sábado, 2 de junio de 2018

El Regazo de la Dehesa

 PRIMER CAPÍTULO

Óscar se había resignado a su destino y había dejado de luchar. Su absoluta decepción de la vida y de la gente, su amargura, su tristeza y la angustia que le atenazaba el pecho y le ahogaba habían dado paso a una sensación maravillosa de sosiego, de serenidad, de aceptada rendición. La pesadilla de su puta vida de mierda, como él mismo la definía, pronto acabaría y su alma hallaría por fin la paz.

Con paso firme recorrió el largo trecho que separaba su casa de la estación del ferrocarril. Parecía mirar la calle, la acera, los coches, los semáforos, las multicolores y chillonas luces de neón, la gente con la que se cruzaba, pero en realidad no los veía. Sus ojos de orate estaban nublados y miraban hacia dentro, hacia el oscuro y atormentado interior de su mente. Atravesó la entrada principal de la estación y se dirigió hacia el andén que corría paralelo a la vía del tren. El día anterior lo había escogido para poner fin a su tormento. Estaba anocheciendo.

Comprobó con desagrado que había muchos pasajeros esperando, demasiados. Como un escáner militar conectado al ordenador de un tanque, estudió con la mirada su particular campo de batalla e ideó con rapidez una estrategia, la que su mente creyó perfecta para salir airoso del trance.

Caminó disimuladamente hasta el final del andén. Allí no había nadie y la visibilidad era escasa, aunque suficiente para su cometido. Tras asegurarse de que ningún pasajero le miraba, saltó a la vía, recorrió unos cincuenta metros y se sentó sobre la gruesa grava rebozada de mugre que cubría el suelo entre los raíles. El tren no tardaría en llegar, y él lo esperaría mirándolo de frente, sin miedo, como los condenados a muerte que han aceptado su inexorable destino y se niegan a que les cubran los ojos con un pañuelo. El tren no sería su verdugo, sino más bien todo lo contrario. Sería su ángel libertador.

De pronto un casi inaudible llanto llamó su atención. Dirigió la mirada hacia su derecha y a escasa distancia, justo en la vía paralela a la suya, vio a un hombre que estaba sentado como él entre los raíles, aunque con su rostro dirigido en sentido contrario. Óscar frunció el ceño contrariado.

—¡Eh, tú! ¿Qué haces ahí sentado? —le preguntó casi susurrando para que los pasajeros no le oyesen.

—Lo mismo que tú, me imagino —le respondió César, el otro suicida.

—¡Lárgate! Quiero morir sin testigos.

—¡Lárgate tú, que acabas de llegar! Yo llevo aquí más de diez minutos y no pienso moverme. Ni que la estación fuera tuya. ¡Menuda desfachatez la que te gastas!

—No me obligues a echarte a hostias, chulito de mierda, y encima lloriqueando como una nenaza.

—¡Yo no lloriqueo!

—¿Ah no? Pues yo te he oído perfectamente. No puedes negarlo.

—¡Déjame en paz, joder!

—No puedo. Si tu tren llega antes que el mío, me vas a joder bien jodido. La estación se paralizará y se llenará de ferroviarios, policías y sanitarios. Por tu culpa no podré matarme y tendré que volver otro día.

—Pues lo siento por ti. El que llega el primero a la meta se lleva el premio. No pienso moverme.

Óscar estaba furioso. Se subió con la mano la manga de la camisa y miró la hora que señalaban las manecillas fluorescentes de su reloj de pulsera. Faltaban sólo siete minutos para que llegase su tren. De pronto se escuchó el agudo pitido de una bocina y el rítmico traqueteo de una locomotora que se acercaba a gran velocidad.

—¿Ves? Mi ángel exterminador llega antes que el tuyo. ¡Jódete! —le espetó César con voz victoriosa.

Óscar no podía consentir que aquel cabrón le fastidiase el plan. Con la velocidad de un rayo se levantó, agarró a César por los sobacos y se lo llevó en volandas a varios metros de la vía.

—¡Eh, qué haces, suéltame hijo de la gran puta!

Los dos hombres se enzarzaron en una encarnizada pelea a puñetazos, patadas e improperios y justo en aquel preciso momento llegó el tren. Cuando César se dio cuenta y pudo zafarse de las garras de Óscar, el largo vehículo ya estaba parado en la estación descargando a los pasajeros. El frustrado suicida se dejó caer sobre la grava, se llevó las manos a la cabeza y se echó a llorar como un niño.

—¡Hijo de puta, hijo de la grandísima puta, no tenías ningún derecho! —le recriminó entre sollozos.

Óscar sintió entonces como propios todo el dolor y toda la frustración de César, le entró una pena inconmensurable en el alma y también se echó a llorar.

Cuando al cabo de un par de minutos ambos se serenaron, se miraron a los ojos en silencio un largo rato, suspiraron resignados y se levantaron al unísono.

— Lo siento mucho, amigo. Me he portado como un puto cabrón. —se disculpó Óscar.

—Déjalo. Hoy no era nuestro día. A veces el destino gasta estas malas pasadas a los que pretendemos cambiarlo —sentenció César.

—Se me han quitado las ganas de matarme. —le aseguró Óscar.

—A mí también.

—¿Puedo invitarte a una cerveza?

—Claro. Me va a sentar de maravilla. Tengo la garganta reseca. Por cierto, me llamo César.

—Y yo Óscar.

Los dos hombres salieron de la estación y se dirigieron emparejados y cabizbajos hacia el bar situado al otro lado de la calle. Caminaban tan ensimismados en su propia angustia y su propia frustración que no se molestaron en comprobar si venía algún vehículo, y un taxi en plena carrera estuvo a punto de arrollarlos. El bocinazo que les lanzó el taxista les abrió los ojos a la realidad, su cruda realidad. Como si de dos almas gemelas se tratase ambos sintieron un escalofrío que les recorrió el espinazo, todos los pelos de su cuerpo se les erizaron y el corazón se aceleró alocadamente en su pecho, mientras un sudor frío humedecía todos los poros de su piel. De repente fueron conscientes de la esquizofrenia delirante en la que habían estado sumergidos durante las últimas semanas. El airado bocinazo del taxista les había devuelto la cordura.

Siguieron caminando como si nada hubiera pasado. Aparentaban estar muy tranquilos, muy serenos, pero en su interior bullían y trepidaban como un motor a todo gas. Tenían la entrada del bar justo delante de sus narices, pero nuevamente volvieron a sentir lo mismo, dieron media vuelta y se dirigieron hacia otro bar, no importaba cuál, siempre que no les recordase  a  la maldita estación.

Unos cincuenta pasos más allá se detuvieron ante otro bar, se miraron a los ojos un par de segundos y sin mediar palabra entraron y se apostaron junto a la barra.

—¿Qué les sirvo, señores? —les preguntó afable el camarero.

—Dos cañas —respondió Óscar haciendo un gran esfuerzo y tragando saliva, como si le doliera la garganta al hablar.

Mientras llenaba los vasos, el veterano camarero, un cincuentón muy delgado de pelo canoso, rostro enjuto pulcramente afeitado, nariz robusta, cejas pobladas, ojos negros como una noche sin luna, labios carnosos y una intuición privilegiada, les echó una ojeada fugaz y no pudo evitar sonreír.

—¿Les llevo las cañas a una mesa? —les sugirió comprensivo, como si en su mirada perdida, su semblante crispado y su silencio tenso hubiera leído con claridad diáfana la gran angustia que les embargaba.

Ellos le miraron con desgana y no le respondieron, pero aceptaron la sugerencia y se sentaron en la mesa más cercana.

—Beban tranquilos y relájense. El bar no cierra hasta dentro de dos horas —les dijo con un tono de voz tan amable que a ambos se les antojó como la caricia de un padre en la nuca de su hijo. Andaban tan faltos de cariño que aquella amabilidad espontánea y sincera les hizo estremecer por dentro, muy dentro, y del pozo negro de aguas pestilentes de sus vidas de mierda lograron sacar fuerzas para esbozarle una sutil sonrisa de agradecimiento.

La cerveza les supo a gloria, les cargó las pilas, les alegró el alma, pero siguieron en silencio. En menos de un minuto vaciaron el vaso, se relamieron la espuma de los labios y pidieron otra caña, y después otra y otra. Al vaciar el cuarto vaso por fin se atrevieron a arrancarse la coraza opresora que les constreñía el alma y les ahogaba.

—¿Por qué querías hacerlo? —le preguntó Óscar a César sin atreverse a mirarlo a los ojos.

—He perdido la ilusión y la esperanza. Mi vida se ha convertido en un infierno. ¿Y tú?

—Más o menos por lo mismo. No soy capaz de ver ninguna luz al final del túnel, y sin luz vivir es un tormento.

Nuevamente volvieron a guardar silencio y permanecieron un largo rato sumidos en sus negros pensamientos, con la mirada fija sobre el vaso vacío.

El camarero tenía el oído muy fino, había escuchado perfectamente la conversación y volvió a sonreír para sí mismo, aunque disimuló como si estuviera concentrado en lavar los vasos y tazas utilizados por los escasos clientes que habían entrado en el bar aquella tarde. "Lo sabía. Otros dos suicidas frustrados, y ya van cinco esta semana. A este paso me voy a convertir en un psicólogo de primera. Y éstos, además, parecen filósofos existenciales" —pensó divertido.

—¿Les sirvo otra caña, señores? —les preguntó desde el mostrador, regalándoles una amplia sonrisa.

Los dos hombres no le respondieron, se miraron muy serios a los ojos, pero esta vez sus mentes no conectaron.

—¿Tienes que conducir? —le preguntó César.

—No, he venido andando. Vivo aquí cerca. ¿Y tú? —le respondió Óscar.

—Yo no tengo coche, de hecho no tengo ni casa —le informó César con una mueca de amargura.

Óscar no pudo evitar fijarse en su camisa andrajosa con el cuello mugriento y un par de ojales sin su correspondiente botón. Luego subió la vista hacia su barba desaliñada y su cabello acartonado por la mugre, aunque bien peinado y tragó saliva.

—¿Vives en la calle? —alcanzó a preguntarle casi susurrando con un nudo en la garganta.

—Si, efectivamente, en la puta calle. Soy un pordiosero, un vagabundo, un indigente, un sin techo. ¿Te importa? Si te doy asco me levanto y me marcho.

—No, no, tranquilo. No me das asco —le aseguró Óscar con sinceridad.

Ambos fijaron la vista en su respectivo vaso vacío y permanecieron un largo rato en silencio sumidos de nuevo en sus negros pensamientos.

—¿Les sirvo otra caña? —volvió a insistir el camarero.

—Si, y algo para picar —le respondió Óscar.

—Tengo un fantástico jamón de bellota de mi querida Extremadura, si les apetece —les tentó el camarero.

—¿Te apetece?

—Tú pagas, tu mandas —le respondió César con una sonrisa.

—Traiga dos raciones, por favor.

En unos pocos minutos tuvieron sobre la mesa un gran plato cubierto de finas lonchas de jamón entreverado perfectamente dispuestas formando un dibujo y otro plato con rebanadas de pan tostado regado generosamente con aceite de oliva, además de las cañas.

—Que les aproveche, señores. Si desean algo más, pídanmelo. Estoy a su servicio. Por cierto, me llamo Fernando.

—Muchas gracias, Fernando —le agradeció Óscar con una sonrisa—. Es usted muy amable.

—El aceite es también extremeño, puro virgen extra. Espero que les guste —les informó el camarero.

—Seguro que sí. Todo tiene una pinta estupenda.

César estaba hambriento, pero no se atrevió a tocar la comida hasta que Óscar le invitó con un gesto.

—¡Voy a lavarme las manos! —exclamó de pronto el indigente al darse cuenta de lo sucias que las llevaba tras meses sin lavárselas.

—Yo también —le respondió Óscar, mirándose sus propias manos manchadas con la mugre grasienta de los raíles.

Ambos se dirigieron hacia el lavabo de caballeros. Nada más entrar sintieron la necesidad de vaciar la vejiga repleta a reventar por el líquido de las cuatro cañas y se dispusieron a orinar uno al lado del otro. Fue entonces cuando Óscar percibió la peste que desprendía el cuerpo de César y no pudo evitar que una mueca de desagrado se dibujase en su rostro.

—¡Qué rico! ¿Verdad? —exclamó Óscar mientras saboreaba la primera loncha de jamón.

—Pues si, realmente exquisito y el pan con aceite también. Combinan de maravilla —le aseguró César.

En menos de diez minutos habían devorado aquel manjar de dioses, salvo la última loncha. Ninguno de los dos quería cogerla.

—Venga, cómetela tú.

—No, mejor tú, que eres el que paga.

—Yo te la cedo gustoso. Eres mi invitado.

Fernando, el camarero, les observaba y escuchaba risueño, feliz de verlos felices. Había conseguido que por unos minutos se olvidasen de su angustia. Aquel extremeño cincuentón, criado entre cerdos ibéricos en las dehesas de su pueblo, era realmente un hombre bueno, empático, tremendamente humano. Con sólo veintitrés años se había visto obligado a emigrar a la gran ciudad, tras perder a sus padres en un accidente de tráfico y encontrarse sin trabajo, sin casa propia, sin nada, sólo lo puesto.

Dos veces había estado a punto de suicidarse: la primera tras pedir trabajo a los supuestos amigos de su difunto padre y recibir de todos ellos una negativa y la segunda cuando, tras conseguir llegar a Madrid haciendo autostop, entró en un bar, pidió un bocadillo de jamón y una cerveza, y el poco dinero que llevaba no le alcanzó para pagar la consumición y el camarero le echó a patadas del local.

Unas semanas después, tras vagar desesperado y sin rumbo durante días por las bulliciosas calles de la gran ciudad, logró encontrar por fin un trabajo de friegaplatos en una pizzería regentada por un matrimonio de italianos. A los pocos días conoció a la dueña y se enamoró perdidamente de ella. El marido, un celoso siciliano de Palermo, les sorprendió sonriéndose con deseo, entró en cólera y enloquecido por los celos echó a Fernando a la puta calle tras darle una paliza de perro.

Muchos transeúntes pasaron por su vera, pero ninguno le preguntó qué le pasaba, por qué estaba tendido en el suelo. El siciliano le había fracturado varias costillas a patadas, le había reventado la cara a puñetazos y lo había dejado tirado e inconsciente sobre la acera. Varias horas más tarde, ya de madrugada, un vagabundo se apiadó de él y le ayudó a levantarse. Lo echó sobre el banco que era a la vez su cama y su hogar, cubrió su aterido y magullado cuerpo con cartones y cuidó de él con lo poco que tenía hasta que se recuperó de las heridas. Un par de semanas después aquel buen samaritano desapareció misteriosamente mientras él dormía, dejándole en el bolsillo un fajo de billetes y una nota que decía: "Jamás juzgues a la gente por su aspecto ni niegues tu ayuda a quien creas que la necesita."

Con aquel dinero pudo alquilar una habitación en una pensión, se compró ropa nueva, se duchó, se afeitó y acicaló lo mejor que supo y, ya en perfecto estado de revista, entró en un bar, pidió trabajo al dueño y éste, tras mirarlo de arriba abajo, hizo una mueca de aprobación y se lo dio. Cuando al cabo de unos años su jefe se jubiló, le traspasó el negocio a precio de amigo, y desde aquel día Fernando pasó a ser el propietario y único camarero de aquel pequeño bar cercano a la estación de ferrocarriles. Jamás se olvidó de las palabras del vagabundo y se prometió a si mismo que seguiría a rajatabla el consejo, mejor dicho, la lección de aquel buen hombre.

—¡Ea!, no discutan más, me la comeré yo, si a ustedes no les importa —les dijo divertido, consiguiendo que rompieran en una gran carcajada mientras él se metía la loncha en la boca y la saboreaba haciendo exagerados aspavientos de placer.

—Es usted una persona increíble, Fernando. Muchas gracias por alegrarnos la velada —le agradeció Óscar dándole la mano y apretándosela con ganas—. Me llamo Óscar —añadió.

—Muchísimas gracias, Fernando, de corazón —alcanzó también a decirle César muy emocionado, mientras le alargaba la mano y le informaba de su propio nombre de pila.

—Encantado, Óscar y César. Ha sido un placer atenderles.

—¿Cuanto le debemos, Fernando?

—Nada, nada, hoy invita la casa. Eso sí, espero volverlos a ver muy pronto.

—Muchas gracias de nuevo, Fernando. Es usted un profesional como la copa de un pino, el mejor camarero de todo Madrid. Le aseguro que volveremos a vernos.

Los dos frustrados suicidas salieron a la calle. Hacía un poco de frío aquella noche de finales de verano. Anduvieron emparejados y en silencio una veintena de pasos hasta llegar a un semáforo en rojo.

—Ven a dormir a mi casa —le invitó Óscar con voz afable a su nuevo e inesperado amigo sin dejar de mirar al frente, hacia las luces del semáforo.

—No te sientas obligado. Estoy acostumbrado a dormir a la intemperie. Además, voy muy sucio y apesto.

—No acepto un no por respuesta, así que o vienes por las buenas o te arrastro por las malas.

César no le respondió. No podía. Un nudo de emoción y agradecimiento le constreñía la garganta y le ahogaba, mientras dos grandes lágrimas resbalaban por sus mejillas ennegrecidas por la mugre y se perdían en la maraña de pelos ensortijados de su desaliñada barba de pordiosero. Óscar le miró de soslayó y también se emocionó.


SEGUNDO CAPÍTULO


El piso de Óscar estaba a sólo tres manzanas del bar El Regazo de la Dehesa que regentaba Fernando, en un edificio de viviendas construido a principios del nuevo milenio. Madame Elisende García, la vecina del quinto, una viuda francesa de una edad indefinible, estaba esperando en el zaguán a que bajase el ascensor. Venía de pasear a Michelle, su perrita de raza caniche.

Su difunto marido, Rafael García Gallardo, había emigrado a Francia en los años sesenta, cansado de pasar hambre y privaciones en la aldeita soriana que le vio nacer. Una mañana, tras desayunar de un canto de pan con una loncha de tocino asada sobre las brasas, le dio un beso a su madre y le prometió que volvería rico. Diez días después consiguió llegar a París, la meta que se había marcado. Anduvo varios días perdido, sin conocer el idioma, durmiendo donde podía y alimentándose de la fruta estropeada que los fruteros del Marché de la Bastille echaban al contenedor de basura. Un lunes a media mañana uno de los fruteros, que andaba necesitado de un hombre joven que le ayudase con el negocio, se fijó en el muchacho, le partió el corazón verlo hurgar entre la fruta podrida y sin pensárselo dos veces le ofreció trabajo.

Gérard, el frutero, era un sesentón originario de Toulouse, padre de una única hija, que siempre había soñado con tener un hijo varón. Al cabo de unas semanas ya se había encariñado con su nuevo mozo, tanto que hizo lo imposible para que su hija también se encariñase con él. Para conseguirlo, un domingo le invitó a comer a su casa, con el visto bueno y la complicidad de su esposa, y Elisende quedó prendada del embrujo de sus oscuros ojos morunos, de su sonrisa encantadora y de la gracia con que empezaba a chapurrear el francés. Al cabo de sólo tres meses de noviazgo ya estaban casados, y justo un año después nacía su único hijo Jean François.

Con la llegada a la familia de su nieto, Gérard sintió colmado con creces su sueño de tener un descendiente varón y, en cuanto el pequeño aprendió a caminar, el veterano frutero se jubiló y le traspasó el negocio a su yerno. Quería disfrutar de la crianza del pequeño junto a su esposa y su hija. Nada le hacía más feliz que llevarlo de paseo a conocer París.

Cuando al cabo de cuarenta años Rafael se jubiló, había amasado una pequeña fortuna. Acostumbrado como estaba a trabajar duro, al estar ocioso todo el día se aburría, de manera que acabó entristeciéndose más y más, hasta caer en una profunda depresión. Su médico de cabecera ya no sabía qué hacer con él. Ninguna medicación, ninguna psicoterapia le hacían sentir mejor. Temiendo que acabase haciendo una locura, un día llamó a Elisende para que fuera a hablar con él, y entre los dos decidieron que lo mejor sería meterle en la cabeza la ilusión de volver a la luminosa tierra que le vio nacer. Con suerte el sol español obraría milagros y le sacaría de aquel profundo pozo negro.

Y así aconteció. Cuando Elisende le sugirió ir de viaje a España, Rafael  recordó de pronto el beso y la promesa que le había hecho a su madre cuatro décadas atrás y súbitamente le entró una ilusión tremenda por volverla a ver. Cuando al cabo de una semana llegaron a Villar del Campo, a Rafael se le llenaron los ojos de lágrimas. A pesar del tiempo transcurrido la aldea seguía prácticamente igual. Con una angustia inconmensurable en el alma corrió hacia la casita de adobe donde lo había parido y criado su madre, con la esperanza de que todavía siguiera con vida. Tuvo suerte. Robustiana había hecho honor a su nombre y seguía viva. Estaba casi ciega, pero en cuanto escuchó la palabra madre de la boca de su emocionado hijo, le reconoció enseguida y tuvo que sentarse para no caer desmayada.

Al ver la miseria en la que vivía la mujer que le había dado la vida, a Rafael se le partió el alma. Se había comportado con ella como un verdadero canalla. Durante todos aquellos años no le había escrito ni una sola carta, no le había hecho ni una sola transferencia de un poco de dinero, no había llamado ni una sola vez al alcalde pedáneo, el único en la aldea que tenía teléfono, para hacerle saber que estaba bien, nada, absolutamente nada, como si al intentar olvidar la miseria de su infancia y adolescencia, también hubiera borrado de sus recuerdos a su madre. La pobre mujer llegó a pensar incluso que su único hijo estaba muerto. Con la anciana entre sus brazos Rafael lloró amargamente. Se sentía tan avergonzado que no se atrevió a pedirle perdón. No se lo merecía, y él lo sabía. Su despiadado egoísmo era imperdonable, pero Robustiana, como hacen todas las madres, sí le perdonó.

Cuando ambos se serenaron, Rafael le presentó a su esposa francesa. Robustiana estaba tan feliz y emocionada que sólo alcanzó a darle las gracias por haber cuidado tan bien de su hijo. Elisende lloraba. Nunca había visto tanta miseria. Por fin comprendía el porqué Rafael se había visto obligado a emigrar. Acostumbrada a una vida acomodada en su boyante París tuvo que hacer un gran esfuerzo para acoplarse a vivir en una diminuta habitación de la casita de su suegra.

Unos pocos días después, tal vez por la emoción del reencuentro, Robustiana sufrió un ictus y falleció en los brazos de su hijo. Elisende nunca lo había visto llorar de aquella manera tan desgarrada. La enterraron al día siguiente en el pequeño cementerio anejo a la iglesia.

Rafael regaló la casa y las tierras de su madre a su prima en agradecimiento por haber cuidado de ella durante todos aquellos años y se fue con su esposa a Madrid. Con la pequeña fortuna que había amasado vendiendo fruta compró cuatro pisos nuevos en la misma finca. Se instaló en el quinto, le cedió el sexto a su hijo Jean François para que tuviera su propia casa cuando viniera de vacaciones con su familia y alquiló los otros dos, uno de ellos a Óscar.

Unos pocos años después falleció de un infarto mientras jugaba una partida de mus con unos amigos en un bar cercano a su casa. Su esposa ya se había integrado en la bulliciosa Madrid, donde había hecho buenas amigas entre sus vecinas y decidió quedarse en España. Al fin y al cabo entre París y Madrid  sólo había algo más de una hora de vuelo en avión y su hijo podría ir a verla siempre que quisiera.

—¡Buenas noches, madame Elisende!

—¡Buenas noches, Óscar!

—¿Ya está mejor de la tripita Michelle?

—Sí, gracias a Dios ya se le estancó la diarrea. Tiene la fea costumbre de comerse todas las porquerías que encuentra en la calle y luego paga las consecuencias. Tendré que ponerle un bozal cuando la saque de paseo. Me lo aconsejó el veterinario, pero a mi me da mucha pena amordazarla —le informó Elisende con su fuerte acento francés.

—Yo no se lo pondría, madame. Parece algo muy cruel —le aconsejó Óscar.

—Tienes razón. Es una crueldad innecesaria. Además, esta vez lo ha pasado tan mal que creo que habrá aprendido la lección —le dijo muy seria mirando fijamente a César—. ¿Suben? —añadió tras abrirse la puerta del ascensor.

—No, no, gracias, Madame Elisende. Necesitamos hacer un poco de ejercicio. Subiremos por la escalera. Sólo son cuatro pisos de nada —le mintió Óscar. La indisimulada mueca de asco de la francesa al ver al pordiosero no le había pasado desapercibida.

—Como quieran. Buenas noches.

—Buenas noches, madame.

—No quiero causarte problemas con tus vecinos. Mejor me marcho —le dijo César con semblante triste a su nuevo amigo en cuanto creyó que la francesa ya no les podía oír.

—¡Tu no te vas a ninguna parte! —le casi chilló Óscar agarrándolo fuertemente de un brazo cuando estaba a punto de salir a la calle.

—¿De verdad no te doy asco?

—Por supuesto que me das asco, muchísimo asco. Apestas a tigre en avanzado estado de putrefacción, pero te aseguro que mañana la franchute no te va a reconocer. Te apuesto lo que quieras.

César no le respondió, dejó de ofrecer resistencia y se dispuso a subir la escalera siguiendo a su amigo. Óscar se daba la vuelta cada tres o cuatro escalones para asegurarse de que César le seguía, que no se le escapaba corriendo escalera abajo.

Aquel desecho de la sociedad, aquel ser nauseabundo, aquella piltrafa humana había despertado en Óscar unos sentimientos poderosos de simpatía, de complicidad, de afecto, en definitiva, de amistad, una amistad todavía incipiente, recién nacida, pero que prometía crecer y hacerse cada vez más grande, más fuerte. De repente le vino a la mente la única frase que recordaba del Evangelio: "Bienaventurados los desheredados de la Tierra, por que de ellos será el Reino de los Cielos." Sí, César era un desheredado, una escoria, un desperdicio humano, la sociedad no lo quería, no lo necesitaba, sobraba. De haber logrado suicidarse nadie hubiera reclamado su cadáver.


TERCER CAPÍTULO


—Venga, manos a la obra. Vamos a iniciar tu espectacular transformación, mejor dicho, tu metamorfosis de oruga asquerosa a tío guapote y seductor que impresione a la refinada francesa parisina —le dijo divertido Óscar nada más entrar en su casa.

César se dejaba hacer sin rechistar. En el fondo estaba encantado con las atenciones de Óscar. Por primera vez tras muchos meses sobreviviendo en la puta calle como un perro sarnoso al que todo el mundo da patadas, se sentía tratado como un ser humano.

—Quítate toda esta ropa inmunda —le ordenó mientras él llenaba la bañera con agua caliente y le añadía medio bote de gel de baño.

—¿Dónde la pongo? —le preguntó César con gesto compungido, como si temiera ensuciar con sus harapos mugrientos y pestilentes el limpísimo y reluciente baño de su amigo.

—Tíralo todo en aquel rincón, incluidos los zapatos. Luego lo recogeré.

—¿Me meto ya?

—Venga, para dentro —le animó, sin poder evitar echar una indisimulada mirada a la desnudez y la intimidad del sucio, maloliente y extraordinariamente bello cuerpo de efebo griego de César.

Óscar se trastornó, como si involuntariamente, sin ninguna malicia ni ninguna intencionalidad, hubiera osado traspasar una invisible línea roja, un tabú, una prohibición no escrita. Ante la exultante e insospechada belleza del cuerpo desnudo de aquel vagabundo súbitamente se sintió violento consigo mismo, con sus propios sentimientos íntimos e inconfesables, con algo muy intenso y fuerte que nunca antes había sentido. Incapaz de controlar aquella pulsión irrefrenable, aquel deseo poderoso de seguir solazando su vista con la contemplación de aquel hombre tan hermoso, salió corriendo del cuarto de baño huyendo de la tentación, mientras tragaba saliva y su corazón latía frenético en su pecho, llevando a ebullición su sangre de cuarentón hasta entonces aletargada, castrada por una dolorosa depresión. "¿Qué me está pasando? No me reconozco. ¿Soy realmente yo el que siente este deseo o estoy poseído por algún demonio?" —se preguntaba con la mente, mientras abría una ventana y aspiraba el aire fresco de la noche de Madrid sintiendo que se ahogaba.

—¿Tienes algo para restregar la mugre? No se me despega con las manos. Está demasiado incrustada en la piel —le llamó César, sin sospechar ni por atisbo la violenta tormenta que trepidaba en el interior de la mente y el cuerpo de su amigo.

—¡Ahora voy! —le respondió Óscar, intentando serenarse y recobrar la compostura —. Toma, con este guante exfoliante te saldrá toda la mugre.

—Vaya, ¿tú usas estas cosas de tía? No me digas que eres un metrosexual —le espetó César divertido con una sonora carcajada que Óscar sintió como una bofetada en pleno rostro, mejor dicho, como una patada en los huevos.

—¡No seas cabrón! Este guante me lo dejó como regalo mi ex mujer cuando se largó con el hijoputa de mi hermano. Está sin estrenar —le informó sin acritud, mientras se daba la vuelta a toda prisa y huía por segunda vez del objeto de su deseo.

César se dio cuenta de que había metido la pata, tragó saliva y se calló. Óscar no se merecía que se mofase de él. Demasiado hacía permitiéndole que se bañase y dejase perdida de mierda su bañera con su mugre. "Pobre Óscar, ahora comprendo el motivo de su deseo de matarse" —pensó.

—¿Me puedes restregar la espalda? —le casi rogó al cabo de diez minutos.

—¡Voy!

Con el rostro desencajado, temeroso de no poderse controlar, Óscar cogió el guante de crin, se lo enfundó en su mano derecha y empezó a arrancar la gruesa capa negruzca que embadurnaba la espalda de César. Cuando la piel rosada que se escondía bajo la mugre apareció ante sus ojos, dio por finalizada su ayuda y se dispuso a salir del baño.

—¿Me puedes restregar también los lomos? —le paró César antes de que pudiera salir del baño.

—Eso puedes hacerlo tú mismo.

—Es que no me los veo y temo dejar mucha mierda.

Con indisimulada desgana, Óscar volvió a enfundarse el puto guante de la grandísima puta de su ex y empezó a decapar la mugre, esta vez con rabia, sin la delicadeza con que le había limpiado la espalda. Cuando la piel de los lomos estuvo bien rosada, se desenfundó el guante, lo dejó sobre una repisa del baño y se dispuso a marcharse.

—¿Y las nalgas? Tampoco me las veo.

—No me toques más las pelotas, tío. Yo no soy tu mamá. Ya eres mayorcito, joder.

—Perdona, Óscar. Lo siento. No me he dado cuenta de que estaba abusando de ti.

Óscar tragó saliva, inspiró profundamente el aire húmedo que llenaba el cuarto de baño y, sin responderle, volvió a coger el guante y se dispuso a restregarle las nalgas a aquel puto indigente que le estaba volviendo loco. César no era consciente de la turbación de su amigo, ni por atisbo sospechaba que su cuerpo pudiera ser tan deseado por aquel hombre bueno maltratado por la vida que le estaba dando una segunda oportunidad. Mientras le manoseaba sus túrgidas posaderas, Óscar no pudo controlar por más tiempo su excitación y, tras varios meses en los que creyó que se había quedado impotente con sólo cuarenta y dos años, pues ni siquiera se le ponía dura para hacerse una simple paja, ni con la ayuda de una buena película porno, tuvo uno de los orgasmos más intensos y placenteros de su vida.

—¿Te encuentras mal? —le preguntó inocente César al escuchar el extraño jadeo y los gruñidos ahogados de su amigo.

Óscar tardó cinco largos segundos en reponerse, en poder pensar y recobrar el resuello para darle un respuesta convincente.

—Creo que me he mareado con el hedor que desprende el agua de la bañera. Está negra de tu mugre.

—Lo siento, Óscar —se disculpó compungido César —. Te estoy causando muchas molestias.

—Anda, saca el tapón y vacía la bañera. Después date una ducha normal para acabar de limpiarte. No te olvides de enjabonarte bien la barba y el cabello. Cuando te hayas secado, llámame y te los recortaré. Aquí tienes una toalla y un albornoz.

—De acuerdo.

Óscar corrió a su dormitorio a cambiarse de calzoncillos. Su turbación era extrema, hasta el punto de sentir náuseas y mareos. Estaba como loco, incapaz de comprender lo que le pasaba. "¿Me estaré volviendo maricón?" —se preguntaba angustiado, horrorizado con la idea de ser un jodido y asqueroso invertido, con la incuestionable evidencia de su incontrolable reacción física ante la visión de la desnudez de César. Toda su vida había odiado a los homosexuales, y ahora era uno de ellos.


CUARTO CAPÍTULO


"He estado demasiado tiempo sin catar una hembra, encabronado con la traición de mi ex y mi hermano. Debo recuperar mi hombría cuanto antes. Mañana mismo haré una visita a Gloria Matilda, mi putita preferida. Ella me consoló cientos de veces durante los quince años en los que la cabrona de mi ex se hizo la estrecha conmigo para martirizarme. Después de echar un buen polvo seguro que se me pasa este mal rollo" —pensó con alivio, intentando consolarse a si mismo, engañarse a si mismo.

—¡Óscar, ya estoy seco! —le avisó César, mientras se ponía el albornoz.

—¡Voy!

—¡Qué bien me ha sentado el baño! Me siento de maravilla. Noto que mi piel respira liberada de la mugre. Muchas gracias, Óscar —le dijo con expresión risueña de felicidad.

—¡Siéntate en este taburete! —le ordenó con sequedad.

César le miró a los ojos buscando una explicación a aquel cambio tan brusco de actitud, a aquella repentina hostilidad hacia él. Óscar evitó su mirada. Se sentía terriblemente mal, dolorosamente mal, se daba asco a si mismo. Había violado con la vista a su amigo, solazándose con su desnudez, su sagrada intimidad, profanando su dignidad, aprovechándose de su confianza, su inocencia, su ausencia de maldad. Se había comportado como un cerdo infame, no merecía su amistad. Y para colmar el vaso ahora su amigo se había sentado con las piernas abiertas, con el albornoz a medio atar, mostrándole con la inocencia de un niño su genitales.

César volvió a mirarle a los ojos por segunda vez y se llevó una dolorosa sorpresa al comprobar como su amigo, mientras preparaba las tijeras y la máquina cortapelos, estaba llorando en silencio. Óscar no pudo soportar la presión de su mirada perpleja y salió corriendo del cuarto de baño. Se encerró en su habitación, se sentó en la cama, se cubrió el rostro con las manos y lloró amargamente. Estaba perdiendo su capacidad de autocontrol, y esto le asustó y le hizo reaccionar. Inspiró profundamente intentando ahogar el llanto, recobrar la compostura, volver a ser él mismo. Al cabo de un rato lo consiguió.

César le esperaba sentado sobre el taburete. Estaba confuso, desconcertado. No entendía nada. En media hora Óscar había pasado de la afabilidad y la alegría a la hosquedad y el llanto. "¿He hecho algo mal?" —se preguntaba entristecido, sintiéndose culpable de un delito desconocido.

—Ponte este slip. Está sin estrenar —le dijo esta vez con un tono de voz más amable.

César obedeció sin rechistar y volvió a sentarse en el taburete. No comprendía nada, pero no quiso tensar más la cuerda y guardó silencio.

Óscar le peinó y alisó sus enmarañadas greñas con gesto muy serio, evitando mirarle a los ojos. Luego se las recortó con maestría hasta dejarle un perfecto corte de pelo a la última moda digno de un peluquero profesional.

—Ya está. Levántate y mírate en el espejo.

—¡Uauuuu, no me reconozco! ¡Qué maravilla! —exclamó encantado César—. ¿Eres peluquero profesional?

—No, pero estuve un par de años de aprendiz en la peluquería de mi tío. Se ve que algo se me pegó de la profesión. Venga, siéntate otra vez. Voy a recortarte la barba —le ordenó ya más relajado.

—¿Se te ha pasado ya el enfado? —le preguntó César con timidez.

—No estaba enfadado, sólo un poco triste.

—No debí reírme de ti.

—Tú no tienes nada que ver —le mintió Óscar—. Simplemente me puse malo al recordar a mi ex —volvió a mentirle.

—Ah, menos mal. Creía ser yo el culpable —exclamó aliviado César.

—¿Te la corto por completo y luego te afeito o prefieres que te deje una media barbita a la moda?

—Tú eres el profesional, lo dejo a tu elección.

Óscar volvió a ponerse tenso en cuanto percibió la cálida brisilla del aliento de César en su rostro, la cercanía de sus grandes ojos castaño-verdosos que no evitaban mirarle, el calor que irradiaba su cuerpo joven, mientras le recortaba a tijeretazos los largos y ensortijados pelos de su barba. Cuando llegó el momento de arreglarle el bigote y la perilla, Óscar no pudo evitar fijarse en los carnosos y sensuales labios del que sólo un par de horas antes había sido un despreciable indigente al borde del suicidio. César era escandalosamente atractivo, turbadoramente bello. Sus labios pedían ser besados a gritos. Cuando al cabo de media hora dio por terminada la metamorfosis, Óscar suspiró aliviado. Había conseguido controlar sus poderosos sentimientos, sus casi irrefrenables pulsiones.

—Levántate y mírate, a ver qué te parece el resultado.

—¡Impresionante tu trabajo, tío! Estoy irreconocible, yo diría que hasta un poco guapo, ¿verdad?

—La vieja francesa se va a enamorar de ti nada más verte —le aseguró Óscar ya relajado con una amplia sonrisa—. Venga, que son casi las dos de la madrugada. Vamos a dormir. Aquí tienes un pijama.

—¿Puedo darte un abrazo?

—Claro.


QUINTO CAPÍTULO


A las siete en punto de la mañana sonó el despertador. Óscar debía ir a trabajar a la pequeña imprenta de la que era el propietario. Varias editoriales madrileñas de renombre le confiaban la impresión de sus libros. Tenía cuatro empleados fijos, todos ellos grandes profesionales, a los que pagaba un buen sueldo, y con lo que le quedaba de beneficio vivía holgadamente. No tenía hijos y a su ex mujer no le pasaba ninguna pensión. La mantenía el cabrón de su hermano.

—¿Puedo ir contigo? —le casi suplicó César. Le aterraba la idea de quedarse solo en el piso durante todo el día. Óscar solía almorzar en un restaurante cercano a su empresa y no volvería hasta la noche—. Haré lo que me mandes. Intentaré no estorbar —añadió.

—De acuerdo, pero date prisa en vestirte —le dijo, sin reparar en que el pobre César seguía en pijama y no tenía nada que ponerse. La noche anterior, mientras estaba tomando el baño, Óscar había metido todos sus harapos de pordiosero en una bolsa de basura y había bajado a la calle a tirarlos en el contenedor de ropa usada, no sin antes vaciar todos sus bolsillos, en los que sólo encontró una oxidada navaja suiza multiusos, un cortaúñas, un pequeño peine pringoso negro de mugre, un bolígrafo y tres libretitas con todas sus páginas escritas en francés con letra muy pequeña, un rosario con las cuentas de marfil y el crucifijo de plata y una ajada cartera de piel con un billete de cinco euros, su carné de identidad, su permiso de conducir y una foto de su madre, una mujer morena bellísima, tanto como su hijo.

—¿Qué me pongo? —le preguntó César con gesto suplicante.

—Vaya, me había olvidado por completo.

Óscar se metió a toda prisa en su dormitorio, cogió unos zapatos, unos pantalones y una camisa a juego y se los dio a César que le estaba esperando en el salón del amplio y lujoso piso en el que vivía desde que se casó con su ex tres lustros atrás.

—Espero que sean de tu talla —le dijo, sin poder evitar turbarse de nuevo ante la visión de su amigo en calzoncillos.

César se había quitado el pijama y se había puesto el mismo slip que Óscar le había dado la noche anterior. Estaba tan atractivo y seductor en calzoncillos, que Óscar pasó de reprimirse y, mientras César se vestía, él se solazó a gusto contemplando con descaro a aquel hombre joven de sólo veinticinco años que le estaba volviendo loco. Se había enamorado perdidamente de él.

—Pues sí, son de tu talla. Ni que fuéramos hermanos gemelos. Ojalá al salir nos encontremos con la francesa. Me muero por ver su reacción al verte tan guapo.

—Será divertido.

 —Seguro que sí. Por cierto, antes de tirar a la basura tu ropa y tus zapatos encontré esto en los bolsillos de tus pantalones —le dijo, dándole la cartera, el bolígrafo, las tres libretitas, el cortaúñas y el rosario—. Me tomé la libertad de tirar tu viejo peine y la navaja oxidada. Ahora ya no los necesitas —añadió, mirándolo a los ojos temeroso de que pudiera enojarse.

César pareció no inmutarse. Con gesto inexpresivo cogió sus cosas y se las metió en los bolsillos de sus nuevos pantalones.

—¿Vamos? —exclamó luego, como si no quisiera darle explicaciones sobre el rosario y los escritos de las libretas. Óscar respetó su silencio y no le preguntó, aunque se moría de ganas de hacerlo. Había quedado muy intrigado con su contenido. Sólo se había atrevido a leer la frase que a modo de título daba inicio al escrito de una de las libretas: "Les larmes de mon âme" (Las lágrimas de mi alma). Supuso que se trataba de una especie de poesía romántica, no quiso violar la intimidad de su nuevo amigo y no siguió leyendo.

Madame Elisende era muy madrugadora. Estaba acostumbrada a levantarse a las seis en punto de la mañana, pues así lo había hecho durante los cuarenta año en que su amado esposo regentó la frutería del Marché de la Bastille. Ahora estaba viuda, pero seguía levantándose pronto con la excusa de sacar a pasear un rato a su adorada Michelle.

—¡Buenos días, Madame Elisende! —la saludó, encantado de encontrársela en el zaguán esperando el ascensor.

—¡Buenos días, Óscar y... compañía! —le respondió ella abriendo como platos sus ojos intensamente azules heredados de su abuela normanda.

—Le presento a mi amigo César. Desde hoy va a vivir en mi casa y va a trabajar en mi empresa.

Madame Elisende se olvidó de sus muchos años y sonrió seductora a aquel bellísimo joven, mientras le alargaba la mano esperando que se la besase con sus maravillosos labios de efebo griego, que parecía salido de la mismísima Acrópolis de Atenas. César no la defraudó. Se inclinó ante ella como si fuera una gran princesa, le asió la mano con delicadeza y se la besó durante dos largos segundos para que tuviera tiempo de sentirlos en toda su intensidad. La francesa se trastornó, se sonrojó, se derritió de puro placer y tras dos décadas de casta viudedad su sangre volvió a bullir en sus venas. Estaba absolutamente encantada.

—Bonjour, Madame! Je suis enchanté de vous connaitre —le dijo mirándola fijamente a los ojos y regalándole la más seductora de sus sonrisas. (¡Buenos días, señora! Estoy encantado de conocerla.)

—Bonjour, Cesar! Je suis aussi enchantée. S'il vous plaît, venez à ma maison. Je vais préparer un délicieux petit déjeuner parisien pour vous. (¡Buenos días, César! Yo también estoy encantada. Por favor, vengan a mi casa. Les prepararé un delicioso desayuno parisino.)

D'accord, madame. Vous êtes très gentile. Nous sommes heureux d'accepter vôtre invitation. Ce sera un plaisir —le respondió el guaperas de César, consciente de la fascinación que había despertado en Elisende. (De acuerdo, señora. Es usted muy amable. Aceptamos encantados su invitación. Será un placer.)

Óscar había observado divertido toda la escena, sorprendido de la astucia con la que el hasta ayer repulsivo indigente había conquistado a la francesa. No, no lo había reconocido, y era preferible no revelarle nunca la verdad.

Elisende les sirvió un café largo absolutamente delicioso, acompañado de unos maravillosos cruasanes de mantequilla que ella misma había amasado y horneado de madrugada, como acostumbraba hacer varias veces a la semana, y unas tostadas con mermelada de fresas silvestres de los bosques de Bretaña, que su hijo le había traído en su última visita. La mujer ya no podía ser más feliz. Aquel fascinante joven que hablaba francés a la perfección y la trataba con una educación exquisita, le había robado el corazón. Cuando se despidieron, César volvió a besarle la mano y a ella se le humedecieron los ojos de pura emoción. 

—Te lo dije. No te ha reconocido —le dijo Óscar en cuanto pisaron la calle.

—Es una mujer encantadora, tremendamente educada sin pecar de excesivo refinamiento. Me ha caído muy bien —le aseguró César.

—Ignoraba tu habilidad con el francés. ¿Dónde lo aprendiste? —quiso saber Óscar.

—Estudié todo el bachillerato en el Liceo francés de Madrid. Casi lo hablo mejor que el castellano.

—Eres un nido de sorpresas. Te juro que no comprendo qué puñetas hacías ayer noche intentando suicidarte en la estación del ferrocarril —le aseguró Óscar, olvidando que él también había acudido para lo mismo.

César no le respondió. De pronto se había puesto triste. Tragó saliva, agachó la cabeza y sus ojos se le llenaron de lágrimas. Óscar le miró de soslayo y enseguida comprendió que había metido la pata hasta las trancas recordándole su intento de suicidio.

—Lo siento, César. Te he hecho daño sin querer. No era mi intención —se disculpó mientras posaba su brazo sobre los hombros de su amigo.

—No te preocupes, Óscar, tranquilo.


SEXTO CAPÍTULO


La empresa de Óscar estaba a sólo dos manzanas de su casa. Aquel día iba a llegar media hora tarde por el desayuno de madame Elisende. De todas formas él no tenía que dar explicaciones, era el jefe, y el placer de degustar los deliciosos y crujientes cruasanes de mantequilla francesa servidos por aquella gran dama había valido la pena.

César no pudo evitar sonreír al ver el rótulo de la empresa: Oscarprint. Sonaba bien. Óscar estaba muy orgulloso de su obra. Él la había creado desde cero diecisiete años atrás. No le fue fácil salir adelante, pero con constancia, buen hacer y muchas horas de trabajo la había convertido en un referente de la impresión en Madrid. Al cabo de un año ya tenía dos empleados y el día que celebraba el tercer aniversario de la empresa, poco después de casarse, contrató al cuarto.

—¡Buenos días, Paquita! —le dijo a la administrativa, una cuarentona segoviana encargada de tramitar todo el papeleo de la imprenta y responder al teléfono.

—Buenos días, Don Óscar —le devolvió el saludo abriendo los ojos como platos al ver a César.

—Te presento a mi amigo César. Lo acabo de contratar para un mes de prueba con un sueldo de novecientos euros. De momento se encargará de llevar los pedidos a las editoriales. Prepara los papeles del contrato —le dijo a su empleada.

—Ahora mismo, jefe.

—Buenos días, Paquita. Encantado de conocerla —la saludó César mirándola a los ojos y regalándole una amplia sonrisa mientras le alargaba la mano.

—Buenos días..., César —le respondió ella asiéndole la mano con timidez y ruborizándose como una colegiala —. Tome asiento, por favor. Enseguida le tramito el contrato.

Óscar sonrió divertido. Era evidente que César le había gustado a Paquita.

—Después de firmar el contrato ven a mi despacho. Te diré en qué va a consistir tu trabajo.

—De acuerdo, Óscar.

Paquita hizo una mueca extraña, entre sorpresa y repulsión, cuando César sacó su mugrienta y ajada cartera para darle el carné de identidad. Su aspecto impecable no cuadraba con aquella cartera de pordiosero, pero la segoviana hizo como si no se hubiera dado cuenta y siguió hablándole con amabilidad.

—¿Lleva el permiso de conducir? Necesito comprobar que está en vigor.

—Aquí tiene. Lo renové hace un año.

—Necesito también su cartilla de la seguridad social.

—No tengo.

—¿Es la primera vez que alguien le contrata?

—Si.

—¿Ha estado estudiando hasta ahora? —quiso saber Paquita por pura curiosidad.

—Más o menos —le respondió César ligeramente ruborizado, tensando los músculos de su rostro y cambiando su sonrisa por una expresión muy seria que evidenciaba su nerviosismo.

—Ajá —alcanzó a responder la administrativa, dándose cuenta de su metida de pata—. Sólo era curiosidad. Lo siento —añadió para romper el muro de hielo que de pronto se había levantado entre ella y el nuevo empleado.

—No se preocupe. No tiene importancia —la tranquilizó César recuperando su sonrisa encantadora.

—Ya está. Firme aquí y aquí. Bienvenido a Oscarprint. Puede pasar al despacho del jefe.

—Muchas gracias, Paquita. Por cierto, le ruego que me tutee.

—Lo mismo te digo, César.

La segoviana no pudo resistir la tentación de mirarlo de arriba a abajo mientras se dirigía hacia el despacho de Óscar. "¡Qué bueno está, y qué guapo. Desnudo debe estar de muerte. Uhmmmm, me lo comería todito todo a lametazos como un helado. Desde que me separé del asqueroso de mi ex no me he comido una rosca!" —pensó mientras suspiraba derretida de deseo.

—¿Puedo pasar?

—Claro, César. Entra y toma asiento. ¿Conoces las calles de Madrid?

—Por desgracia las conozco demasiado. Han sido mi hogar durante cinco meses.

—Tienes razón. Perdona. Te lo preguntaba porque tu trabajo consistirá en llevar los lotes de libros recién imprimidos a la correspondiente editorial. Paquita te dará las llaves de la furgoneta, un móvil de la empresa para que puedas comunicarte conmigo o con ella si tienes algún problema y una camiseta con el logotipo de Oscarprint. Espero que te guste el trabajo.

—Muchas gracias por darme esta oportunidad, Óscar.

—Realmente necesitaba un repartidor. Me has venido de perlas —le aseguró—. Por cierto, a la una procura estar de vuelta del reparto. Iremos juntos a comer.

—De acuerdo. Hasta la una, pues.

Mientras se dirigía a entregar el primer lote de libros al volante de la furgoneta, César se sintió el amo de Madrid. Había recuperado la autoestima y la dignidad. Le hacía feliz trabajar para su amigo. Nunca nadie le había tratado con tanto afecto. Le gustaba conducir y el reparto no le supuso ningún problema. A la una menos veinte ya había terminado.

—Hola de nuevo, Paquita. Ya está todo repartido.

—Perfecto, César. Hasta la tarde no tienes más repartos. Por cierto, me acaba de llamar la señora Beltrán de la editorial El Epílogo para darnos la enhorabuena por nuestro nuevo repartidor. Ha quedado encantada contigo. Se lo he dicho al jefe. Te está esperando.

—Gracias, Paquita —le contestó César con cara de satisfacción.

Óscar le recibió con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja.

—Pasa y siéntate, César. Me han llamado desde todas las editoriales a las que has ido para felicitarme. Has hecho un trabajo excelente. Muchas gracias por dar prestigio a nuestra empresa. Como sigas así antes de terminar el mes de prueba te haré un contrato fijo con un aumento de sueldo.

—Muchas gracias, Óscar.

—Hace quince días tuve que despedir al anterior repartidor. Era un holgazán que pasaba de todo y nunca terminaba el trabajo, y encima aparcaba donde le daba la gana y yo tenía que pagar las multas —le informó mientras miraba la hora en su reloj de pulsera—. Venga, quítate la camiseta de la empresa. Vamos a almorzar —añadió.

Una vez en la calle los dos hombres dejaron de ser el jefe y el empleado y se convirtieron de nuevo en los dos amigos que aquella mañana habían desayunado juntos en casa de Madame Elisende. Resultaba imposible saber cuál de los dos era más feliz con aquella amistad. Óscar había estado dolorosamente solo, hundido en su depresión durante muchos meses, sin poder compartir su tristeza y su sufrimiento con nadie. César también había estado espantosamente solo, sumido en su sangrante y profunda crisis existencial. El destino les había unido a las puertas del suicidio.

—No sabes lo feliz que me siento teniéndote como amigo. Me has devuelto la ilusión de vivir. Estaba tan solo.... —le confesó Óscar, mientras posaba su brazo sobre los hombros de su joven amigo.

César no le pudo contestar. Estaba profundamente emocionado. Óscar le miró de soslayo y también se emocionó. A ambos se les habían llenado los ojos de lágrimas. No hacía ni dieciséis horas que se habían conocido en la estación del ferrocarril y ya se apreciaban, por no decir se querían, como si llevasen toda una vida de amistad en mayúsculas.


SÉPTIMO CAPÍTULO


—¿A dónde me llevas? —le preguntó César al cabo de un rato.

—Al restaurante de cocina madrileña en el que suelo almorzar cada día. Sirven unos platos castellanos exquisitos. ¿Te gusta la comida de pueblo?

—Me encanta. Mi madre en paz descanse era una excelente cocinera.

—¿La señora de la foto que llevas en la cartera?

—Sí. Murió hace seis meses de cáncer de mama. Ella era lo que más quería en el mundo.

—¿Y tu padre? —quiso saber Óscar.

—Era madre soltera —le respondió escuetamente César, tragando saliva, mientras hacía un esfuerzo por controlar los músculos del rostro y la garganta para no echarse a llorar.

—Ah... —alcanzó a decir Óscar—. Yo también perdí a la mía hace dos años. Murió de un infarto —añadió con voz quebrada.

Los dos amigos siguieron caminando en completo silencio, sumidos en sus dolorosos recuerdos. Unos cincuenta pasos más adelante estaba la entrada del restaurante, pero de súbito Óscar cambió de idea y sin decirle nada a César le llevó al bar El Regazo de la Dehesa de Fernando.

—¿No íbamos a un restaurante castellano?

—Sí, pero en cuanto he visto el portal me ha entrado una gran angustia. He estado almorzando allí cada día durante los últimos meses, siempre solo, completamente solo. Ayer casi no pude comer nada por la tristeza y la desesperanza. Estaba destrozado. Lo que pasó después, tú ya lo conoces.

—Pero ahora ya no estás solo. Me tienes a mí —le aseguró César.

—Ya, pero prefiero cambiar de aires, si no te importa. En el bar de Fernando nos sentiremos más a gusto.

—De acuerdo, pues. Entremos.

—¡Hombre, mi amigo Óscar! ¡Bienvenido de nuevo al bar El Regazo de la Dehesa! —exclamó el dueño con sincera alegría nada más verlos entrar—. ¿No me va a presentar a su amigo?

—Ya le conoce. Es César, el vagabundo de ayer.

—Pues vaya cambiazo. ¿Quién ha sido el artista que le ha transformado en un joven tan apuesto?

—Lo tiene ante sus ojos.

—¿Óscar?

—Efectivamente. Es un peluquero de primera —le aseguró César.

—Pues, enhorabuena por su excelente trabajo, Óscar.

—¡Gracias, Fernando!

—Me alegro mucho de volverlos a ver. Escojan la mesa que más les guste. Están en su casa.

—Nos sentaremos en la misma que ayer —le respondió Óscar.

Ambos notaron que el corazón se les ensanchaba. Realmente se sentían como en casa. El extremeño era un artista alegrando el alma a sus clientes. Parecía leer sus mentes. De haber podido estudiar sin duda hubiera sido un psicólogo excelente.

—¿Que les sirvo, amigos?

—Algo sencillo para almorzar. Con un solo plato tendremos suficiente. Lo dejamos a su elección. Espero que nos sorprenda.

—Les sorprenderé, no les quepa la menor duda. Y si no lo hago, se irán sin pagar —les aseguró Fernando con una amplia sonrisa—. ¿Les pongo algo para picar mientras esperan?

—Sí, algo que nos abra el apetito.

—De acuerdo.

Un par de minutos después les sirvió unas aceitunas extremeñas con mucha pulpa y poco hueso que eran una verdadera tentación, unos taquitos de chorizo y queso de oveja también extremeños y un vaso de vino tinto de la Ribera del Guadiana.

—Espero que este sencillo aperitivo de productos de mi amada Extremadura les abra el apetito.

—Muchas gracias, Fernando. Ya nos lo ha abierto con la vista antes de probarlo. Es usted un adivino. Ha acertado de lleno, ¿verdad César?

—Y que lo digas. Nos vamos a poner las botas con estos manjares.

—Así lo espero, amigos —les deseó el camarero, mientras se dirigía de nuevo hacia la entrada de la pequeña cocina situada detrás de la barra.

El aperitivo les supo a gloria. Estaban tan a gusto uno en compañía del otro... En el bar sólo había otra mesa ocupada por una pareja de mediana edad y un viejo parroquiano en la barra saboreando un café corto.

—No hay nada más gratificante que comer en compañía. Todo sabe mucho mejor. Si existe la felicidad, sin duda tiene que ser algo parecido a esto.

—Tienes mucha razón, Óscar —le respondió César mientras daba buena cuenta de la última aceituna que Óscar le había cedido gustoso.

Fernando estaba pendiente desde la barra y en cuanto vio que habían terminado con el aperitivo, se acercó a retirar los cubiertos.

—¿Ha estado todo a su gusto, amigos?

—Por supuesto, Fernando. Todo absolutamente delicioso.

—Ahora les traigo el sencillo plato que me han pedido.

Un minuto después les sorprendía con unos soberbios huevos fritos acompañados de abundantes patatas fritas que todavía humeaban recién sacadas de la sartén, unas rebanadas de pan moreno de pueblo, sin duda también extremeño y otros dos vasos colmados de vino tinto. A los dos comensales se les iluminó el semblante.

—¡Uauuuu, mi plato preferido! —exclamó Óscar.

—¡Y el mío! ¿Cómo lo ha adivinado, Fernando? —le preguntó César con cara de felicidad.

—Jejeje, uno que ya es perro viejo en el oficio. No saben como me alegro de haber acertado —les aseguró henchido de satisfacción.

—Y nosotros que sea usted un perro viejo con tanta carrera a sus espaldas.

—¡Disfrútenlos! Si necesitan más pan para mojar en la yema no tienen más que pedírmelo. ¡Buen provecho!

—Por cierto, Fernando, ¿no serán también extremeños estos huevos?

—Extremeños camperos puestos esta misma mañana por las gallinas de unos amigos de Plasencia. Me traen seis docenas cada semana. Todo lo que sirvo en El Regazo de la Dehesa procede de mi adorada tierra, incluidas las patatas.

—Estamos encantados, Fernando —le aseguró emocionado Óscar—. Usted  nos alegra el corazón.

—Mi mayor ambición es hacer felices a mis clientes.

—Le quiero confesar un secreto —le dijo César mirándole muy serio a los ojos—. Ayer noche Óscar y yo estuvimos a punto de suicidarnos en la estación del tren. No lo logramos tal vez porque nuestro destino era otro. Cuando entramos en este bar estábamos hundidos, con el alma hecha añicos. La tristeza, la frustración y la decepción de la vida nos ahogaban, y usted logró que nos olvidásemos de todo y disfrutásemos de la deliciosa cena que nos sirvió. Lo mejor, sin embargo, no fue la cena sino el cariño y la exquisita amabilidad con que nos trató. Consiguió incluso hacernos reír a carcajadas. Y encima no nos cobró. Es usted la persona más buena que he conocido en toda mi vida, a excepción de mi adorada madre, que Dios la tenga en la Gloria.

—No sigan, por favor, o me harán llorar. Yo no soy bueno, simplemente he vivido en mis propias carnes lo que significa la desesperación, la soledad y la falta de cariño. Aprendí muy pronto que lo que más dicha me daba era hacer feliz a la gente maltratada por la vida, porque yo también lo fui en mi juventud. Un vagabundo me echó una mano cuando yo estaba hundido hasta el fondo en un pozo negro de desesperación y me cambió la vida.

—Usted ayer hizo los mismo por nosotros —le aseguró emocionado César—. Cualquier otro camarero al verme sucio y desaliñado me hubiera echado a la calle sin miramientos y usted no sólo no me echó sino que me trató como si fuera su mejor amigo.

—¿Ven? Ya me han hecho llorar.

—¿Le podemos dar un abrazo, Fernando?

—Ya están tardando.


OCTAVO CAPÍTULO


Óscar estaba tan agradecido a Fernando que le dejó cincuenta euros de propina sobre la mesa. Se los había ganado con creces. Cuando el camarero se dio cuenta, corrió tras ellos para devolverles el billete, pero ya se habían esfumado.

La tarde de trabajo en Oscarprint transcurrió sin incidentes. César volvió a terminar el reparto mucho antes de la hora. Cuando regresaba a las oficinas de la empresa conduciendo por la calle de Atocha pasó por delante de la Iglesia de Santa Cruz y su corazón le dio un vuelco. Fue tan grande el dolor que sintió que tuvo que estacionar la furgoneta donde pudo y rompió a llorar amargamente sobre el volante. Al cabo de un rato consiguió serenarse lo suficiente para seguir conduciendo. No quería que Paquita y Óscar se dieran cuenta de que había llorado y dio varias vueltas por Madrid para que sus ojos y párpados tuvieran tiempo de descongestionarse. Llegó veinte minutos antes de cerrar.

—Buenas tardes, Paquita.

—Buenas tardes, César. El jefe te está esperando.

—Óscar, ¿puedo pasar?

—Claro. Entra y cierra la puerta —le dijo Óscar con una gran sonrisa—. Siéntate. Quiero proponerte un plan para esta noche.

—Tú dirás.

—He pensado que podríamos cenar de unos tacos y un par de cervezas Corona Extra en un bar mexicano que han abierto hace poco cerca de aquí. Me lo recomendó un amigo y todavía no he ido ninguna vez. ¿Qué te parece el plan?

—Nunca he probado ni los tacos ni la cerveza mexicana. Siento curiosidad.

—¡Perfecto! Vamos, pues.

La idea de Óscar era visitar a su querida Gloria Matilda después de cenar para echar un buen polvo y recuperar su hombría, y quería hacerlo acompañado por César para que él también pudiera desfogarse con la colombiana. No le iba a decir nada hasta después de la cena. Sería una sorpresa. En su mentalidad de viejo putero ni por asomo dudaba que a César le iba a encantar la propuesta, eso sí, después de unas cuantas cervezas y unos tacos bien picantes para animarse y entrar en calor.

La taquería Yucatán estaba abarrotada de clientes, no cabía ni un alfiler. Los dos amigos tuvieron que esperar un buen rato junto a la entrada hasta que quedó libre una de las mesas. Como no tenían ni idea, le pidieron al camarero que él mismo escogiera por ellos un par de tacos. La verdad es que se les antojaron muy buenos, muy sabrosos, con un punto picante que su boca y su garganta pudieron soportar sin abrasarse. Después del primero, pidieron otro y luego otro, hasta cuatro, cada vez acompañados de una cerveza. Estaban muy a gusto, felices, relajados, riendo a carcajadas por el efecto del alcohol.

Al cabo de algo más de una hora por fin se animaron a levantarse. Cuando César se puso de pie, perdió el equilibrio y Óscar tuvo que sujetarlo. El pobre estaba borracho como una cuba con sólo cuatro cervezas, lo que agradó sobremanera a su amigo, más acostumbrado a beber. De esta manera sería mucho más fácil llevarlo al piso de Gloria Matilda. Sin saber porqué, tal vez por una extraña intuición, Óscar sospechaba que su joven amigo se iba a negar a ir de putas si se lo proponía directamente.

—¿Dónde vamos? —preguntó César arrastrando la lengua.

—A visitar a una buena amiga —le respondió Óscar con gesto picarón.

—¿Madame Elisende?

—No, una mujer mucho más joven. Ya verás, te va a encantar. Es muy cariñosa.

—Ah, vale.

Óscar marcó un número en su teléfono móvil y se alejó unos pasos para que César no escuchase la conversación.

—Buenas noches, Gloria Matilda. Soy Óscar. ¿Estás libre esta noche?

—Claro, cariñito mío. Para ti siempre estoy disponible. Ven cuando quieras, mi amor.

—¿Puedo llevar a un amigo? Ha bebido un poco más de la cuenta, pero te aseguro que sabrá comportarse.

—Por supuesto. Me encantan los tríos.

—Casi mejor de uno en uno. Mi amigo es muy tímido —le mintió.

La colombiana era una mujer morena de unos treinta y tantos años, algo entradita en carnes, con unas curvas impresionantes y unos pechos turgentes y generosos ideales para dar placer al miembro viril de sus clientes, algo en lo que estaba especializada.

—Buenas noches, Oscarcito mío. Te he echado mucho de menos. ¿Te habías olvidado de tu jaguarcita?

—Buenas noches, Gloria Matilda. No, que va. Es que he estado un poco deprimido. La zorra de mi mujer se largó con mi hermano.

—Ay, pobrecito mío. Lo que habrás sufrido. Pasa, mi amor, yo te consolaré como tu ya sabes.

—Te presento a mi amigo César.

—¡Uauuu, pero qué preciosidad de hombre! ¿De dónde ha salido este bomboncito? Es tan guapo que no parece de este mundo. Pasa, mi amor. Mamacita Gloria Matilda te va a preparar un cafecito.

—Muchas gracias, señora —le agradeció César, que seguía sin enterarse de nada.

—¿Señora? Pero qué educado eres, corazón mío. Dan ganas de comerte a besos. Siéntate aquí, Cesarcito. Enseguida te sirvo el café. Óscar, tu ya sabes, sírvete lo que quieras. Estás en tu casa, mi vida.

Óscar fue tras ella. Quería decirle en privado que tratase a César con mucha delicadeza. Sospechaba que nunca había estado con una chica del oficio. "Mi amigo el primero, ¿vale?" —le pidió en voz baja.

—Aquí tienes el cafecito, bomboncito mío. Te lo he endulzado con una cucharadita de azúcar moreno.

—Muchas gracias, señora. Es usted muy amable.

Óscar se partía de risa sentado en un rincón muy oscuro del salón del coqueto piso de la colombiana. No era consciente de que tal vez a César le podía sentar muy mal que le hubiera llevado a aquella casa de citas sin su consentimiento, aprovechándose de su estado de embriaguez. Como buen putero estaba convencido de hacerle un bien. Para él echar un buen polvo con una profesional era lo mismo que comerse una buena paella en un buen restaurante. No tenía mayor importancia.

Cuando César acabó de tomarse el café, Gloria Matilda lo cogió de una mano y se lo llevó a una de las dos habitaciones que tenía siempre preparadas para dar solaz a sus clientes. César seguía sin sospechar nada, aunque el café ya empezaba a hacer su efecto.

—¿Qué hace, señora? ¿Cómo se atreve? —le gritó a Gloria Matilda cuando le estaba bajando la cremallera de la bragueta. Aquel intento no consentido de violación de su intimidad le hizo recuperar súbitamente la sobriedad y como un resorte se puso en pie de un brinco y corrió hacia lo que él creía que era la puerta de salida del piso, aunque en realidad era la cocina.

—¿Dónde vas, César? ¡Espera! ¡Cálmate! —le gritó Óscar agarrándolo de un brazo.

—¡Suéltame, cabrón, ya no eres mi amigo!

—¡Por favor, cálmate. Deja que te lo explique!

—No hay nada que explicar. Me has emborrachado para llevarme de putas sin mi consentimiento, para mofarte de mí o quién sabe con qué otras intenciones.

—Yo no quería mofarme de ti, sólo quería que echásemos un buen polvo con esta amiga, nada más. No había segundas intenciones.

—¿A no? ¿Quién me asegura que no eres un voyeur, un depravado?

—¿Cómo puedes pensar esto de mí? César, por favor, mírame, soy tu amigo.

—Me has faltado al respeto. Yo confiaba en ti.

—Perdóname, por favor. Mi intención era buena. Te lo juro por la memoria de mi madre.

—Deja a tu pobre madre en paz, sinvergüenza.

—Venga, vámonos, si es lo que quieres.

—Quiero irme solo.

—¿Y a dónde vas a ir?

—¡A la puta calle!

—¡No lo permitiré!

—¡Déjame en paz, joder!

—No puedo. Te qu.... —casi le confesó Óscar. Por suerte se contuvo a tiempo y César no le entendió.

Unos minutos más tarde estaban los dos paseando bajo las estrellas. César ya se había calmado y había comprendido que llevándole de putas Óscar simplemente había querido hacerle un regalo de amigo.

—¿Me perdonas, César? Si no lo haces voy directo a tirarme bajo las ruedas del primer coche que pase.

—Vale. Te perdono.

—Si me perdonas de corazón, dame un abrazo.

—Estás como una cabra.

—Sí, lo confieso, soy un maldito putero loco como una cabra, pero daría mi vida por conservar tu amistad.

—Venga, vale.

Unos transeúntes se pararon a mirar a aquellos dos tíos dándose un largo abrazo.

—¡Putos maricones de mierda. Deberían matarlos a todos. Qué asco, por Dios! —exclamó un rechoncho cincuentón con bigote hitleriano que llevaba del brazo a su mujer.


NOVENO CAPÍTULO


Los dos amigos no oyeron a aquel homosexual reprimido, camuflado, enfermo de autoodio, como tantos y tantos que se esconden en un matrimonio de conveniencia para autoengañarse e intentar engañar a los demás, destrozando en muchas ocasiones la vida de una pobre mujer. No, no escucharon su vómito, estaban absortos en sus sentimientos. Se querían hasta lo inconfesable, cada uno a su manera.

César no había tenido ni padre ni hermanos y mucho menos un amigo que le quisiera tanto como Óscar. La sensación maravillosa de saberse querido, protegido, mimado, acompañado por alguien distinto a su difunta madre era totalmente nueva para él, y más todavía después de haber pasado cinco espantosos meses tirado en la calle, rodeado por millones de personas, pero a la vez ignorado y pisoteado por ellas, es decir, absolutamente marginado y solo.

Sí, él también le quería, pero no como se quiere a un hermano o a un amigo, sino un poco más. De haber tenido que responder a la pregunta de un psicólogo sobre lo que sentía por Óscar, seguramente le hubiera resultado imposible darle una respuesta concreta y coherente, una explicación lógica y convincente. Le quería con delirio, pero no era en absoluto un amor carnal. A César le gustaban las mujeres, sólo las mujeres. Había estado perdidamente enamorado de una muchacha algo más joven que él, la dulce y encantadora auxiliar de clínica que había cuidado a su madre en los últimos meses de su cruel enfermedad.

Silvia, que así se llamaba la auxiliar, no se había percatado de sus poderosos sentimientos. Había confundido su extrema simpatía, cortesía y amabilidad con su agradecimiento por cuidar tan bien de su madre. Sí, efectivamente, César le estaba profundamente agradecido, pero además también la quería con la intensidad, la inocencia y la ingenuidad con que sólo se quiere al primer amor que nos regala la vida. Cuando tras la muerte de su madre fue a buscarla al hospital para decirle que la amaba, la vio en brazos de otro hombre y eso le partió el alma.

Óscar era un hombre bueno, extremadamente bueno y también agradecido, generoso y fiel con las personas que quería. En toda su vida sólo había estado con dos mujeres: su ex esposa y Gloria Matilda. Aunque le gustaban muchísimo las mujeres no era en absoluto un mujeriego. Había perdido la virginidad a los veintitrés años con su novia, la que con el tiempo acabaría siendo su mujer. Cuando se casaron lo hicieron estando profundamente enamorados, pero pocos meses después, en la cena de nochebuena con la familia, mientras él estaba en el baño, su hermano entabló conversación con su mujer y, sin buscarlo ni quererlo, se enamoraron como dos adolescentes.

Fue entonces cuando empezó su calvario. La que hasta entonces había sido una esposa entregada que sólo vivía por él y para él, la que le esperaba ansiosa en casa deseando que volviera cuanto antes del trabajo para comérselo a besos y caricias, la que él enloquecía de placer varias veces cada noche, la que lo llamaba a todas horas al trabajo sólo para decirle que le quería y la que cada mañana le daba los buenos días con un beso, de pronto dejó de quererlo sin darle ninguna explicación y él deseó morir. Acostumbrado como estaba a tanto cariño y tanta compañía, de pronto se vio ignorado, marginado y despreciado por su mujer en su propia casa y para llenar aquel vació y calmar tanto dolor no se le ocurrió otra cosa que buscar consuelo en brazos de Gloria Matilda.

Una tarde, mientras tomaba café en un bar hojeando distraidamente el periódico, se fijó en los anuncios de contactos y uno de ellos le hizo sonreír. Parecía escrito expresamente para él: "Gloria Matilda, veinte años, recién llegada de Colombia, fogosa, cariñosa, exuberante, el sueño de cualquier hombre casado al que su mujer ha dejado de querer. Ven, te espero, no te lo pienses dos veces. Yo sabré darte el cariño que tanta falta te hace."

Gloria Matilda era una mujer buena y muy inteligente. Se sabía sola en el mundo y esta certeza la había hecho fuerte y valiente. Había nacido en una aldea perdida en la selva amazónica del sudeste de Colombia. Su madre había muerto de una neumonía a los diez meses de parir a su octavo hijo y ella, que era la mayor y la única hembra, con sólo doce años tuvo que hacerse cargo de su padre y sus siete hermanos. Vivían en la miseria, pero por suerte no pasaban hambre. La selva les proporcionaba todo el alimento que necesitaban.

Su padre, un hombre todavía joven, intentó buscar una nueva esposa, pero todas las muchachas a las que propuso matrimonio, al saber que ya tenía ocho hijos, le rechazaron para no tener que asumir aquella carga. Acostumbrado a yacer cada noche con su mujer no hallaba la manera de descargar su virilidad. Odiaba masturbarse y pronto empezó a fijarse en su hija. Al principio sólo eran caricias inocentes, aparentemente de padre, pero a los pocos días se trasformaron en manoseos descarados.

Gloria Matilda se temía lo peor. Estaba aterrada. No sabiendo como liberarse del acoso de su padre, fue a visitar a una anciana, tía-abuela de su madre, para pedirle consejo. Valentina, que así se llamaba la mujer, a lo largo de sus setenta y ocho años había tenido tres maridos y seis hijos. Ahora estaba viuda y sola. Todos sus hijos se habían marchado a Bogotá y Medellín para buscarse la vida. Gloria Matilda le explicó entre sollozos el drama en el que se veía envuelta. Valentina la escuchó en silencio con semblante triste y le acarició la mejilla con ternura.

—Siéntate a mi vera, mi niña —le dijo, mientras la rodeaba con el brazo—. Los hombres son muy simples, tan sencillos de entender como los niños. Su naturaleza les hace estar permanentemente en celo. No es su culpa. Así lo dispuso el Creador. Tu padre es joven y necesita desfogarse, vaciar cada día su virilidad. Él ya no te ve como a su hija sino como a una mujer. Tú no puedes escapar de su acoso. Si te marchas a la ciudad será mucho peor para ti. Todos los hombres con los que te encuentres por el camino te violarán sin contemplaciones y en Bogotá acabarás trabajando en un burdel.

—Entonces me mataré —le aseguró ella con lágrimas en los ojos.

—No, pequeña mía, de matarte nada. Debes vivir, mejor dicho, sobrevivir y para ello sólo tienes un camino. Ya lo dice el refrán: "Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él."

—No te entiendo, tía.

—Ya que no tienes otra salida por ser demasiado pequeña, dale a tu padre lo que quiere, pero no permitas que te penetre.

—Sigo sin entenderte.

—Cuando vuelva a tocarte, arrodíllate ante él, bájale los pantalones y chúpale su miembro hasta que descargue su virilidad. Si intenta penetrarte, recuérdale que eres su hija y que Dios le condenará al infierno si lo hace. De todas formas, si eres lo suficientemente astuta no correrás ningún peligro de que llegue a hacerlo.

—¿Cuando dices astuta, quieres decir puta?

—Exactamente. Veo que a pesar de ser tan joven ya vas entendiendo.

—¿Entonces tendré que chupársela cada día?

—Sí, y si lo ves nervioso deberás hacerlo varias veces para mantenerlo bien saciado. Sólo así conseguirás que no te viole. Ya verás que es muy fácil. En sólo tres minutos habrás terminado. A los hombres les encanta que se la chupen. Yo hubiera tenido más de veinte hijos y ya estaría muerta si no hubiera hecho lo mismo que ahora te aconsejo con mis tres maridos.

—¿Y si me pide que le haga otras cosas?

—Pues se las haces. Lo importante para ti es que no te penetre. Si lo hace te quedarás embarazada y tu vida se acabará para siempre. Ya nunca más volverás a ser libre. Aguanta como puedas hasta que seas una mujer. Entonces te cortas el pelo, te ciñes el pecho para que no se te note, te vistes con ropa de hombre y te vas a la ciudad a buscarte un trabajo que te permita vivir con dignidad.

—¿Y si no lo encuentro, y si me descubren?

—Entonces te conviertes en una prostituta y te ganas la vida haciéndoles a los hombres lo que habrás aprendido con tu padre.

Y Gloria Matilda aprendió la lección. Cuando tuvo diecisiete años, su padre murió en una pelea a navajazos con otro hombre y entonces ella se vistió con sus ropas y se marchó a Bogotá. Allí se mató a trabajar en todos los trabajos de hombre que encontró, hasta que un día, viendo que nunca conseguiría suficiente dinero para ser libre, se quitó las ropas de hombre y fue a pedir trabajo de criada a casa de un poderoso hacendado. Tuvo suerte y se lo dieron. Su plan iba viento en popa.

El señor y sus dos hijos varones no tardaron en acosarla. Ella ya se lo esperaba, es más, lo deseaba, incluso se les insinuaba sutilmente para hacerles caer en la tentación. En su mente retumbaban las palabras que la anciana Valentina le había dicho: "Los hombres son muy simples, como niños, dales lo que quieren y tú conseguirás ser libre."

En sólo tres meses había atesorado una pequeña fortuna en joyas y dinero. Literalmente tenía cogidos por sus partes a los tres varones de la casa, y todo ello conservando intacta su virginidad. Había adquirido tal habilidad en darles placer y hacer realidad todas sus fantasías que conseguía de ellos todo cuanto les pedía.

Aparte de los dos hijos, en la casa había también una hija de su misma edad y mismo nombre. Se parecían tanto que un día se le ocurrió la idea de suplantarla. Para ello tendría que robar su pasaporte y unos documentos que certificaban que era nieta de un abuelo español.

Gloria Matilda era astuta, muy astuta, muy puta, como le había aconsejado Valentina. Una mañana aprovechó que la señora le había mandado llevar los resultados de unos análisis de sangre de su marido al médico de la familia y, sin que nadie se diera cuenta, cogió el pasaporte, los documentos que atestiguaban que tenía derecho a solicitar la nacionalidad española, el dinero y las joyas que había atesorado y ropa para cambiarse, se metió en un taxi y se fue directo al aeropuerto El Dorado.

Al cabo de tres horas ya estaba volando sobre el Atlántico rumbo a Madrid. En cuanto llegó presentó los documentos para solicitar la nacionalidad española y acto seguido alquiló un piso no muy caro, donde montó su negocio. Tres años después ya había atesorado una fortuna considerable, lo que le permitió comprar el lujoso piso en el que vivía desde hacía una década.

A los treinta y seis años seguía con su virginidad intacta y eso a pesar de recibir hasta a diez clientes cada día. Varias veces al año cerraba el negocio, dejaba un mensaje grabado en su teléfono y se marchaba de viaje a todo lujo a disfrutar de la vida.


DÉCIMO CAPÍTULO


Aquella noche Óscar y César casi no durmieron. Su recién estrenada amistad había estado a punto de romperse en mil pedazos. Con sólo pensarlo a ambos les daba un vuelco el corazón. De haberse roto para siempre, los dos hubieran caído de nuevo en picado en una depresión todavía peor que la que les llevó a la estación del ferrocarril dos días atrás. No, no podían permitirse este lujo. Su amistad valía muchísimo más que una simple mamada de una meretriz.

Por otra parte a Óscar le sabía mal haber quedado fatal con Gloria Matilda. Era su amiga, a su manera la quería. Durante muchos años fue su único consuelo, su confesora, su psicóloga, su confidente, su amante. De no haber sido por ella, él hubiera hecho una locura cuando un mediodía volvió a casa y encontró una nota de su ex en la que le confesaba que amaba a su hermano desde hacía quince años y le decía adiós para siempre. Óscar había enloquecido, había cogido un cuchillo de cocina y se había encaminado casi corriendo hacia el piso de su hermano dispuesto a matarlos a los dos. Por suerte el piso de Gloria Matilda le venía de paso y cuando pasaba por delante levantó la vista y la vio en el balcón regando sus plantas. Ella también lo vio y lo llamó para que subiera.

Al verlo tan alterado lo hizo sentar y le sirvió un coñac. Tras escucharlo con paciencia durante una hora consiguió convencerlo para que se olvidase de su mujer y le quitó el cuchillo. Él entonces se puso a llorar como un niño y se abrazó a ella como si fuera su madre.

—Oscarcito, mi vida, no llores, mi amor. Tú ya sabías que ella no te quería. Olvídala. No se merece ni una sola de tus lágrimas.

—A pesar de todo yo sí la quería. La he querido durante estos quince años como un pardillo mientras ella se acostaba con el gran traidor de mi hermano. Ojalá se mueran los dos de un cáncer horrible y no puedan disfrutar de su amor.

—Olvídalos. Dios sabrá como castigarlos.

—¿Dios? ¿Acaso existe Dios? Él, que en teoría es todopoderoso, ¿por qué permite que pasen estas cosas? ¿Por qué nos hace sufrir tanto pudiendo evitarlo con un solo clic de su pensamiento o de su voluntad? ¿Tú lo entiendes, Gloria Matilda?

—No, no lo entiendo, Óscar. Hay muchas cosas que no entiendo. Sólo sé que estamos de paso en este mundo y que debemos vivir la vida lo mejor que podamos. Es tan corta y tan cruel...

—¡Qué sabia eres, jaguarcita mía! ¡Cómo te quiero!

—Anda, ven con tu mamacita. Yo te consolaré de tanto sufrimiento. Ya verás como después te vas a sentir mucho mejor.

Pero no, no pudo consolarlo. Por primera vez en su vida a Óscar no se le levantó, y aquello acabó de desmoronarlo. Quedó tan traumatizado, se metió tanto en la cabeza que se había quedado impotente por culpa de su ex, que durante cuatro largos meses no pudo desfogarse ni con Gloria Matilda ni con la mano. Probó con películas porno, pero tampoco funcionó. Su colgajo estaba muerto para siempre, y encima se había quedado solo en el mundo. Su hermano era su único pariente y le había robado a su mujer. No tenía a nadie con quien compartir su vida. La tristeza y la soledad le ahogaban. Estaba muerto. Ya nada le importaba. No se atrevía a volver a casa de Gloria Matilda. No podía. Le daba vergüenza reconocer su impotencia. Tampoco podía acudir a sus empleados. Todavía le quedaba un poco de dignidad.

Aquella noche infausta, cuatro meses después, cuando regresó a su casa después del trabajo y se la encontró a oscuras y vacía por enésima vez, volvió a cerrar la puerta y corrió hacia la estación del ferrocarril. Había decidido matarse. Con una frialdad y una serenidad que le sorprendieron a si mismo, estudió el terreno y planeó hacerlo al día siguiente a puesta de sol. Fue entonces cuando se encontró con César y sus vidas quedaron unidas para siempre con un lazo invisible de amistad inquebrantable.

—Gloria Matilda, ¿puedo venir a verte? —la llamó desde la calle a dos pasos de su casa. Eran la diez de la mañana. Había dejado a César haciendo el reparto de los pedidos del día y le había dicho a Paquita que salía un momento a tomar un café. Podía estar con la colombiana hasta las doce y media.

—Oscarcito, mi amor. Claro que sí.

—¡Ábreme, por favor!

—¡Voy!

—Jaguarcita, te debo una disculpa. Siento mucho lo que pasó ayer con mi amigo. Estoy avergonzado.

—No tienes que disculparte de nada, corazón mío. Son cosas que pasan.

—Menos mal que luego se tranquilizó e hicimos las paces. No debí traerlo engañado. Se lo tomó fatal. Yo sólo quería que te conociera y que disfrutase de tus excelentes servicios. Todavía me estoy preguntando porqué reaccionó tan mal.

—Tal vez tiene algún problema en sus partes o todavía es virgen. Incluso puede ser que tenga unas fuertes convicciones religiosas y no quiera hacer el amor hasta casarse. No me extrañaría que fuera del Opus Dei.

—Yo le he visto su colgajo y sus huevines y te puedo asegurar que por ahí no van los tiros. Está muy bien dotado, muy por encima de la media. Otra posibilidad sería que fuese homosexual. ¿Te lo pareció a ti? —le preguntó Óscar deseando que le dijera que sí.

—Para nada. Por mi larga experiencia en los asuntos de los hombres te puedo garantizar que de marica no tiene ni un pelo.

—Entonces no entiendo nada.

—Ni yo tampoco. Venga, relájate. ¿Qué quieres tomar, mi amor?

—Un brandy con hielo.

Óscar deseaba probarse a sí mismo que no se había vuelto homosexual, que lo que había sentido por César al verlo desnudo no había sido más que una reacción fisiológica completamente natural por sus cuatro meses de abstinencia forzosa. A él le gustaban las mujeres.

Mientras se tomaba el brandy, Gloria Matilda lo fue calentando poco a poco, como sólo ella sabía hacerlo. Conocía sus gustos, sus fantasías, sus pequeños vicios. Y como si fuera la cosa más natural del mundo, mientras le hablaba palabras cariñosas para que se relajase, se fue quitando poco a poco el sujetador hasta liberar por completo sus exuberantes pechos tropicales de oscuros y erectos pezones, que sabía que volvían loco a Óscar. ¡Funcionó! Un gran bulto amagó con reventar su bragueta. Óscar estaba feliz y Gloria Matilda todavía más que él. Acababa de recuperar a uno de sus mejores y más generosos clientes.

Con sus dedos regordetes le fue desabrochando poco a poco la camisa, mientras le acariciaba el abundante vello de su pecho y luego le ayudó a sacársela. En cuanto tuvo el torso desnudo le pellizcó sus pequeños pezones entre dos de sus largas y encarnadas uñas y Óscar se estremeció de placer.

Había llegado la hora de liberar el colgajo lleno a reventar de sangre que tanto le había hecho sufrir. Gloria Matilda sonreía. Estaba disfrutando tanto como Óscar. Él no era un cliente cualquiera. Le había cogido cariño y deseaba sinceramente que fuera feliz. Una vez completamente desnudo le hizo echarse patas arriba sobre una delicada manta de terciopelo rojo y con sus oscuras manitas le limpió el culito, los huevines y su ingurgitado miembro con la ayuda de varias toallitas húmedas para bebé, a continuación se lo secó todo con un suave pañuelo de finísima seda y procedió a comerse a lametazos, besos, chupaditas y mordisquitos las partes más íntimas y sagradas de aquel hombre, que se dejaba hacer confiado y relajado disfrutando como nunca del impecable trabajo de aquella experimentada mujer.

Gloria Matilda no tenía prisa, estaba tan relajada como su cliente. Le gustaba su trabajo. Sabía que gracias a ella y a cientos de millones de mujeres como ella muchos hombres, como el mismo Óscar, conservaban la cordura y ello les permitía llevar una vida normal, mantener unido su matrimonio, dar un hogar estable y un futuro a sus hijos, continuar con su trabajo y sus negocios, no caer en el alcohol y las drogas y sobre todo no violar a las mujeres por la calle como desalmados verracos en celo. Ella más que nadie conocía la endiablada y a la vez sencilla naturaleza de los hombres.

Óscar ya no podía aguantar más, estaba llegando al clímax y, antes de que descargase su virilidad, Gloria Matilda le hizo levantarse, se echó ella sobre la manta de terciopelo con el torso desnudo y aprisionó con sus esplendorosos y turgentes pechos los ingurgitados y palpitantes genitales de su cliente para que se restregase frenéticamente contra su suavidad y descargase bramando como una bestia salvaje sobre su piel morena toda la angustia acumulada durante cuatro meses.

Óscar quedó tendido en el suelo casi sin sentido y tardó más de quince minutos en recuperar el resuello. Había sido apoteósico. Estaba inmensamente agradecido a Gloria Matilda. Volvía a ser un hombre como Dios manda, un macho ibérico, un semental.

Al cabo de media hora sacó su cartera, le dio doscientos euros y un beso a Gloria Matilda y salió a la calle con el alma rebosante de felicidad.


UNDÉCIMO CAPÍTULO


Mientras se dirigía a la editorial El Epílogo para entregar un pedido, César volvió a pasar por delante de la Iglesia de Santa Cruz y nuevamente sintió una dolorosa puñalada en el corazón que lo obligó a parar. "Dios, dame una señal de tu existencia para que pueda seguir creyendo en ti. No me abandones en mi desesperación. Si realmente existes, házmelo saber de alguna manera. Ahora más que nunca necesito tu abrazo de padre, tu mano de amigo. No me falles, no me arrastres de nuevo a buscar el suicidio" —rezó con la mente, mientras dos regueros de lágrimas brotaban de sus ojos y se perdían entre los oscuros pelos perfectamente recortados de su barba.

Cuando al cabo de un rato consiguió serenarse, volvió a encender el motor de la furgoneta y continuó con el reparto. Unos minutos después pasó por delante del edificio donde vivía Gloria Matilda y un impulso poderoso lo obligó a estacionar el vehículo. No entendía nada. Se sentía poseído por una especie de demonio, un espíritu, una energía misteriosa más fuerte que su voluntad que lo llevó a apretar al azar uno de los botones sin nombre del interfono, que era precisamente el de la colombiana.

—¿Quién llama?

—Soy César, el amigo de Óscar. ¿Puedo subir?

—Pues claro que sí. Sube.

Sólo hacía media hora que Óscar había abandonado el piso. Gloria Matilda se acababa de duchar y le abrió enfundada en un vistoso albornoz con bellísimas orquídeas de mayo, la flor nacional de Colombia, sobre un fondo verde pistacho claro.

—Buenos días, señora. Siento mucho molestarla. Necesito hablar con usted, sólo hablar. Le pagaré cuando Óscar me ingrese la primera nómina.

—Tu no molestas, César. Y por hablar no cobro nada. Pasa.

César temblaba, tiritaba como si estuviera aterido de frío. Su sangre sobresaturada de adrenalina bullía en sus venas al igual que su alma. Estaba a punto de confesar toda la verdad, su verdad, su sagrada intimidad, a aquella mujer sudamericana para él desconocida que se ganaba la vida dando placer a los hombres. Algo le decía que sólo ella sería capaz de entenderle. "¿Será ésta la señal que me manda Dios?" —se preguntaba mientras tomaba asiento en una cómoda butaca beig con un dibujo de un colibrí verde irisado libando el néctar de una flor rosada.

—¿Qué quieres tomar?

—Un poco de agua fresca —le respondió César con un nudo en la garganta que le ahogaba.

Gloria Matilda hizo una mueca de extrañeza pero no dijo nada. Se dirigió a la cocina, sacó una botella de agua de la nevera, llenó un vaso y se lo dio a César.

—Aquí tienes.

—Muchas gracias, señora.

—No me llames, señora. Llámame Gloria Matilda.

—De acuerdo, Gloria Matilda. Tiene usted un nombre muy bonito.

—Me lo puso mi madre nada más nacer. Se lo había prometido a su abuela paterna en el lecho de muerte. Ella la recogió al quedarse huérfana con sólo dos años y la crió rodeada de amor. Estoy muy orgullosa de llevar el nombre de mi bisabuela —le aseguró mirándolo fijamente a los ojos y regalándole una sonrisa, que él le devolvió con un indisimulado rictus de tristeza.

—¿Seguro que no la molesto? —le preguntó tras largos segundos de silencio.

—En absoluto. Hasta la tarde no tengo ningún cliente. Y por favor, tutéame.

César estaba tan angustiado que al ir a beber un trago de agua, le tembló tanto la mano que derramó unas gotas sobre la carísima alfombra persa que embellecía el salón.

—Lo siento mucho, Gloria Matilda. No sé qué me pasa.

—No tiene importancia. Se secará en unas horas. El agua no ensucia. Estás muy nervioso, ¿verdad?

—Muchísimo —logró responder César con la voz quebrada mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Si necesitas llorar, hazlo. Es una medicina muy buena. No te avergüences por ello. Te ayudará a serenarte y a sentirte mejor.

César no le respondió. Se cubrió la cara con ambas manos y lloró amargamente. Gloria Matilda se emocionó. Nunca había visto llorar a un hombre de aquella manera tan desgarrada. Con sus grandes ojos castaños sin maquillar observaba a César intentando dilucidar lo que lo afligía. En un impulso de empatía deseó abrazarlo como una madre abraza a su hijo para darle un poco de consuelo. Lo cogió de una mano tirando suavemente de ella para que se levantase y lo rodeó con sus brazos. César se dejó hacer, pero permaneció inmóvil con los brazos caídos, sin atreverse a tocarla para devolverle el abrazo.

—Llora, mi niño. Echa a fuera sin miedo todo lo que te hace daño. Desahógate —le susurró al oído mientras le acariciaba la nuca con la mano.

César se estremeció, tragó saliva, dejó de llorar y levantó los brazos para rodear con ellos a aquella mujer maravillosa que tanto consuelo le había dado con sólo abrazarlo. Y fue ella entonces quien se estremeció de verdad hasta el tuétano de los huesos al sentir la ternura y el calor de su casto abrazo. Por primera vez en su vida un hombre la abrazaba sin deseo, sin intentar aprovecharse de ella para satisfacer su egoismo, la primera vez que sentía un poco de cariño, un poco de calor humano. Gloria Matilda no pudo controlar su emoción y se echó a llorar sobre el hombro de César. Él se sorprendió, pero siguió abrazándola todavía con más ternura. Permanecieron enlazados más de cinco minutos, saboreando ambos aquellas sensaciones maravillosas, aquellos sentimientos limpios y puros. No eran un hombre y una mujer, eran simplemente dos seres humanos atormentados que se daban consuelo mutuamente.

Cuando por fin se decidieron a separarse, se miraron a los ojos cinco largos segundos y se sonrieron. Y como si sus almas estuvieran realmente conectadas ambos abrieron la boca a la vez y pronunciaron al unísono la palabra gracias. Volvieron a sonreirse. A ambos les brillaban los ojos de pura emoción. Y entonces Gloria Matilda acarició la barbuda mejilla de César y él le regaló un beso en la frente. Sobraban las palabras.

Súbitamente César despertó de aquel sueño maravilloso, miró su reloj y se dio un golpe en la frente con la mano. Había pasado más de media hora. Faltaban sólo cuarenta minutos para la una y todavía le quedaban tres entregas del reparto. Se lo dijo a toda prisa a Gloria Matilda, le dio un beso en la mejilla y salió volando escaleras abajo. Ella quedó paralizada en medio del salón sin poder reaccionar, deseando que aquel abrazo de ensueño continuase eternamente, sintiendo la pulsión de salir corriendo detrás de César para que no se le escapase el único hombre que la había amado de verdad aunque sólo hubiera sido durante unos minutos.

—¡Vuelve cuando quieras! Por favor... —le suplicó desde la puerta de su piso.

—¡Lo haré!


 DUODÉCIMO CAPÍTULO


Aquel viernes por la tarde Gloria Matilda tuvo que hacer una gran esfuerzo para que los tres clientes que tenía que satisfacer no notasen que estaba desasosegada, nerviosa, mejor dicho, trastornada por el dulce abrazo de César. Era una gran profesional y cumplió con su trabajo con la misma excelencia de siempre. Tras sacar del canalillo de su escote el billete de cien euros y la propina de otros veinte que le había metido el último cliente para hacerse el gracioso, cerró la puerta de su piso con rabia y suspiró aliviada. 

Por primera vez en dieciséis años había aborrecido su oficio. Una avalancha de sentimientos se agolpaban en su mente, a cual más negativo. Aquella tarde había odiado a sus tres clientes con toda el alma. Se había sentido más utilizada y denigrada que nunca. No los había visto como adorables machitos en busca de un poco de placer, cariño y compañía, sino como lo que eran realmente: tres egoístas incapaces de sentir la más mínima empatía ni por ella ni por nadie, incluida su esposa, convencidos de que con dinero podían comprar el cuerpo y la voluntad de cualquier puta, o sea, de ella.

"Este trabajo empieza a hacerme daño. Estoy quemada, asqueada, saturada de aguantar tanto viejo depravado, tanto adúltero despreciable lloriqueando y haciéndose la víctima porque su mujer se niega a cumplir con su deber matrimonial, sin pararse a pensar ni un segundo en que ella es una persona con sentimientos que sólo le pide un poco de atención y un poco de cariño y no un simple cuerpo con un coño y dos tetas, obligada a estar siempre disponible para solaz de su importantísimo marido. Y luego están los viudos, los divorciados, los separados y algún que otro viejo solterón que no se ha casado, no por ser maricón, sino porque odia y desprecia a las mujeres, las ve a todas como a putas y sólo las quiere para echar un polvo, y si te he visto no me acuerdo, ¡zorra!. Estos últimos son los peores, los más egoístas y también los más rácanos. Nunca dan ni propina ni un simple gracias y ni siquiera se molestan en ducharse antes de venir. ¡Dios, cómo odio a los hombres! Sólo se salvan los homosexuales y por supuesto el bueno de Óscar, el único que me ha tratado siempre con respeto y cariño y César, el misterioso, dulce, sensible y tierno César, el hombre más hermoso que jamás haya existido sobre la faz de este jodido mundo de mierda" —pensaba Gloria Matilda sentada en la misma butaca en la que se había sentado César aquella mañana. Él le había abierto los ojos con su ternura y ya nunca más volvería a ser la misma.

Sí, Gloria Matilda no podía dejar de pensar en César. Se martirizaba a si misma con elucubraciones a cual más delirante: "¿Y si no vuelve? ¿Y si se olvida de mí para siempre? ¿Y si lo que le pasa es que está sumido en una profunda depresión y el día menos pensado acaba suicidándose, y ya nunca más vuelvo a saber nada de él? ¿Y si es homosexual? ¿Y si pertenece a alguna de las innumerables sectas delirantes que esclavizan y castran a sus miembros? ¿Qué será de mí sin él? ¿Podré soportar su ausencia? ¿Enloqueceré de pena? ¿Tendré que seguir con este maldito trabajo de puta de lujo hasta que muera de puro vieja? Tengo que conseguir el número de su teléfono de empresa como sea para poder hablar con él. Necesito verlo, abrazarlo de nuevo, sentir su ternura, su calor, la fuerza de sus brazos, oler el aroma de su pelo, acariciar su barba, mirarlo a los ojos, deleitarme con el cálido perfume a mar de su aliento. Le necesito para seguir viviendo. Él es el único hombre que me ha tratado como a una mujer y no como a una puta. Toda mi vida he creído ser inmune al encanto de los hombres y ahora estoy prendada, embelesada, fascinada, pillada hasta las trancas por uno de ellos". 

Tras abandonar el piso de Gloria Matilda, César se dio tanta prisa en hacer la entrega de los tres pedidos que consiguió llegar a Oscarprint a la una menos dos minutos. Al abrir la puerta de la empresa suspiró aliviado. No tendría que dar explicaciones a nadie.

—Hola, Paquita. Ya he terminado con el reparto. 

—Perfecto, César. El jefe está encantado con tu eficacia. Eres el primer repartidor que consigue terminar su trabajo sin demoras en la entrega. Dos editoriales estaban a punto de romper con Oscarprint por los continuos retrasos en recibir los libros y ahora no hacen más que llamar a Óscar para felicitarlo. 

—Me alegro. Sólo es cuestión de organizarse.

—Exacto. Ahí está el secreto. Por cierto el jefe ha salido un momento. Volverá en cinco minutos. Me ha dicho que te diga que le esperes.

—De acuerdo, Paquita. Aprovecharé para ir al baño, asearme un poco y cambiarme de ropa. 

Óscar había ido a su casa para averiguar el contenido de las tres libretas de César. De repente estaba muy intrigado, necesitaba conocer su pasado, desentrañar el misterio de su vida que tan celosamente guardaba y que le había llevado aquella noche a la estación del ferrocarril para quitarse la vida. En balde buscó en su habitación. Sólo encontró el bolígrafo, el rosario y el cortaúñas en el cajón de la mesita de noche. Era evidente que César llevaba las libretas consigo. Por alguna razón no quería que Óscar conociera su contenido. "Tendré que aprovechar cuando se esté duchando" —se dijo mientras volvía a toda prisa a Oscarprint.

—Hola César. ¿Vamos a almorzar?

—Sí, estoy hambriento. No he parado ni para merendar a media mañana —le mintió—. ¿A dónde me vas a llevar hoy?

—¿Te gusta la comida china?

—Pues no lo sé. Nunca la he probado.

—¿Nunca? ¡Qué raro! 

—Pues sí —le respondió César levantado los hombros, torciendo la cabeza y frunciendo la frente, como quien dice: "Esto es lo que hay. Así soy yo. O me coges o me dejas".

Sentados en la mesa más cercana a la puerta de salida, los dos amigos se cuidaron muy mucho de contarse su respectiva aventura con Gloria Matilda. Era mejor así. Conocer la verdad les haría daño a ambos. Su amistad era demasiado valiosa para ponerla en peligro. A veces conviene guardarse ciertos secretos para uno mismo y no por ello se deja de querer ni un ápice a un amigo. Felices y relajados hablaron de nimiedades sin importancia. Comentaron divertidos la exquisitez y el exótico sabor de la media docena de platos que Óscar pidió para deleitar a su amigo y a las tres y media en punto entraron en el bar El Regazo de la Dehesa para tomar un café.

Fernando se alegró sobremanera cuando les vio entrar. Les había cogido mucho cariño. 

—Les tengo que devolver los cincuenta euros de propina que dejaron sobre la mesa.

—Ni hablar. Si lo hace nos ofenderá tanto que nos perderá para siempre como clientes. Se lo advierto —le amenazó Óscar medio en broma medio en serio.

—De acuerdo, pero hoy les invito al café. 

—Aceptamos el detalle. ¿Verdad, César?

—Por supuesto, Óscar. 

—Ah, y esta noche vendremos a cenar. Dejo a su elección el menú. Espero que vuelva a sorprendernos.

—Les volveré a sorprender. Me juego mi reputación si no lo consigo.

—Hasta la noche, Fernando.

—Hasta luego, amigos. Que tengan buena tarde.

Mientras se dirigían hacia la imprenta platicando amigablemente Óscar no pudo resistirse a la tentación de posar su brazo sobre los hombros de César, y él se dejó hacer, aparentemente encantado con las atenciones de su amigo. Los transeúntes les miraban con extrañeza, alguno con una evidente mueca de asco, pero no acababan de ver claro que fueran una pareja de homosexuales, tenían todo el aspecto de ser dos hombres como Dios manda. ¿Serían padre e hijo o tal vez hermanos? Ellos permanecían ajenos a lo que pudiera pensar la gente. Óscar estaba enamorado de César hasta el tuétano, como un colegial de su primera novieta. César también sentía por Óscar algo indefinible, un afecto más intenso que la mejor de las amistades, pero puro, limpio, sin atracción sexual.

Mientras tanto, a dos manzanas de distancia, alguien llamaba al teléfono de Oscarprint. Paquita estaba metiendo la llave en la cerradura de la puerta de la empresa en aquel preciso momento y se apresuró en abrir para coger el auricular antes de que colgasen.

—Imprenta Oscarprint, ¿dígame?

—Buenas tardes. ¿Es usted Paquita? Llamaba de parte de la editorial Torre de Babel para felicitar al nuevo repartidor. ¿Me lo puede pasar, por favor?

—Todavía no ha llegado. Si quiere le paso el mensaje.

—No, no, prefiero felicitarle personalmente. Si es usted tan amable de darme su teléfono, por favor...

—De acuerdo, tome nota.

—Muchísimas gracias, Paquita.

Gloria Matilda estaba encantada. Había utilizado toda su astucia para hacerse pasar por una madrileña castiza de pura cepa y Paquita había picado el anzuelo. Después de dieciséis años viviendo en Madrid había aprendido a enmascarar su acento colombiano a la perfección, y además se sabía el nombre de todas las editoriales para las que Óscar trabajaba. Había conseguido el teléfono de César y ya no podía ser más feliz.


DÉCIMO TERCER CAPÍTULO


La cena que Fernando les sirvió aquella noche fue algo apoteósico. Cuando les puso sobre la mesa una bandeja con un costillar de cordero lechal placentino asado al horno y otra bandeja con un apetitoso y jugoso zorongollo extremeño como guarnición, los dos comensales abrieron los ojos como platos, se les iluminó el semblante y no pudieron evitar que sus glándulas parótidas echasen chorros de saliva dentro de su boca, ansiosa por saborear aquellos manjares de dioses.

—Fernando, esto no es una cena, es un banquete digno de la mesa de un rey. Por favor, se lo ruego, siéntese y cene con nosotros —le invitó Óscar con una gran sonrisa—. Ya ve que no hay más clientes en el bar, y si entra alguno, se levanta un momento, le atiende y luego vuelve a sentarse. Venga, concédanos el placer de su compañía.

El camarero se hizo un poco de rogar, pero en el fondo estaba encantado y con un indisimulado agradecimiento reflejado en sus ojos húmedos acabó aceptando la invitación. Mientras saboreaban con delectación aquella sabrosa cena extremeña Fernando les habló de su amada Aldehuela del Jerte, el diminuto pueblo cacereño que le vio nacer, de sus costumbres, sus fiestas, su gastronomía, de su infancia feliz correteando descalzo con sus amigos por sus polvorientas calles entonces sin asfaltar, de sus abuelos a los que adoraba y que por desgracia murieron jóvenes al igual que sus padres, de... Aquí Fernando ya no pudo continuar. Un nudo de pena y añoranza le apretó la garganta y sus ojos se le llenaron de lágrimas. César por un lado y Óscar por el otro le posaron la mano sobre sus hombros, en silencio, compartiendo su dolor y su tristeza, dándole tiempo para que se serenase. Cuando lo consiguió, inspiró profundamente, bebió un trago del fantástico vino tinto de la Ribera del Guadiana con el que acompañaban el costillar y continuó hablando.

—De pronto con sólo veintitrés años me quedé solo en el mundo, sin padres, sin abuelos, sin tíos y también sin amigos. A unos me los arrebató Dios y a los demás no me los quitó nadie. Su supuesta amistad era falsa. Cuando les pedí ayuda, todos me dieron la espalda con vergonzosas excusas y no me quedó más remedio que venirme a Madrid con sólo lo puesto. Un camionero me recogió en la carretera y me llevó hasta las afueras de la ciudad.

—La vida es un camino lleno de espinas. A unas logramos sortearlas sin que nos pinchen y otras se nos clavan por la espalda a traición sin que podamos evitarlas, pero de tanto en cuanto también nos regala alguna rosa que nos alegra el alma y nos ayuda a olvidar el dolor de tanto pinchazo. Y seguimos caminando —opinó muy serio Óscar.

—Rosas como vuestra amistad —les aseguró emocionado César—. Sin vosotros dos yo ya estaría muerto —añadió regalándoles una sonrisa llena de cariño.

—Bueno, mejor cambiemos de tema o acabaremos llorando los tres como Magdalenas. Voy a buscar el postre —les dijo Fernando para romper con tanta emoción.

—A ver si nos vuelve a sorprender —le retó Óscar.

—Lo haré de nuevo o no me llamo Fernando.

Y por supuesto que les volvió a sorprender. Al cabo de un par de minutos salió de la cocina cargado con un queso abierto por su parte superior, un plato con rebanaditas de pan moreno y un tarro de miel.

—¿Pero esto qué es, Fernando? —le pregunto Óscar sorprendido y maravillado.

—Es una Torta del Casar, un queso totalmente artesano elaborado con leche cruda de oveja entrefina extremeña cuajada con flores de cardo. Su interior es muy untuoso. La miel procede de las colmenas de un apicultor de Malpartida de Plasencia elaborada por las abejas con el néctar de las flores de las jaras.

—¿Y cómo se come? —quiso saber César.

—Se coge un poco de queso, se unta en una rebanada de pan y se le echa encima un chorrito de miel —le informó Fernando mientras le mostraba cómo hacerlo y le daba la rebanada ya preparada.

—¡Uhmmm, qué rico! —exclamó el joven tras dar un mordisco a aquel pequeño bocatto di cardinale.

Mientras preparaba otra rebanada y se la daba a Óscar, Fernando sonreía encantado con el corazón henchido de satisfacción.

—Si existe la felicidad seguramente es algo parecido a esto —les aseguró César—. No recuerdo haber sido antes tan feliz como esta noche cenando en vuestra compañía en este entrañable lugar llamado El Regazo de la Dehesa. ¡Gracias, Fernando! ¡Gracias, Óscar!

—Gracias a ti, César y a nuestro espléndido anfitrión por deleitar nuestro estómago con sus manjares y nuestro corazón con su conversación y su compañía.

—No, son ustedes quienes me alegran el corazón a mí. Sepan que vivo solo desde que mi amada esposa murió hace dos años de un tumor cerebral. No tengo hijos y su amistad es la primera rosa que he encontrado desde entonces en mi doloroso camino de espinas —les aseguró emocionado el extremeño.

 —Vaya, y nosotros lloriqueándole por nuestras desgracias sin importancia. Lo siento mucho, Fernando —le dijo muy serio Óscar.

—Ya lo tengo medio superado. No se preocupen. La vida me ha hecho fuerte.

Media hora más tarde se despedían con un fuerte abrazo. Fernando no les quiso cobrar la cena y Óscar aprovechó el abrazo para meterle cien euros por el cuello de la camisa. Una vez en casa, mientras se desnudaba para acostarse, el billete cayó al suelo, lo recogió extrañado, leyó en él las palabras "gracias, amigo" escritas con un bolígrafo y se emocionó tanto que se echó a llorar como un niño.

Aquella noche volvió a soñar por enésima vez con su añorada esposa. Había conocido a Margarita en uno de sus frecuentes viajes a Plasencia para proveerse de productos extremeños para su pequeño bar. Una luminosa mañana, unos pocos kilómetros antes de llegar a la ciudad placentina, vio a una muchacha de unos veinte años que apacentaba un rebaño de cabras a la vera de la carretera. Ella le miró con sus grandes ojos negros y Fernando, que aquel día cumplía veintisiete años, al cruzar su mirada con la de la cabrera sintió una punzada en el corazón y una energía extraña más fuerte que su voluntad lo obligó a parar en la cuneta. "Esta hermosura de muchacha es mi regalo de cumpleaños" —pensó sin saber porqué.

—¡Buenos días, pastora! —la saludó con una gran sonrisa mientras bajaba del coche.

—¡Buenos días nos dé Dios, señor! —le respondió ella con timidez.

—¿Son suyas estas cabras? —le preguntó para darle conversación.

—Son la herencia que me dejó mi padre en paz descanse.

—Se ven muy hermosas y bien alimentadas. Sin duda las cuida muy bien.

—Lo intento, al menos —le respondió ella divertida con media sonrisa mientras con una mano se retiraba el pelo que le cubría los ojos, que el viento se empeñaba en despeinar.

—¿Le puedo preguntar su nombre?

—Me llamo Margarita.

—Encantado de conocerla, Margarita. Yo me llamo Fernando.

Ella le respondió con una cabezadita mirándolo un segundo a los ojos para desviarlos enseguida hacia las cabras. Era muy tímida, muy recatada. Una muchacha soltera como Dios manda no debía hablar con forasteros.

—¿Seguirá aquí dentro de un par de horas? —le preguntó Fernando con un rictus de angustia como quien teme que se le escape un tesoro.

—Me imagino que sí.

—Hasta luego entonces, Margarita.

Ella volvió a contestarle con otra cabezadita y una leve sonrisa. Le había caído bien aquel forastero tan atrevido. "Fernando, me gusta este nombre" —pensó mientras observaba el coche alejarse hacia Plasencia.

Dos horas después ella le esperaba sentada sobre una roca. Las dos horas de espera se le habían hecho eternas. También lo habían sido para Fernando. Mientras le compraba un precioso anillo de oro con rubíes y esmeraldas engastadas en la mejor joyería de la ciudad, no podía sacarse de la cabeza la idea de que Margarita era su regalo de cumpleaños, que el destino la había puesto allí para que un día la hiciera su esposa. Cuando la vio esperándole en el mismo sitio, supo que ella también sentía lo mismo y su corazón se aceleró alocadamente en su pecho.

—Hola de nuevo, Margarita.

—Hola, Fernando.

—Le he traido un pequeño regalo —le dijo dándole una cajita de plata.

—¿Qué es? —le preguntó ella con timidez y no poca desconfianza.

—Ábrala, por favor.

—¿Un anillo? ¿Para mí?—exclamó la muchacha abriendo los ojos como platos—. No puedo aceptarlo. No le conozco a usted de nada —añadió, haciendo ademán de devolvérselo.

—Acéptelo, por favor. Es un simple detalle.

—¿Qué quiere usted de mí? Soy una chica decente.

—No lo pongo en duda. Le aseguro que mis intenciones son buenas. Si me dice donde vive su madre, me gustaría perdirle permiso para cortejarla.

—¿Cortejarme? ¿A mí? Pero si no soy más que una pobre cabrera. ¿No se estará mofando usted de mí?

—Por nada del mundo me burlaría de usted, Margarita. Por favor, dígame donde vive su madre.

—Soy huérfana.

—Entonces permítame ponerle este anillo. El próximo jueves volveré a pasar por aquí a la misma hora. Piénseselo. Sólo le pido que me dé una oportunidad.

Margarita no le respondió pero dejó que le pusiera el anillo. El viento soplaba hacia ella y llevó hacia su olfato el delicioso aroma de Fernando. Esto y la delicadeza con que le asió la mano para ponerle el anillo y la dulce mirada directa a los ojos que le regaló a continuación, emocionaron hasta tal extremo a la pastora que las piernas le flaquearon y se tuvo que sentar sobre la misma piedra sobre la que le había estado esperando ansiosa durante aquellas dos interminables horas.

Semana tras semana los encuentros en la carretera se repitieron, hasta que un día Fernando se decidió y le propuso casarse con ella. Margarita ya estaba convencida, mejor dicho, enamorada hasta el tuétano de los huesos de aquel joven tan atento, tan educado, tan generoso, tan encantador, tan guapo y le dijo que sí sin dudarlo.

Vendieron el rebaño a otro cabrero y Fernando se llevó su regalo de cumpleaños hacia Madrid. Aquella misma tarde se casaron en una sencilla ceremonia civil sin invitados y fueron a celebrarlo en el mejor restaurante de la capital. Veinticinco años después la vida le clavó la más dolorosa de las espinas en el corazón robándole para siempre a su querida Margarita, la cabrera placentina que le había esperado a la vera de la carretera para ser su regalo.


DÉCIMO CUARTO CAPÍTULO


Aquella noche de finales de verano la temperatura era muy agradable. Invitaba a dar un paseo por las calles de Madrid. Los dos amigos estaban ahítos tras la opípara cena que les había servido Fernando y, para facilitar la digestión de tanta comida, en lugar de volver a casa directamente lo hicieron dando un largo rodeo. A ambos les hacía inmensamente felices la mutua compañía. Ninguno de los dos había tenido antes un amigo con el que compartir la vida.

Óscar volvió a aprovechar el paseo para posar su brazo sobre los hombros de su amigo. Parecían dos novios cortejando bajo la luz de la luna. César era muy inteligente y empezaba a comprender que las exageradas muestras de cariño de Óscar significaban algo más que una simple amistad. Veía cada vez más claro que su amigo se había enamorado de él y, aunque no compartía sus mismos sentimientos, se dejaba querer. "Si Óscar es feliz queriéndome, no seré yo quien le quite la ilusión. Es tan agradable saberse tan querido por otro ser humano... He estado solo tanto tiempo..." —pensaba César con el rostro risueño, mientras percibía el contundente aroma a queso con miel, su postre en El Regazo de la Dehesa, que Óscar le hacía llegar con su aliento hablándole a medio palmo de la cara.

Poco les importaban las miradas de desagrado de la gente, ni los comentarios e insultos homófobos que algún transeúnte les escupía. Ambos habían sufrido mucho por la soledad y la falta de cariño, y el calor físico y afectivo que experimentaban con la cercanía y el contacto de sus cuerpos, como si de un intercambio de energía positiva se tratase, era tan agradable...

Óscar se moría de ganas de darle un beso en la mejilla a su joven amigo y en un impulso irrefrenable, sin importarle las consecuencias, se lo dio. César no le rechazó, no reaccionó violentamente, simplemente sonrió.

—¡Mariconazos! —escucharon a sus espaldas.

Dos segundos después César caía al suelo fulminado por un fuerte golpe en la cabeza con un bate de béisbol. Cuando Óscar se agachó para asistirlo sintió en sus glúteos una contundente patada que le hizo caer de bruces sobre su amigo. El bate del atacante iba directo a su cabeza, pero Óscar levantó la mano con tal rapidez que tuvo tiempo de agarrarlo y abortar el golpe. Mientras asía el arma aguantando los tirones del enemigo, en un escaso segundo sus glándulas suprarrenales vertieron cientos de milígramos de adrenalina en su torrente sanguíneo. Su corazón se aceleró y bombeó sangre a borbotones hacia todos los músculos de su cuerpo, éstos se tensaron al máximo y en un abrir y cerrar de ojos los tres homófobos cayeron noqueados sobre la acera bajo los contundentes y certeros golpes de kárate de Óscar.

Mucha gente había hecho un corrillo a su alrededor para contemplar el espectáculo, para solazarse viendo como les daban su merecido a aquellos dos putos maricones de mierda. Poco les duró la diversión. Cuando al cabo de unos segundos Óscar ayudó a levantarse a César y los dos amigos se dispusieron a marcharse hacia su casa, los mirones les abrieron paso rápidamente impresionados y enmudecidos por la valentía y la implacable autodefensa del karateca.

A César el golpe del bate de bésibol le había abierto una brecha en la cabeza por encima de la oreja izquierda. Sangraba abundantemente y estaba muy aturdido. A duras penas podía caminar. Óscar paró un taxi levantando la mano, pero cuando el taxista vio que el herido podía manchar con su sangre la impoluta tapicería de su vehículo hizo ademán de marcharse.

—¡Le pagaré el doble! —le gritó Óscar—. ¡Por favor...!

El taxista dio marcha atrás unos metros, salió del coche con un paquete de servilletas de papel en la mano, le pasó unas cuantas a Óscar y les abrió la puerta trasera con una indisimulada mueca de asco y contrariedad.

—¿A dónde les llevo?

—Al centro de urgencias más cercano donde puedan atender a mi amigo.

Por suerte había un hospital allí cerca y en tres minutos estuvieron ante la puerta de urgencias.

—¿Qué le debo?

—Veintidós euros —le respondió el taxista mientras habría la puerta para facilitar la salida del herido.

—Quédese con la vuelta —le dijo Óscar, dándole un billete de cincuenta euros.

Al médico que les atendió no le gustó nada el estado estuporoso de César y con buen criterio lo ingresó para tenerlo en observación unas horas y realizarle un escáner craneal. Cuatro horas después, tras suturarle la herida y comprobar que no tenía ninguna lesión intracraneal, le dio el alta aconsejándole guardar reposo durante tres días y en caso de empeoramiento repentino volver enseguida al hospital. A pesar de su insistencia tanto Óscar como César se negaron a presentar una denuncia en la policía por la agresión homófoba.

Eran las cinco de la madrugada y hacía un poco de frío. Los taxis parecían haberse esfumado y tuvieron que volver a casa a pie. César seguía aturdido y ligeramente mareado.

—Te pondrás bien. Yo te cuidaré. Eres lo que más quiero en este mundo —le dijo Óscar mientras le daba un beso en la mejilla y le ayudaba a caminar agarrándolo fuertemente. César se emocionó.

—Gracias, Óscar —le agradeció con la voz quebrada y un nudo en la garganta.

Cuando llegaron a casa eran casi las seis. Por suerte Madame Elisende todavía no había bajado a dar su cotidiano paseo matutino con su perrita Michelle y pudieron subir por el ascensor sin que ningún vecino les viera.

César llevaba el pelo, el cuello y el torso manchados de sangre seca y Óscar lo animó a ducharse. El médico les había asegurado que el agua y el jabón no le harían ningún daño a la herida. César se sentó en el taburete del baño y dejó que Óscar le sacase la camisa y los zapatos. Luego se incorporó un poco, se apoyó en los hombros de su amigo y éste le desabrochó los pantalones y le ayudó a sacárselos.

Ya sólo faltaba bajarle el slip. Óscar no pudo evitar turbarse como el primer día ante la visión del bulto de César a sólo un palmo de su cara, y más todavía cuando le sacó el slip y aspiró el aroma de las deliciosas feromonas de hombre joven que exhalaban sus bien dotados genitales. Un estremecimiento le bajó desde la nuca hasta sus propias partes recorriéndole todo el espinazo y su sangre entró en ebullición. "Tengo que contenerme, debo contenerme, es mi amigo y está herido. No puedo ni debo aprovecharme de él, por mucho que le desee, por mucho que le quiera. Dios mío, ayúdame a controlarme" —se decía angustiado con el pensamiento, sintiendo que su deseo estaba a punto de superar el umbral de su capacidad de autocontrol.

Aunque todavía aturdido, César era perfectamente consciente de la extrema turbación de Óscar. Mientras le estaba enjabonando, le miró su rostro desencajado por el deseo y sonrió. "Pobrecillo, le estoy volviendo loco. Si se sobrepasa no le diré nada. Es tan bueno conmigo... Creo que yo también le empiezo a querer." —pensaba, sintiendo un placer inmenso con las caricias de las cálidas manos de Óscar mientras le enjabonaba y restregaba su hermoso cuerpo de efebo griego.

—Toma, enjabónate tú mismo tus partes y tu trasero —le dijo Óscar echándole un poco de gel de baño en la mano.

César estuvo a punto de decirle que podía hacerlo él mismo, que no le importaba si se sobrepasaba, que si a él le hacía feliz le autorizaba a acariciar sus partes más íntimas, pero se contuvo. No sabía exactamente lo que Óscar sentía por él. Igual eran todo imaginaciones suyas, pero los dos besos en la mejilla que le había dado aquella noche en la calle parecían dejarlo bastante claro.

Después de la ducha César se sintió mucho mejor. Ya no estaba mareado, sólo le dolía un poco la cabeza, pero continuó haciéndose el enfermo y se dejó mimar por Óscar. Comprendía que a su amigo le hacía feliz cuidarle. Tras ponerle el pijama y ayudarle a acostarse, lo cubrió con la sábana y le dio un beso en la frente, el tercero en pocas horas.

—Si me necesitas para ir al baño no dudes en llamarme. Buenas noches, César.

—Buenas noches, Óscar, y gracias por todo —le dijo regalándole una sonrisa.

Óscar estaba tan excitado que en cuanto se metió en la cama tuvo que masturbarse y alcanzó el climax a los pocos segundos. "Está claro que me he vuelto maricón. Ni yo mismo me reconozco. Jamás había sentido el más mínimo interés por los hombres y ahora estoy enloquecido de deseo por César. ¿Seré bisexual sin saberlo? Creía que era algo circunstancial, algo pasajero. Estaba convencido de que el apoteósico orgasmo con Gloria Matilda me había curado, pero se ve que estaba equivocado. Necesito saber si César es homosexual o bisexual, y creo que la respuesta se encuentra en sus tres libretas. En cuanto tenga ocasión fotografiaré página por página lo que en ellas está escrito y le mandaré las fotos a Geneviève, la traductora francesa de la editorial Melanesia.

Estaba amaneciendo. Óscar no puso el despertador. Ambos necesitaban dormir unas horas. Sin salir de la cama, cogió su teléfono móvil y escribió un mensaje a su secretaria: "Buenos días, Paquita. Ayer noche César se cayó por la escalera y tuve que llevarlo a urgencias. Está bien. No te preocupes. Sólo tiene una brecha en la cabeza. Vendremos hacia las doce. Un abrazo."


DÉCIMO QUINTO CAPÍTULO


—Buenos días, César —le dijo dándole un beso en la frente—. ¿Has dormido bien?

—Buenos días, Óscar. Sí, muy bien. Gracias.

—¿Te duele la cabeza? ¿Estás mareado?

—Sólo un poco.

—Son las diez y media. ¿Quieres seguir descansando o te levantas para desayunar?

—Me levanto. Tengo muchas ganas de hacer pis.

—¿Te ayudo?

—No hace falta —le dijo mientras se sentaba en la cama.

Óscar se dio cuenta enseguida de que algo no iba bien. César había palidecido ostensiblemente, se agarraba desesperado a la cama y no se atrevía a ponerse de pie. Sentía que todo lo que había en la habitación, incluido Óscar, daba vueltas a su alrededor.

—César, ¿qué te pasa?

—Estoy muy mareado. Creo que voy a vomitar.

—Cierra los ojos y échate otra vez. Voy a llamar a un médico.

—No, no hace falta. Ya se me está pasando. Me he levantado demasiado deprisa. Necesito ir al baño.

Óscar le cogió un brazo, se lo puso sobre los hombros, le agarró por la axila del otro lado y le ayudó a levantarse.

—¿Estás mejor?

—Sí.

—Vamos, pues.

Ya ante la taza del baño, Óscar le bajó el pantalón del pijama y miró hacia la pared para que César no se sintiera violento. El herido orinó un rato tan largo que parecía que no iba a terminar nunca.

—Vaya, ¡cuánto pis! Huele a zorongollo extremeño —le dijo sonriendo Óscar, dándole un beso en la mejilla.

—Sí, y a torta del casar con miel.

—Nos pusimos las botas ayer, ¿verdad?

—Sí, estuvo todo muy rico. Fernando es un cocinero fantástico. Un día tenemos que invitar a Madame Elisende.

—Por supuesto que sí, y también a Gloria Matilda.

—Sí, seguro que se harán buenas amigas, respetando su secreto, claro.

—Por supuesto.

—Ya he terminado. Quiero lavarme la cara.

—Vale. ¿Se te ha pasado el mareo?

—Sí, me encuentro mucho mejor, gracias. Creo que ya puedo caminar sin ayuda.

Diez minutos más tarde salían los dos de casa y bajaban por el ascensor.

—Recuerda. A Paquita dile que te caíste por la escalera. ¿Vale?

—Vale.

El bar El Regazo de la Dehesa les venía de paso y entraron para tomar un café. A su amigo Fernando podían contarle la verdad. Tenían la certeza de que lo comprendería.

—¡Buenos días, amigos! ¿Qué tal les sentó la cena?

—De maravilla —le respondió Óscar, mirando de soslayo a César para que Fernando se diera cuenta de su herida.

—Vaya, ¿qué te ha pasado, César? ¿Te caíste? —le preguntó sin darse cuenta de que lo tuteaba por primera vez.

—Me tiraron.

—¿Te tiraron? ¿Pero quién te quiere hacer daño a ti, si eres más bueno que el pan?

—Tres macarras con un bate de béisbol.

—Ah, vaya, ya sé de qué cabrones me hablas. Son muy conocidos en el barrio. Llevan la homofobia metida en el alma, si es que la tienen, que lo dudo. ¿Os agredieron porque os vieron abrazados o cogidos de la mano?

—Más bien porque Óscar me dio un beso en la mejilla.

—Os queréis mucho, ¿verdad?

—Sí, muchísimo —le respondió Óscar ligeramente ruborizado sin atreverse a mirarlo a los ojos.

—Pues a mí me encanta que seáis tan buenos amigos. Me dais envidia.

Óscar y César cruzaron sus miradas durante un segundo y se sonrieron. Sobraban las palabras.

—Venga, sentáos. ¿Os sirvo un café?

—Bien cargado, por favor.

Los tres amigos siguieron platicando amigablemente. Eran las doce menos cuarto y no había ningún otro cliente en el bar. Podían hablar en completa libertad. En realidad Fernando se había dado cuenta de que se querían mucho antes que ellos mismos. Tenía un poderoso y clarividente ojo clínico para los sentimientos.

—¡Buenos días, Paquita!

—¡Buenos días, Don Óscar! ¡Buenos días, César!

La segoviana se levantó y fue a ver la sutura de la brecha del herido con cara compungida. Quería a aquellos dos hombres, sobre todo a Óscar. Siempre la había tratado con mucho respeto y cariño.

—¿Te duele?

—Un poco, pero cada vez menos.

—Me alegro. Espero que pronto estés bien.

—Gracias, Paquita.

La mujer no hizo más preguntas. Aunque se moría de ganas por conocer los detalles, hizo un esfuerzo, se tragó la curiosidad y volvió a sentarse. No quería pasarse de indiscreta ni enfadar a su jefe.

—Supongo que han llamado desde las editoriales, ¿no?

—Efectivamente, pero han sido todos muy comprensivos. César les cae muy bien y me han transmitido su deseo de que se mejore cuanto antes.

—Gracias, Paquita. Esta tarde César va a descansar. Yo haré las entregas pendientes por él.

—Puedo hacerlo yo, Óscar. Me encuentro bien.

—No, no, ni hablar. Tu te vas a quedar en casa durmiendo o viendo la tele. Nada de esfuerzos ni movimientos bruscos.

—Como usted mande, jefe —le respondió César mirándolo con cariño.

—Venga, vamos a comer algo y luego te acompaño a casa. Hasta luego, Paquita.

—Hasta la tarde, Don Óscar.

—Sin despreciar a Fernando hoy me apetece almorzar en el restaurante de comida castellana del que me hablaste, si no te importa —le dijo César en cuanto estuvieron en la calle.

—Me trae malos recuerdos.

—Si vamos juntos ya verás como se te pasa tu aprensión.

—De acuerdo. Hoy no puedo negarte nada.

El restaurante La Cazuela Castiza era un local con solera, regentado por la tercera generación de una orgullosa familia de madrileños de pura cepa. Conocían muy bien a Óscar. Había comido allí casi a diario desde que su ex mujer dejó de quererlo y se negó a hacerle de criada.

—¡Hombre, Don Óscar! ¡Qué gusto verlo de nuevo! —lo saludó con afecto José Ángel, el camarero más veterano—. Creímos que estaba usted enfermo. Los últimos días que vino casi no probó la comida.

—He estado un poco mal de la tripa, pero ya me encuentro mucho mejor. Creo que me contagié de un virus exótico —le mintió.

—Vaya, vaya, con tanta globalización hasta los virus se han globalizado.

—Y que lo diga.

—¿No me va a presentar a su amigo?

—César, te presento a José Ángel. Es el camarero más veterano del restaurante.

—Encantado, César. Espero que le guste nuestra comida.

—Lo mismo le digo, José Ángel. Seguro que sí.

—Tomen asiento, por favor. Enseguida les traigo el menú del día. ¿Qué van a tomar para beber?

—El vino castellano que usted ya sabe.

—De acuerdo.

En el menú había tres primeros platos para escoger y otros tres segundos. César dejó que su amigo eligiese por él, y Óscar se decidió por un contundente cocido madrileño de primero y por unas perdices a la toledana de segundo.

—¿No será un poco fuerte para tu tripa enferma? —bromeó César con una sonrisa picarona.

—Tu necesitas proteinas para reponer la sangre que has perdido. Así que menos cháchara y a comer antes de que se enfríe.

—A sus órdenes, jefe. Como usted mande.


DÉCIMO SEXTO CAPÍTULO


Al cabo de una semana volvieron al hospital para que le retirasen los puntos de sutura a César. La doctora de guardia buscó su historia clínica, le hizo una pequeña exploración y unas cuantas preguntas y, en vistas de que todo estaba bien, le ordenó a un enfermero que le quitase los puntos y le dio el alta definitiva. Por suerte la agresión no le había dejado secuelas, salvo la cicatriz en el cuero cabelludo.

—Óscar, quiero preguntarte algo que me tiene intrigado —le dijo al salir del hospital.

—Dime.

—¿Dónde aprendiste a defenderte tan bien? Mientras estaba en el suelo medio aturdido vi como noqueaste a los tres matones en cuestión de segundos.

—Bueno, es una historia un poco larga. Cuando comprendí que mi ex había dejado de quererme, estaba tan mal, sentía tanta frustración y tanto desengaño que un día se lo conté a uno de mis empleados y él me recomendó apuntarme a un gimnasio de artes marciales para descargar la energía negativa que me estaba matando. Elegí el kárate y me gustó tanto que en siete años ascendí de cinturón blanco al cuarto dan de cinturón negro. El día que encontré la nota de mi ex, hace algo más de cuatro meses, diciéndome que me dejaba y se largaba con mi hermano, enloquecí de pena, perdí la ilusión de vivir, dejé el gimnasio y acabé sumido en una profunda depresión, hasta el día en que decidí matarme y coincidí contigo en la estación del ferrocarril.

—Vaya, vaya, así que cinturón negro cuarto dan. Me tienes alucinado.

—Pues sí —le respondió Óscar con el corazón henchido de orgullo y satisfacción—. Dicen que no hay mal que por bien no venga. La cabrona de mi ex me convirtió en karateca.

—Y gracias a ello me salvaste de morir apaleado como un perro por aquellos tres psicópatas.

—Sí —le respondió dándole un beso en la mejilla—. ¿Sabes? En el fondo me divertí, me sentí poderoso hostiando a aquellos cabrones. Nunca creí tener que utilizar mis conocimientos de kárate para defenderme en la vida real. Valieron la pena tantas horas de entreno.

—Los avatares de la vida son sorprendentes. Todo encaja. Si tu mujer no te hubiera dejado de querer, tú no hubieras aprendido kárate, no hubieras caído en una depresión, no hubieras deseado matarte, nunca nos hubiéramos conocido y no hubieras podido impedir mi suicidio ni defenderme del brutal ataque homófobo. ¿Te das cuenta de que el que ha salido ganando con todo eso he sido yo?

—Y yo. ¿Acaso no he encontrado en ti al mejor amigo de mi vida? No puedes hacerte una idea de lo feliz que soy contigo a mi lado. Ahora mismo no te cambiaría por mi ex ni aunque me prometiese amor eterno y me suplicase volver con ella de rodillas.

César no pudo contestarle. Sólo sonrió mirando al frente mientras se le humedecían los ojos. Se había emocionado con la declaración de amor de su amigo, aunque Óscar la hubiera intentado camuflar bajo una supuesta gran amistad. Ya tenía la prueba. El hombre que posaba amoroso su brazo sobre sus hombros y no paraba de darle inocentes besos en la mejilla, le quería en mayúsculas. "¿Cómo le digo que no soy homosexual? Le destrozaría el alma y no se lo merece. Nunca había sentido tanto cariño de otro ser humano.  Bah, que más da si es un hombre. Si él es feliz queriéndome, que me quiera. Mientras no me pida hacer el amor con él...." —pensaba César estremeciéndose con la dulce caricia de Óscar en su nuca.

Eran las cuatro de la tarde, la temperatura era agradable y brillaba un sol radiante. Estaban volviendo a la imprenta dando un paseo. En el cielo se veían y escuchaban los últimos vencejos, atravesando la ciudad de camino hacia sus ancestrales lugares de hibernación en África.

—Mira, César. Son vencejos. Vuelan hacia el sur para pasar el invierno.

—Nunca he volado en avión. Debe ser bonito ver la tierra pequeñita desde lo alto del cielo.

—¿No has viajado nunca en avión? —le preguntó Óscar con cara de asombro.

—No, nunca. Ya te dije que soy hijo de madre soltera. No nos podíamos permitir estos lujos. Sólo una vez salí de España para ir hasta la ciudad alemana de Frankfurt y lo hice en tren en un viaje pagado por un pariente de mi madre.

—Pues ahora mismo nos paramos en la agencia de viajes que hay en aquella esquina y nos vamos tú y yo quince días a Canarias. ¿Te hace ilusión?

—Sí, mucha —le respondió César poniendo cara de niño al que le prometen un juguete.

—Ea, pues, decidido. Este verano hemos tenido tanto trabajo en la imprenta que no nos hemos tomado ni un solo día de vacaciones. Paquita y mis otros cuatro empleados se merecen un descanso. Ni siquiera me han preguntado por las vacaciones. Quieren más a la empresa que yo mismo. Esta tarde y mañana viernes aceleraremos la entrega de los pedidos pendientes y luego a descansar durante lo que queda de septiembre y todo el mes de octubre. Las editoriales lo comprenderán.

Tres días después estaban los dos subiendo al avión que les llevaría a Tenerife. César estaba emocionado y un poco asustado. Para él todo era nuevo y no paraba de hacerle preguntas a Óscar.

—¿Y si me mareo?

—No te marearás. Tranquilo. Anda, relájate y prepárate para disfrutar del primer vuelo de tu vida.

En la agencia de viajes Óscar había pedido un asiento junto a la ventanilla para que César pudiera ver la tierra pequeñita como la veían los vencejos atravesando Madrid.

En el asiento de al lado, el que daba al pasillo del avión, se había sentado un señor mayor un poco obeso vestido con un traje negro y un alzacuellos blanco. Sin duda era un sacerdote. Se había abrochado el cinturón y esperaba con los ojos cerrados a que el avión despegase. Entre sus manos sostenía el libro El código Da Vinci de Dan Brown. César se fijó en el título e hizo una mueca a medias entre sorpresa, pena y desagrado mientras su marcada nuez subía y bajaba tragando saliva. Conocía muy bien la novela. "Este cura está lleno de dudas. No tardará mucho en abandonar el sacerdocio" —pensó, mirando con tristeza el rostro perfectamente afeitado de aquel hombre que debía rondar los sesenta y pocos años.

El avión despegó sin problemas y unos pocos minutos después César pudo ver por fin la tierra pequeñita desde la ventanilla. Óscar había posado su brazo sobre los hombros de su amigo y se le había arrimado tanto que sus rostros casi se tocaban.

—Mira, aquel pueblo es Mejorada del Campo.

—¡Qué bonito se ve todo desde el cielo! Me siento como un vencejo. Gracias, Óscar.

—¿Eres feliz?

—Mucho.

—Me alegro —le dijo dándole un beso en la mejilla.

El sacerdote les estaba observando aparentemente perplejo y escandalizado, pero de pronto se le contrajeron los músculos de la cara y se le humedecieron los ojos. Con rapidez se sacó un pañuelo del bolsillo de la americana y se secó las lágrimas. Óscar lo tenía a su lado, escuchó que se sonaba los mocos, se fijó en sus ojos enrojecidos, comprendió que estaba llorando y le hizo una seña a César.

—¿Se encuentra usted bien, Padre?

—Sí, no se preocupen. Es que me he emocionado.

—Ah...

—¿Puedo confesarles una cosa? Creo que ustedes podrán comprenderme —les dijo un minuto más tarde bajando la voz y acercándose un poco a ellos.

—Usted dirá, Padre.

—Estoy atravesando una profunda crisis en mi vocación sacerdotal. He perdido la fe y no logro encontrar de nuevo el camino de Dios. Pongo incluso en duda su existencia. Estoy sufriendo terriblemente. Se lo confesé a mi obispo y me recomendó tomarme unas vacaciones para serenarme y recuperar la fe. En Tenerife me esperan en el Monasterio de Nuestra Señora del Socorro de Guímar, pero no me apetece ir. Me pongo enfermo sólo de pensarlo. Al verles a ustedes queriéndose tanto, me he acordado del amor de mi vida, un muchacho que conocí en el seminario al que quise con toda el alma y que fue expulsado sin contemplaciones por ser homosexual cuando encontraron una revista gay bajo la cama de su celda. Yo fui un cobarde. Debí marcharme con él, pero amaba también a Dios, desde niño había deseado ser sacerdote y seguí con mi vocación. No saben como me arrepiento. Mi vida ha sido un infierno y una absoluta mentira.

Los dos amigos no le respondieron enseguida. Necesitaron un largo minuto para digerir aquella increíble confesión. Finalmente se miraron a los ojos y se leyeron el pensamiento. Se habían puesto de acuerdo sin palabras.

—Si no le apetece ir al monasterio, venga con nosotros. Tenemos pensado visitar el Pico del Teide y dar largos paseos por los bosques de laurisilva del Macizo de Anaga. Nos encantaría compartir nuestras vacaciones con usted —le invitó Óscar.

—¿Me lo dicen de verdad?

—Totalmente.

Don Ernesto se emocionó de nuevo y volvió a llorar, esta vez de alegría. "¿Me los habrá mandado Dios para que vuelva a creer en él? ¿Será verdad que ama a todos los hombres, incluidos los homosexuales como yo y como ellos? Estos dos jóvenes parecen dos ángeles caídos del cielo expresamente para mí. Si es así, no cabe duda de que los designios de Dios son inescrutables" —pensó mientras se secaba las lágrimas con el pañuelo y les regalaba a sus nuevos amigos una amplia sonrisa de agradecimiento.

A la recepcionista del hotel le sorprendió que aquellos dos clientes que ya tenían la habitación reservada pidieran otra para aquel cura. Sonaba raro.

—¿Me permite su carné de identidad?

—Aquí tiene.

—¿Va a pagar con tarjeta de crédito?

—No tengo. Sólo llevo dinero en metálico.

—Vale. Pues serán ochenta y cinco euros por noche en una habitación individual.

—Entonces sólo me alcanza para una noche.

—Cárguelo todo en mi American Express Platinum, por favor —saltó Óscar sintiendo pena por Don Ernesto.

—De acuerdo. ¿Cuántas noches se va a quedar, Padre?

—Las mismas que nosotros dos —respondió con rapidez César antes de que el sacerdote tuviera tiempo de abrir la boca.

—Ok. Pues aquí tienen la tarjeta de acceso a su habitación. Es la cuarenta y ocho. Y ésta es la del Padre Valbuena. Es la cuarenta y nueve. Serán ustedes vecinos. Bienvenidos al Hotel La Violeta del Teide. Les deseamos una feliz estancia. No se preocupen por las maletas. El botones se las subirá enseguida.

—Muchas gracias.

Mientras subían los tres en el ascensor Don Ernesto les protestó por hacerse cargo de sus gastos, aunque en el fondo les estaba tremendamente agradecido.

—En cuanto pueda se lo devolveré.

—No se preocupe, Padre. Olvídese del dinero. Para nosotros es un placer invitarle.

—Muchísimas gracias.

—Por cierto, él se llama César y yo Óscar.

—Encantado Óscar y César. Les ruego que me tuteen. Ahora no soy un cura, soy un turista más.

—De acuerdo, Ernesto. Pues si quieres ser un simple turista deberás quitarte este traje de sacerdote y el alzacuellos.

—No llevo otra ropa. Ha sido todo tan repentino...

—Vale, pues esta tarde iremos de compras.

—El dinero que llevo sólo va a alcanzar para comprarme un par de camisas.

—Olvídese del dinero, por favor. Y no vuelva a mencionarlo o me enfadaré —le amenazó Óscar en broma.

Media hora más tarde salían los tres del hotel. Hacía calor y Ernesto se habia sacado la americana y el alzacuellos para ir más cómodo y no llamar tanto la atención, aunque su camisa, su pantalón y sus zapatos negros eran como un imán para los ojos de los transeúntes.

A cincuenta pasos del hotel había una pequeña boutique de ropa para caballero. El dependiente, un morenazo canario treintañero miró al sacerdote de arriba a abajo y no pudo evitar que se le escapase una mueca de extrañeza, como queriéndoles decir: "Se equivocan de tienda, aquí no tenemos ropa para curas". Óscar le miró fijamente a los ojos sin que Ernesto se diera cuenta, se puso el dedo índice ante la boca con los labios fruncidos y el joven canario comprendió.

Tres cuartos de hora más tarde salían de la boutique con cuatro camisas de vivos colores, una de ellas puesta, unos pantalones vaqueros también puestos, unos bermudas, un bañador y media docena de slips.

Un poco más allá había una tienda de material deportivo. Como tenían pensado caminar mucho Óscar le compró unas resistentes zapatillas especiales para senderismo, que también le servirían para pasear por la calle. Por supuesto salió con ellas puestas.

Ernesto estaba irreconocible y no sólo por su nueva indumentaria sino sobre todo por su semblante risueño que rezumaba felicidad. Lo que tenían que ser varios meses de triste recogimiento espiritual en un lúgubre monasterio, se habían convertido de pronto en una vacaciones que se le intuían maravillosas. Y todo gracias a aquellos dos ángeles que le había mandado Dios para que recuperase la fe.

—En el monasterio me echarán en falta y llamarán a la policía para que me busque —les dijo con preocupación—. Creo que debería avisarles de mi paradero.

—No, no lo hagas o te amargarán las vacaciones. Diles simplemente que estás bien y que de momento te vas a quedar en casa de unos amigos.

—No sé mentir.

—No lo harás, realmente les dirás la verdad. ¿Acaso el hotel no es ahora nuestra casa?

—Si, tienes razón.

—Pues toma mi móvil y llámales, y luego olvídate del monasterio.

—Gracias, Óscar.

Cuando entraron en el hotel la recepcionista miró a Ernesto de arriba a abajo y sonrió. Le sentaba bien su nuevo look, le hacía más joven.  Por descontado se moría de ganas por saber qué hacía aquel cura camuflado de turista con aquellos dos hombres jóvenes a los que doblaba la edad. ¿Se habría escapado de una parroquia o un monasterio, o estaría escondiendo algo más feo?

Estaba anocheciendo. Por la ventana de la habitación se veía el sol escondiéndose ensangrentado tras el horizonte gris del inmenso Océano Atlántico. Estaban cansados por el viaje, pero necesitaban comer algo antes de acostarse y bajaron a cenar a un restaurante de comida canaria que les recomendó la recepcionista. A las diez ya estaban de vuelta, se dieron las buenas noches y se metieron en su respectiva habitación.

"Dios mío, Padre mío, ¿qué quieres de mí, qué esperas de mí? ¿Son estos dos jóvenes encantadores tu respuesta a mis súplicas? ¿Me estás diciendo a través de ellos que me aceptas como soy, que entiendes mis sentimientos y mis dudas, que para ti la sexualidad de los hombres no tiene la menor importancia? Sabes que soy homosexual desde mucho antes de consagrarte mi vida. Y también sabes que he hecho un gran esfuerzo por mantenerme casto, renunciando a mis deseos, mortificándome hasta lo indecible y todo por ti, para ser tu digno siervo, sin verme obligado a avergonzarme de mis actos, sin traicionar mis votos, siéndote absolutamente fiel de cuerpo y pensamiento durante toda mi vida. Sabes también que te amo con todas mis fuerzas, que mis dudas actuales son culpa de los hombres, de los que dicen servirte, de los que hacen voto de pobreza y viven como marqueses acumulando riquezas sin ningún rubor, despreciando e ignorando a los desheredados de la Tierra, de los que predican el amor al prójimo y luego condenan a los homosexuales, a mí mismo, al fuego eterno desde los púlpitos, sin tener en cuenta que si Tú nos has hecho como somos es porque así lo has querido, y si ésta ha sido tu voluntad nadie tiene ningún derecho a negarnos la salvación, pues somos tan hijos tuyos como cualquier otro ser humano. Sabes que Tú eres el gran amor de mi vida, que por ti renuncié al único hombre que he amado. Te llevo tan metido en el alma que aunque abandone el sacerdocio, te seguiré amando apasionadamente. No, no he perdido la fe en ti. Ahora lo entiendo. La he perdido en los hombres que dirigen con tanta indignidad tu Iglesia" —rezó Ernesto de rodillas antes de meterse en la cama.


DÉCIMO SÉPTIMO CAPÍTULO


Al otro lado de la pared los dos amigos se estaban desnudando. En la agencia de viajes Óscar había pedido una habitación doble con una cama de matrimonio en lugar de dos camas separadas. César no había pernoctado nunca en un hotel y no tenía ni idea. No fue consciente en absoluto de la maniobra de Óscar para conseguir dormir en la misma cama con él. Cuando entró en la habitación y vio la gran cama de matrimonio le pareció la cosa más normal del mundo. No tenía ninguna malicia. En muchas cosas era inocente como un niño. En otras no tanto.

—¿Llevas tú mi pijama? —le preguntó a Óscar.

—No, yo tampoco llevo el mío. Aquí el clima es subtropical y no nos hace falta. Dormiremos en calzoncillos o completamente desnudos, si lo prefieres.

—¿Desnudos? ¿En la misma cama?

—Claro.

César de pronto se sintió violento. Tragó saliva y se entristeció. Se le acababan de abrir los ojos. Era evidente que Óscar quería hacer el amor, pero él no era homosexual, no le deseaba físicamente, sólo le quería como amigo, o eso creía él. En lo más íntimo e inconfesable de su alma le quería mucho más que a un amigo, muchísimo más, aunque aparentemente no era consciente de ello. Le encantaba que Óscar posase su brazo sobre sus hombros en actitud protectora. Le hacían estremecer hasta el tuétano sus tiernas caricias en su nuca. Se emocionaba como un adolescente enamorado cuando le hablaba palabras bonitas al oído, cuando sentía el aroma a tierra recién mojada por la lluvia de su cálido aliento a medio palmo de su cara, cuando notaba el contacto de su cuerpo, el calor de su cuerpo y la fuerza de sus brazos cuando lo abrazaba. Le hacía inmensamente feliz la sensación de saberse tan querido y deseado por aquel hombre bueno que estaba loco por él. Había experimentado un intenso e inconfesable placer cuando aquella noche, tras su frustrado intento de suicidio, Óscar le restregó la mugre de sus glúteos con el guante de crin alcanzando con ello una poderosa erección, aunque su amigo no se dio cuenta por estar él vuelto hacia la pared, o como aquella otra noche tras la agresión de los homófobos cuando le enjabonaba y acariciaba su cuerpo con sus amorosas y cálidas manos llenas de deseo.

Sí, César no era consciente de que también se había enamorado perdidamente de Óscar, aún sin ser intrínsecamente homosexual. Mientras orinaba antes de acostarse encerrado en el baño de la habitación del hotel se miró en el espejo con gesto compungido. "Tengo veinticinco años y nunca he hecho el amor con nadie, ni siquiera con una prostituta y ahora voy a perder la virginidad en los brazos de un hombre. A mí me gustan las mujeres, sólo las mujeres, en esto estoy muy seguro, pero no puedo decirle no a Óscar, le quiero demasiado. Soy tan feliz en su compañía... Ni yo mismo me entiendo. ¿Seré bisexual sin saberlo como sin duda lo es él?" —se decía angustiado intentando serenarse.

Óscar le esperaba medio incorporado en la cama, mirando la tele completamente desnudo con la sábana cubriéndole sólo hasta el ombligo. Estaba tremendamente excitado y a la vez angustiado. "Si me rechaza y lo pierdo para siempre, voy a enloquecer de pena. No lo podré soportar y esta vez me suicidaré de verdad. Le quiero con delirio" —pensaba con el rostro desencajado mientras zapeaba en busca de algún canal de audio de música romántica.

Ambos se estaban torturando sin necesidad. En realidad el deseo era mutuo, a pesar de las supuestas dudas de César. Bastó con que Óscar le pusiese la mano sobre el pecho y le acariciase suavemente los pezones mientras le daba un beso en la mejilla deseándole las buenas noches, para que en cuestón de tres segundos César experimentase una tremenda erección, levantando una puntiaguda y palpitante tienda de campaña en la sábana. Óscar se dio cuenta enseguida y sonrió.

Aquella primera vez fue tan bonita y tan tierna que la hicieron durar más de una hora, comiéndose a besos y caricias, jugando con sus cuerpos, haciéndose cosquillas entre carcajadas, dándose placer y cariño mutuamente, y todo ello sin penetración. No les hizo ninguna falta para alcanzar el clímax. Disfrutaron tanto que ya de madrugada, después de levantarse para hacer pis juntos, regresaron a la cama besándose apasionadamente y volvieron a amarse hasta que los rayos del sol canario penetraron por la ventana e iluminaron sus exhaustos cuerpos desnudos.

Al otro lado de la pared Ernesto fue perfectamente consciente de los ruidos y risas de los dos amantes haciendo el amor. Con los ojos cerrados intentó aislarse y se concentró en sus recuerdos de juventud. En su mente apareció con nitidez la imagen de Andrés, el primer y único gran amor de su vida, joven, hermoso, moreno, fuerte, escandalosamente atractivo, rezumando sensualidad por todos y cada uno de los poros de su piel, mirándole con deseo con sus turbadores ojos negros y regalándole una sonrisa encantadora mostrándole sus blanquísimos dientes enmarcados entre unos labios carnosos que pedían ser besados a gritos. Sí, aquella noche Ernesto no iba a reprimir, martirizar, torturar su cuerpo por enésima vez, bloqueando con su fuerza de voluntad lo que la naturaleza le pedía liberar. Cuarenta y cinco años de autorrepresión ya habían sido suficientes. Aquellos dos jóvenes le habían abierto los ojos. A Dios no le importaba lo que hiciera con su anatomía, no le ofendía que buscase y sintiera placer con su cuerpo, para eso le había dotado de genitales, para eso le había infundido la capacidad fisiológica de sentir orgasmos, no para que reprimiese lo que con tanto amor Dios le había dado.

Y sí, por primera vez en tantísimos años se atrevió a tocarse, a acariciarse, recordando cuando le dio el primer beso a Andrés, su aliento, el sabor de su saliva, el aroma delicioso de su cuerpo joven cargado de feromonas, las caricias que se daban mutuamente en la intimidad de su celda, la cálida humedad y la dureza de su sexo ingurgitado en sangre. Sí, por primera vez en tantísimos años Ernesto experimentó un orgasmo y descargó con gran estrépito sobre su abultado vientre de sesentón la brutal, absurda y cruel represión de toda una vida de castidad forzada. Quedó totalmente exhausto y se durmió sintiendo una paz inconmensurable en el alma.

—Pobrecillo. Se acaba de correr haciéndose una paja —le dijo César a Óscar después de escuchar con diáfana claridad los gemidos orgásmicos del sacerdote.

—Igual es la primera que se hace en su vida. Y si es así, me alegro de haber contribuido a su liberación con mi tarjeta de crédito —le respondió Óscar acariciándole la barbita a su adorado efebo griego.

—Yo también me alegro muchísimo por él. Seguramente ha sufrido de una manera espantosa.

Los tres durmieron hasta las diez de la mañana. Ernesto se había despertado a las seis y media, acostumbrado como estaba a su férrea autodisciplina sacerdotal, pero cuando abrió los ojos y miró hacia la ventana comprobó que todavía estaba oscuro, se dio la vuelta, inspiró profundamente y volvió a dormirse. Dos horas más tarde le despertó el canto de un mirlo apostado sobre la rama de un tulipero del Gabón reclamando la propiedad de los cuidados jardines del hotel. Los poderosos rayos del sol canario iluminaban la habitación y Ernesto tuvo que parpadear y restregarse los ojos varias veces para adaptarlos a la intensa luz cegadora que brillaba aquella mañana de domingo en aquellas islas atlánticas bendecidas por Dios.

Con la mano se tocó el semen seco que embadurnaba el canoso vello de su vientre y de pronto se sintió violento como un adolescente ante aquella prueba irrefutable de su vergonzoso acto, pero cuando le vino a la mente la palabra "impuro", hizo una mueca de enfado y dijo no con la cabeza. No, no había sido un acto impuro. Había sido un acto tan natural como la vida misma, como vaciar la vejiga, la ampolla rectal o en este caso las vesículas seminales. No había nada de malo en ello, sólo cuando se utilizaba para hacer daño a otros seres humanos.

Después de darse una relajante ducha, se vistió con su nueva ropa de turista y salió al pasillo. Acercó el oído a la puerta de la habitación de sus dos amigos, no escuchó ningún ruido, pensó que seguramente ya se habrían levantado y le estarían esperando en el hall y se dispuso a bajar por la escalera, pero cuando estaba poniendo el pie en el segundo escalón Óscar abrió la puerta y le llamó.

—¡Buenos días, Ernesto! Entra, enseguida estaremos listos.

—Buenos días, Óscar. ¡Que día más bonito!, ¿verdad?

Justo en aquel preciso momento César salió de la ducha completamente desnudo secándose el pelo con la toalla.

—¡Buenos días, Ernesto! —le saludó con afecto.

—¡Buenos días, César! —le devolvió el saludo, con la voz ahogada por la intensa impresión que le había causado contemplar la extraordinaria belleza de su cuerpo joven, la maravillosa perfección de su bien dotada intimidad, la naturalidad y la falta de pudor con que se mostraba desnudo ante sus nada habituados ojos de casto varon entregado a Dios.

Ernesto se sonrojó ostensiblemente, su corazón se aceleró alocadamente en su pecho, la presión arterial le subió hasta límites peligrosos, sintió que se iba a desmayar y buscó una silla para sentarse.

—¿Te encuentras mal, Ernesto? —le preguntó Óscar perfectamente consciente de la causa de su trastorno.

—No, no. Creo que necesito comer algo. Estoy acostumbrado a desayunar a las siete de la mañana. Me habrá bajado el azúcar.

—Enseguida bajamos. Desayunaremos en el bar del hotel.

—De acuerdo, os espero en el hall —le respondió, mientras salía a toda prisa huyendo angustiado de la tentación.

Por suerte cuando bajaron Ernesto ya se había serenado y les recibió con una sonrisa. Era domingo y debía ir a misa, pero no quiso complicar la vida a sus dos amigos y pensó que Dios lo comprendería.


DÉCIMO OCTAVO CAPÍTULO


Óscar alquiló un coche y tomaron rumbo hacia el Teide. La isla era una maravilla de la naturaleza. Ni César ni Ernesto la habían visitado antes y estaban fascinados. Cuando llegaron al lugar más alto de la gran montaña volcánica al que podía accederse por carretera, aparcaron el coche y se adentraron a pie en la gran caldera de las Cañadas del Teide. Se veían los altos tajinastes rojos cargados de frutos en plena maduración. Soplaba una cálida brisa desde la cercana África, el cielo estaba libre de nubes y la luz era cegadora. Reinaba un silencio absoluto. Ernesto se emocionó tanto ante la grandiosidad y la extraordinaria belleza de aquel mar de lava creado por Dios, que espontáneamente se puso a cantar el Gloria in excelsis Deo. Aquel inconmensurable teatro natural tenía una sonoridad excepcional y su poderosa voz de tenor se oía de maravilla con el añadido del eco reverberante, que actuaba como un coro acompañante de cientos de voces. Los muchos turistas que se encontraban allí en aquel momento, llegados en tres autocares, se acercaron boquiabiertos para escucharle, especialmente un grupo de fervientes católicos alemanes que conocían y entendían perfectamente aquella oración cantada en latín.

Óscar y César estaban impactados. Cogidos de la mano se sentaron sobre una roca y solazaron sus oídos con aquel bellísimo canto gregoriano que salía de la garganta de su nuevo y sorprendente amigo. Por alguna razón que Óscar no alcanzó a comprender, César súbitamente se puso a llorar y en un impulso irrefrenable se levantó y se acercó al sacerdote. Cuando estuvo a su lado, le asió una mano, abrió la boca y le acompañó en el canto. Si la voz de Ernesto era hermosa más lo era la de César, y las dos voces conjuntadas se escuchaban maravillosas. Óscar creía estar soñando. Estaba tan emocionado que no pudo evitar que se le humedeciesen los ojos. Estaba viviendo una experiencia mística irrepetible e inolvidable.

Gloria in excelsis Deo
et in Terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te, benedicimus te, adoramus te,
glorificamus te,
gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam,
Domine Deus,
Rex caelestis,
Deus Pater omnipotens.
etc...

Algunos alemanes se arrodillaron sobre la lava, cerraron los ojos y levantaron las manos hacia el cielo. Ernesto se dio cuenta y se sintió más sacerdote que nunca, es decir, más intermediario entre Dios y los hombres que nunca. Cuando finalizó el canto, los teutones se acercaron a ellos y uno tras otro les besaron agradecidos y profundamente emocionados a Ernesto el anillo sacerdotal de su regordeta mano derecha y a César su huesuda mano sin anillo.

—Danke, Vater, vielen dank. (Gracias, Padre, muchas gracias)  —no paraban de decirles primero a uno y luego al otro.

— Der Vater ist er. Ich bin niemand. (El Padre es él. Yo no soy nadie) —les respondía César, sintiéndose violento, como si fuera un impostor.

— Eines Tages nicht zu weit weg wirst du ein wunderbarer Vater sein. Ich lese es in deiner Seele voller Güte. Es ist dein Schicksal. (Un día no muy lejano tú serás un Padre maravilloso. Lo leo en tu alma llena de bondad. Es tu destino) —le aseguró la más anciana de las teutonas.

—Nein, nein, niemals! (¡No, no, nunca!) —exclamó el joven espantado, mientras corría al lado de Óscar que no entendía nada, abrazándose a él—. Ich liebe diesen Mann. Er ist mein Schicksal." (Yo amo a este hombre. Él es mi destino)añadió, volviéndose hacia sus adoradores y levantando la voz para que todos le oyesen.

—Du liegst falsch, dein Schicksal ist es, ein großer Priester Gottes zu werden. Es steht in den Sternen geschrieben. (Te equivocas, tu destino es convertirte en un gran sacerdote de Dios. Está escrito en las estrellas) —le rebatió sonriendo la anciana, mirándole con sus bondadosos ojos intensamente azules.

 —Nein, ich werde niemals Priester sein! (¡No, yo jamás seré sacerdote!) —volvió a negar con vehemencia César, visiblemente alterado.

—Eines Tages werde ich deine erste Messe in der Kirche von Santa Cruz in Madrid hören, Pater Cesar Paredes Cuesta, und du wirst mir die Gemeinschaft mit deinen Händen geben. (Un día yo oiré tu primera misa en la Iglesia de Santa Cruz de Madrid, Padre Cesar Paredes Cuesta, y tu me darás la comunión con tus propias manos) —le profetizó muy seria la vieja alemana.

César se derrumbó con aquella profecía. La anciana era una bruja, una vidente o una verdadera profetisa. No sólo conocía su nombre y sus apellidos, sino también el nombre de la Iglesia de Santa Cruz de la que él tan dolorosos recuerdos guardaba en lo más íntimo de su alma. Abrazado a Óscar el pobre César temblaba, lloraba, sudaba, casi se convulsionaba tan grande era su conmoción.

—Esta mujer está loca. Yo jamás seré sacerdote. No tengo vocación. Además odio con todas mis fuerzas a la jerarquía eclesiástica —les aseguró a Óscar y a Ernesto mientras se metían en el coche de alquiler.

—¡Tranquilo! Yo tampoco la creo. Tu eres mi pareja, te quiero con delirio y jamás te alejaré ni permitiré que te alejes de mi lado.

—Gracias, Óscar —le agradeció secándose las lágrimas con una servilleta de papel. 

Sentado en el asiento trasero Ernesto sonreía. Él si se había creído la profecía de la anciana, pero no dijo nada. "Lo que Dios haya dispuesto, así será. Sus designios son inescrutables" —se dijo con la mente.

Los tres permanecieron un largo rato en completo silencio, digiriendo cada uno a su manera lo que acababan de vivir en el interior del gran cráter tinerfeño. De pronto Óscar abrió la boca para romper tanta tensión, pero enseguida se dio cuenta de que había metido la pata.

—¿Dónde aprendiste canto gregoriano, César? —le preguntó.

—¿Y alemán? —quiso saber Ernesto.

—Es una historia muy larga y demasiado dolorosa para mí. Prefiero no hablar de ello. Os ruego que os olvidéis de este tema, por favor.

—De acuerdo, olvidado está —le aseguró Óscar acariciándole la mejilla.

Una hora más tarde bajaban por la cara sur del volcán. Era mediodía y decidieron hacer una parada para almorzar en un restaurante de Santiago del Teide. César ya se había tranquilizado y volvía a sonreír con las constantes muestras de cariño de Óscar.

Mientras daba buena cuenta de unas papas arrugás con mojo picón y una generosa ración de cabrito tinerfeño asado a la brasa, Ernesto era inmensamente feliz. Veía a Dios en todas las cosas, todas las plantas, todos los animales, todas las personas y por supuesto en la profecía de la vieja alemana. Todo era obra del Creador, incluido el sabroso almuerzo que se estaba zampando, y en la intimidad de su mente no paraba de darle las gracias.

Aquella noche Ernesto volvió a masturbarse, recordando la turbadora belleza de la desnudez y la intimidad de César. "Sí, también la sexualidad, el deseo, el erotismo, la atracción, la sensualidad, la hermosura del cuerpo y los genitales de hombres y mujeres son obra de Dios. Nada malo hay en ello. Así lo dispuso Él al crearnos con el añadido del sexo. No es posible que parte de su obra sea pecado. Dios es perfecto, no cabe la posibilidad de un error en su creación, ni mucho menos que los humanos, su obra más preciada, tengan que penar en el infierno eternamente por supuestos pecados de la carne inventados por la mente retorcida de hombres enfermos. El pasaje de la Biblia sobre Adán y Eva y la serpiente no es más que una invención maliciosa y profundamente misógina de los antiguos hebreos —pensaba ya relajado tras eyacular. Por fin se le habían abierto completamente los ojos y comprendía todo, y esta íntima comprensión le llenaba de paz.

Al día siguiente y durante el resto de vacaciones, cada mañana se levantaba pronto, se duchaba, se afeitaba y luego iba a llamar a sus amigos. Ellos comprendieron enseguida que lo hacía con el deseo sin malicia de solazar sus viejos ojos de anciano sacerdote homosexual tantos años reprimido con la belleza de sus cuerpos jóvenes y cada día le esperaban completamente desnudos y dejaban que disfrutase a gusto, mientras ellos se duchaban y luego se vestían a un metro escaso de sus ojos. No había nada de malo en ello. La maldad, el pecado, la perversión, no eran esto. Lo que no gustaba a Dios era la utilización del sexo para hacer daño a otros seres humanos, como la violación, las explotación sexual de mujeres y niños, la pederastia, la misoginia, la homofobia. Allí radicaba el mal y no en el sexo en sí.

El cuarto día de vacaciones a Óscar y César les apeteció darse un baño en las cálidas aguas del océano Atlántico y animaron a Ernesto a acompañarles. César no había nadado nunca en el mar y su amigo sacerdote tampoco, es más, ninguno de los dos sabía nadar. Al joven le hacía mucha ilusión. En cambio a Ernesto no le apetecía nada, incluso le daba miedo y en un principio se resistió a ponerse el bañador bajo los bermudas, aunque al final entre los dos lograron convencerlo y se lo puso. Antes de partir de viaje, estando todavía en Madrid, Óscar había buscado playas nudistas en internet, había guardado el nombre y la ubicación de varias de ellas y aquella luminosa mañana decidió llevarles a El Bollullo.

Una vez allí Ernesto se puso muy nervioso al ver a los bañistas completamente desnudos. Era demasiado fuerte para él, y se negó rotundamente a acercarse a la playa. Con una indisimulada mueca a medias entre enfado, disgusto y miedo se sentó sobre una roca y de nada sirvieron los argumentos de sus dos amigos para que depusiera su actitud.

—Vale, como quieras, pero no te alejes mucho del coche. Volveremos en una hora —le dijeron mientras se sacaban toda la ropa, la metían en el maletero y se encaminaban cogidos de la mano hacia la línea del agua.

En su interior Ernesto trepidaba. Un montón de sentimientos a veces contrapuestos se agolpaban en su mente. "Estoy haciendo un ridículo espantoso. Me estoy comportando como una vieja beata solterona, reprimida y amargada. ¿Por qué me da tanto reparo que me vean desnudo? Mi cuerpo se ha estropeado con los años. Estoy gordo, fofo, sin musculatura, la piel me cuelga y mis partes se han atrofiado a fuerza de no usarlas o por la misma edad. ¿Qué mal hay en ello? ¿Tan poca confianza tengo en mis amigos pensando que se van a mofar de mí por mi físico?" —pensaba entre angustiado, avergonzado y profundamente triste.

De pronto por su izquierda pasó una pareja de ancianos ingleses cogidos de la mano que se dirigían a la playa. Debían rondar los ochenta años y sus cuerpos daban verdadera pena. A ella sus pechos resecos le colgaban casi hasta los muslos y a él sus atrofiados genitales le quedaban medio escondidos tras un delantal de piel fláccida. Ernesto casi se puso a llorar por la impresión, pero al mismo tiempo la visión de la desnudez de aquel matrimonio de ancianos, que se mostraban sin complejos ante los ojos de los demás nudistas, le hizo reaccionar, se quitó toda la ropa y se encaminó hacia la playa buscando con la vista a sus amigos.

Ellos en cuanto le vieron se pusieron a saltar dentro del agua de pura alegría mientras le animaban con gritos a unirse a sus juegos. Aquel día en la playa fue tal vez el más feliz de su vida. Sí, había hecho lo que Dios deseaba que hiciera: disfrutar como un niño de una de las más maravillosas obras de su creación, el agua.

Durante las siguientes jornadas alternaron la playa con las excursiones por el paradisíaco Macizo de Anaga y antes de que se dieran cuenta los quince días se habían esfumado.

Ernesto era un hombre nuevo, rebosante de fe, de felicidad, de amor a Dios. Se sentía con fuerzas para retomar su vocación sacerdotal. Cuando llegaron a Madrid le acompañaron hasta su parroquia y se despidieron de él con un cálido abrazo. El viejo párroco lloraba como un niño de puro agradecimiento hacia aquellos dos ángeles caídos del cielo que le había mandado Dios y en cuanto entró en la iglesia se arrodilló ante la imagen de Cristo Crucificado y le prometió que nunca más volvería a dudar de Él.


DÉCIMO NOVENO CAPÍTULO


Gloria Matilda no tuvo suerte. La primera vez que se atrevió a llamar a César, éste acababa de recibir la agresión con el bate de béisbol y estuvo varios días con su móvil apagado. Ella insistió una decena de veces hasta que se convenció de que Paquita le había dado un número falso o equivocado y desistió.

Desesperada estuvo a punto de llamar a Óscar, pero pensó que metería la pata al preguntarle por César y también desistió. La única opción que le quedaba era esperar a que el mismo Óscar acudiera a ella para preguntarle disimuladamente por César aprovechando el servicio sexual, pero pasaban los días y él también parecía haberse olvidado de su jaguarcita. La pobre mujer lo estaba pasando francamente mal.

A medida que su frustración aumentaba también lo hacía su odio hacia sus clientes, hasta que llegó un momento en que ya no pudo aguantar más y cerró el negocio por un tiempo indefinido. Tenía muchos ahorros, un par de pisos en propiedad alquilados y algunas inversiones que le bastaban para vivir holgadamente sin necesidad de trabajar.

Por supuesto no tenía ni idea del viaje a Tenerife de los dos amigos ni mucho menos que se hubieran liado como pareja. Este conocimiento la hubiera hundido todavía más.

Varias semanas después, ya resignada a su destino, en un intento de llenar con un ser vivo su espantosa soledad, compró un perrito Boston Terrier de tres meses en una tienda de animales al que llamó Bogotá y se aficionó a sacarlo a pasear varias veces al día. Aquello la mantenía ocupada y al mismo tiempo podía descargar en el animalito todo el cariño de madre frustrada que como mujer educada en Colombia llevaba como una dolorosa asignatura pendiente muy metida en el alma.

Estaba tan dolida con Óscar y César que no se atrevía a acercarse a Oscarprint. Una tarde, casi a puesta de sol, después de cerrar la empresa, los dos amigos salieron a dar un paseo. Como siempre hacía, en un gesto inconsciente por proteger al ser que más quería en el mundo, Óscar había posado su brazo sobre los hombros de su amigo y le hablaba palabras bonitas al oído. César sonreía feliz mirando al frente. Justo en aquel momento Gloria Matilda les vio a sólo unos cincuenta pasos de distancia y para no toparse con ellos, se metió a toda prisa en un bar. Por suerte estaba lleno a rebosar de clientes tanto en la barra como en las mesas, no tenía ninguna necesidad de pedir una consumición enseguida y esto le dio un tiempo precioso para observar a los dos hombres desde detrás del cristal de la puerta. Cuando de pronto vio a Óscar dando un beso en la mejilla a César lo comprendió todo. Se habían olvidado de ella porque estaban liados como pareja. No lo pudo evitar y se puso a llorar a lágrima viva, y para que no la vieran se sentó en un rincón cara a la pared.

—¡Gloria Matilda! —escuchó a sus espaldas.

Eran Óscar y César que habían dado la vuelta y habían entrado en el bar para tomar unas cañas. Ella reconoció enseguida la voz del que había sido su mejor cliente durante quince años, se secó a toda prisa las lágrimas y se giró con timidez para responder a su saludo con un simple movimiento de la cabeza.

—¿Estás llorando? —le preguntó Óscar con gesto triste haciendo ademán de acariciarle la mejilla.

—¡No me toques! —exclamó ella categórica en un subidón de dignidad.

—Perdona. No era mi intención molestarte.

Los dos hombres estaban chocados. No entendían nada. Miraban perplejos a Gloria Matilda, mientras ella se levantaba a toda prisa para marcharse olvidándose de su perrito. El pequeño Bogotá permaneció bajo la mesa asustado mirándoles con sus grandes ojos negros. César lo tomó en brazos y corrió tras su dueña.

—¡Gloria Matilda! ¡Tu perrito!

Ella corría como enloquecida llorando ruidosamente. No escuchaba nada, no veía nada. De repente chocó con el carrito de la compra de una señora y cayó al suelo dándose un fuerte golpe en la frente y torciéndose un tobillo, quedando tendida en el suelo aturdida y sin poderse mover por el dolor.

Justo en aquel momento llegó César con el perrito seguido por Óscar y entre los dos la ayudaron a levantarse.

—¡Taxi! —gritó Óscar con la mano en alto.

Cinco minutos más tarde entraban en el servicio de urgencias del mismo hospital donde habían atendido a César dos meses atrás. Gloria Matilda ya se había serenado y se dejaba mimar por aquellos dos hombres que tanto habían significado para ella. Incluso les sonrió cuando le pusieron a Bogotá en su regazo, mientras esperaba una silla de ruedas para ir a Radiología para hacerse unas placas del tobillo. Todavía no les había dirigido la palabra, un nudo en la garganta y su dignidad se lo impedían.

—¿Cómo se llama esta monada? —se atrevió a preguntarle César.

—Bogotá —le respondió ella escuetamente mirándole un segundo a los ojos.

—Es un animalito precioso, ¿verdad Óscar?

—Y que lo digas. Tiene unos ojitos tan dulces...

En las radiografías del tobillo no se veía ninguna fractura, sólo un esguince grave. No haría falta intervenir quirúrgicamente a la paciente.

—¿Familiares de la señora Gloria Matilda Garmendia?

Óscar se puso en pie de un brinco y fue casi corriendo hacia el traumatólogo de guardia.

—¿Es usted el marido de la señora?

—Más bien su pareja —le informó, sin darse cuenta de que la colombiana estaba justo detrás del médico sentada en una silla de ruedas y le había escuchado.

—No tiene ninguna fractura, sólo un esguince grave de los ligamentos. Le hemos colocado un yeso y deberá permanecer en reposo durante cuatro semanas evitando apoyar el pie en el suelo. Volverá a revisión en mi consulta el lunes veintidós del mes que viene a las once de la mañana.

—De acuerdo, doctor. Muchas gracias.

Óscar cogió el informe médico de urgencias y sustituyó a la enfermera en la tarea de empujar la silla de ruedas. Fuera les esperaba un taxi. Los dos hombres ayudaron a Gloria Matilda a entrar en el vehículo, devolvieron la silla que recogió un celador y dieron las indicaciones al taxista para que les llevase a la casa de su amiga.

Gloria Matilda seguía sin abrir la boca, pero en su semblante risueño se intuía su satisfacción. De pronto había recuperado a los dos hombres de su vida. Poco le importaba ya que fueran homosexuales y pareja. Conocía muy bien a Óscar y sabría como manejar la situación. Ninguno de los dos se le volvería a escapar, especialmente César.

Aquella noche se quedaron los dos con ella. El piso tenía cuatro habitaciones y sólo necesitaban una. Preferían que Gloria Matilda se acostumbrase a verles como pareja. No querían renunciar a dormir juntos. Ella respondía con señas a sus preguntas. Parecía disfrutar haciéndose la ofendida, pero en el fondo estaba encantada. Mientras les observaba trajinando por su piso, tuvo una idea brillante. Se convertiría en la amante de los dos. Renunciaría a su virginidad y se dejaría penetrar por ellos. Deseaba ser madre desesperadamente, pero a ser posible quería que su hijo llevase los genes de César, el hombre más hermoso, atractivo y tierno de todo Madrid.


VIGÉSIMO CAPÍTULO


—Gloria Matilda, ¿te gusta la comida italiana? —le preguntó Óscar con un tono de voz tan dulce que parecía una caricia para los oídos—. ¿O prefieres la china o la japonesa? Son casi las diez y tenemos que cenar algo antes de acostarnos.

—Me apetece una pizza pequeña —le respondió después de pensárselo cinco largos segundos, durante los cuales también decidió dejar de hacerse la ofendida y volver a hablar a aquellos dos hombres buenos que se desvivían por ella.

—De acuerdo pues. Pediré tres pizzas Margarita: una pequeña y dos medianas —les informó a Gloria Matilda y a César, mientras buscaba el teléfono de su pizzeria preferida en la lista de contactos de su móvil.

—Acuérdate de la bebida. Para mí pídeme una cerveza de la marca italiana que quieras —le dijo César que no tenía ni la más remota idea de marcas de cerveza.

—Yo también quiero una cerveza, a ser posible una Moretti —le informó Gloria Matilda, regalándole una sonrisa, la primera en dos horas.

—Vale, pediré dos Moretti y cuatro Peroni.

—¿Nos quieres emborrachar? —le preguntó divertido César mirando a Gloria Matilda que sonreía encantada.

—Por supuesto que sí, quiero aprovecharme de vosotros y montar un trío para haceros guarraditas—bromeó socarrón Óscar.

Gloria Matilda no pudo aguantarse más y rompió a reír a carcajadas, liberándose así de todo su disgusto y su enfado. Ellos, al verla tan feliz, la acompañaron con una sonora risotada, mientras a los tres se les humedecían los ojos de pura alegría. Desde la butaca en la que la habían sentado, con la pierna enyesada apoyada sobre un pequeño taburete y el perrito Bogotá acurrucado sobre su regazo, la colombiana alargó los brazos hacia ellos mirándoles con cariño. Ambos comprendieron y se arrodillaron a su vera para que ella les pudiese rodear con sus cortos y regordetes brazos mientras les comía a besos y les empapaba la mejilla con sus lágrimas.

Cuarenta minutos más tarde sonó el timbre del interfono. Era el repartidor de pizzas, un jovencito moreno con cara de pillo de unos diecisiete años. Le abrió la puerta Óscar.

—Dile que pase, quiero saludarlo y pagarle el pedido. Hoy invito yo. —le dijo Gloria Matilda.

Óscar obedeció sin rechistar. No quería enfadar a Gloria Matilda. Se apartó de la puerta y le dio paso al muchacho con un gesto.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la colombiana.

—Iván Rodrigo, señora.

—Bonito nombre. ¿De dónde eres? —quiso saber ella al notar en la voz del muchacho un acento conocido.

—De Medellín, Colombia.

—¡Vaya, pues somos paisanos! ¿Llevas mucho tiempo en España?

—Tres años nomás, señora.

—¿Te gusta Madrid?

—Mucho.

—¿Éste es tu primer trabajo?

—Sí, y también mi primer día en la empresa.

—¡Vaya casualidad! Anda, dime qué te debo.

—Cincuenta y tres euros, señora —le respondió el muchacho un poco cohibido con tanto interrogatorio.

—Toma, Iván Rodrigo, quédate con la vuelta —le dijo, dándole un billete de cincuenta euros y otro de veinte.

—Muchísimas gracias, señora —le respondió agradecido el repartidor con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja—. Es usted muy generosa.

—Acércate, quiero darte un beso —le dijo ella sintiendo una gran ternura por aquel jovencito que por su edad podría ser su hijo.

Los dos amigos observaron la escena divertidos sin inmiscuirse. Óscar repartió las pizzas y las cervezas y, sentados los tres en su respectiva butaca, cenaron en silencio lanzándose miradas de cariño. Estaban hambrientos y la cena les supo deliciosa. Gloria Matilda le dio trocitos de su pizza a Bogotá para que cenase él también. Luego platicaron distendidamente hablando de nimiedades durante una hora mientras se bebían la segunda cerveza, hasta que llegó la hora de acostarse.

—¿Te ayudamos, Gloria Matilda? —le preguntó solícito Óscar.

—Antes de acostarnos Bogotá debe hacer pis en la cajita con arena que hay en la terraza —le respondió, pasándole el perrito—. Después dale un poco de agua en su bebedero que hay en la cocina.

Óscar cumplió sus órdenes encantado. Esperó con paciencia a que Bogotá hiciera pis, luego lo llevó a la cocina y le dio de beber.

—¿Dónde está su camita? —le preguntó a continuación.

—En mi habitación.

—El bebito ya está meadito, bebidito y acostadito —le informó un par de minutos después con una sonrisa—. ¿Manda usted alguna cosa más, mi señora?

Gloria Matilda estaba encantada. Su plan iba viento en popa. Tenía a aquellos dos hombres a su entera disposición y harían lo que ella quisiera.

—Ahora me toca a mí. Ayudadme a levantarme. Necesito ir al baño.

La dejaron sentada en la taza y salieron discretamente para que pudiera orinar sin ser observada. Luego los llamó, la acompañaron a su habitación, la sentaron en la cama y volvieron a salir a la espera de que les llamase de nuevo tras ponerse el camisón, pero ella tenía otros planes y se acostó completamente desnuda en el centro de su enorme cama cubriéndose con la sábana hasta el cuello.

—Podéis entrar, ya estoy lista.

—Si nos necesitas para ir al baño, no dudes en llamarnos —le dijo Óscar asomándose sin entrar—. Por cierto, ¿en qué habitación dormimos nosotros?

—En ésta. Uno a cada lado —le contestó ella dando un golpe con la palma de ambas manos sobre la cama—.  Hay sitio de sobra para los tres. Hoy no quiero dormir sola.

Óscar se sorprendió tanto con la propuesta que no pudo responder enseguida. Tragó saliva y miró a su amigo levantando las cejas, como queriéndole preguntar "¿qué hacemos?" César también tragó saliva. La idea le provocó un verdadero ataque de pánico. Dudó entre aceptar o huir despavorido. Nunca se había acostado con una mujer y necesitó cinco largos segundos para decidirse. Al final no pudo hacerlo y le preguntó a Óscar susurrando para que Gloria Matilda no le oyese: "¿Tu que piensas hacer?"

Óscar conocía bien a la colombiana. Además de su puta particular también era su mejor amiga. Durante quince años habían compartido muchas confidencias, muchas intimidades. Creía saberlo todo de ella. Inspiró profundamente, le hizo caso a su corazón y se decidió.

—Es una mujer buena. No nos va a comer. Sólo quiere compañía. ¡Vamos! —le dijo a César.

Se desnudaron a toda prisa sin quitarse el slip y se metieron en la cama. Gloria Matilda estaba feliz flanqueada por aquellos dos hombres buenos que tanto quería. Ellos, no sabiendo qué hacer ni que decir, le dieron un beso en la respectiva mejilla, le desearon buenas noches y apagaron la luz de las dos mesitas de noche.

—Óscar, César, necesito confesaros tres cosas muy íntimas y muy importantes para mí —les dijo casi susurrando en cuanto el dormitorio quedó a oscuras.

—Tu dirás, te escuchamos —le respondió Óscar.

—La primera es que aunque parezca increíble todavía soy virgen. Tú Oscar sabes bien que nunca me he dejado penetrar.

—Tienes razón. Hacíamos de todo salvo eso.

—La segunda es que deseo con toda el alma tener un hijo antes de hacerme demasiado vieja.

—¿Y la tercera? —quiso saber Óscar tras varios minutos de tenso silencio.

—La tercera es que quiero que uno de vosotros sea el padre de mi hijo.

Los dos amigos tragaron saliva, sintieron como el corazón se aceleraba y amenazaba con salirles disparado del pecho y las tripas se les revolvían como un saco de serpientes en el vientre, mientras un sudor fino humedecía todos los poros de su piel. "Ufff, madre mía, en qué follón nos hemos metido —se dijeron a si mismos con la mente—. Un hijo, nos pide un hijo, nada menos que un hijo y quiere que sea de uno de los dos, pero ¿de cuál?"

Gloria Matilda no insistió, no siguió hablando, se limitó a alargar las manos hacia ellos, buscó su brazo y les asió la mano. Y así permanecieron un largo rato, asimilando las tres intimidades que Gloria Matilda les acababa de confesar. Cuando ella notó en sus manos que la tensión y la angustia de ellos disminuía hasta casi desvanecerse, volvió a hablar.

—Óscar, tú sabes que nunca te he pedido ningún favor.

—Lo sé, Gloria Matilda. Siempre has sido tú quien me los ha hecho a mí.

—Vosotros sois los dos únicos hombres en mi vida que me habéis tratado siempre con respeto y cariño. Si voy a tener un hijo debe ser vuestro, del que Dios elija. Soy rica y podría acudir a un banco de semen, pero no quiero tener un hijo de un padre desconocido. Por favor, os lo ruego, hacedme este favor, hacedme un hijo.

—Pero así, en frío, no es nada fácil, Gloria Matilda. Tú bien sabes lo difícil que resulta a veces que el colgajo de un hombre se endurezca.

—Lo sé, Óscar, pero de algo me tienen que servir los dieciséis años de oficio. Permitidme que lo intente al menos. Estos días son precisamente los más fértiles de mi ciclo menstrual.

—¿Tú qué opinas, César? —le preguntó Óscar con voz temblorosa.

—Yo también soy virgen como Gloria Matilda. Sólo he tenido sexo contigo y sin penetración. Deberás ser tú, que ya tienes experiencia con mujeres, quien haga los honores a Gloria Matilda liberándola de su virginidad. Después, cuando hayas terminado, lo intentaré yo, que dudo que pueda.

—Sí podrás, César. Yo te ayudaré, mejor dicho, os ayudaré a los dos.

Y dicho y hecho. En la oscuridad del dormitorio, con sus experimentadas, suaves y regordetas manos Gloria Matilda les acarició a ambos al mismo tiempo el vello del pecho, sus pequeños pezones, el vello de su vientre, el vello de su pubis y cuando llegó a su sexo se encontró con un endurecido miembro que palpitaba ansioso pidiendo guerra.

—Acariciadme los pechos y chupadme los pezones, me estoy muriendo de deseo —les susurró con voz melosa, lo cual enardeció todavía más a los dos hombres.

Gloria Matilda se había olvidado de su pierna enyesada. No se la sentía. Se retorcía de placer acariciada por las cuatro cálidas manos de aquellos dos varones, lamida, chupada, mordisqueada por sus labios, su lengua y sus dientes, hasta que ya no pudo aguantar más y exclamó: "Óscar, hazme tuya, rómpeme el hímen, quiero sentirte dentro de mí".

Escuchar el jadeo de Óscar y Gloria Matilda enardeció todavía más a César que ansiaba que su amigo terminase pronto para ocupar su lugar.

Aquella veterana prostituta de lujo que tanto placer había dado a miles de hombres, por fin sabía lo que sentía una mujer de verdad. Óscar no sólo la liberó de la virginidad sino que le hizo sentir el primer orgasmo de su vida. Sin embargo, el inmenso placer que sintió siendo poseida por César sobrepasó con creces al que había sentido con Óscar. El orgasmo de ambos corriéndose al mismo tiempo fue absolutamente apoteósico.

Los tres quedaron exhaustos tendidos sobre la cama y así se durmieron, hasta que ya de madrugada Gloria Matilda sintió que su vejiga iba a estallar repleta con el líquido de las dos cervezas de la cena y les despertó para que la ayudasen a ir al baño. Tras vaciar los tres su respectiva vejiga, volvieron a desearse y repitieron la experiencia. Esta vez fue César el primero. Cuando al cabo de veinte minutos Óscar vació también su virilidad por segunda vez, Gloria Matilda cruzó las piernas con fuerza para intentar retener el semen de los dos hombres en su vagina, convencida de que uno de los dos la haría madre.


VIGÉSIMO PRIMER CAPÍTULO


El trío de amor y sexo se repitió cada noche durante las siguientes semanas, hasta que, al no venirle la regla, Gloria Matilda supo que estaba encinta.

—Óscar, César, creo que estoy embarazada. Llevo una semana esperando la menstruación y no me viene, y yo siempre he sido muy regular. A la una, cuando volváis del trabajo, parad en una farmacia y comprad un test de embarazo.

—¡Qué alegría, Gloria Matilda! —exclamó César.

—¡Enhorabuena, Jaguarcita! Lo has conseguido —la felicitó Óscar.

—Todavía no es seguro. Al mediodía lo sabremos.

Los dos hombres se fueron a trabajar. Óscar le había comprado unas muletas a Gloria Matilda para que pudiera ir al baño sola y no tuviera que depender de ellos.

Hacia las once y media la mujer llamó a la pizzería y pidió cuatro raciones de estofado de búfalo italiano, el plato más caro, exótico y exquisito de la carta, cuatro raciones de tiramisú, tres cervezas Peroni y un agua mineral sin gas, que era para ella. No quería perjudicar al embrión que acababa de anidar en su útero con el alcohol de la cerveza.

Les rogó que por favor le llevase el pedido el jovencito colombiano, pero al informarla de que aquel día el muchacho tenía libre, algo que ella ya sabía, les amenazó con no volver a hacer ningún pedido si no era Iván Rodrigo el repartidor. Su jefe lo llamó a su casa, le explicó el problema que tenían con aquella excelente y a la vez excéntrica clienta, que cada día les hacía dos pedidos desde hacía tres semanas, y el muchacho no dudó en hacerle el favor. Se montó en su motito, recogió el pedido y se lo llevó encantado a Gloria Matilda pensando codicioso en la generosa propina que le daría, además de un beso.

—Pasa, Iván Rodrigo y perdona por haber tardado tanto en abrir. Estaba en el baño y con las muletas no puedo correr —se disculpó Gloria Matilda, dándole un beso en la mejilla.

—Tampoco ha tardado tanto, señora —le mintió—. ¿Dónde le dejo el pedido?

—Sobre la mesa del comedor, por favor. Por cierto, tengo entendido que hoy tienes libre.

—Así es, señora.

—Pues te invito a almorzar con nosotros. Hoy quiero celebrar algo muy importante para mí, y no acepto un no por respuesta. Tú me recuerdas tanto a mi añorada Colombia y a mis siete hermanos... Hace tantos años que no los veo...

—Como quiera, señora —aceptó sin hacerse de rogar Iván Rodrigo, que nunca había probado el caro estofado de búfalo ni el tiramisú —. Voy a llamar a mi madre para que no me espere para el almuerzo.

—De acuerdo, pero antes que nada, dime cuánto te debo.

—Ciento treinta y seis euros.

—Pues aquí tienes ciento cincuenta. Lo que sobra es para tí.

—Muchas gracias, señora.

—Anda, siéntate en esta butaca. Óscar y César no tardarán en llegar.

Iván Rodrigo estaba fascinado con aquella mujer. La miraba con deseo siguiéndola con la vista, desnudándola, acariciándola sin tocarla. Le gustaba sobre todo su exuberante pecho que se intuía desafiante bajo el colorido y ajustado albornoz, sus carnosos y sensuales labios hechos para besar y sus grandes y turbadores ojos castaños, además del perfume embriagador que exhalaba su cuerpo cuando se le acercaba. Ella era perfectamente consciente de ello y parecía estar encantada jugando a seducir a aquel chiquillo, provocándole una tremenda erección que abultaba bajo sus ajustados vaqueros. Se imaginaba las pajitas que se haría por las noches pensando en ella y esto la hacía sentir todavía joven, hermosa y deseable.

—Hoy tenemos un invitado —les dijo a Óscar y César tras darles un beso en la mejilla.

—¡Hombre, tu joven paisano! —exclamó Óscar dándole la mano.

—Iván Rodrigo, ¿verdad? —le preguntó César, estrechándole también la mano.

El muchacho no entendía nada. Estaba asombrado y un poco asustado con tantas muestras de afecto, no sólo de la mujer, sino también de sus "dos hombres". "¿Serán tres pervertidos, tres viciosos que quieren abusar de mí?" —se preguntaba angustiado.

La verdad es que el afecto que le mostraba Gloria Matilda era simplemente por su condición de colombiano y porque se había encariñado con él, sin ninguna otra intención, salvo la diversión sin malicia de jugar a seducirlo. Por su parte, Óscar y César le hacían caso para agradar a Gloria Matilda. Si a ella la hacía feliz invitar al muchacho, ellos nada tenían que objetar.

—Aquí tienes el test de embarazo —le dijo Óscar en la cocina—. Tanto César como yo ansiamos conocer el resultado.

—Vale, vosotros preparad la mesa, mientras yo voy al baño y salimos de dudas.

—Positivo, ¿verdad? —le preguntó Óscar al ver su cara risueña.

—Sí, está clarísimo. Mirad el color.

—¡Enhorabuena, Jaguarcita! —la felicitó Óscar dándole un beso en la mejilla.

—¡Felicidades, mamacita! —la felicitó también César dándole un beso en la otra mejilla.

—Gracias, muchas gracias a los dos por vuestra ayuda, Jamás podré devolveros el gran favor que me habéis hecho. Os estaré eternamente agradecida —les dijo echándose a llorar de pura alegría.

Ellos se habían emocionado tanto como ella. Les hacía mucha ilusión ser padres, sobre todo a Óscar.

—Esta misma tarde le pides hora a tu ginecólogo —le casi ordenó Óscar—. Tenemos que asegurarnos de que todo va bien.

—Lo haré a las cuatro en punto. Espero que hoy tenga consulta —le aseguró la flamante embarazada—. Y ahora a comer, que el estofado de búfalo se está enfriando.

—¿Estofado de búfalo? ¡Vaya delicatessen!

—Sí, César, tenemos que celebrar mi embarazo.

Iván Rodrigo había escuchado boquiabierto y asustado la conversación entre los miembros de aquel extraño trío, pero hasta que Gloria Matilda no dijo lo de celebrar el embarazo no entendió de qué iba el asunto. Entonces sonrió relajado. Su integridad física no corría ningún peligro. No eran tres viciosos amantes de los jovencitos, no se lo iban a comer vivo. Sólo celebraban que iban a ser padres. "¿Pero cuál de los dos?" —se preguntó intrigado.

Su ginecólogo estaba en un congreso en París, tardaría un mes en volver y le dieron hora para otro doctor para el miércoles de la semana siguiente a las cinco de la tarde.

El lunes se cumplían las cuatro semanas del esguince del tobillo y volvieron al hospital. El traumatólogo le hizo una placa de control, le retiró la escayola, le exploró el tobillo y comprobó que todo iba bien. Podía apoyar el pie y hacer vida normal, aunque todavía le dolería un poco durante un par de semanas.

Dos días después acudieron los tres a la cita con el ginecólogo. La enfermera les miró con extrañeza, pero no dijo nada.

—Esperen un momento, enseguida les llamaremos.

—De acuerdo  —le respondió Óscar.

Se sentaron en la sala de espera. Intentaron hojear una revista, pero estaban muy nerviosos y volvieron a ponerla sobre la mesita.

—Pueden pasar —les dijo la enfermera—. Sólo el marido, por favor —añadió al ver que se levantaban los tres.

—Vamos juntos —le dijo desafiante la colombiana mirándola muy seria.

—Un momento, por favor.

La enfermera entró en la consulta del doctor, cerró la puerta tras ella y al cabo de un minuto volvió a salir.

—El Dr. González dice que sólo puede entrar el marido o la pareja.

—Pues entramos los tres  o no entramos —le respondió Gloria Matilda visiblemente enojada.

—Un momento, por favor.

La enfermera volvió a entrar en la consulta y desde la sala de espera escucharon gritar furioso al ginecólogo: "¡Échalos. Yo no visito a tríos. Mi consulta es para gente decente!"

Gloria Matilda tenía un carácter muy fuerte y sobre todo mucha dignidad. Al escuchar la palabra decente reconoció la voz del ginecólogo, se levantó hecha una fiera y entró en la consulta del doctor empujando a la enfermera.

—¿Tú, Antonio, hablas de gente decente? ¿Quieres que le cuente a tu enfermera, es decir, a tu esposa aquí presente, lo decente que es su jefe y marido?

—¡Fuera de mi consulta, puta!

—Sí, tienes razón, soy una puta y a mucha honra, pero tu eres un viejo degenerado, un vicioso, un putero, un cínico y un hipócrita, que vas de santo y decente y le has puesto kilómetros de cuernos a tu mujer con cientos de prostitutas como yo. Y para colmo del cinismo eres miembro supernumerario de una conocida secta ultracatólica y vas a misa y a comulgar cada día del brazo de tu esposa —le espetó de un tirón—. Lo siento mucho por usted, enfermera —añadió mirándola con tristeza, mientras ella se cubría el rostro con ambas manos y se echaba a llorar.

—Ya lo sospechaba —sólo alcanzó a decir la pobre mujer entre sollozos.

—¡Vámonos! —les ordenó Gloria Matilda a sus dos hombres.

—¿Estás bien? —le preguntó Óscar cuando estuvieron en la calle.

—¡Perfectamente! No sabéis el gustazo que ha supuesto para mí quitarle la careta a este sepulcro blanqueado. Odio a los hipócritas que van de santos por la vida y en el fondo son basura.

—Tendrás que pedir hora a otro ginecólogo —le dijo César al cabo de un rato.

—Sí, y esta vez me aseguraré de que no sea uno de mis clientes. ¿Sabéis qué se me acaba de ocurrir?

—Pues no.

—Llamaré a la asociación COGAM de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales y les pediré consejo. Seguro que me sabrán decir el nombre de algún ginecólogo o ginecóloga más decente que este cerdo que ha tenido el atrevimiento de llamarme puta.

—Excelente idea, Gloria Matilda. Me encanta que tengas tanta dignidad —le aseguró Óscar rodeándola con el brazo y dándole un beso en la frente, mientras hacía lo mismo con César con el otro brazo—. Sí, somos un trío, pero no le hacemos daño a nadie y podemos ir por la calle sin avergonzarnos de nada —añadió.

En aquel momento pasaban por delante de un lujoso bar con una gran terraza y les apeteció sentarse. El sol del atardecer todavía brillaba con fuerza y la temperatura era muy agradable. Justo cuando acababan de pedir una consumición al camarero, pasó madame Elisende paseando a su perrita y Óscar la llamó.

—¡Madame Elisende! ¿Le apetece tomar un refresco con nosotros?

—¡Óscar, César! ¿Cómo están ustedes? Hacía semanas que no los veía.

—Hemos estado cuidando a esta amiga que el mes pasado se torció un tobillo y ha llevado la pierna enyesada durante cuatro semanas —la informó mientras se levantaba y le daba la mano. César también se levantó y le asió la mano, pero esta vez le dio vergüenza besársela delante de Gloria Matilda. La francesa captó el detalle y no se inmutó.

—Ah, vale, ahora entiendo su ausencia —les respondió tomando asiento.

—Gloria Matilda, te presento a madame Elisende, la dueña de mi piso y una excelente amiga y vecina.

—Encantada, Madame Elisende. Mucho gusto de conocerla. Óscar me ha hablado muchas veces de usted —le dijo levantándose y dándole un beso en cada mejilla.

—Lo mismo le digo, Gloria Matilda. Espero que le haya hablado siempre bien.

—Por supuesto. No sabe cómo la aprecia y admira.

—Yo también aprecio mucho a Óscar y también a su amigo César —les aseguró regalándoles una sonrisa.

—¿Qué va a tomar, madame Elisende?

—Una tónica con limón.

Óscar le hizo una seña al camarero para que se acercase y le pidió la tónica. 

—Yo también tengo un perrito —la informó Gloria Matilda mirando a Michelle—. Se llama Bogotá y tiene cinco meses.

—Mi perrita se llama Michelle y tiene seis años.

—Es preciosa —le aseguró la colombiana.

—Muchas gracias, Gloria Matilda —le respondió la francesa mirándola fijamente con sus azules ojos normandos y regalándole una sonrisa—. Por cierto, ¿tienen algún compromiso esta noche? —les preguntó dirigiéndose a Óscar.

—No, ninguno —le respondió su vecino.

—Me encantaría invitarles a cenar, si les apetece.

Ellos se miraron un segundo a los ojos, se leyeron el pensamiento y se pusieron de acuerdo sin palabras.

—Pues claro que nos apetece, madame Elisende. Aceptamos encantados su invitación.

—Les espero a las nueve. Y traigan a Bogotá, por favor —les dijo, sonriendo risueña a Gloria Matilda.

Era evidente que la colombiana y la francesa simpatizaban. Acababa de nacer una gran amistad entre aquellas dos mujeres tan diferentes y a la vez tan parecidas.


VIGÉSIMO SEGUNDO CAPÍTULO


Por suerte Óscar guardaba un par de botellas de un excelente vino francés, que había comprado en París quince años atrás en el viaje de luna de miel con su ex, y no tuvieron que recorrer deprisa y corriendo a última hora de la tarde las selectas tiendas de delicatessen de Madrid, buscando algo especial que llevar a la cena de madame Elisende. Pensaron también acertadamente que presentarse con un postre madrileño ofendería a su anfitriona, dada su maestría en elaborar pasteles franceses, como habían podido comprobar en varias ocasiones los dos amigos al degustar sus deliciosos y crujientes cruasanes recién sacados del horno. Así pues las dos botellas de vino francés se les antojaron perfectas para quedar bien con aquella fascinante mujer que a sus casi ochenta años seguía resplandeciente de serena lucidez, turbadora belleza y exquisita elegancia, todo ello rebozado con una inteligencia, una educación y un saber estar envidiables. Elisende hacía honor a su apelativo de madame, en el buen sentido de la palabra, pues era toda una señora en mayúsculas.

—César, ¿por qué no le has besado la mano? —le preguntó Óscar mientras se dirigían a la cena dando un paseo—. Creo que se ha ofendido, aunque lo ha disimulado muy bien.

—No sé, de pronto he pensado que a lo mejor a Gloria Matilda le parecería cursi, ridículo o recargado.

—¿A mí? ¡Qué va! —saltó la colombiana—. Me hubiera encantado comprobar la exquisita delicadeza y educación con que la tratas, y más todavía escucharte hablar en francés. Sé que lo dominas. Me lo contó Óscar. Siempre me ha parecido un idioma bellísimo, incluso tomé clases hace años en una academia y lo hablo un poquito.

—¿A sí? —se sorprendió gratamente César.

—Mais oui, je le parle un petit peu. J'espère ne pas me ridiculiser cette soir. (Pues sí, lo hablo un poquito. Espero no hacer el ridículo esta noche).

—Oh la là! Vous parlez très bien la langue d'oïl, madame Gloire Mathilde. Madame Elisende serà enchantée. (¡Vaya! Habla usted muy bien la lengua de oil, madame Gloria Matilda. Madame Elisende estará encantada).

Gloria Matilda se sonrojó como una colegiala. Miró al frente y sonrió. No se atrevió a seguir hablando en francés con César. El perrito Bogotá, que llevaba en brazos como un bebé, detectó la turbación de su dueña y le lamió la cara para consolarla, desbaratándole el maquillaje. Ella de pronto se sintió violenta pensando que estaría horrible, sacó un espejito plegable del bolso y se miró el rostro.

—Óscar, César, necesito ir urgentemente al baño de un bar. Bogotá me ha lamido el maquillaje y no estoy presentable —les dijo angustiada.

—¡Estás perfecta! —le aseguraron ellos mirándola divertidos, sin poder reprimir una sonora risotada que ofendió tanto a Gloria Matilda que estuvo a punto de echarse a llorar.

—No seáis crueles, por favor.

—Vale. Perdona, Gloria Matilda. Somos un poco bestias. Entremos en este bar. Pediremos un vermú mientras tú te arreglas.

—Gracias, Óscar. Sostened a Bogotá mientras.

Veinte minutos más tarde subían por el ascensor hasta el quinto piso donde vivía madame Elisende.

—¿Cómo me véis? Sed sinceros, por favor.

—Estás preciosa, elegante e impecable —le aseguraron los dos hombres con cara risueña.

—¡Gracias! —suspiró aliviada la colombiana, sonriendo y parpadeando con coquetería, mientras se daba un último repaso en el espejo del ascensor.

Madame Elisende tardó un largo minuto en abrirles la puerta. Ella también se había maquillado y vestido concienzudamente hasta sentirse perfecta y antes de abrir se miró por última vez en el espejo del recibidor. Mientras comprobaba todos los detalles de su rostro y colocaba en su sitio por enésima vez con la mano los mechones de su pelo teñido de rubio, el color que tenía en su juventud, se sintió segura, se sonrió a sí misma, parpadeó varias veces, suspiró aliviada y rodó la llave.

César esta vez sí le besó la mano durante dos largos segundos para compensar el "desprecio" que le había hecho en la terraza del bar. Gloria Matilda sonreía encantada observando la exquisita educación de su querido César y sobre todo la cara risueña de placer de la francesa, que cerró durante un segundo sus bellísimos ojos normandos, mientras se derretía por dentro y se sentía viva, hermosa y hasta deseada por aquel joven maravilloso, tan educado y gentil que no parecía español.

Óscar no quiso ser menos y también le besó la mano a su casera por primera vez en quince años, aunque sólo durante medio segundo, echándose a un lado enseguida para dar paso a Gloria Matilda que iba tras él. Las dos mujeres se regalaron una amplia sonrisa, se dieron un supuesto beso en cada mejilla sin tocarse para no estropear su cuidado maquillaje y se repasaron la una a la otra de arriba a abajo sin disimulo, asintiendo con un ligero movimiento de la cabeza para decirse sin palabras que estaban perfectas.

—Éste es mi Bogotá —le dijo Gloria Matilda, pasándole al perrito, que amagó con lamerle la cara a Madame Elisende cuando ella le iba a dar un beso en la frente. Por suerte la francesa ya tenía experiencia con su querida Michelle y separó un poco al animal para que no le alcanzase con su lengua.

—Es un animalito precioso. Un Boston Terrier, ¿verdad?

—Efectivamente.

—Michelle, vien ici, ma petite! —la llamó su dueña, mientras ponía a Bogotá en el suelo para que los dos animalitos se pudieran saludar, husmear y conocer a su manera.

Los dos hombres observaban la escena en silencio, comprobando risueños como congeniaban no sólo las dos mujeres sino también sus mascotas. Entonces se miraron a los ojos, se leyeron el pensamiento y ambos pensaron al unísono que la cena sería todo un éxito, y no se equivocaban.

Mientras saboreaban el delicioso Magret de Canard en Papillote que su anfitriona les había preparado, los cuatro comensales hablaron abiertamente de sus vidas, confesándose pequeños secretos, pequeñas intimidades, pero eso sí, evitando hacer cualquier mención a la antigua profesión de Gloria Matilda ni a la extraña relación que existía entre ellos.

César, el más inocente de los tres, metió la pata sin darse cuenta y le soltó a Madame Elisende que Gloria Matilda iba a ser madre. La colombiana lo fulminó con la mirada, pero supo reaccionar con elegancia para no montar un número ante la francesa y le habló de su flamante embarazo como si fuera la cosa más normal del mundo. Madame Elisende era extremadamente inteligente. Miró disimuladamente a Óscar y a César, les notó en el rostro un evidente sonrojo y una ligera crispación en sus músculos faciales y supo enseguida toda la verdad sin necesidad de que se la revelasen. Divertida y risueña sintió una gran ternura por sus tres invitados y no pudo resistirse a la tentación de hacerles la pregunta clave.

—¿Cuál de los dos es el padre?

Los dos hombres tragaron saliva y se sonrojaron todavía más, sintiendo un nudo en la garganta que les impidió responder a tan lancinante pregunta. Gloria Matilda les miró a los dos también divertida y hasta aliviada por no tener que esconder la verdad a su nueva amiga, y ella sí se atrevió a responder a la indiscreta pregunta de la francesa.

—Todavía no lo sabemos. A los cuatro meses de embarazo, cuando me hagan la amniocentesis por tener más de 35 años para la detección prenatal de enfermedades congénitas y el síndrome de Down, también nos podrán decir quién es el padre, además del sexo del feto —la informó Gloria Matilda con toda naturalidad.

—Ah, de acuerdo, ya entiendo —les sonrió a los tres mirándoles con cariño—. Espero que todo vaya bien —añadió.

Ellos asintieron con la cabeza sorprendidos de la favorable e inesperada reacción de su anfitriona que, lejos de escandalizarse por su inusual relación de trío, parecía encantada.

—No sé porqué, pero de pronto he tenido el presentimiento de que serán mellizos —les profetizó.

—¿Usted cree? —exclamó asustada la embarazada.

—Pues sí, y en estas cosas soy un poco bruja. Mellizos y varones los dos —les aseguró.

—¿Del mismo padre o uno de cada? —quiso saber el inocente César.

—Uno de cada —les completó la profecía la inesperada pitonisa.

Los tres quedaron tan impactados que no supieron cómo reaccionar y permanecieron en silencio y cabizbajos un largo rato, simulando estar concentrados en su respectiva ración de magret de pato. Aquel cubo de agua fría de información que la francesa les había echado encima les había dejado estupefactos, anonadados, paralizados. Tras cinco largos minutos, Gloria Matilda se atrevió a dudar de la profecía.

—¿Cómo puede usted estar tan segura de lo que nos ha dicho?

—Es un don que heredé de mi abuela occitana, la madre de mi padre. Durante toda su vida ejerció de comadrona y nunca se equivocó en sus predicciones, incluso le profetizó un futuro embarazo cuatro meses antes de quedarse encinta a la mujer del médico del pueblo de Colomiers, que llevaba veinte largos años buscando un hijo.

—¿Usted al igual que su abuela nunca se ha equivocado? —le preguntó un incrédulo Óscar.

—Nunca, ni siquiera en mi misma. El día que conocí a mi Rafael, mi añorado marido español, supe que quince meses después, el día de San Juan Bautista, pariría un hijo suyo y le pondría el nombre de Jean François, como así aconteció. Para que me crean les puedo revelar algo que sólo ustedes saben: la primera noche en que tuvieron relaciones Óscar fue el primero y César el segundo y dos de ustedes eran todavía vírgenes.

Los tres sintieron que iban a desmayarse, tan grande fue su impresión. Miraban con ojos alucinados y aterrorizados a madame Elisende como si realmente fuera una bruja, una hechicera, casi un ser demoníaco. Se sentían desnudos, casi vejados, violados en su intimidad por la clarividencia de la francesa. Ella había vivido numerosas reacciones similares a lo largo de su dilatada vida. Era perfectamente consciente de lo que sentían sus tres invitados en lo más recóndito e inconfesable de sus mentes.

—¿Y adivina todo de la gente? —consiguió preguntarle angustiado César tras un largo rato de tenso silencio.

—No, sólo lo concerniente a las relaciones sexuales de las parejas, los embarazos y los partos. En todo lo demás no tengo poderes.

—Ah, vale —alcanzó a decir César, aliviado de que la pitonisa no pudiera saber nada de su inconfesable pasado.

—¿Entonces sabe lo de César y yo? —le preguntó intrigado Óscar.

—¿Lo de ustedes dos? Pues ni idea. Mis poderes sólo me sirven cuando la pareja es entre hombre y mujer y relacionado con futuros embarazos, aunque ahora que usted me lo pregunta, Óscar, ya me imagino a lo que se refiere —le confesó madame Elisende—. Pero no se preocupen por eso. Yo no tengo prejuicios. Si ustedes son felices así, nada tengo que objetar. Una cosa que sí les puedo revelar es que los dos niños que van a nacer serán sus únicos hijos, ninguno de ustedes tres tendrá más retoños. Y ahora les ruego me disculpen un momento, voy a buscar el postre.

—Estoy aterrorizado, quiero marcharme. Esta mujer me da mucho miedo —les confesó César cuando creyó que ella ya no les podía oír.

—Pues a mí me ha encantado saber todo lo que nos ha revelado —le aseguró Gloria Matilda—. Así ya no tenemos que escondernos de nada ante ella.

—Yo opino lo mismo que tú, Gloria Matilda, aunque debo reconocer que estoy impactado. No sé si podré mirarla nunca más con los mismos ojos. Tenía una idea muy diferente de ella. Hace quince años que la conozco y jamás hubiera imaginado que poseía estos poderes —admitió muy serio Óscar.

—A mí me parece una buena mujer. No aprecio en ella ninguna maldad —opinó la colombiana—. Si tiene este don y lo usa para hacer el bien, me parece perfecto.

—Yo no lo tengo tan claro. Creo que a partir de ahora me va a costar mucho verla como una mujer normal —les confesó un angustiado César.

—Lo harás, con el tiempo comprenderás que en el fondo es una bellísima persona —le aseguró Gloria Matilda recordando a su abuela materna que tenía un don parecido—. Venga, tranquilizáos los dos. Si se cumplen sus profecías yo seré madre por partida doble y os daré un hijo a cada uno de vosotros. Ya podemos ir pensando en los nombres —añadió mirándoles divertida.

—Eso yo también lo sé, pero no se lo voy a revelar —les dijo risueña madame Elisende, portando una bandeja con una maravillosa tarta Charlotte de fresas y arándanos.

Aquel delicioso pastel francés les endulzó el paladar y les suavizó la sequedad de su angustiada garganta. Viendo lo a gusto que estaban las dos mujeres platicando entre ellas como viejas amigas sobre perros, embarazos y bebés, los dos hombres se fueron tranquilizando poco a poco, suspiraron profundamente varias veces para aminorar los latidos de su acelerado corazón y al cabo de media hora ya sonreían escuchando en silencio la entretenida conversación, más bien la cháchara de comadres, de las dos flamantes amigas.

Cuando al finalizar la cena madame Elisende descorchó una botella de champán para celebrar que sus tres invitados iban a ser padres, César, el más desconfiado de los dos hombres, logró reír a carcajadas contagiado por la alegría de los demás, liberándose así de toda su recelo contra la francesa.

Y al despedirse ella le miró con sus fascinantes ojos normandos llenos de bondad y le regaló una dulce sonrisa occitana, y él entonces se atrevió a besarle de nuevo la mano. Y no, no notó en sus carnosos labios ninguna energía demoníaca ni en su olfato ningún hedor a azufre.

—Merci beaucoup, César —le agradeció madame Elisende, consciente del enorme esfuerzo que le había supuesto al pobre hombre plasmarle un beso en su blanquísima y delicada mano de venerable dama francesa.


VIGÉSIMO TERCER CAPÍTULO


Al día siguiente, nada más marcharse a trabajar sus dos amores, Gloria Matilda encendió su ordenador y buscó en google: "COGAM Madrid". Al abrirse la ventana de la asociación buscó un teléfono para llamar y preguntar por un ginecólogo o ginecóloga que no tuviera prejuicios por la orientación sexual o el tipo de relación afectiva de sus pacientes. Encontró varios números, pero de pronto pensó que por teléfono no querrían darle una información tan delicada que afectaba a la privacidad de las personas.

Gloria Matilda quedó pensativa durante un largo minuto y de pronto sonrió. "Iré al local de la asociación del brazo de mis dos hombres y si noto el más mínimo rechazo en sus rostros, sus gestos o sus palabras me los comeré vivos". Desde que estaba embarazada se sentía más fuerte y valiente que nunca, incluso un poco agresiva, como si los diminutos testículos de los dos bebés que crecían en su vientre le estuvieran transfiriendo pequeñas dosis de testosterona. Era viernes y tendría que esperar a la semana siguiente, pero no le importaba. Madame Elisende ya le había dado la información que deseaba saber y estaba tranquila.

No tenía asistenta, no porque no la pudiera pagar, sino porque aborrecía tener criados. Su origen extremadamente humilde se lo impedía. Prefería llevar la casa ella misma en sus horas libres, que desde que había dejado la profesión eran muchas.

Fue a su habitación a hacer la cama. Había cambiado las sábanas el día anterior y comprobó que seguían limpias. Desde que se sabía encinta ya no mantenía relaciones con sus dos amigos. Es más, para que ellos pudieran tener intimidad y hacer lo que quisieran, les sugirió que durmieran en otra habitación. Comprendía que se querían y que como hombres que eran necesitaban descargar su virilidad de tanto en cuanto. Ella había disfrutado mucho haciendo el amor con ellos, pero le importaba muchísimo más preservar su tan deseado y buscado embarazo. Le aterraba la idea de abortar al ser penetrada.

Cuando terminó con su habitación fue a la que ocupaban Óscar y César y no pudo evitar sonreír al ver unas cuantas manchas de semen en las sábanas. "Mis dos amores, cómo los quiero" —pensó con ternura, mientras retiraba las sábanas y las sustituía por otras limpias.

Cuando acabó con las camas, dio un repaso a la casa y al terminar se sentó a descansar en su comodísima butaca colombiana adornada con un colibrí amazónico libando una flor tropical. Estaba un poco cansada. Cerró los ojos, intentó imaginarse cómo serían sus dos bebés y se durmió soñando con ellos.

Hacia las doce se despertó, cogió el teléfono móvil y llamó a su restaurante chino preferido. Acababa de tener un antojo. Su cuerpo le pedía comer ancas de rana rebozadas al estilo de Shangai y un Chop Suey de gambas con brotes de bambú. De postre pidió tres raciones de litchís en almibar y tres de platanitos con sésamo y miel. Tanto ella como Óscar y César eran muy golosos.

El sábado quiso conocer a Fernando, el camarero y dueño del bar El Regazo de la Dehesa, del que tanto y tan bien le habían hablado Óscar y César. Para reforzar el tobillo todavía un poco hinchado prefirió ir andando del brazo de sus dos hombres. Aquella mañana el cielo de Madrid estaba limpio de nubes, brillaba un sol radiante y soplaba una cálida brisa del sur que invitaba a los madrileños a salir a dar un garbeo por su bulliciosa ciudad.

Los numerosos transeúntes con los que se cruzaban les miraban y sonreían. Les hacía gracia aquella mujer morena, bajita y entradita en carnes, vestida, peinada y maquillada de una manera exquisita, del brazo de dos altos y apuestos hombres que la superaban en altura en más de un palmo. Una sesentona de voz grave, profunda y algo carrasposa por los andrógenos de la menopausia, que estaba hablando con una vecina en el portal de su casa, se fijó en el trío y sin importarle que la oyesen le dijo a su interlocutora: "¡Qué vergüenza. Lo que hay que ver. Una sudaca negra liada con dos tíos". Su vecina, más educada y menos envidiosa, no le respondió. Se limitó a asentir con la cabeza.

Cuando Gloria Matilda escuchó las palabras "sudaca y negra" paró en seco, se desembarazó del brazo de sus dos hombres, se dio la vuelta y, cuando iba a responderle a la menopáusica racista, Óscar le tapó la boca con la mano.

—¡Déjalas, están enfermas de odio y corroídas de envidia, no se merecen que les respondas. Qué más quisieran ellas que ir del brazo de dos hombres tan jóvenes y guapos como nosotros! —le dijo en voz alta a Gloria Matilda para que las dos vecinas le oyesen.

—¡Tienes razón. En el fondo no es más que envidia cochina!  —exclamó la colombiana ya más serena, tras lo cual se dio la vuelta, se agarró del brazo de sus dos hombres, les dio un sonoro beso en la mejilla a cada uno de ellos, lanzó una última mirada de desprecio a las dos viejas y siguió caminando.

Cincuenta pasos más adelante estaba el bar de Fernando. Antes de entrar Óscar miró a los ojos a Gloria Matilda.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Perfectamente, como si no hubiera pasado nada. Estas dos viejas amargadas no me van a amargar a mí la vida.

—Entremos, pues.

Aquel sábado a media mañana el bar El Regazo de la Dehesa estaba lleno a rebosar de clientes. Óscar se asomó, comprobó que todas las mesas estaban ocupadas y cuando iba a dar la vuelta para marcharse, Fernando lo vio y lo llamó.

—¡Óscar, espera! En media hora el bar se vaciará. Han venido a verme un grupo de la tercera edad de Plasencia que están de visita por Madrid.

—Vale, iremos a dar un paseo hasta la Plaza Cibeles y en una hora estaremos de vuelta.

—¿Veníais a almorzar?

—Sí.

—De acuerdo. ¿Queréis algo en especial?

—Tres raciones del delicioso jamón de tu tierra y de postre una torta del casar con miel como la que nos serviste aquel día.

—¿Tres raciones? —le preguntó Fernando creyendo haber escuchado mal.

—Sí, somos tres.

—Ah, vale, pues hasta más tarde.

Cuando volvieron el bar ya se había vaciado de placentinos. Sólo había tres viejos parroquianos apostados en la barra tomando una caña. Podían sentarse en la mesa que quisieran, pero como siempre eligieron la que habían ocupado la noche de su frustrado suicidio. Le habían cogido cariño. Fernando estaba metido en la cocina y cuando salió corrió hacia ellos a estrecharles la mano.

—Gloria Matilda, este excelente barman es Fernando  —les presentó Óscar.

—Encantada, Fernando. Es todo un placer conocerlo —le dijo risueña alargándole su regordeta mano morena con las uñas pintadas de un rojo chillón y los dedos rodeados de valiosas sortijas.

—El placer es mío, Gloria Matilda. Tiene usted un nombre muy bonito. Bienvenida a mi modesto bar —le respondió él con una amplia sonrisa.

—Gracias, Fernando —le contestó ella ligeramente turbada, mientras pensaba: "¡Es un hombre guapísimo, tiene unos ojos preciosos y una voz y una sonrisa que enamoran!"

—No tenemos prisa, Fernando. Sírvenos cuando puedas. Me imagino que hoy andarás un poco agobiado —le dijo comprensivo Óscar.

—La verdad es que sí, pero mis paisanos ya se han marchado y estoy libre para atenderos. Enseguida os preparo el jamón. ¿Os sirvo el vino de siempre?

—Sí, por favor, y una botella de agua sin gas.

"Cómo me gusta esta mujer. Es bellísima, fascinante, turbadoramente atractiva. Ojalá no esté comprometida con ellos" —pensó Fernando emocionado como un adolescente mientras se metía en la cocina.

Después de devorar el fantástico jamón extremeño y deleitarse con la exquisitez de la torta del casar con miel llegó la hora del café, y entonces Óscar le rogó a Fernando que se sentase a tomarlo con ellos.

—Gloria Matilda va a ser madre de mellizos —le soltó el inocente de César—. Y nosotros dos somos los padres —añadió para completarle la información.

—¡Enhorabuena a los tres, sobre todo a la futura mamá! —exclamó Fernando, haciendo un gran esfuerzo para que no se le notase que tragaba saliva para no ahogarse con la garra que le constreñía la garganta.

—Muchas gracias, Fernando —le agradeció la colombiana.

—Debo reconocer que ha sido una gran sorpresa para mí. Creía que erais... —consiguió decir después de tres largos y tensos segundos.

—¿Homosexuales? —le completó la frase Óscar.

—Pues sí. Espero no haberos ofendido.

—¡Qué va, tranquiilo! La verdad es que en realidad somos bisexuales. Nuestra amiga deseaba tener un hijo y nos pidió ayuda.

—Ahhh, vale, ya entiendo.

—Fernando, ¿tiene usted algún día libre? —le preguntó Gloria Matilda con al intención de romper el hielo de la conversación y de paso lograr conocer mejor a aquel hombre tan interesante y atractivo—. Me gustaría invitarle a comer o a cenar en mi casa con mis dos hombres y una dama francesa fascinante, que es la casera de Óscar.

—Pues la verdad es que desde que perdí a mi mujer no cierro nunca. En mi casa sin ella me ahogo y prefiero venir a trabajar.

—¿Y no puede cerrar aunque sólo sean unas horas?

—Claro que puedo. Con mucho gusto acepto su invitación. Ya me avisarán del día.

Cuando diez minutos más tarde se despidieron de él, Fernando se sentó en la cocina y estuvo a punto de echarse a llorar. Estaba profundamente triste, desolado, destrozado. Desde que murió su adorada esposa no había vuelto a interesarse por ninguna mujer. Gloria Matilda le había hecho sentir la misma emoción que cuando vio por primera vez a Margarita apacentando su rebaño de cabras. Entonces tuvo la absoluta certeza de que aquella muchacha era su regalo de cumpleaños, y casi lo mismo pensó y sintió cuando Gloria Matilda le miró con sus fascinantes ojos castaños y le regaló una dulce y sensual sonrisa mientras le estrechaba la mano. "Tengo la sensación de haber nacido maldito. Está claro que mi destino es la soledad. Ahora mismo desearía morirme" —pensó mientras se le contraían los músculos de la cara y dos grandes lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Al día siguiente, antes de partir hacia la imprenta, César y Óscar le preguntaron a Gloria Matilda si ya había llamado a COGAM para pedir el nombre de un ginecólogo sin prejuicios. Ella les respondió que prefería ir personalmente. No sabía si por teléfono querrían darle una información tan delicada, más que nada por miedo a los psicópatas homófobos.

—Por probar de llamar no pierdes nada —le dijo Óscar.

—Vale, dentro de un rato llamaré.

Un cuarto de hora más tarde, sentada en su butaca preferida con el pequeño Bogotá en el regazo, marcó el número de teléfono de la asociación.

—Buenos días, me llamo Gloria Matilda. Les llamaba para pedirles ayuda.

—Buenos días, Gloria Matilda. Tú dirás —le respondió una voz femenina.

—La historia es un poco larga. ¿Tiene usted tres minutos?

—Claro, y por favor, tutéame. Me llamo Cecilia.

—De acuerdo, Cecilia. Resulta que vivo con una pareja de hombres bisexuales a los que quiero con locura. Hace unos dos meses les pedí ayuda para quedarme embarazada. Me hacía mucha ilusión tener un hijo.

—Ajá.

—Ellos accedieron a mantener relaciones conmigo y a las pocas semanas ya estaba embarazada.

—¡Enhorabuena, Gloria Matilda!

—Gracias, Cecilia. Unos días después de hacerme el test de embarazo, llamé a mi ginecólogo y no estaba. Se había ido a un congreso en París. Así que me dieron hora para otro doctor. Fui con mis dos amigos y cuando íbamos a entrar en la consulta, la enfermera nos dijo que sólo podía entrar el marido o la pareja. Yo le respondí que o entrábamos los tres o no entrábamos. Ella lo consultó con el médico y desde la sala de espera escuchamos como le decía a gritos que nos echase, que él no atendía a tríos, sólo a gente decente.

—¡Qué fuerte!

—Pues sí. Por supuesto yo me puse hecha una fiera y le dije lo que tenía que decirle.

—Bien hecho. Con un buen par de ovarios, si señora.

—Así que sigo sin ir al ginecólogo, estoy de casi dos meses y ya va siendo hora de que un doctor me haga el primer control del embarazo.

—¿Y querías que te orientásemos, verdad?

—Pues sí. Necesito el nombre de un ginecólogo, hombre o mujer, que no tenga prejuicios.

—O sea, un médico o médica gay friendly, mejor dicho, lgbt friendly.

—Exacto.

—Pues yo te puedo ayudar en esto a título personal. Soy lesbiana y madre de un niño de dos años. ¿Tienes papel y boli a mano?

—Sí, dime.

—Te voy a dar el nombre, la dirección y el teléfono de mi ginecóloga. Es una chica canaria encantadora y una excelente doctora. Se llama Idaira Tacoronte Bencomo. Su enfermera es su pareja. Por favor, dile que vas de parte de Cecilia.

—Muchísimas gracias, Cecilia. Eres un encanto de mujer. Me gustaría conocerte en persona. ¿Puedo ir un día a saludarte?

—Pues claro que puedes, Gloria Matilda, cuando quieras.


VIGÉSIMO CUARTO CAPÍTULO


Media hora más tarde Gloria Matilda llamó a la consulta de la ginecóloga. La enfermera le dijo con voz apenada que la doctora no tenía ninguna hora libre hasta pasados dos meses y entonces ella recurrió al consejo que le había dado Cecilia. En cuanto la enfermera escuchó que iba de parte de su amiga de COGAM, no la hizo esperar y le encontró un hueco entre dos consultas para el día siguiente a las siete y media de la tarde.

Flanqueada por sus dos hombres la flamante futura mamá estaba exultante de felicidad. Había soñado tantas veces en aquella primera visita al ginecólogo, que de camino a la consulta creyó estar inmersa en una película romántica en la que ella era la principal protagonista. Se sentía bendecida por los dioses.

Cuando pasaban por delante de la estación de Atocha el trío se cruzó con una anciana algo encorvada, y de pronto a Gloria Matilda se le llenaron los ojos de lágrimas. Acababa de recordar a su tía-abuela Valentina, la que le aconsejó que para lograr ser libre y feliz debía ser muy astuta, muy puta, y veinticinco años después lo había conseguido.

—¿Estás llorando? —le preguntó César.

—Sí, pero de felicidad.

—Ah ...

La Dra. Idaira Tacoronte era una mujer de una belleza turbadora, alta, esbelta, de osamenta fuerte, cabello largo castaño claro casi rubio, con unos ojos de un indefinible color entre marrón, gris, azul y verde, mirada franca, sonrisa dulce y una amorosa voz maternal con fuerte acento canario que inspiraba confianza a sus pacientes. Hacía honor a su nombre de princesa guanche, y como ella había nacido y se había criado en la paradisíaca Isla de la Palma. Su padre procedía de la cercana Isla de Tenerife y su madre era palmeña de pura cepa. Su nombre y sus dos apellidos la hacían sentir muy orgullosa de descender directamente de los pocos guanches que sobrevivieron al genocidio a manos de los conquistadores españoles.

Se había criado entre cabras, campos de papas, viñedos atormentados y platanares aterrazados. Era la menor de tres hermanos y la más inteligente, tanto que la maestra de la escuela de Los Llanos de Aridane convenció a sus padres para que le diesen estudios. Con la ayuda de una beca logró terminar la carrera de medicina en la Universidad de La Laguna y fue allí donde empezó su calvario y también su liberación. Mientras cursaba la especialidad de ginecología en el Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria conoció a Raquel, su actual pareja y enfermera, y su vida antes apacible cambió de una manera drástica.

Sin decirles nada a sus padres fueron a vivir juntas a un pequeño apartamento cercano al hospital. Para no levantar habladurías entre el personal sanitario hacían como si no se conociesen, pero pronto sus amigos empezaron a sospechar. Idaira nunca quería salir de fiesta con ellos, ni siquiera a tomar un café o una copa en un bar de La Laguna. Tampoco se le conocía ningún novio. De la noche a la mañana su carácter había cambiado y se había tornado solitaria, rara, casi huraña.

También se había alejado de su familia, no porque les hubiera dejado de querer, sino por puro pánico a ser rechazada por su homosexualidad. Una mañana sus padres, cansados de llamarla sin que les cogiese el teléfono, se subieron al ferry que unía La Palma con Tenerife y se presentaron en el hospital poco antes del mediodía. Preguntaron por ella y un celador les llevó a la planta donde Idaira estaba de turno aquel día. La buscaron en todas las habitaciones, pero no la encontraban. Finalmente se les ocurrió mirar en el cuarto que hacía las veces de vestuario y salita de estar para auxiliares y enfermeras y al abrir la puerta la encontraron en brazos de Raquel besándose apasionadamente.

Sus padres quedaron petrificados sin saber cómo reaccionar, como si les hubieran echado encima un cubo de agua helada que les hubiera dejado sin habla. Al cabo de cinco largos y tensos segundos aguantándose la mirada su padre le hizo la pregunta que ella tanto temía.

—¿Es cierto lo que han visto nuestros ojos?

—Sí, papá, si, mamá, soy lesbiana y estoy enamorada de esta chica —les respondió muy seria y muy segura.

—Pues desde ahora ya no tienes padres. Has dejado de ser nuestra hija. Eres la vergüenza de la familia —le escupió a la cara su padre con lágrimas en los ojos y una mueca de asco, pena y amargura.

Ya nunca más los volvió a ver. Cuando terminó la especialidad, compró un billete sólo de ida hacia Madrid y se marchó para siempre de sus amadas islas volcánicas acompañada por su inseparable Raquel.

—Buenas tardes, doctora —la saludaron al unísono los tres al entrar en la consulta.

—Buenas tardes, Gloria Matilda. Buenas tardes, señores. Tomen asiento, por favor —les devolvió el saludo Idaira sin reparar en que sólo había una silla para el paciente y otra para el acompañante—. Vaya, lo siento. Uno de ustedes deberá permanecer de pie.

—No se preocupe, doctora. No estamos cansados —le respondió risueño Óscar—. Siéntate tú, César, si quieres.

Al final ninguno de los dos varones se sentó.

Idaira le abrió una historia clínica a Gloria Matilda y le hizo un montón de preguntas, hablándole con su dulce acento canario, mientras apuntaba las respuestas en su ordenador. Al terminar el interrogatorio le pidió que se desnudase y se echase sobre la camilla para explorarla.

—Si se siente violenta, les puedo decir que salgan —le casi susurró al oído mirándola con sus fascinantes ojos guanches, mientras ella se desabrochaba la falda.

—No se preocupe por ellos, doctora. Son mis dos amores. No tenemos secretos entre nosotros. No van a ver nada que no hayan visto antes —la informó con una sonrisa, devolviéndole la mirada con sus oscuros y dulces ojos colombianos.

—Ajá —le respondió Idaira con una mueca picarona de complicidad.

—Veo claramente dos fetos, y están en bolsas separadas. Está usted embarazada de mellizos, aunque también podrían ser gemelos idénticos. Lo sabremos al realizar la amniocentesis. ¡Enhorabuena, Gloria Matilda! —la informó y felicitó la Dra. Tacoronte, mientras le hacía la primera ecografía —. Calculo que está usted de siete semanas —añadió.

—Gracias, doctora —le respondió Gloria Matilda, lanzando una mirada risueña a sus dos hombres.

—Todavía no se ve claramente el sexo de los dos fetos. En la próxima ecografía tal vez ya se lo pueda decir.

—De acuerdo, doctora. Lo importante es que se vean sanos. El sexo es lo de menos —le respondió echando otra mirada risueña a Óscar y César, que se habían mantenido en silencio los dos juntos y de pie junto a la mesa de la doctora.
 
—Hágase estos análisis y vuelva con ellos aproximadamente dentro de un mes. La enfermera le dirá el día y la hora.

—Muchas gracias, doctora. Es usted encantadora y una gran profesional. Llamaré a Cecilia para darle las gracias por habérmela recomendado.

—Gracias, Gloria Matilda. Por cierto, le ruego que me tutee.

—Lo mismo te digo, Idaira.

—Ah, se me olvidaba, conviene que camines media hora al día como mínimo, más que nada para que no aumentes de peso y no se te formen varices en las piernas.

—Así lo haré, doctora.

Ya en la calle, tras abonar ciento veinte euros a Raquel por la consulta y la ecografía, Gloria Matilda y sus dos amores exclamaron casi al unísono: "¡Madame Elisende tenía razón!"


VIGÉSIMO QUINTO CAPÍTULO


—¿Podréis acompañarme mañana a la asociación COGAM? Quiero darle las gracias a Cecilia —les pidió Gloria Matilda mientras volvían a casa.

—¿A qué hora? —quiso saber Óscar.

—Creo que cierran a las dos de la tarde. A la una os puedo esperar en el bar de Fernando y así ganaremos tiempo.

—De acuerdo. Para ir cogeremos un taxi y volveremos dando un paseo. Ya has escuchado la recomendación de la doctora, debes caminar mucho.

Así pues, al día siguiente sobre las doce de la mañana Gloria Matilda se puso bien guapa y salió a la calle con su inseparable perrito Bogotá y se dirigió hacia el Bar El Regazo de la Dehesa. Se moría de ganas de volver a ver a Fernando.

Al extremeño se le aceleró el corazón al verla entrar. Desde que se la presentaron varios días atrás no se la podía sacar de la cabeza, incluso había soñado con ella.

—¡Buenos días, Gloria Matilda! —exclamó emocionado—. No sabe cómo me alegro de volverla a ver.

—¡Buenos días, Fernando! Lo mismo le digo —le aseguró ella con una amplia sonrisa mirándole fijamente a los ojos.

—Por favor, tome asiento en la mesa que más le guste —le dijo visiblemente nervioso intentado ser lo más amable posible con ella.

La colombiana escogió la mesa preferida de sus dos amores y antes de que Fernando le preguntase qué quería tomar, ella se le adelantó en la iniciativa.

—Fernando, necesito hablar con usted a solas. Siéntese por favor. A la una vendrán Óscar y César a buscarme para dar un paseo y hasta entonces me gustaría aclarar algunas cosas con usted —le dijo de un tirón poniéndose seria.

—De acuerdo. Usted dirá.

—En primer lugar me gustaría que me tuteases.

—Como quieras, Gloria Matilda.

—En segundo lugar quiero que sepas que no me une ningún compromiso con Óscar y César, salvo que llevo sus hijos creciendo en mi vientre.

—No acabo de entender muy bien porqué me lo dices.

—Porque me gustas, muchísimo y sé que a ti no te soy indiferente.

Fernando se sonrojó como un colegial. Estaba tan azorado que no se atrevía a abrir la boca. Su corazón amagaba con estallarle dentro del pecho tan grande era su turbación. Tras cinco largos segundos de silencio mirándola a los ojos dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Gloria Matilda también se emocionó. Con aquellas lágrimas Fernando le estaba diciendo que tenía razón, que ella también le gustaba, que se había enamorado perdidamente de ella nada más conocerla.

—Ven, siéntate a mi lado —le dijo casi susurrando la colombiana con una voz tan dulce que parecía una caricia.

Fernando obedeció. Le temblaba todo el cuerpo y un sudor fino humedecía su frente. Se sentía como una presa hipnotizada por un depredador, pero no le importaba, es más, estaba encantado con dejarse cazar por aquella mujer maravillosa venida de allende los mares. Gloria Matilda le acarició la mejilla con tanta ternura que Fernando creyó desmayarse. Desde la muerte de Margarita ninguna mujer le había tocado. Cerró los ojos, tragó saliva y volvieron a brotarle las lágrimas.

—No llores, Fernando, mi vida.

Él no fue capaz de abrir la boca, se limitó a besar la mano que le acariciaba. 

—Yo también te gusto, ¿verdad? —le preguntó susurrando la colombiana.

—Muchísimo —alcanzó a responderle el extremeño con la voz quebrada por la emoción.

—¡Qué pena de no haberte conocido hace tres meses! Ahora llevaría a tu hijo en mis entrañas.

—A mí no me importa que estés embarazada, incluso me alegro por ello. Debo confesarte que soy estéril por unas paperas que tuve de niño. Me lo dijo el ginecólogo de mi difunta esposa. Fue culpa mía que no tuviéramos hijos —le confesó Fernando ya más sereno.

—Anda, sírveme un agua mineral sin gas. No tardarán en llegar Óscar y César.

—¿A ellos no les va a importar?

—No te preocupes. Yo me encargaré de explicarles lo nuestro. Estoy segura de que van a estar encantados. No sabes cómo te aprecian.

Fernando se levantó y fue a buscar el agua mineral y un vaso. Cuando se la servía le temblaban tanto las manos que derramó parte del agua sobre la mesa.

—Lo siento, Gloria Matilda. Ha sido todo tan repentino...

—Tranquilo, serénate y siéntate de nuevo a mi lado —le dijo ella asiéndole una mano—. Por cierto, esta noche a las nueve te espero en mi casa. Voy a organizar la cena de la que te hablé hace unos días. No se te ocurra faltar.

—Allí estaré.

—¿Puedo darte un beso?

—Claro.

Gloria Matilda acercó su rostro al de Fernando y le dio un dulce beso en la mejilla. No se atrevió a dárselo en los labios para no trastornarlo todavía más. Él la abrazó con ternura y justo en aquel momento entraron en el bar Óscar y César. Los dos recién enamorados tenían los ojos cerrados y estaban tan absortos en sus sentimientos saboreando su primer abrazo que no se dieron cuenta de su presencia hasta pasado un largo minuto. Gloria Matilda fue la primera en abrir los ojos y sin dejar de abrazar a Fernando les sonrió.

—Nos queremos —les informó escuetamente.

Fernando abrió entonces los ojos, se sintió violento al percatarse de la mirada perpleja de sus dos amigos y no pudo evitar sonrojarse. Enseguida hizo ademán de separarse de Gloria Matilda, pero ella lo retuvo.

—¿Verdad que lo comprendéis? —les preguntó a los padres de sus hijos.

—No sólo lo comprendemos sino que estamos encantados. Fernando será un padre maravilloso para nuestros hijos. ¿Verdad, César?

—Sin ninguna duda, Óscar.

Un minuto después la colombiana salía del bar del brazo de los que ella llamaba sus dos amores, no sin antes darle otro beso en la mejilla a Fernando y recordarle que le esperaba para la cena. No le hicieron ninguna pregunta. Gloria Matilda no tenía ningún compromiso con ellos. Era libre de amar a quien quisiera.

—Óscar, ¿te encargas tú de invitar a madame Elisende?

—Ahora mismo la llamo.

La francesa aceptó encantada la invitación. Era muy extrovertida y sociable. Adoraba estar con la gente. Como ni ella ni Fernando sabían dónde vivía la colombiana, Óscar se comprometió a recogerlos a ambos con su coche.

—¡Taxi! —exclamó César levantando la mano.

—Llévenos al local de la asociación COGAM, calle de la Puebla, 9, por favor —le dijo Gloria Matilda al taxista, un treintañero moreno y bajito con entradas y una cuidada barbita que sonrió al escuchar el nombre de la asociación y miró divertido al trío por el retrovisor interior del vehículo.

—Yo también soy socio —les informó al percatarse de la mueca de enfado de la colombiana, que había creído que se estaba riendo de ellos.

—Nosotros no lo somos, pero no tardaremos en serlo —le aseguró Óscar.

—Cuantos más seamos, mejor nos podremos defender. Yo mismo soy trans y sin la ayuda y el apoyo de los activistas de COGAM ahora no estaría aquí conduciendo este taxi. Me hubiera suicidado. Ellos son toda mi familia, porque mis padres y mis hermanos me repudiaron y me echaron de casa. Nací mujer, pero siempre me sentí un hombre. Ahora soy feliz —les confesó de un tirón.

—Pues nos alegramos muchísimo por usted. Nosotros somos un trío bisexual —le informó César con una gran sonrisa.

—¡Bienvenida sea la libertad y la diversidad! —exclamó el taxista.

Unos minutos más tarde descendían del vehículo. Gloria Matilda quiso pagarle la carrera y le dio una buena propina.

—¿Cómo se llama, joven? —le preguntó.

—Antonio.

—Yo me llamo Gloria Matilda. ¿Puedo darle un beso y un abrazo?

—Por supuesto —le respondió el joven saliendo del taxi.

Faltaban sólo doce minutos para que la asociación cerrase sus puertas.

—Buenas tardes. Llamé hace unos días y hablé con Cecilia. Veníamos a darle las gracias por su ayuda —le dijo a un muchacho sentado tras una mesa que estaba tecleando en un ordenador respondiendo a un email y parecía ser el recepcionista.

Justo en aquel preciso momento una mujer bellísima apareció en la recepción de camino hacia la salida.

—Soy yo —les dijo.

—Hola Cecilia. No sé si te acordarás de mí. Soy Gloria Matilda. Vivo con estos dos hombres que son mis amores. Te llamé hace una semana para pedirte el nombre de un ginecólogo sin prejuicios.

—Pues claro que me acuerdo, Gloria Matilda.

—La Dra. Idaira Tacoronte no podía darme hora hasta pasados dos meses, pero al decirle a su enfermera que iba de parte de Cecilia, me encontró un hueco entre dos visitas para el día siguiente.

—Me alegro por ti.

—Es una mujer encantadora y una excelente doctora. Te agradezco mucho que me la recomendases. Hemos venido a darte las gracias.

—Para mí fue un placer echarte una mano.

—¿Puedo darte un beso?

—Claro que sí. Ya estás tardando.


VIGÉSIMO SEXTO CAPÍTULO


En cuanto llegaron a casa, Gloria Matilda llamó a Luz Marina, su mejor amiga colombiana, chef de cocina de uno de los más prestigiosos restaurantes de comida sudamericana de Madrid. Sabía que los miércoles el negocio cerraba por descanso del personal y que por tanto la cocinera tenía libre aquel día.

—Buenas tardes, Luz Marina. Soy Gloria Matilda.

—¡Gloria Matilda! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¿Cómo estás?

—Muy bien, gracias a Dios. Oye, necesito que me hagas un favor muy grande. Te pagaré lo que me pidas.

—Dime. Ya sabes que a ti no puedo negarte nada.

—Esta noche he invitado a unos amigos a cenar en mi casa. Como bien sabes yo no tengo ni idea de cocina. Seremos seis contigo, quiero que cenes con nosotros. ¿Podrías encargarte de prepararnos una deliciosa cena colombiana? Me interesa mucho quedar bien con mis amigos.

—¿Quieres que elabore algún plato en especial?

—No, no, lo dejo a tu elección. Tú eres la profesional. Compra lo que necesites y yo te lo abonaré todo junto con tu trabajo. He quedado con ellos a las nueve.

—De acuerdo. A las cinco estaré en tu casa.

—Muchas gracias, Luz Marina.

Un par de horas más tarde llegó la cocinera con dos grandes bolsas llenas a rebosar con los ingredientes de la cena. Gloria Matilda le echó una mano en lo que supo y pudo, y a las nueve menos cuarto ya lo tenían todo listo: una deliciosa sopa Ajiaco de primer plato, un sorprendente Mote de Queso de segundo y una contundente Posta Negra Cartagenera de tercero, y de postre un fantástico Merengón con Plátano Calado.

A las nueve menos siete minutos llegaron los cuatro invitados. Madame Elisende ya no podía ser más feliz con aquella inesperada invitación nada menos que a una cena de comida colombiana. Aborrecía tanto la soledad que aceptaba siempre cualquier invitación para escapar de su aburrida y monótona vida de viuda. Para quedar bien llevó un par de botellas de auténtico champán francés.

A Fernando le parecía todo un sueño. En menos de nueve horas su vida había cambiado radicalmente. Volvía a tener ilusión y esperanza y se sentía el hombre más afortunado del mundo. Sus ojos húmedos por la emoción hablaban por si solos. Gloria Matilda le recibió con un beso en los labios y una caricia tan tierna en la nuca, que hizo estremecer al extremeño hasta el tuétano de sus huesos de viudo solitario. Aportó a la cena un par de botellas del mejor vino tinto de la Ribera del Guadiana.

Óscar y César no temieron mostrar abiertamente su amor ante los demás invitados y no se dieron por enterados cuando Luz Marina hizo una mueca de desagrado al verlos entrar en la cocina cogidos de la mano. Para no violentar a Fernando, Gloria Matilda se abstuvo de darles un beso en la boca, como solía hacer con sus dos amores, y lo sustituyó por un par de castos besos en las mejillas. Ellos fueron perfectamente conscientes del cambio y le sonrieron con complicidad. Aportaron a la cena un par de botellas de excelente vino albariño.

A todos sin excepción les encantó la comida colombiana. Estaban tan felices que la misma felicidad hizo que los tres platos y el postre se les antojasen deliciosos, y no paraban de darles la enhorabuena a la cocinera Luz Marina y a la anfitriona Gloria Matilda.

A las once y media se levantaron todos de la mesa no para irse, sino para mover los huesos de su esqueleto al son de la alegre música colombiana de un dvd que Gloria Matilda metió en su reproductor audiovisual. César sacó a bailar a madame Elisende pidiéndoselo en francés con una reverencia, y ella aceptó la proposición encantada. A pesar de su edad la octogenaria parisina se movía como una jovencita y se sentía una jovencita. Su rostro irradiaba tanta felicidad que animó a los demás a acompañarles en el baile.

Fernando sacó a bailar a Gloria Matilda. Ambos estaban tan emocionados por su recién estrenado noviazgo que a pesar de que la música era rápida, se agarraron muy pegaditos como si fuera lenta y se contonearon a su ritmo como un solo cuerpo, saboreando con delectación aquel contacto tan íntimo de sus cuerpos y sus almas.

Óscar no se atrevía a sacar a bailar a Luz Marina y tuvo que ser ella, superando su homofobia, quien se lo propusiese a él. La exitosa chef de cocina había comprobado durante la larga y animada cena lo bellísimas personas que eran tanto Óscar como César y había dejado de sentir aprensión contra ellos.

Sólo bailaron durante media hora. A las doce en punto Gloria Matilda apagó el reproductor. No quería molestar a sus vecinos. Ésta era una norma que se habían autoimpuesto los habitantes del edificio y todos la cumplían a rajatabla.

La cocinera y la anfitriona estaban francamente cansadas, por no decir agotadas. Habían trabajado duro durante toda la tarde sin sentarse ni un minuto para que la cena estuviera deliciosa. Madame Elisende, en cambio, estaba tan feliz bailando con César que no sintió la fatiga hasta que dejó de bailar. Entonces deseó volver a su casa para descansar y se lo dijo al oído a Óscar.

—Voy a acompañar a Madame Elisende a su casa —les dijo a los demás invitados—. ¿Te llevo a ti también Fernando?

—No, Fernando se queda aquí a dormir conmigo —le respondió contundente Gloria Matilda antes de que el extremeño tuviera tiempo de abrir la boca. Fernando se sonrojó y la miró a los ojos con cariño. Estaba flotando sobre una nube de felicidad.

Luz Marina, Gloria Matilda, César y Fernando retiraron la mesa y metieron los cubiertos, las fuentes y las cazuelas en el lavavajillas. Luego se sentaron a platicar un rato esperando a que Óscar volviera.

Gloria Matilda pagó generosamente a Luz Marina, agradecida por haberle hecho un favor tan grande a sabiendas de que con ello le había fastidiado su día libre. La chef la quería mucho y le debía mucho y le había preparado la cena encantada. Gloria Matilda la había ayudado económicamente numerosas veces en sus difíciles primeros años en la ciudad recién emigrada desde Colombia. Llegó incluso a pagarle el alquiler de un piso durante nueve meses, hasta que le consiguió el trabajo de cocinera en el restaurante colombiano a través de uno de sus clientes y al cabo de un año, tras ascender a chef, ella le devolvió todo el dinero prestado hasta el último céntimo.

Luz Marina había venido con su propio coche y con él se marchó a su casa con un buen fajo de billetes en su bolso. Óscar la acompañó hasta el aparcamiento. Eran casi las dos de la madrugada y no era prudente que una mujer sola caminase a aquellas horas intempestivas por las peligrosas calles de Madrid.

Cuando al día siguiente, tras dormir desnudos y abrazados durante toda la noche, Gloria Matilda le dio los buenos días a Fernando con un dulce beso en los labios, el extremeño rompió a llorar como un niño de pura felicidad. Ya no volvería a su casa. Se quedaría a vivir para siempre con su mamacita. Ella era el segundo regalo que le había hecho la vida. Mientras se vestía le vino a la mente su primer regalo, su cabrerita placentina: "Gracias Margarita por mandarme a Gloria Matilda".

En otra habitación también Óscar y César se acababan de dar los buenos días con un beso. Media hora más tarde las dos parejas bajaban por el ascensor. Fernando iba a abrir el bar y les invitó a desayunar. Luego cerró un momento aprovechando que no había ningún cliente y acompañó a Gloria Matilda de vuelta a su casa que no quedaba lejos, mientras Óscar y César se dirigían a la imprenta para empezar la jornada de trabajo.

—César, esta misma noche tú y yo nos mudaremos a mi piso. Gloria Matilda y Fernando tienen derecho a disfrutar de su intimidad sin que nosotros interfiramos en sus vidas.

—Estoy de acuerdo, Óscar. Nosotros también nos sentiremos más a gusto.

Por supuesto tanto Gloria Matilda como Fernando se ofendieron mucho cuando se lo dijeron. De ninguna manera querían que se fueran. El piso de la colombiana era muy espacioso, casi un pequeño palacio de más de doscientos metros cuadrados y contaba con cuatro dormitorios, dos de ellos con baño propio. No comprendían el porqué tenían que marcharse. Al final Óscar les convenció y aceptaron que se mudasen a su piso a regañadientes.


VIGÉSIMO SÉPTIMO CAPÍTULO


Al cabo de unos meses, un lunes a media mañana Óscar le dijo a Paquita que salía un momento a tomar un café. Aquel día, de madrugada, tras despertar abrazados, estando todavía en la cama, César de pronto había sentido la pulsión de revelarle el contenido de sus tres libretas. Durante los cinco meses que había malvivido en la calle como un pordiosero había plasmado en sus páginas sus sentimientos y sus reflexiones tras la muerte de su adorada madre. Pero no había acabado en la calle por la pena de su pérdida, que sin duda había sido inmensa, sino más bien por el inconfesable secreto que le había revelado en su testamento.

Un mes después de enterrarla recibió una carta certificada de un notario en la que le citaba para leerle el testamento de su difunta madre. Su progenitora le nombraba heredero universal de todos sus bienes que se resumían en unos pocos ahorros en un banco y unas cuantas joyas, pero al final ordenaba al notario que le diese a su hijo una carta cerrada con lacre, que el funcionario había guardado celosamente durante más de diez años, para que la abriese en su presencia y la leyese. César estaba tan trastornado que no fue capaz ni siquiera de romper el lacre. Le temblaba todo el cuerpo, especialmente las manos y la angustia le ahogaba. El notario se apiadó de él y la abrió y se la leyó él mismo.

La dolorosa verdad que su madre le revelaba en la misiva enloqueció a César, y el pobre muchacho salió corriendo del despacho del funcionario llorando ruidosamente, dejándole con la carta en la mano y sin darle tiempo de entregarle la orden notarial para que el banco le hiciera entrega de los ahorros y las joyas de la difunta.

César ya no volvió a su casa. No podía. Prefirió vagar por las calles de Madrid durante cinco espantosos meses, hasta que su inconmensurable tristeza y su profunda desilusión de la vida y de la gente se hicieron tan dolorosas e insoportables que decidió quitarse la vida.

A Óscar le habían saltado las lágrimas al conocer la verdad de César y en un impulso de empatía y cariño lo abrazó muy fuerte, dejando que se desahogase llorando cuanto quisiera. Cuando ambos se serenaron, Óscar le animó a volver al notario para tomar posesión del dinero y las joyas que con tanto amor y tantos sacrificios había atesorado su madre para dárselos a su muerte a su único hijo.

Aquella mañana, pues, mientras César repartía los pedidos de las editoriales con la furgoneta de la imprenta por las calles de la gran ciudad, Óscar salió supuestamente a tomar un café, pero no era precisamente éste el motivo de su salida. La triste historia que le había revelado su amado César le había hecho reflexionar y de pronto supo lo que debía hacer.

Con paso decidido se dirigió hacia la notaría de su barrio, la misma a la que su hermano y él habían acudido dos años atrás para la lectura del testamento de su difunta madre, y preguntó al empleado que le recibió si sería posible otorgar testamento ante el notario aquella misma mañana. Normalmente se debía pedir cita previa, pero aquel día había poco trabajo y, tras consultarlo con su jefe, el empleado le dijo que podía pasar al despacho del notario.

—Buenos días, Don Alfredo. Siento importunarle, pero me urge hacer testamento.

—Buenos días, Don Óscar. Siéntese, por favor. Voy a llamar a dos de mis empleados para que hagan de testigos.

—Muchas gracias.

Tres minutos después Don Alfredo plasmó en un borrador palabra por palabra las últimas voluntades de Óscar:

"Me llamo Óscar Castelo Martínez. Nací en Madrid el día tres de marzo del año mil novecientos setenta. Soy hijo legítimo y el primogénito de los que fueron mis padres, Don Roberto Castelo Pavía y Doña Esperanza Martínez Gordillo. Estoy divorciado y no tengo hijos. Mi única familia carnal es mi hermano Gabriel, pero me robó a mi mujer hace seis meses y en caso de morir yo antes que él le niego el derecho a reclamar mis bienes ante la justicia.

Así pues, encontrándome en plenas facultades mentales y en completa libertad nombro herederos universales de todos mis bienes a partes iguales a Don César Paredes Cuesta, de nacionalidad española, mayor de edad y natural y vecino de Madrid, empleado de mi empresa Oscarprint y a Doña Gloria Matilda Garmendia Bermúdez, de nacionalidad española, mayor de edad, vecina de Madrid y natural de Colombia, en la actualidad embarazada de mis dos hijos mellizos.

A día de hoy mis bienes consisten en mi empresa Oscarprint, de la que soy único propietario, tanto del local como del negocio, unas tierras en Orense, de donde era originario mi difunto padre, de setenta y ocho hectáreas de extensión, dedicadas al cultivo de vides y castaños, un coche Audi Q3 y unos ahorros bancarios, además de las joyas que me dejó mi madre. Si en un futuro adquiero más bienes, se los van a repartir también a partes iguales mis dos herederos.

Por último deseo que se les haga saber, en caso de que muera antes que ellos, que son las dos personas que más he querido en mi vida".

—Muy bien, Don Óscar, si no desea añadir nada más, este borrador testamentario será transcrito por mí palabra por palabra a un documento oficial. Pase por favor dentro de tres días para firmarlo. Una vez realizados todos los trámites legales, su testamento será enviado al registro nacional de últimas voluntades. Yo guardaré una copia y le entregaré otra a usted.

—Muchas gracias por recibirme, Don Alfredo. Hasta dentro de tres días, pues.

Cuando Óscar salió a la calle, tras abonar los honorarios del notario, suspiró aliviado. El cabrón de su hermano no heredaría nada de él.

Prefería no decírselo ni a César ni a Gloria Matilda. A quién si tenía pensado informar era a su amigo Fernando. Su bar El Regazo de la Dehesa le venía de paso y entró para tomar un café.

—Buenos días, Óscar.

—Buenos días, Fernando. ¿Me pones un café?

—Ahora mismo.

—Gracias.

—Óscar, te veo un poco extraño. ¿Te encuentras bien? —le dijo el extremeño mirándole a los ojos.

—Fernando, voy a revelarte un secreto muy íntimo. Debes prometerme que jamás se lo dirás a nadie. Es muy importante para mí que me guardes el secreto.

—Te doy mi palabra, Óscar.

—Vengo del notario de hacer testamento.

—¿Testamento? ¿Tan joven?

—Sí, me aterra la idea de morir y que el hijoputa de mi hermano reclame mi herencia. Él es mi única familia y por nada del mundo quiero que tenga nada mío. Me robó a mi esposa y jamás se lo perdonaré.

—Si es así, me parece muy lógica tu decisión.

—Confiando en tu absoluta discreción, quiero que sepas que los herederos universales de todos mis bienes actuales y futuros son César y Gloria Matilda, que deberán repartise a partes iguales. Ellos son las dos personas que más quiero en este mundo.

—Me parece perfecto, Óscar.

—Guárdame el secreto, por favor.

—No temas. Seré una tumba.

—En el caso de que muera, por favor diles que reclamen mi herencia ante el registro de últimas voluntades.

—Así lo haré, Óscar.

—Muchas gracias, Fernando. Necesitaba decírselo a alguien de absoluta confianza.

—Óscar, me estás asustando. ¿Seguro que te encuentras bien?

—Perfectamente, lo he hecho por pura prudencia.

—De acuerdo, pero creo que me voy a tomar una tila. ¡Menudo susto me has dado! —le respondió el bueno de Fernando mirándole con cariño—. Por cierto, se me olvidaba. Gloria Matilda quiere celebrar los seis meses de su embarazo. Os espera esta noche para cenar.

—Allí estaremos.


VIGÉSIMO OCTAVO CAPÍTULO


Gloria Matilda estaba enorme, casi no podía caminar. En su última ecografía la Dra. Idaira Tacoronte había calculado que los mellizos ya pesaban más de un kilo cada uno, y faltaban todavía tres largos meses para su alumbramiento. Con la amniocentesis a los cuatro meses de embarazo ya les había podido confirmar el sexo varón de ambos fetos, así como que eran de dos padres diferentes, exactamente la misma información que les había dado Madame Elisende a las cuatro semanas de gestación.

Cada tarde, después de cerrar la imprenta, Óscar y César recogían a Gloria Matilda en su casa y se la llevaban a dar un largo paseo, tal como se lo había aconsejado la ginecóloga. Nunca hacían el mismo recorrido para que no llegase a ser aburrido. Lo que si siempre procuraban era terminar el paseo en el bar de Fernando. Los tres se sentaban en la misma mesa de siempre, el extremeño les servía una consumición y hacia las nueve Óscar y César se marchaban, y Gloria Matilda se quedaba un rato más, hasta que sobre las diez de la noche Fernando cerraba el bar y la pareja se dirigía a pasar la  noche al piso de ella.

Aquel paseo diario se había convertido en un ritual, una costumbre, una necesidad. A pesar de estar felizmente emparejada con Fernando, a Gloria Matilda la hacía inmensamente feliz pasear del brazo de sus dos amores. Les seguía queriendo con locura, y ellos a ella.

Unas semanas después, una tarde de principios de verano, ya de vuelta del paseo, alguien les saludó mientras corría hacia ellos.

—¡César, Óscar! ¿Cómo estáis, amigos?

—¡Ernesto! ¡Qué alegría! ¿Todo bien por tu parroquia? —le saludaron ambos mientras se fundían con él en un cálido abrazo.

—Perfectamente, ya no puede ir mejor. Vosotros me ayudasteis a hacer las paces con Dios y ahora soy inmensamente feliz.

La colombiana les miraba estupefacta, alucinando con la gran amistad de sus dos amores con aquel viejo sacerdote desconocido para ella. Óscar se dio cuenta de su asombro y perplejidad y se dispuso a darle una explicación.

—Gloria Matilda, te presento a Don Ernesto, el párroco de la Iglesia de San Andrés Apóstol. Lo conocimos en el avión rumbo a Canarias, en el viaje que hicimos César y yo al poco tiempo de enamorarnos.

—Encantada de conocerlo, Padre.

—Lo mismo le digo, Gloria Matilda —le respondió Ernesto mirando su abultado vientre—. Veo que está usted en estado de buena esperanza —añadió con una sonrisa.

—Así es, Padre. En mi vientre llevo a los dos hijos de estos dos hombres. Me hacía mucha ilusión tener un hijo y ellos me ayudaron a convertir en realidad mi sueño.

—¡Pues enhorabuena a los tres! —les felicitó sinceramente el sacerdote sin demostrar ninguna sorpresa ni ningún rechazo—. ¿Dos hijos, dice?

—Así es, Padre. Mantuve relaciones con los dos y llevo un hijo de cada uno de ellos.

—Los designios de Dios son inescrutables. Nada ocurre sin que Él lo decida. Y si así lo ha querido El Todopoderoso, bienvenidos sean estos dos niños.

—Gracias por su comprensión, Padre. Es usted sorprendente como sacerdote y encantador como persona. Me alegro mucho de haberlo conocido.

—Lo mismo le digo, Gloria Matilda.

—Si decidimos bautizar a los niños, ¿usted estaría dispuesto a hacerlo?

—Por supuesto. Ningún problema. Óscar y César saben que yo no tengo prejuicios ni creo en ciertas absurdidades represivas y maliciosas de la jerarquía eclesiástica. Para mí todos los niños del Mundo son hijos de Dios y tienen todo el derecho a recibir el bautismo, sean cuales sean las creencias y el estado civil de sus padres, pero por prudencia debo guardar las apariencias para evitar que mis superiores me amonesten o incluso me impidan ejercer el sacerdocio. Para mí sería como si me matasen. Dios es el gran amor de mi vida y servirle cuidando de su rebaño es mi máxima ambición.

—Es usted una persona maravillosa, Padre. ¿Le puedo dar un beso?

—Por supuesto, Gloria Matilda.

Transcurrieron otras tres semanas. Gloria Matilda había superado ya los siete meses de embarazo. Como madre abnegada soportaba con resignación las molestias que le ocasionaba el enorme peso de su vientre, sobre todo un persistente dolor lumbar y la pesadez de sus piernas que se le habían llenado de gruesas varices. Caminaba poco a poco y sus dos amores hacían un gran esfuerzo para ir a su paso.

Aquella tarde decidieron visitar al Padre Ernesto en su parroquia de San Andrés Apóstol. Cuando llegaron acababa de empezar la misa vespertina y se sentaron en el primer banco para que el sacerdote les viera. Ernesto les sonrió discretamente y ellos le devolvieron la sonrisa.

La corta homilía del oficiante les emocionó:

"Y dijo Jesús a sus discípulos: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

¿Y qué significa tener limpio el corazón, hermanos? Pues algo tan sencillo y a la vez tan difícil y complicado como carecer de maldad, ya que ella y nada más que ella es la causante de todos los males que aquejan a la humanidad. Esta palabra tan fea engloba a todos sus sinónimos: intolerancia, codicia, falta de empatía hacia los que sufren, egoísmo extremo, envidia, odio irracional, racismo, machismo, homofobia, misoginia, violencia gratuita, explotación laboral para lucrarse a costa del esfuerzo de los demás, mentiras perversas de los que ostentan el poder para manipular la opinión pública, represión injustificada, guerras injustificadas, malos tratos en el seno de las familias, de las escuelas, de las empresas y tantos etcéteras como queráis añadirle.

Así pues, hermanos, si queremos entrar en el Reino de los Cielos y ver a Dios como los limpios de corazón, debemos esforzarnos cada día para evitar la maldad con todos sus sinónimos, no sólo la propia sino también la de la sociedad en su conjunto, y eso lo conseguiremos dando ejemplo con nuestra propia vida, regalando sonrisas, compartiendo lo que podamos con los desheredados de la Tierra, tolerando y respetando los sentimientos de los demás, evitando juzgarles, evitando mentirles, evitando discriminarles por su color de piel o la orientación sexual que Dios les dio, perdonando a los que nos ofenden para que al hacerlo ellos también aprendan a perdonar, a ser más humanos, más limpios de corazón como lo fue Jesús de Nazaret, el ejemplo más grande de ausencia de Maldad".

A Gloria Matilda se le habían llenado los ojos de lágrimas. ¿Había perdonado ella los abusos de su padre? No, no lo había hecho, seguía odiándolo con todas sus fuerzas, y debía perdonarlo si quería tener el corazón limpio como Jesús, si quería entrar en el Reino de los Cielos y ver a Dios. De pronto las piernas le flaquearon y tuvo que sentarse. Se cubrió el rostro con ambas manos y lloró amargamente, en silencio, sacando de su corazón todo el odio que sentía hacia su progenitor, es decir, perdonándolo. Sus dos amores estaban angustiados, no comprendían nada, querían ayudarla, pero ella no respondía a sus preguntas. 

—Por favor, Gloria Matilda, dinos porqué lloras —le suplicaban susurrando los dos hombres.

—Lloro porque estoy perdonando a mi padre —alcanzó a responderles al cabo de un largo minuto.

De pronto Gloria Matilda suspiró, tragó saliva, dejó de llorar y les regaló una amplia sonrisa. Había perdonado a su progenitor y sentía una gran paz en su corazón.

Ninguno de los tres se atrevió a comulgar. En teoría no estaban en gracia de Dios, aunque con toda seguridad el Padre Ernesto les hubiera dado la comunión sin dudarlo ni un segundo. Sabía que eran buenos y que no le hacían daño a nadie, exactamente lo que Dios esperaba de sus hijos.

Al finalizar la misa los tres entraron en la sacristía para saludar al sacerdote. Él les recibió con los brazos abiertos y les invitó a un chupito de vino de misa sin consagrar.

—Don Ernesto, quiero darle las gracias por su homilía —le dijo Gloria Matilda—. Mi padre abusó de mí durante años siendo yo una niña y le he estado odiando con todas mis fuerzas desde entonces. Su sencillo y a la vez profundo sermón me ha abierto los ojos, me ha recordado que no es bueno odiar tanto, que debo perdonar a mi padre para poder vivir sin este doloroso lastre en mi corazón. Le aseguro que me ha costado mucho liberarme de tanto odio. Lo llevaba profundamente incrustado en el alma, pero al final lo he conseguido y ahora siento una gran paz en mi interior. Muchas gracias, Padre. Es usted un santo.

—No sabes cómo me alegro por ti, Gloria Matilda.

La colombiana y sus dos amores se despidieron de Don Ernesto con un fuerte abrazo y se dirigieron al bar de Fernando. Él ya les estaba esperando desde hacía más de media hora, angustiado por su tardanza. Cuando por fin llegaron le explicaron lo que les había ocurrido con Don Ernesto y su homilía y se dispusieron a cenar los cuatro juntos en la misma mesa de siempre. Las lonchas de jamón extremeño y los taquitos de queso de oveja de Plasencia regados con un contundente vino tinto cacereño que les había preparado Fernando se les antojaron deliciosos. 

Eran más de las diez de la noche y los parroquianos habituales del bar sabían que solía estar cerrado a aquellas horas, por lo que Fernando pudo cenar a gusto sin tener que levantarse a cada momento. Hacia las once las dos parejas se despidieron y se dirigieron a su respectivo piso. Soplaba una cálida brisa de poniente que hacía muy placentero el paseo. Óscar posó su brazo sobre los hombros de César y le dio un dulce beso en la mejilla.

—Te quiero con delirio—le susurró al oído.

—Y yo a ti, amor mío.


VIGÉSIMO NOVENO CAPÍTULO


Cuando llegaron a su casa Óscar y César estaban cansados y se acostaron enseguida. No les apeteció hacer el amor y se limitaron a abrazarse y a darse un dulce y largo beso en los labios. Unas horas después, ya de madrugada, ambos se levantaron a hacer pis y a la vuelta se desearon e hicieron el amor con la misma pasión de siempre.

—Nunca creí llegar a ser tan feliz y mucho menos con un hombre. Si una pitonisa como Madame Elisende me lo hubiera profetizado hace cinco años, no la hubiera creído —le aseguró Óscar a su amado.

—Yo tampoco. Cada día le doy gracias a Dios por haberte mandado aquella noche a la estación del ferrocarril para que impidieras mi suicidio. Tiene mucha razón Ernesto, los designios de Dios son inescrutables y nada ocurre sin que Él lo decida —le respondió emocionado César.

Súbitamente Óscar pareció atragantarse con su propia saliva, se llevó la mano al pecho y emitió un gemido ahogado.

—¿Qué te pasa, amor mío?  —le preguntó angustiado César.

—Creo... que... tengo... un...infar...to —consiguió balbucir con voz muy débil.

—Ahora mismo llamo a emergencias.

César temblaba y lloraba al mismo tiempo, nunca se había enfrentado a una situación tan grave. Rápidamente cogió su teléfono móvil y marcó el 112. Le respondió una mujer que le tranquilizó y le aseguró que en unos minutos estarían allí los sanitarios, que les esperase con la puerta abierta, tanto del edificio como de su piso, así como también que bajase el ascensor hasta el zaguán.

En cuanto tuvo las dos puertas abiertas y el ascensor bajado, subió a toda prisa por la escalera y volvió junto a Óscar que respiraba con dificultad, estaba muy pálido con los labios cianóticos y sudaba copiosamente.

—César, me... muero... Cánta...me... el Glo...ria in...

El joven lloraba desesperado de pura impotencia, no sabía qué hacer para salvar al ser que más quería, pero al escuchar la demanda de Óscar, tragó saliva, hizo un esfuerzo enorme para serenarse y se dispuso a cantar entre sollozos el Gloria in excelsis Deo con su bellísima voz de tenor, mientras le acariciaba la mejilla con ternura al gran amor de su vida.

Óscar le escuchaba y miraba con cariño, y le sonreía. De pronto le brotaron dos grandes lágrimas, ladeó la cabeza hacia la mano de César que le acariciaba, le dio un beso en la palma y expiró.

—¡No te vayas, Óscar, no me dejes solo. Dime algo, por favor! —le suplicaba el pobre César, abrazándolo y zarandeándolo, mientras lloraba enloquecido de dolor.

En aquel preciso momento llegaron los sanitarios de emergencias e inmediatamente iniciaron las maniobras de resucitación. Las pupilas de Óscar todavía respondían contrayéndose con la luz, su cerebro era recuperable, y este detalle animó a la doctora de la UVI móvil y a sus dos ayudantes a insistir con la reanimación cardiopulmonar.

Mientras tanto César llamó a Gloria Matilda y a Fernando. No les dijo que Óscar estaba muerto, sólo que estaba muy grave y los sanitarios le estaban atendiendo.

A pesar de su avanzado embarazo, Gloria Matilda no dudó ni un segundo en acudir a casa de sus dos amores, enfrentándose a Fernando que insistía en convencerla de que se quedase, que era una gran imprudencia poner en peligro la vida de los mellizos. Ella estaba como enloquecida y no atendía a razones. Al final a Fernando no le quedó más remedio que ceder, sacar a toda prisa el coche del aparcamiento comunitario y acudir con ella al piso de Óscar.

Cuando llegaron, los sanitarios llevaban ya treinta y cinco minutos inisitiendo con las maniobras de resucitación. La veterana médica de emergencias, una valenciana de cuarenta y nueve años casada con un mallorquín, también médico, que había cursado todos sus estudios de medicina en Madrid y allí se había quedado al finalizarlos, sabía por experiencia que mientras las pupilas conservasen la reactividad a la luz había esperanza. En su cuarto de siglo de ejercicio profesional, los últimos siete en emergencias, había conseguido reanimar a cincuenta y nueve pacientes en parada cardiorrespiratoria. No era un porcentaje muy alto, pero aunque sólo reviviera uno de cada cien valía la pena el esfuerzo. Era una mujer muy tenaz y dificilmente se daba por vencida.

Gloria Matilda abrazó a César llorando desconsolada, mientras Fernando se derrumbaba loco de dolor y se dejaba caer de rodillas en un rincón de la habitación, cubriéndose el rostro con ambas manos.

—Tú sabías que esto iba a ocurrir, que estabas a punto de dejarnos —susurró entre sollozos como si hablase con Óscar—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué te has dejado morir? ¿Cómo les digo ahora a César y a Gloria Matilda que hiciste testamento hace sólo cinco días? Me van a llamar asesino por no avisarles, y con razón.

Fernando ignoraba que tanto los padres como los cuatro abuelos de Óscar habían muerto de un infarto, alguno incluso más joven que él, como su padre que había fallecido dos días después de cumplir los cuarenta años. Cuando se decidió a hacer testamento, no sólo lo hizo para evitar que su hermano heredase sus bienes, sino porque en lo más íntimo de su alma presentía que su final estaba cerca. Su madre también lo había presentido una semana antes de fallecer, incluso acudió a un prestigioso cardiólogo para que le hiciera un chequeo y el doctor le aseguró que estaba estupendamente, que estuviera tranquila.

Gloria Matilda tenía el oído muy fino y mientras lloraba abrazada a César alcanzó a escuchar alguna de las palabras que Fernando balbucía entre sollozos.

—Fernando, ¿qué estás diciendo de testamentos y asesinos? ¿Nos estás ocultando algo? ¡Habla!

El pobre extremeño se derrumbó ante el incisivo interrogatorio de Gloria Matilda y se echó a llorar lastimosamente. Se sentía un asesino, un irresponsable. Su silencio era el culpable de la muerte de su amigo, había actuado con una imprudencia imperdonable. No debería haberle prometido a Óscar que guardaría el secreto de su testamento.

—¡Me lo hizo prometer! —exclamó entre sollozos.

—¿El qué?

—Que había hecho testamento, que os lo dejaba todo a ti y a César a partes iguales.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace cinco días. Él me aseguró que se encontraba estupendamente, que había hecho testamento para evitar que su hermano reclamase su herencia, que no me preocupase.

—Me lo hubieras podido decir a mí y yo le hubiera convencido para que los dos nos hiciésemos un chequeo con cualquier excusa —le respondió César sin acritud.

—¿Tú no le notaste nada extraño estos últimos días, César? —quiso saber la colombiana.

—Nada, absolutamente nada, incluso hicimos el amor varios minutos antes del infarto y él disfrutó como nunca —le respondió con voz quebrada.

—¡Perdonadme, por favor! —les suplicó Fernando—. No podía traicionar la palabra que le había dado a Óscar.

—No hay nada que perdonar, Fernando. Seguramente yo hubiera hecho lo mismo que tú, y César también —le tranquilizó Gloria Matilda ya más serena—. Ayer paseamos y cenamos juntos y realmente Óscar parecía estar lleno de vida y mejor que nunca —añadió.

De pronto escucharon un bip-bip rítmico que procedía del monitor del equipo de reanimación. Óscar acababa de volver a la vida. Lo que habían sido dolorosas lágrimas de pena y desesperación súbitamente se tornaron de esperanza y regocijo.

—¡Óscar vive, Óscar vive! —exclamaron los tres en voz baja exultantes de alegría, sin perder de vista a los sanitarios que en cuanto consideraron que el paciente estaba estabilizado, lo pusieron sobre una camilla y lo bajaron por la escalera hasta la ambulancia, que habían dejado estacionada con las luces encendidas justo enfrente de la entrada del edificio.

—¿Dónde lo llevan? —les preguntó Gloria Matilda, que había bajado por el ascensor con César y Fernando.

—Al Hospital Universitario 12 de Octubre —le respondió la doctora—. ¿Es usted su esposa?

—Sí —le mintió, mostrándole su abultado vientre con un gesto de los ojos.

—¿Lleva consigo la documentación del paciente?

—Sí, doctora, la tarjeta sanitaria y el DNI.

—Démelos. Los podrá recoger en la recepción de urgencias.

—¿Doctora?

—Dígame.

—Muchísimas gracias por salvar a mi marido. Son ustedes grandes profesionales —le dijo con lágrimas en los ojos de agradecimiento, mientras grababa en su memoria el nombre de la médica que ésta llevaba bordado en su bata.

—Muchas gracias, señora. Es nuestro trabajo —le respondió con humildad la Dra. Carmen Serrallo metiéndose a toda prisa en la UVI móvil, que partía disparada abriéndose paso con la sirena y las luces.


TRIGÉSIMO CAPÍTULO


No pudo ser. Era su destino. A los dos minutos de partir hacia el hospital Óscar tuvo un segundo infarto y esta vez ya no fue posible reanimarle. A la Dra. Serrallo le saltaron las lágrimas de pura impotencia y desesperación, y su aflicción fue todavía mayor cuando le vino a la mente el enorme vientre de la que creía la esposa embarazada del fallecido.

Ya en urgencias, los cardiólogos de guardia lo intentaron reanimar con todos los medios posibles, pero a los pocos minutos sus pupilas dejaron de reaccionar a la luz y quedaron fijadas en midriasis paralítica, y en el monitor de control cerebral, al igual que en el de control cardíaco, apareció una línea continua de encefalograma plano. Su corazón y su cerebro estaban muertos. No tenía ningún sentido intentar mantener su cuerpo con vida artificialmente.

Cuando César, Gloria Matilda y Fernando llegaron al hospital, se dirigieron directamente a urgencias y ante la puerta se encontraron a la Dra. Serrallo junto a la ambulancia, que les estaba esperando acompañada por sus dos ayudantes para darles la nefasta noticia. Sus ojos llorosos hablaban por si solos, pero como veterana doctora avezada a estos avatares de la profesión se esforzó por mostrar entereza. En su trabajo era muy importante. Casi a diario se veía obligada a lidiar con situaciones parecidas, pero a pesar de su larga experiencia no lograba acostumbrarse. Tenía un gran corazón y una gran capacidad empática, y el hecho de que la supuesta esposa del fallecido estuviera embarazada añadía una guinda dramática al suceso.

—Síganme —les dijo con aparente sequedad entrando en urgencias—. Señora, usted siéntese aquí, por favor.

—Óscar ha muerto, ¿verdad? —le preguntó Gloria Matilda temiéndose lo peor.

—Por el camino ha tenido un segundo infarto. Hemos hecho todo lo posible por reanimarle, tanto nosotros durante el trayecto en la ambulancia como después el equipo de urgencias de cardiología del hospital, pero no ha sido posible —les informó de un tirón con un doloroso nudo en la garganta—. Lo siento mucho, señora —añadió con voz temblorosa mirando fijamente a Gloria Matilda a los ojos.

Y ante la sorpresa de la doctora no fue la embarazada quién se derrumbó sino que lo hizo César, cayendo inconsciente al suelo como un saco vacío. El equipo de sanitarios de la ambulancia le atendió enseguida y antes de que le subieran sobre una camilla, despertó e hizo ademán de levantarse, pero las piernas le flaquearon y permaneció sentado sobre las frías baldosas. A los dos segundos su cerebro pasó de la inconsciencia profunda a la cruda y dura realidad, sintió una puñalada en el corazón, se cubrió el rostro con ambas manos y rompió a llorar lastimosamente.

La Dra. Serrallo y sus dos ayudantes le miraban perplejos. No comprendían porqué Gloria Matilda se mantenía aparentemente entera, mientras aquel joven lloraba a lágrima viva y tambaleaba la cabeza sin sosiego desgarrado de dolor. Fernando se arrodilló a su lado y le abrazó muy fuerte llorando él también.

—Óscar era su pareja. Se amaban con delirio —les informó Gloria Matilda con los ojos llenos de lágrimas.

—Vaya, creí que usted era su esposa.

—No lo soy, doctora. Le mentí. Llevo a sus hijos en mi vientre, pero sólo soy su amiga. Yo deseaba ser madre y ellos dos me hicieron el favor.

—Ah, vale, ya entiendo —le respondió la doctora haciendo un gran esfuerzo mental para comprender y asimilar aquel rompecabezas afectivo y obstétrico.

Media hora más tarde, tras administrarle un sedante, César fue capaz de levantarse por su propio pie y esperó sentado y vigilado por los sanitarios de urgencias a que Fernando y Gloria Matilda llevasen a cabo todos los trámites legales para trasladar al difunto al tanatorio de la M30.

Hacia el mediodía Óscar ya estaba amortajado dentro de un ataud y era trasladado en un coche fúnebre hacia el cementerio, seguido de cerca por el vehículo conducido por Fernando, en cuyos asientos posteriores viajaban abrazados César y Gloria Matilda.

—No podré vivir sin él, no podré vivir sin él —no paraba de repetir el pobre hombre con su cara hundida en el generoso y ahora maternal y acogedor pecho de Gloria Matilda.

—Sí podrás, César. Fernando y yo te ayudaremos —le intentaba consolar la colombiana, mientras le acariciaba la nuca y la mejilla y le daba besos en la frente.

—Hace un año Óscar impidió mi suicidio y me dio una segunda oportunidad en la vida, y tanto amor, tantísimo amor.... Nunca más volveré a ser feliz. Sin él mi vida ya no tiene ningún sentido. ¡Fernando, para el coche. Quiero bajarme!

—No, César. No puedes bajarte ahora.

Justo en aquel momento pasaban por delante de la Iglesia de San Andrés Apostol y Gloria Matilda recordó de pronto que aquella era la parroquia de Don Ernesto, el amigo sacerdote de sus dos amores.

—Fernando, para un momento. Debemos decírselo al Padre Ernesto.

El extremeño aparcó allí cerca, sacó un tiquet de estacionamiento controlado, lo situó bien visible dentro del coche en el espacio entre el volante y el parabrisas y a continuación ayudó a descender del vehículo a César y Gloria Matilda.

El sacerdote se disponía a salir de la iglesia en aquel preciso instante para ir a almorzar a un pequeño restaurante cercano a la parroquia del que era cliente habitual, y se los topó de frente en el umbral de la puerta.

—¿Qué ha pasado? —les preguntó directamente en cuanto vio sus ojos llorosos y percibió en sus rostros un rictus de inconmensurable pena, saltándose el innecesario saludo.

—¡Óscar ha muerto, mi amor ha muerto... de un infarto! —le respondió desgarrado César separándose de Gloria Matilda y echándose en los brazos del Padre Ernesto.

—¡Pero si estaba lleno de vida! —exclamó el sacerdote saltándole las lágrimas, mientras acariciaba la nuca de César y miraba incrédulo y perplejo a Gloria Matilda.

Ella y Fernando no pudieron ni supieron qué responderle. Intentaban mantenerse enteros, pero en el fondo estaban casi tan chocados y destrozados como el pobre César.

Ernesto les hizo pasar al interior de la sacristía y allí, sentados en los vetustos y humildes bancos de madera que amueblaban la estancia, Gloria Matilda y Fernando le fueron explicando lo que había pasado. César seguía en brazos del sacerdote, sollozando en silencio.

—¡Acabábamos de hacer el amor! —exclamó de pronto en un intento de completar el relato del luctuoso suceso.

Aquella escueta e íntima información emocionó tanto al sacerdote que no pudo evitar que le saltasen de nuevo las lágrimas. Sin saber porqué, de pronto había recordado a Andrés, su gran amor del seminario, y su doloroso y a la vez hermoso recuerdo se había entremezclado a la velocidad de un rayo con la feliz imagen de Óscar y César desnudos besándose apasionadamente ante él en la idílica playa nudista de Tenerife, y como en una atropellada secuencia de recuerdos le vino a continuación a la mente la profecía de la anciana teutona en el esplendoroso cráter del Pico del Teide: "Un día yo oiré tu primera misa en la Iglesia de Santa Cruz de Madrid, Padre Cesar Paredes Cuesta, y tu me darás la comunión con tus propias manos". Ernesto sí la había creído. "Los designios de Dios son inescrutables y con frecuencia por desgracia aparentan ser tan crueles..." —pensó, sintiendo una lancinante punzada en el corazón.

—Dejadlo conmigo. Yo me hago cargo de él. Vosotros id al tanatorio —les dijo a Gloria Matilda y a Fernando, mientras acariciaba con ternura la mejilla de César—. Ah, se me olvidaba. Por favor, permitidme que sea yo quien oficie el funeral de Óscar.

—Por supuesto, Padre Ernesto. Nadie mejor que usted.


TRIGÉSIMO PRIMER CAPÍTULO


El viejo párroco de la Iglesia de San Andrés Apostol  no se separó ni un instante de César. Temía que en un arrebato se le escapara y volviera a intentar suicidarse. Renunció a su almuerzo. Se le había quitado el apetito. En su lugar llamó a su restaurante de confianza y pidió que le llevasen a la sacristía dos bocadillos de jamón con tomate y aceite, dos aguas minerales sin gas, un café bien cargado para él y una tila para César.

Pepe, el más joven de los camareros, le llevó el pedido encantado. Apreciaba como a un padre terrenal, que no espiritual, al viejo sacerdote. Le había ayudado a salir de la droga y la delincuencia, sacándolo de la calle y acogiéndole en su casa durante unos meses, y había dado la cara por él para conseguirle el trabajo en el restaurante. A cambio el muchacho había hecho un esfuerzo sobrehumano para no defraudarle y ya llevaba siete meses sin delinquir ni jugar con las drogas, lo cual había supuesto que se reconciliase con sus padres y sus hermanos. Le estaba pues profundamente agradecido.

Pepe tenía diecinueve años. Había conocido al Padre Ernesto una tarde de domingo en que, desesperado por el mono de la droga por no tener dinero para comprarse una dosis de heroína, entró en la iglesia dispuesto a asaltar al párroco. Se le antojó una presa fácil. Aparentaba ser un viejo bonachón inofensivo. Pensó que poniéndole una navaja en el cuello se acojonaría y le entregaría todo el dinero donado por los feligreses aquel día. Se equivocaba. Don Ernesto tenía un sexto sentido para la maldad. Le había visto entrar sigilosamente en la iglesia y enseguida supo a lo que iba, aunque astutamente se hizo el despistado.

Cuando se le acercaba silenciosamente por detrás como un depredador blandiendo la navaja en su mano derecha, Don Ernesto se dio la vuelta a la velocidad de un rayo y le estampó una sonora y contundente bofetada en plena cara, lo cual sorprendió hasta tal punto a Pepe que quedó fulminantemente aturdido y acobardado y con la voluntad anulada. "¡Dame la navaja!" —le ordenó mirándole fijamente a los ojos. El muchacho se la dio echándose a llorar como un niño. "¡No me denuncie a la policía, por favor!" —le rogó entre sollozos.

Unos minutos más tarde estaban los dos sentados en el interior de la sacristía. Pepe le relató su triste vida de drogadicto y delincuente, aunque obvió hablarle de su afición a golpear maricones, indigentes, negros y sudacas. El Padre Ernesto se apiadó de él y le propuso echarle una mano si se comprometía a hacer todo cuanto le ordenase. A través de sus contactos le consiguió el tratamiento con metadona y sólo cuatro meses después ya estaba limpio y dispuesto a ponerse a trabajar en lo que fuera. Fue entonces cuando el sacerdote se enteró que en su restaurante favorito necesitaban un aprendiz de camarero y le consiguió el trabajo.

—Padre Ernesto, le traigo el pedido.

—Gracias, Pepe. Déjalo encima de esta mesa. ¿Cuánto te debo?

—Veintidós euros, Padre. El café y la tila van a mi cargo.

—Muchas gracias, Pepe —le agradeció con una sonrisa, que enseguida se transformó en una mueca triste.

—¿Le puedo ayudar en algo, Padre? —se le ofreció solícito, fijándose en la cara desencajada por la pena y la mirada perdida de César.

—Sí, Pepe, gracias. Necesito ir al baño. Mi próstata me está dando mucha guerra, y más todavía cuando estoy nervioso. ¿Puedes hacer compañía a César durante unos minutos? Enseguida vuelvo.

—Por supuesto, Padre.

—No dejes que se escape, por favor —le susurró al oído al pasar por su lado.

—Vaya usted tranquilo. Yo me encargo.

Pepe se sentó a dos palmos escasos de César, en el mismo banco de madera.

—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué estás tan triste? —le preguntó sin malicia ni verdadera curiosidad, unicamente con la intención de entretenerlo.

—Se ha muerto de un infarto el amor de mi vida —alcanzó a responderle César haciendo un gran esfuerzo.

—¿Cómo se llamaba?

—Óscar —le contestó rompiendo a llorar por enésima vez—. Nunca nadie me había querido tanto como él —añadió entre sollozos.

—Vaya, lo siento —le respondió el joven camarero, controlando su voz para que no notase su profunda homofobia de antiguo matón callejero. Ni por asomo había sospechado que César fuera homosexual. Parecía un hombre como Dios manda.

—Gracias —le agradeció César ya más sereno.

—¿Cómo fue que te enamoraste de un hombre? —quiso saber Pepe lleno de curiosidad—. No pareces homosexual.

—Hace un año Óscar impidió que me suicidase en la estación del ferrocarril, a la misma hora en que él también había acudido para quitarse la vida. A mí me sentó muy mal que se metiera conmigo, y acabamos enzarzados en una encarnizada pelea sobre los raíles. Cuando logramos serenarnos, Óscar se disculpó y me invitó a tomar una cerveza. Y allí empezó todo. Sin ser homosexuales nos enamoramos perdidamente el uno del otro.

—Entiendo —le respondió el muchacho sorprendido por la historia.

—A él le había abandonado su mujer escapándose con su propio hermano, con el que le había puesto los cuernos durante quince años, y yo llevaba cinco meses viviendo en la calle como un pordiosero, sin familia, sin amigos.

—Vaya.

 —Óscar me ofreció su amistad y su casa y me dio trabajo en su empresa.

—Debía ser un hombre muy bueno.

—Sí, el más bueno de todo Madrid. Óscar me adoraba, me mimaba, me protegía, me comía a besos y caricias en plena calle. Yo no había sido tan feliz en toda mi vida. Creía que sólo sentía por él un gran afecto de amigo y me dejaba querer. Cuando me di cuenta estaba enamorado hasta las trancas.

—Comprendo —le respondió Pepe con tono afable. Empezaba a sentir afecto por aquel homosexual destrozado por la pena, y en lo más profundo y recóndito de su alma se arrepintió de todas las veces que había atacado a maricones por las calles de Madrid. Sí, él era uno de los tres matones homófobos que les habían agredido con bates de béisbol aquella infausta noche tras la cena de cabrito asado y zorongollo extremeño que les había servido Fernando. Acababa de reconocer a César. Les habían estado siguiendo durante días hasta que se les presentó la oportunidad de atacarles a traición. De pronto sintió vergüenza de si mismo y estuvo a punto de revelarle la verdad y pedirle perdón, pero al final no se atrevió.

El Padre Ernesto hacía un par de minutos que había vuelto y se había escondido tras un mueble para escuchar la conversación entre los dos muchachos. No quiso interrumpirles. Pensó que a César le haría bien desahogarse.

—Nunca he sentido simpatía por los homosexuales, más bien todo lo contrario, pero escuchando tu historia empiezo a comprender tus sentimientos —se atrevió a confesarle con sinceridad el joven camarero.

—Gracias, Pepe. No sabes como te agradezco que me hayas escuchado. Has hecho que me sienta mejor.

—Me alegro mucho, César. Te juro por la salud de mi madre que nunca más volveré a odiar a los maricones.

César le respondió con una sonrisa, que enseguida se trocó en un rictus de pena. El Padre Ernesto aprovechó el momento para hacerse ver.

—Muchas gracias, Pepe. Ya puedes marcharte si quieres.

—Gracias a usted, Padre. Espero que les aprovechen los bocatas.

De no haber mantenido aquella inesperada conversación con el joven camarero, César se hubiera negado a probar el bocadillo, pero de pronto se había sentido aliviado en su angustia, había cedido un poco el nudo que le atenazaba la garganta y aceptó almorzar con el padre Ernesto.

Quince minutos más tarde, mientras se bebían el café y la tila, que habían recalentado en un pequeño microondas que el sacerdote tenía en un rincón de la sacristía cubierto con una tela, César se atrevió a contarle su vida, su dolorosa e inconfesable verdad, a Don Ernesto. El viejo párroco le inspiraba una confianza absoluta. Sabía que sólo él sería capaz de comprenderle.


TRIGÉSIMO SEGUNDO CAPÍTULO


—Ernesto, tú sabes que no tengo familia.

—Sí, me lo contaste en Tenerife. Creo recordar que tu madre murió unos meses antes de que conocieras a Óscar.

—Así es, unos seis meses antes.

—También me dijiste que eras hijo de madre soltera y que ignorabas la identidad de tu padre.

—Efectivamente, pero debo confesarte que te mentí. Unas semanas después de quedarme huérfano recibí una carta de un notario citándome para proceder a la lectura del testamento de mi madre. Además de dejarme todos sus bienes dispuso que me entregase una carta escrita de su puño y letra. Yo estaba tan angustiado que no pude leerla y el notario lo hizo por mí.

—Vaya.

—En ella me revelaba lo que tantas veces yo le había preguntado sin obtener de ella una respuesta: la identidad de mi padre. Ernesto, te lo suplico por lo que más quieras, guárdame el secreto.

—Tranquilo, jamás he quebrantado el secreto de confesión y no lo voy a hacer contigo.

—Mi madre, con sólo dieciocho años, fue obligada por la familia a hacerse cargo como criada de su tío sacerdote, el hermano menor de su padre. Era una cruel condena a permanecer soltera, negándole el derecho a casarse y a formar una familia. Vivían los dos en la rectoría aneja a la Iglesia de Santa Cruz. Mi tío-abuelo sigue allí como párroco. Tiene más o menos tu edad. ¿Le conoces?

—Por supuesto, somos buenos amigos.

—Al poco tiempo de vivir juntos, él empezó a abusar de ella. ¿Comprendes de lo que te estoy hablando?

—Perfectamente.

—Pronto se cansó de los manoseos y acabó violándola, y continuó haciéndolo durante años.

—Pobrecilla, lo que debió sufrir.

—Por supuesto terminó quedando embarazada, de mí.

—Vaya por Dios. Jamás me lo hubiera imaginado de Luís. Parece una mosquita muerta.

—Durante los nueve meses de embarazo le prohibió salir de la rectoría ni hablar con nadie, por miedo a que todo acabase descubriéndose.

—¡Qué fuerte, pobre mujer!
 
—Me parió sola a los veintidós años y mi tío-abuelo, es decir, mi padre, me bautizó y me inscribió en el registro civil a través de un abogado amigo suyo como hijo de padre desconocido. Él me enseñó a leer y a escribir y cuando llegó el momento de escolarizarme, me internó en el Liceo francés hasta que terminé el bachillerato superior. Yo ignoraba todo y mi madre jamás quiso revelarme la verdad. Incluso quería a mi tío-abuelo como si realmente fuera mi padre, que lo era.

—Una historia alucinante y muy dolorosa, César.
 
—Cuando terminé el bachillerato le dije que quería ser sacerdote como él y me mandó a estudiar durante tres años a un prestigioso seminario alemán ubicado en plena ciudad de Frankfurt. Uno de los profesores era un español nacionalizado alemán, que había estudiado el bachillerato en España en el mismo colegio que mi tío-abuelo y había emigrado muy joven con su familia a Alemania.

—Ahora entiendo que sepas hablar tan bien el alemán.

—Al terminar los tres años de internado en Frankfurt, volví a España y continué mi preparación en el Seminario Conciliar de Madrid. Poco tiempo después, con sólo veintiún años, recibí el sacramento de la orden sacerdotal como diácono y mi tío-abuelo me reclamó para asistirle en la parroquia de Santa Cruz, la misma en la que yo había nacido y me había criado. Mi madre estaba encantada de tenerme cerca para poder cuidar de mí. No sabes el amor con que me planchaba mi dalmática de diácono.

—Te creo.

—Poco tiempo después se notó un bulto en un pecho. Yo la acompañé al ginecólogo, y la mamografía y la biopsia revelaron que padecía un cáncer de mama. Rápidamente fue tratada con varias sesiones de quimioterapia para reducir el tamaño del tumor y posteriormente le extirparon la mama. Aparentemente estaba curada y así lo iban confirmando las revisiones periódicas que le hacían. Dos años después, en una revisión rutinaria, los análisis de los marcadores tumorales para neoplasia de mama dieron positivo. Sospechando la existencia de una o más metástasis fue sometida a una gammagrafía ósea y a un par de tomografías, una cerebral y otra tóracoabdominal y le descubrieron numerosos tumores metastásicos en ambos pulmones, hígado, vértebras dorsales y lumbares y cerebro. No había nada que hacer, sólo cuidados paliativos.

—Pobre mujer.

—A pesar de lo avanzado de la enfermedad, consiguió vivir más de un año. Durante los últimos meses permaneció ingresada en la Unidad de Oncología del Hospital 12 de Octubre, al cuidado casi exclusivo de una auxiliar de clínica maravillosa, de la que acabé perdidamente enamorado. Se llamaba Silvia. Pocos días después de morir mi madre, fui a buscarla al hospital para decirle que la amaba. Estaba dispuesto a abandonar mi vocación sacerdotal por ella. Cuando me dirigía a la planta donde trabajaba, la vi en los brazos de un hombre y mi corazón se partió en mil pedazos.

—La vida a veces es tan cruel...

—Por supuesto quedé destrozado. En pocos días había perdido a mi madre, a la que adoraba, y a Silvia, mi primer amor platónico. Increiblemente fue mi tío-abuelo, mi padre, quien me ayudó a aceptar la voluntad de Dios con resignación y me animó a continuar con mi vocación sacerdotal. Dos semanas después recibí la carta del notario y todo mi mundo se hundió bajo mis pies. Faltaba sólo un més para que me ordenase sacerdote, pero al conocer la verdad sobre mi origen sentí tanto asco y tanto odio contra mi padre y la iglesia, que lo abandoné todo y acabé tirado en la calle como un indigente.

—Te comprendo perfectamente. Con toda seguridad yo hubiera hecho lo mismo.

—Cinco meses después estaba tan desquiciado, me sentía tan decepcionado de la vida y de la gente, tan espantosamente solo y falto de cariño, que enloquecí y decidí quitarme la vida en la estación del ferrocarril. Mi vida no tenía ningún sentido.

—Y entonces apareció Óscar, tu ángel salvador.

—Sí, efectivamente, mi salvador y el gran amor de mi vida —alcanzó a decir César echándose a llorar desconsolado.

El Padre Ernesto lo abrazó con ternura y dejó que descargase sobre su hombro toda su pena, su dolor, su decepción. La frase que tanto le gustaba volvió a aparecer en su mente: "Los designios de Dios son inescrutables —pensó—. Y no seré yo quien interfiera en su voluntad". Tenía claro lo que debía hacer con César.


TRIGÉSIMO TERCER CAPÍTULO


—Tu vas a ayudarme como diácono a concelebrar el funeral de Óscar.

—No puedo, Ernesto. Me voy a pasar toda la misa llorando.

—Piensa que el alma de Óscar te estará viendo desde el Cielo. Imagínate lo feliz que se sentirá si tu concelebras su funeral conmigo, sobre todo cuando cantemos juntos varios cantos gregorianos en su memoria.

—Lo sé, Ernesto, pero de verdad que no puedo.

—Sí puedes y lo vas a hacer. Te lo ordeno en nombre de la Santa Madre Iglesia de la que eres miembro y pastor.

César bajó la cabeza y violentos estertores de llanto sacudieron su hermoso cuerpo de efebo griego. En el fondo le hacía ilusión concelebrar el funeral de su amado Óscar. Sería un acto de amor, una manera de decirle que seguía queriéndolo con toda el alma.

A las siete y media de la tarde las campanas de la parroquia de San Andrés Apóstol tañeron a misa de difuntos. Fernando y Gloria Matilda llegaron pocos minutos después y se dirigieron a la sacristía para saber cómo seguía el pobre César. Sus ojos se abrieron asombrados cuando le vieron vestido con su dalmática blanca de diácono. No se lo podían creer.

—César, ¿eres cura? —le preguntó Gloria Matilda.

—No, sólo soy diácono.

—¿Diácono?

—Sí, es el paso previo a la ordenación sacerdotal.

—Pero cómo es esto. Nos tienes alucinados.

—Sentáos, por favor. Es una historia un poco larga.

—Yo nací en la rectoría de una parroquia de Madrid. Soy hijo del párroco y su criada, que era su sobrina. Él la violó durante años al amparo de la rectoría. Crecí ignorando esta dolorosa verdad. En mi inocencia siempre pensé que el cura con el que convivíamos era simplemente mi tío-abuelo y que mi madre había tenido una aventura con un desconocido y se había quedado preñada de mí. Ella en vida jamás quiso revelarme el nombre de mi padre, hasta que al morir de un cáncer de mama, cuando acudí al notario para leer su testamento, éste me hizo entrega de una carta manuscrita por ella en la que me revelaba toda la verdad sobre mi vergonzoso origen.

—¡Qué fuerte! Pobre César —exclamó Gloria Matilda.

—Sólo faltaba un mes para ordenarme sacerdote, pero al conocer aquella verdad enloquecí de pena e indignación, lo abandoné todo y acabé tirado en la calle como un indigente. Prefería pasar hambre y frío que volver a la rectoría. Odiaba hasta tal extremo a mi tío-abuelo, es decir, a mi padre, que para no cometer una locura preferí marcharme, no sin antes escupirle a la cara que era un canalla, un delincuente sexual, un ser despreciable, indigno de apacentar al rebaño de Dios. Cinco meses después estaba tan desquiciado, tan hundido, tan decepcionado de la vida y de la gente, me sentía tan espantosamente solo y falto de cariño que tomé la firme decisión de suicidarme. Y fue entonces cuando apareció Óscar en la estación del ferrocarril y me cambió la vida. Fue como una bocanada de aire limpio, un subidón de esperanza, un atracón de cariño, jamás había sido tan feliz. Ninguno de los dos éramos homosexuales, pero acabamos enamorándonos como dos colegiales. Y ahora Dios me lo ha arrebatado... ¿Pero que quieres de mí, porqué me haces sufrir tanto? —exclamó mirando al cielo con lágrimas en los ojos.

Gloria Matilda y Fernando lloraban en silencio, sintiendo una gran ternura y compasión por César. Sin saber qué hacer ni qué decir, lo abrazaron con ternura y así permanecieron unidos los tres hasta que unos minutos más tarde entró en la sacristía el Padre Ernesto y les saludó con cariño.

—Os podéis sentar en el primer banco. En realidad sois su única familia y tú más que nadie, Gloria Matilda, que llevas a su hijo en tu vientre.

—Gracias, Padre.

Unos minutos más tarde, a las ocho en punto de la tarde, con la Iglesia de San Andrés Apóstol llena a rebosar de fieles, entre ellos Madame Elisende vestida de riguroso luto, los empleados de Oscarprint y sus familias con una destrozada Paquita que no paraba de llorar, los directivos y empleados de todas las editoriales con las que Óscar trabajaba, los camareros del restaurante La Cazuela Castiza, los compañeros de kárate del gimnasio y numerosos amigos y conocidos, salieron juntos hacia el altar el Padre Ernesto y César cantando el Requiem Aeternam con sus bellísimas voces de tenor.

Madame Elisende, Paquita y todos los que conocían a César le miraban alucinados. No se podían creer lo que veían sus ojos. "¿César es cura?" —se preguntaban incrédulos unos a otros en voz baja.

Gloria Matilda y Fernando estaban tan emocionados que no paraban de llorar. La celebración se les antojaba preciosa, digna de su querido Óscar. César les miró a los ojos con cariño y les sonrió con una cabezadita, mientras acompañaba al Padre Ernesto en el bellísimo canto de la Misa de Difuntos.

Cuando llegó el momento de leer un pasaje del Evangelio, lo hizo César con su temblorosa y emocionada voz, secándose las lágrimas a cada momento con el dorso de la mano.

—Lectura del Santo Evangelio según San Mateo: 

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al
monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos y Él comenzó a
enseñarles:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.
Bienaventurados los que sufren, porque ellos heredarán la Tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis vosotros cuando os injurien, os persigan
y digan cosas falsas de vosotros por causa mía.
Alegráos y saltad de contento, porque vuestro premio será grande en los Cielos.

Palabra de Dios.

—Te alabamos, Señor —respondió la muchedumbre de fieles al unísono.

Vino a continuación la homilía que pronunció el Padre Ernesto. No quería que fuera un sermón sino un emocionado recuerdo de Óscar.

—Hermanos, qué os puedo decir de Óscar que no sepáis. Todos los que tuvimos la inmensa suerte de conocerlo y quererlo, no podemos sino pronunciar palabras llenas de cariño al recordarlo. Óscar era un hombre bueno, profundamente bueno y limpio de corazón. Cuando César ha leído el pasaje del Evangelio, no he podido evitar emocionarme. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¡Qué bonito!

Sí, Óscar era un pobre de espíritu y tenía el corazón limpio en el sentido evangélico de las palabras. En su corazón no había cabida para la soberbia, ni la presunción, ni la codicia, ni el egoísmo. No aspiraba a nada más que a ser feliz y a hacer felices a los que le rodeaban. Era lo que se dice un hombre que se hacía querer.

Ser pobre de espíritu no significa ser tonto o inocente, sino sencillo, humilde, pacífico, limpio de corazón. Su finalidad en la vida no era atesorar poder y riquezas. Lo que realmente le hacía feliz era compartir lo que tenía con los demás, y no sólo hablo de bienes materiales sino de su alegría de vivir, de su empatía con el sufrimiento ajeno, de su enorme capacidad de amar sin esperar nada a cambio.

Yo tuve la inmensa suerte de encontrármelo en un momento crítico de mi vida, un momento en el que creí haber perdido la fe en Dios y los hombres. Y de pronto apareció él como caído del cielo, como si me lo hubiera mandado Dios para ayudarme a salir del profundo pozo negro en el que me encontraba. Y sí, su bondad, su sencillez, su generosidad, obraron el milagro y yo recuperé gracias a él la fe y la esperanza. Y aquí estoy ahora, dándole un emocionado y agradecido adiós desde este púlpito, acompañándole en su último viaje, con el corazón hecho añicos, pero con la esperanza de encontrármelo de nuevo un día no muy lejano en el Cielo.

¡Que Dios te tenga en la Gloria, Óscar. Un fuerte abrazo, amigo!

Todos los fieles sin excepción se habían emocionado hasta el tuétano de los huesos con la sentidas y emocionadas palabras del sacerdote. César lloraba a lágrima viva con la cabeza gacha. El Padre Ernesto se acercó a él y lo abrazó, sin importarle lo que pudieran pensar los fieles. Cuando por fin se serenó, el sacerdote le dio un beso en la mejilla y continuó con el rito litúrgico.

Unos minutos más tarde, tras el milagro de la conversión del pan y el vino en la cuerpo y la sangre de Cristo crucificado, Don Ernesto repartió la hostias consagradas en dos copones bañados en oro y le dio uno a César para que le ayudase a dar la comunión a los fieles.

Sentada en el primer banco, a sólo unos pasos de aquellos dos hombres de Dios, Gloria Matilda miraba emocionada a César con ojos de cariño. La túnica blanca de diácono brillaba con luz propia y resaltaba su extraordinaria belleza física. Parecía un ángel caído del cielo. De pronto sintió una patadita en su vientre y pensó que era el hijo de César que se había emocionado al tener a su padre tan cerca.

Sin saber porqué, el joven diácono sintió de pronto la pulsión de mirar a Gloria Matilda y a Fernando. Sus miradas se cruzaron, y él les sonrió y les dijo sí con la cabeza. Habían comprendido. "Vamos" —exclamó Gloria Matilda cogiendo a Fernando de la mano.

—El cuerpo de Cristo —les dijo César poniéndoles una hostia consagrada en la palma de la mano, mientras dos grandes lágrimas brotaban de sus ojos de hombre bueno, nacido para ser un sacerdote de Dios.


TRIGÉSIMO CUARTO CAPÍTULO


Oscar fue incinerado al día siguiente. Sólo asistieron sus seres más allegados: César, Gloria Matilda, Fernando, madame Elisende, el Padre Ernesto y los cinco empleados de Oscarprint. César quiso guardar la urna con sus cenizas. Las conservaría a su lado toda su vida como si fueran el más preciado de los tesoros.

Antes de despedirse para volver a la rectoría de la Iglesia de San Andrés Apóstol, donde se había instalado tras el fallecimiento de Óscar, César quiso decirles algo muy importante a los empleados de la imprenta. A pesar de la inconmensurable pena que sentía en el alma, aparentaba estar muy sereno, muy entero, muy seguro de si mismo.

—La imprenta seguirá trabajando como hasta ahora. No será cerrada ni traspasada, y ninguno de vosotros será despedido. Os preguntaréis como es que os estoy hablando como si yo fuera el nuevo propietario. Quiero que sepáis toda la verdad. Resulta que, sólo cinco días antes de morir, Óscar le reveló a Fernando que acababa de otorgar testamento dejando todos sus bienes a Gloria Matilda y a mí a partes iguales. Suponemos que presentía que su final estaba cerca y no quería que, tras su muerte, su hermano pudiera reclamar su herencia. Como ya sabéis le robó a su esposa, a la que él amaba con locura, dejándole sumido en una profunda depresión.

—Sí, me acuerdo muy bien, su carácter cambió de la noche a la mañana, pero supo guardar la compostura —dijo una emocionada Paquita.

—Por aquellos días —continuó César— yo también estaba sumido en una dolorosa crisis personal que me había llevado a abandonar mi vocación sacerdotal y a vivir cinco meses en la calle como un pordiosero. El destino hizo que ambos nos encontrásemos a la misma hora en la estación del ferrocarril para quitarnos la vida. Óscar impidió mi suicidio, y yo me lo tomé tan mal que acabamos enzarzados en una violenta pelea a puñetazos y patadas sobre los raíles. Cuando nos serenamos, él me pidió perdón y me invitó a una cerveza. Fue entonces cuando entramos en el bar El Regazo de la Dehesa y conocimos a Fernando. La extrema amabilidad y empatía con que nos trató nos ayudaron a salir del profundo pozo negro en el que ambos estábamos hundidos. Incluso consiguió hacernos reír a carcajadas.

—Muchas gracias, César —le agradeció Fernando—. Vosotros también me ayudásteis a mí a salir de mi propio pozo negro.

—Cuando salimos del bar, Óscar me ofreció su casa y su afecto, por no decir su cariño, y esto me cambió la vida. Ambos habíamos estado tan espantosamente solos, que nuestra recién nacida amistad fue como un bálsamo milagroso que sanó de forma inmediata nuestra depresión y nos llenó de ilusión, alegría y esperanza.

—Así fue, César. Cuando entraste por primera vez en la imprenta en compañía de Óscar, él parecía otro. Le brillaban los ojos. Volvía a ser feliz —le confirmó Paquita.

César había evitado hablarles de su enamoramiento y su vida en pareja con Óscar. Por desgracia no todo el mundo tolera la homosexualidad como una variante más de la naturaleza humana, y era preferible evitar situaciones violentas. Tampoco quiso desvelarles, por respeto a la intimidad y la dignidad de la colombiana, su intervención por partida doble en su embarazo. Era mejor así.

—Con el acuerdo de Gloria Matilda —prosiguió— y teniendo en cuenta mi cercana ordenación sacerdotal, hemos decidido nombrar como nuevo director responsable de Oscarprint a Pedro José, el empleado más antiguo, con un cincuenta por ciento de aumento de sueldo. Los demás veréis también aumentado el vuestro en un veinticinco por ciento.

—Muchas gracias por vuestra confianza y generosidad —les agradeció Pedro José muy emocionado.

—Lo mismo os decimos los demás empleados —añadió Paquita.

—Dentro de unas semanas, cuando el notario Don Alfredo nos haya leído el testamento, yo le cederé a Gloria Matilda el ochenta por ciento de mi mitad de Oscarprint, con lo que ella pasará a ser la propietaria del noventa por ciento. La empresa la administraréis vosotros. Tenéis nuestra absoluta confianza.

—De nuevo muchas gracias, César —exclamaron al unísono los cinco empleados.

Aquella misma tarde, a las treinta y cuatro semanas de gestación, el cuerpo de Gloria Matilda dijo basta y su hipófisis puso en marcha el parto de los dos mellizos. Su voluminoso vientre parecía estar a punto de reventar, sus piernas se habían rodeado de gruesas y dolorosas varices y caminaba fatigosamente apoyada en el brazo de Fernando.

A petición de Gloria Matilda, la Dra. Idaira Tacoronte acudió al hospital en cuanto terminó las visitas de su consulta. Tras explorarla comprobó que los fetos todavía no se habían dado la vuelta cabeza abajo en dirección al canal del parto, el cuello del útero se resistía a la dilatación y ya había roto aguas, por lo que era preferible realizar una cesárea cuanto antes para no poner en peligro la vida de los mellizos y su madre.

A las once de la noche todo había terminado, y Gloria Matilda salía del quirófano, todavía aturdida por la anestesia pero rebosante de felicidad, con sus dos bebés recostados sobre las mullidas y cálidas camitas de sus generosos pechos. La doctora había complacido a la parturienta y había permitido a César y a Fernando que asistiesen al nacimiento de los pequeños. Los dos hombres estaban profundamente emocionados. César supo enseguida cuál de los dos era el hijo de Óscar. El bebé había heredado de su padre un pequeño hemangioma rojo en su sien izquierda, una marca congénita que identificaba sin lugar a dudas a todos los varones de su familia, como si se transmitiese exclusivamente a través del cromosoma Y.

—¿Qué nombre has decidido ponerles? —le preguntó César a Gloria Matilda.

—El que tiene la marca de nacimiento de su progenitor se llamará Óscar y el otro, tu hijo, se llamará César como tú.

—Me parece perfecto, Gloria Matilda —le respondió encantado—. Seguro que Óscar habría aprobado tu decisión.

—¿Te gustan los nombres de tus hijos, Fernando? —le preguntó la flamante y feliz mamá al extremeño que todavía no había abierto la boca.

—Por supuesto que sí, Gloria Matilda. Se llamarán como los dos mejores amigos que he tenido en toda mi vida. Mañana me acercaré a inscribirlos en el registro civil.

—Acuérdate de darles tu apellido. Puedes hacerlo aunque no estemos casados.

—Así lo haré, Gloria Matilda.

Al día siguiente César fue al piso de Óscar a buscar sus tres libretas manuscritas en francés. Deseaba guardarlas para releerlas más adelante. Y ya de paso cogió las joyas que el difunto había heredado de sus padres para dárselas a Gloria Matilda y todos los documentos que creyó importantes, sobre todo los relacionados con Oscarprint, las libretas bancarias y los documentos testamentarios que atestiguaban que Óscar era el propietario de la finca gallega heredada de su padre. Cuando salió se encontró con madame Elisende.

—Puede quedarse con los muebles y electrodomésticos de Óscar —le dijo tras saludarla, esta vez con un casto beso en la mejilla—. Aquí tiene las llaves del piso. Yo ya no voy a volver. Puede alquilárselo a quien quiera.

—De acuerdo, César, muchas gracias. Confío en que nos volveremos a ver.  Ya sabes que me hace muy feliz hablar contigo en francés.

—Por supuesto, madame. Yo también espero que se acuerde de mí para invitarme de tanto en cuanto a desayunar sus deliciosos cruasanes.

A un kilómetro de distancia el Padre Ernesto estaba entrando en aquel mismo instante en el Palacio Arzobispal de Madrid. Tenía que hablar urgentemente con el arzobispo, gran amigo suyo y compañero de seminario en su juventud, al que en la intimidad trataba de tú a tú, y lo haría sí o sí, saltándose el requisito de solicitar audiencia previa con bastantes días de antelación.

—Ernesto, ¿a qué se debe tanta urgencia?

—Necesito hablar contigo de un asunto muy delicado.

—Tu dirás, te escucho.

—Conoces a Luís Paredes, el párroco de la Iglesia de Santa Cruz, ¿verdad?

—Por supuesto. Es un buen sacerdote. Nunca me ha creado problemas.

—Pues prepárate y respira hondo, no vayas a desmayarte del susto.

—Vaya, me tienes intrigado.

—Resulta que durante muchos años tuvo como criada a su sobrina.

—¿Y?

—Ella se quedó embarazada misteriosamente y tuvo a un niño en la propia rectoría. Luís lo crió y educó como si fuera su propio hijo, y ahora es un maravilloso diácono de veintiseis años que está a punto de consagrar su vida al sacerdocio.

—¿No será un tal César? Tengo entendido que desapareció repentinamente sin dejar rastro a sólo un més de ordenarse sacerdote.

—Efectivamente, así fue. Estuvo muchos meses viviendo en la calle como un indigente, pero ha vuelto con su vocación renovada y lleno de fe.

—¿Y cuál es el problema, entonces?

—Su madre, la criada de Luís, murió hace aproximadamente un año de un cáncer de mama. Al ir al notario a leer su testamento, éste le entregó a César  una carta manuscrita por su progenitora en la que le revelaba quién era su verdadero padre. ¿Te imaginas quién puede ser?

—¿Luís?

—Efectivamente. Durante muchos años estuvo abusando de ella sin compasión. La pobre mujer nunca se lo quiso decir a su hijo, pero al sentir que el fin de sus días estaba cerca, le escribió la carta y se la dio al notario para que se la entregase a su muerte. Aquí la tienes. Léela tú mismo. Me la dio el propio notario, Don Alfredo Gutiérrez de la Cierva, que es feligrés de mi parroquia, convencido de que César se había suicidado. El pobre se había marchado corriendo y no había vuelto para tomar posesión de los bienes de su madre.

—¡Pobre mujer y pobre César! Luís no tiene perdón de Dios.

—Cuando César conoció la verdad sobre su vergonzoso origen, enloqueció de pena e indignación y lo abandonó todo, y tras cinco meses viviendo en la calle, estaba tan desquiciado, tan decepcionado de la vida y de la gente que decidió quitarse la vida en la estación del tren. Alguien impidió que se suicidase, le ofreció su amistad y le ayudó a superar su doloroso trauma. Finalmente acabó reconciliándose con la Iglesia y ahora vive conmigo a la espera de su consagración sacerdotal.

—No sabes como me alegro.

—Te quería pedir que hicieras justicia y apartases a Luís del sacerdocio. Es indigno de apacentar el rebaño de Dios Nuestro Señor.

—Ahora mismo le reclamaré para que me dé explicaciones. No te quepa la menor duda de que haré justicia. Luís no volverá a ejercer el sacerdocio. Le recluiré en un monasterio para que purgue por sus pecados durante el resto de sus días.

—Muchas gracias, Antonio.

—A ti por informarme de tan grave ofensa a Dios.

—Te quería pedir otro favor.

—Tú diras.

—Que en cuanto César haya recibido el sacramento del orden sacerdotal, le nombres párroco de la Iglesia de Santa Cruz, la misma donde nació y se crió.

—Me lo pensaré.

—Gracias, Antonio. 

—Ve con Dios, Ernesto.


TRIGÉSIMO QUINTO CAPÍTULO


El arzobispo de Madrid quedó tan impresionado con la triste historia de César, que súbitamente sintió una gran ternura por él y deseó conocerlo en persona. Había decidido premiarle por su férrea e inquebrantable vocación sacerdotal con un regalo muy bonito. Unos minutos más tarde su secretario personal llamaba al Padre Ernesto para reclamar la presencia del joven diácono ante el arzobispo.

—Buenos días, Su Excelencia Reverendísima —lo saludó César, genuflexionando su rodilla izquierda hasta tocar con ella el suelo y besándole el anillo arzobispal.

—Buenos días, César. Toma asiento, por favor. Tengo entendido que estás a la espera de recibir la consagración sacerdotal.

—Así es, Reverendísimo Señor.

—Me han llegado muy buenas referencias sobre ti. El Padre Ernesto te tiene muchísimo aprecio.

—Yo también se lo tengo a él. Para mí es a la vez como un padre, un amigo y un director espiritual. Es la bondad hecha hombre.

—Lo sé. Le conozco muy bien. Somos grandes amigos desde el seminario.

—Gracias a él he recuperado mi vocación sacerdotal.

—Esta mañana me ha informado del calvario personal por el que has pasado. Quiero que sepas que eres digno de mi más sincera admiración. Has demostrado tener una gran fortaleza espiritual. También estoy al tanto de tu formación académica en el prestigioso Liceo francés y de tu preparación durante tres años en un renombrado Seminario de Frankfurt. Tu curriculum es brillante. Te felicito.

—Muchas gracias, Reverendísimo Señor.

—He decidido premiarte con un regalo que seguro que te va a encantar. Mandaré una solicitud al Vaticano con tu expediente para que seas uno de los treinta elegidos por el Santo Padre para tu consagración sacerdotal en Roma. El propio Papa Benedicto XVI te impondrá las manos.

—Muchas gracias, Su Excelencia Reverendísima —le agradeció César profundamente emocionado, agachando la cabeza y haciendo un gran esfuerzo por contener el llanto. No lo consiguió y dos regueros de lágrimas brotaron de sus ojos y se perdieron entre los pelos de su cuidada barbita, que sólo diez días atrás le había recortado Óscar.

—Te lo mereces. Ojalá el Santo Padre acepte la solicitud. Te avisaré en cuanto reciba la respuesta —le dijo el arzobispo acariciándole la nuca y la mejilla—. Ve con Dios, hijo mío.

Media hora más tarde el eminente eclesiástico marcó el número de la Nunciatura Apostólica en Madrid y pidió hablar con el nuncio. Estaba decidido a conseguir su propósito y para ello no iba a dudar en recurrir a las más altas esferas de la jerarquía eclesiática. Sabía que sin mover los hilos oportunos, César jamás sería admitido. Muy pocos diáconos lograban ser consagrados presbíteros por el Santo Padre de Roma.

No hizo falta mandar ningún expediente. Cuando el nuncio escuchó la triste historia de César con todos sus detalles, quedó tan impactado que sin dudarlo ni un segundo le aseguró al arzobispo que el joven  diácono ya estaba admitido. Con él se haría una excepción y sería añadido a la lista de los elegidos como el número treinta y uno. Bastaba con que le mandase sus datos personales y un resumen de su curriculum. La solemne ordenación sacerdotal en el Vaticano tendría lugar en tres meses.

El Arzobispo de Madrid estaba tan satisfecho con el excelente y rápido resultado de sus gestiones, que llamó enseguida al Padre Ernesto para comunicarle la buena nueva. Al viejo párroco le flaquearon las piernas y tuvo que sentarse. No se lo podía creer. Estaba profundamnete agradecido al arzobispo.

—César, el arzobispo me acaba de confirmar que has sido admitido para recibir el sacramento del orden presbiteral directamente por el Santo Padre de Roma. Viajarás al Vaticano dentro de quince días para prepararte junto a los demás diáconos para la celebración. ¡Enhorabuena!

—Muchísimas gracias, Padre —le agradeció arrodillándose ante él y besándole su anillo sacerdotal.

—Serás un magnífico sacerdote. La Providencia así lo ha querido.

César lloraba en silencio. Al escuchar la palabra Providencia había sentido una dolorosa puñalada en el corazón. "Dios, ¿por qué eres tan cruel conmigo? Hace una semana me arrebataste a Óscar y me destrozaste el alma, y ahora me premias con este regalo tan bonito, el sueño de cualquier diácono. ¿Estás jugando conmigo? ¿Te estás burlando de mí? Si es ésta tu manera de demostrarme tu amor de Padre, yo no logro comprenderte. Te lo suplico, no me hagas más daño. Permíteme servirte a mi manera, sin olvidar a Óscar. Tú me lo diste, Tú me lo quitaste, pero jamás lograrás sacármelo de lo más sagrado de mi alma. Tendrás que compartirme con él". —rezó con el pensamiento el elegido por Dios para convertirse un día en el Papa de Roma.

Ocho días después, a petición de Fernando y Gloria Matilda, con la entusiasta aprobación del Padre Ernesto, César administró el sacramento del bautismo a los mellizos.

—Óscar, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sé bienvenido en el seno de la Santa Madre Iglesia —le dijo con voz temblorosa al hijo del amor de su vida, mientras vertía el agua bendita sobre su cabecita.

Al pequeño lo sostenía Fernando, que hacía un esfuerzo sobrehumano para controlar sus emociones. Pedro José, el nuevo director de Oscarprint y la Dra. Idaira Tacoronte, los padrinos del bautizo, sostenían un lujoso ejemplar del Nuevo Testamento y un gran cirio consagrado.

Finalizada la sencilla ceremonia se apartaron para dar paso a Gloria Matilda con el pequeño César en brazos y a sus padrinos del bautizo: el notario Don Alfredo y Paquita, la administrativa de Oscarprint.

—César, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sé bienvenido en el seno de la Santa Madre Iglesia —le dijo a su propio hijo, mientras sentía que el corazón y las piernas le flaqueaban y caía desplomado al suelo con los ojos llenos de lágrimas.
 

TRIGÉSIMO SEXTO CAPÍTULO


El Padre Luís Paredes, párroco de la  Iglesia de Santa Cruz y progenitor incestuoso de César, no pudo negar su infame conducta ante su superior y fue cesado de forma fulminante por el arzobispo de Madrid. Un monje benedictino de la Abadía de Santo Domingo de Silos se hizo cargo provisonalmente de la parroquia.

En la fecha señalada, el diácono César Paredes Cuesta, que llevaba los apellidos de su madre, partió hacia Roma. En el Vaticano se prepararía durante dos meses y medio para recibir el sacramento del orden presbiteral directamente por el Papa. Estando todavía en Madrid había recibido un curso acelerado de italiano, que aprendió con una facilidad sorprendente. Su dominio del francés y el alemán, además del castellano, le hacían muy fácil el aprendizaje de nuevos idiomas. Por descontado también dominaba el latín y el griego clásicos, además del arameo, la lengua materna de Jesús de Galilea.

Los dos mellizos de Gloria Matilda y Fernando habían cumplido ya su primer mes de vida. La abundante y nutritiva leche de su madre les había hecho ganar más de un kilo de peso. Estaban hermosos y rollizos. En un principio el pediatra temió que la leche de Gloria Matilda no sería suficiente para los dos y le recomendó que la complementase con algún biberón de leche artificial repartido durante el día, pero no hizo falta. A Gloria Matilda no le importaba la belleza de su cuerpo y se alimentaba bien sin temor a engordar para que a los dos pequeños les fuera suficiente su propia leche.

Fernando era inmensamente feliz. Tenía una esposa maravillosa que lo adoraba y dos hijos sanos y hermosos que habían llenado su vida de ilusión y esperanza. Gloria Matilda le iba a ver cada día al bar El Regazo de la Dehesa con los dos pequeños en un cochecito para gemelos, al que había acoplado una cestita especial para llevar al perrito Bogotá, que había adquirido en una tienda para mascotas. De esta manera no sólo los sacaba de paseo, sino que ella misma hacía un poco de ejercicio para mantener a raya su tendencia a coger peso. Con frecuencia pasaba a recoger a madame Elisende y las dos amigas hacían el paseo juntas, acercándose al menos una vez a la semana hasta la empresa Oscarprint, para que Paquita y Pedro José pudieran ver a sus ahijados.

A la flamante mamá no la asustaba la crianza de dos bebés a la vez. Había adquirido mucha experiencia con sus siete hermanos pequeños, a los que había tenido que criar sola al perder a su madre con solo doce años.

Se acercaba la fecha de la ordenación sacerdotal de César en el Vaticano, y ni ella ni Fernando se la querían perder. Así pues, unos días antes de partir hacia Roma, Gloria Matilda llamó a su amiga Luz Marina, la chef de cocina del más famoso restaurante sudamericano de Madrid y le pidió ayuda.

—Buenos días, Luz Marina.

—Buenos días, Gloria Matilda. ¿Que tal tus bebés?

—Muy bien, están creciendo fuertes y hermosos.

—Me alegro.

—Te llamaba para pedirte un favor.

—Tú dirás.

—¿Podrías prestarme a tu hija Ana Margarita por una semana? Quiero ir a Roma con Fernando para asistir a la ordenación sacerdotal de un amigo y necesito a una niñera que me eche una mano durante nuestra estancia en Italia. Le pagaré el viaje y el trabajo.

—Por supuesto, ahora mismo te la mando para que podáis poneros de acuerdo.

—Muchas gracias, Luz Marina. No sabes como te lo agradezco.

Las personas más allegadas a César se pusieron de acuerdo para acudir a su ordenación, entre ellos madame Elisende, el Padre Ernesto, que solicitó al arzobispo un sustituto para su parroquia, Paquita con su nuevo novio y los otros cuatro empleados de Oscarprint y sus parejas, la Dra. Idaira Tacoronte y su pareja Raquel y el notario Don Alfredo y su esposa. A última hora Luz Marina y su marido también se animaron y se unieron al grupo. En una agencia de viajes del barrio les consiguieron un vuelo directo Madrid-Roma para poder ir todos juntos y les reservaron doce habitaciones en un hotel de cuatro estrellas situado cerca del Vaticano. El Padre Ernesto, a través del arzobispo, se encargó de proporcionarles una invitación exclusiva a cada uno de ellos para que pudieran asistir a la celebración.

El día señalado, un luminoso domingo de mayo, Gloria Matilda y Fernando dejaron a los mellizos en el hotel al cuidado de la niñera y en compañía del Padre Ernesto y Madame Elisende cogieron un taxi y se dirigieron al Vaticano. Allí se encontraron con los demás invitados y juntos entraron en la Basílica, que ya estaba abarrotada de fieles.

Les costó mucho distinguir la cabecita de César entre los treinta y un diáconos. Fue Paquita quién lo encontró y al reconocerlo lanzó un grito de alegría señalándolo con el dedo que hizo volverse hacia ella a cientos de fieles que le chistaron para reprenderla. La pobre mujer se ruborizó como una colegiala y estuvo a punto de echarse a llorar de pura vergüenza. Y para consolarla, su novio la achuchó contra su pecho y le dio un beso en la frente.

El espectáculo se les antojó grandioso, precioso, emocionante, especialmente  los cantos gregorianos que se sucedían uno tras otro y se escuchaban maravillosos en aquella inmensa Basílica que tenía una sonoridad extraordinaria. Tras veinte minutos de celebración les tocó a los aspirantes a presbíteros presentarse uno a uno al escuchar su nombre.

—César Paredes Cuesta.

—¡Eccomi! (¡Aquí estoy yo!) —respondió a viva voz, seguro y convencido del importante paso en su vida que iba a dar aquella mañana.

Sus allegados se emocionaron al escuchar su voz y algunos de ellos no pudieron reprimir las lágrimas. ¡Era tan bonito!

Luego vinieron las preguntas directas del Santo Padre a los diáconos:

—Hijos y hermanos carísimos, ¿queréis ejercer durante toda vuestra vida el ministerio sacerdotal en el grado de presbíteros al servicio del pueblo de Dios bajo la guía del Santo Espíritu? —les preguntó en italiano.

—¡Sí, quiero! —respondieron todos al unísono.

Y así varias preguntas rituales más, a las que ellos dieron la misma respuesta.

Llegó luego el momento de presentarse uno a uno ante el Santo Padre. César avanzó con determinación, sin el menor atisbo de duda. Su decisión era firme e irrevocable. Se arrodilló ante el Papa Benedicto XVI, él rodeó sus manos entre las suyas y le hizo tal vez la pregunta más importante de la celebración para garantizar su sumisión absoluta y sin fisuras a la autoridad del Santo Padre de Roma.

—¿Me prometes a mí y a mis sucesores guardar respeto y obediencia?

—Sí, lo prometo.

—Dios que desde niño ha iniciado en tí su obra, la lleve a cumplimiento.

A continuación todos los aspirantes al orden del presbiterato se echaron al suelo boca abajo ante el Papa y escucharon la invocación cantada a los santos más eminentes de la historia de la Iglesia Católica y otras advocaciones, oraciones y profesiones de fe.

Por segunda vez volvieron a presentarse de uno en uno ante el Santo Padre, se arrodillaron ante él y éste les impuso las manos sobre la cabeza durante unos segundos en completo silencio. Y para completar el rito litúrgico recibieron luego, también arrodillados, la imposición de manos de otros presbíteros de la curia romana.

—Dales Padre Omnipotente a estos tus hijos la dignidad del presbiterato. Renueva en ellos la efusión de Tu Espíritu en la Santidad...  —exclamó Benedicto XVI levantando las manos hacia el Cielo.

Finalizada la oración del Santo Padre, varios miembros de la curia romana ayudaron a los nuevos sacerdotes a cambiar su dalmática de diáconos por una túnica de presbíteros, sonriéndoles con cariño y felicitándoles con tres besos en las mejillas.

Y por tercera vez se presentaron ante el Papa de Roma y éste les bendijo las manos con las palmas abiertas ante él  dibujando el signo de la cruz sobre ellas, para infundirles la potestad de realizar en la Eucaristía de cada misa el milagro de la transubstanciación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

Y para completar el rito litúrgico cada uno de ellos se presentó ante el Santo Padre por cuarta vez portando una patena de oro con una hostia consagrada en su mano derecha y un cáliz también de oro con vino transubstanciado en la sangre de Cristo en su mano izquierda.

—Recibe la oferta del Pueblo Santo por el Sacrificio Eucarístico... —le dijo al joven madrileño el Papa de Roma, dándole a continuación un cálido abrazo.

César ya era un sacerdote de Dios. Se había hecho realidad su destino. El Padre Ernesto, visiblemente emocionado, no paraba de darle las gracias al Todopoderoso, mientras en su mente volvía a aparecer por enésima vez su frase favorita: "Los designios de Dios son inescrutables".

Al otro lado del charco, en el interior de la Península Ibérica, un anciano demacrado, recluido por orden de sus superiores en el Monasterio de Santo Domigo de Silos para purgar su abominable y reiterado pecado de fornicación incestuosa sobre el cuerpo de su sobrina, el ex-sacerdote Luís Paredes, ahora degradado a simple monje, que en tres meses había adelgazado diecinueve kilos, lloraba a lágrima viva por la emoción, siguiendo de rodillas la ordenación de su hijo a través de un canal internacional de televisión. Y justo en el momento en que el Santo Padre Benedicto XVI bendecía las manos de César, convirtiéndole en sacerdote consagrado, él, su padre carnal, fallecía de un infarto fulminante, cayendo desplomado sobre las frías baldosas del monasterio burgalés.

El pobre Luís Paredes había muerto ignorando que había sido utilizado por el Padre Celestial para llevar a cabo sus designios inescrutables.


TRIGÉSIMO SÉPTIMO CAPÍTULO


Los amigos de César decidieron permanecer en Roma hasta que el flamante presbítero obtuvo el permiso de sus superiores para abandonar el Vaticano y regresar a España. Les hacía mucha ilusión volver con él y disfrutar de su compañía durante el vuelo.

El Padre Ernesto fue el encargado de irlo a buscar. Los demás le esperaban emocionados sentados en la terraza de un bar. Cuando le vieron aparecer, vestido con su recién estrenada indumentaria de moderno cura postconciliar, con un pantalón, una camisa y unos zapatos negros y un alzacuellos blanco, que le sentaban de maravilla y realzaban todavía más su extraordinaria belleza física, tuvieron la sensación de que se acercaba hacia ellos un santo, un ángel caído del Cielo, un ser sobrenatural. César irradiaba una energía extraña, una especie de halo luminoso, como si brillase con luz propia. Y más se emocionaron cuando lo tuvieron a su lado. Sus ojos y su rostro reflejaban tanta bondad, tanta amor, tanto paz, que todos sin excepción se estremecieron y no se atrevieron a abrazarlo o besarlo como tenían pensado hacerlo para felicitarlo por su flamante presbiterato.

Fernando fue el primero que se arrodilló ante él y le pidió su bendición. Y acto seguido todos los demás, a excepción del Padre Ernesto, le acompañaron en el gesto.

—No me hagáis esto. Sigo siendo el mismo de siempre. Levantáos, por favor —les suplicó.

—Danos tu bendición —le rogó de nuevo Fernando.

César no tuvo más remedio que levantar su mano derecha y dibujar con ella el signo de la cruz sobre sus cabezas.

—Yo os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —les dijo con los ojos húmedos por la emoción. Aquel había sido su primer acto como presbítero.

A continuación fue Gloria Matilda quien se atrevió a acariciarle la mejilla y darle un beso, que él le devolvió. Y todos los demás la siguieron en el gesto, unos besándolo, otros abrazándolo o simplemente estrechándole la mano, siendo el notario Don Alfredo y su esposa los últimos en felicitarlo.

—Padre, pásese por la notaría cuando pueda, por favor. Sigue pendiente su aceptación de la herencia de su madre, que Dios la tenga en la Gloria.

—Lo haré un día de estos, Don Alfredo.

—Gracias, Padre.

Era la primera vez que alguien le llamaba padre. Se le antojó estraño, como si no fuera él el mentado. Tendría que acostumbrarse.

Ya en el avión, Gloria Matilda y Fernando se le acercaron con los mellizos y le pidieron que les diera su bendición. César dibujó el signo de la cruz sobre su cabecitas y les dio un beso en la frente. Y acto seguido los pequeños alargaron sus manitas hacia él para que los cogiera en brazos. Mientras los sostenía, ellos le miraban con sus ojitos llenos de inocencia, le sonreían y le mesaban la barba. De pronto, sin saber porqué, con sólo tres meses y medio, el pequeño Óscar le rodeó la cabeza con sus bracitos y le dio un sonoro beso en la mejilla. César se estremeció hasta el tuétano de los huesos. Así le besaba el gran amor de su vida, su adorado Óscar, mientras paseaban felices por las calles de Madrid, y sin poderlo evitar se echó a llorar a lágrima viva con los niños en brazos.

Gloria Matilda intuyó el motivo de su desgarrado llanto y le cogió a los niños. Entonces él se dejó caer sobre el asiento que estaba junto al pasillo, se cubrió el rostro con ambas manos y lloró amargamente durante varios minutos. Todos le observaban perplejos y compungidos sin comprender nada, buscando una explicación en los ojos de Gloria Matilda.

—Se ha emocionado. Han sido unos días de mucha tensión. Dejémosle tranquilo —les dijo.

Diez minutos más tarde ya se había serenado y volvía a sonreír. Entonces se le acercaron de nuevo Fernando y Gloria Matilda, esta vez sin los niños.

—César, te queríamos pedir que nos cases por la Iglesia en tu primera misa. Unos días antes del viaje ya lo hicimos por lo civil.

—De acuerdo, para mí será un honor y una gran alegría. Todavía no sé cuando diré mi primera misa, tal vez el domingo. Ya os avisaré.

—Muchas gracias, César.

Ya en el aeropuerto de Barajas, el joven sacerdote se despidió de sus amigos y se metió en un taxi con el Padre Ernesto. Se dirigieron directamente a la Iglesia de Santa Cruz. Allí les estaba esperando el monje benedictino que se había hecho cargo de la parroquia tras el fulminante cese del anterior párroco.

Era media tarde y la iglesia estaba vacía de fieles. Entraron en la sacristía y encontraron al benedictino rezando arrodillado y absorto ante una imagen de Cristo crucificado. El hermano Miguel Sintes, que así se llamaba, no se apercibió de su presencia. Tendría algo más de cincuenta años y era natural de Menorca. Su gran corpulencia no parecía propia de un sacerdote. Llevaba treinta años como monje en el Monasterio de Santo Domingo de Silos y tenía fama de santo. Era la bondad hecha hombre. Muchos cristianos de Burgos, Madrid y otras provincias españolas acudían a él para pedirle consejo.

—¿Hermano? ¿Podemos entrar? —le preguntó el Padre Ernesto en voz baja sacándolo de su profunda meditación.

—Claro, por supuesto, entrad, por favor.

—Te presento a César, el nuevo presbítero que se hará cargo de la parroquia.

—Bienvenido a tu casa, César. Me llamo Miguel. Encantado de conocerte.

—Lo mismo te digo, Miguel.

—Yo soy el párroco de la Iglesia de San Andrés Apóstol. Me llamo Ernesto.

—Encantado, Ernesto.

—¿Dónde podemos dejar la maleta de César?

—En la rectoria. Seguidme.

Cuando César entró en la casa donde había nacido y se había criado, súbitamente le cambió el semblante, tragó saliva y los ojos se le humedecieron. Acababa de escuchar en su mente la voz de su madre que le llamaba para darle su merienda favorita: una rebanada de pan con una tableta de chocolate blanco. Y sin poderlo evitar, exclamó: "¡Ahora voy, mamá!"

Al escuchar su propia voz, de pronto despertó de su ensoñación, miró a los ojos a los dos veteranos sacerdotes y se ruborizó. Ellos le devolvieron la mirada y le sonrieron con ternura.

—La querías mucho, ¿verdad?

—Muchísimo... —alcanzó a responder con la voz quebrada, derrumbándose sobre un banco de madera y echándose a llorar.

El padre Ernesto miró a los ojos al benedictino y ambos parecieron ponerse de acuerdo.

—¿Quieres que me quede contigo esta noche? —le preguntó Ernesto a César acariciándole la nuca y la mejilla.

—Yo puedo quedarme con él los días que haga falta. No tengo porqué irme ahora. En el monasterio no me necesitan —saltó el hermano Miguel —. A tí, Ernesto, te están esperando tus fieles. Vete tranquilo.

—De acuerdo, Miguel —le respondió tragando saliva—. Mañana vendré a verte, César —añadió.

—Gracias, Ernesto.

El viejo párroco no se fue tranquilo. Le tenía mucho cariño a César. Era evidente que el joven no estaba bien. Lloraba por cualquier cosa y en lo más profundo de sus ojos se adivinaba mucha tristeza, aunque él intentaba disimular, pues se suponía que debía estar muy feliz por su flamante presbiterato.

El benedictino tenía una gran capacidad empática y un poderoso don de clavidencia, además de una gran bondad. En cuanto Ernesto hubo partido de camino a su parroquia, se sentó al lado de César y posó su brazo sobre sus hombros en actitud cariñosa. Él se estremeció como si le hubieran dado una descarga eléctrica e hizo ademán de levantarse, aunque finalmente permaneció sentado. El bienintencionado gesto del monje le acababa de recordar a Óscar. Miguel supo enseguida que había metido la pata, aunque a pesar de su clarividencia no alcanzó a comprender muy bien el motivo. Sólo intuyó que su gesto le había hecho daño a César y retiró el brazo.

—Sé que algo te corroe por dentro, algo muy doloroso que impide que seas feliz.

César no le repondió, se limitó a agachar la cabeza, mientras su cuerpo se convulsionaba con fuertes estertores de llanto que él intentaba reprimir.

—Tú has querido muchísimo a alguien, además de a tu madre, ¿verdad?

El joven asintió con la cabeza.

—Y este alguien te fue arrebatado de una manera muy cruel.

César volvió a asentir en silencio.

—Fue Dios quien se lo llevó, ¿verdad?

—Sí —logró responder con un hilillo de voz.

—Era un hombre que te quería con delirio, ¿no es asi?

Aquí César ya no pudo responder. Se acababa de desmayar. Su pobre corazón no pudo resistir el doloroso y clarividente interrogatorio al que le estaba sometiendo el benedictino.

Media hora más tarde se despertó tendido en la cama en la que había dormido siempre desde que nació. Abrió los ojos y se encontró con los del monje, que le velaba sentado a su lado. Su mirada llena de bondad le impresionó. De pronto supo que podía confiar en él y sin que se lo pidiera empezó a contarle su vida sin omitir ningún detalle. Se atrevió incluso a relatarle el viaje a Tenerife con Ernesto y la verdad sobre el origen de los mellizos de Gloria Matilda. Se lo reveló todo, absolutamente todo. No se dejó nada en el tintero de su alma.

El benedictino le escuchó con gran atención, evitando interrumpirle. Cuando se dieron cuenta habían pasado más de siete horas y estaba amaneciendo. No habían cenado nada, ni siquiera se habian levantado para orinar.

—Tengo que ir a hacer pis —le dijo César con una sonrisa.

—Yo también —le respondió Miguel con otra sonrisa.

—Ve tú primero. Yo todavía puedo aguantar un poco más.

—No, tú lo has dicho antes. Así que vas tú ahora mismo o me enfado.

Veinte minutos más tarde, con el sol asomándose por el este tras los altos edificios urbanos, salían los dos a desayunar. Estaban hambrientos. César le habló del bar El Regazo de la Dehesa de Fernando. Sabía que solía abrir pronto. Tardarían media hora en llegar pero no les importaba. No sentían ni sueño ni cansancio.

César se sentía muy aliviado, como si le hubieran quitado una pesada losa de encima. Por fin estaba en paz consigo mismo y también con Dios. Había conseguido sacar todo lo que lo atormentaba, incluidas sus dudas sobre su recién estrenado sacerdocio. Y como si de una confesión mutua entre sacerdotes se tratase, el hermano Miguel también le había revelado sus secretos más íntimos e inconfesables, algunos casi tan escabrosos y dolorosos como los de César. Había sufrido mucho antes de decidirse a ingresar en la orden benedictina, y también había amado apasionadamente a un hombre, un cobarde que le abandonó para casarse con una mujer, sólo para guardar las apariencias. Al abrazar la orden monástica renunció a su cuerpo y a sus deseos y se centró en ayudar a los demás. Eso le hacía feliz. Se sentía recompensado cuando veía sonréir de nuevo a alguien a quien había ayudado a superar las dudas y el sufrimiento, como el mismo César.

Vestidos los dos con sus oscuras ropas postconciliares, parecían dos cuervos paseando por Madrid. De pronto César se paró y miró al benedictino.

—Muchas gracias por todo, Miguel —le dijo profundamente agradecido.

—A ti, César. ¿Sabes? En el fondo todo lo que hemos sufrido en nuestra vida pasada nos sirve ahora para ser más humanos, más humildes, más empáticos con nuestros feligreses.

TRIGÉSIMO OCTAVO CAPÍTULO


—Fernando, el domingo diré mi primera misa y os casaré en la Iglesia de Santa Cruz. Me acompañarán el Padre Ernesto y el hermano Miguel. Díselo a Gloria Matilda. Espero que en los tres días que faltan os dé tiempo de avisar a todos los invitados a la boda —le dijo tras saludarlo y presentarle al benedictino.

—Muchas gracias, Padre César —le agradeció el extremeño, mientras les servía un café con leche bien cargado y unas tostadas con mermelada de cerezas extremeñas.

—Me voy a enfadar contigo, Fernando. Yo sigo siendo el César de siempre. ¿De acuerdo?

—De acuerdo, César —le respondió Fernando con una sonrisa.

Por supuesto el extremeño no quiso cobrarles la consumición. Cuando se despedían, César le dio un abrazo, y ambos se emocionaron recordando a Óscar.

Durante las siguientes jornadas César ayudó al hermano Miguel a decir misa como si todavía siguiera siendo un simple diácono. El sábado por la tarde, la víspera de su primera misa, el benedictino y el Padre Ernesto le instruyeron sobre el rito litúrgico de la misa dominical y el casamiento, incluso hicieron un ensayo general paso a paso en la intimidad de la sacristía con los ocho monaguillos, para que al día siguiente todo saliera perfecto.

A los novios les dio tiempo de sobra para invitar a sus amigos. Tampoco tenían tantos. Estuvieron dudando si llevar a los mellizos a la boda o dejarlos en casa al cuidado de Ana Margarita, la hija de Luz Marina. Al final decidieron que sin ellos no tendría ningún sentido la celebración y contactaron con las dos madrinas del bautizo: la Dra. Tacoronte, que lo era de Óscar, el primero que ella misma sacó del vientre de su madre y Paquita, la administrativa de Oscarprint, que lo era de César, el segundo en nacer. Las dos estuvieron encantadas de hacerse cargo de los pequeños durante la misa, para que los novios pudieran casarse tranquilos.

—Si lloran, sacadlos fuera, ¿vale? —les dijo Gloria Matilda.

Todos los amigos aceptaron la invitación. Incluso Cecilia de la asociación COGAM y su pareja anularon un viaje a Barcelona para no perderse la boda. Gloria Matilda no se olvidó de Iván Rodrigo, el joven colombiano repartidor de pizzas, que iría acompañado de sus padres, ni de Antonio, el taxista trans, que localizó por haber memorizado el número de su taxi, ni por supuesto de la Dra. Serrallo y sus dos ayudantes de la UVI móvil, a los que estaba muy agradecida aún a pesar de no haber podido salvar la vida de Óscar. En total serían noventa invitados.

Y llegó la mañana del domingo. Si los novios estaban emocionados, más lo estaba César. Arropado por los dos veteranos sacerdotes se dispuso a afrontar su primera misa y primera boda.

—No temas. Si te equivocas nosotros te echaremos una mano. Nadie se dará cuenta.

—Gracias, Ernesto.

Eran las diez en punto de la mañana. Las campanas habían repicado varias veces para convocar a los fieles a la misa principal del domingo. Salvo los invitados a la boda, los demás convocados ignoraban que aquella sería la primera misa de su nuevo párroco. Ya conocían bien al hermano benedictino que había sido su pastor durante los últimos tres meses.

El canto gregoriano Salve Regina, cantado por un grupo de feligreses, recibió a César y a los dos concelebrantes. La pequeña iglesia de barrio tenía una sonoridad extraordinaria. A pesar de estar llena a rebosar, reinaba un silencio sepulcral.

César se sentía seguro flanqueado por sus dos experimentados asistentes y no se equivocó en nada. Uno tras otro fue dando los pasos rituales preestablecidos por la liturgia hasta que llegó la hora del casamiento. Para no complicar las cosas había optado por una sencilla ceremonia clásica.

—Fernando, ¿aceptas a Gloria Matilda como tu legítima esposa y prometes amarla, respetarla y cuidarla en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?

—Sí, quiero —respondió seguro y contundente el extremeño, mirando risueño a los ojos de su amada, mientras le ponía la alianza en el dedo anular de su regordeta y oscura mano derecha.

—Gloria Matilda, ¿aceptas a Fernando como tu legítimo esposo y prometes amarlo, respetarlo y cuidarlo en la salud y la enfermedad hasta que la muerte os separe?

 —Sí, quiero —contestó también muy segura la colombiana, poniéndole la alianza en el huesudo dedo anular de su musculosa mano derecha, acostumbrada al trabajo duro en el bar.

—Por el poder que me otorga la Santa madre Iglesia, yo os declaro marido y mujer.

Los flamantes recién casados sellaron su unión con un dulce beso en los labios. Ya no podían ser más felices. Paquita y su novio se miraron a los ojos y se sonrieron. "Nosotros seremos los próximos" —le susurró al oído él a ella. "Pero sólo por lo civil" —le recordó ella a él. Ambos estaban divorciados.

Y llegó la hora de la homilía. La noche anterior César se la había pasado prácticamente sin dormir, preparando su primer sermón adaptado a su reciente ordenación sacerdotal y a la unión matrimonial de sus amigos.

—Queridos hermanos —dijo, tras mirar a los fieles durante unos segundos y regalarles una dulce sonrisa—. Hoy tengo la dicha y el privilegio de decir mi primera misa y celebrar mi primera boda arropado por todos vosotros. Dios Nuestro Señor me ha sometido a durísimas pruebas para asegurarse de que voy a ser un buen pastor de sus ovejas, sus fieles, o sea, de todos vosotros. Estoy a vuestro servicio, no al mío. No lo olvidéis. Acudid a mí siempre que me necesitéis, aunque lo que os aflija no sean asuntos religiosos, sino terrenales. Todas vuestras preocupaciones serán también las mías, y tened por seguro que me desviviré para daros una solución o como mínimo un consuelo.

Pero no sólo me ha sometido a duras pruebas, sino que también me ha regalado grandes alegrías, como mi ordenación sacerdotal a manos del mismísimo Pontífice de Roma, nuestro Santo Padre, nuestro querido Papa Benedicto XVI, un privilegio extraordinario que no me merecía. No quiero omitir tampoco la alegría de haberme encontrado en el camino de mi vida con personas entrañables y maravillosas, todas ellas aquí presentes, que me han ayudado a levantarme siempre que me he caido y no me han dejado solo ni un momento en mis tribulaciones. Quiero que sepan que les estaré eternamente agradecido.

Todos somos hijos de Dios y por tanto estamos invitados a la fiesta de la muerte y resurrección de Jesucristo, que no es otra cosa que la misa. En ella rememoramos la vida y la obra del Salvador, del Mesías, del Hijo de Dios hecho hombre, que descendió de los Cielos para enseñarnos a amar a Nuestro Padre Celestial y a nuestros hermanos, a todos ellos sin excepción, incluidos y muy especialmente a los que llamamos o consideramos nuestros enemigos. Jesucristo lo dijo bien claro: "Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo". Fijaos bien en la frase. Es la base fundamental del cristianismo, nuestra religión. Tu prójimo no son sólo tus amigos, sino también tus enemigos. Es muy fácil ser amigo de nuestros amigos, especialmente cuando las cosas les van bien, cuando no nos comprometen en nada. Esto no tiene ningún mérito a los ojos de Jesús. Es puro egoismo. Sí, hermanos, "como a ti mismo", como haríamos con nosotros mismos, poniéndonos en su piel, intentando sentir su dolor, su sufrimiento, sin volver la cara hacia la otra acera, sin devolverles el golpe, sin  huír como cobardes, sino acércándonos a ellos y ayudándolos en lo que podamos, incluso enseñándoles a amarnos, a no odiarnos, haciéndoles comprender que a pesar de ser nuestros enemigos no les deseamos ningún mal.

Pero hoy no sólo celebramos la Eucaristía, sino también la unión de dos seres humanos bajo el Sacramento del Matrimonio. Es su foma de agradecer a Dios el inmenso amor que se profesan, que les hace tan felices, que les lleva a desear compartir sus vidas hasta el fin de sus días, hasta que sean llamados a su lado por Dios Nuestro Señor para gozar juntos a su vera de la Gloria Eterna en la Vida Eterna. Porque fue Él quien los acercó para que se conociesen y se enamorasen, Él quien movió los hilos de sus vidas para que fueran felices, para que con su amor santificasen a Dios. Un gran amigo mío y también de los contrayentes, aquí presente, me lo recuerda de tanto en cuanto con su frase preferida: "Los designios de Dios son inescrutables". Y fue su designio que nuestros hermanos en Cristo, Gloria Matilda y Fernando, se uniesen hoy en santo matrimonio. Alegrémos con ellos y por ellos y compartamos su felicidad.

Y ya acabo, hermanos. No lo olvidéis. Acudid a vuestro humilde servidor y hermano César Paredes Cuesta siempre que me necesitéis. Aquí estaré yo para echaros una mano.

Un gran abrazo a todos.

Los fieles habituales de la parroquia estaban profundamente emocionados y a la vez encantados de que su nuevo párroco fuera aquel joven maravilloso, aquel hombre santo de Dios, aquel ángel caido del Cielo que irradiaba humanidad y bondad por todos los poros de su piel. Se sentían enormemente afortunados.

Gloria Matilda lloraba en silencio. No le importaba que su cuidado maquillaje se echase a perder. Sentía una ternura y un agradecimiento inconmensurables hacia César. Jamás en lo que le quedase de vida olvidaría sus hermosas palabras llenas de cariño hacia ella y Fernando.

Y tras el sagrado misterio de la transubstanciación eucarística, llegó la hora de dar la comunión a los fieles. Por supuesto los dos primeros fueron los contrayentes, que recibieron la hostia consagrada de manos de César.

A continuación los tres concelebrantes bajaron los escalones que llevaban al altar para dar la comunión a los demás fieles. Rápidamente se formaron tres filas, la más numerosa con diferencia la que llevaba a César. Al cabo de quince minutos ya no le quedaban hostias en el copón y recurrió al Padre Ernesto, al que los fieles de la parroquia de Santa Cruz no conocían y sólo doce de ellos habían ido a su fila, y éste le cambió su copón prácticamente lleno por el suyo vacío. También las terminó, y todavía quedaban siete fieles por comulgar. Entonces se giró hacia el hermano Miguel con gesto suplicante. El benedictino sonrió. También su fila de comulgantes se había terminado, y le pasó su copón en el que todavía quedaban dos docenas de hostias.

Cuando llegó por fin la última persona de su fila, César llevaba más de tres cuartos de hora dando la comunión y estaba realmente agotado. Y por enésima vez pronunció la frase que ya había repetido más de doscientas veces.

—El Cuerpo de Cristo —dijo levantando la vista hacia los ojos intensamente azules de una anciana.

Vielen Dank, Pater Cesar Paredes Cuesta. (Muchas gracias, padre César Paredes Cuesta).

—Danke dir, Schwester (Gracias a ti, hermana) —alcanzó a responderle antes de caer desmayado. Acababa de reconocer a la vieja alemana que en las Cañadas del Pico del Teide le había profetizado que un día asistiría a su primera misa y recibiría de su mano la comunión.

FIN