercer prensado, hervido y aromatizado con hierbas y especias, que era la bebida de cada día de los monjes, por un par de jarras de excelente y contundente vino tinto de primer prensado hecho con las mejores uvas de las viñas del monasterio.

En la intimidad del palacio del abetal, una vez estuvieron todos ahítos, eructaron con gran estrépito, como mandaban las buenas costumbres de la época, para hacer saber a las cocineras que el tajín les había sabido a gloria. Las mujeres entonces dispusieron un par de colchones de lana batida sobre esteras de esparto en la misma gran sala donde acababan de cenar. Sobre uno de ellos se echó Teovigildo y sobre el otro se acurrucaron los tres cabreritos, cubriéndose con una cálida manta de lana. Zahara compartió su lecho con Fronilde y los demás durmieron en sus respectivas camas repartidas por las habitaciones del pequeño palacio. Los niños nunca se habían acostado en una cama tan suave, mullida y calentita. Con la panza llena de tajín y el cansancio del viaje durmieron como lirones. Manolito no tuvo pesadillas y durante toda la noche reinó el silencio.

Cuando al alba el gallo de simiente cantó al sol que renacía, la vieja Zahara, como tenía por costumbre, se levantó la primera y preparó unas deliciosas gachas con la leche de cabra ordeñada la tarde anterior. La africana Dagwa fue la segunda en levantarse y tras ella lo hicieron la liberta Fronilde y el padre Teovigildo, que estaba acostumbrado a madrugar por la severa disciplina del monasterio. Cuando todos hubieron abandonado la cama, desayunaron las gachas de Zahara en la cocina y luego platicaron un rato amigablemente, bromeando con los morisquillos, sobretodo con Manolito. Al final a los adultos no les quedó más remedio que ponerse serios y decidir el destino de los niños.

Fronilde y su hijo se irían con Teovigildo para asistirle en la Iglesia de La Encarnación. Los otros dos niños, siendo como eran hermanos, se irían juntos con Gonzalo a Ubrique para ayudar a Salem e Ibrahim a apacentar el gran rebaño de ovejas del hidalgo, cuidar de sus caballos y echarle una mano en las labores del huerto de naranjos, cerezos y granados.

Todos estuvieron de acuerdo y tras el desayuno y la agradable conversación llegó la hora de acompañar al nuevo capellán a conocer al alcalde Don Antonio y a tomar posesión de la pequeña Parroquia de Grazalema. Teovigildo ayudó a Fronilde a montar sobre la burrita utrerana, luego levantó a Manolito y lo sentó sobre la yegua blanca de Taufik, se arremangó los faldones de cartujo y de un salto se montó detrás del niño. Gonzalo dio un beso en la frente a Salma y otro a la pequeña Iria, se montó sobre su corcel negro y los cuatro iniciaron el descenso hacia Grazalema. Se dirigieron en primer lugar hacia el ayuntamiento. Por el camino los grazalemeños reconocieron a Gonzalo y le saludaron con afecto. Les sorprendió el gran parecido de Teovigildo con su primo y sobretodo su hábito blanco de cartujo y su cabeza tonsurada, que el sacerdote llevaba descubierta para que sus nuevos feligreses le conocieran.

-Buenos días, Don Antonio. - le saludó el hidalgo quitándose el sombrero tras apearse de su caballo.

-Buenos días nos dé Dios, Don Gonzalo. Ya empezaba a  preocuparme por vuestra tardanza. ¿Habéis tenido algún percance por el camino?

-Nada especial. Nos perdimos yendo hacia Sevilla. Los bosques de abetos, encinas y alcornoques del valle del Guadalquivir son tan extensos e impenetrables que atravesarlos nos obligó a dar muchas vueltas, pues no encontrábamos ningún sendero y nuestra única orientación era el sol.

Mientras el hidalgo y el alcalde se saludaban, Teovigildo se apeó de la yegua dejando a Manolito montado y se dirigió hacia Don Antonio.

-Buenos días, Don Antonio. Soy el padre Teovigildo, primo de Gonzalo. - le saludó mirándole a los ojos. 

-Buenos días, reverendo padre. Sed bienvenido a este pequeño municipio que tengo el honor de presidir. Es el más bonito y más blanco de toda Andalucía. - le respondió el alcalde mirándole de arriba abajo y regalándole una sincera sonrisa de aprobación, mientras se agachaba ante él para besar el crucifijo del rosario que pendía de su cintura.

-Os doy toda la razón, Don Antonio. Grazalema es preciosa. Estoy seguro de que no me arrepentiré de haber aceptado la dirección de vuestra Parroquia.

-Los grazalemeños y yo mismo nos encargaremos de que así sea. Acudid a mí para todo cuanto preciséis. Por cierto, convendría que cambiaseis de hábito. Me imagino que ya no sois cartujo.

Al escuchar la recomendación del alcalde, Teovigildo no le respondió, se miró los faldones de su hábito blanco y las pobres sandalias de monje, se sintió incómodo con su vestimenta, levantó las cejas, suspiró y dirigió una mirada suplicante a su primo Gonzalo.

-Lo tenía previsto, Don Antonio. Mi esposa y Beatriz ya le están cosiendo una sotana de párroco. Mañana por la mañana podrá decir su primera misa con ella. - le aseguró Gonzalo.

-¡Ea, pues, todo resuelto! - sentenció el alcalde, mientras entregaba a Teovigildo la llave de la puerta principal del templo.

La iglesia llevaba más de dos meses cerrada y se había llenado de polvo y telarañas. Era mediodía y les quedaban sólo cinco o seis horas de luz para adecentarla. Al alba debía estar impecable. Con toda seguridad acudiría todo el pueblo para conocer al nuevo capellán. Entraron en la sacristía en busca de escobas, cubos y trapos y mientras Gonzalo al ser el más alto atrapaba con un palo las telarañas que colgaban del techo, Teovigildo y Manolito quitaban el polvo que enharinaba los bancos y el altar y la liberta Fronilde limpiaba a fondo los recovecos de las imágenes de Nuestra Señora de la Encarnación y de San Antonio y los del sagrario, el confesionario y el púlpito. 

Una hora antes de ponerse el sol el pequeño templo estaba reluciente. Salieron los cuatro a la calle para comprobar cómo se veía el interior desde la entrada y entonces suspiraron satisfechos, se miraron a los ojos y se regalaron una amplia sonrisa. Habían hecho un buen trabajo. 

-Gonzalo, diles de mi parte a Taufik y a Zulema que mañana acudan con el niño. Será mi primer bautizo en Grazalema. 

-Así lo haré, primo. - le contestó mientras azuzaba su caballo para volver al palacio.

Fronilde adecentó un poco la sacristía. Quitó las sábanas sucias de la cama del ajusticiado padre Gracián y las sustituyó por otras limpias que encontró en el cajón de un cantarano. Luego extendió varias mantas en el suelo para que les sirvieran a ella y a su hijo como cama improvisada. Cuando por fin terminó, cenaron los tres juntos de pan con queso de cabra payoya y unas manzanas que les había regalado Zulema. Se dieron las buenas noches, se echaron en sus respectivos lechos y durmieron a pierna suelta. Estaban agotados.

Al día siguiente la pequeña iglesia se llenó a rebosar de feligreses. Taufik y Zulema con el pequeño Gonzalo-Said llegaron los primeros cuando todavía no había salido el sol. Media hora más tarde llegaban los padrinos del bautizo, Gonzalo y Salma, con la pequeña Iria, las viejas Zahara y Dagwa, los mestizos Salem e Ibrahim, los dos hermanos cabreros y los tres moriscos libertos que habían permanecido al servicio de Taufik. No quedó nadie en el palacio. Todos querían ser testigos del bautizo del primer niño morisco de Grazalema. 

El padre Teovigildo se vistió con la mejor casulla que encontró en la sacristía. Inspiró profundamente, se santiguó y se dirigió con decisión hacia el altar. Se arrodilló ante el sagrario y rezó en latín en voz muy baja durante unos segundos. Luego se levantó, besó la custodia que contenía la hostia del Cristo Sacramentado y se volvió hacia los fieles regalándoles una amplia sonrisa. El gentío le observaba expectante y guardaba un silencio sepulcral. Les bendijo a todos dibujando en el aire tres grandes cruces con su mano derecha y sin mediar palabra, rememorando su vida de monje cartujo, les cantó un maravilloso Gloria in excelsis Deo con su bellísima voz de tenor, que hizo vibrar de emoción a los grazalemeños. Muchas mujeres lloraban. A Gonzalo, que nunca antes había asistido a una misa oficiada por su primo, también se le humedecieron los ojos. Salma se dio cuenta y le miró enternecida.

Gloria in excelsis Deo,
et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te,
Benedicimus te,
Adoramus te,
Glorificamus te,
Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam,
Domine Deus, Rex caelestis, Deus Pater omnipotens.
Domine fili unigenite, Jesu Christe,
Domine Deus, Agnus Dei, Filius patris,
Qui tollis peccata mundi, miserere nobis.
Qui tollis peccata mundi, suscipe deprecationem nostram.
Qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis.
Quoniam tu solus sanctus,
Tu solus Dominus,
Tu solus Altissimus, Jesu Christe,
Cum Sancto Spiritu in gloria Dei Patris. Amen. 


Manolito estaba impactado, miraba con ojos asombrados e incrédulos a su amigo de juegos, su "padresito Gildo" y su corazoncito lleno de inocencia galopaba en su pecho escuchando emocionado la voz celestial que salía de la garganta del ex cartujo.

Al terminar el canto litúrgico, Teovigildo hizo una seña con la mano a Taufik y a Zulema para que se acercasen a la pila bautismal. La morisca cubría su cabeza con un velo de encaje negro y no dejaba de llorar, en parte por la emoción del momento, pero sobretodo porque no podía olvidar a sus padres musulmanes, Musarraf y Habiba y a su adorada tata Nahina, salvajemente asesinados sólo doce años atrás por los cristianos venidos del norte, algunos de los cuales oían misa en aquel preciso momento en el interior del templo. Sentía que estaba traicionando la memoria de su padre, pero al mismo tiempo sabía que el alma de Musarraf lo comprendía. Los moriscos no tenían otra opción: o el bautismo o la muerte en la hoguera. 

El pequeño Gonzalo-Said iba vestido con un inmaculado hábito cartujo de seda blanca confeccionado la noche anterior en sólo dos horas por las hábiles manos de Zahara y Dagwa. Al acercarse a la pila bautismal su madre Zulema le retiró la capucha. El niño estaba muy tranquilo y observaba todo cuanto acontecía a su alrededor con sus ojitos negros como el azabache.

-Gonzalo de Limia y Grazalema, hijo de Fernando de Limia y Alláriz y de Beatriz de Grazalema, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sé bienvenido en el seno de la Santa Madre Iglesia. - retronó la poderosa voz del sacerdote celta mientras vertía el agua bautismal sobre el encrespado y oscuro pelo andalusí del niño.

-¡Amén! - respondieron sus padres y padrinos.

Tras el bautizo el nuevo capellán ofició una misa solemne que encantó a los grazalemeños. Muchos de ellos comulgaron por primera vez en dos meses desde que fuera ajusticiado el padre Gracián. Al acabar el oficio litúrgico el padre Teovigildo quiso dar las gracias a los feligreses por su calurosa y multitudinaria acogida y en nombre de Taufik invitó a todo el pueblo al banquete del bautizo, que tendría lugar por la tarde para dar tiempo a las cocineras a preparar los manjares.

Teovigildo era inmensamente feliz. Alejado de Sevilla, del monasterio y del acoso de la marquesa vivió tranquilo y sin sobresaltos durante los siguientes meses, entregado en cuerpo y alma a sus feligreses que le adoraban. Un año después en primavera llegó a Grazalema un comerciante de refinadas telas de seda procedente de Sevilla, al que alguien había confiado una carta sellada cuyo destinatario era el capellán de la Iglesia de Nuestra Señora de La Encarnación. Entró en el templo y fue directo a la sacristía. Llamó a la puerta y tras unos segundos de espera le abrió el monaguillo Manolito.

-¿Está el padre Teovigildo? - le preguntó muy serio.

-Si, ahora mismo le llamo. 

-Buenos días, reverendo padre. La marquesa de la Algaba de Sevilla me encomendó que os entregase esta carta al pasar por Grazalema. Me hizo prometer que os la daría en vuestra propia mano. Me pagó tres ducados de oro por adelantado por el encargo y me dará otros tres si le llevo vuestra respuesta.

A Teovigildo le dio un vuelco el corazón. Durante todos aquellos meses había vivido feliz creyendo haberse librado del infernal acoso de Segismunda, pero se equivocaba. Cogió la carta con manos temblorosas, rasgó el sello de lacre, orientó el escrito hacia los rayos del sol que se filtraban a través de una ventana de la sacristía y leyó:

"Al reverendo padre Teovigildo, capellán de la Iglesia de Grazalema:

Os escribo esta carta para haceros saber que el día de la Natividad de Nuestro Señor Jesús de Nazaret di a luz a un varón de ojos azules y cabello pelirrojo al que pusimos el nombre de Teovigildo, el vuestro, con la aprobación del Señor Marqués de la Algaba, mi marido, pues ambos guardamos un muy grato recuerdo de vuestra reverencia. Esperamos que los aires sanos de Grazalema os hayan ayudado a recobrar vuestra malograda salud. Si algún día volvéis a Sevilla no dudéis en visitarnos. Será para nosotros una gran alegría veros de nuevo y mostraros a nuestro heredero, al que mi marido adora y llama cariñosamente Gildito.

Os rogaría entregaseis una breve respuesta al mensajero para que sepamos de vuestro puño y letra que habéis recibido esta misiva. 

Se despide de vuestra reverencia:

Segismunda Benedicta, Marquesa de la Algaba."

Teovigildo tuvo que sentarse. Le temblaba todo el cuerpo, sudaba profusamente y el corazón galopaba alocadamente en su pecho. Rogó al mercader de sedas que esperase fuera un momento y en cuanto estuvo solo se echó a llorar como nunca antes lo había hecho. Cuando por fin se serenó, comprendió que aquel niño era una bendición y un regalo de Dios, la manera que había escogido el Ser Supremo para perdonarle. Durante los últimos meses que pasó en el monasterio sufrió tanto por sus pecados, le pidió perdón tantas veces al Padre Celestial, que Éste no sólo le mandó a Gonzalo para liberarlo de aquel infierno, sino que ahora le estaba dando la absolución haciéndole saber la feliz noticia del nacimiento de su hijo, fruto de su fornicación. Cogió una pluma de ganso, mojó la punta en el tintero y escribió la respuesta.

"Loado sea Dios Nuestro Señor, pues sus designios son inescrutables y su sabiduría infinita."

Cerró la carta, la selló con lacre y se la entregó al mercader.

-¡Dios os bendiga, reverendo padre! - exclamó feliz el sevillano. La marquesa le daría otras tres relucientes monedas de oro por la respuesta.


Trigésimo cuarto capítulo


Saltar jaras y romeros


La noticia del nacimiento del hijo de su fornicación trastornó tanto al Padre Teovigildo que en unas pocas semanas encaneció ostensiblemente a pesar de contar sólo con veintinueve años recién cumplidos. Su corta estancia de sólo ocho años en el Monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla le había marcado tanto que un año después seguía tonsurándose la cabeza y afeitándose la barba como si continuase siendo un monje cartujo. Su rodete de cabellos pelirrojos se pobló de pelos canos dándole un aspecto prematuramente envejecido. Incluso las cejas se le encanecieron. Se pasaba horas rezando a Dios para que le perdonase sus numerosos pecados, para él abominables. No sólo había roto el sagrado voto de castidad fornicando con la marquesa sino que además había cometido grave sacrilegio oficiando misa, consagrando el pan y el vino, comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo, bendiciendo a los fieles, confesando y dando la absolución, predicando en el púlpito, en definitiva, mofándose de lo más sagrado a sabiendas de que no podía ni debía hacerlo. En sus rezos, arrodillado ante una imagen de Jesucristo crucificado, no se olvidaba de su hijo. Sin haberlo visto nunca se lo imaginaba como se lo había descrito la marquesa en su misiva: pelirrojo, de tez blanca y ojos azules celtas, tal como era él mismo y también su primo Gonzalo.

Manolito, el cabrero esclavo que Gonzalo y Taufik habían rescatado y liberado de los brutales abusos sexuales a manos de su amo, se había convertido en su inseparable monaguillo. El niño le quería como a un padre y al verlo siempre tan triste y melancólico hacía todo cuanto sabía para alegrarle la vida y hacerle sonreír, pero pocas veces lo lograba. Su idolatrado padresito Gildo a lo sumo esbozaba una leve sonrisa y comprendiendo su buena intención le regalaba una caricia en la mejilla. El pequeño utrerano, en un alarde de empatía impropia de un niño de su edad, le miraba fijamente a los ojos y leía en ellos una tristeza inconmensurable que no lograba comprender. Su corazoncito se constreñía en su pecho y dos lágrimas amagaban por brotar en sus ojos de azabache. "Padresito, ¿porqué estás triste?" - le preguntaba con voz apesadumbrada, pero el sacerdote sumido en una profunda y dolorosa depresión rehuía su inocente e inquisitiva mirada, agachaba la cabeza y fuertes estertores de llanto agitaban su fornido cuerpo celta. Al rato se sobreponía, tragaba saliva, respiraba hondo y le devolvía la mirada.

- Manolito, hace unos años cometí pecados abominables, tantos que no sé si algún día Dios Nuestro Señor me los podrá perdonar.

- No me lo creo, padresito, tu eres el hombre más bueno que he conocido en mi vida.

- No soy bueno, sólo lo aparento. Mis pecados son tan grandes que debería morir quemado vivo en la hoguera. - le aseguró con un nudo en la garganta.

- Pues yo le rezaré a Dios para que te perdone. Ya verás, padresito, si yo se lo pido te perdonará y volverás a reír y a jugar conmigo como antes.

Teovigildo se emocionó tanto con las palabras llenas de fe, inocencia y cariño de Manolito que no pudo evitar que volvieran a brotar las lágrimas en sus ojos y, para que el niño no le viera llorar, lo abrazó con ternura y así permanecieron un buen rato, hasta que el atormentado capellán consiguió serenar su alma.

- Si, reza por mí, Manolito. A tí te va a escuchar.

- Lo haré cada día, padresito, al levantarme y al acostarme.

- Gracias, Manolito.

Y el morisquillo cumplió su palabra. Rezó cada día al Dios de su padresito sin desfallecer, sin perder ni una pizca de fe en que un día le escucharía. Una mañana Fronilde, su madre, se extrañó de que su hijo no se levantase temprano como siempre hacía. Fue a la alcoba y le encontró inconsciente en la cama. Le tocó la frente y ardía de fiebre. La pobre mujer llamó a gritos al padre Teovigildo, pero éste había salido a dar la extremaunción a un moribundo y no se encontraba en la iglesia. Corrió a buscar un paño mojado para ponérselo sobre la frente en un desesperado intento por bajarle la fiebre. Luego se arrodilló ante una pequeña imagen de la Virgen María con el Niño Jesús en brazos que reposaba sobre un arcón y le suplicó que salvase a su niño. Manolito era todo cuanto tenía en el mundo.

En el otro extremo del pueblo el capellán ungía al moribundo dibujando cruces con el dedo pulgar mojado en óleo sagrado sobre los párpados, la nariz, la boca, los pabellones auriculares, el pecho, las manos y los pies, mientras rezaba la oración en latín de la unción de los enfermos. Al acabar de administrar el sacramento pronunció la palabra "Amén" y justo en aquel preciso momento el moribundo abrió los ojos, se sentó en la cama, miró al sacerdote y le dijo con voz de ultratumba: "La Virgen María me manda decirte que Dios Nuestro Señor te perdona todos tus pecados". Acto seguido el hombre se echó de nuevo, inspiró profundamente, expiró el aire, cerró los ojos y murió.

Tanto Teovigildo como la mujer del fallecido creyeron que aquellas palabras iban destinadas a si mismos, cada uno por motivos diferentes y ambos se arrodillaron temblorosos a los pies de la cama y lloraron como niños cubriéndose el rostro con las manos, mientras balbucían palabras de agradecimiento al Padre Celestial y a la Virgen Santísima. En la
Iglesia de La Encarnación Fronilde también lloraba. Su niño acababa de expirar.

Cuando al rato volvió Teovigildo, escuchó el desgarrador llanto de la morisca, sintió un escalofrío que le erizó todos los pelos de su cuerpo y con su mente privilegiada intuyó que algo grave le había ocurrido a Manolito. Corrió hacia la alcoba, se acercó a la cama del niño y besó su frente todavía sudorosa. Luego acarició su mejilla y en un imperioso deseo de abrazarle retiró la manta que lo cubría y lo que vio fue tan impactante, le causó un dolor tan espantoso, tan insoportable, que lanzó un alarido atronador, un largo NO desgarrado que le salió del alma y rompió a llorar como nunca antes lo había hecho, mientras abrazaba al niño sin vida. Manolito tenía el estigma de una cruz marcado a fuego sobre el corazón. 

-¡Mátame a mí, mándame al infierno, quémame vivo, pero no le hagas esto a este niño. Devuélvele la vida. Es lo que más quiero en este mundo. No es justo que él pague por mis pecados! Dios, ¿qué más quieres de mí?, ¿qué debo hacer para que me perdones?

- ¡Padresito! - susurró Manolito 

-¿Estás vivo? - le preguntó incrédulo aflojando el abrazo para ver su cara.

-Si, claro. Estaba soñando y tu me has despertado con tus gritos.

-¿Estabas soñando?, ¿en qué, Manolito?

-Estaba apacentando las cabras en un campo de amapolas en las afueras de Utrera. El aire olía a hierba fresca y a tierra húmeda, en el cielo volaban en círculo cientos de golondrinas piando felices y mi cabra Manzanita acababa de parir dos cabritillos negros con una mancha blanca en la frente. Era todo muy bonito pero yo estaba triste. 

-¿Por qué, Manolito?

-Porque tu ya no querías jugar conmigo a saltar jaras y romeros.

-¿Y qué pasó entonces?

-Yo te arranqué el rosario que llevabas colgando de tu cintura, lo apreté con todas mis fuerzas contra mi pecho con las dos manos y le pedí a Dios que volvieras a ser feliz.


 -¿Y Él te escuchó?, ¿te respondió?

-Si, me aseguró que cuando despertase tu volverías a ser el de siempre.

Teovigildo y Fronilde no podían dejar de llorar de pura alegría. Ambos miraban al niño y le tocaban incrédulos para asegurarse de que estaba realmente vivo.

-Fronilde, después de la misa del alba iremos los tres al campo a saltar jaras y romeros.  


Trigésimo quinto capítulo


El funeral de Zahara


Tras quince años sin grandes sobresaltos, durante los cuales Zulema y Taufik llenaron su palacio con cuatro nuevos retoños, todos varones, aquella luminosa mañana de abril, domingo de Pascua de Resurrección, la ya octogenaria Dagwa se levantó muy temprano como siempre hacía, se dirigió hacia la puerta con el bacín con sus orines en una mano y un bastón de acebuche en la otra, se alejó unos diez pasos cojeando visiblemente por su avanzada artrosis, vació el recipiente alrededor del tronco del naranjo de sangre para abonar sus raíces y volvió a entrar en el palacio. Le sorprendió que el aire de la casa no estuviera perfumado con el delicioso aroma de las gachas de leche de cabra, que cada madrugada preparaba la anciana Zahara para desayunar y sintió una puñalada en el corazón. Entró en la cocina y comprobó que la vieja tunecina no había avivado las brasas para calentar la leche y entonces su privilegiada mente de hechicera comprendió y dos regueros de lágrimas silenciosas brotaron de sus ojos de ébano. Zahara había muerto aquella noche mientras dormía. Yacía echada en la cama con su rostro iluminado por un rayo del sol naciente que entraba por un estrecho ventanuco mudéjar. Dagwa se acercó a su amiga, le acarició el cabello, cerró sus ojos entreabiertos bajándole los párpados y le dio un dulce beso en la frente. "Adios hermana Zahara, que Alá te acoja en el Paraíso" - le susurró.

Con un doloroso vacío en su corazón y una tristeza inconmensurable en su alma se dirigió a la cocina, colocó leña seca de encina sobre las brasas aún encendidas de la noche anterior, se arrodilló como pudo y reavivó el fuego soplando sobre las ascuas con toda la fuerza que sus viejos pulmones le permitieron. Luego calentó la leche de cabra que Zahara había hervido la víspera anterior antes de acostarse para que no se agriase, removiéndola sin parar con un cucharón de madera de boj, mientras con la otra mano le echaba poco a poco harina de trigo. Cuando la mezcla espesó y la cocina se llenó de un agradable aroma dulzón, la vieja africana quitó la cazuela del fuego y la puso sobre un reposa ollas hecho con carrizo trenzado. Inspiró profundamente, se secó las lágrimas de los ojos con el dorso de una mano y se encaminó hacia el dormitorio de Taufik y Zulema.

-¿Estáis despiertos? - les preguntó con voz susurrante para no despertar a los niños.

-Sí, Dagwa. - le contestó Zulema - ¿Qué ocurre?

-Zahara se ha ido al Paraíso.

Aquel domingo de Resurrección tenían pensado acudir todos juntos a oir la misa solemne de Pascua oficiada por el padre Teovigildo en la Iglesia de La Encarnación, pero la repentina muerte de la vieja cocinera les desbarató los planes. Dagwa y Zulema debían quedarse para lavar el cadáver de Zahara con agua de rosas, perfumarlo con esencias de alhucema y jazmín y amortajarlo con una inmaculada sábana de algodón blanco y no podían acudir a oir misa. Así que Taufik montó a sus cinco retoños al carruaje y se los llevó montaña abajo hacia Grazalema. Los niños estaban chocados y guardaban un silencio sepulcral. Querían a la tunecina como a una abuela. Era su adorada "abeita Zara", la que les comía a besos cada mañana al levantarse y cada noche al acostarse, la que les preparaba golosinas deliciosas endulzadas con miel, la que les contaba fantásticos cuentos de príncipes cristianos enamorados de esclavas moras y les enseñaba melodiosas canciones castellanas que había aprendido en su infancia setenta años atrás cuidando a los hijos de su amo burgalés.

Taufik ató su yegua blanca sin desuncirla del carruaje a la rama de un naranjo amargo cubierto de flores que embellecía la fachada de la iglesia. Sacó uno a uno a sus cinco hijos y todos juntos cogidos de la mano entraron en el templo a oir misa. Los grazalemeños se extrañaron al verlos entrar sin Zulema y las dos ancianas. Sospechando que algo había ocurrido les miraban de soslayo y cuchicheaban entre ellos. Una amiga de Dagwa, sentada en los últimos bancos de la izquierda por ser mujer, esclava y negra, interrogó a Taufik con los ojos. Éste le susurró algo al oído a su primogénito Gonzalo-Said y el adolescente se levantó, se acercó a la esclava y le dijo hablando bajito: "La abeita Zara ha muerto." Las esclavas que estaban sentadas cerca de la negra escucharon perfectamente las palabras del muchacho y se llevaron las manos a la cabeza haciendo aspavientos de pena. En medio minuto todos los asistentes a la misa de Pascua se enteraron de la noticia. "La anciana tunecina Zahara ha muerto", se decían los moriscos libertos y los esclavos. "Teresa, la vieja cocinera que vino de Burgos, ha muerto", se decían los cristianos viejos. La triste noticia llegó también a oídos del monaguillo Manolito, que escuchó el cuchicheo de la gente mientras encendía las velas del altar. "Padre, la vieja Zahara ha muerto." - le dijo a Teovigildo, que se estaba vistiendo con su mejor casulla dentro de la sacristía.

Cuando el capellán salió a oficiar la misa solemne, bendijo a los asistentes con el signo de la Cruz y les pidió que rezasen con él una Avemaría y un Padrenuestro por el eterno descanso del alma de Teresa. Luego subió al púlpito para pronunciar el sermón, miró a Taufik a los ojos durante un largo segundo y aprovechó que era el Domingo de Pascua para hablar a los feligreses del misterio de la muerte y la resurrección. 

Tras la misa, Taufik dejó a los niños sentados en el banco y entró en la sacristía.

- Padre Teovigildo, he visto que ya os habéis enterado de la triste noticia.

- Sí, Taufik. Me lo ha dicho Manolito.

- En Grazalema nunca se ha oficiado un funeral por el alma de una esclava liberta, tal vez porque hasta ahora no había muerto nadie en el pueblo con esta condición. Le rogaría a vuestra reverencia que tratase a Zahara como una cristiana más.

- No sufras por esto. El Padre Celestial no hace distinciones entre sus hijos. Esta misma tarde, poco después del almuerzo, baja el cuerpo de Zahara en un ataúd, éntralo en la iglesia y entonces Manolito subirá al campanario y avisará y convocará a todos los grazalemeños con el repique a funeral de la campana.

- Muchas gracias, Padre. Así lo haré.

Cuando llegaron de vuelta al palacio del abetal, Zahara ya estaba lavada, perfumada y amortajada dentro de un sencillo ataud de madera de roble andaluz, que los tres libertos se habían apresurado en construir con tablones ensamblados con clavos de hierro forjado. 


Zulema se había empeñado en maquillarla para que luciera hermosa expuesta ante los ojos de los grazalemeños en el interior de la iglesia. Le había embadurnado su arrugado rostro con zumo de limón, había esperado unos minutos a que se secase y quedase ligeramente pegajoso y a continuación se lo había enharinado espolvoreándole finísima harina de trigo duro, blanqueando así su oscura piel mora y llenando y suavizando los profundos surcos de sus arrugas de octogenaria. Luego había salido al jardín, había arrancado varios pétalos de una hermosa flor roja de un geranio, los había aplastado en el hueco de la palma de su mano y con las dos gotitas de zumo obtenido le había enrojecido sus cianóticos labios de difunta. A continuación le había cubierto su encanecido cabello con un velo de seda negra con todos los astros del firmamento bordados en hilo de oro, abotonándoselo en la barbilla con una reluciente diadema de plata y esmeraldas. 

Zulema había dado entonces unos pasos atrás, la había mirado desde la misma distancia en que la mirarían una hora más tarde los grazalemeños y había suspirado satisfecha. La vieja esclava liberta, su madre adoptiva, que había llenado el vacío en su corazón dejado por su madre Habiba y su tata Nahina, lucía realmente hermosa. Y así lo atestiguaron los cuchicheos de las mujeres cuando pasaron en fila junto al ataúd para darle el último adiós.

El funeral fue tan bonito que emocionó a los grazalemeños, especialmente a Taufik y a Zulema. El padre Teovigildo, ataviado con una brillante casulla de seda negra bordada en hilo de oro y plata, pronunció un enardecido sermón de la Misericordia de Dios y el Juicio Final y regaló a los feligreses tres maravillosos cantos gregorianos que había aprendido en el Monasterio de la Cartuja de Sevilla dos décadas atrás.

Entre los asistentes al oficio religioso había un muchacho de unos dieciséis años, alto, fuerte, fornido, de tez blanca y ojos azules, con un rostro de marcados rasgos celtas rodeado por una abundante cabellera pelirroja y una incipiente barbita de adolescente. Iba ataviado con un lujoso traje de hidalgo. Su belleza física y su apostura de príncipe llamó poderosamente la atención de las mujeres, que no podían separar sus ojos de tan hermoso mancebo. En varias ocasiones, mientras pronunciaba el sermón y cantaba los bellos cantos cartujos, los ojos azules del padre Teovigildo se cruzaron con los también azules de aquel muchacho forastero y el sacerdote sintió una extraña punzada en el corazón.


Media hora más tarde, mientras se estaba quitando la casulla en el interior de la sacristía, alguien golpeó la puerta tres veces. Teovigildo introdujo el vestido litúrgico en el amplio cajón del cantarano sin doblarlo para que no se arrugase y fue a abrir la puerta.

- Buenas tardes, padre. ¿Puedo hablar un momento con vuestra reverencia?

- Por supuesto. Dime, ¿cuál es el motivo de tu visita?

- Os ruego que leáis esta carta. - le dijo, dándole un papel enrollado con el sello de lacre intacto.


- Teovigildo rompió el sello, desenrolló la misiva, se acercó a la luz de una ventana y leyó:

"A la atención del padre Teovigildo, capellán de la parroquia de Grazalema:


Reverendo padre, soy Segismunda Benedicta. Os escribo esta carta en el lecho de muerte aquejada de una penosa enfermedad que me ha carcomido el pecho derecho y me está consumiendo por dentro. Consciente del poco tiempo que me queda de vida y temiendo por el porvenir de mi hijo Teovigildo Bernabé, que tras mi deceso va a quedar solo en el mundo, pues mi marido en paz descanse falleció hace dos años de unas fiebres extrañas, os ruego por el amor de Dios Nuestro Señor y de la Santísima Virgen María que le acojáis como un padre y le enseñéis a ser un hombre recto para que no se descarríe y sea digno de llevar el título de marqués que heredó de mi difunto marido junto con su gran fortuna.

Esta vez no os pido una respuesta, pues cuando leáis esta carta yo ya habré fallecido. Os suplico que recéis mucho por la salvación de mi alma, pues bien sabéis la falta que le hace. Espero que con vuestra inestimable ayuda espiritual Nuestro Misericordioso Padre Celestial perdone mis numerosos pecados y me acoja en el Cielo.

Se despide para siempre de vuestra reverencia:

Segismunda Benedicta, Marquesa de la Algaba."


El corazón del padre Teovigildo no pudo soportar tanta emoción, las piernas le flaquearon, la vista se le nubló y cayó al suelo desmayado ante los ojos de su hijo, el fruto de su fornicación. 


Trigésimo sexto capítulo


Taleb, su hermoso cuerpo de efebo griego fue su perdición


El joven Teovigildo Bernabé, flamante nuevo Marqués de la Algaba de Sevilla, ignoraba que aquel sacerdote que se acababa de desmayar ante sus ojos era en realidad su verdadero padre. Asustado y sin saber qué hacer pidió ayuda a quien pudiera oírle gritando con todas sus fuerzas con su altisonante y todavía poco varonil voz de adolescente. Fronilde y su hijo Manuel acudieron corriendo a la sacristía. Se arrodillaron uno a cada lado del cuerpo tendido del capellán y le llamaron y zarandearon sin obtener respuesta alguna, hasta que por fin, tras un angustioso minuto, el padre Teovigildo resopló, gruñó, chasqueó la lengua y se llevó la mano derecha a su contundida cabeza, mientras abría los ojos y fijaba la mirada sobre su hijo sevillano que permanecía de pie ante él.

Cuando un par de segundos después consiguió recordar el escrito de la carta que acababa de leer, frunció el ceño, se cubrió el rostro con ambas manos y rompió a llorar. Manuel vio la carta medio enrollada en el suelo, sintió una curiosidad irresistible por conocer su contenido y con gran disimulo la cogió y se la escondió bajo la camisa. 

Su madre y Teovigildo Bernabé no se dieron cuenta de nada. El joven marqués estaba tan trastornado con el desmayo del capellán y su desgarrado llanto que, intuyendo que el causante de aquel drama era él mismo, se sintió culpable y compungido y se echó a llorar en silencio con la cabeza gacha.

Manuel salió discretamente de la sacristía buscando la luz del sol en el patio trasero. Desenrolló la misiva, arrugó la frente y con el corazón galopando en su pecho leyó el escrito de la difunta marquesa, a sabiendas de que estaba violando la sagrada intimidad de su padresito Gildo, el mismo que con tanta paciencia le había enseñado a leer y a escribir. Sus antecedentes de niño maltratado, abusado y violado le habían dotado de una gran sensibilidad e intuición para los sentimientos humanos y al finalizar la lectura sintió una puñalada en el corazón, se le iluminó la mente y entonces comprendió. Fijó la mirada en una hierba de achicoria silvestre en flor que crecía en una esquina del patio y así permaneció un buen rato, pensativo y cabizbajo, asimilando aquella increíble y cruda verdad: su idolatrado padresito Gildo era el padre carnal de aquel muchacho de dieciséis años recién llegado de Sevilla. El gran parecido entre ambos y el contenido de aquella misiva se lo confirmaban. Volvió a enrollar la carta y se la escondió bajo la camisa. Sacó un cubo de agua fresca del pozo, llenó un vaso y lo llevó a donde estaba el capellán tendido en el suelo. 

Cuando el Padre Teovigildo dejó de llorar y se serenó, el monaguillo y su madre le acomodaron en una mullida butaca acolchada. El sacerdote buscó entonces la misiva en el suelo con la angustia dibujada en su rostro. Manuel entendió sus gestos y se la puso en la mano perfectamente enrollada y atada con un cordel de seda roja. Sin pronunciar palabra alguna ambos se miraron a los ojos, se leyeron el pensamiento y el morisco asintió con la cabeza para que su querido padresito supiera que había leído el escrito y ya conocía por tanto su gran secreto. Entonces el sacerdote arrugó la frente, dirigió sus ojos llorosos hacia su hijo que permanecía sentado en un rincón, volvió a mirar fijamente a Manuel con gesto suplicante y le dijo "no" con un leve movimiento de la cabeza. El sacristán comprendió: el joven sevillano jamás debía saber la verdad, al menos en vida de su padre. 

Así pues, en cuanto pudo, el Padre Teovigildo quemó secretamente la carta de la difunta marquesa, para que su hijo Teovigildo Bernabé, al que poco a poco todos acabarían llamando simplemente Bernabé para distinguirlo del capellán, nunca supiera la verdad sobre su vergonzoso e inconfesable origen: un embarazo no buscado aunque sí festejado después con gran regocijo por su madre Segismunda, fruto de la execrable fornicación entre una mujer casada de alta alcurnia y su confesor cartujo. 

Manuel y Bernabé no tardaron en hacerse amigos. El morisco utrerano era ocho años mayor que el noble sevillano, pero esta diferencia no parecía afectar a su excelente relación. Cada madrugada subían juntos los doce angostos peldaños que permitían acceder al campanario de la Iglesia de La Encarnación, para repicar la campana toledana antes de la misa del alba y despertar con ello a los grazalemeños. Por la tarde volvían a subir para convocar a las beatas del pueblo al rezo del rosario y a la posterior misa vespertina. La liberta Fronilde era feliz viendo la alegría de su hijo que tenía por fin un verdadero amigo, casi un hermano, con quien compartir su sencilla vida sin sobresaltos de sacristán. 

Bernabé era muy aficionado a la caza con galgos, actividad que había aprendido en los campos de Sevilla con el difunto Marqués, su padre oficial. Pronto consiguió contagiar la afición a Manuel. Varias veces a la semana se escapaban juntos con los perros después de la misa del alba y se adentraban en la espesura de los inmensos abetales, encinares y alcornocales que rodeaban Grazalema en busca de conejos, liebres y alguna perdiz que los galgos cazaban en el aire dando un gran salto tras una corta carrera. Fronilde les esperaba a media mañana para recoger las piezas cobradas y cocinarlas al estilo morisco con hierbas aromáticas y especias exóticas que llenaban el edificio parroquial con sus apetitosos y deliciosos aromas.

Con frecuencia en el camino de vuelta se encontraban con dos chiquillas, ambas cristianas de sangre pura de unos dieciséis años, que lavaban la ropa de sus respectivas familias en el lavadero de la fuente mayor del pueblo con jabón hecho en la almona de Sevilla con aceite de oliva y sosa cáustica, obtenida de las cenizas de las plantas halófilas de las marismas del Guadalquivir. A la mayor de las dos le gustaba Manuel. Cada vez que lo veía pasar le lanzaba una penetrante mirada de enamorada acompañada de una dulce sonrisa que el sacristán le devolvía con la misma intensidad para que ella supiera que también le gustaba. Su amor era imposible, casi un suicidio. La muchacha, de nombre Guadalupe, era la hija menor de Don Antonio, el alcalde de Grazalema. Jamás consentiría que una hija suya se casase con un esclavo liberto.

A sus 25 años Manuel era perfectamente consciente de que estaba jugando con fuego con aquella chiquilla. De complexión delgada, tez morena y pelo rizado, tenía las mismas facciones en su rostro que su difunto padre, brutalmente asesinado por su amo por negarse a ser sodomizado. Taleb, que así se llamaba su progenitor, era un argelino capturado en alta mar por unos corsarios napolitanos mientras pescaba en una pequeña barca con su hermano mayor frente a la costa de Bejaia. Los dos hermanos remaron con todas sus fuerzas para alejarse del barco de los piratas cristianos que les perseguían, pero soplaba un viento favorable a la nave corsaria y sus grandes velas extendidas la hacían navegar a gran velocidad y en un instante les alcanzaron. Cuatro piratas armados hasta los dientes saltaron al interior de su pequeña embarcación, ellos no tuvieron con qué defenderse y fueron apresados y atados de pies y manos como animales. 

Dos meses después llegaban al bullicioso mercado de esclavos de Sevilla. Un rico y respetado terrateniente de Utrera, afectado por una depravada obsesión por el sexo, al que gustaban tanto hombres como mujeres, incluidos los niños, al ver la hermosura del rostro y sobretodo del cuerpo semidesnudo del joven Taleb, que rondaba las dos décadas de vida, se acercó a la tarima donde estaban expuestos a la venta los esclavos, fijó sus libidinosos ojos en sus bien dotados genitales que se asomaban por el desgarrado taparrabos que debía cubrirlos, preguntó al vendedor por el precio del muchacho, llegaron a un acuerdo por cinco reales de plata y se lo llevó a Utrera con la perversa intención de abusar de él. 

Tras obligarlo durante semanas a desnudarse en su presencia y a dejarse manosear lascivamente con la amenaza de desollarlo vivo si se negaba, pronto se cansó del entretenimiento y deseó probar algo más intenso. Así pues una tarde de verano le llevó al pajar para sobar por enésima vez sus genitales, sus nalgas prietas y su ano virgen mientras se masturbaba ante los llorosos y asqueados ojos del muchacho. De pronto le agarró la cabeza y lo forzó a hacerle una felación. Taleb se resistió con todas sus fuerzas. El apestoso hedor que desprendían los ingurgitados genitales del amo se le antojaba repugnante, asqueroso, nauseabundo. Cansado de forcejear con el muchacho, viendo que no conseguiría dominar su voluntad, el amo le dio un brutal puñetazo en la sien y Taleb cayó al suelo aturdido, noqueado, casi sin sentido. Entonces se arrodilló a horcajadas sobre él, lo agarro por las orejas con ambas manos y le metió el pene en la boca. Por suerte su excitación era tan grande que enseguida eyaculó con gran estrépito, llenando la boca del pobre muchacho con chorros de abundante semen, que le provocaron náuseas y vómitos incoercibles. 

Forzar a sus esclavos y esclavas más hermosos a hacerle felaciones era el mayor de sus placeres, el más gratificante, el más intenso, el que más le excitaba y mejor satisfacía su desenfrenada depravación. Así, entre violación y violación, pasaron varios lustros. Nadie se atrevía a denunciarle, pues era un respetable cristiano viejo poseedor de una gran fortuna y ellos unos despreciables esclavos sin ningún derecho. Sabían que si lo denunciaban al alcalde o al capellán de Utrera, no  sólo no les creerían sino que inmediatamente serían ajusticiados de una manera atroz por "falso testimonio". Rezaban a Alá con todas sus fuerzas para que el amo muriera, pero el dios de sus padres les había abandonado hacía tiempo y no escuchaba sus súplicas. 


Nadie comprendía cómo aquel hombre de unos cincuenta años era capaz de tanta actividad sexual. Parecía insaciable. Durante muchos años sólo les dejó en paz unos meses por haber contraído unas fiebres extrañas que le dejaron postrado en la cama incapaz de tenerse en pie. Las mismas víctimas de sus abusos le cuidaron hasta que sanó y en lugar de estarles agradecido, cuando recuperó las fuerzas continuó agrediéndoles sexualmente con la misma brutalidad de siempre. No tenía ni corazón ni entrañas.

Cuanto más se resistía la victima, más se enardecía su deseo, alcanzando con ello un estado de extrema e irrefrenable excitación. Ordoño, que así se llamaba el depravado, babeaba, gruñía, resoplaba y sus ojos ingurgitados en sangre eran los de un monstruo de pesadilla. Lo que más placer le daba era notar en su pene los violentos estertores de asco de la víctima al sentir los golpes del enorme glande contra el fondo de su garganta. Esto le llevaba rápidamente al clímax, eyaculando como una bestia inmunda en la boca del violado mientras éste se ahogaba. Ya saciado se carcajeaba a mandíbula batiente con las arcadas de la ultrajada víctima. Una vez su pene recuperaba la flaccidez, se subía el calzón, miraba con desprecio al violado y le amenazaba con despellejarlo vivo si se lo contaba a alguien.

Llegó un momento en que su mente depravada empezó a aburrirse con tanto manoseo y tanta felación y deseó probar cosas más excitantes. Una tarde de otoño el esclavo Taleb estaba acarreando leña desde un carro hacia el interior de la cocina. El amo estaba sentado en un banco de piedra frente a la casa y le observaba en silencio con lujuria. De pronto, cuando el argelino se agachó para recoger del suelo una rama que se le había caído, Ordoño se fijó en sus nalgas prietas y su trasero respingón y sintió un deseo irrefrenable de penetrarlo, de desvirgar su ano intacto. "¡Tú, ven conmigo!" - le gritó. Taleb sintió una puñalada en el corazón. Dejó lo que estaba haciendo y fue tras su amo cabizbajo mientras se le llenaban los ojos de lágrimas. Por enésima vez iba a ser violado salvajemente por la boca, o esto creía él. Una vez en el pajar le ordenó que se desnudase, mientras su depravado amo se bajaba el calzón para liberar su palpitante pene. 

A sólo unos metros cuatro aterrados ojos negros les observaban escondidos tras unas gavillas de paja. Eran Manolito y otro niño esclavo que habían ido a jugar a hacer nidos de gallina clueca entre los montones de heno. Los dos temblaban de miedo y lloraban en silencio, sobretodo Manuel que adoraba a su padre y le resultaba insoportable verlo humillado y abusado de aquella manera. Tras sobar su esbelto cuerpo y sus genitales, el magreo se centró con más insistencia de lo habitual en el agujero de su ano. El argelino se temió lo peor y empezó a temblar aterrado. No se equivocaba. El amo le empujó hacia una pared y le obligó a abrir las piernas con un par de patadas en los tobillos. Cuando el pobre muchacho notó que le ensalivaba el ano para introducir en él su verga descomunal, intentó escapar corriendo hacia la salida, pero tropezó con una cuerda medio cubierta por la paja y cayó al suelo, circunstancia que aprovechó el frustrado violador para patearlo salvajemente y matarlo a garrotazos con un palo de acebuche ante los horrorizados ojos de su hijo. Su mente de psicópata sintió tal placer con el asesinato que, lejos de menguar, se enardeció todavía más su deseo de violar al pobre Taleb y ya muerto y cubierto de sangre, le separó las piernas, se lubricó el pene con la propia sangre humeante del esclavo, se le echó encima y le penetró durante cinco largos minutos gruñendo y resoplando de placer hasta que alcanzó el clímax y eyaculó en el interior del recto del cadáver. Con grandes risotadas de satisfacción, se levantó, cubrió su ensangrentado pene con el calzón y salió del pajar dejando al argelino tendido en el suelo. 

Manolito y su amigo estaban aterrados, temblaban y lloraban en silencio sin poder reaccionar. Tras más de dos horas de angustia consiguieron serenarse lo suficiente para salir corriendo del pajar aprovechando que ya había anochecido. El niño buscó a su madre Fronilde y entre sollozos le contó lo que sus ojos acababan de ver. La esclava rompió a llorar y a arrancarse los cabellos con ambas manos desgarrada de dolor. Un esclavo que pasaba por allí escuchó su llanto y corrió en su ayuda. Entre los dos levantaron el cadáver de Taleb y lo enterraron a los pies de un viejo abeto. No se atrevieron a plantar cara al amo. Ahora más que nunca sabían hasta dónde era capaz de llegar con su brutalidad.

Unos meses después Fronilde supo que su adorado niño Manolito también había sido abusado y violado repetidas veces y aquello hizo rebosar el vaso. A sabiendas de que la iba a matar, su corazón de madre la empujó a plantar cara al monstruo. Le amenazó con contárselo todo al capellán de Utrera si volvía a tocar a su hijo y entonces el amo entró en cólera, la tumbó de un puñetazo y le dio patadas hasta que creyó que estaba muerta. Por suerte seguía viva y dos esclavas la cuidaron hasta que sus costillas fracturadas, sus heridas y sus hematomas sanaron al cabo de un par de meses. 

Al ahora sacristán Manuel, a pesar de haber transcurrido más de quince años, aquellos espantosos recuerdos que llevaba incrustados en el alma le habían marcado y ensombrecido tanto el carácter, que no conseguía superar su miedo atroz a luchar por la chiquilla cristiana que tanto amaba. Su inseparable amigo Bernabé, a pesar de su juventud, notó enseguida que Manuel ya no disfrutaba como antes yendo de caza con él. Mirándole de soslayo con disimulo leyó en sus ojos la profunda tristeza que le embargaba e intuyó cuál era la causa. "Tengo que ayudarle" - pensó.

Un par de días después, tras la misa del alba, Bernabé invitó a Manuel a salir de caza con los galgos, pero éste no quiso acompañarle. Unos minutos más tarde escuchó como lloraba en el patio trasero de la iglesia y entonces supo lo que debía hacer. Entró en la sacristía, donde su tutor y padre Teovigildo estaba guardando las vestimentas litúrgicas y sacando fuerzas de su alma celta se atrevió a hablarle de un tema para él tan complicado.

- Padre Teovigildo, ¿puedo hablar con vuestra reverencia? Es importante.

- Por supuesto, Teovigildo Bernabé. Dime, te escucho.

- Se trata de Manuel. Desde hace unas semanas ha perdido la ilusión y la alegría y ya no quiere salir de caza conmigo como antes. Ahora mismo está llorando en el patio. Yo conozco la causa de su tristeza, pero no puedo ayudarle.

- ¿Y qué es lo que le atormenta, según tú?

- Creo que se ha enamorado perdidamente de Guadalupe, la hija menor del alcalde. Sabe que por su condición de esclavo liberto su padre jamás le aceptará como yerno.

- Vaya, con razón está triste. Bueno... vamos a ver... tal vez si hablo con mi primo Gonzalo... , pero está en Ubrique y yo no puedo ausentarme de Grazalema.

- Podría ir yo, si a vuestra reverencia le parece bien.

A Teovigildo le dio un vuelco el corazón al escuchar su ofrecimiento, agachó la cabeza y quedó pensativo un momento sin responderle con la mirada fija en el suelo. Su primo Gonzalo ignoraba la existencia de Bernabé y mucho más que el muchacho fuera su hijo carnal. Tarde o temprano se lo tendría que confesar.

- Escribiré una carta y tú se la llevarás. - le respondió por fin, tras un largo silencio.


Trigésimo séptimo capítulo


Por el amor de Guadalupe


Bernabé quiso ir solo a Ubrique. El año anterior había sido capaz de hacer el largo viaje desde Sevilla hasta Grazalema sin más compañía que la de su joven caballo alazán. Su padre oficial, el difunto Marqués de la Algaba, le había enseñado a manejar la espada con maestría y el joven sevillano no le temía a nada.

En sus alforjas llevaba la misiva del Padre Teovigildo dirigida a su primo Gonzalo. El sacerdote se había molestado en enrollar bien el papel, atarlo fuertemente con una cinta de seda roja  y sellarlo con una contundente cantidad de lacre sobre el que había imprimido la marca de su anillo sacerdotal. A Bernabé jamás se le hubiera ocurrido abrir la carta. Sus padres le habían enseñado que el contenido de las misivas selladas con lacre era sagrado.

Cabalgó sin descanso hasta Villaluenga del Rosario donde pasó la primera noche en el único hostal del pueblo. La segunda jornada del viaje transcurrió sin sobresaltos y consiguió llegar hasta Benaocaz a puesta de sol. En la pequeña aldea no encontró ningún hostal y tuvo que pernoctar en el cobertizo del patio trasero de la iglesia. Soplaba un desapacible viento del norte que helaba la sangre. Sacó una gruesa manta de lana de sus alforjas, envolvió su cuerpo con ella, se acurrucó en la esquina más resguardada del cobertizo e intentó conciliar el sueño. 

Cuando al alba empezó a clarear estaba aterido de frío, no podía dejar de tiritar y castañetear los dientes y le dolían todos los huesos. Su malestar se veía agravado por un ligero dolor de garganta y una molesta y persistente tos seca. A todo ello se le añadía la desagradable sensación de no haber dormido ni un minuto. Encontró leña seca en una pocilga vacía que había junto al cobertizo y encendió una pequeña hoguera con unas cuantas chispas de la piedra de pedernal que llevaba siempre consigo. Cuando tras un buen rato consiguió calentarse y desentumecer sus huesos, comió un canto de pan de trigo con queso de oveja, un par de higos secos y un puñado de almendras tostadas que le había preparado Fronilde para el viaje. Bebió luego dos sorbos de agua de una fuente y se montó a los lomos de su caballo para recorrer el último tramo del viaje.

Cuando por la tarde llegó a Ubrique tenía tanta fiebre que al apearse del animal perdió el equilibrio y cayó al suelo en medio de la plaza del pueblo. Unos ancianos que estaban sentados en un banco de piedra junto a un abrevadero para el ganado corrieron a asistirle. Intentaron hacerle hablar para saber quien era, pero el muchacho estaba tan mal que sólo consiguió pronunciar unos balbuceos sin sentido. Al poco rato la plaza se llenó de curiosos. Una mujer se fijó en la abundante cabellera pelirroja que cubría su cabeza, en su incipiente barbita de púber también roja y en su piel blanca llena de pecas, se dio un golpe con la palma de la mano en la frente y exclamó: "¡Será pariente de Don Gonzalo!". Todos los allí reunidos la miraron primero a ella y luego al muchacho y asintieron con un sonoro "siiiii, esta mujer tiene razón, será un sobrino del hidalgo". 

Dos alguaciles por orden del alcalde le subieron a un carruaje y le llevaron al palacio de Don Gonzalo. El noble gallego estaba en el huerto podando las ramas secas de un naranjo y al escuchar los cascos de las mulas se giró hacia el carruaje, frunció el ceño y acudió a su encuentro.

- Buenas tardes, Don Gonzalo.

- Buenas tardes, alguaciles. ¿Que les trae por aquí?

- Señor, ¿tenéis por casualidad un sobrino pelirrojo? 

- Pues que yo sepa no. 

- Llevamos un muchacho forastero que se ha desmayado nada más llegar a Ubrique. Parece estar muy enfermo y no responde a las preguntas. Se asemeja mucho a vuestra ilustrísima.

Don Gonzalo se asomó al interior del carruaje y su sorpresa fue mayúscula. El mozo era la viva imagen de su primo Teovigildo a su misma edad. 

- Tienen ustedes razón, sin duda lleva sangre celta en sus venas. Déjenlo aquí y cuando recobre el conocimiento y pueda hablar, les haré saber si es pariente mío.

Con el corazón galopando en su pecho por la emoción cogió en brazos al pobre Bernabé y lo llevó al interior del palacio. Mientras tanto los agentes del alcalde ataron el caballo alazán del muchacho al tronco de una palmera datilera que embellecía la fachada de la casa, se despidieron del hidalgo y retornaron al pueblo.

Con la ayuda de Salma acostaron a Bernabé sobre una mullida cama de lana batida, le quitaron la ropa que estaba empapada en sudor por la fiebre, le vistieron un blusón de dormir y le cubrieron con una cálida manta de lana de corderillo lechal. 

- ¡Ojalá estuviera aquí Dagwa! - exclamó Gonzalo al ver el estado lastimoso del muchacho.

- Si, mi amado. Tendremos que arreglárnoslas sin ella.  - le contestó resignada su esposa.

Recordando el brebaje que tantas veces preparó la curandera en su presencia para sanar a Taufik, Salma machacó en un mortero varios conos inmaduros de pino, una docena de hojas de sauce y un par de hojas frescas de menta. Una vez obtenida una pasta cremosa le echó agua hirviendo, la removió con una cucharilla de madera de boj, la filtró con un paño de algodón y obtuvo un líquido verdoso al que añadió una generosa cucharada de miel de romero.

Mientras la morisca preparaba la medicina, Gonzalo llevó el caballo de Bernabé al establo, le quitó la silla de montar y las alforjas, le cepilló el pelo, le dio una generosa ración de cebada y un cubo de agua para que saciase su sed y volvió al interior del palacio llevando consigo las alforjas con las cosas del muchacho, que dejó sobre una mesa.

Con el brebaje ya preparado por Salma, el hidalgo sentó a Bernabé en la cama, lo sujetó para que se mantuviese erguido y la morisca con mucho cariño y mucha paciencia le intentó dar cucharaditas del amargo bebedizo. Por suerte el muchacho recobró parcialmente la consciencia y persuadido por las amorosas palabras de Salma colaboró abriendo la boca y tragando la medicina cada vez que ella se lo pedía. Luego le dejaron descansar y se turnaron para velarlo durante toda la noche. 

Cuando hacia las tres de la madrugada le tocó el turno a Gonzalo, para matar el tiempo y no dormirse se le ocurrió mirar lo que llevaba el misterioso forastero en sus alforjas y encontró la carta sellada con lacre. La tentación por conocer su contenido fue tan irresistible que rompió el sello, desenrolló el papel, se acercó a la lámpara de aceite y leyó:

"A la atención de Don Gonzalo de Limia y Alláriz, Señor del Arroyo de Cidrones de Ubrique:

Querido primo, soy Teovigildo, el capellán de Grazalema. Te escribo esta carta para confesarte el mayor de los pecados que he cometido en mi vida. El mozo que tienes delante es mi hijo, fruto de mi fornicación con una mujer casada de noble estirpe de la que yo era el confesor. Se llama Teovigildo Bernabé, pero todos le llaman simplemente Bernabé para no confundirlo conmigo. Tiene diecisiete años y ostenta el título de Marqués de la Algaba de Sevilla que heredó de su difunto padre oficial junto con su inmensa fortuna. Su madre, también difunta, se llamaba Segismunda Benedicta. Tras enviudar, enfermó gravemente a los pocos meses y viendo que su único hijo se quedaría solo en el mundo, me escribió una carta en el lecho de muerte rogándome que me hiciera cargo de él. Me la trajo el propio muchacho ignorando su contenido. Te suplico por lo que más quieras que no le reveles jamás que yo soy su padre.  

Por otra parte, y éste es el motivo por el que te mando a Bernabé, te hago saber que Manuel, mi sacristán, el morisquillo utrerano hijo de la esclava Fronilde que tu y Taufik liberasteis de la esclavitud, se ha convertido en todo un hombre, bueno, noble, servicial y digno de toda mi confianza. Me ayuda mucho en la parroquia y se ha hecho muy amigo de Bernabé. Hasta hace unas pocas semanas era un muchacho lleno de salud y alegría que reía a todas horas y disfrutaba saliendo de caza con mi hijo, pero por desgracia ha caído en una profunda melancolía. Está siempre triste y llora a todas horas. Ya no quiere salir de caza y temo que pueda perder la cordura y acabe ahorcándose. 

La causante de su tristeza es una muchacha cristiana de nombre Guadalupe, la hija menor del alcalde Don Antonio, de la que Manuel se ha enamorado perdidamente y ella de él. La dolorosa certeza de que jamás será suya ha reverdecido en su mente los terroríficos recuerdos de los abusos, violaciones y maltratos a los que le sometió su amo cristiano y todo ello le ha hecho perder la ilusión de vivir. Se siente un desgraciado, un moro despreciable indigno de su amada, un ser maldecido por el destino. 

Al no saber cómo puedo solucionar el problema y teniendo en cuenta el enorme respeto que siente por tí el alcalde, he pensado que tal vez tú podrías ayudar a Manuel a conseguir que Don Antonio le acepte como yerno.  Me atrevo pues a pedirte que por el cariño que sé que guardas hacia el morisquillo de Utrera te desplaces hasta Grazalema y me eches una mano en tan delicado asunto. De paso el viaje te servirá para renovar tu amistad con tu amigo Taufik y su esposa Zulema que os echan mucho de menos a tí, a Salma y a tu niña Iria, que me imagino que ya será toda una mujercita.

Esperando que puedas venir pronto a Grazalema, se despide de ti con un fuerte abrazo tu primo Teovigildo que te echa mucho de menos."


Trigésimo octavo capítulo



El hechizo de Matilde

 
Gonzalo tuvo que sentarse, impactado por lo que acababa de leer. Le entró un sudor frío que le empapó la frente, sintió un nudo en la garganta y el corazón se le aceleró al galope en su pecho. No se lo podía creer. Para asegurarse de que no estaba soñando a aquellas horas brujas de la madrugada, releyó la carta y entonces comprendió. La causante de la profunda melancolía en la que cayó su primo dieciocho años atrás no había sido la dureza de la vida monástica en la Cartuja de Sevilla, sino el doloroso sentimiento de culpa por haber roto su sagrado voto de castidad nada menos que con una dama casada de alta alcurnia. "¡Vaya, vaya, con mi primito, el monje ejemplar, el casto varón, el afamado predicador, quién lo iba a decir! Si no llega a escribírmelo él mismo de su puño y letra no me lo creería." - se dijo a si mismo con el pensamiento, balanceando la cabeza mientras se dibujaba una sonrisa burlona en su rostro.

Cogió la lámpara de aceite, se acercó a la cama donde dormía Bernabé, su inesperado primo segundo, le iluminó el rostro y efectivamente, sin la menor duda, era la viva imagen de Teovigildo. Se sentó en una silla acolchada junto al enfermo, dejó la lámpara encendida en el suelo y en el silencio de la noche rememoró el largo viaje que hizo con su primo veinticinco años atrás desde su lejana Galicia natal y su imagen de joven aventurero lleno de ilusión y de vida, que reía a carcajadas a todas horas gastándole bromas pesadas, se le apareció en su mente con gran claridad y dos lágrimas de nostalgia brotaron de sus ojos celtas, se deslizaron por sus mejillas y se perdieron en la maraña de su barba pelirroja. Comprendió entonces lo mucho que quería a su primo, sintió una gran ternura por él y se ordenó a si mismo que debía ser indulgente con su pecado de juventud. 

Levantó la lámpara, la volvió a acercar al rostro del muchacho, le pareció muy apuesto y sonrió al venirle a la mente la idea de casarlo con alguna de las hijas que le había dado su adorada esposa. Y como si estuviera escrito en su destino, Matilde, la segunda de sus tres hijas, entró en aquel preciso momento en la estancia.

- Padre, ¿cómo está el enfermo? - le preguntó casi susurrando.

- Matilde, ¿qué haces levantada a estas horas? ¡Vuelve a la cama!

- No puedo dormir, padre. Os ruego me permitáis velar al muchacho en vuestra compañía.

Gonzalo sonrió sin que ella se diera cuenta. "¿Serán cosas del destino? - pensó.

- De acuerdo. Coge una silla y siéntate a mi vera.

- Gracias, padre. 

Matilde, una hermosa adolescente de quince años, que parecía aunar en su cuerpo toda la belleza de su madre eritrea y su padre celta, con su voluminosa y rizada cabellera de caoba, su piel de canela y sus ojos llenos de embrujo de un indefinible color entre gris, azul y verde, había sentido una extraña emoción al ver a Bernabé entrar inconsciente en el palacio en brazos de su padre y, movida por una fuerza misteriosa, se había levantado de la cama con el deseo irrefrenable de volver a ver a aquel hermoso forastero tan parecido a su progenitor.

Gonzalo la miraba de soslayo y sonreía. Sentada a su lado, con la estancia iluminada por la tililante luz amarillenta de la lámpara de aceite, Matilde comtemplaba al muchacho como embelesada, hechizada, ya fulminantemente enamorada. "¿Será el destino?", se volvió a preguntar Gonzalo con la mente. Por enésima vez miró de soslayo a su hija y su corazón de padre le dijo que no debía impedir que se hiciera realidad lo que estaba escrito en las estrellas. 

- Matilde, ya que tu no tienes sueño y yo mucho, quédate tú velando a Bernabé y yo me voy a dormir.

- Como queráis, padre. - le contestó encantada, mientras grababa de forma indeleble en una de sus neuronas el nombre del forastero. "¡Bernabé, qué bonito, me gusta!" - pensó emocionada con el corazón palpitando en su pecho de niña-mujer.

Cuando empezó a clarear al alba, Salma se levantó soñolienta sin darse cuenta de que su marido estaba durmiendo a su lado en la cama y se dirigió a la cocina para preparar una nueva dosis de la medicina de Dagwa para el enfermo. Veinte minutos más tarde entró en la estancia donde dormía Bernabé con el tazón del bebedizo en una mano y la cucharilla de madera de boj en la otra y su sorpresa al ver a Matilde velando sola al muchacho fue tan grande que estuvo a punto de caerle el tazón al suelo. Por suerte tuvo tiempo de sujetarlo con la otra mano.

- Matilde, ¿qué haces aquí? ¿Y tu padre?

- Estaba muerto de sueño y se ha ido a dormir un rato. 

- ¿Qué...? - gritó incrédula.

Dejó el tazón y la cucharilla sobre una mesita de roble andaluz y se encaminó visiblemente enfadada a la alcoba matrimonial.

- Gonzalo, ¿te has vuelto loco?

- Jajajajaj, Salmita mía, no te enfades. 

- ¿A quién se le ocurre dejar a la niña sola con un forastero?

- Ven y te lo explico.

Gonzalo se había sentado en la cama. Su esposa fue a sentarse a su vera pero antes de que lo hiciera él la abrazó con ternura. La eritrea era tan menuda que aún estando de pie apenas alcanzaba a medir como su marido sentado.

- Mi morita adorada, ¿te acuerdas de cuando te compré en el mercado de esclavos?

- Si, amor mío, claro que lo recuerdo.

- Dime, ¿qué sentiste en tu corazón cuando te llevaba en brazos maniatada y cargada de grilletes y tu me mirabas embelesada?

 - Sentí la emoción más grande de mi vida. Eras tan hermoso, galleguiño mío...


- Jajajaj, morita mía. Yo también sentía lo mismo por ti. - le contestó el hidalgo con los ojos húmedos por el emotivo recuerdo de aquel momento mágico de sus vidas.

- Me harás llorar....

- Te lo decía porque esta madrugada mientras velaba al muchacho ha aparecido Matilde con la escusa de que no podía dormir y me ha pedido que la dejase velar conmigo al enfermo.

- ¿Y...?

- Pues que se ha sentado a mi vera y se ha quedado mirando embelesada, como hechizada, al mozo y me ha recordado tu mirada de aquel lejano día. 

- ¿Quieres decirme que se ha enamorado de un enfermo inconsciente?

- Pues sí, me lo dice el corazón. Por cierto, cuando nos hemos relevado y tu te has ido a dormir, se me ha ocurrido mirar lo que llevaba el muchacho en las alforjas y he encontrado una carta sellada con lacre. Mi curiosidad ha sido tan grande que no he podido resistir la tentación de abrirla y leerla. ¿Sabes a quién iba dirigida?

- ¿A ti?

- Pues sí.

- ¿Y quién te la ha mandado?

- Mi primo Teovigildo. En ella me ha revelado el secreto más grande de su vida. El joven forastero es su hijo, fruto de su fornicación con una rica sevillana de la que él era el confesor. Se llama Teovigildo Bernabé, pero todo el mundo le llama simplemente Bernabé. Me ha suplicado que jamás se lo diga ni a él ni a nadie. Te lo digo a tí porque sé que sabrás guardar el secreto.

 - ¡Dios bendito, quién lo iba a decir! - exclamó la eritrea. 


- Bernabé ha heredado el título de Marqués de la Algaba y la inmensa fortuna de su difunto padre oficial. Su madre, la antigua amante de mi primo, al enviudar enfermó gravemente y en el lecho de muerte escribió una carta dirigida a Teovigildo y se la mandó a través de su propio hijo, rogándole que se hiciera cargo de él. 

- ¡Pobre Bernabé! ¡Qué historia más triste!

- Si, es mucho mejor para él que jamás sepa cuál es su verdadero origen. Ven, vamos a ver cómo sigue. - le dijo Gonzalo.

Cogidos de la mano, vestidos ambos con el blusón de dormir, entraron en la estancia del enfermo y se quedaron de piedra. Bernabé había recobrado la consciencia y estaba sentado en la cama mirando con ojos alucinados y en silencio a Matilde, que se había quedado dormida recostada a su lado. Tan fuerte era la impresión del muchacho que no se dio cuenta de la presencia del matrimonio. Gonzalo y Salma se miraron de soslayo y sonrieron. Permanecieron en silencio cogidos de la mano observando enternecidos aquella escena tan bonita. Al cabo de un par de minutos Bernabé acarició, más bien rozó levemente con el dorso de los dedos la mejilla de Matilde, ésta despertó y sus ojos indefinidos de mestiza se encontraron por primera vez con los ojos azules del forastero en la penumbra amarilla de la luz de aceite y aquella mirada mágica unió para siempre sus vidas. Era su destino.


Trigésimo noveno capítulo

Un regalo de los dioses


La medicina de Dagwa fue realmente milagrosa, bueno, tal vez sería más correcto decir la medicina y los ojos de Matilde. Cuando Bernabé despertó todavía con fiebre y se encontró con el rostro de la muchacha durmiendo como un lirón a sólo un palmo escaso del suyo, se la quedó mirando perplejo, aspiró la cálida brisilla del aliento de ella que se le antojó delicioso con aroma a dulce de canela y se fijó en sus carnosos y sensuales labios eritreos heredados de su madre africana, en su naricilla algo respingona, en su abundante pelo rizado que brillaba con tonos rojizos bajo la inquieta luz de la lámpara de aceite y en la sedosa piel de terciopelo de sus sonrosadas mejillas. 

Al terminar tan exhaustivo escrutinio inspiró emocionado el aire que envolvía a la muchacha, millones de partículas de feromonas de mujer inundaron su rinencéfalo, la sangre le entró en ebullición, notó que un hormigueo le recorría todo el cuerpo desde la nuca hasta la entrepierna, se le aceleró la respiración, el corazón galopó raudo en su pecho, sintió ahí abajo una desazón extraña, un ansia, un calor, un cosquilleo, una pulsión de empujar, unos latidos violentos, unos espasmos maravillosos mucho más placenteros que cuando tantas veces había jugado a solas con su pilila, se sintió mojado y no sabiendo qué hacer lo único que se le ocurrió fue incorporarse un poco y sentarse en la cama con cuidado para ver mejor a aquel maravilloso ser de ensueño que había aparecido en su cama sin saber cómo y le había hecho sentir aquellas turbadoras sensaciones. 

Fue entonces cuando Salma y Gonzalo se asomaron a la estancia y le vieron contemplando y acariciando ensimismado el rostro de su hija, como si de dos enamorados de un cuento de Las Mil y Una Noches se tratase. Se emocionaron recordando su propio enamoramiento, se miraron a los ojos, se pusieron de acuerdo sin mediar palabras y decidieron dejar solos a los dos adolescentes, pues ambos eran tan inocentes que no temieron que la virginidad de ella corriera ningún peligro. 

Al rato a Bernabé le subió de nuevo la fiebre y le entró mucho sueño, en parte también por el orgasmo inocente que acababa de sentir, volvió a recostarse junto a Matilde y se durmió. La muchacha, que se había despertado con la delicada caricia de él, se lo quedó mirando con la felicidad dibujada en su rostro, se acercó lo más que pudo a la cabeza de Bernabé y aspiró con delectación el intenso aroma de hombre que exhalaba su cabellera pelirroja. Se incorporó un poco en la cama con gran sigilo, acercó su rostro al del muchacho, olisqueó como gata en celo su maravilloso aliento que olía a mar, besó su frente con dulzura, luego su nariz celta, los párpados de sus ojos cerrados, la sedosa barbita de púber de sus mejillas y sin poderse contener rozó con sus labios los del muchacho una y otra vez con tal levedad, que logró que no se despertase de su estuporoso sueño de fiebre. De pronto algo muy intenso, un cálido escalofrío, una convulsión, un espasmo, un fuego que empezaba en su entrepierna y le recorría la espalda hasta la nuca, una sensación maravillosa que jamás había sentido, la hizo jadear de placer, se recostó de nuevo en la cama en posición fetal, se llevó una mano ahí abajo y creyó estar flotando en la más suave y mullida de las nubes. 

En otra estancia del palacio Gonzalo y Salma acababan de hacer el amor por enésima vez con la misma pasión que en su juventud. El vientre de la eritrea, tras los embarazos casi seguidos de sus tres hijas, hacía ya más de trece años que se había secado y había dejado de darle retoños a su marido, pero aquella noche fue tan intenso el placer que sintió en brazos de Gonzalo que de uno de sus perezosos ovarios salió disparado un óvulo eritreo, se adentró veloz en la interminable cueva de la trompa de Falopio, por el camino se encontró con el abundante semen celta de Gonzalo y un espermatozoide de varón llegó el primero en la carrera y lo fecundó. 

Tres semanas después, de camino hacia Grazalema, el joven Bernabé, ya recuperado y lleno de vida, cabalgaba en lo alto de su esbelto corcel alazán, contemplado con ojos enamorados desde el interior del carruaje por la mestiza Matilde. Sentada a su lado, su madre Salma de pronto sintió náuseas y mareos, se tapó la boca con la mano, se asomó por la ventana del vehículo y vómitó con gran estrépito. Gonzalo dio la orden de parar a Salem y Ulpiano, se apeó de su cabalgadura y corrió hacia su esposa. 

- ¿Te has mareado, mi amada? - le preguntó con dulzura.

- No, Gonzalo. Por fin los dioses africanos de mis padres han escuchado mis súplicas y vuelvo a estar encinta casi a las puertas de la ancianidad. Ojalá esta vez sea un varón.

- ¡Que alegría más grande, Salmita mía! A mí también me gustaría que fuera un varón.

- Lo será. Me lo dice el corazón. 

- Sea lo que sea será bienvenido. A nuestra edad un nuevo hijo es un regalo de Dios. - sentenció Gonzalo con el corazón henchido de felicidad.


Cuadragésimo capítulo



Y Salma pudo vengarse


Iria, la primogénita de Gonzalo y Salma, estaba deseando llegar a Grazalema para conocer por fin a Gonzalo-Said. Sus padres le habían hablado de él con tal vehemencia que se había forjado una imagen maravillosa del grazalemeño, como si de un príncipe de ensueño se tratase. Ambos tenían diecisiete años, aunque Iria le aventajaba en unos cuantos meses. Al hacerse mujer se había convertido en una joven de una belleza, una esbeltez y una elegancia exquisitas. A pesar de llevar en su sangre la mitad de los genes africanos de Salma, Iria era la viva imagen de su padre celta: alta, esbelta, castaño-pelirroja, de rasgos hermosos, ojos azules con un ligero tono verdoso y la piel de un blanco acanelado sin las llamativas pecas de Gonzalo.

Por su parte el joven Gonzalo-Said, el primogénito de Taufik y Zulema, al haber crecido bien alimentado y sin el yugo de la esclavitud en la que crecieron sus padres, superaba en un palmo a su padre y en casi dos a su madre. Su tez morena, su nariz recta y robusta, sus labios carnosos, sus ojos negros como el azabache y su oscuro pelo ligeramente encrespado, rasgos que había heredado de Leila, su bisabuela africana, le conferían un atractivo turbador, como si de un príncipe de un cuento de las Mil y Una Noches se tratase.

El sol gaditano hacía ya un par de horas que se había levantado tras las copas del inmenso abetal y sus poderosos rayos iluminaban las casitas blancas de Grazalema. La muchacha no recordaba el paradisíaco pueblo de ensueño que la vio nacer, pues tenía sólo unos pocos meses cuando sus padres se la llevaron a Ubrique.

-¡Iria, asómate y verás el lugar donde naciste! - le gritó su padre, que hacía el viaje montado en su corcel negro.

- Padre, ¿puedo bajar un momento para verlo mejor? - le suplicó la muchacha desde el interior del carruaje.

- Por supuesto, hija mía. ¡Salem, Ulpiano, parad en este rellano, descansaremos un rato! - les ordenó a su esclavo predilecto y a su inseparable amigo.

Iria salió disparada del carruaje y se subió a una gran roca para otear mejor el maravilloso pueblo blanco que les esperaba a media hora de camino. Sus dos hermanas, Matilde y Rebeca, también quisieron subir a la roca. Bernabé, montado en su caballo, observaba con ojos enamorados todo cuanto hacía Matilde, cuya belleza mestiza se acrecentaba bajo la poderosa luz del sol naciente.

- ¡Gonzalo, los bandoleros, allí! - chilló Salma aterrorizada con ojos desorbitados desde el interior del carruaje, señalando con el dedo hacia unos hombres que corrían a esconderse tras unas rocas en la base de un peñasco.

- ¿Son los que nos asaltaron? - le preguntó su marido.

- Si, he reconocido al más viejo.

- ¡Salem, Ulpiano, Bernabé, seguidme! Tenemos que apresarlos y llevarlos ante la justicia.

Los cuatro corrieron hacia el peñasco. Los bandoleros, que eran tres, no habían podido continuar su huida al toparse con un precipicio y les esperaban armados dos de ellos con una espada y el tercero con un grueso palo de acebuche. Bernabé llegó el primero blandiendo su espada sevillana y se enzarzó en un combate a vida o muerte con el bandolero más corpulento que rondaba la cuarentena. La agilidad del muchacho le permitía esquivar con saltos y piruetas el arma del adversario que insistía en atacar su cuello. En uno de los embates la punta de la espada alcanzó su oreja izquierda, Bernabé sintió un dolor muy vivo y empezó a sangrar en abundancia pero no se acobardó. Aprovechando una roca que sobresalía, saltó sobre ella a la velocidad de un rayo y asiendo la espada con las dos manos cortó limpiamente el cuello del bandolero, cuya cabeza rodó cuesta abajo por el precipicio. Mientras tanto el bandido más viejo era abatido por Don Gonzalo de un certero espadazo en el corazón y el otro moría despeñado al intentar esquivar los garrotazos de Ulpiano y Salem.

Salma temblaba y lloraba angustiada temiendo por la vida de su adorado marido y al mismo tiempo reviviendo el espantoso recuerdo de la brutal violación perpetrada contra ella por los tres bandoleros. Al ver llorar a su madre de aquella manera tan desgarrada las tres chiquillas se asustaron mucho, se abrazaron a ella y lloraron las cuatro juntas mirando hacia el peñasco.

- Dejadles que se los coman los cuervos y los buitres. Son peores que alimañas. Ellos nos destrozaron la vida y nos dejaron tirados creyendo que estábamos muertos. - les dijo el hidalgo a los tres muchachos.

- Si, mi señor, lo recuerdo bien. - asintió el morisco Salem, mientras intentaba contener la hemorragia de la oreja de Bernabé taponándola con su propio pañuelo.

- Ya no harán más fechorías. ¡Vámonos! - dijo Gonzalo.

Cuando por fin los cuatro hombres aparecieron a lo lejos tras unas rocas descendiendo del peñasco, Salma y sus hijas se tranquilizaron y dieron gracias a la Virgen María. Un par de segundos después Matilde se dio cuenta de que el sevillano estaba herido al lograr distinguir desde la lejanía su cabeza ensangrentada.

- ¡Mi Bernabé está herido! - chilló angustiada, mientras corría a su encuentro seguida por su madre y sus hermanas.

El muchacho escuchó su grito desgarrado que en el silencio de aquellos parajes el eco repitió varias veces in decrescendo. Se emocionó, se le humedecieron los ojos y el corazón latió raudo en su pecho henchido de felicidad al saberse tan querido por aquella chiquilla ubriqueña.

- No es nada, tranquila. - le dijo con una sonrisa mirándola a los ojos. 


Ella quiso sustituir a Salem y sujetó con una mano el pañuelo ensangrentado que taponaba la herida, mientras con la otra rodeaba al muchacho en actitud protectora de camino hacia el carruaje.

Salma y las otras dos chiquillas fueron corriendo al encuentro de Gonzalo. Éste las rodeó amoroso con sus grandes brazos y las besó en la frente. Luego le hizo una seña con los ojos a su esposa para que se fijase en Matilde y en su enamorado. Salma les miró enternecida, se volvió hacia Gonzalo y ambos sonrieron. "Tendremos que casarlos" - le susurró al oído.  


Al cabo de algo más de media hora llegaban a Grazalema. Con el deseo de saludar al padre Teovigildo y a Manuel, su sacristán, se encaminaron directamente hacia la Iglesia de La Encarnación. Entraron en el pequeño templo que acababa de vaciarse tras la misa del alba. Manuel estaba apagando las velas del altar y cuando se dio la vuelta para ver quién había entrado reconoció a su amigo Bernabé y se le iluminó el rostro de pura alegría. Corrió a su encuentro y ambos se fundieron en un cálido abrazo. Se fijó entonces en los restos de sangre seca que manchaban su oreja y cuello y le preguntó por su herida. El sevillano le dijo que no tenía importancia, que ya se lo contaría en otro momento. 

- Manolito, ¿te acuerdas de mí? - le preguntó el hidalgo con una amplia sonrisa.

- ¡Don Gonzalo!, ¿sois vos, señor?  - le contestó el utrerano con cara de sorpresa al reconocerlo.

- Si, por él me tengo.

El hidalgo abrió entonces sus brazos y rodeó con ellos al delgadísimo muchacho que casi desapareció bajo su corpulencia.

- Ya no hueles a cabra.  - le dijo con cariño recordando aquella madrugada dieciocho años atrás en que Manuel le reveló los abusos sexuales a los que le sometía su amo y durmió el resto de la noche en sus brazos. Entonces era un cabrerillo, un niño esclavo de unos nueve años. Ahora se había convertido en un hombre libre, pero sus ojos de niño triste seguían siendo los mismos.

- No, Don Gonzalo. Ahora huelo a cera de sacristía. 

Ambos rieron a carcajadas y volvieron a abrazarse.  Gonzalo quería a Manuel como a un hijo y éste al hidalgo como a un padre.


Cuadragésimo primer capítulo



Era su destino


Tras saludar con afecto a Salma y a los inseparables Salem y Ulpiano, a los que ya conocía de su última visita a Grazalema dieciséis años atrás, Manuel fue a buscar al padre Teovigildo al ayuntamiento, al que había acudido llamado por Don Antonio para tratar sobre una herencia de un anciano recién fallecido, que había legado todos sus bienes a la Parroquia de La Encarnación, agradecido por los servicios del sacerdote. Se lo encontró en la calle Nueva ya de vuelta del encuentro con el alcalde.

- Padre Teovigildo, alguien que os quiere mucho os está esperando en la iglesia.

- Será mi primo Gonzalo. - le adivinó el sacerdote mientras se le iluminaba la mirada por la alegría.

- Él es, padre y ha venido acompañado por Bernabé. ¿No lo habíais enviado a Sevilla?

- Bueno, ahora que ya están aquí te voy a decir la verdad. A Bernabé no lo envié a Sevilla sino a Ubrique. Estabas tan triste por el amor de Guadalupe que temí por tu vida y pensé que lo mejor sería llamar a Gonzalo para que te ayude a conseguir a la muchacha. Si él no convence a Don Antonio, no lo hará nadie. Yo no me veo capaz. No te dije la verdad para evitarte más sufrimiento. ¿Lo comprendes, Manuel?

- Si, lo comprendo. Gracias por vuestros desvelos, reverendo padre. - le contestó el sacristán con voz entrecortada y una profunda tristeza dibujada en su rostro.

- Venga, vamos, alégrate, que mi añorado primo nos está esperando. - le dijo apoyando su brazo sobre los hombros del muchacho en actitud paternal.

Teovigildo se había ganado el corazón de los grazalemeños por su bondad y continuamente tenía que parar en la calle para permitir a la gente que besase el crucifijo que pendía de su cintura. Él les bendecía con el signo de la Cruz y les regalaba unas palabras amables y una caricia en la mejilla. Realmente era un padre para todos.

- Primito, ¿cómo estás? - le preguntó a Gonzalo nada más verlo.

- Muy bien, Teovigildo, ¿y tú?

- Yo también muy bien y más todavía ahora que ya por fin has llegado. No sabes cómo me alegro de volverte a ver. Han pasado dieciséis largos años y ambos hemos envejecido. ¿Ves? Mi tonsura ya no es pelirroja, sino más blanca que la nieve.

- Jajajaj, más o menos como mi cabellera. - le contestó Gonzalo con los ojos brillantes por la emoción del reencuentro.

- Tu eres Salma, ¿verdad?, ¿cómo estás prima? - le preguntó el sacerdote a la eritrea.

- Muy bien, reverendo padre. - le contestó ella un poco cohibida al no saber cómo dirigirse al primo de su marido. 


- Estas tres chiquillas son nuestras hijas: Iria, la primogénita, que tu bautizaste hace diecisiete años, Matilde, la segunda y Rebeca, la tercera, y aquí dentro viene otro retoño de camino. - le informó Gonzalo señalando el vientre de su esposa.

- ¿Otro?, ¿a vuestra edad? - exclamó el capellán con cara de sorpresa.

- Pues sí, cosas del destino. - le contestó Salma sonriendo.

- Me alegro mucho por vosotros. ¿Será un varón esta vez?

- Mi corazón me dice que sí.



Tras el afectuoso saludo Bernabé se quedó en la parroquia con su tutor y Don Gonzalo, Salma, las tres niñas, el esclavo Salem y su amigo Ulpiano partieron hacia el palacio del abetal. Mientras subían la empinada cuesta, como si estuvieran unidas por un hilo invisible de cariño, el alma de Gonzalo conectó con la de su amigo-hermano Taufik y el morisco de pronto sintió una emoción extraña en su corazón, le vino a la mente el entrañable recuerdo del hidalgo gallego y presintió que éste se estaba acercando. Subió a la torre más alta del palacio, oteó el horizonte hacia Grazalema y allí estaba el carruaje tirado por dos mulas y a su lado Gonzalo montado sobre su corcel negro, ascendiendo por el pedregoso camino que llevaba al bosque de abetos. "¡Zulema, llama a los niños, venid todos, mi hermano Gonzalo y su esposa Salma están subiendo por el camino. Corramos a su encuentro!", gritó presa de una gran alegría.

Zulema se alegró tanto como su marido. Salió disparada de la cocina con las manos y el delantal blancos de harina del pan que estaba amasando y llamó a sus cinco hijos con insistencia. De pronto se dio cuenta de que no estaba presentable, volvió a entrar en la cocina, se lavó las manos a toda prisa, se quitó el delantal, se puso el velo y salió al patio principal donde ya le estaban esperando Taufik y los niños.

Corrieron todos cuesta abajo dando voces y saludando con la mano. Zulema ululó al estilo morisco y Salma le contestó con otro ululato desde la ventanilla del carruaje. Gonzalo azuzó su caballo y galopó veloz hacia los grazalemeños. Se apeó de un salto de su cabalgadura y se fundió en un cálido y largo abrazo con su hermano Taufik al que llevaba dieciséis años sin ver. Ambos se emocionaron tanto que no pudieron evitar que se les humedecieran los ojos. El hidalgo saludó luego con afecto a Zulema y a los cinco niños regalándoles una amplia sonrisa, mientras el carruaje estaba llegando. 

Con la emoción Salma de pronto se sintió indispuesta. A sus cuarenta años su cuarto embarazo le estaba causando muchas molestias y al bajar del vehículo las náuseas fueron más fuertes que su deseo de abrazar a Zulema y no pudo evitar vomitar con gran estrépito. Su amiga grazalemeña, al ignorar la causa de su malestar, corrió asustada en su ayuda.

- ¿Te has mareado, Salma? - le preguntó rodeándola con un brazo, mientras la eritrea se sacudía con los espasmos del vómito.

- No, Zulema, es que estoy embarazada. - logró contestarle entre estertores.

- ¿A tu edad? - le preguntó sorprendida.

- Pues si, cosas del destino. - le contestó Salma sonriendo mientras inspiraba profundamente ya aliviada.

La adolescente Iria por fin tenía ante sus ojos al muchacho del que tanto le habían hablado sus padres. Le miraba en silencio con sus ojos verde-azulados de mestiza escudriñando sus rasgos, sus gestos, sus ojos de azabache, su esbelto cuerpo rebosante de virilidad y sus labios sensuales y carnosos que pedían ser besados. Gonzalo-Said hacía lo mismo con ella atraido irresistiblemente por aquella hermosa chiquilla de cabello rojizo y piel de canela tan parecida a su padre. 

- Tu debes ser Gonzalo-Said, ¿verdad? - le preguntó el hidalgo con una amplia sonrisa, al darse cuenta de las intensas miradas cruzadas que se dirigían con disimulo el muchacho y su hija.

- Si, Don Gonzalo. - le contestó con timidez.

- Ven, quiero que conozcas a Iria, mi primogénita, que nació en Grazalema cuatro meses antes que tú.

Al estar frente a frente ambos adolescentes se sonrojaron visiblemente, se miraron a los ojos, esbozaron una tímida sonrisa y se saludaron con la cabeza sin pronunciar palabra alguna.

Gonzalo, Salma, Taufik y Zulema también sonrieron y se miraron de soslayo divertidos ante la evidencia de que Iria y Gonzalo-Said se gustaban. Después de diecisiete años empezaba a hacerse realidad su destino que con tanta claridad intuyeron los padres del muchacho.


Cuadragésimo segundo capítulo


Dagwa, de hechicera a carabina


A excepción del sevillano Bernabé, que permaneció en la parroquia, los demás recién llegados de Ubrique se instalaron en el palacio del abetal. Lo que en un principio habían sido sólo furtivas y tímidas ojeadas entre Iria y Gonzalo-Said, con el paso de los días se transformaron en penetrantes miradas seguidas de francas sonrisas y poco después el deseo creciente de estar juntos se hizo tan intenso que no hallaban la manera de encontrar una escusa para salir a dar un paseo ellos dos solos sin ningún acompañante. La anciana Dagwa, con su privilegiada inteligencia, les miró a los ojos, les leyó el alma y decidió echarles una mano.

- Ufff, tengo los huesos agarrotados de no caminar. Cuanto menos me muevo más me duelen. Estoy ya tan vieja... Me conviene salir a estirar un poco las piernas o a este paso me quedaré sentada en una silla para siempre. ¿Me acompañas a dar un paseo, Gonzalo-Said?

- Por supuesto, tata Dagwa.

- ¿Vienes tu también Iria?

La muchacha de pronto se sintió violenta, titubeó, dudó, se sonrojó, pero el deseo de estar con su enamorado fue más fuerte que la vergüenza.

-Claro, Dagwa. Vamos. - logró contestar por fin tras tres largos segundos, lanzando una fugaz mirada a Gonzalo-Said que sonreía encantado.

La intención de la vieja hechicera no era hacerles de carabina, sino más bien todo lo contrario. Dagwa era tan buena y deseaba tanto la felicidad de las personas que quería, tal vez porque ella nunca fue feliz, que en cuanto estuvieron en la espesura del abetal se dio un golpe en la frente.

- Vaya, por todos los espíritus africanos, ¿será posible que esté tan chocha? - exclamó.

- ¿Qué te ocurre, tata? - le preguntó Gonzalo-Said.

- Se me ha olvidado decirle a tu madre que he dejado la leche hirviendo en la cocina. Voy corriendo a avisarla y vuelvo.

- Mejor voy yo y me daré más prisa. - le sugirió el muchacho.

- No, no, la acababa de poner al fuego. Tardará todavía un buen rato en hervir. Me sobra el tiempo para ir y volver. Vosotros esperadme junto a la encina centenaria a la que la gente llama Venerable Abuela. ¿La conocéis? Está aquí cerca.

- Sí, si, yo la conozco, tata. De niño jugué muchas veces con mis hermanos bajo su copa. - le contestó Gonzalo-Said, intuyendo las intenciones de la anciana.

Dagwa partió de vuelta al palacio cojeando visiblemente por su avanzada artrosis, mientras en su arrugado rostro de piel intensamente negra se dibujaba una sonrisa y sus ojos de ébano le chispeaban de pura felicidad. Quería tanto al primogénito de Taufik y Zulema, al que había criado como una verdadera abuela,  que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él para que fuera feliz.

Por supuesto no regresó. Los dos enamorados la esperaron durante más de una hora bajo la copa de la imponente encina, cuyo tupido ramaje impedía que la atravesasen los poderosos rayos del sol de Andalucía. Durante los primeros minutos se miraron de soslayo con timidez sin atreverse a pronunciar ninguna palabra. Al cabo de un rato Gonzalo-Said inspiró profundamente, llenó a tope sus pulmones, se armó de valor, sintió que el corazón le iba a estallar en su pecho por la emoción y haciendo un esfuerzo inconmensurable para superar su timidez, señaló con la mano la mullida capa de hojarasca que cubría el suelo y logró decir: "¿Nos sentamos? Dagwa va a tardar mucho en volver." Iria le miró divertida, asintió con un movimiento sesgado de la cabeza y se sentó a su lado a tres escasos palmos de distancia. 

Tras largos minutos en absoluto silencio, Iria se atrevió por fin a hacer lo que le pedía el corazón, buscó en su alma la poderosa fuerza celta heredada de su padre, su respiración se aceleró, la frente se le humedeció y su cerebró ordenó a su mano derecha que se alargase hacia la izquierda de Gonzalo-Said. Cuando el muchacho sintió el contacto tembloroso de los dedos de ella, rotó su mano y los asió con delicadeza. No se atrevieron a mirarse, todavía. Permanecieron en éxtasis con los ojos húmedos por la emoción, mientras sentían que una energía desconocida pasaba de uno al otro, les llenaba de felicidad y ataba para siempre con un nudo invisible sus corazones. Era su destino.

Otro noviazgo más avanzado, el de Matilde y Bernabé, se sequía consolidando día a día. Cada mañana, tras la misa del alba, el sevillano se montaba a los lomos de su corcel alazán y galopaba cuesta arriba hacia el palacio del abetal para ver a su amada Matilde. Ella le esperaba sentada en un banco de piedra situado en el patio delantero del palacio. Cuando le veía llegar el corazón se le aceleraba, sentía unas ganas locas de salir corriendo a su encuentro para abrazarlo y comérselo a besos, pero se contenía, permanecía sentada y esperaba. Bernabé se apeaba de su cabalgadura, hincaba su rodilla derecha en el suelo ante su amada, le cogía la mano derecha y se la besaba con dulzura. Ella le devolvía el beso en su frente sudorosa y luego se relamía los labios con delectación para saborear la sal maravillosa de la piel de su amado. Entonces el jovencísimo marqués le dirigía la palabra con toda la gracia sevillana de su ciudad natal: "Ilustrísima Señora Doña Matilde, la más hermosa doncella de Andalucía, amada mía y futura Marquesa de la Algaba, ¿tenéis a bien aceptar que vuestro humilde servidor os lleve de la mano a dar un paseo por estas bellas tierras gaditanas?" Ella sonreía encantada y le contestaba: "Será todo un honor para vuestra servidora, Don Teovigildo Bernabé, Ilustrísimo Señor Marqués de la Algaba, el más apuesto doncel de toda Sevilla." Salma les observaba y escuchaba desde una ventana mudéjar del palacio y sonreía enternecida con el corazón henchido de felicidad, mientras su cuarto retoño crecía sin pausa en su vientre eritreo.

Una mañana temprano, a los pocos días de llegar a Grazalema, Gonzalo propuso a Taufik salir juntos de caza armados ambos con una honda a una dehesa cercana donde abundaban los conejos, las liebres, las palomas y las perdices. El morisco, rememorando el largo viaje a Sevilla en el que se alimentaron de las palomas torcaces que lograron abatir, aceptó encantado el ofrecimiento. El hidalgo necesitaba encontrar una solución al problema de Manuel y le pareció una buena idea hablarlo largo y tendido y a solas con Taufik. 

Tras desayunar un gran tazón de leche de cabra calentita acompañada de unos deliciosos alfajores moriscos de almendra y miel hechos por Dagwa la víspera anterior, partieron al alba montados en sus corceles y se adentraron en un alcornocal adehesado siguiendo un sendero que lo atravesaba. Gonzalo no hallaba la manera ni el momento para introducir el espinoso tema del que quería hablar con su amigo morisco.

- Taufik, ¿te acuerdas? Hace diecisiete años pasamos por este mismo alcornocal de vuelta del viaje a Sevilla. 

- Lo recuerdo bien, Gonzalo. Llevábamos con nosotros a los tres cabrerillos y a Fronilde, la madre de Manolito. Tu les diste la libertad con la ayuda del cura de Utrera.

- Lo hicimos juntos, Taufik, no me adjudiques todo el mérito a mí.

- Poca cosa hice yo, salvo acompañarte.

- Bueno, la cuestión es que ahora son libres y sus vidas no son un infierno, ¿o me equivoco?

- ¿Qué me quieres decir con esto, Gonzalo?

- He sabido que el sacristán Manuel, el cabrerillo Manolito de entonces, está perdidamente enamorado de Guadalupe, la hija menor de Don Antonio, el alcalde de Grazalema. 

- Algo había escuchado sobre este asunto. Me da pena el pobre utrerano. Don Antonio jamás le aceptará como yerno y si llega a enterarse de este noviazgo secreto entre un esclavo liberto y su hija, la vida del muchacho puede correr peligro. Recuerda que no dudó en condenar a morir quemado vivo en la hoguera al depravado capellán. 

- Lo sé, Taufik, éste es precisamente el problema. Necesito hablarlo contigo para encontrar una solución. Teovigildo dice que Manuel ha caído en una profunda melancolía y teme que acabe ahorcándose.

- Tu aceptaste ser su tutor ante el alcalde y el capellán de Utrera y por tanto en cierta manera sigues siendo el responsable de su vida y su destino, como si fueras su padre. 

- Lo sé, Taufik.

- Pues tal vez con este argumento le podrías pedir a Don Antonio la mano de Guadalupe para "tu hijo" Manuel. Dile una pequeña mentira, que cuando el alcalde de Utrera te dio su custodia tu lo adoptaste como hijo y le diste tus apellidos ante  el padre Alberto, el capellán de la Iglesia de Santa María de la Mesa.

- Una excelente idea, Taufik.

- Gracias, Gonzalo. Y si además acompañas la petición de mano con un buen zurrón de monedas de oro como regalo de boda para la novia.... Ya sabes que Don Antonio siente una gran debilidad por tan noble metal. 

- Vaya, me has alegrado el día, Taufik. Seguro que tu estrategia funcionará. Mañana iré a pedir la mano de Guadalupe. Y ahora preparemos nuestras hondas y disfrutemos de la caza como hace diecisiete años. Fue divertido entonces, ¿verdad?


- Si, Gonzalo, estábamos muertos de hambre. ¡Qué rica estuvo la paloma torcaz asada sobre las brasas!

- Si, muy sabrosa, nos supo a gloria y nos la comimos a medias sin sal ni especias. Eramos tan jóvenes entonces y vivíamos la vida con tanta intensidad y tanta ilusión ....

Durante largos segundos se miraron a los ojos emocionados, en silencio, con el corazón henchido de cariño el uno por el otro. Sus mentes conectaron, se leyeron el alma y se sonrieron. Entre ellos sobraban las palabras. Como aquella madrugada en Benamahoma desearon besarse y amarse apasionadamente, pero se contuvieron por el respeto y el cariño que sentían por su respectiva esposa. Su amistad era un sentimiento poderoso, puro, limpio, inquebrantable, inmarcesible, por muchos años que estuvieran sin verse.


Cuadragésimo tercer capítulo


Los tres noviazgos


Aquella noche se le hizo muy larga a Bernabé. Estaba nervioso y se la pasó en vela ansiando que saliera el sol. Miles de veces abrió los ojos y miró hacia el ventanuco de su alcoba esperando ver un poco de luz, pero el sol parecía haberse olvidado de Andalucía. Cuando por fin escuchó cantar a los gallos de simiente de Grazalema, supo que se acercaba el alba y suspiró aliviado. Se levantó de la cama y fue a oscuras hacia la cocina, tanteando con las manos las paredes y los muebles para no tropezar. Hacía frío. Se acercó a las brasas todavía encendidas de la noche anterior, las avivó añadiéndoles leña seca de abeto, se sentó en la pequeña silla sin respaldo de Fronilde y se calentó las manos, mientras en su mente volvía a repasar por enésima vez lo que le diría a su tutor, el capellán de la iglesia de la Encarnación.

Como si por algún extraño hechizo sus mentes estuvieran conectadas, tal vez por ser padre e hijo, aunque el muchacho lo ignorase, unos minutos más tarde entró el sacerdote en la cocina.

- Buenos días, Bernabé, ¿que haces levantado tan temprano?

- Buenos días, padre Teovigildo. El frío no me dejaba dormir y he venido a calentarme. ¿No es también temprano para vuestra reverencia?

- Si, lo es, pero hoy me he despertado a media noche pensando en ti y ya no he conseguido conciliar de nuevo el sueño.

-¿Pensando en mí, padre?

- Sí, Bernabé. El corazón me dice que quieres pedirme algo.

- Pues me habréis leído el pensamiento, reverendo padre. Precisamente os estaba esperando para hablar con vos.

- Tu dirás.

- Según me explicasteis mi difunta madre en paz descanse os nombró mi tutor.

- Así  es, Bernabé, hasta que cumplas la mayoría de edad.

- Y si vos sois mi tutor, es como si fuerais mi padre, ¿no es así?

- Efectivamente. - asintió el sacerdote, tragando saliva.

- Y cuando un hijo quiere casarse, ¿quién pide la mano de la novia a sus padres? - le preguntó muy serio mirándole a los ojos.

- Su padre, claro y si éste falta, lo debe hacer su abuelo, su tío o su hermano mayor.

- ¿Y en mi caso que no tengo más familia que vuestra reverencia?

- En tu caso lo debo hacer yo que soy tu tutor.

- Pues ésto es lo que quiero pediros, padre Teovigildo.

- ¿Y quién es la afortunada?

- Matilde, la segunda hija de Don Gonzalo y Salma. Os la presentó su padre. ¿La recordáis?

- Por supuesto, una muchacha muy bonita y de muy buena familia. Te felicito por tu acertada elección. No sabes cómo me alegro de que hayas elegido a la hija de mi primo. Si quieres, en cuanto termine la misa del alba, podemos ir juntos a pedir su mano.

- Muchas gracias, reverendo padre.

Teovigildo  se sentó a su lado. Tenían que esperar a que se levantase Fronilde y preparase unas migas con torreznos de tocino entreverado para desayunar. Iluminados ambos por las inquietas llamas del fuego, permanecieron pensativos y en silencio durante un largo rato. El capellán sentía una alegría tan grande en su corazón que no pudo evitar que se le humedecieran los ojos. Qué extraños eran los designios de Dios. Él, precisamente Él, con su inconmensurable sabiduría eterna, había movido y entrecruzado hilos invisibles tejiendo un increible entramado en sus vidas y lo había organizado todo desde el cielo. Suspiró aliviado. Por fin se sentía liberado de su inconfesable pecado. Su amancebamiento con la marquesa, la madre de Bernabé, no había sido un abominable pecado de la carne, sino el expreso deseo de Dios. Y ahí estaba su hijo, su viva imagen, el fruto de su fornicación, como una mofa del destino, rogándole que le hiciera de padre y pidiera por él la mano de Matilde.

Unas horas más tarde llegaban los dos al palacio del abetal montados en sus esbeltos caballos andalusies. Como cada mañana Matilde estaba esperando a su amado sentada en un banco, protegida de los intensos rayos del sol naciente por la copa de una palmera. Bernabé se le acercó, hincó su rodilla derecha en el suelo, cogió su mano y se la besó con dulzura. El sacerdote les miraba enternecido esbozando una sonrisa con los ojos chispeantes de felicidad.

Tras el saludo de su enamorado, Matilde se levantó, se acercó al capellán, se inclinó ante él con una genuflexión y besó el crucifijo que pendía de su cintura. "¡Buenos días, padre Teovigildo!", le dijo. "¡Buenos días, Matilde!", le contestó él, mientras la bendecía dibujando una cruz con la mano derecha sobre su cabeza cubierta por un velo blanco.

Uno de los libertos había avisado al hidalgo de la llegada de su primo. Mientras iba a su encuentro Gonzalo sonrió para sí mismo intuyendo el motivo de su visita. La pasada noche él tampoco había podido dormir. La contundente mano ejecutora del destino estaba atando cabos dirigiendo sus vidas.

Tras saludarse con afecto ambos primos se abrazaron ante los sorprendidos ojos de Bernabé y Matilde, a los que resultaba chocante que Gonzalo tutease y tratase con tanta confianza al sacerdote.

- ¿A qué se debe tu inesperada y siempre bienvenida visita, primito?

- Tal vez te sorprendas, Gonzalo, pero no vengo ni como primo ni como capellán. Vengo como tutor de Bernabé para pedirte la mano de Matilde. 

Los dos primos y el joven marqués fijaron la vista al unísono sobre la muchacha. Ella se sonrojó al sentirse observada por tantos ojos, pero no rehuyó sus miradas, no agachó la cabeza. 

- ¿Quieres a este muchacho por esposo, hija mía? - le preguntó su progenitor antes de contestar a Teovigildo.

- Si, padre. - contestó ella concisa y contundente. Tenía claros sus sentimientos y sus deseos.

- Pues no seré yo quien te impida ser feliz. Teovigildo, te concedo la mano de Matilde para tu hijo, bueno, mejor dicho, tu tutelado. - se corrigió a tiempo el hidalgo al darse cuenta de que había metido la pata.

El sacerdote tragó saliva, se sonrojó, miró a su primo a los ojos durante dos largos segundos, se leyeron el pensamiento y ambos sonrieron. 

- Muchas gracias, Don Gonzalo. - le agradeció el muchacho sin percatarse de nada, al ver que su tutor no contestaba al hidalgo.

- A partir de ahora tienes mi permiso para cortejar a mi hija, respetando su honra por supuesto y siempre en presencia de su madre. - le autorizó muy serio su futuro suegro.

- Así lo haré, Don Gonzalo. - le contestó con una leve sonrisa, pues hacía ya tiempo que la cortejaba con el visto bueno de Salma.

- Primo, ven conmigo, vayamos a dar un paseo. Quiero hablarte de otro asunto.

Los dos gallegos se adentraron en la espesura del abetal. Un macho de paloma torcaz zureaba feliz en lo alto de un abeto sobre el nido que estaba construyendo con su hembra. El instinto cazador de Gonzalo dirigió sus ojos hacia las aves. Teovigildo en cambio no se percató del zureo. Estaba visiblemente molesto con la metedura de pata de su primo.

- Debes tener más cuidado al hablar. Me prometiste que me guardarías el secreto. Menos mal que Bernabé no se ha dado cuenta de nada.  - le dijo muy serio y sin acritud.

- Te pido perdón, primo. La emoción del momento me ha hecho perder el control sobre mis palabras. Tienes razón. Bernabé será mucho más feliz ignorando que tu eres su padre. 

- Si, Gonzalo. Saber que es hijo de un cartujo fornicador e indigno le destrozaría la vida. Bueno, dejemos esto. ¿De qué querías hablarme?

- De otro noviazgo, el de Manuel, tu sacristán. Hoy es el día de los emparejamientos. - le contestó divertido mirándole a los ojos.

- ¿Sabes ya cómo convencer al alcalde?

- Pues creo que sí, primo, haciendo lo mismo que tu has hecho esta mañana conmigo.

- ¿Vas a pedirle la mano de su hija Guadalupe para Manuel? 

- Efectivamente. Al fin y al cabo yo soy su tutor desde que lo liberamos de la esclavitud cuando no era más que un pobre cabrerillo en Utrera. Taufik me ha dado la idea. Le diré a Don Antonio que Manuel es mi hijo adoptivo y que lleva mis apellidos. Un hermoso zurrón lleno de monedas de oro me ayudará en la empresa. - le contestó con una sonrisa.

- Eres astuto, Gonzalo, muy astuto, muy gallego. - le aseguró el sacerdote.

- No menos que tú. - le espetó Gonzalo, echándose a reír a carcajadas. 

Teovigildo no pudo seguir enojado con su primo y también se echó a reír. Le quería demasiado. Ambos se miraron a los ojos y acabaron abrazados. Sus risotadas habían enmudecido a la pareja de palomas torcaces, que contrariadas les observaban desde lo alto de su abeto.

-Ea, pues. Dejemos a Bernabé que corteje a gusto a Matilde sin nuestra presencia y vayamos a hablar con el alcalde. Antes podemos almorzar en la casa parroquial. Hoy Fronilde tiene que guisar unas perdices al estilo morisco y seguro que estarán muy ricas. Las cazó mi hij . . . mi tutelado ayer por la tarde. - se corrigió Teovigildo, mientras se sonrojaba y sonreía nervioso, evitando la mirada burlona de Gonzalo.

- Nos va a costar mantener el secreto, ¿verdad? - le dijo el hidalgo mientras posaba su gran brazo celta sobre los hombros del sacerdote.

- Algún día Bernabé acabará enterándose y entonces yo desearé morir de pura vergüenza.

- Ya verás como no será así. Sólo yo y mi esposa Salma conocemos tu secreto. Nadie más. Deja de estar permanentemente angustiado por este tema.

- Gracias, primo.

Una hora más tarde llegaban a la iglesia montados en sus corceles. Nada más apearse percibieron el delicioso aroma que desprendía el guiso morisco de Fronilde. Con sus estómagos rugiendo en sus vientres entraron en la cocina y fueron directos a mirar el contenido que hervía en una cazuela. En aquel momento entró Fronilde y sonrió al ver sus caras famélicas. Apreciaba a aquellos dos hombres, sobretodo al hidalgo. 

- Buenos días, Don Gonzalo. - le saludó con afecto.

- Buenos días, Fronilde. ¡Qué bien cuidas a mi primo! ¿Eh? Esto tiene que estar muy rico. Huele de maravilla. - le dijo señalando la cazuela.

- Es sólo un guiso de perdices. Están buenas de cualquier manera. - le contestó con humildad.

- Fronilde es muy modesta. La verdad, primo, es que es una gran cocinera y me alimenta muy bien. Mira cómo me ha crecido la panza. Ya no quepo en la sotana. - le aseguró Teovigildo mirando a la liberta con cariño.

- Y que lo digas, te estás poniendo rollizo. Por cierto, ¿por dónde anda Manuel? - preguntó Gonzalo.

- Estará trabajando en el huerto. Tomen ustedes asiento. Voy a llamarlo. - les dijo Fronilde.

Un alarido desgarrado retronó en el patio trasero de la iglesia. Al escucharlo a los dos gallegos se les erizaron sus cabellos pelirrojos como escarpias. Se miraron con cara de sorpresa y susto durante medio segundo, se levantaron de un brinco de sus sillas y corrieron veloces hacia la fuente de aquel espantoso chillido.

- ¡Suelta la soga ahora mismo! - le gritaba su madre a Manuel, intentando arrancársela de las manos con todas sus fuerzas. 

Sólo por unos segundos había evitado que su hijo, su vida, lo que más quería en el mundo, se ahorcase en la rama más gruesa de un nogal. Lo había encontrado encaramado sobre un taburete mientras se disponía a atar la soga. Gonzalo se la quitó de un fuerte tirón haciendo que el muchacho perdiese el equilibrió y cayese de bruces a sus pies. Con gran enfado lo agarró de los brazos, lo levantó del suelo y lo miró a los ojos.

- ¿Qué ibas a hacer, insensato? ¿Para esto te saqué de Utrera y te dí la libertad? ¿Para que ahora tu te quites la vida por una chiquilla? ¿Y tu madre, has pensado en tu madre? ¿Acaso no la quieres, no te importa lo que la harías sufrir con tu ahorcamiento? 

Manuel lo miraba con ojos desorbitados de orate. Jadeaba, resoplaba, intentaba zafarse de las fuertes manos del gallego que lo sujetaban como dos tenazas de acero. No escuchaba sus palabras. Sólo pensaba en escapar para consumar su suicidio. Viendo que no lograba calmarlo, Gonzalo le dio un fuerte tortazo en toda la cara sin piedad. El muchacho iba a caerse hacia un lado aturdido por el golpe pero ahí estaban los amorosos brazos de su madre para sujetarlo. Fronilde lo abrazó llorando desconsolada. Cuando Manuel logró recobrar la cordura, se echó a llorar él también como un niño sobre el hombro de su madre. Le temblaba todo el cuerpo, se había orinado encima y sudaba profusamente. Con los ojos llenos de lágrimas la pobre mujer miraba a Gonzalo entre suplicante y desesperada, mientras su frágil y maltratado cuerpo de esclava liberta casi anciana oscilaba con los estertores del llanto de su hijo. 

Tanto el hidalgo como el sacerdote estaban conmocionados. Sus rostros de curtidos varones reflejaban una gran tristeza. De pronto sus mentes conectaron, se miraron fijamente un largo segundo, se leyeron el pensamiento y ambos supieron lo que debían hacer.

Teovigildo por un lado y Gonzalo por el otro rodearon con el brazo a madre e hijo y los condujeron hacia el interior de la cocina sin pronunciar palabra alguna. Los acomodaron sobre dos sillas cercanas para que pudieran seguir abrazados y ellos se sentaron a su lado. Con gran inteligencia y sensibilidad esperaron en silencio a que ambos se serenasen. Cuando por fin Manuel levantó los ojos y se atrevió a mirar a Gonzalo, éste le sonrió con dulzura, le acarició la mejilla y le habló como un padre.

- ¿Te acuerdas, Manuel, de aquella noche en los campos de Utrera en la que tuviste una pesadilla y nos despertaste a todos con tus gritos y tu llanto?

- Lo recuerdo, señor.

- Yo te envolví en mi manta y dormiste abrazado a mí, sereno y tranquilo, después de contarme el horror de los abusos de tu amo. Apestabas a cabra y eras tan pequeño . . .

- Si, Don Gonzalo, en brazos de vuestra ilustrísima me sentí tan protegido y seguro que dormí como un lirón el resto de la noche.

- Y yo no logré conciliar el sueño ni un instante, pero permanecí sin moverme para que tu pudieras dormir sin sobresaltos.

- Nunca os he dado las gracias por ello, señor, ni tampoco por habernos liberado a mi madre y a mí de la esclavitud.

- Pues ya va siendo hora, ¿no crees?

-Si, tenéis razón, Don Gonzalo. Os doy las gracias de todo corazón. - logró decirle con voz temblorosa mientras la garganta se le cerraba por la emoción.

El hidalgo sintió una gran ternura por él y por su madre. Se levantó y los rodeó a ambos con sus brazos. Fronilde estaba tan emocionada y agradecida que quiso hablar pero no le salían las palabras.

- Gra . . . cias, Don Gonz . . . - consiguió balbucir la vieja liberta mirando al hidalgo a los ojos. 

Éste los achuchó a ambos entre sus brazos y le dio un beso en la frente a la utrerana.

- ¿Ves, Manuel, como lo que ibas a hacer no era más que una chiquillada absurda? - le dijo mientras aflojaba el abrazo.

- Si, Don Gonzalo, pero me sentía muy mal, peor que un perro sarnoso al que todo el mundo lanza piedras, un esclavo despreciable, un pobre diablo sin casa, sin hacienda, sin apellidos, sin nada, un moro de mierda indigno de Guadalupe.  - dijo de un tirón hasta que el llanto ahogó su garganta.

- ¿Un moro de mierda sin apellidos, dices? ¿Acaso no te dí yo el mío en Utrera?

- No lo recuerdo, señor.

- Pues debes saber que el alcalde de la villa de las cuatro razas me nombró tu tutor y que luego yo te dí la libertad y te adopté como hijo ante el capellán de la Iglesia de Santa María de la Mesa. Te llamas Manuel de Limia y Utrera. Éstos son tus apellidos. ¿Te gustan?

- Me gustan, señor.

- No me llames más señor. Llámame padre.

- Gracias, padre. - le dijo emocionado el pobre muchacho al que ya no quedaban lágrimas para seguir llorando.

- Así me gusta, Manuel. Y para que veas que no te miento ahora mismo voy a pedir a Don Antonio la mano de Guadalupe para tí, es decir, para mi hijo. Espérame aquí y no se te ocurra moverte ni hacer otra locura.

- No la haré, padre. 


Cuadragésimo cuarto capítulo


Por un zurrón de ducados de oro


Gonzalo se montó de un brinco a los lomos de su caballo y se dirigió hacia el ayuntamiento. El alcalde estaba impartiendo justicia en el amplio patio del edificio ante un corrillo de grazalemeños entre los cuales había dos vecinos que se disputaban unas tierras. 

- ¡Ea!, ni para tí ni para él. A partir de ahora las tierras pasan a ser propiedad del ayuntamiento. Ya me habéis hartado con vuestras disputas. Lleváis años molestándome con lo mismo. Y para que no podáis decir que os las he robado, el ayuntamiento se las cede a este miserable que no tiene donde caerse muerto. - sentenció muy serio y categórico señalando a un mendigo sentado en el suelo en una esquina del patio, tan pobre que por no tener no tenía ni un techo donde guarecerse y vivía del vellón de cobre que le daba el alcalde cada domingo por barrer el patio y regar las plantas que lo embellecían.

- ¡Muchas gracias, Don Antonio!  - exclamó sorprendido el pordiosero levantándose del suelo y sacudiéndose el polvo de sus ropas arapientas con la mano.

- Pásate esta tarde por el ayuntamiento y te daré la escritura de propiedad. Te llamas Indalecio Sánchez Mateos y naciste en Salamanca, ¿verdad?

- Así es, señor. - le confirmó el hombre que tendría unos treinta años, aunque aparentaba muchos más.

Los dos grazalemeños que habían acudido al alcalde buscando justicia no se atrevieron a protestar temerosos de empeorar las cosas y se marcharon cabizbajos hacia sus casas.

A Gonzalo le gustó la sentencia. De pie y con las riendas de su caballo en la mano observó divertido toda la escena mientras esperaba su turno para hablar con la máxima autoridad de Grazalema.

- ¡Buenos días, Don Antonio! - le dijo en cuanto quedó libre.

- ¡Hombre, Don Gonzalo, cuánto tiempo sin veros! ¿Todo bien por Ubrique? - exclamó afable el alcalde.


- Sí, todo bien, señor. Quería hablar con vos si tenéis un momento.


- Vos diréis, Don Gonzalo.

- Supongo que conocéis a Manuel, el sacristán de la Parroquia.

- Por supuesto, un muchacho muy diligente. Si no recuerdo mal vino con vos y vuestro primo cartujo desde Utrera.

- Efectivamente. No sé si sabéis que es mi hijo adoptivo.

- Pues no, no lo sabía. - le dijo el alcalde con cara de sorpresa.

- Era huérfano de padre y yo le dí mis apellidos ante el alcalde y el capellán de Utrera. - le informó el hidalgo.

- Me alegro por él. Tengo entendido que era un pobre esclavo morisco que apacentaba cabras.

- En efecto, pero desde entonces es un hombre libre y mi heredero.

- Gran suerte tuvo, pues. 

- Os preguntaréis a qué viene que os hable de él.

- La verdad es que estoy intrigado. - le contestó Don Antonio mirándole a los ojos.

- Pues resulta que ya tiene edad de casarse y a mí, como padre suyo que soy, me compete buscarle una esposa digna de su rango.

- ¿Y en quién habíais pensado? - le preguntó con una indisimulada sonrisa burlona.

- En vuestra hija Guadalupe. - le contestó muy serio Don Gonzalo.

- ¿Mi hija con un esclavo liberto? Vuestra propuesta es una gran ofensa para mí y para ella. Me temo que os han aconsejado mal. Jamás permitiré que la sangre limpia de mi hija se mezcle con la de un sarraceno. Tendréis que buscar una nuera en otro sitio. La conversación ha terminado.  - le espetó categórico Don Antonio visiblemente ofendido mientras se daba la vuelta en señal de desprecio y se dirigía hacia el interior de los aposentos de la alcaldía.

- ¡Tenía pensado aportar 200 ducados de oro al matrimonio!  - le dijo persuasivo Don Gonzalo como último recurso.

Aquella tentadora oferta frenó en seco la airada marcha del alcalde y disipó en un segundo todo su enfado. Don Antonio no era precisamente un hombre pobre. Él, su esposa Magdalena y sus cuatro hijos vivían con cierta holgura, pero el valor de todos sus bienes no superaba los 90 ducados.

- Si es así puedo reconsiderar vuestra propuesta. Sólo deseo el bienestar de mi hija. - le contestó dándose la vuelta con los ojos brillantes de codicia.

- Es lo que debe hacer un buen padre. Yo también tengo tres hijas y como vos sólo deseo su bien. - le aseguró el hidalgo.

- Necesito una prueba fehaciente de la seriedad de vuestra propuesta.

- ¿Qué os parece si os doy ahora mismo 100 ducados como regalo para la novia? - le propuso sacando un abultado zurrón de las alforjas de su caballo.

- Sin duda es un prueba contundente de vuestras nobles intenciones. - le contestó Don Antonio con una amplia sonrisa cogiendo el zurrón y sopesando sin disimulo su contenido.

- Los otros 100 se los daré a mi hijo para que construya un casa digna de su futura esposa.

- Ea, pues, trato hecho, os concedo la mano de mi hija Guadalupe para vuestro hijo Manuel. 

Ambos futuros consuegros se regalaron mutuamente una sincera sonrisa satisfechos por el éxito de la negociación y se despidieron inclinando sus cabezas de igual a igual en señal de respeto y consideración. Unos minutos más tarde Don Gonzalo le daba la feliz noticia a Manuel en el interior de la sacristía. El muchacho pareció enloquecer de alegría y se puso a saltar como un niño. Luego se arrodilló ante el hidalgo, besó sus manos y sus pies y se echó a llorar mientras le daba las gracias repetidas veces. Fronilde también lloraba emocionada al ver la felicidad de su hijo. Miró fijamente a los ojos a Don Gonzalo y ambos conectaron sus mentes y se leyeron el pensamiento. Querían a Manuel con toda el alma.

Un par de meses después, ya en pleno verano, un caluroso domingo de principios de agosto se celebraron por fin las tres ansiadas bodas. Todos los grazalemeños sin excepción, incluyendo libertos y esclavos, acudieron al oficio litúrgico y al opíparo banquete que le siguió, que por decisión del alcalde se celebró por todo lo alto en el patio del ayuntamiento y en toda la calle de Las Piedras, donde se improvisaron largos umbráculos con ramas de abeto y se extendieron en el suelo numerosas esteras de esparto, para que los setecientos invitados pudieran disfrutar de los deliciosos manjares moriscos y cristianos que se sirvieron. Aquella boda por partida triple iba a ser recordada durante muchos años por los grazalemeños.

Sin embargo, quien vivió la celebración con más intensidad y más emoción, casi más que los seis contrayentes, fue el padre Teovigildo. Mientras se vestía a toda prisa en el interior de la sacristía con sus mejores vestimentas litúrgicas, no paraba de llorar dando gracias a Dios Todopoderoso por haberle perdonado sus abominables pecados. Aquel luminoso día de agosto iba a casar a su hijo Teovigildo Bernabé, el fruto de su fornicación con la difunta Marquesa de la Algaba. "Segismunda Benedicta, - le decía con el pensamiento- si estás en el cielo y puedes escucharme, quiero que sepas que tu hijo, nuestro hijo, como tu me pediste en tu lecho de muerte, no se ha descarriado y se ha convertido en un hombre de bien recto y cabal, digno de su título de marqués. Si tu alma pudiera salir un momento del Paraíso Celestial y bajar a la Tierra te haría muy feliz estar al lado de nuestro hijo en el día de su boda. Pídele este milagro a San Pedro. Yo ya se lo he pedido repetidas veces desde la salida del sol." 


Unos minutos más tarde, precedido por cuatro monaguillos, entraba con gran solemnidad en la pequeña iglesia de Nuestra Señora de La Encarnación. Los grazalemeños guardaban un silencio sepulcral y le miraban espectantes. Se había dejado crecer la barba pero seguía llevando la cabeza tonsurada como un cartujo a pesar de haber dejado la orden veinte años atrás. Cada dos semanas rogaba a Fronilde que le afeitase la cabeza con una afilada navaja de bronce, pues la simple idea de dejarse crecer el pelo se le antojaba como algo indecente, casi obsceno.

Tras los rituales y preceptivos rezos litúrgicos en latín que daban inicio a la celebración, casó en primer lugar a su sacristán Manuel con la jovencísima Guadalupe en señal de respeto y deferencia hacia su padre, el alcalde Don Antonio. Les tocó luego el turno a Gonzalo Said y a la bellísima Iria, tan alta y esbelta como su padre, que superaba en medio palmo a su novio morisco. Una vez les hubo declarado marido y mujer en nombre de la Santa Madre Iglesia, al padre Teovigildo se le aceleró el corazón y sintió un nudo en la garganta. Había llegado por fin el momento más emotivo de su atormentada vida. Iba a casar a su propio hijo. Se acercó a la tercera pareja de contrayentes haciendo un gran esfuerzo para que no notasen la gran emoción que le embargaba, les sonrió, tragó saliva, parpadeó varias veces para hacer desaparecer las dos lágrimas que amagaban con brotar de sus ojos y de su garganta volvió a fluir su poderosa voz de predicador cartujo.


- Don Teovigildo Bernabé de la Algaba y Alcalá de Guadaira, ¿tomáis a Doña Matilde Federica de Limia y Eritrea por esposa y prometéis serle fiel, amarla, protegerla y cuidarla en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?


- Sí, padre.

- Doña Matilde Federica, ¿tomáis a Don Teovigildo Bernabé por esposo y prometéis serle fiel, amarle, respetarle, obedecerle y cuidarle en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?

- Sí, padre.

- Por el poder que la Santa Madre Iglesia me ha otorgado yo os declaro marido y mujer. Que lo que Dios ha unido en Santo Matrimonio no lo separe el hombre.

El joven Bernabé no se dio cuenta de la intensa emoción de su progenitor ni de la tierna mirada llena de cariño que le regaló al pronunciar el "si, padre". Finalizado el ritual de las tres bodas, el sacerdote se subió al púlpito y pronunció un vehemente sermón sobre el sacramento del matrimonio. Luego ofició una misa solemne acompañada de bellísimos cantos gregorianos y tras bendecir a los fieles se retiró al interior de la sacristía. Necesitaba llorar y dar gracias a Dios. Tanto él como su primo Gonzalo eran de llanto fácil. Tenían una gran sensibilidad. Les venía de familia. Todos los Limia eran lloricas.

Sentado en un cuarto trasero, lejos de la mirada de los monaguillos, aunque no de sus oídos, lloró ruidosamente de pura felicidad. Casar a su propio hijo era lo más bonito que le había ocurrido en la vida. Tras inspirar profundamente varias veces para serenarse, de pronto sintió una brisa extraña que le removió levemente los pelos de la barba y su rinencéfalo percibió el embriagador perfume característico de Segismunda Benedicta. "Gracias, Teo, la boda de nuestro hijo ha sido preciosa. Cuida de él y de los tres nietos que nos va a dar, te lo suplico. Me vuelvo al cielo donde te estaré esperando eternamente. Adiós, amado mío." - escuchó estupefacto en su mente mientras notaba los suaves y cálidos labios de la difunta marquesa regalándole un beso en la mejilla. Teovigildo no lo pudo evitar y volvió a llorar, esta vez amargamente. En lo más íntimo e inconfesable de su alma seguía amando a aquella mujer.




Cuadragésimo quinto capítulo


Breogán de Grazalema

 

El banquete que siguió a las tres bodas fue tan espléndido que satisfizo sobradamente a todos y cada uno de los setecientos invitados, incluyendo a los hermanos utreranos Sancho y Jacobo, los dos cabrerillos moriscos que quince años atrás apacentaban un rebaño de cabras junto con Manuel. El ahora sacristán de Grazalema viajó expresamente a Ubrique para invitarles a su boda con Guadalupe. Los dos seguían solteros y se ganaban la vida apacentando el gran rebaño de ovejas de Don Gonzalo. Manuel les propuso que se quedasen en Grazalema a su servicio para cuidar del pequeño palacio y las tierras que el hidalgo le había comprado como regalo de boda. A ambos la propuesta se les antojó muy atractiva y aceptaron encantados casi sin pensárselo. A Don Gonzalo también le pareció bien. Así los tres morisquillos, que se habían criado como hermanos apacentando cabras en la lejana Utrera, volverían a estar juntos como antaño.

Un par de semanas después, ya en pleno septiembre, Salma sintió que había llegado la hora de parir a su cuarto hijo. A sus cuarenta y un años recién cumplidos aquel embarazo inesperado la había llenado de ilusión. Para ella era como un regalo que le había hecho la vida a las puertas de la ancianidad. Sonreía para sí misma y le brillaban los ojos cada vez que notaba las pataditas del niño en el interior de su abultado vientre. Se sentía rejuvenecida, pletórica de vida. Amaba tanto a Gonzalo que saberse fecundada de nuevo por su buena simiente celta era para ella el colmo de la felicidad. Confiaba en que esta vez sería un varón, el heredero del Señorío del Arroyo de Cidrones. 

No tuvo que esperar mucho para saberlo. Los tres partos anteriores, sobretodo el de la robusta Iria, su primogénita, le habían ensanchado el canal del parto y en menos de una hora la cabecita del niño se asomó al mundo. Dagwa la asió con ambas manos, tiró con suavidad y con un último esfuerzo Salma dio a luz un hermoso varón que berreó con ganas y llenó de alegría el palacio del bosque de abetos de Zulema. Al ver los contundentes atributos masculinos que el recién nacido lucía en su entrepierna la eritrea se echó a llorar y a reír a la vez, mientras lo tomaba en sus brazos y lo cobijaba amorosa en su regazo. Con el dorso de la mano se secó las lágrimas que le enturbiaban la vista y miró emocionada la carita del niño. Luego levantó los ojos y buscó los de su marido que acababa de entrar en la estancia llamado por Dagwa. 

- Mira, Gonzalo, por fin te he dado un varón. - le anunció orgullosa con una gran sonrisa que encontró su réplica en el rostro emocionado del hidalgo. Salma seguía sentada sobre la silla paridera en la que su amiga Zulema había dado a luz a sus cinco hijos. Tenía que esperar a que saliese la placenta.

- Le llamaremos Breogán, como mi difunto padre. ¿Te gusta el nombre, amada mía? - le preguntó Gonzalo mientras se arrodillaba a su lado, la rodeaba con el brazo y le daba un beso en su frente sudorosa. 

- Me gusta mucho. Suena a hombre noble, valiente y fuerte, como tú. - le contestó Salma mirándole amorosa a los ojos.

- ¡Vaya, acaba de nacer y ya tiene hambre! - exclamó el feliz padre viendo como el pequeño Breogán hacía ademán de buscar el pezón de su madre.

- Sí, con hambre ha nacido. Ni descansar me deja mi hombrecito. - rió enternecida la eritrea mientras se descubría uno de sus oscuros pechos y acercaba el pezón a los labios de Breogán, que sorbió con ganas tan ruidosamente que hizo que todos rompieran a reír a carcajadas de pura alegría. 

Unos días después, una luminosa mañana de principios de octubre, la recién casada Matilde se despidió de su padre Gonzalo y su madre Salma besándoles las manos a ambos en señal de respeto y afecto. A continuación su joven marido Teovigildo Bernabé hizo lo mismo con los ahora sus suegros. Habiendo cumplido ya con lo que mandaban las buenas costumbres, Gonzalo abrazó primero a su hija y luego hizo lo mismo con su yerno.

- Cuida de mi hija y hazla feliz. - le ordenó muy serio mirándolo a los ojos con sus dos grandes manos apoyadas sobre sus hombros.

-  Lo haré, señor. No os quepa la menor duda. - le respondió también muy serio el sevillano.

Matilde se acercó a su madre que llevaba al pequeño Breogán en brazos y ambas se miraron a los ojos.

- Te echaré mucho de menos, madre.

- Yo también a ti, hija mía. Anda, dale un beso a tu hermanito y partid ya, que con tanta emoción se me va a cortar la leche y luego tendremos que buscar a una nodriza para criarlo.  

Los flamantes marqueses de la Algaba se despidieron de Taufik y Zulema y del resto de los allí presentes, se subieron a un carruaje tirado por cuatro caballos y bajaron cuesta abajo hacia Grazalema. Bernabé tenía que despedirse de su tutor.

- Padre Teovigildo, partimos hacia Sevilla con vuestra bendición. - le dijo el muchacho, mientras ambos recién casados se arrodillaban ante él y besaban sus manos.

- Id con Dios, hijos míos. - les dijo el sacerdote tras bendecirles, tragando saliva y parpadeando para ahogar las dos grandes lágrimas que amagaban con brotar de sus ojos. - Rezaré para que tengáis un buen viaje. Sed prudentes, que los caminos de Andalucía están llenos de bandoleros.

- Gracias, reverendo padre. Lo seremos, nos va en ello la vida.

- Volved cuando nazca vuestro primer retoño. Me hará muy feliz bautizarlo con mis propias manos.

 - Y a nosotros también que lo haga vuestra reverencia, ¿verdad, Matilde?

- Si, esposo mío. - le contestó su flamante esposa regalándoles a ambos, padre e hijo, una dulce sonrisa. 

El destino lo había hecho bien, muy bien. Sin que nadie se diera cuenta había movido los hilos de sus vidas para que aquella muchacha en blusón de dormir, ya fulminantemente enamorada del forastero enfermo, se levantase aquella lejana noche en el palacio de Ubrique a velar al que sería el gran amor de su vida. Sólo Gonzalo, con su don de clarividencia heredado de su madre, una meiga buena, lo había visto claro desde el principio observando de soslayo los ojos de Matilde, la más morena, la más africana de sus tres hijas.




Cuadragésimo sexto capítulo


Amonio, el aprendiz de sanador



La vieja Dagwa languidecía por el paso inexorable de los años sin haber podido transmitir sus conocimientos de curandera y hechicera heredados de su madre y su abuela. A medida que veía acercarse el final de sus días la transmisión de sus conocimientos se le hacía más imperiosa, más acuciante, pero no hallaba a ningún muchacho o muchacha con los imprescindibles dones innatos de premonición, clarividencia, telepatía, empatía, pureza de alma, bondad, generosidad, espíritu de sacrificio, capacidad de penetración en la mente de los demás y magia para comunicarse con los espíritus del más allá para poderle enseñar el noble arte de sanador de cuerpos y almas.

En los ochenta y dos años de su azarosa vida sólo había encontrado una persona que poseyera todos estos dones, el hidalgo gallego Don Gonzalo. Con él se comunicaba con la mente sin mediar palabras y sin importar lo separados que estuvieran. Ambos conocían los secretos, pensamientos y sentimientos más íntimos e inconfesables del otro, pero un noble hidalgo no podía ser ni curandero ni hechicero. Este oficio era más propio de gente humilde, a ser posible un judío o un morisco conversos. En una sociedad dominada por los cristianos viejos, las mujeres quedaban descartadas. Salvo contadas excepciones, las pocas que se atrevían a practicar el arte de la sanación eran denunciadas inmediatamente al Santo Oficio y morían quemadas vivas acusadas de brujería. Para los grazalemeños Dagwa era una simple esclava negra liberta, una vieja inofensiva. Por prudencia practicaba su arte siempre en la más estricta intimidad y sólo con personas de total confianza. El candidato debía ser pues forzosamente un varón.

Así que a la africana le entró tal obsesión con este asunto que cada mañana, tras preparar el desayuno de todos los que moraban en el palacio del abetal, le rogaba a su adorado Gonzalo-Said, el primogénito de Taufik y Zulema, que la ayudase a subirse a los lomos de su burrita andalusí y emprendía la bajada hacia el pueblo de Grazalema con la esperanza de encontrar allí a algún joven que cumpliera con todos los requisitos para ser un buen sanador.  

Sin apearse de la burrita se paseaba por las polvorientas calles y caminos de Grazalema mirando fijamente con sus ojos de hechicera a todos los jóvenes que se encontraba para penetrar en su mente y leer así su alma, pero ninguno poseía lo que ella buscaba. 

En el atardecer del séptimo día, cuando ya se disponía a emprender la vuelta hacia el palacio del abetal, tuvo de pronto un presentimiento, sintió una punzada en el corazón y azuzó a la burrita para llegar cuanto antes a donde su mente clarividente le había indicado.

En las afueras del pueblo, a la vera de un camino, se encontró con un hombre ciego de unos cincuenta años que acababa de morir asesinado a palos y hachazos por unos bandoleros, para robarle las pocas monedas que había conseguido mendigar, yendo de pueblo en pueblo glosando la buenaventura a quien quisiera escucharla. En el suelo vio un reguero de sangre que se adentraba en un encinar. Acercó la burrita a un viejo olivo y agarrada a una de sus ramas más bajas consiguió apearse dando un pequeño salto. La ató luego a la rama del mismo árbol con una de las riendas y, caminando lo más rápido que su dolorosa artrosis le permitía, siguió el rastro de la sangre hasta que a unos cuarenta pasos vio a un chavalín de unos doce años echado en el suelo inconsciente y cubierto de sangre. Tenía una gran brecha en la cabeza que sangraba en abundancia. Dagwa se rasgó la parte baja de su falda para obtener un jirón de tela y vendó fuertemente con él la cabeza del chiquillo para contener la hemorragia. Luego fue en busca de la burrita e intentó subirlo a sus lomos, pero no tuvo fuerzas suficientes. Sudando profusamente por el esfuerzo y la angustia sintió un dolor lancinante en el pecho y pensó que le había llegado su hora. Se dejó caer sobre la hierba que crecía bajo sus pies y con los ojos cerrados rezó a sus dioses malineses, rogándoles que le permitieran continuar con vida unos pocos días más para poder salvar la del niño. Tuvo la agradable sensación de estar flotando sobre un mar de nubes blancas y entonces perdió el conocimiento. 

"¡Dagwa, Dagwa, despierta!"  - la llamó una voz de hombre que le resultó familiar. Era la de Don Gonzalo, dotado como ella de poderes sobrenaturales heredados de su madre gallega, que desde el palacio del abetal había sentido que la africana corría peligro, se había montado precipitadamente a los lomos de su caballo y había acudido veloz en su ayuda.

Dagwa abrió los ojos, le miró un par de segundos esbozando una sonrisa y le dio las gracias con la mente. Entre ellos sobraban las palabras. El hidalgo subió al chiquillo sobre la burra, sujetó su cuerpo inconsciente con una cuerda de esparto para que no cayese y a continuación levantó a la anciana del suelo como si fuera una niña y la llevó en brazos hasta el camino. La burrita, mansa y sumisa y a la vez inteligente, les siguió con el niño a cuestas como si comprendiese la situación.

A la vera del camino les esperaba el noble caballo negro del hidalgo que no se había movido del lugar a pesar de no estar atado. Don Gonzalo subió a sus lomos a Dagwa que ya se había recuperado de su desmayo, luego se montó él de un brinco por detrás de ella y seguidos por la burrita emprendieron el camino de vuelta por la empinada cuesta que llevaba al palacio de Zulema. 

La vieja malinesa sentía en su dorso el calor que irradiaba el fornido cuerpo celta del gallego, su aliento que olía a mar en su nuca, su embriagador aroma de hombre y la fuerza de sus brazos poderosos que rodeaban su menudo cuerpo arrugado, reseco y encorvado y sonrió feliz mirando al frente, recordando lo mucho que en su juventud había deseado a aquel hombre maravilloso que rezumaba virilidad siempre que le veía, cuando todavía ella no era más que una de las esclavas de su primo Eulogio, mucho antes de que el hidalgo se la comprase a su pariente y se la diera en propiedad a Taufik como regalo de boda. El gallego tenía entonces veinticinco años y ella unos cincuenta. Nunca antes sus ojos de ébano habían visto a un hombre tan hermoso, tan atractivo, tan viril. Ahora, en su ancianidad, sentir tan cerca su cuerpo, su calor, su aliento, su aroma, su fuerza, su abrazo, todavía la hacía derretir de deseo y sin buscarlo, sin esperarlo, sin saber cómo, en pleno ascenso hacia el palacio del abetal la invadió de pronto un placer inmenso y tuvo uno de los orgasmos más maravillosos de su vida. No pudo evitar jadear y retorcerse con los espasmos que recorrían todo su cuerpo y el hidalgo, en su inmensa sabiduría y su bondad, comprendió, sintió una gran ternura por ella y sonrió en silencio. Ambos poseían los dones y se leían la mente mutuamente. Gonzalo sabía desde que la vio por primera vez en casa de su primo que Dagwa siempre le había deseado.

Ya en el interior del palacio de Zulema, la vieja curandera, como había hecho siempre, tomó el mando de la situación y empezó a dar órdenes a todos los allí presentes. En media hora el pequeño lazarillo tuvo la gran herida de su cabeza perfectamente suturada con un par de varas castellanas de hilo de seda negra. El niño no sintió ningún dolor, pues seguía inconsciente y no se despertó hasta que Dagwa le tocó la frente con su mano derecha. Entonces abrió los ojos, la miró entre sorprendido y asustado sin entender nada e intentó levantarse y escapar, pero la africana se lo impidió obligándole a permanecer echado. Con toda la dulzura de la que fue capaz le explicó lo que le había ocurrido hablándole en castellano con su fuerte acento malinés. El chiquillo comprendió, bajó sus defensas y se tranquilizó. 

- ¿Cómo te llamas, rapaz? - le preguntó el hidalgo.

- Amonio Cuesta de Santa Ursula, ilustrísimo señor. - le respondió muy serio el niño.

- ¿El ciego era tu padre? 

- No, ilustrísimo señor. Yo no tengo padre ni madre. Me crié en un convento de monjas ursulinas de la lejana ciudad de Burgos. El día que cumplí diez años la superiora me dijo que mi madre era una esclava mora que había sido violada repetidamente por su amo cristiano y se había escapado por no poder aguantar más tanto abuso y tantas palizas. Sin saber que estaba preñada pidió asilo en el convento, las monjas se apiadaron de ella y la escondieron. Murió al darme a luz y las hermanas me criaron poniéndome a mamar directamente en la ubre de una cabra muy buena y mansa de nombre Dorita que fue mi nodriza.

Mientras Don Gonzalo interrogaba al lazarillo, la vieja hechicera le miraba directamente a los ojos, penetraba en su mente de niño, leía sus pensamientos, conocía sus recuerdos, comprendía sus miedos y sus sentimientos más íntimos y entonces de pronto se le iluminaron sus ojos de ébano y en su arrugado rostro de piel intensamente negra se dibujó una amplia sonrisa. El morisquillo Amonio poseía los dones. Dagwa había encontrado por fin a su sustituto.

Desde aquel día el pequeño burgalés se pegó a la anciana como si fuera su madre, hasta el punto de llamarla por este nombre. La seguía a todas partes desde que se levantaba de madrugada para preparar las gachas del desayuno de toda la familia hasta que se acostaba ya muy tarde después de ordeñar las tres cabras y hervir la leche para que no se agriase y estuviera buena para el desayuno del día siguiente. Sin que el chiquillo se diera cuenta Dagwa le fue enseñando poco a poco sus conocimientos de sanadora y sus trucos mágicos de hechicera, traduciéndole lo mejor que supo al castellano las oraciones y los conjuros en lengua malinesa que le habían enseñado su madre y su abuela.

Tres años después, en pleno verano, la africana enfermó gravemente de unas fiebres extrañas y de un día para otro quedó postrada en su lecho. Temiendo que había llegado su hora, asió la mano derecha de Amonio y le preguntó qué sentía. El muchacho, al que ya le empezaba a crecer un incipiente mostacho de púber, con su voz a medio camino entre la de niño y la de hombre, inspiró profundamente, cerró los ojos, se concentró en la energía que le transmitía la mano de Dagwa y le dijo: "Madre, siento mucha fuerza, mucha vida en tu mano, todavía no ha llegado tu hora. Si me ayudas, yo te sanaré."

Y así lo hizo. La hechicera le fue dando instrucciones para que le preparase pócimas de hierbas para la fiebre y los dolores, cocimientos de cortezas y raíces amargas para limpiar sus entrañas y purificar su sangre, caldo de pichón con sal marina y miel de algarrobo para fortalecer su debilitado cuerpo y emplastos de malvas para calmar los espantosos espasmos que atormentaban sus intestinos. 

Un par de semanas después la incombustible Dagwa estaba ya completamente recuperada, pero se dejó mimar una semana más por Amonio que la cuidaba como a una reina. La hacía feliz sentirse tan querida por aquel chiquillo al que ella también adoraba. Para la africana su aprendiz de sanador era como un nietecito que el destino le había regalado para alegrar los últimos años de su vida, como un premio por todo el bien que había hecho durante tantísimos años y a tantísima gente. Una madrugada, nada más clarear al alba, se levantó, fue directamente a la cocina, avivó las brasas añadiéndoles leña seca y aventándolas con un soplillo de esparto, calentó la leche de cabra hervida por Amonio la noche anterior y cuando le estaba echando la harina de trigo candeal para preparar las gachas del desayuno, notó una energía extraña a sus espaldas, se dio la vuelta y se encontró de frente con el risueño rostro del muchacho que la miraba sorprendido y feliz.

No, todavía no había llegado su hora. Dagwa tuvo tiempo más que suficiente para enseñar todos sus conocimientos de sanadora y sus trucos mágicos de hechicera al joven Amonio. El burgalés aprendió el oficio con tanto interés que a los pocos años llegó a superar y a sorprender a su mentora por su maestría. La anciana era inmensamente feliz. Había conseguido lo que tanto anhelaba. El legado de sus dos antepasadas no se perdería, seguiría vivo en Amonio. "Ahora ya puedo morir en paz" - pensó la encorvada y arrugada anciana con el corazón henchido de felicidad y sus ojos de ébano húmedos por la emoción, mientras observaba como su aventajado aprendiz pronunciaba un conjuro mágico en castellano, posaba su mano derecha sobre la frente de un niño malherido con una espantosa fractura en una pierna y conseguía dormirle profundamente para que no sintiese ningún dolor, colocándole luego los huesos en su sitio e inmovilizándole el miembro con tres tablillas de madera. No cabía la menor duda de que el joven burgalés la aventajaba con sus poderes. Al contrario que Dagwa, él no necesitaba brebajes con resina de opio para quitar el dolor a sus pacientes. Con la imposición de sus poderosas manos era más que suficiente.

Siete días después, una fría madrugada de enero, Amonio se levantó muy temprano como siempre hacía, se dirigió a la cocina para dar los buenos días a su anciana madre adoptiva, pero la halló vacía y con el fuego de la lumbre sin avivar. Sintió una dolorosa puñalada en el corazón y entonces comprendió. Con lágrimas en los ojos, un nudo en la garganta que le ahogaba y un temblor irrefrenable en todo su cuerpo entró en la alcoba de Dagwa, acercó a su rostro una lámpara de aceite y vio en él una sonrisa eterna y una paz infinita. 

El llanto desgarrador del muchacho despertó a todos los moradores del palacio del abetal. Taufik fue el primero en acudir a toda prisa y al entrar en la estancia y ver muerta a su también madre adoptiva, abrazó a Amonio y unió su llanto al suyo. Sólo Dios, Alá y los dioses malineses sabían lo mucho que ambos querían a la africana.


Cuadragésimo séptimo capítulo
  


Las hijas del concubino


A Manuel la vida de recién casado le había cambiado el carácter. Parecía otro, estaba irreconocible. Su rostro y sus ojos reflejaban la inmensa felicidad que sentía en su interior. Guadalupe le adoraba y él aún más a ella. Se querían tanto y estaban tan compenetrados que en la intimidad de su casa casi no hablaban, no lo necesitaban, se entendían sin palabras con las miradas, los gestos, las caricias, el pensamiento.

Una tarde de primavera Manuel fue a ver a sus dos amigos de la infancia, los utreranos Sancho y Jacobo, que trabajaban para él en el cuidado del pequeño palacio y las tierras que le había comprado Don Gonzalo como regalo de boda. Estaban sembrando melones de Armenia, sandías africanas, garbanzos de Turquía y berenjenas y pepinos de la India. Tras saludarse mutuamente con afecto se sentó a la sombra de una higuera y se los quedó mirando fijamente sin demasiado disimulo, hasta el punto que ambos se dieron cuenta, se sintieron violentos y con el ceño fruncido le lanzaron una dura mirada de soslayo con sus ojos negros de azabache. Aquella mirada fue una especie de revelación para él. De pronto se le iluminó la mente y comprendió cuán grande, profunda y dolorosa era la tristeza de sus dos amigos. Su corazón dio un vuelco en su pecho, sintió un nudo en la garganta y entonces supo lo que debía hacer.

- Sancho, Jacobo, ¿estáis tristes?

Los dos muchachos se encogieron de hombros, torcieron la cabeza hacia un lado, fruncieron los labios, levantaron las cejas y le contestaron así sin palabras, desviando rápidamente sus ojos hacia las hortalizas, violentados ante aquella pregunta tan directa, como queriéndole decir que sus sentimientos poco importaban, nunca le habían importado a nadie, ni cuando eran dos miserables niños esclavos ni ahora que eran hombres libertos, o eso creían ellos. 

Y se equivocaban, por supuesto. Su felicidad les importaba y mucho no sólo a Manuel sino también a Taufik y a Gonzalo, incluyendo por supuesto a Fronilde y al Padre Teovigildo, que les había cogido un gran cariño jugando con ellos a saltar jaras y lentiscos quince años atrás de camino hacia Grazalema. Era evidente que se sentían maltratados por el destino y envidiaban la felicidad de Manuel. A sus casi treinta años todavía llevaban incrustado en su alma el estigma maldito de su padre, el perverso amo que había sido ajusticiado en la horca en la plaza de Utrera. Ni por asomo se les había ocurrido buscar esposa entre las numerosas muchachas moriscas de Ubrique. Se consideraban indignos de tener descendencia por la sangre demoníaca de su padre que corría por sus venas, como si pesasen sobre ellos como una herencia infame los abominables pecados de su progenitor y tuvieran que penar por ellos durante toda su vida. 

Su infancia fue espantosamente dura y triste, casi tanto como la de Manuel. Por suerte el amo les había respetado al saberse su padre y no les había sometido a abusos. A quien si maltrató durante años fue a su madre, una preciosa niña de la lejana isla de Creta que había comprado por un ducado de oro en el mercado de esclavos de Sevilla. El mismo día la violó varias veces en el camino de vuelta hacia Utrera y continuó abusando de ella cuanto quiso sin piedad, incluso durante los embarazos de sus dos hijos, los ahora libertos Sancho y Jacobo. Y no acabó allí su crueldad. Cuando la pobre muchacha dejó de gustarle por haberse hecho mujer se la llevó de vuelta a Sevilla y la revendió al mismo mercader de esclavos por tres míseros vellones de cobre. De nada le sirvieron sus desgarradoras súplicas para que le permitiese criar a sus hijos. 

Así pues Sancho y Jacobo se criaron sin madre desde su más tierna infancia. Fronilde y otras esclavas cuidaron de ellos hasta que tuvieron edad para apacentar el numeroso rebaño de cabras del amo junto con Manuel y fue unos pocos años después cuando aparecieron en sus vidas, como enviados por Dios o Alá, el hidalgo gallego Don Gonzalo y el morisco grazalemeño Taufik que les liberaron de la esclavitud y se los llevaron con ellos a Grazalema.

Sí, Manuel supo enseguida lo que debía hacer para alegrar las insulsas y tristes vidas sin cariño, sin ilusión ni esperanza de sus amigos. Lo habló con Gonzalo y Taufik y entre los tres decidieron partir un par de días después hacia la ciudad de Ronda donde había un floreciente mercado de esclavos, tan famoso o más que el de Sevilla. A los dos muchachos les dijeron que iban a visitar a un amigo rondeño para que no sospechasen nada. Guadalupe quiso acompañarles. Le resultaba insoportable la idea de separarse ni siquiera unos pocos días de su amado Manuel.

Una fresca mañana de mayo partieron los cuatro hacia levante con sus rostros iluminados por los rayos del sol naciente. Tardaron tres jornadas en llegar. La ciudad de Ronda conservaba en sus edificios la reciente huella musulmana. Se podría decir que simplemente había cambiado de manos. Sus espléndidas mezquitas estaban intactas y los alminares habían sido transformados en campanarios. Numerosos moriscos conversos, casi tantos como cristianos viejos, recorrían sus bulliciosas callejuelas. Entre el abigarrado gentío se podía ver también a algún judío converso claramente distinguible por su vestimenta y bastantes esclavos negros y orientales. A Guadalupe se le antojaron muy hermosos los ojos rasgados de una joven kazaja que llevaba en brazos al que parecía ser su hijo. Su túnica plisada de reluciente seda verde y su velo de encaje blanco indicaban claramente que era una gran señora, tal vez la esposa de un rico hidalgo, aunque sus rasgos orientales hablaban por si mismos de su inequívoco origen esclavo. ¿Habría sido vendida en el mercado de aquella misma ciudad?

Don Gonzalo se acercó a un hombre apostado en una plazoleta que proclamaba a grandes voces las virtudes de su mercancía: tres piezas de queso de leche de cabra untados con aceite de oliva y una tinaja de barro llena de vino tinto.

- Buen hombre, ¿a cuánto vendes tus quesos? - le preguntó.

- Os doy una pieza por tres vellones, Ilustrísimo señor. - le contestó con una gran reverencia y una amplia sonrisa, dejando ver el único incisivo y las cinco muelas careadas y ennegrecidas que le quedaban en su despoblada dentadura.

- ¿Y el vino?

- Mi vino tiene tres años de crianza, Ilustrísimo señor. Es el mejor de toda Andalucía. Sembré las vides con mis propias manos hace doce años nada más llegar a Ronda. Me traje los sarmientos de Zamora, la ciudad que me vio nacer. Os vendo la tinaja de media arroba por sólo cuatro vellones.

Al hidalgo le cayó en gracia el zamorano. Era evidente que le pedía más del doble de lo que su mercancía valía. Con cara divertida miró a Taufik que estaba a su lado y éste le sonrió asintiendo con la cabeza. 

-¡Ea, pues! Te compro toda tu mercancía por nueve vellones. - le regateó haciendo sonar las monedas que llenaban su zurrón de piel de cabrito.

- Vuestra es, Ilustrísimo señor. - aceptó encantado el mercader mirando el zurrón con codicia.

- Y te daré otro vellón si nos acompañas hasta la mejor posada de esta ciudad. - le aseguró el gallego mientras ponía una a una las nueve monedas sobre su mano extendida.

El zamorano recogió con rapidez su sencillo puesto que consistía en una tabla ancha con cuatro patas y se la cargó sobre el hombro derecho.

- Síganme, señores. La posada no queda lejos.

Y tenía razón. A unos escasos cien pasos les señaló con la mano la entrada de un bellísimo palacio andalusí, construido sin duda por uno de los mejores arquitectos hispano-musulmanes del Al-Ándalus. Corría el año 1525 y hasta sólo cuatro décadas atrás había pertenecido a un primo del emir de la ciudad. Su actual propietario, un segoviano, se lo había comprado al jefe de una escuadra de soldados cristianos que se habían apoderado de él masacrando a todos sus moradores en la reconquista.

- Muchas gracias, buen hombre. - le dijo Gonzalo poniéndole el prometido vellón en la mano. 

- Mil gracias a vos, Ilustrísimo señor. Si necesitáis más queso o vino preguntad por José de la Moraleja, el zamorano. Todo el mundo me conoce. Por cierto, ¿a qué se debe vuestra visita a esta ciudad?

- Mi esposa necesita un par de esclavas para que la ayuden a criar a nuestros hijos y alguien nos recomendó comprarlas en el mercado de Ronda. 

- Pues os dio un buen consejo, Ilustrísimo señor. Si las queréis jóvenes y sanas, aquí encontraréis las mejores de toda Andalucía. Las traen incluso del lejano Oriente y no son caras. Todos los martes y viernes las sacan a la venta a primera hora de la mañana en la plaza mayor de la ciudad.

- Gracias de nuevo, José. 

- Gracias a vos, Ilustrísimo señor. 

Los cuatro entraron en la posada mientras el zamorano se alejaba silbando y dando saltitos de pura alegría. Aquel había sido un gran día para él. Había hecho un buen negocio con el hidalgo. Estaba tan contento que no dejaba de tocar los diez vellones que llevaba bien guardados en un falso bolsillo de su calzón, estratégicamente cosido y camuflado justo encima de sus genitales, para asegurarse de que nadie se los robaría por el camino al confundir el bulto con sus supuestos bien dotados atributos.

- ¡Ah de la casa! - gritó el hidalgo al entrar.

- ¡Voy! - respondió una voz de hombre.

La posada conservaba intacta la extraordinaria belleza del antiguo palacio musulmán. Se veía todo muy limpio y los cuatro viajeros se miraron con ojos risueños intercambiando gestos de aprobación. Sin duda era un buen sitio para alojarse.

- Buenos días, Ilustrísimo señor. ¿Buscáis posada? - le preguntó el posadero directamente a Don Gonzalo al adivinar por su vestimenta de rico hidalgo, su inequívoco aspecto de cristiano viejo y su tez clara que de los tres hombres era el de más alta alcurnia. (del árabe andalusí alkúnya)

- Buenos días, buen hombre. Así es, para unos tres o cuatro días. Necesitamos dos alcobas (del árabe andalusí alqúbba) y un establo para tres caballos.

-Tengo lo que necesitáis, Ilustrísimo señor. ¡Seguidme! 

A los cuatro les gustaron mucho las alcobas. Contaban con toda clase de lujos, algunos tan sofisticados que hicieron reír a Guadalupe. Las camas estaban cortinadas y junto a cada una de ellas había un bacín de porcelana bellamente adornado con motivos florales. Era evidente que se trataba de la mejor posada de la ciudad.

- Cada alcoba cuesta dos reales de plata por día, incluyendo el desayuno, el almuerzo y la cena. El establo y la manutención de los caballos van de franco a cuenta de la casa. Tengo la costumbre de solicitar un pequeño anticipo a los huéspedes como garantía, si vuestra ilustrísima viene a bien....

- Claro, buen hombre. Me parece justo. - le contestó Don Gonzalo esbozando una sonrisa mientras abría el zurrón que llevaba siempre consigo. - Os doy cinco reales de plata por adelantado. ¿Es suficiente?

- Más que suficiente, Ilustrísimo señor. Muchas gracias.  

- Esta mañana hemos comprado tres piezas de queso y una pequeña tinaja de vino a un mercader. Os rogaría que nos las guardaseis hasta nuestra partida.

- Lo haré con mucho gusto, Ilustrísimo señor. - le aseguró el posadero visiblemente satisfecho con tan buenos y sobretodo tan solventes huéspedes - Me imagino que estarán ustedes muy cansados del largo viaje. Si quieren pueden reposar un rato hasta la hora del almuerzo. No se preocupen por los caballos. Dos mozos se harán cargo ellos. Mi esposa está preparando un potaje de judías con morcilla de cebolla y un par de conejos a la rondeña. Les avisaré cuando la comida esté lista. Les deseo una feliz estancia en la posada del segoviano, su humilde servidor. - les dijo acompañando sus palabras con una gran reverencia mientras salía de espaldas en señal de deferencia ante tan distinguidos clientes.

Una hora más tarde les avisaba para almorzar. El potaje de judías con morcilla les supo a gloria y más rico todavía se les antojó el conejo a la rondeña cocinado con ajos y abundante cebolla y aromatizado con vino dulce y finas hierbas del monte. La salsa del guiso estaba tan buena que todos rebañaron pan en ella relamiéndose los labios y chupándose los dedos, observados a cierta distancia por la cocinera que sonreía orgullosa llena de satisfacción. Ya ahítos se les acercó el posadero con un aguamanil de porcelana bellamente adornado con motivos florales, lleno a rebosar de agua tibia perfumada con unas gotas de esencia de jazmín, una palangana del mismo material y unas refinadas toallas de algodón de un blanco inmaculado; y uno tras otro, empezando por Guadalupe, se fueron lavando las manos como mandaban las buenas costumbres de aquel tiempo.

Por la tarde salieron a dar un largo paseo por la ciudad y por la noche cenaron una sabrosa sopa de caldo de gallina vieja con menudillos y de postre unas deliciosas yemas del Tajo típicas de Ronda. La comida de aquella posada era digna de reyes y así se lo quiso decir Don Gonzalo a Ermesinda, la cocinera, una cuarentona entrada en carnes de ojos risueños. Su marido la llamó y ella apareció secándose las manos con el delantal ajena al motivo de su llamada. Cuando Don Gonzalo se levantó de la mesa y con gran solemnidad le dijo que su comida era la mejor que había probado en toda su vida, ella se sonrojó, se le humedecieron los ojos por la emoción y poco le faltó para echarse a llorar. Sin saber qué responder, cómo reaccionar, miró de soslayo a su marido que la observaba divertido y lo único que se le ocurrió a la pobre mujer fue hacer una gran reverencia a tan amable e ilustre comensal, dar media vuelta y volver rápidamente a la cocina. 

- Dadle de mi parte este real de plata para que compre con él lo que ella quiera. Se lo merece. - le dijo el hidalgo al posadero.

- Muchas gracias, Ilustrísimo señor. Así lo haré. No sabéis lo orgulloso que estoy de mi esposa. Me atrevería a decir que es la mejor cocinera de toda Andalucía. 

- Lo es, no os quepa la menor duda.

Con tan rica cena llenando sus estómagos y los mullidos colchones de lana batida de las camas durmieron los cuatro a pierna suelta como lirones y al día siguiente se levantaron temprano, desayunaron unos esponjosos bollos de leche de oveja con miel de azahar recién horneados, que exhalaban un aroma delicioso, acompañados de almendras, avellanas y piñones tostados y salieron de la posada en dirección a la plaza mayor. 

Había corrido la voz entre las rondeñas que se alojaba en la ciudad el más apuesto hidalgo jamás visto por aquellas tierras y muchas le esperaban ante la posada para contemplar con sus propios ojos su turbadora belleza celta, su apostura de príncipe, su cuerpo fornido que rezumaba virilidad, sus misteriosos ojos azules, su cabellera y barba pelirrojas. . .  No, no les defraudó, se les antojó mucho más atractivo de lo que se habían imaginado y sintieron que sus entrañas se derretían de deseo.

- ¡Dichosa la mujer que comparte el lecho con este hombre. Sin duda debe ser muy feliz! - exclamó una vieja sin importarle que la oyese.

Gonzalo sonreía mirando al frente, haciéndose el despistado, consciente de ser el centro de las miradas y los cuchicheos de aquella marabunta de mujeres que le seguían por la calle principal de la ciudad. Cuando escuchó el comentario de aquella anciana, se dio la vuelta, la miró a los ojos y le regaló una amplia sonrisa.

- Te aseguro que mi esposa es la mujer más maravillosa que jamás haya existido. Me ha hecho inmensamente feliz. - le espetó.

- Dichoso tú, pues. Cuida de ella como el más preciado de los tesoros. - le contestó la anciana devolviéndole la sonrisa.

Unos minutos más tarde llegaban a la plaza mayor. Los mercaderes de esclavos habían levantado varias tarimas permanentes para exponer su mercancía. Sobre ellas había dos docenas de hombres, mujeres y niños de distintas razas, semidesnudos, sucios, cubiertos de hematomas y heridas sangrantes, con las manos fuertemente maniatadas con cuerdas de esparto y los tobillos rodeados por pesados grilletes oxidados que les impedían escapar y les habían infligido espantosas heridas que supuraban y eran un festín para las moscas. Permanecían en silencio, cabizbajos, llorosos. Algunos temblaban por la vergüenza, la angustia y la incertidumbre sobre lo que les esperaba. Lo que más temían todos era caer en manos de un amo despiadado. Algunas mujeres sólo llevaban una deshilachada tela de cáñamo alrededor del cuerpo, sujeta en la cintura con una cuerda, que dejaba a la vista sus senos, provocando una gran expectación morbosa entre los hombres que se acercaban a ellas para solazar su ojos con su desnudez. La mayoría de varones ni siquiera llevaban un simple taparrabos y sus genitales quedaban expuestos a las miradas libidinosas de las mujeres y también de algún hombre no tan hombre. 

Guadalupe no pudo soportar la visión de aquel espantoso espectáculo, se cubrió la cara con el velo, se agarró con fuerza al brazo de Manuel y lloró en silencio: "Vámonos, te lo suplico." - le rogó a su marido a los pocos minutos. "Espera un poco, enseguida nos vamos." - le contestó él abrazándola. Entre los esclavos había dos niñas africanas idénticas, sin duda gemelas, de unos doce años, que lloraban y temblaban aterrorizadas, pues un comprador se había interesado por ellas y el mercader las había obligado a dar un paso al frente con un bastonazo en la cabeza, mientras alababa a voz en grito las virtudes de las dos niñas.

- Estas dos negritas son hijas de una poderosa reina africana de una tribu salvaje donde las mujeres tienen varios maridos y todos los concubinos que deseen. Os las vendo por sólo cuatro ducados de oro. Son una ganga.

- Son demasiado caras. Os doy dos ducados por ellas. - le contestó el interesado.

- Imposible. Perdería mucho dinero. A mi me costaron tres ducados de oro. Tened en cuenta que todavía son vírgenes y además de noble extirpe. Ya os he dicho que son princesas.

Manuel tocó el brazo de Don Gonzalo, se acercó a su oído y le susurró: "Cómprelas, padre, son lo que hemos venido a buscar."

- ¡Yo te doy por ellas los cuatro ducados que pides! - pujó el gallego con su voz poderosa.

- Vuestras son, Ilustrísimo señor.  Os lleváis lo mejor del lote. - exclamó el negrero.

Gonzalo cogió en brazos a una de las niñas y Taufik cargó con la otra. Cuando ambos notaron el temblor de su diminuto y maloliente cuerpo y vieron el espanto reflejado en su mirada, sintieron una gran ternura por ellas y no pudieron evitar que se les humedecieran los ojos. Las niñas no alcanzaron a comprender porqué lloraban aquellos hombres, pero algo en su interior les dijo que si lloraban eran buenos y esto las tranquilizó.

- He comprado estas dos niñas para que ayuden a mi esposa a criar a nuestros hijos. - le dijo el hidalgo al posadero. 

- Una excelente compra, Ilustrísimo señor. Cuanto más jóvenes son las esclavas más fácil es someterlas. 

- ¿Sería posible bañarlas y vestirlas decentemente? - le preguntó Don Gonzalo.

- Por supuesto, Ilustrísimo señor. Mi esposa se encargará de ello ahora mismo. Está acostumbrada a hacerlo. Muchos de nuestros mejores clientes vienen regularmente a Ronda a abastecerse de esclavos jóvenes. Tenemos incluso preparado un amplio surtido de ropa tanto para varones como para hembras. El servicio cuesta cuatro vellones por esclavo.

- Pues aquí tenéis los ocho vellones y dos más de propina para vuestra esposa. Os ruego que le digáis que tenga paciencia con las niñas y evite pegarles si se muestran ariscas.

- Oh, muchas gracias, Ilustrísimo señor. No temáis, Ermesinda las tratará con mucho mimo. Por cierto, ¿deseáis quitarles los grilletes de los tobillos?

- Por supuesto, es lo que más las atormenta.

- Pues ahora mismo llamaré al herrero. Serán cuatro vellones por el servicio.

Dos horas más tarde Ermesinda entró en el patio central de la posada donde esperaban los huéspedes con una niña en cada mano. Las había vestido con dos túnicas idénticas de algodón blanco con su respectivo velo y unos zapatitos del mismo color. Estaban preciosas. Sin los grilletes en los tobillos ya podían caminar, pero lo hacían de forma patosa pues nunca antes habían llevado calzado. Todos sonrieron al verlas tan bonitas y Guadalupe no pudo resistir el deseo de abrazarlas y besarlas. Su encrespado pelo africano olía de maravilla. Ermesinda se lo había perfumado con esencia de rosas de Alejandría.

- Señores, el almuerzo está listo. Siéntense en la mesa cuando quieran. Las niñas pueden comer en la cocina con las esclavas de mi esposa. - les dijo el posadero.

-  Si no os importa, preferimos que coman con nosotros. - le contestó el hidalgo muy serio.

- Como gustéis, Ilustrísimo señor.

Las pequeñas tenían un hambre atroz. Antes de bañarlas Ermesinda había calmado su sed dándoles a beber un poco de agua que las niñas tragaron con desesperación, pero no les había dado nada de comer. Aquel día la cocinera y sus dos esclavas habían preparado una deliciosa caldereta de cordero a la rondeña. Las niñas miraban las viandas con sus grandes ojos de ébano, mientras su pequeño estómago rugía famélico en su vientre, pero no se atrevían a coger nada. Guadalupe les puso en las manos un trozo de carne sin hueso y un canto de pan de trigo y ellas lo devoraron todo en un santiamén casi sin masticar. Los cuatro les echaban miradas de cariño y les sonreían, pero ellas se mostraban esquivas y perplejas ante tantas atenciones y permanecieron muy serias durante todo el almuerzo. Se sabían esclavas y aquellas muestras de afecto eran impropias de su condición. 

Habían sido brutalmente arrancadas de los brazos de su madre, la gran reina Ndiunga, que las sujetaba con todas sus fuerzas y se negaba a soltarlas profiriendo desgarradores alaridos. Uno de los cazadores de esclavos tuvo que degollarla ante los aterrorizados ojos de las niñas para conseguir arrebatárselas. Eran sus únicas hijas, un regalo que le había hecho la vida a las puertas de la ancianidad.  

Ndiunga había sobrepasado ya la cuarentena y su reino seguía sin una princesa, una heredera del trono. A pesar de tener tres maridos y una docena de concubinos pasaban los años y ninguno de ellos conseguía fecundarla. Y no precisamente por falta de trato carnal, pues era muy fogosa y cada día escogía a varios de sus hombres y gozaba de sus cuerpos durante horas hasta que los dejaba exhaustos. 

Una mañana quiso que sus criados la llevasen sentada sobre un palanquín a dar un paseo por los campos de ñame. Los campesinos al verla dejaban lo que estaban haciendo y se postraban ante ella con la frente pegada al suelo y así permanecían hasta que se alejaba. En uno de los campos se encontraron con un muchacho de unos dieciocho años, alto, fuerte y hermoso como un príncipe de ensueño, que iba desnudo sin nada que cubriese sus bien dotados genitales. Al ver a la reina no se postró enseguida, sino que antes de hacerlo le regaló una amplia sonrisa mostrándole su blanca dentadura. Este detalle a ella le encantó y quedó fulminantemente enamorada. "Traédmelo esta tarde al palacio." - ordenó a sus criados. 

Seydu, que así se llamaba el muchacho, fue lavado, perfumado y maquillado con arcillas de colores por los criados para que luciera lo más hermoso y atractivo posible para solaz de su reina. Todavía no había tenido trato carnal con ninguna mujer y esto agradó a Ndiunga, que disfrutó como nunca de su bellísimo cuerpo joven, jugando con sus partes más sensibles con sus experimentados labios y sus hábiles manos hasta que el muchacho eyaculó en su boca con gran estrépito y ella se tragó el semen con delectación convencida de que aquel elixir de vida la haría fértil por fin a las puertas de la ancianidad.

Y no se equivocaba. Durante las siguientes semanas no quiso tener trato carnal con ninguno de sus hombres, sólo con Seydu, su decimotercer concubino, el muchacho más bello de todo su reino. Cuando en la cuarta luna su naturaleza de mujer no sangró, supo que estaba por fin encinta y ya no quiso que Seydu la penetrara por temor a perder al niño. El joven tuvo que contentarse con las maravillosas felaciones que ella le hacía. Por supuesto Ndiunga se cuidaba mucho de no derramar una sola gota del preciado semen que la había hecho fértil y se lo tragaba todo con delectación para reforzar así su tan esperada preñez.

El vientre de la reina crecía a buen ritmo y ella se lo acariciaba y sonreía feliz al notar las pataditas del hijo que había concebido con la simiente de Seydu. Bueno, ella no hablaba de hijo, sino de hija, pues era lo que esperaba traer al mundo. Alejaba de su mente la idea de que pudiera ser un varón. Aunque colmaría su deseo de ser madre, no podría heredar su trono y éste pasaría forzosamente a una hembra joven, con toda probabilidad a alguna de sus sobrinas. 

Ndiunga sufrió mucho durante las últimas semanas de embarazo, no sólo por el peso de su abultado vientre, el intenso dolor de sus lomos y las enormes varices que aparecieron en sus piernas, sino sobretodo por la incertidumbre del sexo que tendría el bebé que esperaba. A su avanzada edad era muy improbable que pudiera tener más hijos. Ésta era su única y última oportunidad para dar una heredera a su pueblo.

La hechicera del palacio le había asegurado que veía dos criaturas en su vientre, pero ella no se lo creía. Ninguna mujer de su numerosa familia había tenido nunca gemelos. Cuando una tarde sintió que le había llegado la hora de parir, llamó a la comadrona real y se dispuso a afrontar con valentía lo que no podía evitar. Bregó sin desfallecer durante ocho largas horas hasta que por fin se asomó una cabecita en su naturaleza de mujer, la comadrona la asió con sus experimentadas manos y en un último esfuerzo Ndiunga dio a luz a una niña preciosa, muy menuda pero llena de vida, que lloró con inusitada fuerza a pesar de su pequeño tamaño y llenó el palacio con sus tan esperados berridos. La reina tenía por fin una heredera y ya no podía ser más feliz, aunque continuaba con fuertes dolores de parto y en su inexperiencia suponía que eran debidos a que todavía no había expulsado la placenta. 

- Mi señora - le dijo la comadrona mirándola a los ojos - creo que viene otra criatura. 

- ¿Otra? ¡Que los dioses me asistan! - exclamó Ndiunga asustada y agotada. - No sé si mi viejo corazón podrá soportar otro parto.

Por suerte para ella todo acabó en media hora y se encontró con dos niñitas en sus brazos, a cual más bonita y más menuda, con tantas ganas de vivir que enseguida hicieron ademán de buscar el pezón y ella acercó sus boquitas abiertas a sus pechos y sintió por primera vez en su vida lo que significa ser madre y amamantar a un hijo. Era tan feliz que no podía separar sus ojos llenos de lágrimas de sus dos niñas, sus dos princesas, las hijas de su decimotercer concubino, las herederas de su trono. Al ser gemelas reinarían juntas.

- Llamad a Seydu, su padre, para que las vea. - ordenó a sus criados.
 

Cuadragésimo octavo capítulo 


Carmela y Marcela

 

En el camino de vuelta a Grazalema las dos gemelas se fueron tranquilizando poco a poco, mostrándose cada vez menos ariscas y desconfiadas, en especial hacia Guadalupe. Era evidente para ellas que, a pesar de haber sido compradas como esclavas, no eran tratadas como tales sino más bien todo lo contrario, y esto hizo que bajasen sus defensas y no temiesen a sus nuevos amos.  

Gonzalo había comprado una burrita muy dócil para que las llevase a cuestas. Cuando les indicaron por señas que debían subirlas a los lomos del animal para emprender el camino, ellas comprendieron enseguida, dieron un brinco y se montaron solas como dos amazonas experimentadas. Los cuatro adultos se miraron asombrados. Se les antojaba increíble que supieran montar sin ayuda. Ignoraban que en el reino africano que las vio nacer hacía muchos siglos que los hombres cazaban y domesticaban cebras jóvenes, que luego regalaban a su esposa o a su ama si eran concubinos, pues para aquellas gentes la cebra era un animal sagrado, su tótem, la reencarnación de sus antepasados. Regalarle pues un bien tan preciado a una mujer era su manera de decirle que la amaban. 

Cuando en la madrugada del tercer día los cuatro adultos y las dos niñas llegaron a Grazalema, corrió rápidamente la noticia entre los vecinos del pueblo y todos quisieron ver a las esclavas gemelas. Les sorprendió que fueran capaces de montar solas, las dos juntas a horcajadas sobre los lomos de la dócil burrita rondeña. Su piel intensamente negra contrastaba con la blancura de sus ropas. Los grazalemeños estaban acostumbrados a ver gente de piel oscura, muchos de los moriscos y algunos cristianos viejos lo eran, pero no como aquellas niñas cuya negritud era extrema. Ellas se sentían observadas como bichos raros. Las muecas de desagrado de la gente las hicieron sentir violentas y cubrieron su rostro con el velo blanco hasta el punto que no veían por donde las llevaba la burra. Por suerte el pequeño animal seguía a los tres caballos sobre los que cabalgaban los adultos. Tras recorrer toda la calle de Las Piedras emprendieron la subida por la empinada cuesta que llevaba al palacio del abetal.

Uno de los libertos vislumbró a lo lejos la comitiva que se acercaba, distinguió a Don Gonzalo por su corpulencia y su cabellera pelirroja y corrió hacia el interior del palacio para avisar a Zulema. La morisca y su amiga Salma estaban ayudando al curandero Amonio, el aventajado discípulo de la difunta Dagwa, en la laboriosa sutura con hilo de seda negra de la enorme brecha que se había abierto en la cabeza un niño de Grazalema al caer de una higuera. Su padre, conocedor de la maestría del joven sanador, lo había subido hasta el palacio del abetal montados ambos en un corcel gris. 

- Podéis ir a recibir a vuestros maridos. Sólo faltan unas cuantas puntadas. Lo más complicado ya está hecho. - les dijo Amonio al ver sus miradas suplicantes.

- Gracias, Amonio. - le contestaron ambas, mientras se cubrían la cabeza con el velo y salían disparadas del palacio.

Subieron sobre una gran roca que les servía de oteadero y ambas lanzaron al aire un alegre y estridente ululato para saludar a los que se acercaban. Guadalupe era cristiana vieja y no sabía ni debía ulular como las moriscas, así que se limitó a hacer lo mismo que los tres hombres: levantar las manos y saludar a gritos.

Al reconocer a sus esposas, Gonzalo y Taufik azuzaron con los pies los flancos de sus caballos para acelerar su paso y galoparon veloces a su encuentro. Tras saludarlas con un beso en la frente les presentaron a las dos niñas que se apretujaban una contra la otra sobre los lomos de la burra en un vano intento de protegerse mutuamente. Llevaban el rostro cubierto por el velo blanco y, a pesar de la gran curiosidad que sentían por ver a aquellas dos mujeres que les hablaban con tanta dulzura, continuaron con la cara cubierta aún después de haber sido apeadas del animal por los amorosos brazos de las dos moriscas. 

Las acompañaron al interior del palacio y con mucha delicadeza les retiraron el velo. Sus inocentes ojos de ebano hablaron por si solos sin palabras. Miedo, tristeza, angustia, súplica, todo ello combinado en su mirada hizo estremecer el alma de Salma y Zulema. Sintieron una gran ternura por ellas y las abrazaron como si fueran sus hijas. Aquel abrazo recordó a las niñas al de su propia madre, oyeron por enésima vez en sus atormentadas mentes los alaridos de Ndiunga mientras los cazadores de esclavos la degollaban para arrebatarle a sus hijas y se echaron a llorar desgarradoramente sobre el hombro de las dos mujeres. El corazón de antiguas esclavas de Salma y Zulema comprendió el dolor de aquel llanto y ellas también lloraron recordando su propia esclavitud. Con las niñas en brazos se miraron a los ojos, se leyeron el pensamiento y asintieron con la cabeza. Luego buscaron los de sus maridos que también comprendieron. No les hacían falta palabras. 

Un par de horas después las gemelas jugaban tranquilas y seguras en la cocina del palacio persiguiendo al pequeño Breogán, que ya empezaba a gatear. En su inocencia creyeron que la palabra "niño" era su nombre y así le llamaron durante varias semanas hasta que empezaron a comprender mejor el castellano. En los dos espantosos meses que habían vivido como esclavas sólo habían aprendido palabras sueltas, las imprescindibles para no recibir tantos garrotazos del mercader negrero.

Zulema, al mirar a los ojos a Salma mientras abrazaban a las niñas, había decidido quedárselas como dos hijas más de la familia. Les daría el cariño de madre que tanto necesitaban y al mismo tiempo les enseñaría la lengua y las complicadas costumbres de la Andalucía de aquel siglo convulso. Habían sido compradas por Don Gonzalo para ser las esposas de Sancho y Jacobo, pero no las obligarían a nada. Dejarían que fuera el destino quién decidiera. Las llevaron a la Iglesia de La Encarnación para que el padre Teovigildo las bautizase y las llamaron Carmela y Marcela, como las dos abuelas gallegas del hidalgo. A pesar de parecerse como dos gotas de agua, no les costó mucho distinguirlas. Carmela tenía una cicatriz en la barbilla y era algo más alta y robusta que Marcela.  

Amonio les curó las ulceraciones purulentas que les habían infligido los grilletes en los tobillos, aplicándoles varias veces al día un ungüento rosado hecho con hojas machacadas de una hierba suculenta que crecía en abundancia sobre las rocas de Grazalema. La llamaban hierba puntera o arroz de moro. Era una de las primeras medicinas que le había enseñado a preparar la difunta Dagwa. A las niñas al principio les daba miedo aquel adolescente tan atrevido. Amonio se armó de paciencia, entró en sus mentes como le había enseñado su maestra en el arte de sanar, sintió lo que ellas sentían, vivió en sus propias carnes el terrorífico apresamiento y la muerte atroz de Ndiunga y poco le faltó para echarse a llorar tal era su sensibilidad. Carmela y Marcela pronto perdieron el miedo a Amonio y a los pocos días ya no hizo falta obligarlas a dejarse aplicar el ungüento. Unas semanas después el muchacho sintió un escalofrío. Los oscuros ojos de aquellas dos niñas-adolescentes empezaron a mirarle de una forma extraña, en su privilegiada inteligencia comprendió que ambas se habían enamorado perdidamente de él, no quiso hacerles daño, lo habló con Salma y Zulema y a partir de entonces fueron ellas quienes les aplicaron la medicina hasta que las úlceras sanaron.

Una mañana, tras el desayuno, Gonzalo y Salma con su tercera hija Rebeca y el pequeño Breogán emprendieron el camino de vuelta a Ubrique, montados en su elegante carruaje conducido por Salem y Ulpiano. Como si el espíritu de Dagwa les protegiera de todo mal, a partir de entonces las vidas de todos los seres que ella tanto había querido transcurrieron sin sobresaltos en aquellas paradisíacas tierras de Andalucía.
 
Tres años después las dos gemelas se habían transformado en dos hermosas muchachas altas y esbeltas que impresionaban por su lujuriosa belleza exótica heredada de su padre Seydu. Sonreían mostrando sus blanquísimos dientes, como lo hizo él aquel lejano día en el campo de ñame para enamorar a su madre y convertirse en el decimotercer concubino de la poliándrica reina Ndiunga.

Había llegado la hora de dejar que el destino tomase la iniciativa. Un luminoso domingo de julio acudieron todos a oír misa en la Iglesia de La Encarnación. También lo hicieron Sancho y Jacobo, cuya tristeza y decepción de la vida se había acrecentado durante aquellos años. Los dos estaban mal, muy mal, tanto que sólo pensaban en suicidarse. Caminaban siempre cabizbajos mirando al suelo y encorvados como si llevasen una pesada losa sobre sus espaldas. Habían adelgazado hasta tal extremo que Amonio empezaba a estar seriamente preocupado por su salud. Aquel domingo sus vidas sin ilusión ni esperanza estaban a punto de cambiar para siempre. Taufik y Zulema lo tenían todo planeado. Astutamente, tras ponerse de acuerdo con Manuel y Guadalupe, al salir de misa acudieron todos al pequeño palacio del morisco utrerano con la escusa de ver su magnífico huerto lleno de frutas y hortalizas que con tanto amor cuidaban los dos hermanos libertos.

- Sancho, Jacobo, ¿no les vais a dar a probar a Carmela y Marcela vuestras fantásticas peras de agua? - les preguntó Manuel esbozando una sonrisa.

Los dos hombres no le respondieron. Con semblante serio cada uno de ellos cogió la pera que creyó más hermosa del gran peral que crecía en el centro del huerto y de una manera espontánea, sin buscarlo ni pretenderlo, Sancho le dio la pera a Carmela mirándola a los ojos y Jacobo se la dio a Marcela sin pronunciar palabra alguna. Ellas les devolvieron la mirada, sonrieron con timidez, alargaron la mano y cogieron el jugoso presente. Al saberse observadas por tantos ojos, miraron a Zulema en ademán suplicante. Ella las animó asintiendo con la cabeza y ambas se llevaron el fruto a la boca, le dieron un mordisco y se les antojó delicioso. Carmela le regaló una gran sonrisa a Sancho mientras tragaba la pulpa y lo mismo hizo Marcela con Jacobo. Aquel cruce de miradas y sonrisas fue como una dulce puñalada en el corazón para los dos utreranos, un flechazo, un subidón de ilusión y esperanza, un sentimiento intenso y hermoso que jamás habían sentido. Las gemelas experimentaron la misma emoción. Miraron de nuevo a Zulema como dándole las gracias y pidiéndole su aprobación y dieron otro mordisco a la pera. Los invisibles hilos de su inexorable destino habían empezado a atar cabos y en el Paraíso el espíritu  de Uriana, la madre cretense de los dos hermanos y los espíritus de Ndiunga y Seydu, los padres de las gemelas, sonrieron felices desde el más allá. 

Un año después el padre Teovigildo casaba a las dos parejas en la Iglesia de La Encarnación. Por expreso deseo de Carmela y Marcela el curandero Amonio fue su padrino de boda. Mientras las acompañaba al altar el joven burgalés sonreía feliz viéndolas en el futuro rodeadas por los numerosos hijos y nietos que el destino les daría. Cuatro siglos después sus descendientes en Andalucía se contarían por miles. Ninguno de ellos conservaría en su piel la intensa negritud de la reina Ndiunga y muy pocos sus atractivos ojos de ébano. De Seydu, sin embargo, casi un tercio lucirían en su semblante su fascinante sonrisa.


Cuadragésimo noveno capítulo


Uriana, el laberinto del Minotauro fue su perdición


Los espíritus de la africana Ndiunga, la madre de Carmela y Marcela y de la cretense Uriana, la madre de Sancho y Jacobo, ahora consuegras, aunque difuntas, velaban amorosos por sus hijos desde el más allá. Allí, en el Paraíso, que era el mismo para todos los humanos buenos de la Tierra sin importar la religión que hubieran profesado en vida, el insondable destino gobernado por el Ser Supremo había unido sus almas y se habían hecho amigas inseparables, tanto que la energía etérea de sus espíritus acabó fundiéndose en uno solo, como también lo harían en la Tierra durante los siguientes años sus dos sangres en las venas de sus numerosos descendientes andaluces.

Ya no había secretos entre ellas, entre sus dos almas. Ndiunga conoció entonces la azarosa historia de Uriana, desde su infancia feliz en su Creta natal hasta su muerte a latigazos en Sevilla a manos de su último amo.

La vio recién nacida en el regazo de Aikaterina, su madre ateniense, que tras parirla con las primeras luces del alba la miraba emocionada y le hablaba palabras bonitas en el contundente idioma helénico, mucho más sonoro que el dulce hablar de Creta, mientras la amamantaba por primera vez con su nutritivo calostro, enriquecido con el sabroso aceite de oliva, el aromático pan de centeno y el oloroso queso de cabra que habían sido su cena la noche anterior.

Su padre Theodoros era un antiguo soldado griego que, tras lograr honor y gloria en numerosas batallas, dejó la vida militar, se casó con la muchacha más hermosa de Atenas y se retiró a pasar sus últimos años en la pequeña isla que le vio nacer. Uriana fue concebida en alta mar en la nave que les llevaba a Creta. Nueve meses después, tras un penoso parto, Aikaterina la echó al mundo un luminoso amanecer de agosto en la ciudad de Heraclión.

Su infancia fue feliz. La ateniense no le dio más hijos a Theodoros y todo el amor de sus padres fue para ella. Creció entre olivos, higueras, granados, encinas, cipreses y pequeños campos de trigo y centeno, mecidos por la cálida brisa marina que soplaba unas veces mansa y otras embravecida desde el norte de África. A los cuatro años aprendió a ordeñar las cabras observando a su madre y a los cinco empezó a acompañar a su padre a apacentar el rebaño.

Theodoros le alargaba la mano y ella asía sus grandes dedos de soldado con su manita, mientras caminaban siguiendo a las cabras que se sabían el camino de memoria, pues siempre las llevaban a pacer los correosos hierbajos y arbustos que a duras penas conseguían crecer sobre las atormentadas rocas litorales batidas por las olas y quemadas por el sol. Mientras los animales intentaban llenar su rumen con aquel pobre alimento, Uriana y su padre se sentaban sobre una roca a la sombra de un viejo olivo y el laureado militar le relataba fantásticas aventuras y sangrientas batallas que la maravillaban y a veces asustaban, haciendo volar su imaginación.

Una fría mañana de marzo a Theodoros se le ocurrió llevar las cabras a ramonear los brotes tiernos de los matorrales que crecían en los alrededores de las ruinas del palacio de Cnosos. Tardaron casi dos horas en llegar. El cielo estaba nublado y amagaba con llover. Soplaba un desapacible viento del norte que helaba la sangre. Uriana tiritaba de frío y se abrazaba a la pierna de su padre para calentarse. Ante ellos se alzaban los muros medio derruidos del mítico palacio bajo los que podrían cobijarse del frío y la lluvia, pero Theodoros dudaba y no se atrevía a entrar en aquel edificio de terrorífico pasado. La leyenda del Minotauro, el monstruoso hijo de un toro blanco regalado por el dios Poseidón al rey Minos y de Pasifae, la esposa de éste, seguía viva entre los cretenses y no se acababan de creer que la bestia devoradora de humanos mitad hombre mitad toro hubiera muerto a manos del héroe Teseo. Sabían que las ruinas albergaban un laberinto del que nadie lograba salir jamás.

El gélido viento del norte soplaba cada vez con más fuerza y empezaban a caer las primeras gotas de lluvia. Uriana lloriqueaba aterida de frío y tiraba de las ropas de su padre para que se decidiera a entrar en el palacio. De súbito un relámpago cayó del ennegrecido cielo y fue a chocar contra el tronco de un olivo centenario que había allí cerca. La energía del rayo partió en dos el imponente árbol y rugió atronadoramente, haciendo temblar la tierra bajo los pies de la niña y su padre, que aterrorizados corrieron a resguardarse en el interior del edificio.

Sin saber cómo a los pocos pasos se encontraron rodeados de altísimas paredes que flanqueaban un interminable y oscuro pasillo. Intentaron volver atrás sobre sus propios pasos, pero no les fue posible hallar el camino. Cuanto más buscaban la salida, más se adentraban en el laberinto. La oscuridad era absoluta. Sólo se oían sus pisadas y el llanto de Uriana. Theodoros avanzaba palpando la pared con una mano mientras con la otra agarraba la de la niña.

Tuvieron suerte. Cuatro interminables horas más tarde por fin vislumbraron a lo lejos una luz tenue que se filtraba entre las piedras desencajadas de un muro. El aguerrido soldado abrió un boquete empujando con todas sus fuerzas una gran piedra hacia fuera. Luego se asomó y al otro lado vio lo que parecía el interior de una cueva salpicada por las olas del mar. Estaban salvados o eso creían.

Anduvieron un buen rato sobre las rocas del litoral buscando el camino de vuelta. De pronto, sin saber de dónde habían salido, se encontraron rodeados por una docena de corsarios genoveses armados hasta los dientes. Theodoros luchó con gran valentía sólo con sus manos, mientras le gritaba a Uriana que corriera a esconderse tras las rocas. La pobre niña vio como mataban y decapitaban a su padre con sus aterrorizados ojos nublados por las lágrimas. El miedo atroz la hizo orinarse y defecar encima. Su joven corazón no puedo soportar tanto espanto, tanto miedo, tanta crueldad y se desmayó. Los genoveses la ataron de pies y manos, la metieron en remojo en el agua del mar para limpiar su cuerpo de las heces y orines y se la llevaron a su nave corsaria entre risotadas. Sólo tenía once años.

Tras dos infernales meses de travesía por el mar Mediterráneo, la nave corsaria, camuflada bajo una bandera de conveniencia, remontó el río Guadalquivir y llegó al puerto fluvial de Sevilla. Tres días después la pequeña Uriana era expuesta a la venta sobre una tarima en el floreciente mercado de esclavos de la ciudad. Cuando el perverso terrateniente de Utrera la compró por un ducado de oro, en su inocencia creyó que aquel hombre de ojos risueños era bueno y se fue con él convencida de que su tormento había terminado. Sólo media hora más tarde la violaba salvajemente tras unas matas y continuó abusando de ella hasta que se hizo mujer y dejó de gustarle. Entonces, ignorando las desgarradoras súplicas de ella para que le permitiera criar a sus dos hijos, que eran también suyos, se la llevó a Sevilla como se lleva una mula vieja al matadero y la revendió al mismo corsario tratante de esclavos por tres míseros vellones de cobre.

Uriana deseaba morir, es más, no temía a la muerte, la veía como una liberación. Ya no podía soportar ni una pizca más de maldad. Sus dos hijos, fruto de brutales violaciones, eran lo único bonito que le había dado la vida, lo único que realmente le importaba. A sabiendas de que si no lo intentaba iba a morir de todas formas de pura pena, en su atormentada mente planeó la huida. Astutamente se hizo la dócil, logró que su nuevo amo confiase en ella y la liberase de los grilletes y en un descuido se escapó. No consiguió recorrer ni cien pasos. Cuando la apresó la llevó de vuelta al mercado de esclavos que estaba abarrotado de gente, la ató a un poste y le dio latigazos con gran regocijo de la chusma hasta que su pobre corazón dejó de latir y las costillas de su espalda quedaron a la vista descarnadas.


Quincuagésimo capítulo


Sí, padre, ya soy la reina de estos bosques


Sus cinco hijos le habían dado a Zulema veintiseis nietos. Corría el año 1547 y a sus setenta otoños se habían hecho realidad las palabras que le dijo su amado Taufik cuando ella quedó embarazada por primera vez: "
... si así lo deseas, mi amada, tendremos muchos niños que llenarán nuestras vidas de alegría. Formaremos una gran familia y tu serás la reina madre de todos." 

En el palacio del abetal moraba con ellos su primogénito Gonzalo-Said con su esposa Iria y sus siete hijos. El benjamín, José-Muhammad, que rondaba la cuarentena y era la viva imagen de Taufik, vivía en las afueras de Grazalema con su mujer salmantina. Los otros tres hermanos se habían casado con muchachas mestizas de los pueblos vecinos: el segundo, Antonio-Musarraf, en Ronda, el tercero, Francisco-Ahmed, en Benamahoma y el cuarto, Juan-Ibrahim, en Ubrique con Rebeca, la hija menor de Gonzalo y Salma.

Amonio había ayudado a nacer a los doce nietos grazalemeños de la morisca, los siete de Gonzalo-Said y los cinco de José-Muhammad y durante veintiocho años, desde la muerte de Dagwa, había cuidado de la salud de todos los habitantes del pequeño pueblo blanco, que le acogió cuando no era más que un lazarillo malherido. A sus cuarenta y seis años años su fama de buen sanador de cuerpos y almas se había extendido por toda la comarca y a diario atendía numerosos enfermos en la casita cercana a la Iglesia de La Encarnación, que Taufik había regalado a Zulema cincuenta años atrás. Era viudo y no tenía hijos, ya que la muchacha morisca de Villaluenga del Rosario con la que se había casado cuatro lustros atrás, había muerto salvajemente apaleada después de ser violada por unos desconocidos estando embarazada de cuatro meses. Se llamaba Rosa. Amonio la amaba con toda el alma y perderla de aquella manera tan espantosa marcó su vida para siempre y ya no quiso volverse a casar. 

Al enviudar su dolor era tan grande que pareció enloquecer. Dejó de comer, se negó a cuidar a los enfermos y se recluyó en una cueva de las montañas en la espesura de un frondoso alcornocal. Allí vivió durante tres meses como un ermitaño alimentándose de las frutas silvestres y las hierbas comestibles que por allí crecían. No estuvo solo, el espíritu de la difunta Dagwa acudió presuroso a su vera y le ayudó a aceptar su destino. Ella había vivido algo semejante al ser esclavizada a los pocos meses de parir a su único hijo y había aprendido a transformar su dolor, su odio y sus ansias de venganza en amor hacia los enfermos.

Una lluviosa madrugada de mayo, nada más clarear al alba, Amonio despertó por fin con el alma serena ya curado de su tristeza y su rabia. Se cubrió con la ajada manta con la que había dormido en el interior de la cueva durante aquellas doce semanas y emprendió el camino de vuelta hacia Grazalema bajo una lluvia torrencial que lo empapó hasta los huesos. Se dirigió directamente al palacio del abetal dando una gran alegría a Taufik y a Zulema que le querían como a un hijo. No les explicó nada. No hacía falta. Sólo lloró amargamente un largo minuto mirándoles a los ojos hasta que por fin se serenó. A pesar de contar con sólo veintiseis años su cabello había encanecido ostensiblemente y su rostro se había llenado de arrugas. La morisca le acarició su barbuda y empapada mejilla y le dio un beso en la frente. Tampoco le dijo nada. Amonio tiritaba de frío y, para que no se enfriase, Zulema corrió en busca de ropa seca de su marido para que se cambiase y le preparó luego unas migas bien calientes con ajos y torreznos que le supieron a gloria. Aquella misma tarde abrió de nuevo la consulta en la casita blanca de la morisca y ya no volvió a cerrarla ni un solo día. 

En lo más íntimo y sagrado de su alma guardó para siempre el recuerdo de Rosa, su morita de ojos verdes, la chiquilla más bonita de Villaluenga del Rosario, su locuela cabritilla payoya, como él la llamaba. Durante el día su imagen, su sonrisa, su voz, su alegría, su aroma de mujer aparecían en su mente a todas horas y por la noche, todas las noches, soñaba con ella, reviviendo sus momentos más felices. La veía correr como una cabritilla salvaje saltando jaras y romeros, perseguida por él, mientras ambos reían a carcajadas. Y cuando por fin lograba alcanzarla, ambos se revolcaban por el suelo abrazados y besándose apasionadamante. Tras hacer el amor al amparo de acebuches, encinas y alcornoques, permanecían un largo rato echados sobre la hierba, aspirando el aliento del otro, mirándose a los ojos sin decir nada, como si a través de sus retinas sus cerebros lograsen fundirse en uno y alcanzasen la felicidad más sublime. Con frecuencia Amonio se despertaba súbitamente en pleno orgasmo onírico y durante unos angustiosos segundos en la oscuridad de la alcoba la buscaba desesperado con las manos, con los labios, con el olfato, pero sólo hallaba el gélido vacío de su ausencia. Entonces sentía una dolorosa puñalada en el corazón y lloraba desconsolado.

Los siguientes catorce años transcurrieron sin sobresaltos en el palacio del paradisíaco abetal. Los siete hijos de Gonzalo-Said se hicieron adultos y empezaron a casarse. Taufik y Zulema, ya en plena ancianidad, seguían queriéndose como el primer día en que se conocieron. Sus vidas parecían fluir en calma, como el agua mansa de un rio en una llanura. Eran inmensamente felices. 

En todos aquellos años la morisca no había abandonado la costumbre de acudir a diario a sentarse a los pies del viejo abeto que albergaba el alma de su padre. Como sesenta años atrás apoyaba la espalda contra el grueso tronco del venerable árbol, cerraba emocionada sus ojos negros como el azabache y notaba por enésima vez como los cálidos brazos invisibles de su padre la abrazaban, olía su olor de hombre, su aliento de hierbabuena, sentía el calor de su cuerpo, la fuerza de sus brazos que apretaban sin hacer daño, escuchaba las palabras bonitas que Musarraf le susurraba al oído y de nuevo soñaba que era una niña inocente y feliz, paseando en brazos de su padre por los inmensos bosques de abetos que rodeaban el luminoso pueblo blanco que llevaba su nombre. La amorosa voz de Musarraf retumbaba en sus oídos desde el recuerdo: "Zulema, mi niña, un día serás la reina de estos bosques".

La anciana esbozaba una sonrisa mientras se le humedecían los ojos. "Sí, amado padre, ahora ya soy la reina de estos bosques." - le contestaba emocionada con el pensamiento. Su oscuro rostro de mora septuagenaria se llenaba de arrugas, sentía una nostalgia inconmensurable en su viejo corazón y el doloroso recuerdo del brutal asesinato de sus padres y de su amada tata Nahina volvía a atormentar su alma y lloraba desconsolada. Dos regueros de lágrimas resbalaban por sus mejillas, caían sobre la gruesa capa de hojarasca y regaban las raíces del viejo abeto que parecía estremecerse por la emoción. Entonces algunos pelos de la que fuera una preciosa cabellera andalusí intensamente negra, ahora encanecida por los años, oscilaban levemente movidos por un aliento invisible y en su mejilla húmeda por las lágrimas sentía el dulce y cálido beso del espíritu de su padre Musarraf. 

 FIN